Napoleón dominaba todavía la época. El trabajo de su guadaña gigante aun hacía sentir su efecto. Al fondo del abismo que había hecho entreabrirse se pondría un osario de más de un millón de franceses, entre ellos ¡cuántos poetas, hombres de teatro, escritores!
A ese barranco abierto correspondió otro en la tradición de nuestras letras. También ellas tienen su corte ensangrentado, entre las estabilidades del siglo XVIII y las aspiraciones del XIX. Y de uno al otro extremo, durante mucho tiempo, se miraron como hermanos enemigos.
En verdad, por encima del abismo, Chateaubriand había arrojado el inmenso puente de su genio, pero los contemporáneos de tales audacias medían mucho menos netamente la importancia y la significación de éstos que la posteridad. No hubo al principio encuentros visibles, pero casi inútiles, más que los modestos, los de Delavigne y Soumet en poesía, los pequeños, muy pequeños, Chateaubriand líricos, más olvidados aún que la novela, y en el teatro, igualmente, Delavigne, Arnault hijo, Ancelot, Picard, Alexandre Duval, sin psicología directa y concreta, sin medios para alcanzar resonancia, con una forma vetusta y, para decirlo todo, sin fuerza.
Por encima de esas tentativas frustradas, un aislamiento obstinado envolvía, como una fortaleza milagrosamente de pie, a los partidarios de la tragedia pura: Arnaul padre, Népomucène Lemercier, Legouve, Brifaut, Pierre Antoine Lebrun, esos antepasados a quienes se aplica tan bien la palabra de Jules Lemaître: "Son viejos sin ser ancianos." ¿Quién se recuerda hoy día de Marius y de Lucrèce, de Agamennon y de La demencia de Carlos IV, de la Muerte de Abel y de Eteocle, de Ninus II y del Cid de Andalucía? Se imitaba, y no había nada más, tocante a la tragedia, que simulacros de dioses huecos. ¡Curioso teatro de conserva! Aún reanimado, no tenía alma. No tenía más alma que la fabricada en la tienda de accesorios. ¿Reanimarlo? A ello se esforzaban actores excepcionales, desde Mlle. Mars a Mlle. George y a Taima. Disimulaban una agonía, aunque un Taima, trágico, tenía el genio del drama, de ese drama que bajo la influencia del otro lado de la Mancha, trataba de vivir, pero no era sino un embrión y se llamaba, por ejemplo, Jeanne Shore, que Ladières había tomado del inglés Rowe.
En la comedia, si se representaba siempre a los autores del Imperio Alexandre Duval, Etienne, Picard, había dos contemporáneos que los eclipsaban: Delavigne y Scribe, halagadores del gusto burgués, admirables arregladores de máquinas teatrales, abastecedores amenos.
Pero siempre llega un momento en el curso de la literatura en que la vida se impacienta de reconocerse en ella, porque la literatura se ha puesto a girar sobre sí misma, sin aprehender nada de afuera, mientras que la vida reacciona de manera imprevista en circunstancias nuevas. La literatura puede ser bien hecha, atrayente, voluptuosa; pero la juventud no ve más que una coqueta afeitada y reclama una amante que con sus sentimientos y pensamientos haga hablar el instinto, la sangre, la vida elemental.
Tal era la situación mientras Alejandro Dumas se convertía en un as en el doblado de cartas y en la aplicación de los sellos. En la noche no cejaba un momento con su amigo Adolphe de Leuven en los teatros, en la entrada de la escena, en la puerta de los palcos: seguían visitando a Talma, aún quince días antes de su muerte. Lo encontraron en el baño, estudiando Tibère, de Lucien Arnault, con lo cual contaba hacer su reaparición, una vez curado. Condenado por una enfermedad de las entrañas a morir de hambre, Talma había adelgazado espantosamente; sin embargo, en esa misma delgadez encontraba una satisfacción y la esperanza de un triunfo.
—¡Eh, hijos míos —les dijo estirando con las dos manos sus carrillos colgantes—, cómo va a ser bello representar al viejo Tibère!
Dumas, llegado de provincia, en éxtasis ante un Talma y una Mars, todavía le daba importancia a aquello que no era más que polvo. Apasionado del teatro más que de la poesía y de la novela, veía mal cómo se formaba la figura verdadera de un siglo, y a pesar de sus instintos y sus gustos, se dejaba hipnotizar por una versificación elocuente, el juego de los actores, la majestad de lo vacío.
Pero la gran lección de Lassagne se haría escuchar.
Lassagne era un muchacho infinitamente seductor, al mismo tiempo leal y bueno, hombre de espíritu, de una cultura sólida, superior a los zarzuelistas con los cuales colaboraba, periodista de verbo en el Drapeau blanc y en La foudre. Dumas no cesó de elogiarlo. Escuchémosle: "Me hizo amar la hora en que llegaba, porque sabía que él llegaría un instante después que yo; me hizo amar el tiempo que pasaba en mi oficina, porque él estaba allá; siempre listo a dar una explicación, a enseñarme alguna cosa nueva sobre la vida, a la que yo entraba apenas, sobre el mundo, que yo ignoraba por completo, y, por fin, sobre la historia extranjera o nacional, ambas casi ignoradas por mí en 1823."
En una conversación memorable recogida en las Memorias, Lassagne comienza por barrer, ante los ojos o más bien ante la boca abierta de Dumas, pasmado, la literatura de los ilustres. "¿Germanicus, de Arnault padre? Muy malo... ¿Regulus, de Arnault hijo? Mediocre..." "¿Y entonces, la reputación de esos hombres?" "Se la hacen en sus periódicos. Que Jouy, Arnault o Lemercier pongan una obra en la que Talma no intervenga, verá usted como no tendrán más que diez representaciones... ¿Delavigne, Soumet, etc.? Talentos de transición, en poesía como en teatro, igual que Pigault-Lebrun en la novela... ¿No se quiere imitar, sino marchar libremente, inventar? ¡Entonces, lo primero el trabajo!"
De ahí el vasto plan de lectura dirigido por Lassagne con una benevolencia casi paternal, con admirable dulzura en los ojos y en la voz.
Dumas ignora a Esquilo y Shakespeare, conoce apenas a Molière: deberá leerlos, releerlos, aprendérselos de memoria; después pasará a otros grandes griegos, a los grandes franceses; de Shakespeare descenderá a Schiller, mientras que de Molière no tendrá más recurso que remontarse a Terencio, a Plauto, a Aristófanes. Naturalmente, necesitaría estudiar idiomas.
Dumas, en poesía, está en Voltaire, en Parny, en Colardeau; deberá olvidarlos y devorar Homero, Virgilio, Dante, esa "médula de león", después gustar de los modernos que van de Ronsard a Byron y a Goethe, de Milton a Uhland, a Lamartine, a Hugo, a ese André Chénier que va a publicar Latouche. En la novela, no ha leído a Goethe, ni a Walter Scott, ni a Cooper; Wilhelm Meister, Ivanhoé, El espía le darían poesía, caracteres, belleza natural y grandiosa; sin embargo, en ellos falta la pasión... ¿Está encantado con Jean Shogar, de Nodier? Sí, encantadora novela de género, excelente para destronar a Pigault-Lebrun, pero no era lo que esperaba Francia. ¿Y qué espera ella? Espera la novela histórica... "¡Pero si la historia de Francia es tan aburrida!..." Sorpresa y escándalo de Lassagne: "¡Se lo han dicho! Léala antes y en seguida podrá tener una opinión." "¿Qué hay que leer?" "Ah, eso es todo un mundo: Joinville, Froissart, Monstrelet, Chastellain, Juvénal des Ursins, Montluc, l'Estoile, Retz, Saint-Simon, Villars, Mme. de Lafayette, Richelieu...
Parece un sueño. Ese vasto programa al comienzo del romanticismo, ese cuadro de valores universales en una luz de revuelta tormentosa contra los seguidores del clasicismo agotado, o más bien ese panorama clarividente y valiente del clasicismo eterno en boca de un joven intelectual del tiempo de Carlos X, tenía con qué derribar las antítesis simplistas de la historia literaria. Una historia general del romanticismo podría consistir en mostrar cómo de Lamartine a Hugo y a Vigny, después a Musset, los escritores mejor dotados del nuevo siglo trabajaron para llevar a cabo, consolidar y ornar con su arquitectura, escultura, molduras, el gran puente donde Chateaubriand se había convertido en el ingeniero. Es notable que aquí Lassagne y Dumas ya tornaban parte en el trabajo; observaban, reflexionaban, medían, y un día Dumas, arquitecto y maestro de obras, descenderá a la cantera.
