Villers-Cotterêts, flor de su bosque, los castillos de los alrededores y sus familias apacibles, una población burguesa y artesana llena de bondad, las amistades con jóvenes artistas y otros pintorescos, con sus muchachas amables, las conversaciones de la noche y los bailes, muchas cacerías y algunas aventuras: es este encanto el que brilla en varios capítulos de las Memorias, y llena la novela Ange Pitou. Henos aquí ante Alejandro Dumas a los quince años.
El enjambre de muchachas hace pareja con el cuerpo de guardias y la gran familia de cazadores. Se diría que el prado respondía al bosque. "En relación a esas muchachas, pocos pueblos se podían vanagloriar de estar tan favorecidos como Villers-Cotterêts", ha dicho Alejandro Dumas. Pensaba mucho menos, al decir esto, en las clases aristocrática y burguesa que en el pueblo, por su oficio mezclado a esas dos clases: mercaderes de frivolidades, modistas, costureras. Se descendía de los castillos al césped, como se subía del césped a los castillos, y los paseos en las "avenidas" creaban una especie de república gobernada solamente por las estaciones.
¡Qué radiantes estaban los domingos de primavera las hijas del viejo sastre Thierry!, con sus vestidos ligeros, sus cinturones rosas o azules, sus sombreritos arreglados por ellas mismas: Josephine, morena y bien torneada; Manette, una especie de alegre manzana, y las dos maravillas que empleaban las señoritas Rigollot en su tienda de sombreros, de gorgueras, de bordados, guantes, listones (la ninfa, la cazadora Albine Hardi, que arqueaba sobre sus grandes ojos castaños sus cejas finas; la rubia, rosa, rolliza Adèle Dalvin, de mirada amable). Y Luisa Brézette y otras más ... Y todas valoradas por el encanto de una sorprendente libertad, por la facilidad de frecuentar a jóvenes de ambos sexos, por la formación de parejas amorosas de las que muchas tenían la confianza de sus padres. En el verano se reunían bajo el follaje al ponerse el sol. Durante el invierno o en cualquier estación en que no hacía buen tiempo, se reunían en casa de Luisa Brézette en las dos primeras habitaciones, dejando la tercera a la madre que bordaba o a la tía que leía. En esa habitación, una lámpara alumbraba vagamente las dos otras donde los jóvenes charlaban un poco apretados entre ellos, casi siempre dos en la misma silla. A las diez, separación y despedidas. Solamente los domingos volvían a la medianoche, después de los paseos, los bailes, las excursiones a las fiestas de pueblos circunvecinos.
De todas las expediciones, de todas las partidas, de todas las contradanzas, más aún que de todas las cacerías, Alejandro no faltaba a una sola. En la mañana, besos y los ojos sonrientes de su madre; de las nueve a las cuatro, el trabajo, cortado por una comida que, por otra parte, le dejaba la cabeza despejada para soñar; de cuatro a ocho en el verano, y de cuatro a seis en el invierno, su madre; después los juegos, la esperanza, el amor... Sobre todo el mes de mayo era bello en Villers-Cotterêts por su parque y sus dos avenidas de castaños gigantescos que las bordeaban, después casi se juntaban y se desvanecían hasta perderse de vista. Durante la fiesta local de Pentecostés, que duraba tres días, el parque se llenaba de todo el pueblo confundido en una gran familia que cuadruplicaban los invitados. Porque llegaban de La Ferté-Milon, de Crépy, de Soissons, de Château-Thierry, de Compiègne y hasta de París, en diligencias llenas, carricoches, tílburis, postas de caballos. Villers-Cotterêts tenía sus dos hoteles llenos y sus cafés rebosaban.
Ese año, el de sus quince años, Alejandro vio llegar a dos parisinas, las señoritas Laurence y Vittoria. La primera era la sobrina del abate Grégoire, quien había hecho prometer al adolescente que sería su acompañante de baile —¡querido abate!—. Alejandro se preparó para su función a través de una lectura inadvertida de Chevalier de Faublas, descubierto en el fondo de un armario. Por lo tanto, tenía en la cabeza una teoría de la seducción para el gran domingo. Pero el resto de su persona permaneció más desprovista, porque no había encontrado otra cosa que otorgarle que su traje de primera comunión, es decir, un traje azul y un calzón de nankín. En 1818 ya no se usaba el calzón y convertía al joven en un anciano. Alejandro debió haber lucido, para evitar las sonrisas que le hacían subir la vergüenza a la cara, un pantalón ceñido café claro, botas de cuero plegadas, un chaleco de gamuza con botones de oro cincelados y un traje marrón con cuello alto. Estaba lejos de estas perfecciones: no tenía ni guantes, ¿y qué joven elegante habría osado bailar con las manos desnudas?
¡Qué afrentas habrá sufrido! ¡Qué palabras crueles le fueron dirigidas! Afortunadamente su camarada Fourcade (un bondadoso joven enviado de París para fundar y dirigir una escuela), mucho mayor que él y que disponía —prodigio parisino— un doble par de guantes, le prestó uno, y los dos se distinguieron en el baile. Alejandro era, sobre todo, valsador. "Usted baila muy bien el vals", le dijo la señorita Vittoria. Animado, hizo gala contando cosas graciosas, la joven se divirtió y terminó por sentirse a gusto en sus brazos. Era bella esta andaluza de ardiente mirada, el pecho atrevido, el talle movedizo. El adolescente se embriaga. El movimiento del vals francés en el que se infiltraba una energía de España, sus manos en el talle tembloroso, su cara por la cual sentía pasar los cabellos de la muchacha, sus ojos sumergidos en las espaldas desnudas, toda esa embriaguez ... Un cambio profundo se opera en él: fue convertido en hombre en unos cuantos minutos.
Pero Laurence, grande, delgada, rubia, burlona irreductible, dice a su compañera:
—No me quites a mi colegial, bien sabes que es a mí a quien lo ha dado el tío.
—Tú me lo prestarás para el vals y yo te lo daré para la danza.
El pobre muchacho se sentía convertido en una pelota que hábiles jugadoras enviaban de una raqueta a la otra. Le tomaban el pelo, sufría, socorrido, sin embargo, por un impulso de virilidad y de valor. Se fue a soñar una hora, solitario, en la "avenida de los suspiros" y al retornar lanza un poco sus galanterías, tan nuevas para él. Se baila más, se danza una parte de la noche. Escenas encantadoras, apenas dolorosas, de un idilio donde la voluptuosidad se desliza bajo la inocencia. Poco sentimiento y casi nada de alma. Pero un centelleo de movimiento, de ardor, de gracia, de placer, y todos los sortilegios del claro en el bosque.
Sólo que todo iba a terminar mal. Durante quince días, el joven Dumas hizo la corte a Laurence con la torpeza de un tonto. Los paseos en los bosques no resultaban nada, porque su timidez le paralizaba. No tenía audacia más que en sueños. Y, por lo tanto, había arrancado a su madre los medios para hacerse vestir a la última moda. Aquello fue, o por lo menos debió haber sido, un gran día. Pero el sastre y el zapatero lo habían retardado para su cita, y cuando llegó, las señoritas ya no estaban allí. De parte de Laurence, la hermana del abate Grégoire le entregó una carta. Laurence le decía:
Mi querido niño:
Desde hace quince días me reprocho abusar, como lo he hecho, de la complacencia que usted cree deber a mi tío, quien muy indiscretamente le ha rogado ser mi acompañante. A pesar de los esfuerzos que usted ha hecho por esconder el aburrimiento que le causaban las ocupaciones por encima de su edad, me hicieron darme cuenta de las molestias que yo le causo en sus costumbres, y me lo reprocho.
Retorne con sus camaradas jóvenes, que le esperan para jugar a la barra y a la rayuela. Por lo demás, no se preocupe por mí: he aceptado durante el poco tiempo que todavía me quedaré con mi tío el brazo del señor Miaud.
Reciba, mi querido niño, mi agradecimiento por su complacencia y reciba mi gratitud...
Miaud era empleado del Asilo de Mendigos, pero había crecido en París. Ese rubio regordete conocía buenas maneras, hasta llevaba un lente suspendido de una pequeña cadena de acero. Fue él quien la noche de la fiesta, al cruzar junto a Alejandro y las dos muchachas, había exclamado: "¡Ah, ah! ¡Aquí está Dumas, quien va a hacer de nuevo su primera comunión, solamente que ha cambiado de cirio!" Laurence, a la primera mirada, había reconocido que era parisiense. ¿En qué? En su porte... Leída y releída la carta, Alejandro, anonadado, después encolerizado, dirige a Miaud un desafío, dejándole generosamente la elección de las armas. ¡Qué elección! Al día siguiente, por la mañana, al despertarse vio llegar, con la tarjeta de su rival, un puñado de varas.
