Alejandro Dumas es ante todo una criatura de los bosques, de los ríos, de un claro de la gran floresta; después es un niño que entró al mundo de los pájaros y que practicará la caza antes de tener edad para ello. Pronto será un adolescente familiar con los prados y las glorietas, recibido en los viejos castillos de Luis XIII rodeados de parques, enamorado de un enjambre de muchachas jóvenes y frescas. La vida de este muchacho tomará y conservará durante esos años un carácter de idilio franco, sano y destellante, comparable en nuestra historia literaria a los años de juventud de Rétif de la Bretonne y a aquellos de Gerardo de Nerval.
Conozcamos, en seguida, las acostumbradas referencias al nacimiento, los padres y los antepasados.
Los diccionarios corrientes, los manuales de literatura, el monumento de la plaza Malesherbes, el busto del Teatro Francés señalan 1803 como fecha de nacimiento de Alejandro Dumas. Repiten todos un error imputable a las incomodidades del calendario republicano y a un cálculo falso sobre el año X.
El escritor nació el 24 de julio de 1802 (5 termidor, año X), a las cinco de la mañana, en Villers-Cotterêts, calle de Lormet, convertida en 1872 en calle de Alejandro Dumas. La casa existe todavía, pero ya no existen ni la habitación natal ni la bonita escalera en forma de herradura que daba acceso a la casa al fondo del patio. El nombre del padre inscrito en el registro es Thomas-Alexandre Dumas-Davy de la Pailleterie, con la calidad de general de división; el nombre de la madre es Marie-Louise Labouret. El abuelo materno, que había servido como primer camarero de Felipe de Orleáns, era propietario del Hôtel de l'Epée y mandaba la Guardia Nacional. Si el abuelo materno había sido, sin duda alguna, primer hidalgo del príncipe de Conti y comisario de artillería, ¿debe ser considerado como un marqués de Luis XIV? Alejandro Dumas ha pretendido que sí, pero sin referencia ni eco, según parece. Es admirable, providencial —si la Providencia no la fuese él mismo— que este príncipe de la ficción haya hecho su entrada a la vida bajo un arco de tanta exageración.
Charles de Beaurepaire, archivero del Sena Inferior, había provisto a un periodista, Georges Dubosc, en 1895, de todas las informaciones que poseía para escribir un artículo sobre "Alejandro Dumas nativo de Caux" que se puede leer en el primer número de Normandie (enero de 1896). El artículo comienza con una anécdota que nos transporta a Nimes, a la antesala del gabinete del señor alcalde. Alguien ha venido a pedir para dos artistas amigos suyos la sala de conciertos de la población; pero tiene que esperar, porque se presenta una boda, y es una costumbre en Nimes registrar las actas de matrimonio en esa antesala. Faltaba un testigo. Entonces, el desconocido se ofreció de muy buena gana, poniendo solamente una condición para rendir ese servicio: darle un beso a la novia. La besa, se inclina sobre el acta y firma: Alexandre Dumas-Davy de la Pailleterie.
Sin la menor duda y auténticamente, aseguran el periodista y el archivero normandos que Dumas descendía de una familia noble, originaria de la región de Caux, que se remonta al siglo XVI. El primero en llevar el nombre antiguo de La Pailleterie fue un Pierre Davy, escudero, esposo de Anne de Pardieu, la cual hizo construir la mansión de La Pailleterie. Fue un Anne-Pierre Davy, señor de La Pailleterie, quien tomó en 1708 lo que se llamaba un título de cortesía y se califica indebidamente marqués de La Pailleterie. ¡Allí están los blasones! Magny, continuador de La Chesnaye-Desbois en el Diccionario de la nobleza, los describe así: "Armas de azur en un anillo elevado por tres aguiluchos: los dos en el extremo superior lo llevan con las garras; el de la punta, con el pico. Todo el conjunto de oro." Pautet, en el Nuevo manual del blasón, cuenta que De Beauchesne, el adjunto al superintendente de Bellas Artes, enamorado del bello pabellón Saint-James, tuvo la ocurrencia fantástica de hacer colgar las armas de sus colegas literarios, entre las cuales figuraban las de Alejandro Dumas. Representadas en una de las planchas de Pautet, están descritas por Dumas en sus Memorias: "De azur tres águilas de oro con las alas extendidas, posadas dos y una, con un anillo de plata en forma de corazón; abrazadas por las garras diestras y siniestras de las águilas superiores y reposando sobre la cabeza del águila de la punta." Dumas añadía que su padre, el general, al renunciar al título del marquesado, había tomado en lugar de sus armas la sentencia: Deus dedit, deus dabit. Pero recordemos que Alejandro Dumas hijo ha propuesto una sustitución más modesta, demasiado modesta y no del todo exacta: "¡Ah! —decía— . Las armas de papá las conozco: mucho hocico sobre poco oro"...
Marqués de fantasía, el abuelo, viendo desvanecerse su fortuna, vendió en 1760 su propiedad normanda para ir a Santo Domingo como plantador. Se instaló en la punta occidental de la isla, cerca de Cabo Rose, en el sitio llamado La Guinodée o Trou de Jérémie. No habían pasado cuatro lustros cuando regresó a Francia con un hijo de dieciocho años, con el cual lo había gratificado una esclava, muerta diez años después, Louise-Césette Dumas. Y bajo ese nombre de su madre negra, el joven mulato de Jérémie, camarada parisiense de La Fayette, de Lameth, de Dillon, de Lauzun, se vio con los víveres cortados tras un nuevo matrimonio paterno y del enfriamiento que siguió entre padre e hijo. El joven mulato entra en el regimiento de los Dragones de la Reina porque tenía que ganarse la vida, pero decidió no traicionar el nombre y el título de la noble familia en el último rango del ejército. Curioso este La Pailleterie: un exilio y dos fracasos, porque si su amante había sido una esclava de color, la esposa, con quien se casó a los setenta y cuatro años, fue su ama de llaves. En cuanto a su hijo, considerémoslo bastardo. ¡Qué importa! Iba a elevarse al grado de general. Su padre había sido solamente coronel. Era bien parecido, apuesto, apto para todos los ejercicios físicos; en fin, le esperaba una carrera gloriosa. Muerto este La Pailleterie trece días después del compromiso del hijo, el nieto, que es el autor de Los tres mosqueteros, pudo escribir en sus Memorias que el último eslabón del autor de sus días con la aristocracia se había roto. Ya no había más La Pailleterie, sino solamente Dumas. He aquí el nombre ilustre. El general Dumas ascendió a general de división a los treinta y un años, conquistó todos sus grados por acciones brillantes. Fue él quien conquistó Mont-Cenis el 19 floreal, año II; en Brixen, defendiendo él solo un punto contra la caballería, mereció el sobrenombre del Horatius Coclès del Tirol. Gracias a su reputación de héroe, el Terror no osó decapitarlo: salvó a cuatro pobres diablos que en un pueblo de Tarentaise no habían querido dejar fundir las campanas. Acusado y absuelto, gana a la aventura otro sobrenombre: Señor de la Humanidad.
Pero, ¡ay!, la campaña de Egipto no le fue favorable. Firme en sus convicciones republicanas, reunió a los oficiales del Estado Mayor para acusar delante de ellos a Bonaparte de haber organizado la expedición por ambición personal. Vigilado, descubierto, enviado de nuevo a Francia, hecho prisionero a su arribo en el puerto de Tarento que él creía en manos amigas, pero que era partidario de Austria, fue encarcelado en 1799 en el castillo de Brindisi por orden del rey de Nápoles y envenenado a medias con el sabio Dolomieu y el general Manscourt. Finalmente, canjeado por un jefe austriaco, llega a Francia inválido, casi paralítico y con una úlcera en el estómago. ¡Una naturaleza de hombre muy poderosa, de fuerza proverbial! Sus soldados le habían visto levantar cuatro fusiles con los dedos en los cuatro cañones. Su hijo le vio, ya enfermo, delante de una reja, al darse cuenta de que había olvidado la llave, tomar la reja entre sus brazos y sacudirla tan fuertemente como para hacer saltar el pedazo de piedra por donde el pasador de la cerradura se metía en el borde. Anécdotas semejantes abundan sobre este atleta.
Casado a partir de 1792, el general encontró al volver del cautiverio a una hija que había dejado cuando tenía siete años. Una hermana mayor, de nueve años, esperaba a Alejandro cuando él llegó al mundo.
La antigüedad maravillosa rodeaba el nacimiento de los semidioses y de los héroes. ¿Por qué no existiría también una modernidad maravillosa? Es incuestionable que nada, poco menos que nada, pasó para Dumas como para los otros seres humanos. En la casa, este niño se llamaba Berlick, y he aquí la razón. Su madre, encinta, fue a una representación de marionetas, con ocasión de la fiesta del pueblo, que coincidía con la de Pentecostés. Ella vio al diablo llevarse a Polichinela, y el diablo tenía, en aquella ocasión, el nombre de Berlick. Ese Berlick diabólico, de cuerpo negro, la lengua y la cola escarlatas, hizo temblar a la mujer. Al salir, se apoyó sobre su vecina y le dijo : "¡Ah, querida, estoy perdida, daré a luz a un Berlick!" Su vecina, encinta como ella, pero ignorante de las particularidades de los antepasados de Dumas, le respondió bromeando: "Entonces, querida, si tú vas a dar a luz un Berlick, yo, que estuve contigo, daré a luz a un Berlock." Y ambas rieron. ¿Fue forzada la risa de la señora Dumas? Se sintió doblemente aligerada de un peso cuando dio a luz a un ser tan blanco como humano.
Por supuesto, el niño no pudo recibir el bautismo de todo el mundo. Su padre pidió a Brune, entonces general y pronto mariscal, que fuera padrino. Brune rehusó amigablemente: "Mi querido general —escribió—, un prejuicio que tengo mi impide cumplir tus deseos. He sido padrino cinco veces, y mis cinco ahijados han muerto. Al morir el último, hice la promesa de no bautizar a más niños. Quizá mi prejuicio te parezca extraordinario. Pero sería muy desgraciado de renunciar a él. Soy amigo de tu familia y esta calidad me autoriza a contar con tu indulgencia. Me ha sido necesario ser muy firme en mi resolución para rehusar el compadrazgo con tu encantadora hija. Transmítele mis disculpas, así como a tu encantadora esposa, y recibe las seguridades de mi sincera amistad." Una posdata decía: "Te envío algunas cajas de bombones para la pequeña madrina y su mamá." Luego transigió. El general Dumas, provisto de un poder en regla del general Brune, tuvo a su hijo sobre la fuente bautismal, asistido por su hija como comadre. Esto sucedió el 30 de agosto de 1802.