¿Y este llamado a la novela histórica, esta previsión de la obra futura de Alejandro Dumas, es de un Lassagne apócrifo, una añadidura inventada? En este caso, el regalo hecho por Dumas a su mayor lo honra magníficamente, honra a ambos, el que lo ofreció y el que lo mereció. Si, al contrario, Lassagne es el autor único de toda la lección redactada por su joven amigo, no se exageraría la gran importancia de su influencia... ¿Y no habría hojeado Racine y Shakespeare de Stendhal? Un teatro extraído de viejas crónicas, y que daba sus primeros pasos con Vitet, Merimée, Loève-Veimars, se presiente ya en Dumas.
¿Es de lamentar que Dumas no haya tenido tiempo de seguir exactamente y hasta el fin las directivas de Lassagne, por ejemplo, que jamás se haya consagrado al estudio del griego, del alemán y del inglés? ¿Y debemos lamentarnos de que haya cuidado tanto a sus contemporáneos franceses, sobre todo a un Nodier, o a sus contemporáneas francesas, una madame Tastu o una madame Gay, como a Goethe, Dante y Homero? No se sabe con semejante aparato de imaginación. Uno se pregunta si todo aquello que juzgamos lo más útil retrospectivamente para perfeccionarlo ¿no lo habría, por el contrario, frenado y paralizado inútilmente? ¿Qué valen, qué valieron finalmente las enseñanzas de Lassagne? ¿Contaron realmente? Sí, ellas interesaron y sostuvieron lo mejor de Dumas, le dieron el sentido de la dignidad, despertaron su simpatía y su respeto por el pasado vivo de Francia. Y él guardó siempre toda su frescura de Villers-Cotterêts, su gran idilio, como una especie de grandes vacaciones, su espacio aéreo, su franca vista de las cosas, su imaginación espontánea.
Y, sin embargo, parecía darle la espalda al buen Lassagne, puesto que se las ingeniaba con Adolphe de Leuven para fabricar zarzuelas como quien hace títeres. La zarzuela daba entonces entradas, y para Alejandro se trataba de ganar algo de dinero. Lassagne mismo trabajaba en ese género de diálogos mezclados de cuplés, y tanto el uno como el otro sabían hasta qué punto era apartarse de la verdadera literatura. Después de varios ensayos infructuosos, Dumas y Leuven decidieron atraerse a Pierre-Joseph Rousseau, zarzuelista en literatura, mistificador en la ciudad, el doble de su amigo Romieu, hombre de ingenio famoso cuya ausencia, durante los tres años que fue prefecto, había traído cambios en la capital. Corrían estos versos de un autor desconocido:
Rousseau, dice Dumas, "era de esa famosa escuela Favart, Radet, Collé, Désaugiers, Armand Gouffé y compañía, que sólo trabajaba si oía saltar los corchos y si veía flamear los ponches". Dumas y Leuven no obtuvieron de él trabajo más que con gran refuerzo de vino y alcohol. Durante una cena con los Leuven (calle de La Bruyère), en que Dumas contó accidentalmente una de sus historias de caza, Rousseau exclamó: "¡He aquí un vodevil!" Tres botellas de champaña hicieron brotar con su espuma el plan de La caza y el amor. También fueron distribuídas en tres partes las escenas a escribir. Ocho días, diez días, y la pieza estaba terminada. Una copla de Dumas había tenido éxito entre sus amigos, la copla que canta el cazador parisino, señor Papillón, sobre la melodía de Vers le temple de l'hymen (Hacia el templo de Himeneo):
Rechazado en el Teatro Gimnasio, precisamente por esa copla, fue aceptado, poco después, en el Ambigú con la misma copla repe-
tida en la lectura. Esta pieza fue representada con la triple firma Davy, Rousseau y Adolphe, el 22 de septiembre de 1825, con un éxito mediocre. Pero Dumas obtiene también su primer dinero como escritor (50 francos) al vender un paquete de sus billetes para el espectáculo (dos por noche) a cierto señor Porcher, especialista en ese comercio, que era la providencia de los escritores de teatro. Siguió un préstamo de trescientos francos... Después una segunda pieza del mismo carácter, La boda y el entierro, inspirada en una aventura de Simbad el Marino, y que contaba nada menos que cinco autores —Dumas, Adolphe de Ribbing (de Leuven), James Rousseau, Lassagne y Gustave Vulpiau—no pudo convencer a la dirección del Vaudeville. Fracasó en el teatro. Fracasó también en las librerías: Dumas tuvo la idea de publicar tres novelas a medias con un impresor, y sus Nouvelles contemporaines jamás llegarían a seducir a más de cuatro clientes. ¡Ah, la mala suerte!
Y más mala aún, porque Alejandro tenía dificultades en el Palais-Royal.
Al saber la colaboración literaria de Lassagne y de Dumas, Oudard se mostró en contra. Por su parte, el rudo Deviolaine, lejos de sostener a su primo, lo desaprobaba. Al día siguiente de que La boda y el entierro había sufrido su triste suerte, Lassagne apareció en la oficina con una cara de circunstancias. "Oudard —dijo a Dumas— pretende que yo le doy a usted el gusto de la literatura, y que ese gusto lo perderá, y exige que renunciemos... Hay alguien que le perjudica en su trabajo con el señor de Broval." Bajo la impresión punzante de esta novedad, Dumas toma todo su valor y va directamente con su jefe. Entra a su oficina con lágrimas en los ojos, pero la voz calmada, reprocha a Oudard de querer condenar a tres personas a vivir con ciento veinticinco francos al mes, cuando su trabajo exterior no le quitaba el tiempo de su trabajo en la oficina.
Oudard pudo haberse sorprendido por el número de tres. ¿Catherine Lebay? Ella tenía medios de existencia. ¿El niño? Vivía con ella y parece que ella jamás había pedido un centavo a su amante. Faltaba Mysouff para que fueran tres. ¡Las cuentas de Dumas! En ningún momento de su existencia dejaban de levantar interrogaciones. ¿Por qué su madre y él habían contraído deudas en Villers-Cotterêts, a pesar del estanco y algunos restos de fortuna? ¿Por qué con sus mil quinientos francos de salario y los cien luises salvados del naufragio coteresiano, Dumas gritaba su miseria? Quizá él ha dado la explicación en el capítulo CIV de las Memorias, donde anuncia que el modesto capital de cien luises está en vías de morir casi al mismo tiempo que el general Foy, lo cual, añade, "es espantoso, en vista de que en un año y medio gastamos cerca de cuatro mil francos, es decir, casi mil ochocientos francos más de lo que debíamos gastar".
Oudard era un hombre discreto. Ejecutaba las órdenes del señor de Broval sin maldad personal.
—Reconozco —continúa Dumas— que La caza y el amor no es literatura; pero yo no me siento aún maduro para hacer verdadera literatura; además, escribir esas obras para mí no vale tanto como copiar las de otros a razón de cuatro francos la hoja, como usted sabe que haciendo tal cosa me he pasado las noches. Por otra parte, Adolphe de Leuven también hace teatro, y parece que usted le va a dar empleo en sus oficinas. Pero, claro, los protectores de Leuven están vivos, mientras que el mío está muerto...
Aquí, Oudard pudo haber detenido a Dumas para decirle solamente: "¡Vaya! Yo creía que Leuven era su amigo..." Demasiado cortés para ello, se salió por la tangente y preguntó:
—Entonces, ¿usted quiere, resueltamente, escribir?
—Sí, señor. Lo quiero por vocación y por necesidad.
—Bien, haga literatura como Casimir Delavigne, y en vez de reprochárselo, lo animaremos...
Nada podría resumir mejor que una frase semejante las relaciones de la literatura y el poder bajo el reinado de Carlos X. "Haga literatura como Delavigne"... La República, por lo menos para las artes, dirá otro tanto por boca de Thiers, cuando el presidente, acabando de inaugurar una exposición de pintura, se declara satisfecho en estos términos condescendientes: "Es un buen promedio."
La erupción de Dumas, su fuego, su lava, es una fecha. Por primera vez estalla su esperanza orgullosa, por primera vez se fija un objetivo preciso a su empeño de trabajador y toma un compromiso casi solemne. Y también por primera vez, se atreve a desafiar el ridículo, como lo hará resueltamente en el porvenir, por la demostración atrevida de su confianza en sí y su orgullo de hombre nuevo... ¿No tiene la audacia el derecho de tomar esta forma? Audacia tan temeraria, tan loca, y que lo descubre tan ingenuamente hasta en sus orígenes exóticos, que podemos creerle cuando pretende haber respondido a su jefe de servicio:
—Señor, no tengo la edad de Casimir Delavigne, poeta laureado en 1811; yo no he recibido la educación de Casimir Delavigne, que ha sido educado en uno de los mejores colegios de París. No, yo tengo veintidós años; mi educación la hago todos los días, quizá a costa de mi salud, porque todo lo que aprendo —y aprendo muchas cosas, se lo juro— lo aprendo en las horas en que otros se divierten o duermen. Por ello no puedo hacer en este momento lo que hace Casimir Delavigne. En fin, señor Oudard, escuche bien lo que voy a decirle. Lo que voy a decir va a parecer muy extraño: si yo pensara para el porvenir solamente en lo que hace Casimir Delavigne, entonces, señor, me adelantaría a vuestros deseos y a los del señor de Broval, y al instante le daría la promesa sagrada, el juramento solemne de no hacer literatura—. Y Dumas añade, para nosotros: "Oudard me miró con los ojos asombrados; mi orgullo lo había fulminado. Lo saludé y salí."
