En el salón anual de 1827, el mismo que acababa de consagrar a Delacroix, los aficionados al arte notaron dos bajorrelieves de mademoiselle de Fauveau, uno de los cuales representaba el asesinato de Monaldeschi. Sus estudios y sus lecturas no dispensaron a Alejandro Dumas la oportunidad de preguntarse quién era ese personaje, o mejor dicho él lo pregunta sin tardanza a la Biblioteca Universal que poseía su amigo Fréderic Soulié. Documentado por ese diccionario sobre el favorito de Cristina de Suecia y sobre Cristina misma, inmediatamente le pareció que la historia de la reina y de su gran escudero ofrecían materia para un drama.
—No —dijo Soulié—, una tragedia.
—Un drama —sostuvo Dumas.
Sobre esta diferencia, los dos amigos convinieron en tratar el tema cada uno a su manera, y el primero que estuviera listo leería su pieza en el Teatro Francés. Habiéndose separado con frialdad, no tuvieron prisa para volver a verse antes de haber llegado a un resultado.
Preocupado por su obra Cristina, Dumas se aprendió Wallenstein, se sació del siglo XVII europeo, soñaba con la hija de Gustavo Adolfo, con su renuncia de soberano, con sus avatares religiosos y su desorden pasional. Tuvo ciertos méritos, porque se golpeaba la cabeza como contra muros, en las condiciones en que tenía que trabajar. Sus molestias de funcionario se agravaban. Lo cambian de oficina. Oudard le hizo pasar del secretariado a los archivos, después de una permanencia en el servicio de socorros. La desgracia ofrecía sus ventajas: poco trabajo, no más cartera, todas las tardes libres, y como jefe a un amante de las letras, el pequeño tío Bichet, que trató muy bien a su nuevo empleado. Pero, ¡ay!, la sinecura fue suprimida al cabo de dos meses, el empleado flotante pasó a depender de Deviolaine y tuvo que luchar para escaparse del ruido de una gran oficina poblada de escribanos. ¡Aislamiento, silencio a toda costa! ¡Poder, una vez hecha, y puntualmente hecha, la tarea administrativa, pensar en el drama por hacer! En consecuencia, su más alta ambición fue obtener trabajo en un reducto donde el mozo ponía las botellas de tinta vacías. Fue difícil. ¿Cómo no maravillarse de una invención dramática que pudo conservar su llama en esas corrientes de aire de mal olor de papeluchos? Sin contar que Deviolaine había dado al desgraciado el golpe más rudo: ¿no había advertido a madame Dumas las dificultades en que se debatía Alejandro y que las faltas del joven —decía él— las habían causado? Ella, que no sentía mas que temores acerca de su hijo y que tenía tanto miedo de verle perder aquello con lo que ganaba el pan, recordaba incesantemente la suerte de Auguste Lafarge, meteoro en el cielo de Villers-Cotterêts, pobre pequeña piedra sobre el empedrado de París, y que acababa de morir de miseria. Cuando Alejandro, después de un altercado con el mozo de la oficina durante una ausencia de Deviolaine, se retiró para esperar una respuesta a la carta que había escrito a su terrible primo, madame Dumas, decepcionada por una vana diligencia con madame Deviolaine, lo creyó todo perdido. Alejandro, el encarnizado Alejandro, el impávido, acostado durante tres días, pero despierto y ardiente —había tomado la costumbre de trabajar en la cama para descansar sus piernas— , no cesaba de trabajar en la obra de sus esperanzas... Por fin, Deviolaine, emocionado por la desesperación de madame Dumas, volvió a emplear a su joven pariente; acuerda darle su rincón reclamado, tapizándolo, por supuesto, de amenazas. ¡Pero qué le importaba al temerario! Podría realizar su obra. Y la realizó.
Quedaba quizá lo más difícil: hacerla representar. Depósito del manuscrito, comité, lectura. ¿Cómo desenredarse en ese laberinto? Comenzaba abril de 1828. Talma había muerto. No había nadie en el Palais-Royal que consintiera en redactar una recomendación. "Diríjase a Nodier", dijo Lassagne ¿Nodier? Era evidente que Dumas, el primer día de su llegada a París, la primera noche que se había sentado en un asiento de la Porte Saint-Martin, había charlado con un desconocido que fue expulsado como silbador obstinado, pero no sin haber aprovechado los entreactos para enseñar a su vecino, que adivinaba, muy ingenuo, qué es un elzevir, lo que es una "claque" de teatro, qué maravillosas sorpresas reserva la ciencia, qué misterios infinitamente pequeños puede encontrar un fantasista y, también, que los vampiros existen, porque los había visto: toda una extraña educación en tres cuartos de hora. "Pues bien, vuestro desconocido es Nodier", había afirmado Lassagne. "No puede recordarse de mí." "El no olvida nada. Escríbale."
El barón Taylor, administrador del Teatro Francés, respondió la carta. Le dio cita para una hora singular: a las siete de la mañana, en su casa... Dumas, todavía influido por el Nodier de una noche, ya no se sorprendería de prodigios. Encuentra al señor administrador en su bañera, víctima de un autor que había forzado su puerta— ¿a qué hora, Dios mío? —y que lo aplastaba bajo el peso de cinco actos concienzudamente trágicos, sordo a las súplicas de su víctima. El agua se enfriaba. Por fin llega el turno de Dumas. Lee su pieza a un hombre helado bajo sus sábanas. Dumas se muestra sin pretensión y el administrador le reclama acto tras acto. Al terminar el quinto acto, Taylor salta de la cama:
—Usted va a venir conmigo al Teatro Francés —dijo.
—¿Para qué?
—Para tomar su turno de lectura lo más pronto posible.
—¡De veras! ¿Leeré en el comité?
—No más tarde que el sábado próximo.
La lectura, obtenida sin demora para el 30 de abril, fue hecha ese día ante un comité completo; aseguró la victoria de la pieza solamente con esta restricción en dos o tres boletines: "Una segunda lectura o la comunicación del manuscrito a un autor que tenga la confianza del comité." Por lo menos, tal es el relato de las Memorias. El actor Samson le contradice ligeramente, diciendo que la restricción venía del comité unánime.
Dumas, fuera de sí, corriendo por las calles para avisar a mamá lo más pronto posible, perdió su manuscrito. ¡Pero se lo sabía de memoria! Pronto lo tuvo reconstruido. En el Palais-Royal, avisados por una noticia de periódico, las oficinas estaban en efervescencia y recibió muchos cumplidos. Sólo su jefe, monsieur Fossier, no asomó la nariz. "En venganza —dice Dumas— me envió trabajo cuatro veces más que de costumbre; era evidente que había leído el periódico."En cuanto a Deviolaine, representó su papel de regañón, siempre afectuoso y devoto para la madre de Alejandro, conquistado a su pesar por el buen mozo, pero no queriendo aceptarlo. En medio de su discusión, y como Deviolaine dijo: "Espero que estaré bien muerto antes de que tu pieza sea representada", el mozo de la oficina abrió la puerta para anunciar que un actor —se apoyó sobre esta palabra— buscaba al señor Dumas.
—¡Un actor! ¿Qué actor? —preguntó Deviolaine.
—Firmin, de la Comedia Francesa.
—Sí —respondí tranquilamente—. Él representa el papel de Monadelschi.
—¿Firmin trabaja en tu obra?
—Hace el papel de Monadelschi, sí... Está muy bien distribuida: Firmin representa a Monaldeschi, mademoiselle Mars a Cristina...
—¿Mademoiselle Mars trabaja en tu obra?
—Sin duda.
—No es cierto.
—¿Quiere usted que se lo diga ella misma?
—¿Crees que me voy a molestar para asegurarme que mientes?
—No, ella vendrá aquí.
—¿Mademoiselle Mars vendrá aquí?
—Ella tendrá esa amabilidad para conmigo, estoy seguro. ¿Mademoiselle Mars?
—¡Vaya! Usted ve que Firmin
—¡Anda, déjate de mentiras! Porque, palabra de honor, haces que me dé vueltas la cabeza. ¡Mademoiselle Mars! ¿Mademoiselle Mars molestarse por ti? ¡Vaya! ¡Mademoiselle Mars!
Y levantó los brazos al cielo como un hombre desesperado de que semejante locura haya entrado en la cabeza de un miembro de su familia. Yo aproveché este gesto dramático para escabullirme.
Pero, ¡ay!, Firmin venía a buscar al joven dramaturgo para llevarlo con el señor Picard, autor de pequeñas comedias costumbristas, pintor efímero a través de su tiempo, antiguo director de varios teatros, consejero del Teatro Francés, buen hombre burlón y seco. Todo le iba a escandalizar en esa Cristina sobre la que debía dar su consejo, seguramente iba a escandalizar, contrariar, contrarrestar, anular al autor de La pequeña ciudad y Los provincianos en París. Cortesía, sonrisas... pide ocho días de reflexión. Transcurridos esos ocho días, durante la nueva visita de los jóvenes, la misma cortesía, las mismas sonrisas, pero estas palabras heladas:
—Mi querido señor: ¿tiene usted algunos medios de vida? Dumas confiesa sus funciones.
—Bien, vaya a su oficina, muchacho, vaya a su oficina.
Y le entregó el manuscrito con sus cruces, sus corchetes, sus puntos de exclamación que eran puntos de indignación.
Afortunadamente Taylor, que no aceptaba haberse equivocado, aunque no queriendo adelantarse sino a cubierto, hizo llegar el manuscrito a Nodier, que lo envió con esta inscripción: "Declaro en mi alma y conciencia que Cristina es una de las obras más notables que he leído en veinte años."
—Usted volverá a leer el sábado —dijo Taylor—. Esté listo.
No, fue el domingo, excepcionalmente, a causa de la oficina. El domingo, pues, Dumas creyó oir más aclamaciones aún que durante la lectura anterior. En todo caso, su pieza fue recibida por unanimidad, salvo la corrección de algunos detalles sobre los cuales el autor debía ponerse de acuerdo con el actor Samson, ese Samson que, contradiciéndole en la segunda lectura como en la primera, pretendía haber notado bastantes reticencias en los labios de sus colegas.
Siempre se entendieron mal. Sin embargo, reconozcamos un mérito extraordinario en Dumas: gozaba con ese desacuerdo, que le hizo rehacer enteramente la obra.
¿Qué capricho revelaría mejor una naturaleza auténtica de escritor que la necesidad súbitamente experimentada por Dumas de dejar París? El quería que la refundición de su obra se efectuara en su espíritu en el curso de un viaje brusco de setenta y dos horas, París-El Havre-París... En otras circunstancias, mucho después, sentirá de repente que tiene necesidad de cabeceo y balanceo, de cuerdas silbando en el viento, nubes pasando por el cielo, sin lo cual ciertos capítulos de El capitán Pablo no saldrían bien. Viajando entonces en Sicilia y poseyendo un pequeño navío, lo alcanzaría, desplegaría sus velas, iría a poner el ancla en el estrecho de Mesina y la novela estaría terminada en dos días. Esta vez la diligencia con una vista a ojo de pájaro sobre el mar bastó para desterrarlo. Gracias a lo cual la pieza se enriqueció con un prólogo, dos actos en Estocolmo, un epílogo romano y el papel completo de Paula. La primera versión era más bien una tragedia, la segunda se convirtió en drama integral.
Así Cristina se encaminó a su creación teatral, rechazando los obstáculos a diestra y siniestra. Pero todavía no había terminado con ellos.