Primer amor, primera idea de duelo. El susceptible atrapa una fiebre cerebral, afortunadamente descubierta a tiempo por el médico. Pero tuvo cuidado de prolongar su convalecencia a manera de dejar tiempo a las dos parisienses para marcharse de Villers-Cotterêts y poder salir sin peligro de encontrarlas. Nunca más las volvería a ver.
Ellas no solamente habían instruido su corazón, no solamente habían despertado su gusto por la mujer, sino que le habían dado la preocupación de cuidarse. Lo habían iluminado sobre sí mismo. Ahora conocía lo que le distinguía, las manos bellas, las uñas bien hechas, los pies excepcionalmente pequeños. Sus cabellos eran rubios y rizados a los quince años. Sus grandes ojos azules se endulzaban con un tinte después convertido en café. Su nariz derecha, sus labios espesos se abrían sobre dientes bastante mal colocados, pero de una blancura maravillosa. En esa época, es verdad, era un poco demasiado largo y demasiado delgado. "Un palo", decía él. Un día, en la diligencia que le llevaba a Soissons, excitó la curiosidad especial de un aficionado con el que tuvo que reñir.
Entre las bonitas plebeyas de Villers-Cotterêts, el amigo Fourcade había escogido para compañera en los paseos en el bosque y las charlas nocturnas a Josefina Thierry; Saulnier, joven empleado del notario, a Manette; Luisa Brézette contaba con varios asiduos. Adèle Dalvin, tan dulce, tan tímida, que estuvo a punto de casarse, se hallaba libre. Alejandro la ataca, fuerte en sus nuevas disposiciones de espíritu, de su semiconfianza física. La resistencia seria que ella oponía exigió un año de atenciones, de cuidados, de pequeños favores convenidos, rehusados, forcejeados. Como Adèle había obtenido de su madre el permiso de dormir en un pequeño pabellón del jardín, una noche sucedió que la puerta, que hasta entonces se cerraba inexorablemente tras la espalda de Alejandro, a las once, se entreabrió suavemente a las once y media; y tras esa puerta, escribió en sus Memorias, "encontré dos labios temblorosos, dos brazos acariciantes, un corazón palpitante contra mi corazón, ardientes suspiros y grandes lágrimas".
Los amantes organizaron sus relaciones. Tres veces a la semana, Alejandro penetraba en el pabellón saltando zanjas y muros, forzando un pasaje guardado por el más indiscreto de los perros. Una de esas noches de fractura y escalada, un hombre se tira sobre él y le fue difícil desembarazarse, porque el agresor llevaba bastón y cuchillo. Logró rechazarlo tras una larga y dura lucha sobre una piedra que estuvo a punto de romperle el cráneo. Nunca más tuvo que vérselas con él. Adivinó quién lo había atacado y tuvo la confirmación de sus sospechas ante el color de algunos cabellos encontrados sobre la piedra ensangrentada. En seguida, al ver al cirujano que regresaba de la casa del herido, se acerca a él:
—¿Qué tiene el sujeto que lo mandó llamar esta mañana?
—¿Que qué es lo que tiene, muchacho? —me respondió con su acento provenzal.
—Sí.
—Pues bien, lo que tiene es, sin duda, que esta noche no veía bien, y como le urgía volver, dio de bruces con el timón de un carro. El golpe fue tan violento que se cayó para atrás, y al caerse se abrió la cabeza.
—¿Cuándo le hará usted la segunda visita?
—Mañana, a la misma hora de hoy.
—Pues bien, doctor, dígale de mi parte que pasando esta noche detrás de él, en el mismo lugar donde se cayó, encontré su cuchillo, y que se lo devuelvo. Puede usted decirle, doctor, que es una buena arma, pero que un hombre que no tenga más arma que ésta haría mal en atacar a un hombre que tiene dos pistolas parecidas a éstas...
Creo que el doctor comprendió.
—¡Ah, ah! —dijo—. Esté tranquilo, se lo diré.
Supongo que por su parte el hombre del culchillo también comprendió, porque jamás volví a oir hablar de él, a pesar de que unos quince días después bailé enfrente de él en el baile del parque.
Se non e vero... Pero que los escépticos lean otra página sobre este asunto: quizá ellos no lleguen a pretender que las Memorias aproximan esta página a la primera, con el único anhelo de darle autenticidad. Es una confesión humillante. Dumas explica que había querido evitar comprometer a su Adèle al contar el ataque nocturno que sufrió. Primer error: ¿por qué haber sido indiscreto? Lo peor fue haber dejado creer que salía de la casa del señor Lebègue, el notario, o más bien de donde la señora Lebègue, una de las hijas de Deviolaine, que era bonita, espiritual, coqueta e indiferente a la malignidad pública. He aquí la página:
Un día, sin que yo supiera de dónde venía ese rumor, sin que sospechase lo que lo causaba, escuché murmurar en mi oído que yo era el amante de la señora Lebégue. Debí, en el mismo instante, rechazar ese rumor con indignación; debí haber hecho la justicia que merecía esa calumnia. Cometí el error de combatirlo débilmente para que mi vanidosa denegación tuviera todo el peso de una confesión... ¡Pobre espíritu equivocado que era yo! Tuve un momento de alegría, una hora de orgullo en ese rumor, que debió haberme hecho sonrojar de vergüenza, porque yo había dejado creer una cosa que no existía.
Pronto soporté la pena de mi mala acción. La señora Lebégue me creía más culpable de lo que era: me acusó de haber hecho nacer la calumnia. Ella se equivocaba sobre tal punto: yo había dejado vivir la calumnia, la dejé crecer, he aquí todo. En verdad, eso era suficiente. Me cerró su casa, casa amiga, a mí y a mi madre, y desde entonces se volvió hostil con ambos. Madame Lebégue no me perdonó jamás. Desde entonces, por todas partes donde me la encontré, he vuelto la cabeza ante ella, he bajado los ojos ante su mirada.
El culpable confesó muy bajo su crimen. Hoy día lo confiesa muy alto.
Los amores con Adèle Dalvin, al contrario, no hubo persona que no los creyera puros. Así es el mundo. Continuaban viéndose en casa de Louise Brézette todas las noches, y eso duró más de dos años en una felicidad tranquila. Parecía que su madre, Adèle, los amigos, se entendían para asegurar al joven gallito su ración cotidiana de tranquilidad muelle, sus dulces compensaciones de un trabajo bien ligero, de diversiones; una perita en almíbar, exactamente, a pesar de la pobreza de su casa.
Al mismo tiempo, encontró acceso a la sociedad aristocrática y burguesa que acababa de conferir un carácter único al pueblo de Cotterêts, porque todos los mundos estaban encerrados en un pequeño espacio, que su situación lo separaba del resto de la comarca, que su aislamiento forestal daba bastante la idea de un decorado de ballet. ¿Qué era de los Collard y los Deviolaine? ¿Y, sobre todo, de esas mujeres, esas muchachas, esas niñas que el claro del bosque veía llegar a las fiestas, rodeadas de los señores de los castillos vecinos, los Montbreton, los Courval, los Mornay, y de algunos burgueses, los Perrot, los Moreau? Una de las señoritas Collard se había casado con el barón Capelle, alto funcionario; otra, con el barón de Mertens, embajador de Prusia en Portugal; la tercera, con Garat, considerable hombre de negocios, y ella comenzaba a contarse entre las mujeres más bonitas de París. De las cinco señoritas Deviolaine, Leontine y Eleonora estaban casadas, una con un notario, la otra con un inspector de contribuciones. Las restantes eran Cecilia, morena extraña, un poco masculina, que entonces tenía veinte años; Augustine, blanca, de ojos azules, muy femenina, que tenía dieciséis, y Louise, que era muy niña. Por medio de madame Capelle, siempre perfecta para él, y los Collard, conoció al joven Leuven y anudó amistad con él.
Adolphe Ribbing de Leuven, futuro autor del libreto de Postillón de Longjumeau, futuro director de la Ópera Cómica, era el hijo de un señor sueco que había estado mezclado en el asesinato político del rey Gustavo III y se había visto condenado a exilio perpetuo, que comenzó en Francia. Arrestado, después libertado por los jacobinos, tranquilo bajo Napoleón, expulsado por los Borbones, amenazado en Bruselas por los prusianos a causa de su actitud francófila, por fin regresa a Francia, pero obligado a esconderse. El conde Adolphe Louis Ribbing había encontrado asilo en el castillo de Villers-Helon, que compró y revendió luego a Collard. Era su huésped hacía algunos días cuando Alejandro encuentra en un camino del bosque a su hijo, que daba el brazo a madame Capelle y la mano a la pequeña Marie, esa pequeña Marie que debía convertirse en madame Lafarge la envenenadora, de quien Dumas no podía prever que se ocuparía de ella sin lograr nada. La baronesa presenta al joven Leuven al joven Dumas, a quien invita allí mismo para el día siguiente a un gran almuerzo en el bosque, después a pasar tres días en el castillo. En medio de una juventud gozosa y exuberante, sus travesuras se truncaron, porque se hizo juzgar tan mal por Leuven que tuvo que despedirse a la inglesa y tomar el camino de la villa.