¿Es necesario decir que el rumor de la algarabía corrió durante días por todo el Palais-Royal, lo que hizo que sesenta burócratas se regodearan de su colega? Solamente dos hicieron barrera a la risa homérica: Lassagne y un nuevo empleado de contabilidad que no era otro que Amédée de la Ponce. La guerra de las oficinas comenzó, por lo tanto, en el mismo momento en que el joven desplegaba, casi secretamente, es verdad, los mayores méritos. Alejandro realizaba su revolución interior. Su navío agua abajo, Dumas toma enérgicamente el timón. Todo iba a cambiar. Lo serio de la lección de Lassagne se diseminaba en su vida, en su ser. A partir de esos días dramáticos, Dumas se disputa a sí mismo. Y ante todo, se encarniza en llenar el vacío de su ignorancia, absorbiendo mucha literatura, comenzando por Walter Scott, continuando con Byron y Cooper. Por lo tanto, entraba —abandonado a la dulzarrona Mme. Cotin— en el pasado más rudo, en un apostolado grandioso, en la poesía más inmensa. Ni Goethe ni Schiller fueron para él libros cerrados, ni Calderón; investigó la colección Ladvocat, Obras maestras del teatro extranjero. Llegó hasta a hacerse fuerte en ciencia, con la ayuda de un amigo, ese Thibaut que acompañaba a veces, de seis a siete de la mañana, al hospital de la Chanté y le dio a conocer la psicología y la anatomía. A Thibaut le debe haber sabido algo de medicina y haber podido seguir en Madeleine, la heroína de su novela Amaury, las fases de una tuberculosis, así como la acción, de los venenos administrados por madame de Villefort en Montecristo. Por la noche, se dedicaban a la física y a la química en la habitación del estudiante de medicina. ¿Otro enamoramiento de Dumas contrariaría sus estudiosas disposiciones? A las sesiones asistía casi siempre una bella y joven vecina, Mlle. Walker, vendedora de modas, que estuvo a punto de separar a los dos estudiantes, por supuesto. Afortunadamente, fue encontrado un sesgo y la ciencia y la amistad tuvieron la última palabra.
Gracias a Lassagne y gracias, en suma, a Oudard, Alejandro decide no faltar más al respeto al arte. El se quería digno, retornó a su culto a las musas, escribió muchos versos, versos líricos, versos de teatro. Colaboró en Psyché, revista mensual que duró de 1826 a 1829 con dos o trescientos suscriptores, y en los Anales románticos. Sus poemas se encuentran reproducidos, con algunos inéditos, en Alejandro Dumas y su obra de Charles Glinel, otros en sus Memorias. Asselineau, en su Biblioteca romántica, se lamenta de que no exista una colección poética de Dumas. Pero, en verdad, ¿es necesaria tal colección? Alejandro Dumas reemplaza la inspiración por una facilidad extraordinaria de prosista virtuoso, y cierto, no necesita mucho tiempo para forjar, modelar, cincelar. Sus versos tienen sobre todo el interés de mostrarnos su amable desenfado. ¡Es divertido! Por ejemplo, en su Elegía de la muerte del general Foy se permite licencias ridículas:
De Jemmape y de Waterloo...
Un año más tarde, Canaris, ditirambo vendido en provecho de los griegos, marcaba un progreso. Este dístico:
Dio el acento. Glinel nota que en El siglo y la poesía, en Leipzick, ronda una vaga idea del tema sobre el cual Hugo debió construir La expiación. El conjunto de poemas de Dumas siguió teniendo el gusto de Spumet, que Dumas admiraba, no solamente por sus grandes ojos inspirados y sus cabellos flotantes, sino por su corazón ardiente, por su tierna sensibilidad. Oscilaba del tono de la oda al tono de la elegía. Dijo al pastor de los alrededores de Roma:
El se llama a sí mismo elegíaco:
Dumas no daba importancia excesiva a sus ejercicios poéticos. Fue en el teatro donde pretendió hacer brecha. Había lanzado un desafío que solamente él podría sostener en el teatro; se ejercitó en una versificación de teatro traduciendo el Fiesque de Schiller. Y sobre todo quería construir una pieza de importancia, y con este propósito esperó la ocasión. Se le ofreció la oportunidad. El teatro de la Porte de Saint-Martin, que había recibido, contra todo lo que se esperaba, el vodevil La boda y el entierro, lo estrenó el 21 de noviembre de 1826 y le siguieron cuarenta representaciones. Hechas todas las cuentas con Porcher, le quedaron a Dumas cinco francos por noche, que le suavizaron agradablemente el invierno y le permitieron soñar con una futura obra maestra. Aprovechó para acercarse a Soulié, a quien conocía.
Todo lo atraía en ese muchacho vigoroso y bien asentado en la vida. Fréderic Soulié, sólidamente instruido, abogado, gozando de una renta que le aseguraba su familia, director además de un aserradero mecánico con cien obreros, rico en consecuencia, instalado además en un coqueto entresuelo de la calle de Provence, abría un refugio a los antípodas del desdichado Lafarge. Dumas veía en él "una de las más poderosas organizaciones literarias de la época"; comprendiendo que en lo sucesivo no firmaría sino una obra de gran trascendencia, va a decir al poeta de Amores franceses que terminaba un Romeo y Julieta imitado de Shakespeare: "hagamos juntos un drama".
Y, sin embargo, no atreviéndose a dedicarse todavía a una creación completa y creyendo prudente tomar el tema a Walter Scott, los dos jóvenes emprendieron la acción escénica de Puritanos de Escocia, pero sin llegar a crear nada, sin lograr superarse colaborando juntos. Tres meses de vanos esfuerzos. Hubo que renunciar. Pero Dumas siempre reconoció haber ganado mucho al luchar con ese atleta: "Sentí nacer en mí —escribía— fuerzas desconocidas y, como aquellos ciegos a los cuales se da la luz, me parecía que poco a poco, día a día, mi mirada abarcaba un horizonte más extenso."
Por lo tanto, se puede afirmar que Alejandro Dumas, después de la gran lección de Lassagne, recibió varias otras de Soulié y que a continuación de cada una de ellas, a medida que exigía más de sí mismo, un esfuerzo intrépido de trabajo, cultura y ambición le agrandaba el corazón, le elevaba el espíritu. Ahora bien, una circunstancia imprevista vino a servirle además: el contacto directo con la grandeza shakespeariana. Los actores ingleses, Kemple, Kean, miss Smithson, cruzaron el Canal de la Mancha en 1827 para ofrecer en París una serie de representaciones de todo Shakespeare. Dumas solamente había entrevisto a Shakespeare a través de Ducis, ese Ducis que a continuación le hacía pensar en el anuncio de los cirujanos especializados, los proveedores de la Roma papal de imberbes de voz pura: "Aquí se perfecciona a los niños." Durante las representaciones inglesas, experimentó una tremenda sacudida: era en su cabeza la sustitución del "drama viril" al "drama castrado".
Los ingleses representaban en su lengua. Los espectadores los seguían ayudándose con la traducción libresca, pero bastante exacta, de Guizot, y fueron espectáculos unánimemente comparados al Edén, porque criaturas de Dios reemplazaron a los antiguos maniquíes de yeso. Los espectadores experimentaron emociones sorprendentes, vertieron lágrimas. La noche de Hamlet, ante Kemple en el papel del príncipe y miss Smithson adorable en el de Ofelia, la impresión de Dumas sobrepasó lo que esperaba. Igualmente sucedió a Nerval, Vigny, Hugo, Berlioz y Delacroix, que estaban en la sala con toda la joven Francia. Berlioz vagó toda la noche por las calles. "Fulminado" inmediatamente, luego se transfiguró su espíritu "centuplicado" por el entusiasmo, por el delirio. Y Dumas, que no sintió un asombro menor, tomó conciencia de su importancia:
A partir de esa hora solamente tuve la idea del teatro, y con todos los vestigios de cosas pasadas que la sacudida dejó en mi espíritu, comprendí la posibilidad de construir un mundo... Era la primera vez que veía en el teatro pasiones reales, animando a hombres y mujeres de carne y hueso. Entonces comprendí las quejas de Taima a cada nuevo papel que creaba, comprendí esa aspiración eterna hacia una literatura que le diera la facultad de ser hombre al mismo tiempo que héroe; comprendí su desesperación de morir sin haber podido demostrar esa parte de su genio que moría desconocida en él y con él...