Dumas se creía diplomático al eclipsarse ante la Cristina de un señor llamado Brault, que estaba destinada al fracaso. Poco después, vio la de Soulié, que fracasaba en el Odeón. Y por fin a los actores del Teatro Francés, a medida que estudiaban la suya, convertirse en hielo: ¿daría el destino la razón al pequeño señor Picard? No. "Uno de esos azares que no suceden sino a los predestinados." Sí, Dumas hablaba así. ¿Cuál azar?
Se presentó durante esas tardanzas. Una tarde tuvo necesidad de papel y subió a la oficina de contabilidad para tomar unas hojas. Allí dio con un volumen como extraviado sobre una mesa. El volumen estaba abierto en la página 95 y Dumas vio que se trataba de L'Esprit de la Ligue de Anquetil, historiador sin crítica, pero claro, agradable Y que se leía todavía mucho en aquellos años. Se pone a leer y cae sobre un episodio del reinado de Enrique III. Se interesó inmediatamente en ello y devoró los párrafos relativos a Saint-Mégrin. Ese noble unido al rey, enemigo del duque de Guisa, estaba enamorado de la duquesa y pasaba por ser secretamente amado por ella. El duque, indiferente a su mujer, pero avisado por informes, imagina darle una sorpresa en broma al entrar una mañana en su habitación, un veneno en una mano y un puñal en la otra. Como le dirigió reproches sobre su conducta, tenía el aire de dejarle la elección entre el puñal y un veneno. Tras una larga hora de alarma, él le revela que el pretendido veneno es un excelente consomé. Le había dado una lección y el historiador afirmaba que había convertido a la duquesa más circunspecta en el Porvenir.
La Biografía Universal, su amiga desde el descubrimiento de Cristina, lleva a Dumas al Journal de L'Estoile que se hizo prestar, y donde una página de fecha 21 de julio de 1578, arrojándolo en plena fiebre pública, pone ante sus ojos la figura sangrante de Saint-Mégrin, uno de los ricos y rizados pupilos de Su Majestad, a quien en plena calle veinte o treinta desconocidos armados de pistolas, de espadas y de cuchillos le dieron treinta y cuatro o treinta y cinco puñaladas. Crimen que permaneció impune, por pupilo y favorito que haya sido el occiso, habiendo sabido el rey que el duque de Guisa vengó así su honor y que tenía al duque de Mayena, su hermano, por ejecutor. El otro rey, el de Navarra, habría dicho sobre el informe de Fierre de L'Estoile: "Sé de buen grado que el duque de Guisa, mi primo, no podría haber aguantado que un barbilindo como Saint-Mégrin le pusiera los cuernos. Así se debería ejecutar a todos los demás pequeños galanes de la corte que se acercan a las princesas para presumir y enamorarlas."
Y Dumas, más tarde en el Diario, fechado el 19 de agosto de 1579, leyó otra historia, parecida a ésta, pero más pintoresca, sobre el asesinato de Bussy d'Amboise, primer gantilhombre del duque d'Anjou. Madame de Monsoreau, su amante, le había dado una cita en la noche en una casa donde le esperaba el asalto de diez o doce espadachines apostados por el marido. El valiente vendió muy cara su vida y no se detuvo en el combate mientras tuvo un pedazo de espada en la mano, después de lo cual se ayuda de mesas, bancos, sillas y escabeles, y por fin cae cerca de una ventana por la cual esperaba salvarse... "Tal fue el fin del capitán Bussy."
De esos viejos textos históricos también se levanta un drama histórico, y he aquí a Dumas esbozando la acción a grandes rasgos. No le hacían falta sino algunos detalles de costumbres, que encuentra en dos libros prestados por un sabio amigo, Villenave, libelos temibles para la memoria de los Valois, La confesión de Sancy de Agrippa d'Aubigné, y La isla de los hermafroditas, atribuído a Thomas Artus, Señor d'Embly. Con esas lecturas se impregna del Don Carlos de Schiller a tal punto que le tomará la escena del cuarto acto para hacer la escena primera de su acto cuarto. Equipado y abastecido de este modo, escribió en dos meses su drama Enrique III y su corte, y la segunda pieza va a pasar por encima de la primera.
En seguida da una lectura a los amigos; luego, a un grupo de literatos reunidos con Nestor Roqueplan, que no dirigía aún teatro y comenzaba solamente a hacerse un nombre en el periodismo literario. Allí estaban Alphonse Karr, Alphonse Reyer, Louis Desnoyers y otros cronistas de esa Figaro y Sylphe que los hombres de la edad de Dumas habían fundado frente el Constitucional y el Courrier Français, fortalezas del liberalismo en política al mismo tiempo que de la reacción en literatura. Se amontonaron catorce o quince en una pequeña habitación en el quinto piso, sobre colchones extendidos en el suelo, y Dumas leyó a la luz de las velas. ¡Entusiasmo unánime! Firmin, actor amigo, propone una segunda lectura en su casa ante sus camaradas de teatro, entre ellos mademoiselles Mars y Levert y en presencia del barón Taylor. Se llevó a cabo. El efecto producido, considerable, lleva a una lectura fuera de serie en el teatro mismo, el 17 de septiembre de 1828, durante la cual Enrique III, recibida por aclamación, obtiene la prioridad sobre Cristina.
Tormenta en el horizonte administrativo. Como Dumas se había ausentado de su oficina sin autorización, el señor de Broval lo suspendió, o más exactamente suspendió sus salarios, como el temerario muchacho llamado se lo propuso como desafío. "¿Y su madre, señor, y usted, cómo van a vivir?" Dumas estaba arrogante: "Eso me interesa sólo a mí, señor."¡Sea! Pero eso significaba en seguida la miseria. El pensamiento de su madre enloquece al rebelde. ¿Fue por Firmin por el que obtuvo la recomendación de Béranger para solicitar del banquero Laffite un préstamo garantizado por el manuscrito de su obra? Parece que sí, según sus Memorias. "Fui a contar mi pena a Firmin, que me llevó con Béranger. Béranger me llevó con Laffite. Mentiría si dijera que Laffite mostró entusiasmo para prestarme ese servicio. Pero también mentiría si no me apresurara a decir que me lo prestó. Firmé una letra de cambio de tres mil francos, deposité un duplicado del manuscrito de Enrique III entre las manos del cajero y me comprometí bajo mi palabra de honor a embolsar esos tres mil francos sobre el precio del manuscrito. No se habló nada acerca de los intereses." En Los muertos van de prisa el asunto está tratado con más sencillez: "Fui a encontrar a Béranger; él me llevó con Laffite, le dijo dos palabras en privado y, al cabo de diez minutos, salí de casa del ilustre banquero con dos años de mi salario en la bolsa."Sin embargo, Los muertos van de prisa es un libro de 1861, mientras que el relato de las Memorias es alrededor de 1850. Se sabe además que Béranger había asistido a la lectura dada en casa de Firmin y había aplaudido. Creamos, pues, a las Memorias y no frustremos la parte de Firmin.
Alejandro abraza a Béranger, corre a casa de su madre, hace caer los tres billetes en sus manos, la apacigua de este modo, pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Se sentía él mismo muy contento? ¡Maravilloso giro de su existencia! No volvió a cobrar un salario, contraía una gran deuda, y los actores no escondían su inquietud ante la novedad abrupta de la obra... En fin, otra desgracia: habiendo llegado la época de las gratificaciones, es decir, de los aguinaldos de 1829, y aunque Dumas creía tener derecho a las tres cuartas partes (había terminado su servicio en octubre), Su Alteza Real se dignó escribir con su mano en la lista
frente a su nombre: "Suprimir las gratificaciones de Alejandro Dumas, que se ocupa de literatura..."En el Palais-Royal se habían formado dos campos, uno en pro, otro en contra. Oudard, neutral. Deviolaine, el buen hombre, no comprendía casi nada. Oyendo hablar mucho de Enrique III: "Quién sabe, decía, si el pequeño primo de Villers-Cotterêts..."No entendía nada, o su frase terminaba con estas palabras: "¡El muy ... es demasiado terco para eso!" Y por ese lado vino lo peor.
Porque lo peor no fue hacer callar al chantajista, peligroso, sin embargo, porque la pieza estaba en la censura y el miserable denunciaba en su revista los papeles de los pupilos ("sobre el escándalo de los cuales se podía contar para conmover la multitud"); para detener tal peligro bastó una visita acompañado de un amigo y de un bastón... No: lo peor surgió con el criado de los Deviolaine que acudió al teatro para llevarse a Alejandro: su madre tuvo un desvanecimiento al salir de la casa de sus, primos, habíase caído y no recobraba el conocimiento... Noche de angustia, dos médicos, instalación improvisada en un apartamiento alquilado de prisa por tres meses debajo de los Deviolaine y en el que se dispuso un lecho. Afortunamente la hermana, llegada a París para ver la pieza del hijo, hizo de enfermera. "Ah, cierto —escribió Dumas en sus Memorias— , no se tiene idea de lo que fueron para mí los dos o tres días que transcurrieron entre ese dolor profundo de ver a mi madre agonizante y ese trabajo terrible de un primer drama a representar." Añadimos: y de actores a quienes darles valor sin descanso...
El 11 de febrero de 1829, día fijado para el estreno de Enrique III, se acercaba. Henos en la víspera: todavía un esfuerzo por hacer, una diligencia que intentar. Dumas lo había decidido desde hacía mucho, pero necesitaba audacia para ello. El joven autor se presenta en el Palais-Royal, y pide hablar con el duque de Orleáns. Se creyó que tenía una audiencia. ¿Se podía creer otra cosa? Se avisó al duque, quien se hizo repetir el nombre dos veces, después ordena que introduzcan al visitante. La escena es graciosísima, de audacia inusitada si es verdadera, de una invención admirable si es novela.
"Señor, vengo a pedirle una gracia, o más bien una justicia...", hermosa forma de entrar en materia. ¿Y qué quería la justicia? Simplemente que el duque asistiera al estreno de Enrique III; porque Dumas había sido acusado ante Su Alteza y porque Su Alteza había dado la razón a sus acusadores. En vista de que el proceso se llevaría a cabo al día siguiente ante el público, el acusado rogaba a Monseñor asistir al juicio.
Uno admira que el duque lo haya recibido bien, pero aquello le venía mal: al día siguiente tenía veinte o treinta príncipes y princesas a cenar... Entonces Dumas, loco de atar o audaz genial, sublime o fanfarrón:
—¿No cree, señor, que sería curioso dar el espectáculo de Enrique III a esos príncipes y princesas?
Su Alteza, en vez de levantarse como un resorte ante la nariz del visitante, guarda la más sorprendente cortesía. Invoca sólo una dificultad de horario. La comida a las seis, el telón se levanta a las siete. Para Dumas no había nada imposible, ¿y por qué ese atrevido iba a dar un paso atrás? Aquello no importaba, declaró: se retardaría una hora la representación, y Su Alteza no tendría que adelantar sino una hora la comida... ¿Que Su Alteza no disponía sino de tres palcos? Pero si todos los palcos del primer piso estaban reservados, y el Teatro Francés estaría muy contento de hacer cualquier cosa por el duque de Orleáns. Que el duque haya respondido: "¡Vamos, es una idea eso..." se le cree con trabajo. Sin embargo, todo se podría realizar bajo el influjo de un hechicero, de ese "Berlick". En fin, fue patente que la noche de la representación los palcos del primer piso brillaban con condecoraciones principescas de varias naciones y destellaban no menos principescamente de diamantes: había sido necesario que el Gotha hubiera terminado de cenar bastante pronto para que su anfitrión le ofreciera una noche en el teatro.