Habiendo recibido así el agua purificadora sobre su pecado original entre la luz brillante de estrellas gloriosas, el joven Alejandro no debía sino prosperar. Apenas se siente inquietud con respecto de él: cuando se cree que va a andar, se pone a correr; en vez de caminar, corría sobre la punta de los pies. Se le proveyó de zuecos, y entonces se caía con más frecuencia, pero no dejaba de correr. De este modo creció hasta los cuatro años. Ninguno en Villers-Cotterêts sabía que el pequeño negro no tenía los pasos lentos y pesados del niño blanco cuando comienza a caminar. Corría y saltaba un poco con cada pierna. La señora Dumas lo ignoraba, como los demás, y como quizá el general mismo, y más valía así.
La familia pasaba los días en el pequeño castillo de la comuna de Haramont que se llamaba "Los Fosos". El niño Alejandro creció con sus padres, el jardinero Pedro, que le juntaba sus provisiones de ranas; el negro Hipólito, ayuda de cámara del general; el guardia Mocquet; la muchacha de la cocina, María, y el gran perro Truff.
Un día en que tres muchachos llegaron de Villers-Cotterêts para bañarse en la faja de agua, pero sin saber nadar, se hundieron hasta el fondo y el general los salvó con la ayuda de Hipólito. Alejandro Dumas, después de cuarenta años, pretendía haber guardado la visión de la escena. Veía siempre de nuevo a su padre mover su cuerpo maravilloso en el agua, después emerger escurriendo y sonriente, un verdadero Antínoo en comparación del negro tan endeble. ¡Recuerdo de su cuarto año! ¿Puede estar absolutamente seguro de ello? Y, en consecuencia, ¿cómo estaba el enfermo ese día? Pero el prisma de la memoria embellece el pasado de los primeros años, siempre más o menos baudeleriano:
¡Cuán grande es el mundo a la luz de las lámparas! ¡Cuán pequeño es el mundo con los ojos del recuerdo!
Alejandro no tenía más que cuatro años cuando acompanó a París a su padre, quien tenía que hacer algunas diligencias y quería consultar a Corvisart. Padre, madre e hijo aprovecharon la ocasión para ver a la hermana mayor en su pensión de Marais. Luego el padre llevó consigo al hijo a la bella mansión en la Chausée d'Antin, de la marquesa de Montesson, viuda del marqués a los treinta y dos años, casada de nuevo a los treinta y seis con el padre de Felipe Igualdad, a salvo de la revolución y bien tratada por Napoleón, una graciosa anciana que jugaba con los cabellos del niño mientras charlaba, Jeanne Béraud de La Haye de Riou, marquesa de Montesson y duquesa de Orleáns, era una colega de antemano: tragedias, comedias y novelas duermen en los ocho volúmenes de Obras anónimas, impresas entonces en una edición de doce ejemplares.
Hay que decir que el general recurría a procedimientos para ejercitar la memoria de su retoño: por ejemplo, una pieza de oro como sello de recuerdo de la visita a la duquesa. Y al día siguiente, como viniesen a comer con ellos Brune y Murat, le hizo montar en el sable de Brune, ponerse el sombrero de Murat y, equipado de este modo, dar la vuelta a la mesa al galope.
Otra "gran dama", como dirá en La torre de Nesle, algunos meses después, esperaba en el castillo de Montgobert al joven privilegiado, el cual no lo sospechaba, y a su padre. Era en octubre. Un día, el general enganchó los caballos a un cabriolé que llevó a padre e hijo a través las hojas muertas. Caminaron una hora y apareció una residencia señorial que se abrió. En el extremo de una serie de habitaciones, al fondo de un tocador todo forrado de cachemira, una mujer acostada sobre un sofá, joven y bella, sonreía. Era Paulina Bonaparte, pequeña, graciosa, calzada con pantuflas doradas. Hizo sentarse al general sobre un taburete delante de ella, puso sus pies sobre las poderosas rodillas, y jugó con la punta de una pantufla con los botones de la casaca. Curioso cuadro: la Cenicienta y Hércules mulato. Bromearon alrededor de una bombonera: ella se inclinaba a su oreja y se reían. La mejilla blanca y rosa rozaba la mejilla morena. De repente repercutieron los cuernos de caza de una cacería que se aproximaba. "¡Vamos a ver, princesa!" No, ella se encontraba bien y no quería molestarse. "Me fatiga el caminar —dijo ella—; cárgueme si quiere." El general la tomó entre sus dos manos y estuvieron unos buenos diez minutos en esa posición ante la ventana. Por fin apareció el ciervo que atraviesa la avenida con los perros detrás de él, después los cazadores que saludaron para responder al pañuelo y a la mano blanca. Solamente entonces el general puso de nuevo a la joven mujer sobre el canapé y volvió a tomar su lugar delante de ella. ¡Oh bella estampa galante! ¿Estamos en el siglo XIX o en el XVIII? ¿A qué edad vio Alejandro esas cosas? ¿A los tres años, como él dice, o cuatro años más tarde en los reflejos de la imaginación, al escribir sus Memorias? Probablemente existió, en todo caso, algo de lo que él cuenta. Cierto, la pequeña frase "ya no sé lo que pasó detrás de mí" revela a un narrador maligno más que a un niño absorbido por el film de la caza. Pero, finalmente, ¿por qué, si no se duda de la caza y del castillo, dudar absolutamente de algunos gestos de la preciosa mujer?
Ni Brune ni Murat pudieron lograr de Napoleón que renunciara a su rencor para con su camarada, y el general Dumas se vio condenado a subsistir hasta su muerte con una pensión de cuatro mil francos. La indemnización que se le debía por su cautiverio y los salarios que se le debían del año VII y del año VIII nunca le fueron pagados. Antes de dejar París con sus decepciones, ya que del mismo profesor Corvisart no había obtenido más que buenas palabras, recomienda a su mujer y a su hijo a los dos nuevos mariscales. No tenía fortuna que legar a los suyos; su pensión de retiro murió con él. En febrero de 1806 se sintió muy cerca de ese momento.
Cuando los grandes sufrimientos de los últimos tiempos terminaron por agobiarlo, la familia ya no residía, por precaución, en los alrededores, sino en el mismo Villers-Cotterêts, en el Hôtel de l'Epée, regentado por el señor Picot, a quien se llamaba Picot de l'Epée, con el fin de distinguirlo de los demás Picot de la región. No tardó en llegar el último día. Fue el 26 y parecía que el general lo veía venir y reconocerlo desde la víspera, porque hizo llevar su bastón con puño de oro a Duguet, el orfebre de enfrente, para que fuera fundido. Al día siguiente Duguet llevó el lingote: era el legado del moribundo.
A las diez pide que venga el abate Grégoire, a quien quería hablar como amigo más que confesarse. Reclama a su hijo, que había sido enviado con unas primas, después cambia de opinión: "No —dijo— , pobre niño, duerme, no lo despierten."
Expira entre los brazos de su mujer, sonando la medianoche. El "pobre niño" dormía con los Fortier, en la alcoba de la joven prima, su pequeña cama colocada enfrente de la grande. Aquella noche vivió, si nosotros podemos creerle, su primer cuento fantástico. Porque ha contado que la prima y él se sobresaltaron súbitamente en plena noche, despertados por un fuerte golpe dado en la puerta, a la cual no podía llegar nadie una vez cerradas las puertas exteriores de la casa. La prima se levantó, muda de pavor, sobre su lecho, pero el niño, sin el menor miedo, se levanta y parece que quiere salir.
—¿A dónde vas, Alejandro, a dónde?
—Lo ves bien. Voy a abrir a papá, que viene a decirnos adiós.
Ella se levanta a su vez, lo atrapa. El se debate y grita con todas sus fuerzas: "¡Adiós, papá! ¡Adiós, papá!" Evidentemente, la muchacha se había fijado en la hora, la hora del golpe en la puerta, y lo recordó cuando supo la hora de la muerte. ¿Era medianoche? Si Dumas lo afirma en sus Memorias, su propio primo, citado por él, adelanta el acontecimiento sesenta minutos. Pero la medianoche ¿no era mucho mejor? A las once de la noche el cuento no tendría resonancia. Se tiene un poco de temor que entre las once y medianoche por una parte, y los recuerdos de la muchacha y del niño crecido por otra, el golpe en la puerta podría acabar por metamorfosearse en un golpe planeado por la imaginación más sincera y más cándida. ¿Se tiene derecho a rehusar "una cosa parecida a un aliento expirante" que el niño debió sentir sobre su faz como un calmante? De manera que se durmió con los ojos llenos de lágrimas y la garganta llena de sollozos. Y al día siguiente, nuestro niño quiere conseguirse un fusil para ir a matar "al buen Dios" porque le habían dicho que "el buen Dios" se había llevado a su padre al cielo.
A pesar de los esfuerzos de Murat, y sobre todo de Brune, a pesar de Augereau, Lannes y Jourdan, que se las ingeniaron, Napoleón rehusó todo a la viuda de un general que había sido un valiente, que había sido comandante en jefe de tres ejércitos y que por ello no había recibido ni la Legión de Honor; además nuestro Alejandro debió ver más tarde cómo se cerraba ante él toda escuela militar, todo colegio civil. La señora Dumas, instalada con sus dos hijos en el alojamiento que los abuelos se habían reservado hacía poco en el Hôtel de l'Epée, esperaba con angustia el porvenir. Pero la infancia excepcional, la infancia encantada de Alejandro Dumas I comenzaba.
Esta debía transcurrir en tres casas casi al mismo tiempo: la de la señora Darcourt, del señor Deviolaine y del señor Collard.
La señora Darcourt, vecina de los Dumas, viuda de un cirujano militar, también tenía dos hijos, un hijo de veintiocho años y una hija de veinticuatro o veinticinco años. Si Alejandro conocía poco al hijo, la hija podía vanagloriarse más tarde de haberlo educado, por decirlo así. Cada tarde, entre su madre y las dos mujeres, tenía abierto entre sus manos un magnífico libro del naturalista Buffon, ilustrado con grabados a color, y aprendió a leer para conocer la historia, las costumbres, los instintos de los animales cuyos "retratos" veía.
