Alejandro Dumas tenía entonces una amante, pero ya no era Catherine Lebay... He aquí la novedad deparada a su existencia en el año 1827, cuando todavía vegetaba como oscuro burócrata.
Uno de los jóvenes con quienes hizo amistad en la revista Psique, Cordelier Delanoue, hijo como él de un general de la Revolución, se presentó una tarde en su oficina para llevarlo al Ateneo, centro cultural, como se diría hoy, instalado en el edificio del Palais-Royal. En aquel fin de jornada, una asistencia numerosa se agolpaba en una sala de techo bajo para escuchar a Villenave, el literato Guillaume Villenave, que no ha dejado tras de sí nada perdurable, pero que en su tiempo fue un personaje bastante importante. Redactor en jefe de La Quotidienne, poeta a sus horas, erudito y elocuente, daba en el Ateneo desde 1824, y continuaría hasta 1831, un curso de historia literaria de Francia.
Era un vejete presumido a quien su familia había acompañado ese día, es decir, su esposa, su hijo Théodore y su hija Mélanie. Delanoue, terminado el curso, presentó a su compañero, y una vez terminados los saludos, el pequeño grupo se encaminó en dirección de Vaugirard, para llegar al número 82 de la calle de ese nombre, donde tenían su casa los Villenave, con la intención de tomar el té en familia... Durante el largo paseo, Alejandro dio el brazo a la joven Mélanie, y tuvieron tiempo y ocasión, a pesar de Delanoue y su presencia indiscreta, de conocerse uno al otro. Dumas se enteró de que ella estaba casada desde hacía cinco años; se había desposado en 1822 con el teniente Waldor, ahora capitán, pero en guarnición lejana, en Montauban, en los servicios de intendencia. Las apariciones del oficial en París eran raras y breves. Una hija, Elisa, había sido el fruto de este matrimonio intermitente.
Mélanie Waldor componía versos, al igual que su hermano Théodore. Se aburría un poco y soñaba mucho. Le gustaba recibir. Aimé de Pongerville, que había traducido al francés los versos de Lucrecio y que no tardaría en entrar en la Academia, triunfaba fácilmente en aquel medio modesto sobre Gavarni, que no había comenzado todavía su carrera litográfica en Le Charivari. Mélanie frecuentaba la casa de Nodier y en el Arsenal encontraba a tres mujeres autoras, las señoras Desbordes-Valmore, Ancelot y Tastu. Es fácil concebir el interés que sentía el joven Dumas, todavía desconocido, por el trato con esta existencia parisiense y estas relaciones... Notó que Mélanie Waldor era soñadora y dulce. Morena y delgada, pero ¡sin falsa delgadez! En cambio tenía hermosos cabellos, ojos de un azul oscuro muy seductores, y uno de esos aires púdicos que provocan. Una litografía de Gavarni la representa en magnífica apostura.
Hacer la corte al señor Villenave no era difícil. Coleccionista y bibliómano, poseía en su colección de autógrafos cinco o seis ejemplares de Napoleón, tres o cuatro de Bonaparte, pero ni uno solo firmado Buonaparte. Dumas se lo consiguió, aunque en realidad este gesto no fue más que el remate de su conquista, ya que en la casa se le admitía desde hacía meses en calidad de familiar privilegiado. Terminó yendo a la calle de Vaugirard dos veces al día y allí abrazaba a la joven detrás de las puertas. Le leía todos los versos que escribía y en su ardor quería convertirla en su musa. ¿Cómo iban a evitar caer en brazos el uno del otro? Se convirtieron en amantes el 12 de septiembre de 1827. Mientras tanto el capitán Waldor se ocupaba de vestir el 69 Regimiento de Infantería en Thionville. Dumas, vencedor de Vaugirard, necesitará todavía diecisiete meses para triunfar en el Teatro Francés y ver transformada su situación: entonces instalará a su madre en el número 7 de la calle Madame, mientras que las señoras Waldor alquilarán un apartamiento en el número 11, con objeto, sin duda, de dar completa libertad al anciano para entregarse a los libros y papeles de erudito coleccionista. Los amantes dispondrán en algún lugar de París de un pequeño cuarto clandestino.
Fueron unos amores brillantes y tumultuosos en ocasiones, muy diferentes de los de Villers-Cotterêts. Aquellos amores frescos y juveniles pertenecían al pasado. Si Alejandro tenía veinticinco años, Mélanie contaba treinta y uno. Y además, su nueva compañera era una mujer mundana, una literata, un bas bleu que Dumas utilizó en su provecho. Acaso no pidió a su amante que le introdujera en tal o cual salón, comenzando por el de los Pongerville? Desde luego, con la idea amorosa de encontrarse más tiempo juntos, pero no se debe olvidar que cada nuevo salón contribuía a ampliar el campo de la táctica literaria. También hubo, claro está, contratiempos ajenos y disensiones íntimas.