Sin duda no hubo error al escribir que cualquiera que haya sido la deuda del teatro romántico hacia los grandes ingleses "es pequeña comparada a lo que debe a Ducray-Duminil o a Pixérécourt" y que "frecuentemente está más cerca de Coelina o el hijo del misterio que de Hamlet o del Rey Lear". En efecto, el drama popular, durante el periodo en que la novedad shakespeariana choca con la antigualla de las seudotragedias, tenía gran éxito Treinta años o la vida de un jugador en la Porte Saint-Martin, obra que reveló al público a Frédérick Lemaître y Marie Dorval. Sin embargo, minimizar la conmoción causada por Shakespeare en Hugo, Vigny y Dumas, sería una tontería absoluta. El drama romántico puede ser de Pixérécourt y de Ducange, pero elevado al estilo del fuego de Shakespeare, aunque pasado por el temple de Delavigne, ese hábil término medio. Nada es simple y en línea directa en las filiaciones literarias. No es inútil saber que el joven Lamartine, en la víspera de llegar a París, había escrito en verso un Saúl, ni recordarse que en el otro extremo de la cadena Ponsard no había sido para nada un aislado y que Soumet produjo tragedias en 1841 y 1844.
Dumas no tardaría en entrever un gran tema, tratarlo y compartirlo con Soulié. Impresionados, alucinados por la revelación inglesa, ardían por imprimir al teatro francés una gran fuerza. Pasaron largas noches de discusión en el estudio de Soulié en Ivry, ante un buen fuego de leña... Fue al dejar a su amigo una noche cuando Alejandro
Dumas tuvo uno de esos encuentros con el destino realizados en su existencia antes de tenerlos frecuentemente en su obra, porque hay mucho de real y de vivido en su imaginación.
La noche era oscura, el tiempo lluvioso, la avenida casi desierta. Al llegar a la Porte Saint-Denis, en el momento en que iba a dejar el bulevar para entrar en la calle, escuché unos gritos a treinta pasos delante de mí; después, en medio de la oscuridad, vi cómo un grupo se movía violentamente sobre el bulevar. Corrí al sitio de donde partían los gritos.
Dos individuos atacaban a un hombre y a una mujer: El hombre trataba de defenderse con un bastón; la mujer estaba en el suelo y el ladrón trataba de arrancarle una cadena que llevaba en el cuello. Salté sobre el ladrón y, en un instante, a su vez estaba derribado y bajo mi rodilla. Al verlo, el segundo ladrón abandonó al hombre y echó a correr.
Parece que sin prestar atención, apreté el cuello del que yo tenía agarrado con violencia, porque repentinamente, lo que me sorprendió, se puso a gritar: ¡Guardias!
Este grito, junto con los que ya habían lanzado el hombre y la mujer atacados, hicieron venir algunos soldados del puesto de Bonne-Nouvelle.
Yo no había soltado a mi ladrón; los guardias lo sacaron de mis manos. Entonces, solamente, pude responder al agradecimiento de aquellos que había salvado. La voz de la mujer me sorprendió extrañamente. Esa mujer era Adèle Dalvin, a quien no había vuelto a ver desde mi partida de Villers-Cotterêts. El hombre era su marido.
La pareja salía de una representación de La boda y el entierro, satisfechos de una pieza en la que sabían que Dumas tenía su parte, y después se habían retrasado cenando en el teatro. La policía se llevó a todo el mundo revuelto, víctimas, asaltante y liberador, que tuvieron que dormir en chirona. Dumas no pudo cerrar los ojos, su mirada fija, mucho tiempo, sobre esa mujer a quien debía su primera felicidad de amante, sobre esa actual madre feliz de dos niños, dormida sobre el hombro de otro. Después, separándose de ellos, su pensamiento se reunió con algunas figuras ya diseñadas en su creación futura y se durmió, por decirlo así, con ellas.
Volvió a ver una o dos veces a Adèle Dalvin durante la estancia de ella en París. Pero "de esa época —escribió en sus Memorias— había dado a mi imaginación, si no a mi corazón, una amante que debía hacer un gran daño a mis amantes pasadas y futuras... Esa amante, o mejor dicho, ese amante, era el Arte".
La amante soberana, durante esas semanas, tenía los rasgos de la reina Cristina.
A ese barranco abierto correspondió otro en la tradición de nuestras letras. También ellas tienen su corte ensangrentado, entre las estabilidades del siglo XVIII y las aspiraciones del XIX. Y de uno al otro extremo, durante mucho tiempo, se miraron como hermanos enemigos.
En verdad, por encima del abismo, Chateaubriand había arrojado el inmenso puente de su genio, pero los contemporáneos de tales audacias medían mucho menos netamente la importancia y la significación de éstos que la posteridad. No hubo al principio encuentros visibles, pero casi inútiles, más que los modestos, los de Delavigne y Soumet en poesía, los pequeños, muy pequeños, Chateaubriand líricos, más olvidados aún que la novela, y en el teatro, igualmente, Delavigne, Arnault hijo, Ancelot, Picard, Alexandre Duval, sin psicología directa y concreta, sin medios para alcanzar resonancia, con una forma vetusta y, para decirlo todo, sin fuerza.
Por encima de esas tentativas frustradas, un aislamiento obstinado envolvía, como una fortaleza milagrosamente de pie, a los partidarios de la tragedia pura: Arnaul padre, Népomucène Lemercier, Legouve, Brifaut, Pierre Antoine Lebrun, esos antepasados a quienes se aplica tan bien la palabra de Jules Lemaître: "Son viejos sin ser ancianos." ¿Quién se recuerda hoy día de Marius y de Lucrèce, de Agamennon y de La demencia de Carlos IV, de la Muerte de Abel y de Eteocle, de Ninus II y del Cid de Andalucía? Se imitaba, y no había nada más, tocante a la tragedia, que simulacros de dioses huecos. ¡Curioso teatro de conserva! Aún reanimado, no tenía alma. No tenía más alma que la fabricada en la tienda de accesorios. ¿Reanimarlo? A ello se esforzaban actores excepcionales, desde Mlle. Mars a Mlle. George y a Taima. Disimulaban una agonía, aunque un Taima, trágico, tenía el genio del drama, de ese drama que bajo la influencia del otro lado de la Mancha, trataba de vivir, pero no era sino un embrión y se llamaba, por ejemplo, Jeanne Shore, que Ladières había tomado del inglés Rowe.
En la comedia, si se representaba siempre a los autores del Imperio Alexandre Duval, Etienne, Picard, había dos contemporáneos que los eclipsaban: Delavigne y Scribe, halagadores del gusto burgués, admirables arregladores de máquinas teatrales, abastecedores amenos.
Pero siempre llega un momento en el curso de la literatura en que la vida se impacienta de reconocerse en ella, porque la literatura se ha puesto a girar sobre sí misma, sin aprehender nada de afuera, mientras que la vida reacciona de manera imprevista en circunstancias nuevas. La literatura puede ser bien hecha, atrayente, voluptuosa; pero la juventud no ve más que una coqueta afeitada y reclama una amante que con sus sentimientos y pensamientos haga hablar el instinto, la sangre, la vida elemental.
Tal era la situación mientras Alejandro Dumas se convertía en un as en el doblado de cartas y en la aplicación de los sellos. En la noche no cejaba un momento con su amigo Adolphe de Leuven en los teatros, en la entrada de la escena, en la puerta de los palcos: seguían visitando a Talma, aún quince días antes de su muerte. Lo encontraron en el baño, estudiando Tibère, de Lucien Arnault, con lo cual contaba hacer su reaparición, una vez curado. Condenado por una enfermedad de las entrañas a morir de hambre, Talma había adelgazado espantosamente; sin embargo, en esa misma delgadez encontraba una satisfacción y la esperanza de un triunfo.
—¡Eh, hijos míos —les dijo estirando con las dos manos sus carrillos colgantes—, cómo va a ser bello representar al viejo Tibère!
Dumas, llegado de provincia, en éxtasis ante un Talma y una Mars, todavía le daba importancia a aquello que no era más que polvo. Apasionado del teatro más que de la poesía y de la novela, veía mal cómo se formaba la figura verdadera de un siglo, y a pesar de sus instintos y sus gustos, se dejaba hipnotizar por una versificación elocuente, el juego de los actores, la majestad de lo vacío.
Pero la gran lección de Lassagne se haría escuchar.
Lassagne era un muchacho infinitamente seductor, al mismo tiempo leal y bueno, hombre de espíritu, de una cultura sólida, superior a los zarzuelistas con los cuales colaboraba, periodista de verbo en el Drapeau blanc y en La foudre. Dumas no cesó de elogiarlo. Escuchémosle: "Me hizo amar la hora en que llegaba, porque sabía que él llegaría un instante después que yo; me hizo amar el tiempo que pasaba en mi oficina, porque él estaba allá; siempre listo a dar una explicación, a enseñarme alguna cosa nueva sobre la vida, a la que yo entraba apenas, sobre el mundo, que yo ignoraba por completo, y, por fin, sobre la historia extranjera o nacional, ambas casi ignoradas por mí en 1823."