El señor Deviolaine, primo por lazos maternos, muy ligado con el general, inspector del bosque que rodeaba con sus cincuenta mil arapendos las dos mil cuatrocientas almas del pequeño pueblo, deslumbraba los ojos del niño. Y el deslumbramiento debía durar, porque ese todopoderoso era quien otorgaba los permisos de caza. Un hijo y dos hijas de un primer matrimonio, un hijo y dos hijas del segundo, rodeaban al brusco bienhechor, violentamente colérico y bueno como el pan. Una amable mansión servía de alojamiento a la familia; pero otras piedras venerables, las del antiguo claustro de Saint-Rémy, claustro inmenso, también pertenecían al señor Deviolaine, amado por el joven Alejandro como un rey de los árboles, un emperador del follaje, un dios del mundo que cobijan.
El señor Collard, amigo íntimo del señor Deviolaine, pero, al contrario, dulce y sonriente, habitaba el pequeño castillo de Villers-Hélon, a tres leguas de distancia de Villers-Cotterêts. No había tomado de nuevo su nombre de Montjouye abandonado en la revolución. Una deliciosa mujer joven, un hijo y tres hijas mantenían su sonrisa. También ellos disponían de un parque, donde gozaba Alejandro, porque el señor Collard había sido nombrado su tutor a la muerte del general. Si contamos bien, a Alejandro I lo vieron crecer ocho muchachas parientes o amigas íntimas. Esta frescura se relacionaba, por una parte, con la historia reciente, puesto que la señora Collard era hija de Felipe Igualdad y de madame de Genlis, que se apareció una noche corno bruja al niño despavorido: su cochero la había extraviado en el bosque cuando ella venía a ver a su familia y ella había perdido su bonete y cabellos postizos al huir de los fantasmas. La frescura virginal e infantil correspondía, por otra parte, a una naturaleza a la que se le ha quitado lo salvaje, hecha para encantar a los hombres, a través de la cual se encontraba de nuevo la historia reciente y la más antigua. Porque el jardín de los Deviolaine daba sobre un parque magnífico, que había plantado Francisco I y que la administración no había condenado aún, que abrigó bajo sus primeras sombras a Madame de Etampes, Diana de Poitiers, Gabrielle d'Estrées y sus amantes reales.
Eleonore Darcourt había enseñado a leer al niño; la hermana de Alejandro, que llegó a París durante las vacaciones, le enseñó a escribir. A los seis años, tuvo contacto con la geografía a través de Robinson Crusoe y con las cuestiones humanas a través de Telémaco. Conocía la mitología gracias a las Cartas a Emilia, obra ingeniosa mezclada de prosa y poesía, y que había dado gran reputación a su compatriota Albert Demoustier. Con Buffon y la Biblia (la maravillosa Biblia ilustrada de los Collard), ¡qué bagaje de conocimientos! Sedimentos apreciables de un terreno de solidez y de grandeza, desgraciadamente comprometidas por la utopía y la confusión. Con eso, ¿qué le quedaba por hacer al maestro de escuela de Villers-Cotterêts, un señor apellidado Oblet? Dos cosas, desde luego. Quizá enseñarle matemáticas. Alejandro permaneció rebelde para siempre y no pasó de la multiplicación. Y ciertamente había que entrenarlo en una caligrafía impecable: Oblet debía explicar las desgracias de Napoleón causadas por su escritura ilegible, por la cual sus mariscales interpretaban sus órdenes al revés.
Al aproximarse a los diez años, por la vehemencia de una revuelta seguida de una fuga del Seminario de Soissons, a donde le llevó una combinación familiar, Alejandro entra en la escuela privada del abate Grégoire, vicario de Villers-Cotterêts. El abate pretendía enseñarle el latín por medio de lecciones a domicilio por las cuales se hacía pagar seis francos mensuales: dos horas cada mañana, consagradas a textos de Virgilio y Tácito, que tenía en las manos a fin de no perder nada de su traducción impresa. Por comodidad, el santo hombre dejaba a Virgilio y Tácito con la madre de su alumno, tomando el cuidado de ponerlos en un cofrecito que cerraba con llave. Pero sucedió que Alejandro descubrió el medio de entreabrir los goznes y por esa abertura extraer las traducciones que necesitaba cada tarde para el día siguiente. Por eso la señora Dumas podía decir a todo el que llegaba:
—Miren este niño, se encierra una hora y termina la tarea de todo el día.
Pero existían los temas, y el abate se sorprendía:
—¿Por qué este niño es tan fuerte en versión y tan débil en tema?
Dumas pretendió, cuando se hizo un hombre, que se sabía de memoria los cantos de La Eneida. ¿La prueba? Faltaba. Las traducciones podían bastar para amar en Virgilio lo que él afirmaba amar, es decir —ha escrito con nobleza—, "esta compasión de los exiliados, esta melancolía de la muerte, esta previsión del Dios desconocido que hay en él".
¿Por qué Alejandro no tenía, como su hermana, sensibilidad para la música? La lógica maternal, que lo exigía, estaba equivocada. La señora Dumas, habiendo comprado a su hijo un violín, había confiado el niño y el instrumento al tío Héraux, que, metido en su gabán, la cabeza llena de historias inverosímiles y víctima cotidiana del espíritu travieso de los niños del pueblo, parecía salir verdaderamente de un cuento fantástico alemán. Fue obligado a abandonarlo pronto: el padre Héraux no quería robarle el dinero a una familia honorable y pobre. Y aunque el joven Dumas no estaba desprovisto de cierta música interior, era incapaz de adquirir la costumbre de inclinarse sobre ella y escucharla, porque era intermitente, porque era muy rara. Toda su vida sentirá emociones fuertes, violentas, sorprendentes, pero breves, sin perseverancia, que hace pensar en el temblor de un tiro. A los trece años hizo su primera comunión en medio de tal deslumbramiento que cuando la hostia tocaba sus labios rompió en sollozos y se desmayó. El cura Rémy quedó anonadado. El muchacho necesitó de dos o tres días para recuperarse. El abate Grégoire, quien fue a verle, lo recibió llorando en sus brazos. "Mi querido amigo —le dijo—, yo quisiera que eso fuera menos vivo y más perdurable." Eso no duró nada. En materia de devoción, parece que Alejandro no tuvo ninguna otra, aparte de la devoción filial.
En verdad; la realidad exterior, la vida de actividad física, los ejercicios de fuerza tomaron casi toda su infancia. Si hubo lecciones que le apasionaron fueron las del tío Monnier, empleado de la sucursal del Asilo de Mendigos del Sena, antiguo maestro de esgrima, llegado allá después de unos percances de borrachera. Aquéllas fueron lecciones eficaces: nacía un espadachín. Para montar a caballo, ¿por qué tomar lecciones? Alejandro aprendió solo. Después juega con pistolas, muy pequeño todavía. Tenía doce años cuando el armero Montagnon le confió un fusil. De los curas con que había tenido contacto esa infancia el más agradable fue seguramente el tío de la prima Fortier. Ella había perdido a su padre, y el abate Fortier, cura de Béthisy, en el Oise, la había invitado a cuidar de su casa. El buen hombre era un gran cazador ante el Eterno, y cuando Mariana Fortier llevó a Dumas a pasar quince días de vacaciones en 1812, el padre lo tenía a su sombra para hacer la apertura de caza. Silencio del bosque, vivos destellos de fusiles, marchas y acechos, he aquí el paraíso terrestre de Alejandro, niño todavía. Había comenzado por arramblar los bosques con redes, cepos y trampas prohibidas, según las enseñanzas del cazador furtivo Hanniquet y del niño devorador, el pequeño ogro, del siempre hambriento Boudoux, su camarada. No pasaría mucho tiempo sin que él mismo hiciera hablar la pólvora. En suma, durante años desarrolló su vigor y flexibilidad corpóreas más que sus facultades intelectuales. Se veía en él a un gran muchacho que aparentaba tener trece o catorce años cuando contaba diez u once, musculoso, fuerte, con un aire africano. Su madre veía en él al general; por eso le dejaba hacer todo lo que quería. "Tú me haces enojar algunas veces —le decía ella—, pero en el fondo estoy segura de que tienes buen corazón." Y eso era exacto.
Ya es tiempo de recordar las cosas grandes que Alejandro entrevió entre los trece y los catorce años, y que seguramente contribuyeron a desviarlo de lo que se aprende en la escuela.
Hay que decir que había comenzado por entrever en sus años de infancia al emperador de Rusia, acompañado de dos grandes duques, llevados a través de Villers-Cotterêts por un kibitz de tres caballos. Pero los recuerdos de la guerra oprimían todos los demás. El desorden de un pequeño pueblo amenazado por el enemigo victorioso; la población lista para huir o esconderse en los bosques y en las profundas excavaciones vecinas; puertas y ventanas que golpean, esperando que quince cosacos pasen como tromba y que una bala que atraviesa la puerta de un negocio haga añicos la columna vertebral del dueño, la historia de Villers-Cotterêts ha inscrito estas viñetas al márgen de la campaña de Francia. El pequeño Alejandro ha ayudado a su madre a enterrar sus objetos preciosos, entre ellos el lingote de oro del general. Si unos decían que los cosacos eran terribles, otros, al contrario, pretendían que no eran malos si se les daba de comer y beber. La señora Dumas, aunque consternada por el temor, se apresuró a recibirlos con vino de Soissons y un gigantesco guisado de cordero. Las falsas noticias le hicieron preparar tres asados sucesivos y siempre fueron los franceses quienes se los comieron. La pobre mujer llegó a escapar a París con otros dos habitantes del pueblo, una vieja solterona y un joven, en una carreta mal ajustada. Alejandro no olvidará jamás las paradas imprevistas, las bruscas repeticiones de la ruta, el círculo que se cerraba alrededor de los cuatro viajeros perseguidos, todo un torbellino al ruido de los cañones. La señorita jorobada quería ver París. El siguió con ella, dejando en Mesnil-Amelot a la señora Dumas con el joven empleado que había facilitado el caballo, y los dos asistieron el 27 de marzo a una revista de la Guardia Nacional: cincuenta mil guardias aclamaban al rey de Roma. Por fin, reunidos los cuatro, después de una estancia corta, pero movida, en Crépy-en-Valois, en
medio de combates entre pequeñas unidades, volvieron a Villers-Cotterêts y esperaron los acontecimientos. Cuando los aliados ocuparon París, cuando Napoleón abdicó, madre e hijo, que pasaban por bonapartistas en la población, tuvieron que sufrir una malevolencia repentinamente declarada, y el pequeño Alejandro libró algunas batallas.
