Primeros años de París

Poco tiempo después de eso, en 1823, la señora Dumas y su hijo habían contraído deudas, y viendo el porvenir muy sombrío, la valiente mujer liquida lo que le quedaba de pequeñas tierras y bienes diversos (¿hay que contar el pequeño lingote que le dejó su marido?) y se separa de una casita desde hace tiempo gravada por una renta vitalicia. Una vez aclarada la situación, se encontraron a la cabeza de un capital que llegaba a la suma de doscientos cincuenta y tres francos. Además, Alejandro había negociado ventajosamente para un inglés la cesión del perro Pyrame, pirata por voracidad y una carga abrumadora para su dueño.
El estanco demostró ser incapaz de nutrir a dos personas. El primo Deviolaine siempre se hacía el sordo, y un empleo esperado con el banquero Lafitte se desvaneció. Un solo y supremo recurso se deja entrever al joven Dumas: dirigirse a los mariscales de Francia, antiguos camaradas del general, lo que le obligó a reunir algunos fondos para ir a París. Su decisión fue tomada rápidamente. Vendió al arquitecto del Asilo de Mendigos, Oudet, dos grabados de Piranèse traídos tiempo ha de Italia por su padre: cincuenta francos. Va al café, emprende una partida de billar con el empresario de la diligencia, el tío Cartier. Esta partida dura cinco horas, al cabo de las cuales el joven ganó al viejo seiscientos pequeños vasos de ajenjo, que valían doce viajes entre Villers-Cotterêts y París, o, convertidos en metálico, noventa francos. Provisto de estos ciento cuarenta francos, hace las despedidas indispensables, cumple en el cementerio el rito de la última visita, pasa con su madre una última media hora en común y va al Hôtel de la Boule d'Or a tomar el carruaje para París. Lloraron... "Mi madre lloraba por la duda, yo lloraba por la esperanza."
París lo recibió mal. Fue la víctima en el juego de bolos del general Jourdan, choca con el general Sebastiani como si fuera de bronce, encuentra un general Verdier sin medios, no logra ser recibido por el duque de Bellune: he ahí el efecto que tuvieron las cartas de esos hombres gloriosos, escritas al general Dumas, y que madre e hijo habían conservado piadosamente. ¡Ya no las reconocían! ¿Cómo no se desanimó este joven, metido en este callejón sin salida? El metal de su voluntad resistió. Y en el último momento, cuando la batalla parecía perdida, la gana. Al último extremo de su recorrido, lo encontramos con el general Foy. Le tiende la carta de recomendación que le dio el excelente Dauré, gran elector del general Foy en su departamento. Foy es un liberal, guarda el recuerdo del general Dumas, y debe su sitio de diputado a Dauré, que ama a Alejandro como a su hijo. Pero ¿qué cultura posee ese muchacho sin diplomas ni oficio?
—¿Sabe usted un poco de matemáticas?
—No, general.
—¿Tendrá usted, al menos, algunas nociones de álgebra, de geometría, de física?
No, no, no... El postulante no sabía absolutamente nada. Estaba como en un suplicio, y el general sufría tanto como él. "¡Un día responderé todas sus preguntas! —exclamó Alejandro—. Le doy mi palabra."Para esperar ese bello día, ¿tenía de qué vivir? "¡Nada, nada, nada, general!"
El general me miró con profunda conmiseración.
—Sin embargo —dijo él—, yo no quiero abandonarlo.
—No, general, porque usted no me abandonaría solo. Soy un ignorante, un perezoso, es verdad; pero mi madre, que cuenta conmigo, mi madre, a quien he prometido que encontraré un trabajo, mi madre no debe ser castigada por mi ignorancia y mi pereza.
—Deme su dirección —dijo el general— . Pensaré qué puedo hacer con usted... Escríbala ahí sobre el escritorio.
Me tendió la pluma que acababa de usar (estaba trabajando en su Historia de la península).
La tomé, la miré, todavía estaba mojada, y luego, sacudiendo la cabeza, se la devolví.
—¿Qué pasa?
—No —le dije al general— . Yo no escribiré con su pluma, sería una profanación.
El sonrió.
—¡Qué niño es usted! —me dijo—. Tome una nueva.
—Gracias.
Escribí. El general me miraba. Apenas había escrito mi nombre, batió ambas manos.
—¡Estamos salvados! —exclamó.
—¿Por qué?
—Tiene usted una letra muy bella.