En una conversación memorable recogida en las Memorias, Lassagne comienza por barrer, ante los ojos o más bien ante la boca abierta de Dumas, pasmado, la literatura de los ilustres. "¿Germanicus, de Arnault padre? Muy malo... ¿Regulus, de Arnault hijo? Mediocre..." "¿Y entonces, la reputación de esos hombres?" "Se la hacen en sus periódicos. Que Jouy, Arnault o Lemercier pongan una obra en la que Talma no intervenga, verá usted como no tendrán más que diez representaciones... ¿Delavigne, Soumet, etc.? Talentos de transición, en poesía como en teatro, igual que Pigault-Lebrun en la novela... ¿No se quiere imitar, sino marchar libremente, inventar? ¡Entonces, lo primero el trabajo!"
De ahí el vasto plan de lectura dirigido por Lassagne con una benevolencia casi paternal, con admirable dulzura en los ojos y en la voz.
Dumas ignora a Esquilo y Shakespeare, conoce apenas a Molière: deberá leerlos, releerlos, aprendérselos de memoria; después pasará a otros grandes griegos, a los grandes franceses; de Shakespeare descenderá a Schiller, mientras que de Molière no tendrá más recurso que remontarse a Terencio, a Plauto, a Aristófanes. Naturalmente, necesitaría estudiar idiomas.
Dumas, en poesía, está en Voltaire, en Parny, en Colardeau; deberá olvidarlos y devorar Homero, Virgilio, Dante, esa "médula de león", después gustar de los modernos que van de Ronsard a Byron y a Goethe, de Milton a Uhland, a Lamartine, a Hugo, a ese André Chénier que va a publicar Latouche. En la novela, no ha leído a Goethe, ni a Walter Scott, ni a Cooper; Wilhelm Meister, Ivanhoé, El espía le darían poesía, caracteres, belleza natural y grandiosa; sin embargo, en ellos falta la pasión... ¿Está encantado con Jean Shogar, de Nodier? Sí, encantadora novela de género, excelente para destronar a Pigault-Lebrun, pero no era lo que esperaba Francia. ¿Y qué espera ella? Espera la novela histórica... "¡Pero si la historia de Francia es tan aburrida!..." Sorpresa y escándalo de Lassagne: "¡Se lo han dicho! Léala antes y en seguida podrá tener una opinión." "¿Qué hay que leer?" "Ah, eso es todo un mundo: Joinville, Froissart, Monstrelet, Chastellain, Juvénal des Ursins, Montluc, l'Estoile, Retz, Saint-Simon, Villars, Mme. de Lafayette, Richelieu...
Parece un sueño. Ese vasto programa al comienzo del romanticismo, ese cuadro de valores universales en una luz de revuelta tormentosa contra los seguidores del clasicismo agotado, o más bien ese panorama clarividente y valiente del clasicismo eterno en boca de un joven intelectual del tiempo de Carlos X, tenía con qué derribar las antítesis simplistas de la historia literaria. Una historia general del romanticismo podría consistir en mostrar cómo de Lamartine a Hugo y a Vigny, después a Musset, los escritores mejor dotados del nuevo siglo trabajaron para llevar a cabo, consolidar y ornar con su arquitectura, escultura, molduras, el gran puente donde Chateaubriand se había convertido en el ingeniero. Es notable que aquí Lassagne y Dumas ya tornaban parte en el trabajo; observaban, reflexionaban, medían, y un día Dumas, arquitecto y maestro de obras, descenderá a la cantera.
¿Y este llamado a la novela histórica, esta previsión de la obra futura de Alejandro Dumas, es de un Lassagne apócrifo, una añadidura inventada? En este caso, el regalo hecho por Dumas a su mayor lo honra magníficamente, honra a ambos, el que lo ofreció y el que lo mereció. Si, al contrario, Lassagne es el autor único de toda la lección redactada por su joven amigo, no se exageraría la gran importancia de su influencia... ¿Y no habría hojeado Racine y Shakespeare de Stendhal? Un teatro extraído de viejas crónicas, y que daba sus primeros pasos con Vitet, Merimée, Loève-Veimars, se presiente ya en Dumas.
¿Es de lamentar que Dumas no haya tenido tiempo de seguir exactamente y hasta el fin las directivas de Lassagne, por ejemplo, que jamás se haya consagrado al estudio del griego, del alemán y del inglés? ¿Y debemos lamentarnos de que haya cuidado tanto a sus contemporáneos franceses, sobre todo a un Nodier, o a sus contemporáneas francesas, una madame Tastu o una madame Gay, como a Goethe, Dante y Homero? No se sabe con semejante aparato de imaginación. Uno se pregunta si todo aquello que juzgamos lo más útil retrospectivamente para perfeccionarlo ¿no lo habría, por el contrario, frenado y paralizado inútilmente? ¿Qué valen, qué valieron finalmente las enseñanzas de Lassagne? ¿Contaron realmente? Sí, ellas interesaron y sostuvieron lo mejor de Dumas, le dieron el sentido de la dignidad, despertaron su simpatía y su respeto por el pasado vivo de Francia. Y él guardó siempre toda su frescura de Villers-Cotterêts, su gran idilio, como una especie de grandes vacaciones, su espacio aéreo, su franca vista de las cosas, su imaginación espontánea.
Y, sin embargo, parecía darle la espalda al buen Lassagne, puesto que se las ingeniaba con Adolphe de Leuven para fabricar zarzuelas como quien hace títeres. La zarzuela daba entonces entradas, y para Alejandro se trataba de ganar algo de dinero. Lassagne mismo trabajaba en ese género de diálogos mezclados de cuplés, y tanto el uno como el otro sabían hasta qué punto era apartarse de la verdadera literatura. Después de varios ensayos infructuosos, Dumas y Leuven decidieron atraerse a Pierre-Joseph Rousseau, zarzuelista en literatura, mistificador en la ciudad, el doble de su amigo Romieu, hombre de ingenio famoso cuya ausencia, durante los tres años que fue prefecto, había traído cambios en la capital. Corrían estos versos de un autor desconocido:
Lorsque Romieu revint de Monomotapa Paris ne soupait plus et Paris resoupa.
(Cuando Romieu volvió de Monomotapa no cenaba París, ¡volvió a cenar!)
(Cuando Romieu volvió de Monomotapa no cenaba París, ¡volvió a cenar!)
Rousseau, dice Dumas, "era de esa famosa escuela Favart, Radet, Collé, Désaugiers, Armand Gouffé y compañía, que sólo trabajaba si oía saltar los corchos y si veía flamear los ponches". Dumas y Leuven no obtuvieron de él trabajo más que con gran refuerzo de vino y alcohol. Durante una cena con los Leuven (calle de La Bruyère), en que Dumas contó accidentalmente una de sus historias de caza, Rousseau exclamó: "¡He aquí un vodevil!" Tres botellas de champaña hicieron brotar con su espuma el plan de La caza y el amor. También fueron distribuídas en tres partes las escenas a escribir. Ocho días, diez días, y la pieza estaba terminada. Una copla de Dumas había tenido éxito entre sus amigos, la copla que canta el cazador parisino, señor Papillón, sobre la melodía de Vers le temple de l'hymen (Hacia el templo de Himeneo):
La terreur de la perdrix
Et l'effroi de la bécasse
Pour mon adresse á la chasse
On me cite dans Paris.
Dangereux comme la bombe,
Sous mes coups ríen qui ne tombe,
Le cerf comme la colombe.
A ma seule vue enfin
Tout le gibier a la fièvre,
Car, pour mettre a bas un lièvre,
Je suis un fameux lapin.
(El terror de la perdiz
y también el de los ánsares,
por mi destreza en la caza
yo soy famoso en París.
Tan mortal como una bomba
a todo alcanza mi golpe,
al ciervo y a la paloma.
A mi sola vista, en fin,
lo venatorio se enfiebra.
Para cazar una liebre
como nadie soy famoso.)
Et l'effroi de la bécasse
Pour mon adresse á la chasse
On me cite dans Paris.
Dangereux comme la bombe,
Sous mes coups ríen qui ne tombe,
Le cerf comme la colombe.
A ma seule vue enfin
Tout le gibier a la fièvre,
Car, pour mettre a bas un lièvre,
Je suis un fameux lapin.
(El terror de la perdiz
y también el de los ánsares,
por mi destreza en la caza
yo soy famoso en París.
Tan mortal como una bomba
a todo alcanza mi golpe,
al ciervo y a la paloma.