A las siete, Alejandro se vistió el traje recto y sobrio de un funcionario que con frecuencia ha mirado los retratos de Goethe. A las ocho menos cuarto, abraza a su madre, con quien había pasado una parte del día, pero ella estaba semiinconsciente. Después partió hacia el teatro, entra como una ráfaga de viento, se encierra en el pequeño palco que da sobre el escenario mismo, donde contempla una sala abarrotada: en el lunetario, sus amigos, sus antiguos compañeros de oficina; en un palco de primera, su hermana, que había recibido a Vigny y a Hugo, que no habían obtenido sitios; en una luneta, Deviolaine... Se levanta el telón. El joven jamás había experimentado sensación parecida a aquella que le produjo "la frescura del teatro que le tocaba su frente sudorosa".
Este estreno de Enrique III y su corte, los aplausos bastante vivos en el primer entreacto, nutridos en el segundo, estallando estruendosamente en el tercero y después llegando al delirio verdadero hasta el fin, acaso podríamos imaginarlo hoy con emoción sin fineza, pero profundamente conmovedora si se supiera que después de cada acto, después de cada round, el luchador corría a ver a su madre y que su madre apenas podía comprender que él la abrazaba. En el tercer entreacto, ella dormía un sueño apacible y no despertó con el beso de su hijo, cuyo porvenir se fraguaba algunos techos más allá. ¡Ah, que ella no estuviera en estado de asistir al combate y contemplar la victoria! Porque fue una victoria. La pieza había dominado al público, hecho gritar a las mujeres, impuesto una violencia de patetismo sin precedente. A Deviolaine le dio un cólico y se vio obligado a huir. Cuando Firmin se adelantó para nombrar al autor, la Malibrán, que no pudo encontrar lugar sino en el tercer piso, se inclinó afuera de su palco "agarrándose con ambas manos a una columna para no caerse". El duque de Orleáns "escuchó de pie y descubierto el nombre de su empleado que un éxito, si no de los más merecidos por lo menos de los más ruidosos de la época, nombraba como poeta". Dumas dixit. Pero en otras Memorias, además de las suyas, las de Samson, las de Séchan, han reconocido este éxito apabullante. Dumas no pudo haber inventado una carta para atribuirla al señor Broval, su director. Ahora bien, esta carta existe, y constituye incuestionablemente un certificado de triunfo; dice: "... este triunfo tan justamente conquistado". Charles Magnin escribió en el Globe del 14 de febrero: "El éxito fue inmenso."
Juzgar el drama por el primer acto no corresponde. Dumas mismo reconoce la exposición larga, fría y complicada. Una psicología de novela-folletón trufada de inverosimilitudes. Al comienzo de la pieza se manifiesta el deus ex machina, se llama Ruggieri el astrólogo y alquimista italiano, a quien Balzac haría una pesada novela, El secreto de Ruggieri, y que con Dumas nos impone narcóticos, espejos mágicos, alcobas ocultas, puertas secretas... ¡Oh, mi cabeza, mi cabeza!, se queja el pupilo. ¡Y la nuestra, pues! Pero, poco a poco, la pieza se aproxima a lo aceptable, a pesar de la ferretería ruidosa de "¡Infiernos!" y "¡Condenación!" y a pesar del barniz de una erudición ostentosa e ingenua. El drama se endereza, salta sobre el trampolín de dos fuerzas.
Una de esas fuerzas es la política de la época, en el último tercio del siglo XVI, es la Liga en manos de los Guisa como un acorazado de batalla; es la dominación de Catalina de Médicis encarnizada en conservar el poder y en tener al rey bajo su dependencia. Y llena de odio, en consecuencia, hacia Saint-Mégrin, que le disputa el rey, y también hacia el duque de Guisa.
Así perderá ella a la vez a los dos hombres. Para lograrlo convertirá a la duquesa en su instrumento y triturará el corazón de esa mujer que ama, pero que es pura y que ha callado su amor. Así llegamos a la otra fuerza que es la pasión, una pasión punzante, un arrebato de amor que desesperará a la mujer y arrojará a los dos hombres el uno contra el otro. Encadenamientos lógicos y terribles, multiplicación de lo patético embarbillan ambas fuerzas. En cuanto el duque de Guisa comienza a sospechar, la acción toma su curso hacia la catástrofe, a través del "color local" del Louvre real, de sus juegos, sus discreteos, sus provocaciones, hasta la escena de la cerbatana y del desafío. Mezcla de lo trágico y de lo cómico, pero de una comicidad que ya tiene olor de sangre. Después el marido y la mujer se enfrentan, y desde entonces la fatalidad sangrienta estará allí, terriblemente presente. Hay un realismo de la violencia en la escena cuando el duque, armado, con coraza, magnífico y odioso, obliga a la desventurada a escribir una carta de cita para Saint-Mégrin, con el fin de atraerlo de noche a sus apartamientos, a una hora en que el duque probablemente preside una reunión de la Liga. Ella trata de desprenderse; él le agarra un brazo con su guante de hierro:
—¡Escriba!
—Usted me hace daño, Enrique.
—Escriba, he dicho.
—Usted me hace mucho daño, Enrique, usted me hace un daño terrible.
Estas no son las imprecaciones o las quejas de la tragedia, es el grito del drama. Y Dumas supo construir inmediatamente una pieza. En ningún momento la intriga se pierde, cada escena es un golpe efectivo que penetra hasta las llagas abiertas al principio: la toma del gobierno de la Liga por el rey, que priva al duque de lo que es suyo, las risas de los pupilos, satélites del rey, donde el duque es el blanco, o, simplemente, la noche que cae. Y los efectos de la acción sobrecogen al espectador. Una sola esperanza quedaba a la duquesa: que Saint-Mégrin no pueda venir. Pero Saint-Mégrin, seguro de su amor, escapa a todas sus obligaciones, a la amistad del rey, a las advertencias de Ruggieri: ella oye cerrarse el portal de la mansión, adivina al joven que parece acercarse. ¡Ah, si él huyera! La duquesa le revela a gritos la trampa. Pero ¿cómo este enamorado no reclamó de ella una confesión de amor, la primera confesión, ahora que los asesinos ya hacían ruido en las puertas? El se la arranca y desde ese momento se prepara a combatir con un gozo sombrío. De repente, el gentil paje de la duquesa, devoto hasta la muerte, da a Saint-Mégrin una cuerda que le permite desaparecer por la ventana... ¿Está, pues, salvado? ¿Correrá hacia el duelo inevitable como hombre libre? No, porque abajo lo esperaban los asesinos, dirigidos por Mayena. El duque, que ha forzado la puerta de la habitación, se agarra a su mujer, la arrastra hasta la ventana. Se escucha gritar que Saint-Mégrin, herido, respira aún. Entonces el duque tira el pañuelo de la duquesa a Mayena:
—¡Apriétale el pescuezo con el pañuelo: la muerte le será más dulce, tiene las armas de la duquesa de Guisa!
La importancia de una pieza así en la historia literaria es innegable. El Cromwell de Hugo no había sido representado aún, Hernani no lo fue sino después de Enrique III. Dumas dramaturgo ganó la batalla de Valmy de la revolución romántica en el teatro, él mismo lo ha proclamado sin modestia. Dejó a Hugo el cuidado de ganar la batalla de Jemmapes. Cuando Hugo, la noche de Enrique III, le tendió la mano, exclamó juvenil y conmovedor:
—¡Heme aquí por fin de los vuestros!
—¡Ahora sigue mi turno! —replicó Hugo, soñando con Marion Delorme.
"Dios sea loado —escribió Charles Magnin en El Siglo del 14 de febrero , he aquí un drama que no imita a Fenimore Cooper ni a Walter Scott..." Exageraba, porque la escena de la firma obligada estaba tomada de El abate. Sainte-Beuve hacía reservas sobre la parte histórica, chapeada y superficial, decía, lo cual es cierto, pero ¿la intensidad del drama interior no disminuye la importancia del drama exterior? Y, precisamente, Sainte-Beuve juzgaba "la parte dramática", "bella", "conmovedora". Vigny, más sutil, decía a sus amigos: "Lo que Dumas ha representado es la aventura de la dama de Monsoreau." Alguien pretendía que Dumas hizo mal en utilizar a la persona del duque de Guisa: "¡Ah! —replicó Vigny— , con ese nombre elevó la pieza, la poetizó. Sin ello, la pieza no hubiera sido más que una oscura y burguesa aventura de alcoba."? La mezcla del acontecimiento histórico y de los movimientos del corazón individual creó el interés del género y lo magnificó. Los contemporáneos se sintieron despedazados por la fuerza del destino de los personajes. Y, además, la vivacidad dramática de los diálogos, sorprendente después de tantos diálogos falsamente trágicos, engolados y sentenciosos, logra arrancarles de sí mismos.
¿Qué nos choca en ese arte? ¿Por qué drama tan fuerte nos deja reticentes? No se cebe tanto a que la prosa de Alejandro Dumas vaya a toda prisa. Es, más bien, que la conciencia de un personaje tan importante como el duque de Guisa no haya sido escudriñada a fondo, y, por lo mismo, no se mantenga al nivel de su papel histórico. De esta manera un énfasis del estilo ha pasado a la imaginación y al sentimiento. Defecto extremadamente grave de casi todo el romanticismo. "Las más grandes cosas deben ser dichas simplemente, se echan a perder por el énfasis", había advertido La Bruyère. Las "grandes cosas" de Enrique III están "echadas a perder" por ese énfasis que provenía quizá de que los acontecimientos de la Revolución y del Imperio habían comunicado su fuerza destructora, su atmósfera de tormenta, a la sociedad en la cual una nueva generación de escritores iba a expresar, más o menos, el alma. Todo un mundo había crecido en medio de las armas. Aunque el teatro de Dumas se empeñó en reconstruir cierto siglo XV, siempre se escucha, como subiendo de subterráneos, un ruido de reunión tumultuosa y pasos de soldados. Y, finalmente, hay que decirlo todo: Dumas se abandonó a su naturaleza, en la cual existía ciertamente alguna cosa de una raza que pudo llamar a sus hijos más modestos Teodosio, Sócrates, Napoleón... Naturalmente, enorgulleciéndose del trío que estimaba formar con Hugo y Vigny, no dejó de compararlo a aquel que formaron en la generación anterior Dumas, Hoche, Marceau.
No faltaron algunas tundas para el triunfador. No habían pasado ocho días cuando El Constitucional acusó, si no a Dumas, por lo menos a sus más jóvenes admiradores de haber danzado, la noche del estreno de Enrique III, en el vestíbulo del teatro, alrededor del busto de Racine, gritando: "¡Derrotado Racine , ese tunante!" Dumas siempre lo negó. Al día siguiente, el Corsario trata la obra de monstruosa y al autor de jesuita pensionado. La Gaceta de Francia va más lejos, y no vacila en denunciar una conspiración contra el trono y contra el altar. Incluso las llamas de las pistolas estuvieron a punto de participar en la fiesta. Un periodista oscuro que llamó al nuevo dramaturgo "un pequeño empleado a sueldo de Su Alteza Real" habría tenido un duelo dos días después si el difamador no hubiera perdido dos dedos de la mano derecha al día siguiente en un encuentro con Armand Carrel. Por lo demás, Dumas fue a ver al herido y se encontró con un hombre bastante simpático a quien le estrechó la mano... izquierda.