Dejé caer mi cabeza sobre el pecho; ya no tuve más fuerzas para soportar mi vergüenza.
El general hizo que inmediatamente formulara una petición al duque de Orleáns para obtener empleo en sus oficinas, y lo invita a
almorzar al día siguiente. Al día siguiente, le anunció que vio al duque de Orleáns y que el puesto le estaba concedido. Alejandro le saltó al cuello y declaró que viviría de su letra, pero que un día viviría de su pluma. Con lo cual, sin duda, se mostraba injusto, porque su hermosa letra nunca debía cesar de serle útil, aunque fuese sólo para copiar la prosa de sus colaboradores. ¿No había resistido ya hasta el fin? Muy tarde en su existencia, una mañana que le trajeron algo de la saichichonería para el almuerzo, y mirando el papel que lo envolvía: "¡Ah, esta letra!...": la suya, exactamente. ¿Cómo era posible eso? Pregunta a su sirviente en qué salchichonería había comprado y después pregunta al dueño de la tienda en dónde había conseguido el papel. Así descubrió a Viellot, que sea imitación, sea un azar, escribía como él, exactamente, hasta poder equivocarse, y se apresura a emplearlo como secretario.
Esto no lo presentía en 1823. Como disponía aún de algunos días, deja al general para correr a casa de Leuven y compartir con él su alegría. Después, salta a la diligencia y va a sorprender en la noche a su madre, para gritarle la novedad de su victoria.
Tres días con ella se pasaron en proyectos: ella debía reunírsele en París. Mientras tanto, puesto que estaba de buena suerte, ¿por qué no comprar un billete de la lotería? Lo compró, lo ganó: ciento cincuenta francos. Se inscribe en el servicio militar, aunque fuese sólo una formalidad por ser hijo de una viuda. El día de la separación y de la partida, todos los vecinos hicieron coro, el más caluroso de los coros, un coro de felicitaciones. No hace mucho habían compadecido a la señora Dumas de tener un hijo que no era bueno para nada. "Nosotros habíamos dicho afirmaban —que sería alguien." Pero todavía no sabían qué iba a ser.
El tercer piso de las oficinas del duque de Orleáns daba al patio del Palais Royal. El caballero de Broval, director general, era un hombre de sesenta años; Oudard, jefe de oficina, tenía treinta y dos; Lassagne, subjefe, de veintiocho a treinta. Este era, por otra parte, cancionero y amigo de muchos zarzuelistas. Y el redactor, muy joven, se llamaba Ernest Basset. En un lugar apartado, Deviolaine ocupaba él solo un gran gabinete desde donde conservaba los bosques ducales. Había adjuntado su recomendación a la del general Foy. Dumas lo supo por Oudard, quien le recomendó darle las gracias lo más pronto posible. Así lo hizo. "Si piensas hacer allá arriba tus porquerías de obras y tus versos en guiñapos, como los hacías en Villers-Cotterêts —le dijo Deviolaine—, yo te reclamo, te llevo conmigo, te encierro y te hago la vida imposible. —¡Pero yo he venido a París sólo a eso! —¿Crees convertirte en un Voltaire, un Corneille? —No, eso no valdría la pena. —¿Lo harás mejor que ellos? —¡Haré otra cosa!"
El recién venido era el protegido del general Foy; todos lo trataban bien, a pesar de que luego no tuvo siempre que estar satisfecho de Oudard ni del caballero. Pero Lassagne fue para él y siguió siendo un amigo, un consejero, un sostén. En sus principios, el novicio aprendió el arte de caligrafiar una carta, doblarla, hacer el sobre, poner un sello. ¿Doblar una carta? Seguro, ¿no existían acaso diez maneras de doblar una carta según el rango de aquel a quien iba dirigida? Monsieur de Broval, venido para asegurarse de las cualidades de su nuevo redactor, le fija su pequeño ojo gris viéndole doblar una carta en cuatro. ¡En cuatro, en cuadrado! Eso era para los altos funcionarios! Para los simples inspectores y subinspectores no se doblaba en cuatro, sino en oblongo, con sobre inglés. En cuanto al sello..., el sello necesitaba una lección magistral. Algunas semanas más tarde, ya hecho su aprendizaje, Alejandro se vio investido de una misión de confianza junto al duque de Orleáns: copiar cincuenta páginas de una memoria al procurador Dupin, porque el duque en persona se ocupaba de sus litigios. No era un texto para dejarlo abandonado en las oficinas. Había que copiarlo en una habitación contigua al gabinete de trabajo del príncipe. La escritura satisfizo, pero la puntuación asombró.