El vizconde Adolphe de Leuven era bello y muy elegante. No menos bello, no menos elegante, era un oficial de húsares, Amadée de La Ponce, quien, habiendo venido a vivir a Villers-Cotterêts después de haber estado en la guerra en Alemania, se había casado. Hacía falta que hubiera en la figura de Dumas, en sus maneras y ya en su espíritu, una llamada, una promesa, chispazos, para que dos hombres jóvenes habituados al mundo hiciesen trío de amistad con ese semi-huérfano, hijo de un general, pero pobre, educado por una modesta mujer que atendía un estanco. Cada día se reunían ordinariamente en casa de La Ponce, que había transformado su patio en lugar de tiro de pistola. Es Amedée de La Ponce quien le dice como persona mayor: "Aprender a trabajar es aprender a ser feliz." Y le enseñó el italiano con la ayuda de la novela de Ugo Foscole Ultimas cartas de Jacopo Ortis; le habría enseñado el alemán si Dumas se hubiese interesado. Pero tradujo, para la más grande emoción del muchacho, para su trastorno, la Lenore de Bürger.
¡Ay! Había que vivir, hacerse una razón de la vida, organizar el Porvenir. Alejandro se apresuró a solicitar un cargo de perceptor de contribuciones en cualquier pueblo. "Aun no había tropezado con los primeros hombres inteligentes —escribió en una digresión de Casamientos del tío Olifus— cuando me di cuenta de que yo no sabía nada, ni griego, ni latín, ni matemáticas, ni lenguas extranjeras, ni mi propia lengua, nada del pasado, nada del presente, ni de los muertos ni de los vivos, ni de la historia ni del mundo." En derecho, y a pesar de los notarios, ningún progreso. "Vuestro hijo es un gran perezoso y jamás hará nada", decían las mujeres a madame Dumas. Lo que él conocía era un pequeño grupo de poetas, Parny, Legouvé, Demoustiers. Los leía bajo los árboles del bosque y le llenaban de ambición. Si la Historia Natural de Buffon le había proporcionado conocimientos útiles, Las mil y una noches lo llenaron del gusto de lo mágico y lo maravilloso. Añadiendo las tragedias de propaganda volteriana, la novelesca picante de Faublas, los dramas de Pigault-Lebrun, se tiene el bagaje literario de este joven ignorante, que apenas había oído hablar de algunos episodios de El Quijote, de Gil Blas, de las novelas de Walter Scott... Y a pesar de todo, Leuven y La Ponce habían emprendido la tarea de pulirlo.
Se nace escritor. Luego hace falta un clima favorable para formarse, crecer, orientarse. ¿Faltaron a Dumas para crear ese clima la soledad, la majestad de la naturaleza silvestre, las primeras lecturas en un cuadro privilegiado, amistades animadoras, amistades con mujeres jóvenes? Conoció el amor: vivió la violencia, hasta el crimen. Pero Dumas siempre se mostró poco inclinado a reflexionar replegado en sí mismo. Era una fuerza activa, veía y sentía todo un poco exagerado. Por lo tanto, su naturaleza lo llevó hacia el teatro, y como no había cursado humanidades, hacia el teatro más moderno, más desbordante de vida, el más caóticamente vivo, es decir, el inglés y el alemán. Además las circunstancias empujaron a esta vocación. ¿Acaso no actuó en un melodrama, niño todavía, con unos comediantes instalados en Villers-Cotterêts y que muriéndose de hambre tuvieron la idea de darse una representación de beneficio? Era un cierto Haradian Barberousse de Saint-Victor y Córcega. Los pobres diablos solicitaron la ayuda de dos o tres jóvenes del pueblo, y todas las madres rehusaron... Alejandro fue el único a decir que sí, él, el tímido. Le tocó el papel de Don Ramiro: ¿estuvo ridículo? El lo asegura, pero por fin había subido al tablado y había permitido de este modo a una madre, a un padre y a los niños —todos los Robba—, tener qué comer durante las dos terceras partes del año: ¡ochocientos francos de taquilla! Se habían venido de todos los pueblos y poblados de los alrededores.
Más tarde, con varios camaradas, muchachas y muchachos, entre ellos Adèle y Luisa Brézette, Dumas actúa en un "granero", en realidad en el primero de una larga y gran residencia, detrás del Hôtel de l'Epée, al fondo de un patio, encima de un carpintero que dio las tablas para sentar a los espectadores dentro de una decoración de follajes y flores. ¡Qué digo! No era nada menos que director de escena, profesor de pose y dicción: guiaba las entonaciones y los gestos, "decía las palabras a subrayar, enseñaba las contracciones del rostro, la dirección de la mirada, la extensión de la sonrisa", en una palabra, entregaba a sus amigos a "un estudio constante del efecto, bajo la dirección de La Ponce y Leuven", que habían aprendido esa técnica en París. ¿Cómo explicarse que en las Memorias no haga mención alguna de esta experiencia que fue, en suma, la primera de las empresas dramáticas del gran hombre de teatro?
Adolphe de Leuven, en el curso de una estancia de cinco meses en París, donde había sido huésped de Antoine-Vincent Arnault, amigo de su padre —como él, antiguo proscrito—, autor de tragedias republicanas, de Germanicus y de Marius á Minturne, había encontrado a Scribe, de Jouy, Pichat y otros fabricantes conscientes de teatro, así como autores menos gloriosos, pero más cercanos a él, como Soulié y Theaulon, sin hablar de los bastidores y las relaciones con algunos comediantes. Al volver a Villers-Cotterêts, trajo las últimas sacudidas de su estremecimiento y un celo diabólico para trabajar en la escena, de hacer trabajar a Dumas con él. Ahora bien, Dumas, durante la ausencia de su amigo, también había tenido experiencias y hecho descubrimientos. Con Paillet, primer oficial de notaría del estudio Menesson, siete años mayor que él, había ido a Soissons para ver representar por un grupo de alumnos del Conservatorio en gira el Hamlet de Ducis. Se trataba solamente de Ducis. Pero para él también era un poco de Shakespeare, ese desconocido, ese misterio. Entusiasta, lleno de fuego, hizo venir la pieza de París, y pronto supo de memoria el papel de Hamlet. A través de la adaptación insuficiente, presentía el fracaso de lo convencional, por lo cual batallaban aún los Ancelot y los Delavigne, y el advenimiento de aquello verdadero que vivía en él instintivamente. "El verso de Terencio —anotó en alguna parte—siempre me ha parecido uno de los más bellos que se hayan hecho": el verso de Terencio, Homo sum...
Leuven y Dumas, por lo tanto, se dedicaron a varias piezas, sobre todo el drama Los Abencerrajes. Como hacía falta que Leuven volviera a la capital llevando algo con que abrir las puertas, a ambos el género fácil de vodevil les pareció ofrecer las oportunidades más rápidas.
Su Hiver d'amis no les encantaba. Pero su Major de Strasbourg ponía en escena un viejo guerrero convertido en Cincinato en reposo. Este vodevil patriótico convenía a una época en que Francia batía al enemigo en coplas vengadoras. Dumas puso en pie una de esas coplas:
Se ganó la admiración de Leuven, gustó a La Ponce y llamó la atención del orgilloso Lafarge, que Leuven hacía algún tiempo había traído consigo de París. Alejandro comenzaba a creer que había hecho una obra maestra, lo reconoció y escribió a este propósito, modestamente: "Ya conocen el lado vanidoso de mi persona." En suma, logró con ello un éxito y se dio cuenta de ello. Así se despertaron en su corazón "una gran fuerza que puede dar lugar a todas las demás, la voluntad, y una gran virtud que, ciertamente, no es el genio, pero sí lo que lo reemplaza: la perseverancia". Eso de "lo que lo reemplaza" es demasiado. Afortunadamente para Dumas, iba a mostrar en su obra, también en el teatro, más que la perseverancia y hasta más que la voluntad. En fin, los dos amigos se entregaron a sus trabajos durante los años 1820 y 1821. Y Adolphe de Leuven, cuando se marchó para instalarse con su padre en París, tenía en su equipaje una buena provisión de esperanzas que no pudieron fructificar: tres piezas, tres negativas.
A Alejandro no le quedaba sino volver a ambiciones más modestas. Deviolaine, ahora conservador de los bosques del duque de Orleáns en París, ¿podría tomarle en sus oficinas? Desgraciadamente, el viejo áspero se mostró frío. ¿Había sabido la falta de delicadeza de que fue víctima su hija, la encantadora madame Lebègue? No. Le bastó con pensar que su joven primo no valía para gran cosa.