¿Por qué se quejaba entonces? Un duque de Orleáns gracioso, que asistió a la segunda representación de la obra, recibió al autor en su palco durante el primer entreacto. Le contó que el rey le había comunicado un rumor malévolo para ambos: habían reconocido a Su Majestad en el personaje de Enrique III y a Su Alteza en el del duque de Guisa. Su Alteza había respondido: "Señor, le han engañado por tres razones: la primera, es que yo no le pego a mi mujer; la segunda, es que la duquesa de Orleáns no me pone los cuernos; la tercera, es que Vuestra Majestad no tiene un servidor más fiel que yo..." ¡Qué honor para Dumas! Cosas semejantes no se comunican sino entre iguales. Fue Dumas quien las publicó...
El rey mismo le fue favorable. Cuando siete autores de la escuela "derrotada" dirigieron a Carlos X una petición para suplicarle prestar la fuerza del poder real a la barrera que era urgente poner contra la invasión del drama, "rival innoble" de la tragedia, Su Majestad dio la famosa respuesta: "Señores, no puedo hacer nada de lo que ustedes desean, porque solamente tengo, como todos los franceses, un asiento en el teatro." Frase histórica que no sólo fue dicha: fue escrita.
Finalmente, el duque de Orleáns recibió a Alejandro Dumas con dos mayores, Casimir Delavigne y Jean Vatout, para la conservación de su biblioteca. Vatout cultivaba la poesía ligera y satírica; dejó obras de historia y de arte. En ese momento, en sus treinta y ocho años, publicaba La galería litografiada que describía en prosa y en verso las colecciones del duque. Dumas colaboraba, sin dudar que leería un día y utilizaría un libro de su colega sobre La conspiración de Cellamare. Con Delavigne, se miraron algún tiempo como perro y gato. Hay que darse cuenta de que el éxito extraordinario de Enrique III retardaba la creación de Marino Faliero de Delavigne, que le obliga finalmente a emigrar de la Comedia Francesa a la Porte Saint-Martin: ¡Era Coriolano con los volscos!
Es verdad que, de los tres, el más asiduo a la biblioteca había sido, por lo menos en los primeros tiempos, el joven Dumas. Gozaba de un inmenso gabinete y realizaba cómodamente sus investigaciones literarias; en cuanto al trabajo, no tuvo jamás otro que su trabajo personal. Mal pagado, naturalmente. Como un retrato no debe olvidar nada y las antítesis son puestas de relieve para representar un personaje romántico, registremos una carta del 17 de junio de 1829 a Su Alteza Real, en la cual Dumas solicita bastante insulsamente el honor de permanecer agregado a la casa de Orleáns con holgura y pide la plaza de bibliotecario de Eu, donde sólo tenía que ir algunos meses cada año (citado por Glinel en la Revue hebdomadaire del 12 de julio de 1902) y no callemos un mal humor inesperado del gran niño. Tan cómico como mezquino, llenará muy bien un capítulo dramático y heroico. Escuchemos el mal humor del nuevo ilustre:
Como hace seis meses que ya no se me pagan mis salarios, se antedata mi nombramiento en seis meses. Resulta que como yo tenía mil quinientos francos como empleado, y mil doscientos como bibliotecario, se economiza al pagarme esos seis meses como bibliotecario una suma de ciento cincuenta francos, que con las gratificaciones de 1829 no pagadas constituyen una economía de trescientos cincuenta francos, los cuales, sumados a los cincuenta francos suprimidos en mi gratificación de 1828, constituyen un beneficio neto de cuatrocientos francos para la caja real.
Sobre semejante página ¿quién no juraría que hay en él una avaricia puntillosa? Está en las Memorias. ¿Por qué Dumas hijo no la insertó con ironía en el prólogo de su Padre pródigo?
Mientras tanto, el tiempo pasaba, y Dumas, no por la prolongación de esa crisis de espíritu práctico, sino por la impaciencia del hombre de letras, vio llegar el año 1830 sintiendo cada vez más el peso de su Cristina, que tenía siempre en los brazos. El conflicto que le enfrentaba con los actores de la Comedia Francesa, que pretendían imponerle una segunda lectura de su obra retocada, ¿iba a ser eterno? Cristina caía en un sueño inquietante.
Una carta de Harel la despierta. El director del Odeón escribió:
Mi querido Dumas:
¿Qué dice de esta idea de mademoiselle George: representar inmediatamente su Cristina en el mismo teatro y con los mismos actores que representaron la Cristina de Soulié?
En cuanto a las condiciones, usted dirá.
No se preocupe de la idea de que estrangula la obra de su amigo: murió ayer de muerte natural.
Dumas, aunque en términos fríos con Soulié, le hizo llegar la carta con esta nota garabateada al margen:
Mi querido Fréderic, lee esta carta. ¡Qué bandido tu amigo Harel! Tuyo.
El criado trajo la respuesta de Soulié:
Mi querido Dumas,
Harel no es mi amigo, es un director.
Harel no es un bandido, es un especulador.
Yo no haría lo que él hace, pero yo le aconsejaría hacerlo.
Recoge los pedazos de mi Cristina —y hay muchos, te prevengo—, tíralos en el bote del primer trapero que pase y haz representar tu pieza. Tuyo.
Después de franqueadas las barreras del comité del Odeón, después de las fatigas de muchas diligencias, después de un ensayo general de lo más prometedor, el estreno de Cristina se fijó para el 30 de marzo de 1830. La víspera, Soulié fue a preguntar a Dumas:
—¿Te quedan cincuenta localidades? Dámelas. Se está organizando una intriga contra tu pieza para mañana por la noche. Pero yo vendré con mis obreros del aserradero mecánico (sus obreros lo adoraban) y te sostendremos, ¡está tranquilo!
Fréderic Soulié, que había perdido la partida tres meses antes con una obra del mismo título, representada en el mismo teatro y hecha pedazos, ¡molestarse así por un rival feliz! Y éste confiándole la antevíspera un paquete de entradas que podían hacer fracasar su obra si hubieran sido usadas con mala fe... ¡Costumbres conmovedoras! No. Soulié no había mentido. La intriga tuvo lugar y desencadenó una ruda batalla: Soulié y sus cincuenta hombres estaban allí, se entregaron de lleno a ella y decidieron la victoria.
De manera que el estreno de Cristina se enmarca entre dos manifestaciones emocionantes de fraternidad. La segunda se produjo la misma tarde, más bien en la noche. Dumas esperaba en su casa, para cenar, a unos veinticinco amigos, entre ellos Hugo, Vigny, Planche, Paul Lacroix, rodeados de una juventud entusiasta. Ahora bien, la pieza había tenido una centena de versos que fueron silbados y gritados, y que corrían el riesgo de serlo de nuevo al día siguiente. También había que hacer una buena docena de cortes y hacerlos en seguida, para que estuvieran listos a mediodía para la representación de la noche. Imposible escaparse de esas tareas, pero ¿cómo hacerlas con veinticinco convidados prominentes, aunque fuesen amigos? ¡Era como para correr... a casa del duque de Orleáns y que él viniese a reemplazarlo!
He aquí lo que sucedió:
Hugo y Vigny tomaron el manuscrito, me invitaron a no inquietarme por nada, se encerraron en un gabinete y mientras nosotros comíamos, bebíamos, cantábamos, ellos trabajaron... trabajaron cuatro horas seguidas con la misma conciencia con que hubieran trabajado para ellos, y cuando salieron de día, al encontrarnos a todos acostados y dormidos, dejaron el manuscrito listo para la representación, sobre la chimenea, y, sin despertar a nadie, se marcharon esos dos rivales, dándose el brazo como dos hermanos... ¿Te recuerdas de eso, Hugo? ¿Se recuerda usted de eso, Vigny?
A la mañana siguiente alguien rompe el sopor de su pesado sueño: era el librero Barba, que venía a ofrecer a Dumas doce mil francos por el manuscrito de Cristina (el de Enrique III el año anterior no había "hecho" sino seis mil, por oferta del librero Vézard). La obra apareció en librería en forma de trilogía dramática, con el título de Estocolmo, Fontainebleau y Roma, cinco actos en verso, con prólogo y epílogo. Lucía esta dedicatoria: "A Su Alteza Real señor duque de Orleáns, homenaje de respeto y agradecimiento, Alejandro Dumas, París, 30 de marzo de 1830, once de la noche."
¿Qué era, en fin, esa obra tan esperada y que tuvo una feliz demora? Seguramente fue afortunado para Cristina navegar en la estela de victoria abierta, antes que ella, por Enrique III, porque ni en mecánica dramática ni en estilo se igualaba a la anterior. Una reina gloriosa harta de reinar, curiosa de ciencias y letras, ávida de vida libre, pero prisionera de sus celos de amor y que, en un acceso de furor pasional, hace asesinar cruelmente a su favorito: la deslealtad de ese Monaldeschi dos veces traidor a su soberana, traidor a su política, traidor a sus sentimientos; la rivalidad de dos hombres ambiciosos y el juego de su rencor: por fin, presa entre esas brutalidades, Paula, la tierna y amorosa rival, es disfrazada de paje. ¡Tales bases proponían un tema digno de Shakespeare! Dumas, infortunadamente, no había hecho más que un armazón y los muros de la pieza: en el interior falta casi todo, a pesar de los préstamos tomados a Schiller y a Lope de Vega. Se dirá que puso en el prólogo una finura picante para evocar los bellos años de Estocolmo y que a través del epílogo en Roma, donde Cristina fue a morir, se ve despuntar algo grande... Pero la representación ¿no excluyó ese tierno lirismo, esa veleidad épica? El cuerpo del drama queda centrado sobre la cobardía de un hombre, lo cual nos parece bastante pobremente dinámico sin el retorno victorioso que Henri de Kleist arregló a su príncipe de Hamburgo.
En cuanto a los versos, una sintaxis prosaica y singularmente abandonada compone la triste armazón. Alejandrinos como éstos:
—No —dijo Soulié—, una tragedia.
—Un drama —sostuvo Dumas.
Sobre esta diferencia, los dos amigos convinieron en tratar el tema cada uno a su manera, y el primero que estuviera listo leería su pieza en el Teatro Francés. Habiéndose separado con frialdad, no tuvieron prisa para volver a verse antes de haber llegado a un resultado.
Preocupado por su obra Cristina, Dumas se aprendió Wallenstein, se sació del siglo XVII europeo, soñaba con la hija de Gustavo Adolfo, con su renuncia de soberano, con sus avatares religiosos y su desorden pasional. Tuvo ciertos méritos, porque se golpeaba la cabeza como contra muros, en las condiciones en que tenía que trabajar. Sus molestias de funcionario se agravaban. Lo cambian de oficina. Oudard le hizo pasar del secretariado a los archivos, después de una permanencia en el servicio de socorros. La desgracia ofrecía sus ventajas: poco trabajo, no más cartera, todas las tardes libres, y como jefe a un amante de las letras, el pequeño tío Bichet, que trató muy bien a su nuevo empleado. Pero, ¡ay!, la sinecura fue suprimida al cabo de dos meses, el empleado flotante pasó a depender de Deviolaine y tuvo que luchar para escaparse del ruido de una gran oficina poblada de escribanos. ¡Aislamiento, silencio a toda costa! ¡Poder, una vez hecha, y puntualmente hecha, la tarea administrativa, pensar en el drama por hacer! En consecuencia, su más alta ambición fue obtener trabajo en un reducto donde el mozo ponía las botellas de tinta vacías. Fue difícil. ¿Cómo no maravillarse de una invención dramática que pudo conservar su llama en esas corrientes de aire de mal olor de papeluchos? Sin contar que Deviolaine había dado al desgraciado el golpe más rudo: ¿no había advertido a madame Dumas las dificultades en que se debatía Alejandro y que las faltas del joven —decía él— las habían causado? Ella, que no sentía mas que temores acerca de su hijo y que tenía tanto miedo de verle perder aquello con lo que ganaba el pan, recordaba incesantemente la suerte de Auguste Lafarge, meteoro en el cielo de Villers-Cotterêts, pobre pequeña piedra sobre el empedrado de París, y que acababa de morir de miseria. Cuando Alejandro, después de un altercado con el mozo de la oficina durante una ausencia de Deviolaine, se retiró para esperar una respuesta a la carta que había escrito a su terrible primo, madame Dumas, decepcionada por una vana diligencia con madame Deviolaine, lo creyó todo perdido. Alejandro, el encarnizado Alejandro, el impávido, acostado durante tres días, pero despierto y ardiente —había tomado la costumbre de trabajar en la cama para descansar sus piernas— , no cesaba de trabajar en la obra de sus esperanzas... Por fin, Deviolaine, emocionado por la desesperación de madame Dumas, volvió a emplear a su joven pariente; acuerda darle su rincón reclamado, tapizándolo, por supuesto, de amenazas. ¡Pero qué le importaba al temerario! Podría realizar su obra. Y la realizó.