Luego fueron los Cien Días, y el niño vio el Napoleón de los Cien Días en la parada de su pequeño pueblo forestal. El emperador estaba sentado al fondo del vehículo, vestido de uniforme verde con forro blanco; la pálida cabeza se movía ligeramente sobre el pecho. A su izquierda tenía a su hermano Jerónimo y, enfrente de éste, el ayudante de campo Letort. Habían cambiado los caballos, sonaron los látigos, el emperador hizo un breve saludo, y los vehículos, llevados al galope, desaparecieron a la vuelta de la calle de Soissons. Algunos días más tarde, el pequeño Dumas se encontraba en el correo. Pasó un correo que no quiso responder a ninguna de las preguntas, pero que había ordenado cuatro caballos para un vehículo que le seguía. Lo anunció un sordo fragor y apareció en dirección inversa de días pasados. El jefe del correo se adelanta y permanece estupefacto. El pequeño Dumas lo tomó por el paño de su traje:
—¿Es él? ¿El emperador?
—Sí.
Era el emperador, sentado en el mismo sitio que la primera vez, pero sin Jerónimo, con otro ayudante de campo, con la misma cara, la cabeza un poco más inclinada. Echa alrededor de sí la misma mirada vaga, hace la misma pregunta: "¿En dónde estamos?", da la misma orden y el vehículo parte con la misma velocidad, esta vez hacia París.
Entre los dos vehículos, entre las dos apariciones del emperador Napoleón ante los ojos de un niño de Villers-Cotterêts, había ocurrido la batalla de Waterloo. Y las tropas estuvieron pasando durante tres días, en marcha hacia Soissons, Laon, Mézières. Se había visto a los treinta mil hombres de la Vieja Guardia, tranquilos y sombríos. Tal espectáculo maravilloso y lúgubre lo contempla el pequeño Alejandro sintiéndose todavía bajo la sacudida y la exaltación de sus explosiones de conspirador. En efecto, el mes de marzo, los hermanos Lallemand, dos generales acusados de conspirar contra el gobierno de Luis XVIII, habían sido arrestados y conducidos a la prisión de Soissons después de haber sufrido los insultos de los habitantes del pueblo. Llevaban el mismo uniforme y las mismas charreteras que había llevado el general Dumas: la viuda del general sintió una profunda emoción. En fin, quince días antes, el prisionero de la isla de Elba había desembarcado en el golfo Juan.
—Escucha, hijo mío— dijo ella a su hijo, vamos a hacer una cosa que nos puede comprometer mucho, pero yo creo que debemos hacerlo por la memoria de tu padre.
Se trataba de pasar pistolas y un rollo de luises a los prisioneros, que podían haber sido dados por un notario de Villers-Cotterêts, el maestro Menesson, bonapartista por odio a los Borbones y por la falta de una República posible. Conocían al portero de la prisión y fue muy fácil llevar a Alejandro a su portería. "Querido señor Richard, Alejandro viene a jugar con su Charles, mientras que yo voy a hacer una visita." Alejandro tenía el precioso rollo bajo su brazo y las pistolas en el bolsillo. Astuto, obtuvo también (¿facilidad de los tiempos o desorden de la guerra?) el favor de ver a los prisioneros en la sala baja, vecina de la portería. Y como Charles ya era su camarada. Alejandro le urge: "Diles que soy el hijo de un general también. Deben haber conocido a mi padre"... Lo habían conocido. Una vela ardía sobre la mesa, cerca de la cama de uno de los generales. Eran las siete de la noche. Y cuando Alejandro murmura: "He venido para verles, saquen a Charles", el general, con el pretexto de despabilar la candela, la apagó. Fue necesario que Charles saliera para alumbrarla de nuevo... Finalmente los prisioneros rehusaron la generosa oferta. ¿Para qué? El emperador debía entrar en París antes de que se les pudiera fusilar ... Sin embargo, el joven Dumas, muy orgulloso, había ganado en el asunto dos magníficas pistolas, y también algo para su obra futura. Porque una escena así, ¿no es ya una novela mezclada con la historia, lo novelesco y la suerte reunidos al drama y al valor?
El Imperio zozobró. Una noche, la madre lleva a su hijo aparte donde los Deviolaine y le explica bastante solemnemente que el conde d'Artois, que había sido nombrado general del Imperio, y Luis XVIII de Francia, eran ambos hermanos del rey Luis XVI. Ahora bien, el abuelo. Davy de la Pailleterie, había servido antiguamente a Luis XVI, como el padre, no hace mucho, a la República. Por lo tanto, llegaba la hora de tomar una resolución de la cual podía depender todo el porvenir del hijo y los nietos. ¿Se iba a apellidar Davy de la Pailleterie, para pedir una beca, o la incorporación con los pajes, o simplemente Alejandro Dumas, pero cerrarse toda carrera, porque el general era republicano y había servido contra la monarquía? El señor Collare, su tutor y amigo, que partía el mismo día a París, conocía a Talleyrand, al duque de Orleáns y a muchas personas de la nueva corte...
—Reflexiona bien antes de responder —dijo la señora Dumas.
—¡Oh, no hay necesidad de reflexionar! —exclamé—. Yo me llamo Alejandro Dumas, y de ninguna otra manera. He conocido a mi padre, y nunca conocí a mi abuelo. ¿Qué pensaría entonces mi padre, que vino a decirme adiós en el momento de su muerte, si yo le negara, para llamarme como mi abuelo?
El gesto es bello, está de acuerdo con las ideas del autor, y deja adivinar la parte considerable que corresponde a la señora Dumas en todos los recuerdos de su hijo, a la vez que no está falto de prudencia. El señor Collard obtiene, por otra parte, alguna cosa para sus protegidos: un estanco, que se abrió en la plaza La Fontaine, en casa del calderero Lafarge, en el primer piso y en una gran sala de la planta baja, con dos mostradores para despachar el tabaco y la sal. Y es el hijo de Lafarge, pasante en París y llegado al pueblo para consolarse de una heredera que lo rehusó, quien inspira al joven Dumas sus primeras tentaciones poéticas.
Hay que leer Mis memorias para saber cuáles eran los ocios de los niños en Villers-Cotterêts. Fueron sobre todo la cacería en el bosque. Las cacerías de Alejandro Dumas, aprendiz devastador de la caza, la pequeña de vuelo y la mayor de la espesura. Había que penetrar tras él en la población forestal, trabar amistad con los guardias forestales en su vida de silencio, en su pensamiento lleno de árboles, de arroyos, de zumbidos. Casi todos habían cazado con el general Dumas y guardaban el recuerdo de ello: algunos habían servido en el ejército bajo su mando y por su influencia los había colocado allá. Dieron la más calurosa acogida a su hijo cuando el inspector Deviolaine y el nuevo cuñado de Alejandro —supervisor ambulante de contribuciones— lo llevaron. ¡El buen mozo se vio admitido, a los catorce años de edad, en una cacería de jabalí! Sus relaciones con las bestias salvajes desbordaron la actividad del cazador, algunas veces peligrosamente. Su existencia se encuadra más o menos entre dos toros, aunque él no haya pretendido combatirlos; de niño, un toro lo embiste por haberlo provocado imprudentemente, y sólo la presencia de espíritu de una vecina lo salva del peligro; ya viejo e indiferente, su perro, poderoso guardián de sus últimos paseos, le salva también de otro toro.
Las cacerías en esos parajes y los años juveniles toman en las memorias de Dumas un giro de cuentos dramáticos y crueles algunas veces. No son sino pistas seguidas durante días enteros, jabalíes hostigados a sus cubiles más llenos de fango, tumultos de perros, cornadas a las piernas de los cazadores o descargas en sus riñones, hazañas de carabinas, de fusiles, de cuchillos y, ¡ay!, a veces desgracias y duelos.
Alejandro llega a los quince años realizando las funciones de tercer empleado y chupatintas en casa del notario Menesson. Este lo cargaba de actas para firmar en los pueblos aledaños o de comisiones con sus compañeros escribanos. Por supuesto, cuando la caza estaba abierta, nunca olvidaba tomar su fusil, y cuando estaba vedada, tendía trampas en el camino. En esta actividad, el destino le arreglaba tales encuentros que lo hacían estremecerse como más tarde se estremecerían los personajes de sus novelas. Al regreso de una de sus carreras, una noche sobre el camino de Crépy, de repente su caballo al galope (un caballo prestado) paróse, y se vio arrojado a quince pasos, al borde de la zanja. Puesto en pie, de nuevo en la mitad del camino, vio a un hombre en el suelo, y creyendo que se trataba de un ebrio, se inclinó para ayudarle a levantarse... ¡Era un cadáver! Al erguirse, le pareció ver una sombra entre los matorrales. El caballo había continuado e incluso acelerado su galope. Dumas, enloquecido, pues llevaba dinero y no tenía armas, tomó las de Villadiego e hizo en un cuarto de hora la legua que le faltaba, y jadeante, cubierto de sudor y lodo entró en casa de su madre en el momento en que el panadero contaba que el caballo acababa de entrar a la cuadra sin su jinete... El ladrón asesino escapó mucho tiempo a la justicia, cometió otros crímenes, pero terminó veinte años después en el cadalso.
Como tantas otras escenas, ésta forma parte de Mis memorias, donde el autor la hila a maravilla para producir su efecto, después de haberlo preparado con cuidado hasta en el paisaje, paisaje admirable e inquietante, sin una luz en el horizonte, sin el menor ladrido de un perro, dejando adivinar solamente un molino de viento dormido, con las aspas parecidas a brazos de esqueleto levantados en actitud de desesperación; pero, por el contrario, animado por los árboles del camino que retorcía el viento y arrancaba sus hojas y las hacía volar "en la llanura como bandas de pájaros sombríos".
En verdad, uno puede preguntarse qué ofrecen de exacto y de sincero las Memorias de Dumas, por lo menos en las partes para las cuales no disponemos de comprobación alguna. Tal es el caso de los capítulos sobre su infancia, sobre su adolescencia y sobre sus comienzos parisienses. Seguramente la imaginación, la amplificación, juegan siempre un papel que no debe descuidarse en todos sus escritos; sin embargo —lo que se podrá comprobar más tarde—, se descubrirá que fue verdad en esencia. Dumas no miente, no inventa o apenas un poco; sólo arregla.