A mi sola vista, en fin,
lo venatorio se enfiebra.
Para cazar una liebre
como nadie soy famoso.)
Rechazado en el Teatro Gimnasio, precisamente por esa copla, fue aceptado, poco después, en el Ambigú con la misma copla repe-
tida en la lectura. Esta pieza fue representada con la triple firma Davy, Rousseau y Adolphe, el 22 de septiembre de 1825, con un éxito mediocre. Pero Dumas obtiene también su primer dinero como escritor (50 francos) al vender un paquete de sus billetes para el espectáculo (dos por noche) a cierto señor Porcher, especialista en ese comercio, que era la providencia de los escritores de teatro. Siguió un préstamo de trescientos francos... Después una segunda pieza del mismo carácter, La boda y el entierro, inspirada en una aventura de Simbad el Marino, y que contaba nada menos que cinco autores —Dumas, Adolphe de Ribbing (de Leuven), James Rousseau, Lassagne y Gustave Vulpiau—no pudo convencer a la dirección del Vaudeville. Fracasó en el teatro. Fracasó también en las librerías: Dumas tuvo la idea de publicar tres novelas a medias con un impresor, y sus Nouvelles contemporaines jamás llegarían a seducir a más de cuatro clientes. ¡Ah, la mala suerte!
Y más mala aún, porque Alejandro tenía dificultades en el Palais-Royal.
Al saber la colaboración literaria de Lassagne y de Dumas, Oudard se mostró en contra. Por su parte, el rudo Deviolaine, lejos de sostener a su primo, lo desaprobaba. Al día siguiente de que La boda y el entierro había sufrido su triste suerte, Lassagne apareció en la oficina con una cara de circunstancias. "Oudard —dijo a Dumas— pretende que yo le doy a usted el gusto de la literatura, y que ese gusto lo perderá, y exige que renunciemos... Hay alguien que le perjudica en su trabajo con el señor de Broval." Bajo la impresión punzante de esta novedad, Dumas toma todo su valor y va directamente con su jefe. Entra a su oficina con lágrimas en los ojos, pero la voz calmada, reprocha a Oudard de querer condenar a tres personas a vivir con ciento veinticinco francos al mes, cuando su trabajo exterior no le quitaba el tiempo de su trabajo en la oficina.
Oudard pudo haberse sorprendido por el número de tres. ¿Catherine Lebay? Ella tenía medios de existencia. ¿El niño? Vivía con ella y parece que ella jamás había pedido un centavo a su amante. Faltaba Mysouff para que fueran tres. ¡Las cuentas de Dumas! En ningún momento de su existencia dejaban de levantar interrogaciones. ¿Por qué su madre y él habían contraído deudas en Villers-Cotterêts, a pesar del estanco y algunos restos de fortuna? ¿Por qué con sus mil quinientos francos de salario y los cien luises salvados del naufragio coteresiano, Dumas gritaba su miseria? Quizá él ha dado la explicación en el capítulo CIV de las Memorias, donde anuncia que el modesto capital de cien luises está en vías de morir casi al mismo tiempo que el general Foy, lo cual, añade, "es espantoso, en vista de que en un año y medio gastamos cerca de cuatro mil francos, es decir, casi mil ochocientos francos más de lo que debíamos gastar".
Oudard era un hombre discreto. Ejecutaba las órdenes del señor de Broval sin maldad personal.
—Reconozco —continúa Dumas— que La caza y el amor no es literatura; pero yo no me siento aún maduro para hacer verdadera literatura; además, escribir esas obras para mí no vale tanto como copiar las de otros a razón de cuatro francos la hoja, como usted sabe que haciendo tal cosa me he pasado las noches. Por otra parte, Adolphe de Leuven también hace teatro, y parece que usted le va a dar empleo en sus oficinas. Pero, claro, los protectores de Leuven están vivos, mientras que el mío está muerto...
Aquí, Oudard pudo haber detenido a Dumas para decirle solamente: "¡Vaya! Yo creía que Leuven era su amigo..." Demasiado cortés para ello, se salió por la tangente y preguntó:
—Entonces, ¿usted quiere, resueltamente, escribir?
—Sí, señor. Lo quiero por vocación y por necesidad.
—Bien, haga literatura como Casimir Delavigne, y en vez de reprochárselo, lo animaremos...
Nada podría resumir mejor que una frase semejante las relaciones de la literatura y el poder bajo el reinado de Carlos X. "Haga literatura como Delavigne"... La República, por lo menos para las artes, dirá otro tanto por boca de Thiers, cuando el presidente, acabando de inaugurar una exposición de pintura, se declara satisfecho en estos términos condescendientes: "Es un buen promedio."
La erupción de Dumas, su fuego, su lava, es una fecha. Por primera vez estalla su esperanza orgullosa, por primera vez se fija un objetivo preciso a su empeño de trabajador y toma un compromiso casi solemne. Y también por primera vez, se atreve a desafiar el ridículo, como lo hará resueltamente en el porvenir, por la demostración atrevida de su confianza en sí y su orgullo de hombre nuevo... ¿No tiene la audacia el derecho de tomar esta forma? Audacia tan temeraria, tan loca, y que lo descubre tan ingenuamente hasta en sus orígenes exóticos, que podemos creerle cuando pretende haber respondido a su jefe de servicio:
—Señor, no tengo la edad de Casimir Delavigne, poeta laureado en 1811; yo no he recibido la educación de Casimir Delavigne, que ha sido educado en uno de los mejores colegios de París. No, yo tengo veintidós años; mi educación la hago todos los días, quizá a costa de mi salud, porque todo lo que aprendo —y aprendo muchas cosas, se lo juro— lo aprendo en las horas en que otros se divierten o duermen. Por ello no puedo hacer en este momento lo que hace Casimir Delavigne. En fin, señor Oudard, escuche bien lo que voy a decirle. Lo que voy a decir va a parecer muy extraño: si yo pensara para el porvenir solamente en lo que hace Casimir Delavigne, entonces, señor, me adelantaría a vuestros deseos y a los del señor de Broval, y al instante le daría la promesa sagrada, el juramento solemne de no hacer literatura—. Y Dumas añade, para nosotros: "Oudard me miró con los ojos asombrados; mi orgullo lo había fulminado. Lo saludé y salí."
¿Es necesario decir que el rumor de la algarabía corrió durante días por todo el Palais-Royal, lo que hizo que sesenta burócratas se regodearan de su colega? Solamente dos hicieron barrera a la risa homérica: Lassagne y un nuevo empleado de contabilidad que no era otro que Amédée de la Ponce. La guerra de las oficinas comenzó, por lo tanto, en el mismo momento en que el joven desplegaba, casi secretamente, es verdad, los mayores méritos. Alejandro realizaba su revolución interior. Su navío agua abajo, Dumas toma enérgicamente el timón. Todo iba a cambiar. Lo serio de la lección de Lassagne se diseminaba en su vida, en su ser. A partir de esos días dramáticos, Dumas se disputa a sí mismo. Y ante todo, se encarniza en llenar el vacío de su ignorancia, absorbiendo mucha literatura, comenzando por Walter Scott, continuando con Byron y Cooper. Por lo tanto, entraba —abandonado a la dulzarrona Mme. Cotin— en el pasado más rudo, en un apostolado grandioso, en la poesía más inmensa. Ni Goethe ni Schiller fueron para él libros cerrados, ni Calderón; investigó la colección Ladvocat, Obras maestras del teatro extranjero. Llegó hasta a hacerse fuerte en ciencia, con la ayuda de un amigo, ese Thibaut que acompañaba a veces, de seis a siete de la mañana, al hospital de la Chanté y le dio a conocer la psicología y la anatomía. A Thibaut le debe haber sabido algo de medicina y haber podido seguir en Madeleine, la heroína de su novela Amaury, las fases de una tuberculosis, así como la acción, de los venenos administrados por madame de Villefort en Montecristo. Por la noche, se dedicaban a la física y a la química en la habitación del estudiante de medicina. ¿Otro enamoramiento de Dumas contrariaría sus estudiosas disposiciones? A las sesiones asistía casi siempre una bella y joven vecina, Mlle. Walker, vendedora de modas, que estuvo a punto de separar a los dos estudiantes, por supuesto. Afortunadamente, fue encontrado un sesgo y la ciencia y la amistad tuvieron la última palabra.
Gracias a Lassagne y gracias, en suma, a Oudard, Alejandro decide no faltar más al respeto al arte. El se quería digno, retornó a su culto a las musas, escribió muchos versos, versos líricos, versos de teatro. Colaboró en Psyché, revista mensual que duró de 1826 a 1829 con dos o trescientos suscriptores, y en los Anales románticos. Sus poemas se encuentran reproducidos, con algunos inéditos, en Alejandro Dumas y su obra de Charles Glinel, otros en sus Memorias. Asselineau, en su Biblioteca romántica, se lamenta de que no exista una colección poética de Dumas. Pero, en verdad, ¿es necesaria tal colección? Alejandro Dumas reemplaza la inspiración por una facilidad extraordinaria de prosista virtuoso, y cierto, no necesita mucho tiempo para forjar, modelar, cincelar. Sus versos tienen sobre todo el interés de mostrarnos su amable desenfado. ¡Es divertido! Por ejemplo, en su Elegía de la muerte del general Foy se permite licencias ridículas:
De Jemmape y de Waterloo...