Quedaba quizá lo más difícil: hacerla representar. Depósito del manuscrito, comité, lectura. ¿Cómo desenredarse en ese laberinto? Comenzaba abril de 1828. Talma había muerto. No había nadie en el Palais-Royal que consintiera en redactar una recomendación. "Diríjase a Nodier", dijo Lassagne ¿Nodier? Era evidente que Dumas, el primer día de su llegada a París, la primera noche que se había sentado en un asiento de la Porte Saint-Martin, había charlado con un desconocido que fue expulsado como silbador obstinado, pero no sin haber aprovechado los entreactos para enseñar a su vecino, que adivinaba, muy ingenuo, qué es un elzevir, lo que es una "claque" de teatro, qué maravillosas sorpresas reserva la ciencia, qué misterios infinitamente pequeños puede encontrar un fantasista y, también, que los vampiros existen, porque los había visto: toda una extraña educación en tres cuartos de hora. "Pues bien, vuestro desconocido es Nodier", había afirmado Lassagne. "No puede recordarse de mí." "El no olvida nada. Escríbale."
El barón Taylor, administrador del Teatro Francés, respondió la carta. Le dio cita para una hora singular: a las siete de la mañana, en su casa... Dumas, todavía influido por el Nodier de una noche, ya no se sorprendería de prodigios. Encuentra al señor administrador en su bañera, víctima de un autor que había forzado su puerta— ¿a qué hora, Dios mío? —y que lo aplastaba bajo el peso de cinco actos concienzudamente trágicos, sordo a las súplicas de su víctima. El agua se enfriaba. Por fin llega el turno de Dumas. Lee su pieza a un hombre helado bajo sus sábanas. Dumas se muestra sin pretensión y el administrador le reclama acto tras acto. Al terminar el quinto acto, Taylor salta de la cama:
—Usted va a venir conmigo al Teatro Francés —dijo.
—¿Para qué?
—Para tomar su turno de lectura lo más pronto posible.
—¡De veras! ¿Leeré en el comité?
—No más tarde que el sábado próximo.
La lectura, obtenida sin demora para el 30 de abril, fue hecha ese día ante un comité completo; aseguró la victoria de la pieza solamente con esta restricción en dos o tres boletines: "Una segunda lectura o la comunicación del manuscrito a un autor que tenga la confianza del comité." Por lo menos, tal es el relato de las Memorias. El actor Samson le contradice ligeramente, diciendo que la restricción venía del comité unánime.
Dumas, fuera de sí, corriendo por las calles para avisar a mamá lo más pronto posible, perdió su manuscrito. ¡Pero se lo sabía de memoria! Pronto lo tuvo reconstruido. En el Palais-Royal, avisados por una noticia de periódico, las oficinas estaban en efervescencia y recibió muchos cumplidos. Sólo su jefe, monsieur Fossier, no asomó la nariz. "En venganza —dice Dumas— me envió trabajo cuatro veces más que de costumbre; era evidente que había leído el periódico."En cuanto a Deviolaine, representó su papel de regañón, siempre afectuoso y devoto para la madre de Alejandro, conquistado a su pesar por el buen mozo, pero no queriendo aceptarlo. En medio de su discusión, y como Deviolaine dijo: "Espero que estaré bien muerto antes de que tu pieza sea representada", el mozo de la oficina abrió la puerta para anunciar que un actor —se apoyó sobre esta palabra— buscaba al señor Dumas.
—¡Un actor! ¿Qué actor? —preguntó Deviolaine.
—Firmin, de la Comedia Francesa.
—Sí —respondí tranquilamente—. Él representa el papel de Monadelschi.
—¿Firmin trabaja en tu obra?
—Hace el papel de Monadelschi, sí... Está muy bien distribuida: Firmin representa a Monaldeschi, mademoiselle Mars a Cristina...
—¿Mademoiselle Mars trabaja en tu obra?
—Sin duda.
—No es cierto.
—¿Quiere usted que se lo diga ella misma?
—¿Crees que me voy a molestar para asegurarme que mientes?
—No, ella vendrá aquí.
—¿Mademoiselle Mars vendrá aquí?
—Ella tendrá esa amabilidad para conmigo, estoy seguro. ¿Mademoiselle Mars?
—¡Vaya! Usted ve que Firmin
—¡Anda, déjate de mentiras! Porque, palabra de honor, haces que me dé vueltas la cabeza. ¡Mademoiselle Mars! ¿Mademoiselle Mars molestarse por ti? ¡Vaya! ¡Mademoiselle Mars!
Y levantó los brazos al cielo como un hombre desesperado de que semejante locura haya entrado en la cabeza de un miembro de su familia. Yo aproveché este gesto dramático para escabullirme.
Pero, ¡ay!, Firmin venía a buscar al joven dramaturgo para llevarlo con el señor Picard, autor de pequeñas comedias costumbristas, pintor efímero a través de su tiempo, antiguo director de varios teatros, consejero del Teatro Francés, buen hombre burlón y seco. Todo le iba a escandalizar en esa Cristina sobre la que debía dar su consejo, seguramente iba a escandalizar, contrariar, contrarrestar, anular al autor de La pequeña ciudad y Los provincianos en París. Cortesía, sonrisas... pide ocho días de reflexión. Transcurridos esos ocho días, durante la nueva visita de los jóvenes, la misma cortesía, las mismas sonrisas, pero estas palabras heladas:
—Mi querido señor: ¿tiene usted algunos medios de vida? Dumas confiesa sus funciones.
—Bien, vaya a su oficina, muchacho, vaya a su oficina.
Y le entregó el manuscrito con sus cruces, sus corchetes, sus puntos de exclamación que eran puntos de indignación.
Afortunadamente Taylor, que no aceptaba haberse equivocado, aunque no queriendo adelantarse sino a cubierto, hizo llegar el manuscrito a Nodier, que lo envió con esta inscripción: "Declaro en mi alma y conciencia que Cristina es una de las obras más notables que he leído en veinte años."
—Usted volverá a leer el sábado —dijo Taylor—. Esté listo.
No, fue el domingo, excepcionalmente, a causa de la oficina. El domingo, pues, Dumas creyó oir más aclamaciones aún que durante la lectura anterior. En todo caso, su pieza fue recibida por unanimidad, salvo la corrección de algunos detalles sobre los cuales el autor debía ponerse de acuerdo con el actor Samson, ese Samson que, contradiciéndole en la segunda lectura como en la primera, pretendía haber notado bastantes reticencias en los labios de sus colegas.
Siempre se entendieron mal. Sin embargo, reconozcamos un mérito extraordinario en Dumas: gozaba con ese desacuerdo, que le hizo rehacer enteramente la obra.
¿Qué capricho revelaría mejor una naturaleza auténtica de escritor que la necesidad súbitamente experimentada por Dumas de dejar París? El quería que la refundición de su obra se efectuara en su espíritu en el curso de un viaje brusco de setenta y dos horas, París-El Havre-París... En otras circunstancias, mucho después, sentirá de repente que tiene necesidad de cabeceo y balanceo, de cuerdas silbando en el viento, nubes pasando por el cielo, sin lo cual ciertos capítulos de El capitán Pablo no saldrían bien. Viajando entonces en Sicilia y poseyendo un pequeño navío, lo alcanzaría, desplegaría sus velas, iría a poner el ancla en el estrecho de Mesina y la novela estaría terminada en dos días. Esta vez la diligencia con una vista a ojo de pájaro sobre el mar bastó para desterrarlo. Gracias a lo cual la pieza se enriqueció con un prólogo, dos actos en Estocolmo, un epílogo romano y el papel completo de Paula. La primera versión era más bien una tragedia, la segunda se convirtió en drama integral.
Así Cristina se encaminó a su creación teatral, rechazando los obstáculos a diestra y siniestra. Pero todavía no había terminado con ellos.
Dumas se creía diplomático al eclipsarse ante la Cristina de un señor llamado Brault, que estaba destinada al fracaso. Poco después, vio la de Soulié, que fracasaba en el Odeón. Y por fin a los actores del Teatro Francés, a medida que estudiaban la suya, convertirse en hielo: ¿daría el destino la razón al pequeño señor Picard? No. "Uno de esos azares que no suceden sino a los predestinados." Sí, Dumas hablaba así. ¿Cuál azar?
Se presentó durante esas tardanzas. Una tarde tuvo necesidad de papel y subió a la oficina de contabilidad para tomar unas hojas. Allí dio con un volumen como extraviado sobre una mesa. El volumen estaba abierto en la página 95 y Dumas vio que se trataba de L'Esprit de la Ligue de Anquetil, historiador sin crítica, pero claro, agradable Y que se leía todavía mucho en aquellos años. Se pone a leer y cae sobre un episodio del reinado de Enrique III. Se interesó inmediatamente en ello y devoró los párrafos relativos a Saint-Mégrin. Ese noble unido al rey, enemigo del duque de Guisa, estaba enamorado de la duquesa y pasaba por ser secretamente amado por ella. El duque, indiferente a su mujer, pero avisado por informes, imagina darle una sorpresa en broma al entrar una mañana en su habitación, un veneno en una mano y un puñal en la otra. Como le dirigió reproches sobre su conducta, tenía el aire de dejarle la elección entre el puñal y un veneno. Tras una larga hora de alarma, él le revela que el pretendido veneno es un excelente consomé. Le había dado una lección y el historiador afirmaba que había convertido a la duquesa más circunspecta en el Porvenir.
La Biografía Universal, su amiga desde el descubrimiento de Cristina, lleva a Dumas al Journal de L'Estoile que se hizo prestar, y donde una página de fecha 21 de julio de 1578, arrojándolo en plena fiebre pública, pone ante sus ojos la figura sangrante de Saint-Mégrin, uno de los ricos y rizados pupilos de Su Majestad, a quien en plena calle veinte o treinta desconocidos armados de pistolas, de espadas y de cuchillos le dieron treinta y cuatro o treinta y cinco puñaladas. Crimen que permaneció impune, por pupilo y favorito que haya sido el occiso, habiendo sabido el rey que el duque de Guisa vengó así su honor y que tenía al duque de Mayena, su hermano, por ejecutor. El otro rey, el de Navarra, habría dicho sobre el informe de Fierre de L'Estoile: "Sé de buen grado que el duque de Guisa, mi primo, no podría haber aguantado que un barbilindo como Saint-Mégrin le pusiera los cuernos. Así se debería ejecutar a todos los demás pequeños galanes de la corte que se acercan a las princesas para presumir y enamorarlas."