—¡Ah, tiene usted una puntuación propia, según parece!
Era verdad. O más bien ninguna puntuación, sino al azar. Con una perfecta cortesía, el duque tomó una pluma, se sentó en el ángulo de la mesa y se puso a puntuar la copia según las reglas. Quedaba por dictar una parte de la memoria; la dictó caminando. Cuando llegó a esta frase: "Y si no hubiera habido más que este parecido asombroso que existe entre el duque de Orleáns y su augusto abuelo Luis XIV...", Dumas, por poco que supiera de historia, levantó la nariz. El duque sintió esta impertinencia involuntaria. Se detuvo ante el joven:
—Señor Dumas —le dijo—, aprenda esto: aunque no se descendiese de Luis XIV más que por los bastardos, aun así es un gran honor para vanagloriarse... Continúe.
Dumas redactó las Memorias después de sus principales novelas históricas, y por eso en sus novelas históricas aprovechó la frecuentación de algunos altos personajes de Francia. Ese tono de gran elegancia resonó muchas veces en toda su obra.
El 1 de enero de 1824, Alejandro Dumas pasa de supernumerario al rango de empleado, es decir, de mil doscientos francos a mil quinientos. Por ese precio, debía estar en el Palais Royal desde las diez y media hasta las cinco; además, quince días al mes desde las ocho hasta las diez de la noche para enviar el correo de la noche al duque, a Neuilly, donde Su Alteza pasaba las tres cuartas partes del año. ¡Mil quinientos francos! Durante algún tiempo Dumas se creyó en la cueva de los tesoros. No le hicieron falta muchos meses para desistir de sus
pretensiones. Se dio cuenta de que ni uno de los funcionarios del duque podía vanagloriarse de un salario suficiente. Todos tenían necesidad de más cuerdas para su arco. Unos se casaban con costureras, otros tomaban intereses en empresas de cabriolés; algunos tenían en el Barrio Latino restaurantes de treinta y dos centavos el cubierto. Todo esto se sabía, se toleraba; la majestad del príncipe no se lastimaba por ello. Sin embargo, cuando un Dumas buscara en la literatura salvación, ¿por qué se le molestará, por qué se le acorralará? Se llegará hasta a suspender sus salarios. Comenzaba el reino burgués. Afortunadamente, la actividad exterior de Lassagne, aunque literaria, estaba tolerada en las alturas, sin duda en razón de su abnegación en política; y Dumas se descubrió muy pronto capaz de copiar a la perfección, sin leer verdaderamente lo que copiaba y pensando en otra cosa. En fin, ambos quedaron juntos en la misma oficina el tiempo suficiente para que Dumas sacara provecho de sus conversaciones. Pero sufría por su pobreza. El periodista Clavel contó un día a uno de sus amigos que, habiendo ido una mañana a casa de Dumas, lo había sorprendido con unas tijeras en la mano, cortando un cuello de camisa en papel para terminar de vestirse. Comía con frecuencia en un pequeño restaurante de la calle de Tournon, contiguo al Hotel del Emperador José II, "donde servían comidas, ¡no muy malas!, a seis centavos el plato".
Su alojamiento lo había encontrado en el núm. 1 de lo que entonces se llamaba la manzana de casas de los Italianos, frente a la Ópera Cómica: una pequeña habitación con alcoba, en el cuarto piso, sobre el patio bastante espacioso. Renta anual: ciento veinte francos. Convino con la portera en pagarle un luis por arreglarle el cuarto. Para las arras, un luis era un don principesco. Algunos días después llegaron los muebles indispensables enviados por la señora Dumas de Villers-Cotterêts.