Un año más tarde, Canaris, ditirambo vendido en provecho de los griegos, marcaba un progreso. Este dístico:
Debout! plus de lâches alarmes,
Que le sang des tyrans passe sur tes revers
(¡Arriba! No más alarmas cobardes,
que la sangre de los tiranos pase sobre tus flancos)
Que le sang des tyrans passe sur tes revers
(¡Arriba! No más alarmas cobardes,
que la sangre de los tiranos pase sobre tus flancos)
Dio el acento. Glinel nota que en El siglo y la poesía, en Leipzick, ronda una vaga idea del tema sobre el cual Hugo debió construir La expiación. El conjunto de poemas de Dumas siguió teniendo el gusto de Spumet, que Dumas admiraba, no solamente por sus grandes ojos inspirados y sus cabellos flotantes, sino por su corazón ardiente, por su tierna sensibilidad. Oscilaba del tono de la oda al tono de la elegía. Dijo al pastor de los alrededores de Roma:
Tu dors! jeune fils des montagnes
Et mon oeil, aux débris épars autour de toi,
Réconnait ces vastes campagnes,
Où fleurissait le peuple roi!
Tu dors! et des mortels ignorant le délire,
Nul souvenir de gloire à ton coeur ne vient dire
Que tes membres lassés ont trouvé le repos
Sur la poussière d'un empire
Et sur les cendres des héros.
Si de fleuve orageux des âges
Tu voulais remonter les bords,
Que verrais-tu sur ces rivages?
Du sang, des débris et des morts;
Les lâches clameurs de l'envie,
La vertu toujours poursuivie,
Aux yeux des rois indiferents;
Et, profanant les jours antiques,
Sur la cendre des républiques,
Des autels dressés aux tyrans.
Alors, á cette heure voilée
Où l'ombre remplace le jour,
Quand les échos de la vallée
Redisent de doux chants d'amour,
Seul peut-être, au pied des colines
D'où Rome sort de ses ruines,
Viendrais-tu sans chiens, sans troupeaux,
Et regrettant ton ignorance,
Fuirais-tu les jeux et la danse,
Puor soupirer sous de tombeaux?
(¡Duermes, joven hijo de las montañas!,
y mis ojos, en los restos a tu alrededor dispersos,
reconocen los extensos campos
donde floreció el pueblo rey.)
(¡Duermes!, y de los mortales ignorando el delirio,
ningún recuerdo de gloria viene a decir a tu corazón
que tus miembros cansados han encontrado el reposo
sobre el polvo de un imperio
y sobre las cenizas de los héroes.
Si de la corriente tormentosa de los años
quisieras remontar los bordes,
¿qué verías tú sobre estos parajes?
Sangre, destrucción y muerte;
los cobardes clamores de la envidia,
la virtud siempre perseguida,
ante la mirada indiferente de los reyes;
y, profanando los antiguos días,
sobre las cenizas de las repúblicas,
altares levantados a los tiranos.
Entonces, en esta velada hora
donde la sombra reemplaza el día,
cuando los ecos del valle
repiten dulces cantos de amor,
solo quizá, al pie de las colinas
de donde Roma sale de sus ruinas,
¿vendrías sin perros, sin rebaños,
y deplorando tu ignorancia,
huirías los juegos y la danza,
para suspirar bajo las tumbas?)
Et mon oeil, aux débris épars autour de toi,
Réconnait ces vastes campagnes,
Où fleurissait le peuple roi!
Tu dors! et des mortels ignorant le délire,
Nul souvenir de gloire à ton coeur ne vient dire
Que tes membres lassés ont trouvé le repos
Sur la poussière d'un empire
Et sur les cendres des héros.
Si de fleuve orageux des âges
Tu voulais remonter les bords,
Que verrais-tu sur ces rivages?
Du sang, des débris et des morts;
Les lâches clameurs de l'envie,
La vertu toujours poursuivie,
Aux yeux des rois indiferents;
Et, profanant les jours antiques,
Sur la cendre des républiques,
Des autels dressés aux tyrans.
Alors, á cette heure voilée
Où l'ombre remplace le jour,
Quand les échos de la vallée
Redisent de doux chants d'amour,
Seul peut-être, au pied des colines
D'où Rome sort de ses ruines,
Viendrais-tu sans chiens, sans troupeaux,
Et regrettant ton ignorance,
Fuirais-tu les jeux et la danse,
Puor soupirer sous de tombeaux?
(¡Duermes, joven hijo de las montañas!,
y mis ojos, en los restos a tu alrededor dispersos,
reconocen los extensos campos
donde floreció el pueblo rey.)
(¡Duermes!, y de los mortales ignorando el delirio,
ningún recuerdo de gloria viene a decir a tu corazón
que tus miembros cansados han encontrado el reposo
sobre el polvo de un imperio
y sobre las cenizas de los héroes.
Si de la corriente tormentosa de los años
quisieras remontar los bordes,
¿qué verías tú sobre estos parajes?
Sangre, destrucción y muerte;
los cobardes clamores de la envidia,
la virtud siempre perseguida,
ante la mirada indiferente de los reyes;
y, profanando los antiguos días,
sobre las cenizas de las repúblicas,
altares levantados a los tiranos.
Entonces, en esta velada hora
donde la sombra reemplaza el día,
cuando los ecos del valle
repiten dulces cantos de amor,
solo quizá, al pie de las colinas
de donde Roma sale de sus ruinas,
¿vendrías sin perros, sin rebaños,
y deplorando tu ignorancia,
huirías los juegos y la danza,
para suspirar bajo las tumbas?)
El se llama a sí mismo elegíaco:
Ah! si de ma douleur lassée,
La fortune ordonnait soudain
Que de ma poitrine oppressée
Le malheur soulevant sa main;
Si, dans sa course solitaire,
Un auge, exilé sur la Terre,
Daignait suspendre mes ennuis,
Et rendre á mes jeunes années
Du calme pendant leurs journées
Et du sommeil pendant leurs nuits:
Alors de ses longues secousses
Mon coeur goûterait le repos
Et mes peroles seraient douces
Comme le murmure des flots;
Enfants d'un céleste génie,
Mes vers en leurs tendre harmonie
N'auraient plus que des chants joyeux,
Et ma lyre, en doux sons féconde,
Retentirait au sein du monde
Comme un écho lointain des cieux.
(¡Ah! Si de mi dolor cansada,
ordenara de pronto la fortuna
que de mi pecho oprimido
la desgracia su mano levantara;
si en su marcha solitaria,
un ángel, sobre la Tierra,
dignara suspender mis desventuras
y devolver a mis años juveniles
calma durante las jornadas
y sueño durante sus noches:
Entonces de sus amplias sacudidas mi corazón gustaría el reposo
y mis palabras serían dulces
como el murmullo de las olas;
hijos de un celeste genio,
mis versos en su tierna armonía
no tendrían más que cantos alegres,
y mi lira, en dulces sones fecundos,
resonaría en la profundidad del mundo
como de los cielos un lejano eco.)
La fortune ordonnait soudain
Que de ma poitrine oppressée
Le malheur soulevant sa main;
Si, dans sa course solitaire,
Un auge, exilé sur la Terre,
Daignait suspendre mes ennuis,
Et rendre á mes jeunes années
Du calme pendant leurs journées
Et du sommeil pendant leurs nuits:
Alors de ses longues secousses
Mon coeur goûterait le repos
Et mes peroles seraient douces
Comme le murmure des flots;
Enfants d'un céleste génie,
Mes vers en leurs tendre harmonie
N'auraient plus que des chants joyeux,
Et ma lyre, en doux sons féconde,
Retentirait au sein du monde
Comme un écho lointain des cieux.
(¡Ah! Si de mi dolor cansada,
ordenara de pronto la fortuna
que de mi pecho oprimido
la desgracia su mano levantara;
si en su marcha solitaria,
un ángel, sobre la Tierra,
dignara suspender mis desventuras
y devolver a mis años juveniles
calma durante las jornadas
y sueño durante sus noches:
Entonces de sus amplias sacudidas mi corazón gustaría el reposo
y mis palabras serían dulces
como el murmullo de las olas;
hijos de un celeste genio,
mis versos en su tierna armonía
no tendrían más que cantos alegres,
y mi lira, en dulces sones fecundos,
resonaría en la profundidad del mundo
como de los cielos un lejano eco.)