Mientras tanto, el cuñado Letellier, enviado a Dreux, había invitado a Alejandro. Fueron unas vacaciones de más de dos meses, durante las cuales un acontecimiento esperaba al joven, una novedad en la vida, un dolor. Supo que Adèle, después de haber rechazado varios partidos, se casaba por fin con un buen hombre que tenía dos veces su edad.
El había visto venir esa hora fatal, estaba resignado. ¿Acaso la pobre muchacha no tenía que asegurarse una casa? No obstante, la ruptura le hizo sangrar: "Adolphe se ha llevado mi espíritu, Adèle estaba en vías de romper mi corazón", se quejaba mucho tiempo después. Lloraba, trataba de trabajar, jugaba a la pelota con frenesí, y desarrolló tal fuerza que por poco mata a un jugador con una pelota. Renunció desde entonces a ese juego y el día de la boda organiza con un viejo camarada una cacería en los bosques del rumbo, alrededor de una choza de ramajes recubiertos de helechos. Allí le esperaba una serie de aventuras. Los dos amigos almorzaron, comieron, la caza fue abundante. Hacia la noche, soñó. Repentinamente escuchó un violín y carcajadas. El ruido se aproximó por el pequeño camino, pasaron a veinte pasos de él: eran muchachas en vestidos blancos, jóvenes en traje azul o negro, con grandes ramos de flores y listones. Un músico les guiaba.
Me asomé de la choza y lancé un grito. Esa boda era la de Adèle. La muchacha con el velo blanco y un ramo de azahares que iba delante, dando el brazo a su marido, era ella.
Su tía se había quedado en Haramont. Después de la misa, habían ido a almorzar con la tía; durante la mañana, habían ido por el camino principal; en la noche, regresaron por el atajo.
De lo que había huido venía a buscarme.
Adéle no me vió, no supo que pasaba junto de mí.
Seguí largo tiempo con los ojos a esa fila de trajes blancos que en la sombra naciente parecía una procesión de fantasmas...
Alejandro Dumas quizá había quedado más profundamente herido de lo que uno pudiera creerlo, por su primer amor, ahora destruido. En uno de sus poemas de 1826, Recuerdos, dirá:
Y en la novela El vizconde de Bragelonne escribirá que se necesita haber pasado por una infidelidad para entrar verdaderamente en la vida. En verdad, no había sino infidelidad forzada de parte de la tierna Adèle Dalvin. Al casarse le hacía un servicio incontestable a su amante, recalquémoslo con menos cinismo que melancolía.
Alejandro, dos meses después de su regreso de Dreux, aceptó una plaza de segundo o tercer escribano (nunca lo supo bien) con un notario de Crépy, el señor Lefèvre. La plaza era ventajosa, lo alimentaban y le daban casa, lo que constituía un desahogo para la señora Dumas, que estaba en el colmo de los apuros, en el caso de que su hijo no haya tenido placer o ventaja en exagerarlo. Ella le arregló un pequeño paquete y llegó en la noche, a pie, se instaló en un bonito cuarto que daba a un jardín, con tinta y plumas que jamás se agotaron. El hastío no tardó en abrumarlo. Compone poemas, no tanto para distraerse (¿era posible eso?) como porque Leuven lo llamaba a París, empeñado en persuadirlo que sólo juntos triunfarían.
Un día su viejo maestro notario, Paillet, que como él había dejado el estudio Menesson, vino a verle. Paillet se había convertido en propietario en Vez, yendo de vez en cuando a hacer de escribano primero en provincia o de segundo en la capital. Quería mucho a Dumas. Una idea surgió en ellos, por la fiebre de su cerebro, suscitada y favorecida por la ausencia del maestro Lefèvre; ir a París. Paillet no tenía más que veintiocho francos; Dumas, siete. Irían a caballo, exactamente sobre un caballo, el de Paillet, y vivirían de la caza.
Un caballo, un fusil, cada uno caballero en turno, ambos cazadores alternativamente. Con tres francos al día, el caballo recibiría los cuidados necesarios. ¿Y los guardias campestres? Muy sencillo: el caballero los verá de lejos, dejará el caballo al cazador que al galope saldrá del terruño con el botín. Mientras tanto, el compañero se explicará con el representante de la autoridad. Nada en las manos, nada en los bolsillos, y el guardia, con una moneda de veinte centavos, iría a beber a su salud.
Así se hizo. Durmieron en Ermenonville y almorzaron en Dammartin, con una caza tan brillante en el camino que pudieron entrar en París cargados de cuatro liebres, doce perdices, dos codornices, de manera que en el hotel de la calle de Vieux-Augustins, a donde llegaron el segundo día a las diez y media de la noche y en donde conocían a Paillet, les dieron comida y cama durante dos días y dos noches, y también para el caballo y el perro, sin tener que desembolsar un centavo.
Se les proveyó también para el regreso con un paté y una botella de vino.
¿Cómo hacer el viaje a París cuando se es de Cotterêts y sin dinero? He aquí una idea de novelista. Se puede adivinar que no era del gusto del maestro Lefèvre, quien al ver de nuevo a Dumas le hizo una advertencia irónica, pero cortés, que aunque provisional, fue recibida orgullosamente por Dumas como definitiva. Desde el día siguiente, regresó a Villers-Cotterêts, decidido a esperar, lleno de confianza, la buena voluntad de la Fortuna.
Le fue favorable el intermedio parisino. Había vuelto a encontrar a Adolphe de Leuven. Fueron al teatro. Durante el día obtuvieron de Talma —quien se recordaba de haber conocido al general Dumas con un amigo— dos billetes para ir a verle en Sylla, la tragedia de M. de Jouy, en la Comedia Francesa. A mediodía, Dumas almorzó con el conde de Leuven, luego corre a ver París como provinciano enloquecido, come en su hotel con Paillet, vuelve a encontrar a Leuven en el Café du Roi —en la esquina de las calles Richelieu y Saint-Honoré— donde Leuven había conocido a los Merle, los Romieu, los Théaulon y otros zarzuelistas, y en donde Dumas tuvo la tristeza de volver a ver a un Lafarge miserable. Después los tenemos en sus butacas y el telón se levanta.
¡Talma! Tenía simplicidad, fuerza, poesía, grandeza. Alejandro, "aturdido, deslumbrado, fascinado", se creía presa de la magia. Cuando fueron a saludar al gran artista en su camarín para darle las gracias, se había despojado de la púrpura y depositado la corona; respiraba fuerte en medio de admiradores casi todos ilustres, Delavigne, Soumet, de Jouy, Népomucène Lemercier, Arnault y otros...
Yo me quedé en la puerta, muy humilde, muy ruborizado.
—Talma —dijo Adolphe—, somos nosotros, que venimos a darle las gracias.
—¡Ah, ah! —dijo él—. ¡Entren, pues!
Di dos pasos hacia él.
—Y bien —dijo—, señor poeta, ¿está usted contento?
—Estoy más que eso, señor... ¡Estoy maravillado!
—Bien, entonces hay que volver para verme y pedirme otros billetes.
—¡Ay, señor Talma, me voy de París, mañana o pasado, a mástardar!
—¡Qué fastidio! Debía usted verme en Regulus... ¿Sabía usted que he puesto en el repertorio Regulus para pasado mañana, Lucien? —Sí, le doy las gracias—dijo Lucien (Arnault hijo).
—¡Cómo! ¿Usted no puede quedarse hasta pasado mañana por la noche? —Imposible, debo regresar a la provincia.
—¿Qué hace usted en la provincia?
—No me atrevo a decírselo. Soy escribano de notaría... Y lancé un profundo suspiro.
—¡Bah! —dijo Talma—. ¡No hay que desesperar por eso! Corneille era empleado de procurador. ¡Señores, les presento a un futuro Corneille!
Me ruboricé hasta las orejas.
—Tóqueme la frente —dije a Talma—, eso me traerá buena suerte. Talma me puso la mano sobre la cabeza.
—¡Que así sea! —dijo—. Alejandro Dumas, yo te bautizo poeta en nombre de Shakespeare, Corneille y Schiller... Regresa a provincia, vuelve a tu notaría, y si verdaderamente tienes vocación, el Ángel de la Poesía sabrá buscarte en donde estés, te llevará por los cabellos como el profeta Habacuc adonde tengas qué hacer.
Tomé la mano de Talma y traté de besarla.
—¡Vamos, vamos! —dijo—. Este muchacho tiene entusiasmo, hará cualquier cosa.
Y me sacudió cordialmente la mano.
Tras ese gesto, los dos jóvenes tuvieron el buen gusto de retirarse. Dumas hubiera saltado con gusto al cuello de su amigo. También habían entrevisto a Mlle. Mars y aspirado su perfume.
—¡Sí, sí! —gritó Alejandro—. ¡Vendré a París, lo prometo!