Y Dumas, más tarde en el Diario, fechado el 19 de agosto de 1579, leyó otra historia, parecida a ésta, pero más pintoresca, sobre el asesinato de Bussy d'Amboise, primer gantilhombre del duque d'Anjou. Madame de Monsoreau, su amante, le había dado una cita en la noche en una casa donde le esperaba el asalto de diez o doce espadachines apostados por el marido. El valiente vendió muy cara su vida y no se detuvo en el combate mientras tuvo un pedazo de espada en la mano, después de lo cual se ayuda de mesas, bancos, sillas y escabeles, y por fin cae cerca de una ventana por la cual esperaba salvarse... "Tal fue el fin del capitán Bussy."
De esos viejos textos históricos también se levanta un drama histórico, y he aquí a Dumas esbozando la acción a grandes rasgos. No le hacían falta sino algunos detalles de costumbres, que encuentra en dos libros prestados por un sabio amigo, Villenave, libelos temibles para la memoria de los Valois, La confesión de Sancy de Agrippa d'Aubigné, y La isla de los hermafroditas, atribuído a Thomas Artus, Señor d'Embly. Con esas lecturas se impregna del Don Carlos de Schiller a tal punto que le tomará la escena del cuarto acto para hacer la escena primera de su acto cuarto. Equipado y abastecido de este modo, escribió en dos meses su drama Enrique III y su corte, y la segunda pieza va a pasar por encima de la primera.
En seguida da una lectura a los amigos; luego, a un grupo de literatos reunidos con Nestor Roqueplan, que no dirigía aún teatro y comenzaba solamente a hacerse un nombre en el periodismo literario. Allí estaban Alphonse Karr, Alphonse Reyer, Louis Desnoyers y otros cronistas de esa Figaro y Sylphe que los hombres de la edad de Dumas habían fundado frente el Constitucional y el Courrier Français, fortalezas del liberalismo en política al mismo tiempo que de la reacción en literatura. Se amontonaron catorce o quince en una pequeña habitación en el quinto piso, sobre colchones extendidos en el suelo, y Dumas leyó a la luz de las velas. ¡Entusiasmo unánime! Firmin, actor amigo, propone una segunda lectura en su casa ante sus camaradas de teatro, entre ellos mademoiselles Mars y Levert y en presencia del barón Taylor. Se llevó a cabo. El efecto producido, considerable, lleva a una lectura fuera de serie en el teatro mismo, el 17 de septiembre de 1828, durante la cual Enrique III, recibida por aclamación, obtiene la prioridad sobre Cristina.
Tormenta en el horizonte administrativo. Como Dumas se había ausentado de su oficina sin autorización, el señor de Broval lo suspendió, o más exactamente suspendió sus salarios, como el temerario muchacho llamado se lo propuso como desafío. "¿Y su madre, señor, y usted, cómo van a vivir?" Dumas estaba arrogante: "Eso me interesa sólo a mí, señor."¡Sea! Pero eso significaba en seguida la miseria. El pensamiento de su madre enloquece al rebelde. ¿Fue por Firmin por el que obtuvo la recomendación de Béranger para solicitar del banquero Laffite un préstamo garantizado por el manuscrito de su obra? Parece que sí, según sus Memorias. "Fui a contar mi pena a Firmin, que me llevó con Béranger. Béranger me llevó con Laffite. Mentiría si dijera que Laffite mostró entusiasmo para prestarme ese servicio. Pero también mentiría si no me apresurara a decir que me lo prestó. Firmé una letra de cambio de tres mil francos, deposité un duplicado del manuscrito de Enrique III entre las manos del cajero y me comprometí bajo mi palabra de honor a embolsar esos tres mil francos sobre el precio del manuscrito. No se habló nada acerca de los intereses." En Los muertos van de prisa el asunto está tratado con más sencillez: "Fui a encontrar a Béranger; él me llevó con Laffite, le dijo dos palabras en privado y, al cabo de diez minutos, salí de casa del ilustre banquero con dos años de mi salario en la bolsa."Sin embargo, Los muertos van de prisa es un libro de 1861, mientras que el relato de las Memorias es alrededor de 1850. Se sabe además que Béranger había asistido a la lectura dada en casa de Firmin y había aplaudido. Creamos, pues, a las Memorias y no frustremos la parte de Firmin.
Alejandro abraza a Béranger, corre a casa de su madre, hace caer los tres billetes en sus manos, la apacigua de este modo, pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Se sentía él mismo muy contento? ¡Maravilloso giro de su existencia! No volvió a cobrar un salario, contraía una gran deuda, y los actores no escondían su inquietud ante la novedad abrupta de la obra... En fin, otra desgracia: habiendo llegado la época de las gratificaciones, es decir, de los aguinaldos de 1829, y aunque Dumas creía tener derecho a las tres cuartas partes (había terminado su servicio en octubre), Su Alteza Real se dignó escribir con su mano en la lista
frente a su nombre: "Suprimir las gratificaciones de Alejandro Dumas, que se ocupa de literatura..."En el Palais-Royal se habían formado dos campos, uno en pro, otro en contra. Oudard, neutral. Deviolaine, el buen hombre, no comprendía casi nada. Oyendo hablar mucho de Enrique III: "Quién sabe, decía, si el pequeño primo de Villers-Cotterêts..."No entendía nada, o su frase terminaba con estas palabras: "¡El muy ... es demasiado terco para eso!" Y por ese lado vino lo peor.
Porque lo peor no fue hacer callar al chantajista, peligroso, sin embargo, porque la pieza estaba en la censura y el miserable denunciaba en su revista los papeles de los pupilos ("sobre el escándalo de los cuales se podía contar para conmover la multitud"); para detener tal peligro bastó una visita acompañado de un amigo y de un bastón... No: lo peor surgió con el criado de los Deviolaine que acudió al teatro para llevarse a Alejandro: su madre tuvo un desvanecimiento al salir de la casa de sus, primos, habíase caído y no recobraba el conocimiento... Noche de angustia, dos médicos, instalación improvisada en un apartamiento alquilado de prisa por tres meses debajo de los Deviolaine y en el que se dispuso un lecho. Afortunamente la hermana, llegada a París para ver la pieza del hijo, hizo de enfermera. "Ah, cierto —escribió Dumas en sus Memorias— , no se tiene idea de lo que fueron para mí los dos o tres días que transcurrieron entre ese dolor profundo de ver a mi madre agonizante y ese trabajo terrible de un primer drama a representar." Añadimos: y de actores a quienes darles valor sin descanso...
El 11 de febrero de 1829, día fijado para el estreno de Enrique III, se acercaba. Henos en la víspera: todavía un esfuerzo por hacer, una diligencia que intentar. Dumas lo había decidido desde hacía mucho, pero necesitaba audacia para ello. El joven autor se presenta en el Palais-Royal, y pide hablar con el duque de Orleáns. Se creyó que tenía una audiencia. ¿Se podía creer otra cosa? Se avisó al duque, quien se hizo repetir el nombre dos veces, después ordena que introduzcan al visitante. La escena es graciosísima, de audacia inusitada si es verdadera, de una invención admirable si es novela.
"Señor, vengo a pedirle una gracia, o más bien una justicia...", hermosa forma de entrar en materia. ¿Y qué quería la justicia? Simplemente que el duque asistiera al estreno de Enrique III; porque Dumas había sido acusado ante Su Alteza y porque Su Alteza había dado la razón a sus acusadores. En vista de que el proceso se llevaría a cabo al día siguiente ante el público, el acusado rogaba a Monseñor asistir al juicio.
Uno admira que el duque lo haya recibido bien, pero aquello le venía mal: al día siguiente tenía veinte o treinta príncipes y princesas a cenar... Entonces Dumas, loco de atar o audaz genial, sublime o fanfarrón:
—¿No cree, señor, que sería curioso dar el espectáculo de Enrique III a esos príncipes y princesas?
Su Alteza, en vez de levantarse como un resorte ante la nariz del visitante, guarda la más sorprendente cortesía. Invoca sólo una dificultad de horario. La comida a las seis, el telón se levanta a las siete. Para Dumas no había nada imposible, ¿y por qué ese atrevido iba a dar un paso atrás? Aquello no importaba, declaró: se retardaría una hora la representación, y Su Alteza no tendría que adelantar sino una hora la comida... ¿Que Su Alteza no disponía sino de tres palcos? Pero si todos los palcos del primer piso estaban reservados, y el Teatro Francés estaría muy contento de hacer cualquier cosa por el duque de Orleáns. Que el duque haya respondido: "¡Vamos, es una idea eso..." se le cree con trabajo. Sin embargo, todo se podría realizar bajo el influjo de un hechicero, de ese "Berlick". En fin, fue patente que la noche de la representación los palcos del primer piso brillaban con condecoraciones principescas de varias naciones y destellaban no menos principescamente de diamantes: había sido necesario que el Gotha hubiera terminado de cenar bastante pronto para que su anfitrión le ofreciera una noche en el teatro.
A las siete, Alejandro se vistió el traje recto y sobrio de un funcionario que con frecuencia ha mirado los retratos de Goethe. A las ocho menos cuarto, abraza a su madre, con quien había pasado una parte del día, pero ella estaba semiinconsciente. Después partió hacia el teatro, entra como una ráfaga de viento, se encierra en el pequeño palco que da sobre el escenario mismo, donde contempla una sala abarrotada: en el lunetario, sus amigos, sus antiguos compañeros de oficina; en un palco de primera, su hermana, que había recibido a Vigny y a Hugo, que no habían obtenido sitios; en una luneta, Deviolaine... Se levanta el telón. El joven jamás había experimentado sensación parecida a aquella que le produjo "la frescura del teatro que le tocaba su frente sudorosa".
Este estreno de Enrique III y su corte, los aplausos bastante vivos en el primer entreacto, nutridos en el segundo, estallando estruendosamente en el tercero y después llegando al delirio verdadero hasta el fin, acaso podríamos imaginarlo hoy con emoción sin fineza, pero profundamente conmovedora si se supiera que después de cada acto, después de cada round, el luchador corría a ver a su madre y que su madre apenas podía comprender que él la abrazaba. En el tercer entreacto, ella dormía un sueño apacible y no despertó con el beso de su hijo, cuyo porvenir se fraguaba algunos techos más allá. ¡Ah, que ella no estuviera en estado de asistir al combate y contemplar la victoria! Porque fue una victoria. La pieza había dominado al público, hecho gritar a las mujeres, impuesto una violencia de patetismo sin precedente. A Deviolaine le dio un cólico y se vio obligado a huir. Cuando Firmin se adelantó para nombrar al autor, la Malibrán, que no pudo encontrar lugar sino en el tercer piso, se inclinó afuera de su palco "agarrándose con ambas manos a una columna para no caerse". El duque de Orleáns "escuchó de pie y descubierto el nombre de su empleado que un éxito, si no de los más merecidos por lo menos de los más ruidosos de la época, nombraba como poeta". Dumas dixit. Pero en otras Memorias, además de las suyas, las de Samson, las de Séchan, han reconocido este éxito apabullante. Dumas no pudo haber inventado una carta para atribuirla al señor Broval, su director. Ahora bien, esta carta existe, y constituye incuestionablemente un certificado de triunfo; dice: "... este triunfo tan justamente conquistado". Charles Magnin escribió en el Globe del 14 de febrero: "El éxito fue inmenso."