Dumas no daba importancia excesiva a sus ejercicios poéticos. Fue en el teatro donde pretendió hacer brecha. Había lanzado un desafío que solamente él podría sostener en el teatro; se ejercitó en una versificación de teatro traduciendo el Fiesque de Schiller. Y sobre todo quería construir una pieza de importancia, y con este propósito esperó la ocasión. Se le ofreció la oportunidad. El teatro de la Porte de Saint-Martin, que había recibido, contra todo lo que se esperaba, el vodevil La boda y el entierro, lo estrenó el 21 de noviembre de 1826 y le siguieron cuarenta representaciones. Hechas todas las cuentas con Porcher, le quedaron a Dumas cinco francos por noche, que le suavizaron agradablemente el invierno y le permitieron soñar con una futura obra maestra. Aprovechó para acercarse a Soulié, a quien conocía.
Todo lo atraía en ese muchacho vigoroso y bien asentado en la vida. Fréderic Soulié, sólidamente instruido, abogado, gozando de una renta que le aseguraba su familia, director además de un aserradero mecánico con cien obreros, rico en consecuencia, instalado además en un coqueto entresuelo de la calle de Provence, abría un refugio a los antípodas del desdichado Lafarge. Dumas veía en él "una de las más poderosas organizaciones literarias de la época"; comprendiendo que en lo sucesivo no firmaría sino una obra de gran trascendencia, va a decir al poeta de Amores franceses que terminaba un Romeo y Julieta imitado de Shakespeare: "hagamos juntos un drama".
Y, sin embargo, no atreviéndose a dedicarse todavía a una creación completa y creyendo prudente tomar el tema a Walter Scott, los dos jóvenes emprendieron la acción escénica de Puritanos de Escocia, pero sin llegar a crear nada, sin lograr superarse colaborando juntos. Tres meses de vanos esfuerzos. Hubo que renunciar. Pero Dumas siempre reconoció haber ganado mucho al luchar con ese atleta: "Sentí nacer en mí —escribía— fuerzas desconocidas y, como aquellos ciegos a los cuales se da la luz, me parecía que poco a poco, día a día, mi mirada abarcaba un horizonte más extenso."
Por lo tanto, se puede afirmar que Alejandro Dumas, después de la gran lección de Lassagne, recibió varias otras de Soulié y que a continuación de cada una de ellas, a medida que exigía más de sí mismo, un esfuerzo intrépido de trabajo, cultura y ambición le agrandaba el corazón, le elevaba el espíritu. Ahora bien, una circunstancia imprevista vino a servirle además: el contacto directo con la grandeza shakespeariana. Los actores ingleses, Kemple, Kean, miss Smithson, cruzaron el Canal de la Mancha en 1827 para ofrecer en París una serie de representaciones de todo Shakespeare. Dumas solamente había entrevisto a Shakespeare a través de Ducis, ese Ducis que a continuación le hacía pensar en el anuncio de los cirujanos especializados, los proveedores de la Roma papal de imberbes de voz pura: "Aquí se perfecciona a los niños." Durante las representaciones inglesas, experimentó una tremenda sacudida: era en su cabeza la sustitución del "drama viril" al "drama castrado".
Los ingleses representaban en su lengua. Los espectadores los seguían ayudándose con la traducción libresca, pero bastante exacta, de Guizot, y fueron espectáculos unánimemente comparados al Edén, porque criaturas de Dios reemplazaron a los antiguos maniquíes de yeso. Los espectadores experimentaron emociones sorprendentes, vertieron lágrimas. La noche de Hamlet, ante Kemple en el papel del príncipe y miss Smithson adorable en el de Ofelia, la impresión de Dumas sobrepasó lo que esperaba. Igualmente sucedió a Nerval, Vigny, Hugo, Berlioz y Delacroix, que estaban en la sala con toda la joven Francia. Berlioz vagó toda la noche por las calles. "Fulminado" inmediatamente, luego se transfiguró su espíritu "centuplicado" por el entusiasmo, por el delirio. Y Dumas, que no sintió un asombro menor, tomó conciencia de su importancia:
A partir de esa hora solamente tuve la idea del teatro, y con todos los vestigios de cosas pasadas que la sacudida dejó en mi espíritu, comprendí la posibilidad de construir un mundo... Era la primera vez que veía en el teatro pasiones reales, animando a hombres y mujeres de carne y hueso. Entonces comprendí las quejas de Taima a cada nuevo papel que creaba, comprendí esa aspiración eterna hacia una literatura que le diera la facultad de ser hombre al mismo tiempo que héroe; comprendí su desesperación de morir sin haber podido demostrar esa parte de su genio que moría desconocida en él y con él...
Sin duda no hubo error al escribir que cualquiera que haya sido la deuda del teatro romántico hacia los grandes ingleses "es pequeña comparada a lo que debe a Ducray-Duminil o a Pixérécourt" y que "frecuentemente está más cerca de Coelina o el hijo del misterio que de Hamlet o del Rey Lear". En efecto, el drama popular, durante el periodo en que la novedad shakespeariana choca con la antigualla de las seudotragedias, tenía gran éxito Treinta años o la vida de un jugador en la Porte Saint-Martin, obra que reveló al público a Frédérick Lemaître y Marie Dorval. Sin embargo, minimizar la conmoción causada por Shakespeare en Hugo, Vigny y Dumas, sería una tontería absoluta. El drama romántico puede ser de Pixérécourt y de Ducange, pero elevado al estilo del fuego de Shakespeare, aunque pasado por el temple de Delavigne, ese hábil término medio. Nada es simple y en línea directa en las filiaciones literarias. No es inútil saber que el joven Lamartine, en la víspera de llegar a París, había escrito en verso un Saúl, ni recordarse que en el otro extremo de la cadena Ponsard no había sido para nada un aislado y que Soumet produjo tragedias en 1841 y 1844.
Dumas no tardaría en entrever un gran tema, tratarlo y compartirlo con Soulié. Impresionados, alucinados por la revelación inglesa, ardían por imprimir al teatro francés una gran fuerza. Pasaron largas noches de discusión en el estudio de Soulié en Ivry, ante un buen fuego de leña... Fue al dejar a su amigo una noche cuando Alejandro
Dumas tuvo uno de esos encuentros con el destino realizados en su existencia antes de tenerlos frecuentemente en su obra, porque hay mucho de real y de vivido en su imaginación.
La noche era oscura, el tiempo lluvioso, la avenida casi desierta. Al llegar a la Porte Saint-Denis, en el momento en que iba a dejar el bulevar para entrar en la calle, escuché unos gritos a treinta pasos delante de mí; después, en medio de la oscuridad, vi cómo un grupo se movía violentamente sobre el bulevar. Corrí al sitio de donde partían los gritos.
Dos individuos atacaban a un hombre y a una mujer: El hombre trataba de defenderse con un bastón; la mujer estaba en el suelo y el ladrón trataba de arrancarle una cadena que llevaba en el cuello. Salté sobre el ladrón y, en un instante, a su vez estaba derribado y bajo mi rodilla. Al verlo, el segundo ladrón abandonó al hombre y echó a correr.
Parece que sin prestar atención, apreté el cuello del que yo tenía agarrado con violencia, porque repentinamente, lo que me sorprendió, se puso a gritar: ¡Guardias!
Este grito, junto con los que ya habían lanzado el hombre y la mujer atacados, hicieron venir algunos soldados del puesto de Bonne-Nouvelle.
Yo no había soltado a mi ladrón; los guardias lo sacaron de mis manos. Entonces, solamente, pude responder al agradecimiento de aquellos que había salvado. La voz de la mujer me sorprendió extrañamente. Esa mujer era Adèle Dalvin, a quien no había vuelto a ver desde mi partida de Villers-Cotterêts. El hombre era su marido.
La pareja salía de una representación de La boda y el entierro, satisfechos de una pieza en la que sabían que Dumas tenía su parte, y después se habían retrasado cenando en el teatro. La policía se llevó a todo el mundo revuelto, víctimas, asaltante y liberador, que tuvieron que dormir en chirona. Dumas no pudo cerrar los ojos, su mirada fija, mucho tiempo, sobre esa mujer a quien debía su primera felicidad de amante, sobre esa actual madre feliz de dos niños, dormida sobre el hombro de otro. Después, separándose de ellos, su pensamiento se reunió con algunas figuras ya diseñadas en su creación futura y se durmió, por decirlo así, con ellas.
Volvió a ver una o dos veces a Adèle Dalvin durante la estancia de ella en París. Pero "de esa época —escribió en sus Memorias— había dado a mi imaginación, si no a mi corazón, una amante que debía hacer un gran daño a mis amantes pasadas y futuras... Esa amante, o mejor dicho, ese amante, era el Arte".
La amante soberana, durante esas semanas, tenía los rasgos de la reina Cristina.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)