El enjambre de muchachas hace pareja con el cuerpo de guardias y la gran familia de cazadores. Se diría que el prado respondía al bosque. "En relación a esas muchachas, pocos pueblos se podían vanagloriar de estar tan favorecidos como Villers-Cotterêts", ha dicho Alejandro Dumas. Pensaba mucho menos, al decir esto, en las clases aristocrática y burguesa que en el pueblo, por su oficio mezclado a esas dos clases: mercaderes de frivolidades, modistas, costureras. Se descendía de los castillos al césped, como se subía del césped a los castillos, y los paseos en las "avenidas" creaban una especie de república gobernada solamente por las estaciones.
¡Qué radiantes estaban los domingos de primavera las hijas del viejo sastre Thierry!, con sus vestidos ligeros, sus cinturones rosas o azules, sus sombreritos arreglados por ellas mismas: Josephine, morena y bien torneada; Manette, una especie de alegre manzana, y las dos maravillas que empleaban las señoritas Rigollot en su tienda de sombreros, de gorgueras, de bordados, guantes, listones (la ninfa, la cazadora Albine Hardi, que arqueaba sobre sus grandes ojos castaños sus cejas finas; la rubia, rosa, rolliza Adèle Dalvin, de mirada amable). Y Luisa Brézette y otras más ... Y todas valoradas por el encanto de una sorprendente libertad, por la facilidad de frecuentar a jóvenes de ambos sexos, por la formación de parejas amorosas de las que muchas tenían la confianza de sus padres. En el verano se reunían bajo el follaje al ponerse el sol. Durante el invierno o en cualquier estación en que no hacía buen tiempo, se reunían en casa de Luisa Brézette en las dos primeras habitaciones, dejando la tercera a la madre que bordaba o a la tía que leía. En esa habitación, una lámpara alumbraba vagamente las dos otras donde los jóvenes charlaban un poco apretados entre ellos, casi siempre dos en la misma silla. A las diez, separación y despedidas. Solamente los domingos volvían a la medianoche, después de los paseos, los bailes, las excursiones a las fiestas de pueblos circunvecinos.
De todas las expediciones, de todas las partidas, de todas las contradanzas, más aún que de todas las cacerías, Alejandro no faltaba a una sola. En la mañana, besos y los ojos sonrientes de su madre; de las nueve a las cuatro, el trabajo, cortado por una comida que, por otra parte, le dejaba la cabeza despejada para soñar; de cuatro a ocho en el verano, y de cuatro a seis en el invierno, su madre; después los juegos, la esperanza, el amor... Sobre todo el mes de mayo era bello en Villers-Cotterêts por su parque y sus dos avenidas de castaños gigantescos que las bordeaban, después casi se juntaban y se desvanecían hasta perderse de vista. Durante la fiesta local de Pentecostés, que duraba tres días, el parque se llenaba de todo el pueblo confundido en una gran familia que cuadruplicaban los invitados. Porque llegaban de La Ferté-Milon, de Crépy, de Soissons, de Château-Thierry, de Compiègne y hasta de París, en diligencias llenas, carricoches, tílburis, postas de caballos. Villers-Cotterêts tenía sus dos hoteles llenos y sus cafés rebosaban.
Ese año, el de sus quince años, Alejandro vio llegar a dos parisinas, las señoritas Laurence y Vittoria. La primera era la sobrina del abate Grégoire, quien había hecho prometer al adolescente que sería su acompañante de baile —¡querido abate!—. Alejandro se preparó para su función a través de una lectura inadvertida de Chevalier de Faublas, descubierto en el fondo de un armario. Por lo tanto, tenía en la cabeza una teoría de la seducción para el gran domingo. Pero el resto de su persona permaneció más desprovista, porque no había encontrado otra cosa que otorgarle que su traje de primera comunión, es decir, un traje azul y un calzón de nankín. En 1818 ya no se usaba el calzón y convertía al joven en un anciano. Alejandro debió haber lucido, para evitar las sonrisas que le hacían subir la vergüenza a la cara, un pantalón ceñido café claro, botas de cuero plegadas, un chaleco de gamuza con botones de oro cincelados y un traje marrón con cuello alto. Estaba lejos de estas perfecciones: no tenía ni guantes, ¿y qué joven elegante habría osado bailar con las manos desnudas?
¡Qué afrentas habrá sufrido! ¡Qué palabras crueles le fueron dirigidas! Afortunadamente su camarada Fourcade (un bondadoso joven enviado de París para fundar y dirigir una escuela), mucho mayor que él y que disponía —prodigio parisino— un doble par de guantes, le prestó uno, y los dos se distinguieron en el baile. Alejandro era, sobre todo, valsador. "Usted baila muy bien el vals", le dijo la señorita Vittoria. Animado, hizo gala contando cosas graciosas, la joven se divirtió y terminó por sentirse a gusto en sus brazos. Era bella esta andaluza de ardiente mirada, el pecho atrevido, el talle movedizo. El adolescente se embriaga. El movimiento del vals francés en el que se infiltraba una energía de España, sus manos en el talle tembloroso, su cara por la cual sentía pasar los cabellos de la muchacha, sus ojos sumergidos en las espaldas desnudas, toda esa embriaguez ... Un cambio profundo se opera en él: fue convertido en hombre en unos cuantos minutos.
Pero Laurence, grande, delgada, rubia, burlona irreductible, dice a su compañera:
—No me quites a mi colegial, bien sabes que es a mí a quien lo ha dado el tío.
—Tú me lo prestarás para el vals y yo te lo daré para la danza.
El pobre muchacho se sentía convertido en una pelota que hábiles jugadoras enviaban de una raqueta a la otra. Le tomaban el pelo, sufría, socorrido, sin embargo, por un impulso de virilidad y de valor. Se fue a soñar una hora, solitario, en la "avenida de los suspiros" y al retornar lanza un poco sus galanterías, tan nuevas para él. Se baila más, se danza una parte de la noche. Escenas encantadoras, apenas dolorosas, de un idilio donde la voluptuosidad se desliza bajo la inocencia. Poco sentimiento y casi nada de alma. Pero un centelleo de movimiento, de ardor, de gracia, de placer, y todos los sortilegios del claro en el bosque.
Sólo que todo iba a terminar mal. Durante quince días, el joven Dumas hizo la corte a Laurence con la torpeza de un tonto. Los paseos en los bosques no resultaban nada, porque su timidez le paralizaba. No tenía audacia más que en sueños. Y, por lo tanto, había arrancado a su madre los medios para hacerse vestir a la última moda. Aquello fue, o por lo menos debió haber sido, un gran día. Pero el sastre y el zapatero lo habían retardado para su cita, y cuando llegó, las señoritas ya no estaban allí. De parte de Laurence, la hermana del abate Grégoire le entregó una carta. Laurence le decía:
Mi querido niño:
Desde hace quince días me reprocho abusar, como lo he hecho, de la complacencia que usted cree deber a mi tío, quien muy indiscretamente le ha rogado ser mi acompañante. A pesar de los esfuerzos que usted ha hecho por esconder el aburrimiento que le causaban las ocupaciones por encima de su edad, me hicieron darme cuenta de las molestias que yo le causo en sus costumbres, y me lo reprocho.
Retorne con sus camaradas jóvenes, que le esperan para jugar a la barra y a la rayuela. Por lo demás, no se preocupe por mí: he aceptado durante el poco tiempo que todavía me quedaré con mi tío el brazo del señor Miaud.
Reciba, mi querido niño, mi agradecimiento por su complacencia y reciba mi gratitud...
Miaud era empleado del Asilo de Mendigos, pero había crecido en París. Ese rubio regordete conocía buenas maneras, hasta llevaba un lente suspendido de una pequeña cadena de acero. Fue él quien la noche de la fiesta, al cruzar junto a Alejandro y las dos muchachas, había exclamado: "¡Ah, ah! ¡Aquí está Dumas, quien va a hacer de nuevo su primera comunión, solamente que ha cambiado de cirio!" Laurence, a la primera mirada, había reconocido que era parisiense. ¿En qué? En su porte... Leída y releída la carta, Alejandro, anonadado, después encolerizado, dirige a Miaud un desafío, dejándole generosamente la elección de las armas. ¡Qué elección! Al día siguiente, por la mañana, al despertarse vio llegar, con la tarjeta de su rival, un puñado de varas.
Primer amor, primera idea de duelo. El susceptible atrapa una fiebre cerebral, afortunadamente descubierta a tiempo por el médico. Pero tuvo cuidado de prolongar su convalecencia a manera de dejar tiempo a las dos parisienses para marcharse de Villers-Cotterêts y poder salir sin peligro de encontrarlas. Nunca más las volvería a ver.