Juzgar el drama por el primer acto no corresponde. Dumas mismo reconoce la exposición larga, fría y complicada. Una psicología de novela-folletón trufada de inverosimilitudes. Al comienzo de la pieza se manifiesta el deus ex machina, se llama Ruggieri el astrólogo y alquimista italiano, a quien Balzac haría una pesada novela, El secreto de Ruggieri, y que con Dumas nos impone narcóticos, espejos mágicos, alcobas ocultas, puertas secretas... ¡Oh, mi cabeza, mi cabeza!, se queja el pupilo. ¡Y la nuestra, pues! Pero, poco a poco, la pieza se aproxima a lo aceptable, a pesar de la ferretería ruidosa de "¡Infiernos!" y "¡Condenación!" y a pesar del barniz de una erudición ostentosa e ingenua. El drama se endereza, salta sobre el trampolín de dos fuerzas.
Una de esas fuerzas es la política de la época, en el último tercio del siglo XVI, es la Liga en manos de los Guisa como un acorazado de batalla; es la dominación de Catalina de Médicis encarnizada en conservar el poder y en tener al rey bajo su dependencia. Y llena de odio, en consecuencia, hacia Saint-Mégrin, que le disputa el rey, y también hacia el duque de Guisa.
Así perderá ella a la vez a los dos hombres. Para lograrlo convertirá a la duquesa en su instrumento y triturará el corazón de esa mujer que ama, pero que es pura y que ha callado su amor. Así llegamos a la otra fuerza que es la pasión, una pasión punzante, un arrebato de amor que desesperará a la mujer y arrojará a los dos hombres el uno contra el otro. Encadenamientos lógicos y terribles, multiplicación de lo patético embarbillan ambas fuerzas. En cuanto el duque de Guisa comienza a sospechar, la acción toma su curso hacia la catástrofe, a través del "color local" del Louvre real, de sus juegos, sus discreteos, sus provocaciones, hasta la escena de la cerbatana y del desafío. Mezcla de lo trágico y de lo cómico, pero de una comicidad que ya tiene olor de sangre. Después el marido y la mujer se enfrentan, y desde entonces la fatalidad sangrienta estará allí, terriblemente presente. Hay un realismo de la violencia en la escena cuando el duque, armado, con coraza, magnífico y odioso, obliga a la desventurada a escribir una carta de cita para Saint-Mégrin, con el fin de atraerlo de noche a sus apartamientos, a una hora en que el duque probablemente preside una reunión de la Liga. Ella trata de desprenderse; él le agarra un brazo con su guante de hierro:
—¡Escriba!
—Usted me hace daño, Enrique.
—Escriba, he dicho.
—Usted me hace mucho daño, Enrique, usted me hace un daño terrible.
Estas no son las imprecaciones o las quejas de la tragedia, es el grito del drama. Y Dumas supo construir inmediatamente una pieza. En ningún momento la intriga se pierde, cada escena es un golpe efectivo que penetra hasta las llagas abiertas al principio: la toma del gobierno de la Liga por el rey, que priva al duque de lo que es suyo, las risas de los pupilos, satélites del rey, donde el duque es el blanco, o, simplemente, la noche que cae. Y los efectos de la acción sobrecogen al espectador. Una sola esperanza quedaba a la duquesa: que Saint-Mégrin no pueda venir. Pero Saint-Mégrin, seguro de su amor, escapa a todas sus obligaciones, a la amistad del rey, a las advertencias de Ruggieri: ella oye cerrarse el portal de la mansión, adivina al joven que parece acercarse. ¡Ah, si él huyera! La duquesa le revela a gritos la trampa. Pero ¿cómo este enamorado no reclamó de ella una confesión de amor, la primera confesión, ahora que los asesinos ya hacían ruido en las puertas? El se la arranca y desde ese momento se prepara a combatir con un gozo sombrío. De repente, el gentil paje de la duquesa, devoto hasta la muerte, da a Saint-Mégrin una cuerda que le permite desaparecer por la ventana... ¿Está, pues, salvado? ¿Correrá hacia el duelo inevitable como hombre libre? No, porque abajo lo esperaban los asesinos, dirigidos por Mayena. El duque, que ha forzado la puerta de la habitación, se agarra a su mujer, la arrastra hasta la ventana. Se escucha gritar que Saint-Mégrin, herido, respira aún. Entonces el duque tira el pañuelo de la duquesa a Mayena:
—¡Apriétale el pescuezo con el pañuelo: la muerte le será más dulce, tiene las armas de la duquesa de Guisa!
La importancia de una pieza así en la historia literaria es innegable. El Cromwell de Hugo no había sido representado aún, Hernani no lo fue sino después de Enrique III. Dumas dramaturgo ganó la batalla de Valmy de la revolución romántica en el teatro, él mismo lo ha proclamado sin modestia. Dejó a Hugo el cuidado de ganar la batalla de Jemmapes. Cuando Hugo, la noche de Enrique III, le tendió la mano, exclamó juvenil y conmovedor:
—¡Heme aquí por fin de los vuestros!
—¡Ahora sigue mi turno! —replicó Hugo, soñando con Marion Delorme.
"Dios sea loado —escribió Charles Magnin en El Siglo del 14 de febrero , he aquí un drama que no imita a Fenimore Cooper ni a Walter Scott..." Exageraba, porque la escena de la firma obligada estaba tomada de El abate. Sainte-Beuve hacía reservas sobre la parte histórica, chapeada y superficial, decía, lo cual es cierto, pero ¿la intensidad del drama interior no disminuye la importancia del drama exterior? Y, precisamente, Sainte-Beuve juzgaba "la parte dramática", "bella", "conmovedora". Vigny, más sutil, decía a sus amigos: "Lo que Dumas ha representado es la aventura de la dama de Monsoreau." Alguien pretendía que Dumas hizo mal en utilizar a la persona del duque de Guisa: "¡Ah! —replicó Vigny— , con ese nombre elevó la pieza, la poetizó. Sin ello, la pieza no hubiera sido más que una oscura y burguesa aventura de alcoba."? La mezcla del acontecimiento histórico y de los movimientos del corazón individual creó el interés del género y lo magnificó. Los contemporáneos se sintieron despedazados por la fuerza del destino de los personajes. Y, además, la vivacidad dramática de los diálogos, sorprendente después de tantos diálogos falsamente trágicos, engolados y sentenciosos, logra arrancarles de sí mismos.
¿Qué nos choca en ese arte? ¿Por qué drama tan fuerte nos deja reticentes? No se cebe tanto a que la prosa de Alejandro Dumas vaya a toda prisa. Es, más bien, que la conciencia de un personaje tan importante como el duque de Guisa no haya sido escudriñada a fondo, y, por lo mismo, no se mantenga al nivel de su papel histórico. De esta manera un énfasis del estilo ha pasado a la imaginación y al sentimiento. Defecto extremadamente grave de casi todo el romanticismo. "Las más grandes cosas deben ser dichas simplemente, se echan a perder por el énfasis", había advertido La Bruyère. Las "grandes cosas" de Enrique III están "echadas a perder" por ese énfasis que provenía quizá de que los acontecimientos de la Revolución y del Imperio habían comunicado su fuerza destructora, su atmósfera de tormenta, a la sociedad en la cual una nueva generación de escritores iba a expresar, más o menos, el alma. Todo un mundo había crecido en medio de las armas. Aunque el teatro de Dumas se empeñó en reconstruir cierto siglo XV, siempre se escucha, como subiendo de subterráneos, un ruido de reunión tumultuosa y pasos de soldados. Y, finalmente, hay que decirlo todo: Dumas se abandonó a su naturaleza, en la cual existía ciertamente alguna cosa de una raza que pudo llamar a sus hijos más modestos Teodosio, Sócrates, Napoleón... Naturalmente, enorgulleciéndose del trío que estimaba formar con Hugo y Vigny, no dejó de compararlo a aquel que formaron en la generación anterior Dumas, Hoche, Marceau.
No faltaron algunas tundas para el triunfador. No habían pasado ocho días cuando El Constitucional acusó, si no a Dumas, por lo menos a sus más jóvenes admiradores de haber danzado, la noche del estreno de Enrique III, en el vestíbulo del teatro, alrededor del busto de Racine, gritando: "¡Derrotado Racine , ese tunante!" Dumas siempre lo negó. Al día siguiente, el Corsario trata la obra de monstruosa y al autor de jesuita pensionado. La Gaceta de Francia va más lejos, y no vacila en denunciar una conspiración contra el trono y contra el altar. Incluso las llamas de las pistolas estuvieron a punto de participar en la fiesta. Un periodista oscuro que llamó al nuevo dramaturgo "un pequeño empleado a sueldo de Su Alteza Real" habría tenido un duelo dos días después si el difamador no hubiera perdido dos dedos de la mano derecha al día siguiente en un encuentro con Armand Carrel. Por lo demás, Dumas fue a ver al herido y se encontró con un hombre bastante simpático a quien le estrechó la mano... izquierda.
¿Por qué se quejaba entonces? Un duque de Orleáns gracioso, que asistió a la segunda representación de la obra, recibió al autor en su palco durante el primer entreacto. Le contó que el rey le había comunicado un rumor malévolo para ambos: habían reconocido a Su Majestad en el personaje de Enrique III y a Su Alteza en el del duque de Guisa. Su Alteza había respondido: "Señor, le han engañado por tres razones: la primera, es que yo no le pego a mi mujer; la segunda, es que la duquesa de Orleáns no me pone los cuernos; la tercera, es que Vuestra Majestad no tiene un servidor más fiel que yo..." ¡Qué honor para Dumas! Cosas semejantes no se comunican sino entre iguales. Fue Dumas quien las publicó...
El rey mismo le fue favorable. Cuando siete autores de la escuela "derrotada" dirigieron a Carlos X una petición para suplicarle prestar la fuerza del poder real a la barrera que era urgente poner contra la invasión del drama, "rival innoble" de la tragedia, Su Majestad dio la famosa respuesta: "Señores, no puedo hacer nada de lo que ustedes desean, porque solamente tengo, como todos los franceses, un asiento en el teatro." Frase histórica que no sólo fue dicha: fue escrita.
Finalmente, el duque de Orleáns recibió a Alejandro Dumas con dos mayores, Casimir Delavigne y Jean Vatout, para la conservación de su biblioteca. Vatout cultivaba la poesía ligera y satírica; dejó obras de historia y de arte. En ese momento, en sus treinta y ocho años, publicaba La galería litografiada que describía en prosa y en verso las colecciones del duque. Dumas colaboraba, sin dudar que leería un día y utilizaría un libro de su colega sobre La conspiración de Cellamare. Con Delavigne, se miraron algún tiempo como perro y gato. Hay que darse cuenta de que el éxito extraordinario de Enrique III retardaba la creación de Marino Faliero de Delavigne, que le obliga finalmente a emigrar de la Comedia Francesa a la Porte Saint-Martin: ¡Era Coriolano con los volscos!