Alguien que lo había frecuentado bastante en sociedad y que lo encontró varias veces en viaje, el arquitecto Brunton, ha dicho de él: "Siempre he reconocido que lo que contaba o escribía tenía un fondo de verdad, que sabía manejar, adornar o arreglar con un arte sin igual."
Conozcamos, en seguida, las acostumbradas referencias al nacimiento, los padres y los antepasados.
Los diccionarios corrientes, los manuales de literatura, el monumento de la plaza Malesherbes, el busto del Teatro Francés señalan 1803 como fecha de nacimiento de Alejandro Dumas. Repiten todos un error imputable a las incomodidades del calendario republicano y a un cálculo falso sobre el año X.
El escritor nació el 24 de julio de 1802 (5 termidor, año X), a las cinco de la mañana, en Villers-Cotterêts, calle de Lormet, convertida en 1872 en calle de Alejandro Dumas. La casa existe todavía, pero ya no existen ni la habitación natal ni la bonita escalera en forma de herradura que daba acceso a la casa al fondo del patio. El nombre del padre inscrito en el registro es Thomas-Alexandre Dumas-Davy de la Pailleterie, con la calidad de general de división; el nombre de la madre es Marie-Louise Labouret. El abuelo materno, que había servido como primer camarero de Felipe de Orleáns, era propietario del Hôtel de l'Epée y mandaba la Guardia Nacional. Si el abuelo materno había sido, sin duda alguna, primer hidalgo del príncipe de Conti y comisario de artillería, ¿debe ser considerado como un marqués de Luis XIV? Alejandro Dumas ha pretendido que sí, pero sin referencia ni eco, según parece. Es admirable, providencial —si la Providencia no la fuese él mismo— que este príncipe de la ficción haya hecho su entrada a la vida bajo un arco de tanta exageración.
Charles de Beaurepaire, archivero del Sena Inferior, había provisto a un periodista, Georges Dubosc, en 1895, de todas las informaciones que poseía para escribir un artículo sobre "Alejandro Dumas nativo de Caux" que se puede leer en el primer número de Normandie (enero de 1896). El artículo comienza con una anécdota que nos transporta a Nimes, a la antesala del gabinete del señor alcalde. Alguien ha venido a pedir para dos artistas amigos suyos la sala de conciertos de la población; pero tiene que esperar, porque se presenta una boda, y es una costumbre en Nimes registrar las actas de matrimonio en esa antesala. Faltaba un testigo. Entonces, el desconocido se ofreció de muy buena gana, poniendo solamente una condición para rendir ese servicio: darle un beso a la novia. La besa, se inclina sobre el acta y firma: Alexandre Dumas-Davy de la Pailleterie.
Sin la menor duda y auténticamente, aseguran el periodista y el archivero normandos que Dumas descendía de una familia noble, originaria de la región de Caux, que se remonta al siglo XVI. El primero en llevar el nombre antiguo de La Pailleterie fue un Pierre Davy, escudero, esposo de Anne de Pardieu, la cual hizo construir la mansión de La Pailleterie. Fue un Anne-Pierre Davy, señor de La Pailleterie, quien tomó en 1708 lo que se llamaba un título de cortesía y se califica indebidamente marqués de La Pailleterie. ¡Allí están los blasones! Magny, continuador de La Chesnaye-Desbois en el Diccionario de la nobleza, los describe así: "Armas de azur en un anillo elevado por tres aguiluchos: los dos en el extremo superior lo llevan con las garras; el de la punta, con el pico. Todo el conjunto de oro." Pautet, en el Nuevo manual del blasón, cuenta que De Beauchesne, el adjunto al superintendente de Bellas Artes, enamorado del bello pabellón Saint-James, tuvo la ocurrencia fantástica de hacer colgar las armas de sus colegas literarios, entre las cuales figuraban las de Alejandro Dumas. Representadas en una de las planchas de Pautet, están descritas por Dumas en sus Memorias: "De azur tres águilas de oro con las alas extendidas, posadas dos y una, con un anillo de plata en forma de corazón; abrazadas por las garras diestras y siniestras de las águilas superiores y reposando sobre la cabeza del águila de la punta." Dumas añadía que su padre, el general, al renunciar al título del marquesado, había tomado en lugar de sus armas la sentencia: Deus dedit, deus dabit. Pero recordemos que Alejandro Dumas hijo ha propuesto una sustitución más modesta, demasiado modesta y no del todo exacta: "¡Ah! —decía— . Las armas de papá las conozco: mucho hocico sobre poco oro"...
Marqués de fantasía, el abuelo, viendo desvanecerse su fortuna, vendió en 1760 su propiedad normanda para ir a Santo Domingo como plantador. Se instaló en la punta occidental de la isla, cerca de Cabo Rose, en el sitio llamado La Guinodée o Trou de Jérémie. No habían pasado cuatro lustros cuando regresó a Francia con un hijo de dieciocho años, con el cual lo había gratificado una esclava, muerta diez años después, Louise-Césette Dumas. Y bajo ese nombre de su madre negra, el joven mulato de Jérémie, camarada parisiense de La Fayette, de Lameth, de Dillon, de Lauzun, se vio con los víveres cortados tras un nuevo matrimonio paterno y del enfriamiento que siguió entre padre e hijo. El joven mulato entra en el regimiento de los Dragones de la Reina porque tenía que ganarse la vida, pero decidió no traicionar el nombre y el título de la noble familia en el último rango del ejército. Curioso este La Pailleterie: un exilio y dos fracasos, porque si su amante había sido una esclava de color, la esposa, con quien se casó a los setenta y cuatro años, fue su ama de llaves. En cuanto a su hijo, considerémoslo bastardo. ¡Qué importa! Iba a elevarse al grado de general. Su padre había sido solamente coronel. Era bien parecido, apuesto, apto para todos los ejercicios físicos; en fin, le esperaba una carrera gloriosa. Muerto este La Pailleterie trece días después del compromiso del hijo, el nieto, que es el autor de Los tres mosqueteros, pudo escribir en sus Memorias que el último eslabón del autor de sus días con la aristocracia se había roto. Ya no había más La Pailleterie, sino solamente Dumas. He aquí el nombre ilustre. El general Dumas ascendió a general de división a los treinta y un años, conquistó todos sus grados por acciones brillantes. Fue él quien conquistó Mont-Cenis el 19 floreal, año II; en Brixen, defendiendo él solo un punto contra la caballería, mereció el sobrenombre del Horatius Coclès del Tirol. Gracias a su reputación de héroe, el Terror no osó decapitarlo: salvó a cuatro pobres diablos que en un pueblo de Tarentaise no habían querido dejar fundir las campanas. Acusado y absuelto, gana a la aventura otro sobrenombre: Señor de la Humanidad.
Pero, ¡ay!, la campaña de Egipto no le fue favorable. Firme en sus convicciones republicanas, reunió a los oficiales del Estado Mayor para acusar delante de ellos a Bonaparte de haber organizado la expedición por ambición personal. Vigilado, descubierto, enviado de nuevo a Francia, hecho prisionero a su arribo en el puerto de Tarento que él creía en manos amigas, pero que era partidario de Austria, fue encarcelado en 1799 en el castillo de Brindisi por orden del rey de Nápoles y envenenado a medias con el sabio Dolomieu y el general Manscourt. Finalmente, canjeado por un jefe austriaco, llega a Francia inválido, casi paralítico y con una úlcera en el estómago. ¡Una naturaleza de hombre muy poderosa, de fuerza proverbial! Sus soldados le habían visto levantar cuatro fusiles con los dedos en los cuatro cañones. Su hijo le vio, ya enfermo, delante de una reja, al darse cuenta de que había olvidado la llave, tomar la reja entre sus brazos y sacudirla tan fuertemente como para hacer saltar el pedazo de piedra por donde el pasador de la cerradura se metía en el borde. Anécdotas semejantes abundan sobre este atleta.
Casado a partir de 1792, el general encontró al volver del cautiverio a una hija que había dejado cuando tenía siete años. Una hermana mayor, de nueve años, esperaba a Alejandro cuando él llegó al mundo.
La antigüedad maravillosa rodeaba el nacimiento de los semidioses y de los héroes. ¿Por qué no existiría también una modernidad maravillosa? Es incuestionable que nada, poco menos que nada, pasó para Dumas como para los otros seres humanos. En la casa, este niño se llamaba Berlick, y he aquí la razón. Su madre, encinta, fue a una representación de marionetas, con ocasión de la fiesta del pueblo, que coincidía con la de Pentecostés. Ella vio al diablo llevarse a Polichinela, y el diablo tenía, en aquella ocasión, el nombre de Berlick. Ese Berlick diabólico, de cuerpo negro, la lengua y la cola escarlatas, hizo temblar a la mujer. Al salir, se apoyó sobre su vecina y le dijo : "¡Ah, querida, estoy perdida, daré a luz a un Berlick!" Su vecina, encinta como ella, pero ignorante de las particularidades de los antepasados de Dumas, le respondió bromeando: "Entonces, querida, si tú vas a dar a luz un Berlick, yo, que estuve contigo, daré a luz a un Berlock." Y ambas rieron. ¿Fue forzada la risa de la señora Dumas? Se sintió doblemente aligerada de un peso cuando dio a luz a un ser tan blanco como humano.
Por supuesto, el niño no pudo recibir el bautismo de todo el mundo. Su padre pidió a Brune, entonces general y pronto mariscal, que fuera padrino. Brune rehusó amigablemente: "Mi querido general —escribió—, un prejuicio que tengo mi impide cumplir tus deseos. He sido padrino cinco veces, y mis cinco ahijados han muerto. Al morir el último, hice la promesa de no bautizar a más niños. Quizá mi prejuicio te parezca extraordinario. Pero sería muy desgraciado de renunciar a él. Soy amigo de tu familia y esta calidad me autoriza a contar con tu indulgencia. Me ha sido necesario ser muy firme en mi resolución para rehusar el compadrazgo con tu encantadora hija. Transmítele mis disculpas, así como a tu encantadora esposa, y recibe las seguridades de mi sincera amistad." Una posdata decía: "Te envío algunas cajas de bombones para la pequeña madrina y su mamá." Luego transigió. El general Dumas, provisto de un poder en regla del general Brune, tuvo a su hijo sobre la fuente bautismal, asistido por su hija como comadre. Esto sucedió el 30 de agosto de 1802.