Ellas no solamente habían instruido su corazón, no solamente habían despertado su gusto por la mujer, sino que le habían dado la preocupación de cuidarse. Lo habían iluminado sobre sí mismo. Ahora conocía lo que le distinguía, las manos bellas, las uñas bien hechas, los pies excepcionalmente pequeños. Sus cabellos eran rubios y rizados a los quince años. Sus grandes ojos azules se endulzaban con un tinte después convertido en café. Su nariz derecha, sus labios espesos se abrían sobre dientes bastante mal colocados, pero de una blancura maravillosa. En esa época, es verdad, era un poco demasiado largo y demasiado delgado. "Un palo", decía él. Un día, en la diligencia que le llevaba a Soissons, excitó la curiosidad especial de un aficionado con el que tuvo que reñir.
Entre las bonitas plebeyas de Villers-Cotterêts, el amigo Fourcade había escogido para compañera en los paseos en el bosque y las charlas nocturnas a Josefina Thierry; Saulnier, joven empleado del notario, a Manette; Luisa Brézette contaba con varios asiduos. Adèle Dalvin, tan dulce, tan tímida, que estuvo a punto de casarse, se hallaba libre. Alejandro la ataca, fuerte en sus nuevas disposiciones de espíritu, de su semiconfianza física. La resistencia seria que ella oponía exigió un año de atenciones, de cuidados, de pequeños favores convenidos, rehusados, forcejeados. Como Adèle había obtenido de su madre el permiso de dormir en un pequeño pabellón del jardín, una noche sucedió que la puerta, que hasta entonces se cerraba inexorablemente tras la espalda de Alejandro, a las once, se entreabrió suavemente a las once y media; y tras esa puerta, escribió en sus Memorias, "encontré dos labios temblorosos, dos brazos acariciantes, un corazón palpitante contra mi corazón, ardientes suspiros y grandes lágrimas".
Los amantes organizaron sus relaciones. Tres veces a la semana, Alejandro penetraba en el pabellón saltando zanjas y muros, forzando un pasaje guardado por el más indiscreto de los perros. Una de esas noches de fractura y escalada, un hombre se tira sobre él y le fue difícil desembarazarse, porque el agresor llevaba bastón y cuchillo. Logró rechazarlo tras una larga y dura lucha sobre una piedra que estuvo a punto de romperle el cráneo. Nunca más tuvo que vérselas con él. Adivinó quién lo había atacado y tuvo la confirmación de sus sospechas ante el color de algunos cabellos encontrados sobre la piedra ensangrentada. En seguida, al ver al cirujano que regresaba de la casa del herido, se acerca a él:
—¿Qué tiene el sujeto que lo mandó llamar esta mañana?
—¿Que qué es lo que tiene, muchacho? —me respondió con su acento provenzal.
—Sí.
—Pues bien, lo que tiene es, sin duda, que esta noche no veía bien, y como le urgía volver, dio de bruces con el timón de un carro. El golpe fue tan violento que se cayó para atrás, y al caerse se abrió la cabeza.
—¿Cuándo le hará usted la segunda visita?
—Mañana, a la misma hora de hoy.
—Pues bien, doctor, dígale de mi parte que pasando esta noche detrás de él, en el mismo lugar donde se cayó, encontré su cuchillo, y que se lo devuelvo. Puede usted decirle, doctor, que es una buena arma, pero que un hombre que no tenga más arma que ésta haría mal en atacar a un hombre que tiene dos pistolas parecidas a éstas...
Creo que el doctor comprendió.
—¡Ah, ah! —dijo—. Esté tranquilo, se lo diré.
Supongo que por su parte el hombre del culchillo también comprendió, porque jamás volví a oir hablar de él, a pesar de que unos quince días después bailé enfrente de él en el baile del parque.
Se non e vero... Pero que los escépticos lean otra página sobre este asunto: quizá ellos no lleguen a pretender que las Memorias aproximan esta página a la primera, con el único anhelo de darle autenticidad. Es una confesión humillante. Dumas explica que había querido evitar comprometer a su Adèle al contar el ataque nocturno que sufrió. Primer error: ¿por qué haber sido indiscreto? Lo peor fue haber dejado creer que salía de la casa del señor Lebègue, el notario, o más bien de donde la señora Lebègue, una de las hijas de Deviolaine, que era bonita, espiritual, coqueta e indiferente a la malignidad pública. He aquí la página:
Un día, sin que yo supiera de dónde venía ese rumor, sin que sospechase lo que lo causaba, escuché murmurar en mi oído que yo era el amante de la señora Lebégue. Debí, en el mismo instante, rechazar ese rumor con indignación; debí haber hecho la justicia que merecía esa calumnia. Cometí el error de combatirlo débilmente para que mi vanidosa denegación tuviera todo el peso de una confesión... ¡Pobre espíritu equivocado que era yo! Tuve un momento de alegría, una hora de orgullo en ese rumor, que debió haberme hecho sonrojar de vergüenza, porque yo había dejado creer una cosa que no existía.
Pronto soporté la pena de mi mala acción. La señora Lebégue me creía más culpable de lo que era: me acusó de haber hecho nacer la calumnia. Ella se equivocaba sobre tal punto: yo había dejado vivir la calumnia, la dejé crecer, he aquí todo. En verdad, eso era suficiente. Me cerró su casa, casa amiga, a mí y a mi madre, y desde entonces se volvió hostil con ambos. Madame Lebégue no me perdonó jamás. Desde entonces, por todas partes donde me la encontré, he vuelto la cabeza ante ella, he bajado los ojos ante su mirada.
El culpable confesó muy bajo su crimen. Hoy día lo confiesa muy alto.
Los amores con Adèle Dalvin, al contrario, no hubo persona que no los creyera puros. Así es el mundo. Continuaban viéndose en casa de Louise Brézette todas las noches, y eso duró más de dos años en una felicidad tranquila. Parecía que su madre, Adèle, los amigos, se entendían para asegurar al joven gallito su ración cotidiana de tranquilidad muelle, sus dulces compensaciones de un trabajo bien ligero, de diversiones; una perita en almíbar, exactamente, a pesar de la pobreza de su casa.
Al mismo tiempo, encontró acceso a la sociedad aristocrática y burguesa que acababa de conferir un carácter único al pueblo de Cotterêts, porque todos los mundos estaban encerrados en un pequeño espacio, que su situación lo separaba del resto de la comarca, que su aislamiento forestal daba bastante la idea de un decorado de ballet. ¿Qué era de los Collard y los Deviolaine? ¿Y, sobre todo, de esas mujeres, esas muchachas, esas niñas que el claro del bosque veía llegar a las fiestas, rodeadas de los señores de los castillos vecinos, los Montbreton, los Courval, los Mornay, y de algunos burgueses, los Perrot, los Moreau? Una de las señoritas Collard se había casado con el barón Capelle, alto funcionario; otra, con el barón de Mertens, embajador de Prusia en Portugal; la tercera, con Garat, considerable hombre de negocios, y ella comenzaba a contarse entre las mujeres más bonitas de París. De las cinco señoritas Deviolaine, Leontine y Eleonora estaban casadas, una con un notario, la otra con un inspector de contribuciones. Las restantes eran Cecilia, morena extraña, un poco masculina, que entonces tenía veinte años; Augustine, blanca, de ojos azules, muy femenina, que tenía dieciséis, y Louise, que era muy niña. Por medio de madame Capelle, siempre perfecta para él, y los Collard, conoció al joven Leuven y anudó amistad con él.
Adolphe Ribbing de Leuven, futuro autor del libreto de Postillón de Longjumeau, futuro director de la Ópera Cómica, era el hijo de un señor sueco que había estado mezclado en el asesinato político del rey Gustavo III y se había visto condenado a exilio perpetuo, que comenzó en Francia. Arrestado, después libertado por los jacobinos, tranquilo bajo Napoleón, expulsado por los Borbones, amenazado en Bruselas por los prusianos a causa de su actitud francófila, por fin regresa a Francia, pero obligado a esconderse. El conde Adolphe Louis Ribbing había encontrado asilo en el castillo de Villers-Helon, que compró y revendió luego a Collard. Era su huésped hacía algunos días cuando Alejandro encuentra en un camino del bosque a su hijo, que daba el brazo a madame Capelle y la mano a la pequeña Marie, esa pequeña Marie que debía convertirse en madame Lafarge la envenenadora, de quien Dumas no podía prever que se ocuparía de ella sin lograr nada. La baronesa presenta al joven Leuven al joven Dumas, a quien invita allí mismo para el día siguiente a un gran almuerzo en el bosque, después a pasar tres días en el castillo. En medio de una juventud gozosa y exuberante, sus travesuras se truncaron, porque se hizo juzgar tan mal por Leuven que tuvo que despedirse a la inglesa y tomar el camino de la villa.