Sobre el mismo tramo de escalera del nuevo inquilino vivía una mujer joven separada de su marido, rubia y robusta, de piel muy blanca, estatura mediana y cara atractiva. Costurera con dos o tres obreras bajo su dirección, se llamaba Marie-Catherine Lebay, nacida en Bruselas en 1793, y había dejado a su marido en Ruán. Era de un humor jovial. Aquello comenzó con paseos dominicales, continuó con el regocijo acostumbrado de las modistillas y estudiantes en los restaurantes y los bailes. Convertida rápidamente en su segunda Adèle, ella acepta que, por razones de economía, tengan un alojamiento común..., y el 27 de julio de 1824 nació un hijo. Como no podía ser una bendición, porque Dumas había decidido que su madre viniese a París, ¿cómo concebir que viviesen cuatro en un albergue para dos? Por lo tanto, se busca otro alojamiento para su madre y para él, no muy caro, no muy alejado de su oficina. Lo encuentra en el número 53 del Faubourg Saint-Denis, en el segundo piso, con vista a la calle. Dos habitaciones, de las cuales una era el gabinete, comedor y cocina. En seguida madame Dumas liquida su estanco en Villers-Cotterêts, pone en venta una parte de sus modestos muebles y desembarca sobre el suelo parisiense con una cama, una cómoda, una mesa, dos sillones, cuatro sillas y cien luises. ¡Cien luises! Más de un año de salarios y, en consecuencia, no pocos meses asegurados de antemano. Madre e hijo tomaron de ese capital, pero disminuía sin cesar, de manera que trescientos cincuenta francos era una renta muy alta. Un vecino de piso, empleado del Ministerio y cancionero, que sufría del pecho, les pide filosóficamente que esperen hasta que se muera. "Mi alojamiento, muy cómodo, no cuesta más que doscientos treinta francos —les decía— , y ustedes lo tendrán pronto."Cumplió su palabra en el año. Y, sin embargo, la situación seguía difícil. Si fue a causa de esto, o por alguna otra razón (quizá la incomodidad de la escalera), no se sabe, pero se mudaron de nuevo y fueron a habitar una planta baja sobre la ribera izquierda, rue de l'Ouest, tres en esta ocasión. El tercero era Mysouff, que tiene su retrato en La historia de mis animales. Mysouff, gato de tejado, acompañaba cada mañana a su amo cuando iba a la oficina. Se detenía hasta la rue de Vaugirard, en un sitio a donde volvía por la noche para tomar posición a la hora exacta para recibir a su amo de regreso y saltar a su lado, igual que un perrito, hasta veinte pasos antes de la casa. Luego corría a advertir a la mamá, que salía a la puerta. Los días en que el amo no llegaba a comer, Mysouff lo adivinaba, no se tomaba la molestia; los otros días, a arañazos, reclamaba que le abrieran. La señora Dumas lo llamaba su barómetro. "Mysouff —decía a su hijo— marca mis buenos y mis malos días: los días en que vienes, es mi buen tiempo; los días en que no vienes, son mis días de lluvia." ¿Qué hacía Dumas esas noches de su ausencia? Catherine Lebay no las acaparaba todas.
Porque Alejandro, con una mirada cada vez más ávida, sondeaba el espacio y el tiempo del lado del teatro, y, francamente, ¿de qué otro lado podía esperar un progreso de su situación? Permaneció en contacto con Adolphe de Leuven, comiendo con la familia Leuven una vez por semana, régimen que debía durar cinco años. Había corrido a la Porte Saint-Martin desde su primera noche en París. Seguía con atención la temporada teatral.
En septiembre de 1824 murió el rey Luis XVIII, y Dumas leyó pronto, con admiración, la oda de Hugo a los funerales reales. Después fue la consagración de Carlos X, que tuvo consecuencias curiosas para el empleo del duque de Orleáns. La duquesa, que había redactado en italiano una relación de la consagración, y que deseaba
una traducción para su marido, se la había pedido a Oudard. Pero Oudard no sabía el italiano, y advierte que Dumas lo sabía y le confía el álbum ducal donde se encontraban anotadas las acciones, los pensamientos más secretos. ¿Se le podía recomendar que no leyera nada de lo que precedía y que seguía a la relación de la consagración? Alejandro no era un ángel, y obedeció a su curiosidad. Y de las páginas que necesariamente le atrajeron en ese diario íntimo había una que lo sorprendió sobre todas: aquella donde la duquesa de Orleáns contaba cómo su marido, entre dos caricias, con todos los cuidados posibles, le había hecho saber la muerte de su padre, Fernando... ¡el rey Fernando IV de Nápoles, Fernando I de las dos Sicilias! El mismo monarca que había tenido en la prisión al general Dumas, durante dieciocho meses. Que había permitido que se intentara tres veces envenenarlo, y una vez asesinarlo. Ese monarca había visto colgar, quemar, hacer pedazos a los hombres llamados amigos por él... "¿No es extraño —pregunta Dumas— que yo, hijo de una de sus víctimas, tenga entre mis manos este álbum donde, con el corazón lleno de lágrimas, una hija deplora la muerte de ese rey? Extraño encuentro de fortunas y destinos." Oudard recibió grandes cumplidos por su "traducción" y dio las gracias a su empleado con dos billetes para el Teatro Francés. Pero el joven Alejandro había recibido ya la mejor de las recompensas: la satisfacción de verse, una vez más, por azar, en presencia de circunstancias que suelen ser rehusadas a los hombres comunes.