Habiendo recibido así el agua purificadora sobre su pecado original entre la luz brillante de estrellas gloriosas, el joven Alejandro no debía sino prosperar. Apenas se siente inquietud con respecto de él: cuando se cree que va a andar, se pone a correr; en vez de caminar, corría sobre la punta de los pies. Se le proveyó de zuecos, y entonces se caía con más frecuencia, pero no dejaba de correr. De este modo creció hasta los cuatro años. Ninguno en Villers-Cotterêts sabía que el pequeño negro no tenía los pasos lentos y pesados del niño blanco cuando comienza a caminar. Corría y saltaba un poco con cada pierna. La señora Dumas lo ignoraba, como los demás, y como quizá el general mismo, y más valía así.
La familia pasaba los días en el pequeño castillo de la comuna de Haramont que se llamaba "Los Fosos". El niño Alejandro creció con sus padres, el jardinero Pedro, que le juntaba sus provisiones de ranas; el negro Hipólito, ayuda de cámara del general; el guardia Mocquet; la muchacha de la cocina, María, y el gran perro Truff.
Un día en que tres muchachos llegaron de Villers-Cotterêts para bañarse en la faja de agua, pero sin saber nadar, se hundieron hasta el fondo y el general los salvó con la ayuda de Hipólito. Alejandro Dumas, después de cuarenta años, pretendía haber guardado la visión de la escena. Veía siempre de nuevo a su padre mover su cuerpo maravilloso en el agua, después emerger escurriendo y sonriente, un verdadero Antínoo en comparación del negro tan endeble. ¡Recuerdo de su cuarto año! ¿Puede estar absolutamente seguro de ello? Y, en consecuencia, ¿cómo estaba el enfermo ese día? Pero el prisma de la memoria embellece el pasado de los primeros años, siempre más o menos baudeleriano:
¡Cuán grande es el mundo a la luz de las lámparas! ¡Cuán pequeño es el mundo con los ojos del recuerdo!
Alejandro no tenía más que cuatro años cuando acompanó a París a su padre, quien tenía que hacer algunas diligencias y quería consultar a Corvisart. Padre, madre e hijo aprovecharon la ocasión para ver a la hermana mayor en su pensión de Marais. Luego el padre llevó consigo al hijo a la bella mansión en la Chausée d'Antin, de la marquesa de Montesson, viuda del marqués a los treinta y dos años, casada de nuevo a los treinta y seis con el padre de Felipe Igualdad, a salvo de la revolución y bien tratada por Napoleón, una graciosa anciana que jugaba con los cabellos del niño mientras charlaba, Jeanne Béraud de La Haye de Riou, marquesa de Montesson y duquesa de Orleáns, era una colega de antemano: tragedias, comedias y novelas duermen en los ocho volúmenes de Obras anónimas, impresas entonces en una edición de doce ejemplares.
Hay que decir que el general recurría a procedimientos para ejercitar la memoria de su retoño: por ejemplo, una pieza de oro como sello de recuerdo de la visita a la duquesa. Y al día siguiente, como viniesen a comer con ellos Brune y Murat, le hizo montar en el sable de Brune, ponerse el sombrero de Murat y, equipado de este modo, dar la vuelta a la mesa al galope.
Otra "gran dama", como dirá en La torre de Nesle, algunos meses después, esperaba en el castillo de Montgobert al joven privilegiado, el cual no lo sospechaba, y a su padre. Era en octubre. Un día, el general enganchó los caballos a un cabriolé que llevó a padre e hijo a través las hojas muertas. Caminaron una hora y apareció una residencia señorial que se abrió. En el extremo de una serie de habitaciones, al fondo de un tocador todo forrado de cachemira, una mujer acostada sobre un sofá, joven y bella, sonreía. Era Paulina Bonaparte, pequeña, graciosa, calzada con pantuflas doradas. Hizo sentarse al general sobre un taburete delante de ella, puso sus pies sobre las poderosas rodillas, y jugó con la punta de una pantufla con los botones de la casaca. Curioso cuadro: la Cenicienta y Hércules mulato. Bromearon alrededor de una bombonera: ella se inclinaba a su oreja y se reían. La mejilla blanca y rosa rozaba la mejilla morena. De repente repercutieron los cuernos de caza de una cacería que se aproximaba. "¡Vamos a ver, princesa!" No, ella se encontraba bien y no quería molestarse. "Me fatiga el caminar —dijo ella—; cárgueme si quiere." El general la tomó entre sus dos manos y estuvieron unos buenos diez minutos en esa posición ante la ventana. Por fin apareció el ciervo que atraviesa la avenida con los perros detrás de él, después los cazadores que saludaron para responder al pañuelo y a la mano blanca. Solamente entonces el general puso de nuevo a la joven mujer sobre el canapé y volvió a tomar su lugar delante de ella. ¡Oh bella estampa galante! ¿Estamos en el siglo XIX o en el XVIII? ¿A qué edad vio Alejandro esas cosas? ¿A los tres años, como él dice, o cuatro años más tarde en los reflejos de la imaginación, al escribir sus Memorias? Probablemente existió, en todo caso, algo de lo que él cuenta. Cierto, la pequeña frase "ya no sé lo que pasó detrás de mí" revela a un narrador maligno más que a un niño absorbido por el film de la caza. Pero, finalmente, ¿por qué, si no se duda de la caza y del castillo, dudar absolutamente de algunos gestos de la preciosa mujer?
Ni Brune ni Murat pudieron lograr de Napoleón que renunciara a su rencor para con su camarada, y el general Dumas se vio condenado a subsistir hasta su muerte con una pensión de cuatro mil francos. La indemnización que se le debía por su cautiverio y los salarios que se le debían del año VII y del año VIII nunca le fueron pagados. Antes de dejar París con sus decepciones, ya que del mismo profesor Corvisart no había obtenido más que buenas palabras, recomienda a su mujer y a su hijo a los dos nuevos mariscales. No tenía fortuna que legar a los suyos; su pensión de retiro murió con él. En febrero de 1806 se sintió muy cerca de ese momento.
Cuando los grandes sufrimientos de los últimos tiempos terminaron por agobiarlo, la familia ya no residía, por precaución, en los alrededores, sino en el mismo Villers-Cotterêts, en el Hôtel de l'Epée, regentado por el señor Picot, a quien se llamaba Picot de l'Epée, con el fin de distinguirlo de los demás Picot de la región. No tardó en llegar el último día. Fue el 26 y parecía que el general lo veía venir y reconocerlo desde la víspera, porque hizo llevar su bastón con puño de oro a Duguet, el orfebre de enfrente, para que fuera fundido. Al día siguiente Duguet llevó el lingote: era el legado del moribundo.
A las diez pide que venga el abate Grégoire, a quien quería hablar como amigo más que confesarse. Reclama a su hijo, que había sido enviado con unas primas, después cambia de opinión: "No —dijo— , pobre niño, duerme, no lo despierten."
Expira entre los brazos de su mujer, sonando la medianoche. El "pobre niño" dormía con los Fortier, en la alcoba de la joven prima, su pequeña cama colocada enfrente de la grande. Aquella noche vivió, si nosotros podemos creerle, su primer cuento fantástico. Porque ha contado que la prima y él se sobresaltaron súbitamente en plena noche, despertados por un fuerte golpe dado en la puerta, a la cual no podía llegar nadie una vez cerradas las puertas exteriores de la casa. La prima se levantó, muda de pavor, sobre su lecho, pero el niño, sin el menor miedo, se levanta y parece que quiere salir.
—¿A dónde vas, Alejandro, a dónde?
—Lo ves bien. Voy a abrir a papá, que viene a decirnos adiós.
Ella se levanta a su vez, lo atrapa. El se debate y grita con todas sus fuerzas: "¡Adiós, papá! ¡Adiós, papá!" Evidentemente, la muchacha se había fijado en la hora, la hora del golpe en la puerta, y lo recordó cuando supo la hora de la muerte. ¿Era medianoche? Si Dumas lo afirma en sus Memorias, su propio primo, citado por él, adelanta el acontecimiento sesenta minutos. Pero la medianoche ¿no era mucho mejor? A las once de la noche el cuento no tendría resonancia. Se tiene un poco de temor que entre las once y medianoche por una parte, y los recuerdos de la muchacha y del niño crecido por otra, el golpe en la puerta podría acabar por metamorfosearse en un golpe planeado por la imaginación más sincera y más cándida. ¿Se tiene derecho a rehusar "una cosa parecida a un aliento expirante" que el niño debió sentir sobre su faz como un calmante? De manera que se durmió con los ojos llenos de lágrimas y la garganta llena de sollozos. Y al día siguiente, nuestro niño quiere conseguirse un fusil para ir a matar "al buen Dios" porque le habían dicho que "el buen Dios" se había llevado a su padre al cielo.
A pesar de los esfuerzos de Murat, y sobre todo de Brune, a pesar de Augereau, Lannes y Jourdan, que se las ingeniaron, Napoleón rehusó todo a la viuda de un general que había sido un valiente, que había sido comandante en jefe de tres ejércitos y que por ello no había recibido ni la Legión de Honor; además nuestro Alejandro debió ver más tarde cómo se cerraba ante él toda escuela militar, todo colegio civil. La señora Dumas, instalada con sus dos hijos en el alojamiento que los abuelos se habían reservado hacía poco en el Hôtel de l'Epée, esperaba con angustia el porvenir. Pero la infancia excepcional, la infancia encantada de Alejandro Dumas I comenzaba.
Esta debía transcurrir en tres casas casi al mismo tiempo: la de la señora Darcourt, del señor Deviolaine y del señor Collard.
La señora Darcourt, vecina de los Dumas, viuda de un cirujano militar, también tenía dos hijos, un hijo de veintiocho años y una hija de veinticuatro o veinticinco años. Si Alejandro conocía poco al hijo, la hija podía vanagloriarse más tarde de haberlo educado, por decirlo así. Cada tarde, entre su madre y las dos mujeres, tenía abierto entre sus manos un magnífico libro del naturalista Buffon, ilustrado con grabados a color, y aprendió a leer para conocer la historia, las costumbres, los instintos de los animales cuyos "retratos" veía.