El vizconde Adolphe de Leuven era bello y muy elegante. No menos bello, no menos elegante, era un oficial de húsares, Amadée de La Ponce, quien, habiendo venido a vivir a Villers-Cotterêts después de haber estado en la guerra en Alemania, se había casado. Hacía falta que hubiera en la figura de Dumas, en sus maneras y ya en su espíritu, una llamada, una promesa, chispazos, para que dos hombres jóvenes habituados al mundo hiciesen trío de amistad con ese semi-huérfano, hijo de un general, pero pobre, educado por una modesta mujer que atendía un estanco. Cada día se reunían ordinariamente en casa de La Ponce, que había transformado su patio en lugar de tiro de pistola. Es Amedée de La Ponce quien le dice como persona mayor: "Aprender a trabajar es aprender a ser feliz." Y le enseñó el italiano con la ayuda de la novela de Ugo Foscole Ultimas cartas de Jacopo Ortis; le habría enseñado el alemán si Dumas se hubiese interesado. Pero tradujo, para la más grande emoción del muchacho, para su trastorno, la Lenore de Bürger.
¡Ay! Había que vivir, hacerse una razón de la vida, organizar el Porvenir. Alejandro se apresuró a solicitar un cargo de perceptor de contribuciones en cualquier pueblo. "Aun no había tropezado con los primeros hombres inteligentes —escribió en una digresión de Casamientos del tío Olifus— cuando me di cuenta de que yo no sabía nada, ni griego, ni latín, ni matemáticas, ni lenguas extranjeras, ni mi propia lengua, nada del pasado, nada del presente, ni de los muertos ni de los vivos, ni de la historia ni del mundo." En derecho, y a pesar de los notarios, ningún progreso. "Vuestro hijo es un gran perezoso y jamás hará nada", decían las mujeres a madame Dumas. Lo que él conocía era un pequeño grupo de poetas, Parny, Legouvé, Demoustiers. Los leía bajo los árboles del bosque y le llenaban de ambición. Si la Historia Natural de Buffon le había proporcionado conocimientos útiles, Las mil y una noches lo llenaron del gusto de lo mágico y lo maravilloso. Añadiendo las tragedias de propaganda volteriana, la novelesca picante de Faublas, los dramas de Pigault-Lebrun, se tiene el bagaje literario de este joven ignorante, que apenas había oído hablar de algunos episodios de El Quijote, de Gil Blas, de las novelas de Walter Scott... Y a pesar de todo, Leuven y La Ponce habían emprendido la tarea de pulirlo.
Se nace escritor. Luego hace falta un clima favorable para formarse, crecer, orientarse. ¿Faltaron a Dumas para crear ese clima la soledad, la majestad de la naturaleza silvestre, las primeras lecturas en un cuadro privilegiado, amistades animadoras, amistades con mujeres jóvenes? Conoció el amor: vivió la violencia, hasta el crimen. Pero Dumas siempre se mostró poco inclinado a reflexionar replegado en sí mismo. Era una fuerza activa, veía y sentía todo un poco exagerado. Por lo tanto, su naturaleza lo llevó hacia el teatro, y como no había cursado humanidades, hacia el teatro más moderno, más desbordante de vida, el más caóticamente vivo, es decir, el inglés y el alemán. Además las circunstancias empujaron a esta vocación. ¿Acaso no actuó en un melodrama, niño todavía, con unos comediantes instalados en Villers-Cotterêts y que muriéndose de hambre tuvieron la idea de darse una representación de beneficio? Era un cierto Haradian Barberousse de Saint-Victor y Córcega. Los pobres diablos solicitaron la ayuda de dos o tres jóvenes del pueblo, y todas las madres rehusaron... Alejandro fue el único a decir que sí, él, el tímido. Le tocó el papel de Don Ramiro: ¿estuvo ridículo? El lo asegura, pero por fin había subido al tablado y había permitido de este modo a una madre, a un padre y a los niños —todos los Robba—, tener qué comer durante las dos terceras partes del año: ¡ochocientos francos de taquilla! Se habían venido de todos los pueblos y poblados de los alrededores.
Más tarde, con varios camaradas, muchachas y muchachos, entre ellos Adèle y Luisa Brézette, Dumas actúa en un "granero", en realidad en el primero de una larga y gran residencia, detrás del Hôtel de l'Epée, al fondo de un patio, encima de un carpintero que dio las tablas para sentar a los espectadores dentro de una decoración de follajes y flores. ¡Qué digo! No era nada menos que director de escena, profesor de pose y dicción: guiaba las entonaciones y los gestos, "decía las palabras a subrayar, enseñaba las contracciones del rostro, la dirección de la mirada, la extensión de la sonrisa", en una palabra, entregaba a sus amigos a "un estudio constante del efecto, bajo la dirección de La Ponce y Leuven", que habían aprendido esa técnica en París. ¿Cómo explicarse que en las Memorias no haga mención alguna de esta experiencia que fue, en suma, la primera de las empresas dramáticas del gran hombre de teatro?
Adolphe de Leuven, en el curso de una estancia de cinco meses en París, donde había sido huésped de Antoine-Vincent Arnault, amigo de su padre —como él, antiguo proscrito—, autor de tragedias republicanas, de Germanicus y de Marius á Minturne, había encontrado a Scribe, de Jouy, Pichat y otros fabricantes conscientes de teatro, así como autores menos gloriosos, pero más cercanos a él, como Soulié y Theaulon, sin hablar de los bastidores y las relaciones con algunos comediantes. Al volver a Villers-Cotterêts, trajo las últimas sacudidas de su estremecimiento y un celo diabólico para trabajar en la escena, de hacer trabajar a Dumas con él. Ahora bien, Dumas, durante la ausencia de su amigo, también había tenido experiencias y hecho descubrimientos. Con Paillet, primer oficial de notaría del estudio Menesson, siete años mayor que él, había ido a Soissons para ver representar por un grupo de alumnos del Conservatorio en gira el Hamlet de Ducis. Se trataba solamente de Ducis. Pero para él también era un poco de Shakespeare, ese desconocido, ese misterio. Entusiasta, lleno de fuego, hizo venir la pieza de París, y pronto supo de memoria el papel de Hamlet. A través de la adaptación insuficiente, presentía el fracaso de lo convencional, por lo cual batallaban aún los Ancelot y los Delavigne, y el advenimiento de aquello verdadero que vivía en él instintivamente. "El verso de Terencio —anotó en alguna parte—siempre me ha parecido uno de los más bellos que se hayan hecho": el verso de Terencio, Homo sum...
Leuven y Dumas, por lo tanto, se dedicaron a varias piezas, sobre todo el drama Los Abencerrajes. Como hacía falta que Leuven volviera a la capital llevando algo con que abrir las puertas, a ambos el género fácil de vodevil les pareció ofrecer las oportunidades más rápidas.
Su Hiver d'amis no les encantaba. Pero su Major de Strasbourg ponía en escena un viejo guerrero convertido en Cincinato en reposo. Este vodevil patriótico convenía a una época en que Francia batía al enemigo en coplas vengadoras. Dumas puso en pie una de esas coplas:
Tu vois, enfant, je ne me trompais pas,
son coeur revole aux champs de l'Allemagne.
son coeur revole aux champs de l'Allemagne.
(Ves, niño, yo no me equivocaba,
su corazón revolotea en los campos de Alemania.)
su corazón revolotea en los campos de Alemania.)
Se ganó la admiración de Leuven, gustó a La Ponce y llamó la atención del orgilloso Lafarge, que Leuven hacía algún tiempo había traído consigo de París. Alejandro comenzaba a creer que había hecho una obra maestra, lo reconoció y escribió a este propósito, modestamente: "Ya conocen el lado vanidoso de mi persona." En suma, logró con ello un éxito y se dio cuenta de ello. Así se despertaron en su corazón "una gran fuerza que puede dar lugar a todas las demás, la voluntad, y una gran virtud que, ciertamente, no es el genio, pero sí lo que lo reemplaza: la perseverancia". Eso de "lo que lo reemplaza" es demasiado. Afortunadamente para Dumas, iba a mostrar en su obra, también en el teatro, más que la perseverancia y hasta más que la voluntad. En fin, los dos amigos se entregaron a sus trabajos durante los años 1820 y 1821. Y Adolphe de Leuven, cuando se marchó para instalarse con su padre en París, tenía en su equipaje una buena provisión de esperanzas que no pudieron fructificar: tres piezas, tres negativas.
A Alejandro no le quedaba sino volver a ambiciones más modestas. Deviolaine, ahora conservador de los bosques del duque de Orleáns en París, ¿podría tomarle en sus oficinas? Desgraciadamente, el viejo áspero se mostró frío. ¿Había sabido la falta de delicadeza de que fue víctima su hija, la encantadora madame Lebègue? No. Le bastó con pensar que su joven primo no valía para gran cosa.
Mientras tanto, el cuñado Letellier, enviado a Dreux, había invitado a Alejandro. Fueron unas vacaciones de más de dos meses, durante las cuales un acontecimiento esperaba al joven, una novedad en la vida, un dolor. Supo que Adèle, después de haber rechazado varios partidos, se casaba por fin con un buen hombre que tenía dos veces su edad.