Antes, en enero del mismo año 1825, había absorbido su ración periódica de novelesco dramático, mezclado esta vez con lo ridículo. ¡Qué pocas oportunidades tenía con sus trajes y su arreglo! Desde su primer día en París, en su primera noche en el teatro, por su levita y su cabellera, ambas demasiado largas, le hicieron burla en el lunetario de la Porte Saint-Martin y luego, a causa de su furor, lo expulsaron. Hasta había llegado a dar una bofetada y lanzar un desafío, pero en el aire. Esta vez dos camaradas lo habían llevado a comer al Palais Royal, después a fumar un cigarro al Estaminet Hollandais, y por su abrigo a la Quiroga y por la manera de llevarlo provocó la risa. Dumas desafió a los dos primeros que se rieron y fue decidido un encuentro. Sus dos camaradas, antiguos militares, aceptaron ser sus padrinos. Fueron a batirse a la barrera de Rochechouart, en una de esas canteras de Montmartre donde un pueblo de pobres diablos encontraba asilo para pasar la noche. Pasaron junto a seis hombres graves que se encontraban en esos sitios en una hora matinal por un tiempo de frío y de nieve, y duelistas y testigos no tardaron en avanzar majestuosamente con un séquito numeroso. Por fin se encuentra un terreno favorable, una especie de meseta.
Escogido el terreno, distribuídas las espadas, no había tiempo que perder; hacía un frío terrible, y nuestra galería de espectadores crecía de minuto a minuto. Me quité mi casaca y me puse en guardia.
Pero entonces mi adversario me invita a quitarme, además de la casaca, el chaleco y la camisa. Esta petición me pareció desorbitante; como insistía, clavé mi espada en la nieve y tiré mi chaleco y mi camisa sobre mi casaca. Después, como no quería quedarme ni con los tirantes, y corno el pobre Géricault había perdido la hebilla de mi pantalón, hice malamente un nudo para apretarme los costados. Los preparativos duraron un minuto o dos, durante los cuales mi espada quedó clavada en la nieve...
Todas estas órdenes habían sido dadas con mucha arrogancia por mi adversario. Por otra parte, como la espada había sido el arma escogida por él, yo esperaba tener que vérmelas con un hombre de cierta fuerza. De manera que tomé precauciones. Pero para mi gran asombro, vi a un hombre desprevenido, descubierto en tercia.
Es verdad que esa mala guardia no podía ser sino una defensa para que yo me abandonase y pudiera aprovecharse de mi imprudencia. Di un paso adelante, y bajando la espada, dije:
—¡Ande, señor, cúbrase!
—¿Y si no me conviene cubrirme? —respondió mi adversario.
—Entonces, es otra cosa... Solamente que parece tener usted un gusto singular.
Me puse en guardia. Ataqué con la espada en cuarta, y sin defenderme, para tentar a mi hombre, simplemente libré la espada y la alargué. Hizo un brico atrás, dio con un seto de viña y cayó de espaldas.
La punta de mi espada le había penetrado en la espalda, y corno su permanencia en la nieve había congelado el hierro, la sensación había sido tal que mi adversario, muy ligeramente herido, se había caído. Afortunadamente, yo no me había tirado a fondo, con lo cual le habría atravesado de lado a lado.
El pobre muchacho jamás había tenido una espada.
He aquí los duelos de la época. Se corría el riesgo de morir. Si madame Dumas hubiera conocido esa historia, si la hubiera sospechado solamente, el temor, la pena, la habrían matado. Oudard, al contrario, al que tuvo que decirle todo para explicar el retardo de sus tres empleados, no se mostró descontento.
Por lo demás, después del advenimiento de Su Majestad Carlos X, el Palais Royal estuvo de fiesta porque el duque de Orleáns acababa de obtener el favor que Luis XVIII le había rehusado inexorablemente a todos los que lo solicitaron para él ("siempre estará lo suficientemente cerca del trono", decía el difunto monarca): el título de Alteza Real.

Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)