El señor Deviolaine, primo por lazos maternos, muy ligado con el general, inspector del bosque que rodeaba con sus cincuenta mil arapendos las dos mil cuatrocientas almas del pequeño pueblo, deslumbraba los ojos del niño. Y el deslumbramiento debía durar, porque ese todopoderoso era quien otorgaba los permisos de caza. Un hijo y dos hijas de un primer matrimonio, un hijo y dos hijas del segundo, rodeaban al brusco bienhechor, violentamente colérico y bueno como el pan. Una amable mansión servía de alojamiento a la familia; pero otras piedras venerables, las del antiguo claustro de Saint-Rémy, claustro inmenso, también pertenecían al señor Deviolaine, amado por el joven Alejandro como un rey de los árboles, un emperador del follaje, un dios del mundo que cobijan.
El señor Collard, amigo íntimo del señor Deviolaine, pero, al contrario, dulce y sonriente, habitaba el pequeño castillo de Villers-Hélon, a tres leguas de distancia de Villers-Cotterêts. No había tomado de nuevo su nombre de Montjouye abandonado en la revolución. Una deliciosa mujer joven, un hijo y tres hijas mantenían su sonrisa. También ellos disponían de un parque, donde gozaba Alejandro, porque el señor Collard había sido nombrado su tutor a la muerte del general. Si contamos bien, a Alejandro I lo vieron crecer ocho muchachas parientes o amigas íntimas. Esta frescura se relacionaba, por una parte, con la historia reciente, puesto que la señora Collard era hija de Felipe Igualdad y de madame de Genlis, que se apareció una noche corno bruja al niño despavorido: su cochero la había extraviado en el bosque cuando ella venía a ver a su familia y ella había perdido su bonete y cabellos postizos al huir de los fantasmas. La frescura virginal e infantil correspondía, por otra parte, a una naturaleza a la que se le ha quitado lo salvaje, hecha para encantar a los hombres, a través de la cual se encontraba de nuevo la historia reciente y la más antigua. Porque el jardín de los Deviolaine daba sobre un parque magnífico, que había plantado Francisco I y que la administración no había condenado aún, que abrigó bajo sus primeras sombras a Madame de Etampes, Diana de Poitiers, Gabrielle d'Estrées y sus amantes reales.
Eleonore Darcourt había enseñado a leer al niño; la hermana de Alejandro, que llegó a París durante las vacaciones, le enseñó a escribir. A los seis años, tuvo contacto con la geografía a través de Robinson Crusoe y con las cuestiones humanas a través de Telémaco. Conocía la mitología gracias a las Cartas a Emilia, obra ingeniosa mezclada de prosa y poesía, y que había dado gran reputación a su compatriota Albert Demoustier. Con Buffon y la Biblia (la maravillosa Biblia ilustrada de los Collard), ¡qué bagaje de conocimientos! Sedimentos apreciables de un terreno de solidez y de grandeza, desgraciadamente comprometidas por la utopía y la confusión. Con eso, ¿qué le quedaba por hacer al maestro de escuela de Villers-Cotterêts, un señor apellidado Oblet? Dos cosas, desde luego. Quizá enseñarle matemáticas. Alejandro permaneció rebelde para siempre y no pasó de la multiplicación. Y ciertamente había que entrenarlo en una caligrafía impecable: Oblet debía explicar las desgracias de Napoleón causadas por su escritura ilegible, por la cual sus mariscales interpretaban sus órdenes al revés.
Al aproximarse a los diez años, por la vehemencia de una revuelta seguida de una fuga del Seminario de Soissons, a donde le llevó una combinación familiar, Alejandro entra en la escuela privada del abate Grégoire, vicario de Villers-Cotterêts. El abate pretendía enseñarle el latín por medio de lecciones a domicilio por las cuales se hacía pagar seis francos mensuales: dos horas cada mañana, consagradas a textos de Virgilio y Tácito, que tenía en las manos a fin de no perder nada de su traducción impresa. Por comodidad, el santo hombre dejaba a Virgilio y Tácito con la madre de su alumno, tomando el cuidado de ponerlos en un cofrecito que cerraba con llave. Pero sucedió que Alejandro descubrió el medio de entreabrir los goznes y por esa abertura extraer las traducciones que necesitaba cada tarde para el día siguiente. Por eso la señora Dumas podía decir a todo el que llegaba:
—Miren este niño, se encierra una hora y termina la tarea de todo el día.
Pero existían los temas, y el abate se sorprendía:
—¿Por qué este niño es tan fuerte en versión y tan débil en tema?
Dumas pretendió, cuando se hizo un hombre, que se sabía de memoria los cantos de La Eneida. ¿La prueba? Faltaba. Las traducciones podían bastar para amar en Virgilio lo que él afirmaba amar, es decir —ha escrito con nobleza—, "esta compasión de los exiliados, esta melancolía de la muerte, esta previsión del Dios desconocido que hay en él".
¿Por qué Alejandro no tenía, como su hermana, sensibilidad para la música? La lógica maternal, que lo exigía, estaba equivocada. La señora Dumas, habiendo comprado a su hijo un violín, había confiado el niño y el instrumento al tío Héraux, que, metido en su gabán, la cabeza llena de historias inverosímiles y víctima cotidiana del espíritu travieso de los niños del pueblo, parecía salir verdaderamente de un cuento fantástico alemán. Fue obligado a abandonarlo pronto: el padre Héraux no quería robarle el dinero a una familia honorable y pobre. Y aunque el joven Dumas no estaba desprovisto de cierta música interior, era incapaz de adquirir la costumbre de inclinarse sobre ella y escucharla, porque era intermitente, porque era muy rara. Toda su vida sentirá emociones fuertes, violentas, sorprendentes, pero breves, sin perseverancia, que hace pensar en el temblor de un tiro. A los trece años hizo su primera comunión en medio de tal deslumbramiento que cuando la hostia tocaba sus labios rompió en sollozos y se desmayó. El cura Rémy quedó anonadado. El muchacho necesitó de dos o tres días para recuperarse. El abate Grégoire, quien fue a verle, lo recibió llorando en sus brazos. "Mi querido amigo —le dijo—, yo quisiera que eso fuera menos vivo y más perdurable." Eso no duró nada. En materia de devoción, parece que Alejandro no tuvo ninguna otra, aparte de la devoción filial.
En verdad; la realidad exterior, la vida de actividad física, los ejercicios de fuerza tomaron casi toda su infancia. Si hubo lecciones que le apasionaron fueron las del tío Monnier, empleado de la sucursal del Asilo de Mendigos del Sena, antiguo maestro de esgrima, llegado allá después de unos percances de borrachera. Aquéllas fueron lecciones eficaces: nacía un espadachín. Para montar a caballo, ¿por qué tomar lecciones? Alejandro aprendió solo. Después juega con pistolas, muy pequeño todavía. Tenía doce años cuando el armero Montagnon le confió un fusil. De los curas con que había tenido contacto esa infancia el más agradable fue seguramente el tío de la prima Fortier. Ella había perdido a su padre, y el abate Fortier, cura de Béthisy, en el Oise, la había invitado a cuidar de su casa. El buen hombre era un gran cazador ante el Eterno, y cuando Mariana Fortier llevó a Dumas a pasar quince días de vacaciones en 1812, el padre lo tenía a su sombra para hacer la apertura de caza. Silencio del bosque, vivos destellos de fusiles, marchas y acechos, he aquí el paraíso terrestre de Alejandro, niño todavía. Había comenzado por arramblar los bosques con redes, cepos y trampas prohibidas, según las enseñanzas del cazador furtivo Hanniquet y del niño devorador, el pequeño ogro, del siempre hambriento Boudoux, su camarada. No pasaría mucho tiempo sin que él mismo hiciera hablar la pólvora. En suma, durante años desarrolló su vigor y flexibilidad corpóreas más que sus facultades intelectuales. Se veía en él a un gran muchacho que aparentaba tener trece o catorce años cuando contaba diez u once, musculoso, fuerte, con un aire africano. Su madre veía en él al general; por eso le dejaba hacer todo lo que quería. "Tú me haces enojar algunas veces —le decía ella—, pero en el fondo estoy segura de que tienes buen corazón." Y eso era exacto.
Ya es tiempo de recordar las cosas grandes que Alejandro entrevió entre los trece y los catorce años, y que seguramente contribuyeron a desviarlo de lo que se aprende en la escuela.
Hay que decir que había comenzado por entrever en sus años de infancia al emperador de Rusia, acompañado de dos grandes duques, llevados a través de Villers-Cotterêts por un kibitz de tres caballos. Pero los recuerdos de la guerra oprimían todos los demás. El desorden de un pequeño pueblo amenazado por el enemigo victorioso; la población lista para huir o esconderse en los bosques y en las profundas excavaciones vecinas; puertas y ventanas que golpean, esperando que quince cosacos pasen como tromba y que una bala que atraviesa la puerta de un negocio haga añicos la columna vertebral del dueño, la historia de Villers-Cotterêts ha inscrito estas viñetas al márgen de la campaña de Francia. El pequeño Alejandro ha ayudado a su madre a enterrar sus objetos preciosos, entre ellos el lingote de oro del general. Si unos decían que los cosacos eran terribles, otros, al contrario, pretendían que no eran malos si se les daba de comer y beber. La señora Dumas, aunque consternada por el temor, se apresuró a recibirlos con vino de Soissons y un gigantesco guisado de cordero. Las falsas noticias le hicieron preparar tres asados sucesivos y siempre fueron los franceses quienes se los comieron. La pobre mujer llegó a escapar a París con otros dos habitantes del pueblo, una vieja solterona y un joven, en una carreta mal ajustada. Alejandro no olvidará jamás las paradas imprevistas, las bruscas repeticiones de la ruta, el círculo que se cerraba alrededor de los cuatro viajeros perseguidos, todo un torbellino al ruido de los cañones. La señorita jorobada quería ver París. El siguió con ella, dejando en Mesnil-Amelot a la señora Dumas con el joven empleado que había facilitado el caballo, y los dos asistieron el 27 de marzo a una revista de la Guardia Nacional: cincuenta mil guardias aclamaban al rey de Roma. Por fin, reunidos los cuatro, después de una estancia corta, pero movida, en Crépy-en-Valois, en
medio de combates entre pequeñas unidades, volvieron a Villers-Cotterêts y esperaron los acontecimientos. Cuando los aliados ocuparon París, cuando Napoleón abdicó, madre e hijo, que pasaban por bonapartistas en la población, tuvieron que sufrir una malevolencia repentinamente declarada, y el pequeño Alejandro libró algunas batallas.