El había visto venir esa hora fatal, estaba resignado. ¿Acaso la pobre muchacha no tenía que asegurarse una casa? No obstante, la ruptura le hizo sangrar: "Adolphe se ha llevado mi espíritu, Adèle estaba en vías de romper mi corazón", se quejaba mucho tiempo después. Lloraba, trataba de trabajar, jugaba a la pelota con frenesí, y desarrolló tal fuerza que por poco mata a un jugador con una pelota. Renunció desde entonces a ese juego y el día de la boda organiza con un viejo camarada una cacería en los bosques del rumbo, alrededor de una choza de ramajes recubiertos de helechos. Allí le esperaba una serie de aventuras. Los dos amigos almorzaron, comieron, la caza fue abundante. Hacia la noche, soñó. Repentinamente escuchó un violín y carcajadas. El ruido se aproximó por el pequeño camino, pasaron a veinte pasos de él: eran muchachas en vestidos blancos, jóvenes en traje azul o negro, con grandes ramos de flores y listones. Un músico les guiaba.
Me asomé de la choza y lancé un grito. Esa boda era la de Adèle. La muchacha con el velo blanco y un ramo de azahares que iba delante, dando el brazo a su marido, era ella.
Su tía se había quedado en Haramont. Después de la misa, habían ido a almorzar con la tía; durante la mañana, habían ido por el camino principal; en la noche, regresaron por el atajo.
De lo que había huido venía a buscarme.
Adéle no me vió, no supo que pasaba junto de mí.
Seguí largo tiempo con los ojos a esa fila de trajes blancos que en la sombra naciente parecía una procesión de fantasmas...
Alejandro Dumas quizá había quedado más profundamente herido de lo que uno pudiera creerlo, por su primer amor, ahora destruido. En uno de sus poemas de 1826, Recuerdos, dirá:
Je me croyais heureux... Elle trahit ma flamme Et versa dans mon sein le poison des douleurs... (Yo me creía dichoso. Y traicionó mi llama, y derramó en mi seno venenoso dolor...)
Y en la novela El vizconde de Bragelonne escribirá que se necesita haber pasado por una infidelidad para entrar verdaderamente en la vida. En verdad, no había sino infidelidad forzada de parte de la tierna Adèle Dalvin. Al casarse le hacía un servicio incontestable a su amante, recalquémoslo con menos cinismo que melancolía.
Alejandro, dos meses después de su regreso de Dreux, aceptó una plaza de segundo o tercer escribano (nunca lo supo bien) con un notario de Crépy, el señor Lefèvre. La plaza era ventajosa, lo alimentaban y le daban casa, lo que constituía un desahogo para la señora Dumas, que estaba en el colmo de los apuros, en el caso de que su hijo no haya tenido placer o ventaja en exagerarlo. Ella le arregló un pequeño paquete y llegó en la noche, a pie, se instaló en un bonito cuarto que daba a un jardín, con tinta y plumas que jamás se agotaron. El hastío no tardó en abrumarlo. Compone poemas, no tanto para distraerse (¿era posible eso?) como porque Leuven lo llamaba a París, empeñado en persuadirlo que sólo juntos triunfarían.
Un día su viejo maestro notario, Paillet, que como él había dejado el estudio Menesson, vino a verle. Paillet se había convertido en propietario en Vez, yendo de vez en cuando a hacer de escribano primero en provincia o de segundo en la capital. Quería mucho a Dumas. Una idea surgió en ellos, por la fiebre de su cerebro, suscitada y favorecida por la ausencia del maestro Lefèvre; ir a París. Paillet no tenía más que veintiocho francos; Dumas, siete. Irían a caballo, exactamente sobre un caballo, el de Paillet, y vivirían de la caza.
Un caballo, un fusil, cada uno caballero en turno, ambos cazadores alternativamente. Con tres francos al día, el caballo recibiría los cuidados necesarios. ¿Y los guardias campestres? Muy sencillo: el caballero los verá de lejos, dejará el caballo al cazador que al galope saldrá del terruño con el botín. Mientras tanto, el compañero se explicará con el representante de la autoridad. Nada en las manos, nada en los bolsillos, y el guardia, con una moneda de veinte centavos, iría a beber a su salud.
Así se hizo. Durmieron en Ermenonville y almorzaron en Dammartin, con una caza tan brillante en el camino que pudieron entrar en París cargados de cuatro liebres, doce perdices, dos codornices, de manera que en el hotel de la calle de Vieux-Augustins, a donde llegaron el segundo día a las diez y media de la noche y en donde conocían a Paillet, les dieron comida y cama durante dos días y dos noches, y también para el caballo y el perro, sin tener que desembolsar un centavo.
Se les proveyó también para el regreso con un paté y una botella de vino.
¿Cómo hacer el viaje a París cuando se es de Cotterêts y sin dinero? He aquí una idea de novelista. Se puede adivinar que no era del gusto del maestro Lefèvre, quien al ver de nuevo a Dumas le hizo una advertencia irónica, pero cortés, que aunque provisional, fue recibida orgullosamente por Dumas como definitiva. Desde el día siguiente, regresó a Villers-Cotterêts, decidido a esperar, lleno de confianza, la buena voluntad de la Fortuna.
Le fue favorable el intermedio parisino. Había vuelto a encontrar a Adolphe de Leuven. Fueron al teatro. Durante el día obtuvieron de Talma —quien se recordaba de haber conocido al general Dumas con un amigo— dos billetes para ir a verle en Sylla, la tragedia de M. de Jouy, en la Comedia Francesa. A mediodía, Dumas almorzó con el conde de Leuven, luego corre a ver París como provinciano enloquecido, come en su hotel con Paillet, vuelve a encontrar a Leuven en el Café du Roi —en la esquina de las calles Richelieu y Saint-Honoré— donde Leuven había conocido a los Merle, los Romieu, los Théaulon y otros zarzuelistas, y en donde Dumas tuvo la tristeza de volver a ver a un Lafarge miserable. Después los tenemos en sus butacas y el telón se levanta.
¡Talma! Tenía simplicidad, fuerza, poesía, grandeza. Alejandro, "aturdido, deslumbrado, fascinado", se creía presa de la magia. Cuando fueron a saludar al gran artista en su camarín para darle las gracias, se había despojado de la púrpura y depositado la corona; respiraba fuerte en medio de admiradores casi todos ilustres, Delavigne, Soumet, de Jouy, Népomucène Lemercier, Arnault y otros...
Yo me quedé en la puerta, muy humilde, muy ruborizado.
—Talma —dijo Adolphe—, somos nosotros, que venimos a darle las gracias.
—¡Ah, ah! —dijo él—. ¡Entren, pues!
Di dos pasos hacia él.
—Y bien —dijo—, señor poeta, ¿está usted contento?
—Estoy más que eso, señor... ¡Estoy maravillado!
—Bien, entonces hay que volver para verme y pedirme otros billetes.
—¡Ay, señor Talma, me voy de París, mañana o pasado, a mástardar!
—¡Qué fastidio! Debía usted verme en Regulus... ¿Sabía usted que he puesto en el repertorio Regulus para pasado mañana, Lucien? —Sí, le doy las gracias—dijo Lucien (Arnault hijo).
—¡Cómo! ¿Usted no puede quedarse hasta pasado mañana por la noche? —Imposible, debo regresar a la provincia.
—¿Qué hace usted en la provincia?
—No me atrevo a decírselo. Soy escribano de notaría... Y lancé un profundo suspiro.
—¡Bah! —dijo Talma—. ¡No hay que desesperar por eso! Corneille era empleado de procurador. ¡Señores, les presento a un futuro Corneille!
Me ruboricé hasta las orejas.
—Tóqueme la frente —dije a Talma—, eso me traerá buena suerte. Talma me puso la mano sobre la cabeza.
—¡Que así sea! —dijo—. Alejandro Dumas, yo te bautizo poeta en nombre de Shakespeare, Corneille y Schiller... Regresa a provincia, vuelve a tu notaría, y si verdaderamente tienes vocación, el Ángel de la Poesía sabrá buscarte en donde estés, te llevará por los cabellos como el profeta Habacuc adonde tengas qué hacer.
Tomé la mano de Talma y traté de besarla.
—¡Vamos, vamos! —dijo—. Este muchacho tiene entusiasmo, hará cualquier cosa.
Y me sacudió cordialmente la mano.
Tras ese gesto, los dos jóvenes tuvieron el buen gusto de retirarse. Dumas hubiera saltado con gusto al cuello de su amigo. También habían entrevisto a Mlle. Mars y aspirado su perfume.
—¡Sí, sí! —gritó Alejandro—. ¡Vendré a París, lo prometo!
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)