Es verdad que, de los tres, el más asiduo a la biblioteca había sido, por lo menos en los primeros tiempos, el joven Dumas. Gozaba de un inmenso gabinete y realizaba cómodamente sus investigaciones literarias; en cuanto al trabajo, no tuvo jamás otro que su trabajo personal. Mal pagado, naturalmente. Como un retrato no debe olvidar nada y las antítesis son puestas de relieve para representar un personaje romántico, registremos una carta del 17 de junio de 1829 a Su Alteza Real, en la cual Dumas solicita bastante insulsamente el honor de permanecer agregado a la casa de Orleáns con holgura y pide la plaza de bibliotecario de Eu, donde sólo tenía que ir algunos meses cada año (citado por Glinel en la Revue hebdomadaire del 12 de julio de 1902) y no callemos un mal humor inesperado del gran niño. Tan cómico como mezquino, llenará muy bien un capítulo dramático y heroico. Escuchemos el mal humor del nuevo ilustre:
Como hace seis meses que ya no se me pagan mis salarios, se antedata mi nombramiento en seis meses. Resulta que como yo tenía mil quinientos francos como empleado, y mil doscientos como bibliotecario, se economiza al pagarme esos seis meses como bibliotecario una suma de ciento cincuenta francos, que con las gratificaciones de 1829 no pagadas constituyen una economía de trescientos cincuenta francos, los cuales, sumados a los cincuenta francos suprimidos en mi gratificación de 1828, constituyen un beneficio neto de cuatrocientos francos para la caja real.
Sobre semejante página ¿quién no juraría que hay en él una avaricia puntillosa? Está en las Memorias. ¿Por qué Dumas hijo no la insertó con ironía en el prólogo de su Padre pródigo?
Mientras tanto, el tiempo pasaba, y Dumas, no por la prolongación de esa crisis de espíritu práctico, sino por la impaciencia del hombre de letras, vio llegar el año 1830 sintiendo cada vez más el peso de su Cristina, que tenía siempre en los brazos. El conflicto que le enfrentaba con los actores de la Comedia Francesa, que pretendían imponerle una segunda lectura de su obra retocada, ¿iba a ser eterno? Cristina caía en un sueño inquietante.
Una carta de Harel la despierta. El director del Odeón escribió:
Mi querido Dumas:
¿Qué dice de esta idea de mademoiselle George: representar inmediatamente su Cristina en el mismo teatro y con los mismos actores que representaron la Cristina de Soulié?
En cuanto a las condiciones, usted dirá.
No se preocupe de la idea de que estrangula la obra de su amigo: murió ayer de muerte natural.
Dumas, aunque en términos fríos con Soulié, le hizo llegar la carta con esta nota garabateada al margen:
Mi querido Fréderic, lee esta carta. ¡Qué bandido tu amigo Harel! Tuyo.
El criado trajo la respuesta de Soulié:
Mi querido Dumas,
Harel no es mi amigo, es un director.
Harel no es un bandido, es un especulador.
Yo no haría lo que él hace, pero yo le aconsejaría hacerlo.
Recoge los pedazos de mi Cristina —y hay muchos, te prevengo—, tíralos en el bote del primer trapero que pase y haz representar tu pieza. Tuyo.
Después de franqueadas las barreras del comité del Odeón, después de las fatigas de muchas diligencias, después de un ensayo general de lo más prometedor, el estreno de Cristina se fijó para el 30 de marzo de 1830. La víspera, Soulié fue a preguntar a Dumas:
—¿Te quedan cincuenta localidades? Dámelas. Se está organizando una intriga contra tu pieza para mañana por la noche. Pero yo vendré con mis obreros del aserradero mecánico (sus obreros lo adoraban) y te sostendremos, ¡está tranquilo!
Fréderic Soulié, que había perdido la partida tres meses antes con una obra del mismo título, representada en el mismo teatro y hecha pedazos, ¡molestarse así por un rival feliz! Y éste confiándole la antevíspera un paquete de entradas que podían hacer fracasar su obra si hubieran sido usadas con mala fe... ¡Costumbres conmovedoras! No. Soulié no había mentido. La intriga tuvo lugar y desencadenó una ruda batalla: Soulié y sus cincuenta hombres estaban allí, se entregaron de lleno a ella y decidieron la victoria.
De manera que el estreno de Cristina se enmarca entre dos manifestaciones emocionantes de fraternidad. La segunda se produjo la misma tarde, más bien en la noche. Dumas esperaba en su casa, para cenar, a unos veinticinco amigos, entre ellos Hugo, Vigny, Planche, Paul Lacroix, rodeados de una juventud entusiasta. Ahora bien, la pieza había tenido una centena de versos que fueron silbados y gritados, y que corrían el riesgo de serlo de nuevo al día siguiente. También había que hacer una buena docena de cortes y hacerlos en seguida, para que estuvieran listos a mediodía para la representación de la noche. Imposible escaparse de esas tareas, pero ¿cómo hacerlas con veinticinco convidados prominentes, aunque fuesen amigos? ¡Era como para correr... a casa del duque de Orleáns y que él viniese a reemplazarlo!
He aquí lo que sucedió:
Hugo y Vigny tomaron el manuscrito, me invitaron a no inquietarme por nada, se encerraron en un gabinete y mientras nosotros comíamos, bebíamos, cantábamos, ellos trabajaron... trabajaron cuatro horas seguidas con la misma conciencia con que hubieran trabajado para ellos, y cuando salieron de día, al encontrarnos a todos acostados y dormidos, dejaron el manuscrito listo para la representación, sobre la chimenea, y, sin despertar a nadie, se marcharon esos dos rivales, dándose el brazo como dos hermanos... ¿Te recuerdas de eso, Hugo? ¿Se recuerda usted de eso, Vigny?
A la mañana siguiente alguien rompe el sopor de su pesado sueño: era el librero Barba, que venía a ofrecer a Dumas doce mil francos por el manuscrito de Cristina (el de Enrique III el año anterior no había "hecho" sino seis mil, por oferta del librero Vézard). La obra apareció en librería en forma de trilogía dramática, con el título de Estocolmo, Fontainebleau y Roma, cinco actos en verso, con prólogo y epílogo. Lucía esta dedicatoria: "A Su Alteza Real señor duque de Orleáns, homenaje de respeto y agradecimiento, Alejandro Dumas, París, 30 de marzo de 1830, once de la noche."
¿Qué era, en fin, esa obra tan esperada y que tuvo una feliz demora? Seguramente fue afortunado para Cristina navegar en la estela de victoria abierta, antes que ella, por Enrique III, porque ni en mecánica dramática ni en estilo se igualaba a la anterior. Una reina gloriosa harta de reinar, curiosa de ciencias y letras, ávida de vida libre, pero prisionera de sus celos de amor y que, en un acceso de furor pasional, hace asesinar cruelmente a su favorito: la deslealtad de ese Monaldeschi dos veces traidor a su soberana, traidor a su política, traidor a sus sentimientos; la rivalidad de dos hombres ambiciosos y el juego de su rencor: por fin, presa entre esas brutalidades, Paula, la tierna y amorosa rival, es disfrazada de paje. ¡Tales bases proponían un tema digno de Shakespeare! Dumas, infortunadamente, no había hecho más que un armazón y los muros de la pieza: en el interior falta casi todo, a pesar de los préstamos tomados a Schiller y a Lope de Vega. Se dirá que puso en el prólogo una finura picante para evocar los bellos años de Estocolmo y que a través del epílogo en Roma, donde Cristina fue a morir, se ve despuntar algo grande... Pero la representación ¿no excluyó ese tierno lirismo, esa veleidad épica? El cuerpo del drama queda centrado sobre la cobardía de un hombre, lo cual nos parece bastante pobremente dinámico sin el retorno victorioso que Henri de Kleist arregló a su príncipe de Hamburgo.
En cuanto a los versos, una sintaxis prosaica y singularmente abandonada compone la triste armazón. Alejandrinos como éstos:
Que c'est une effrayante et sombre destinée
Que cene de cette âme au trône condamné
Qui pouvait vivre, aimer, être aiméc à son tour
Et qui voit qu'à ce faite oil le destin la place
Tous les coeurs sont couverts d'une couche de glace!
(¡Es una espantosa, sombría realidad
la que sufre esa alma al trono condenada,
que podía vivir, amar y ser amada,
que en ella sentía palpitar el amor
y que ve que en la cima a ella destinada
todos los corazones de hielo están cubiertos!)
Que cene de cette âme au trône condamné
Qui pouvait vivre, aimer, être aiméc à son tour
Et qui voit qu'à ce faite oil le destin la place
Tous les coeurs sont couverts d'une couche de glace!
(¡Es una espantosa, sombría realidad
la que sufre esa alma al trono condenada,
que podía vivir, amar y ser amada,
que en ella sentía palpitar el amor
y que ve que en la cima a ella destinada
todos los corazones de hielo están cubiertos!)
Hacen lamentar que el autor no haya plagiado más a Hugo, y se piensa que Harel no estuvo tan equivocado al pedirle un poco antes del ensayo general poner su drama en prosa (¡fue bien recibido!). Sainte-Beuve decía a su joven amigo Juste Beuve: "Me gustarían más cuatro versos de Bérenice al azar que toda la Cristina de Dumas."He aquí su juicio completo: "Cristina ha triunfado tras un buen número de cortes; muestra talento en los dos últimos actos; pero esto es de segundo orden, y, por lo tanto, por debajo de Hernani, como el hisopo está por debajo del cedro, aunque con la pretensión de igualarlo." Sin embargo, la primera representación constituyó un éxito incuestionable, a pesar de la andanada de silbidos levantados por el monólogo de Sentinelli, el anti Monaldeschi: cuando el arresto de Monaldeschi, la sala se alegró. En el quinto acto, cuando se salva por el renovado amor de Cristina, y él envía el anillo envenenado a Paula, a esa suave Paula que Dumas quizá inventó únicamente para dar un papel a mademoiselle Virginie Bourbier, gritos de furor rodearon al miserable, pero se convirtieron en bravos frenéticos en el momento en que, descubierta su traición, se arrastra a los pies de la reina, quien, tardía justiciera y resistiendo las súplicas del cobarde, pronuncia el verso supremo:
Y bien, tengo piedad, padre mío..., ¡que lo maten!
Las señoritas George y Noblet, los señores Ligier y Lockroy habían sostenido admirablemente la obra. A pesar de todo, Dumas reconoció que todo el mundo salía del teatro sin que nadie pudiera decir si Cristina era un fracaso o un éxito. El éxito se afirma en las representaciones siguientes. La noche de la segunda, a la una de la mañana, el autor atravesaba la plaza del Odeón, embriagado aún de aplausos, dividido entre la reflexión y el sueño, cuando de un coche le llega su nombre y una mujer se asoma por la ventana. Él se acerca.
—¿Es usted el señor Dumas? —preguntó la desconocida.
—Sí, señora.
—Entonces suba aquí, abráceme... ¡Ah, tiene usted un gran talento, y crea usted bien las mujeres!
Dumas comenzó a reir, luego abrazó a quien así le hablaba. Era Marie Dorval. Volverían a verse.
Algunos días más tarde supo que había sido propuesto para la Legión de Honor, muy probablemente a proposición del duque de Chartres. Le denegaron la cruz, sin duda por influencia de monsieur Empis, jefe de oficina de la casa real, y que era un devoto de la tragedia. Pero el duque de Orleáns lo había recomendado y tenía conocimiento de su carta a Sosthène de La Rochefoucauld, intendente de Bellas Artes. Esta carta recordaba su paso por el secretariado del Palais-Royal y por la administración de los bosques ducales, le loaba haber sido un honorable sostén de familia, testimoniaba por él interés y simpatía y, por fin, registraba su brillante éxito en el teatro.
Cristina, de la cual es difícil admitir que María Tudor haya sido "un plagio completo", como afirmaba Dumas hijo, hoy día no es representable ni aún legible. Las vitaminas verdaderas de la novedad y de una salud fecunda las acaparaba Enrique III y su corte. Es Enrique III la obra que rompió con una tradición moribunda de la escena trágica. Es Enrique III la obra que atizó la llama de una tradición nueva.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)