Luego fueron los Cien Días, y el niño vio el Napoleón de los Cien Días en la parada de su pequeño pueblo forestal. El emperador estaba sentado al fondo del vehículo, vestido de uniforme verde con forro blanco; la pálida cabeza se movía ligeramente sobre el pecho. A su izquierda tenía a su hermano Jerónimo y, enfrente de éste, el ayudante de campo Letort. Habían cambiado los caballos, sonaron los látigos, el emperador hizo un breve saludo, y los vehículos, llevados al galope, desaparecieron a la vuelta de la calle de Soissons. Algunos días más tarde, el pequeño Dumas se encontraba en el correo. Pasó un correo que no quiso responder a ninguna de las preguntas, pero que había ordenado cuatro caballos para un vehículo que le seguía. Lo anunció un sordo fragor y apareció en dirección inversa de días pasados. El jefe del correo se adelanta y permanece estupefacto. El pequeño Dumas lo tomó por el paño de su traje:
—¿Es él? ¿El emperador?
—Sí.
Era el emperador, sentado en el mismo sitio que la primera vez, pero sin Jerónimo, con otro ayudante de campo, con la misma cara, la cabeza un poco más inclinada. Echa alrededor de sí la misma mirada vaga, hace la misma pregunta: "¿En dónde estamos?", da la misma orden y el vehículo parte con la misma velocidad, esta vez hacia París.
Entre los dos vehículos, entre las dos apariciones del emperador Napoleón ante los ojos de un niño de Villers-Cotterêts, había ocurrido la batalla de Waterloo. Y las tropas estuvieron pasando durante tres días, en marcha hacia Soissons, Laon, Mézières. Se había visto a los treinta mil hombres de la Vieja Guardia, tranquilos y sombríos. Tal espectáculo maravilloso y lúgubre lo contempla el pequeño Alejandro sintiéndose todavía bajo la sacudida y la exaltación de sus explosiones de conspirador. En efecto, el mes de marzo, los hermanos Lallemand, dos generales acusados de conspirar contra el gobierno de Luis XVIII, habían sido arrestados y conducidos a la prisión de Soissons después de haber sufrido los insultos de los habitantes del pueblo. Llevaban el mismo uniforme y las mismas charreteras que había llevado el general Dumas: la viuda del general sintió una profunda emoción. En fin, quince días antes, el prisionero de la isla de Elba había desembarcado en el golfo Juan.
—Escucha, hijo mío— dijo ella a su hijo, vamos a hacer una cosa que nos puede comprometer mucho, pero yo creo que debemos hacerlo por la memoria de tu padre.
Se trataba de pasar pistolas y un rollo de luises a los prisioneros, que podían haber sido dados por un notario de Villers-Cotterêts, el maestro Menesson, bonapartista por odio a los Borbones y por la falta de una República posible. Conocían al portero de la prisión y fue muy fácil llevar a Alejandro a su portería. "Querido señor Richard, Alejandro viene a jugar con su Charles, mientras que yo voy a hacer una visita." Alejandro tenía el precioso rollo bajo su brazo y las pistolas en el bolsillo. Astuto, obtuvo también (¿facilidad de los tiempos o desorden de la guerra?) el favor de ver a los prisioneros en la sala baja, vecina de la portería. Y como Charles ya era su camarada. Alejandro le urge: "Diles que soy el hijo de un general también. Deben haber conocido a mi padre"... Lo habían conocido. Una vela ardía sobre la mesa, cerca de la cama de uno de los generales. Eran las siete de la noche. Y cuando Alejandro murmura: "He venido para verles, saquen a Charles", el general, con el pretexto de despabilar la candela, la apagó. Fue necesario que Charles saliera para alumbrarla de nuevo... Finalmente los prisioneros rehusaron la generosa oferta. ¿Para qué? El emperador debía entrar en París antes de que se les pudiera fusilar ... Sin embargo, el joven Dumas, muy orgulloso, había ganado en el asunto dos magníficas pistolas, y también algo para su obra futura. Porque una escena así, ¿no es ya una novela mezclada con la historia, lo novelesco y la suerte reunidos al drama y al valor?
El Imperio zozobró. Una noche, la madre lleva a su hijo aparte donde los Deviolaine y le explica bastante solemnemente que el conde d'Artois, que había sido nombrado general del Imperio, y Luis XVIII de Francia, eran ambos hermanos del rey Luis XVI. Ahora bien, el abuelo. Davy de la Pailleterie, había servido antiguamente a Luis XVI, como el padre, no hace mucho, a la República. Por lo tanto, llegaba la hora de tomar una resolución de la cual podía depender todo el porvenir del hijo y los nietos. ¿Se iba a apellidar Davy de la Pailleterie, para pedir una beca, o la incorporación con los pajes, o simplemente Alejandro Dumas, pero cerrarse toda carrera, porque el general era republicano y había servido contra la monarquía? El señor Collare, su tutor y amigo, que partía el mismo día a París, conocía a Talleyrand, al duque de Orleáns y a muchas personas de la nueva corte...
—Reflexiona bien antes de responder —dijo la señora Dumas.
—¡Oh, no hay necesidad de reflexionar! —exclamé—. Yo me llamo Alejandro Dumas, y de ninguna otra manera. He conocido a mi padre, y nunca conocí a mi abuelo. ¿Qué pensaría entonces mi padre, que vino a decirme adiós en el momento de su muerte, si yo le negara, para llamarme como mi abuelo?
El gesto es bello, está de acuerdo con las ideas del autor, y deja adivinar la parte considerable que corresponde a la señora Dumas en todos los recuerdos de su hijo, a la vez que no está falto de prudencia. El señor Collard obtiene, por otra parte, alguna cosa para sus protegidos: un estanco, que se abrió en la plaza La Fontaine, en casa del calderero Lafarge, en el primer piso y en una gran sala de la planta baja, con dos mostradores para despachar el tabaco y la sal. Y es el hijo de Lafarge, pasante en París y llegado al pueblo para consolarse de una heredera que lo rehusó, quien inspira al joven Dumas sus primeras tentaciones poéticas.
Hay que leer Mis memorias para saber cuáles eran los ocios de los niños en Villers-Cotterêts. Fueron sobre todo la cacería en el bosque. Las cacerías de Alejandro Dumas, aprendiz devastador de la caza, la pequeña de vuelo y la mayor de la espesura. Había que penetrar tras él en la población forestal, trabar amistad con los guardias forestales en su vida de silencio, en su pensamiento lleno de árboles, de arroyos, de zumbidos. Casi todos habían cazado con el general Dumas y guardaban el recuerdo de ello: algunos habían servido en el ejército bajo su mando y por su influencia los había colocado allá. Dieron la más calurosa acogida a su hijo cuando el inspector Deviolaine y el nuevo cuñado de Alejandro —supervisor ambulante de contribuciones— lo llevaron. ¡El buen mozo se vio admitido, a los catorce años de edad, en una cacería de jabalí! Sus relaciones con las bestias salvajes desbordaron la actividad del cazador, algunas veces peligrosamente. Su existencia se encuadra más o menos entre dos toros, aunque él no haya pretendido combatirlos; de niño, un toro lo embiste por haberlo provocado imprudentemente, y sólo la presencia de espíritu de una vecina lo salva del peligro; ya viejo e indiferente, su perro, poderoso guardián de sus últimos paseos, le salva también de otro toro.
Las cacerías en esos parajes y los años juveniles toman en las memorias de Dumas un giro de cuentos dramáticos y crueles algunas veces. No son sino pistas seguidas durante días enteros, jabalíes hostigados a sus cubiles más llenos de fango, tumultos de perros, cornadas a las piernas de los cazadores o descargas en sus riñones, hazañas de carabinas, de fusiles, de cuchillos y, ¡ay!, a veces desgracias y duelos.
Alejandro llega a los quince años realizando las funciones de tercer empleado y chupatintas en casa del notario Menesson. Este lo cargaba de actas para firmar en los pueblos aledaños o de comisiones con sus compañeros escribanos. Por supuesto, cuando la caza estaba abierta, nunca olvidaba tomar su fusil, y cuando estaba vedada, tendía trampas en el camino. En esta actividad, el destino le arreglaba tales encuentros que lo hacían estremecerse como más tarde se estremecerían los personajes de sus novelas. Al regreso de una de sus carreras, una noche sobre el camino de Crépy, de repente su caballo al galope (un caballo prestado) paróse, y se vio arrojado a quince pasos, al borde de la zanja. Puesto en pie, de nuevo en la mitad del camino, vio a un hombre en el suelo, y creyendo que se trataba de un ebrio, se inclinó para ayudarle a levantarse... ¡Era un cadáver! Al erguirse, le pareció ver una sombra entre los matorrales. El caballo había continuado e incluso acelerado su galope. Dumas, enloquecido, pues llevaba dinero y no tenía armas, tomó las de Villadiego e hizo en un cuarto de hora la legua que le faltaba, y jadeante, cubierto de sudor y lodo entró en casa de su madre en el momento en que el panadero contaba que el caballo acababa de entrar a la cuadra sin su jinete... El ladrón asesino escapó mucho tiempo a la justicia, cometió otros crímenes, pero terminó veinte años después en el cadalso.
Como tantas otras escenas, ésta forma parte de Mis memorias, donde el autor la hila a maravilla para producir su efecto, después de haberlo preparado con cuidado hasta en el paisaje, paisaje admirable e inquietante, sin una luz en el horizonte, sin el menor ladrido de un perro, dejando adivinar solamente un molino de viento dormido, con las aspas parecidas a brazos de esqueleto levantados en actitud de desesperación; pero, por el contrario, animado por los árboles del camino que retorcía el viento y arrancaba sus hojas y las hacía volar "en la llanura como bandas de pájaros sombríos".
En verdad, uno puede preguntarse qué ofrecen de exacto y de sincero las Memorias de Dumas, por lo menos en las partes para las cuales no disponemos de comprobación alguna. Tal es el caso de los capítulos sobre su infancia, sobre su adolescencia y sobre sus comienzos parisienses. Seguramente la imaginación, la amplificación, juegan siempre un papel que no debe descuidarse en todos sus escritos; sin embargo —lo que se podrá comprobar más tarde—, se descubrirá que fue verdad en esencia. Dumas no miente, no inventa o apenas un poco; sólo arregla.
Alguien que lo había frecuentado bastante en sociedad y que lo encontró varias veces en viaje, el arquitecto Brunton, ha dicho de él: "Siempre he reconocido que lo que contaba o escribía tenía un fondo de verdad, que sabía manejar, adornar o arreglar con un arte sin igual."
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)