Indudablemente ella le amó, prueba de ello sus escenas de celos, en las que solía amenazarle ¿de qué? De quererle menos... El también la quiso. Con frecuencia le escribía en plena noche, y en medio de la fatiga del trabajo, sus prolongadas horas de labor eran interrumpidas por llamamientos de amor y sus deseos amorosos afectaban su cabeza, así como su corazón. La primera carta, que no tiene fecha como en general toda la correspondencia de Dumas, no revela cuál era la "espantosa enfermedad" que padecía la joven, pero proyecta gran claridad acerca del amor que unía a estos dos seres.
¡Oh, Dios mío! Dime, mi amor, ¿verdad que no sentiste lo que tú temías y tu enfermedad no ha tomado un carácter inquietante? Tal vez haces mal en no ver a Val. ¿Quieres que pase por su casa? Dímelo —no descuides nada, querido ángel—, tu vida, tu vida tan preciosa para mi corazón no está en peligro, lo sé, pero lo ha estado a causa de esa cruel, de esa espantosa enfermedad, y además, si yo pudiera permanecer todo el tiempo junto a ti sería diferente, pero separados... ¡Ah sí, te amo, te amo! Sí, esta fiebre se me ha pasado a la sangre y existe mayor frenesí y pasión en mi amor del que ha habido jamás en el mundo. No temas nada, te quiero, te quiero y no puedo querer a nadie que no seas tú, tú sola en el mundo, y si pudiera raptarte del universo y huir contigo lo haría mañana mismo, renunciando a cualquier otra felicidad y a cualquier otro porvenir, pues no quiero más que a ti como felicidad y porvenir. Te amo, ¡oh mi Mélanie!, mi cabeza arde y en este momento me encuentro más cercano a la locura que a la razón. No puedo dejar de escribirte y, sin embargo, sólo puedo repetir lo que ya te he dicho, pero experimento la necesidad de llenar páginas con la frase "Te amo" ya mil veces repetida —y tú has podido mostrarte celosa— ¡Qué feliz soy! Por fin me has comprendido y sabes lo que es amar, puesto que conoces los celos..., ¡eh! ¿Has sentido alguna vez algo parecido? Y esos imbéciles, esos fabricantes de religión que han inventado un infierno de sufrimientos físicos ¡qué bien se conocen! (sic), pero en realidad inspiran lástima. En cambio un infierno en el que yo te viese continuamente en brazos de otro... ¡maldición!, ese pensamiento haría nacer el crimen. Mélanie, mi Mélanie, te amo como un loco, más de lo que se quiere la vida, pues comprendo la muerte y no puedo comprender la indiferencia hacia ti. No creas nada de lo que te dirá tu madre. Casi te diría, no creas ni a tus ojos aunque lo viesen, a tus orejas aunque lo oyesen, pues hay espejismos para los ojos y rumores para las orejas. Que la frase "Te amo" esté a tu alrededor continuamente. Encargo a todos los objetos que se te acercarán de repetírtelo. Di cada vez que veas uno de ellos: si mi Alex pudiese darle voz, me repetiría: "Te amo". Sí, más de lo que las palabras pueden expresar, y eso porque es más de lo que el espíritu puede comprender. Mil besos para tus labios, y de esos besos que queman, que se extienden por todo el cuerpo y provocan escalofríos, y que contienen tal felicidad que casi hacen daño. Adiós, mi vida, mi amor. Te escribiría todo un volumen, pero un paquete más grueso probablemente llamaría la atención. Adiós, adiós, te quiero... ámame.
A través de las cartas del amante se observa una filosofía fácil y casi cómica del goce. ¡Con qué soltura echaba a un lado todo aquello que podía privarle de su placer! Amonestaba a la joven por los escrúpulos que sentía:
...¡Qué tonta eres en sufrir por todas nuestras discusiones! ¡No comprendes que no son más que palabras y que en nada pueden cambiar lo positivo, que Dios no puede guardarme rencor por una duda, puesto que no me ha dado la fuerza para hallar la verdad, y que nuestra eternidad, cualesquiera que sean nuestros pensamientos en este mundo, será siempre la misma, inmortalidad o nada, y en cualquier caso habrá felicidad eterna, o ausencia de sensaciones, y que todo eso nos será común! Así, pues, amemos, sigamos amando en esta vida y apartemos de nuestras cabezas todos los infortunios que esté en nuestro poder evitar, gocemos de todas las felicidades y no concentremos nuestros espíritus en los pensamientos tristes.
Del otro mundo —éste contiene ya bastante alegría y dolor—, lo único que necesitas saber es que si algo de mí sobrevive, ese algo, aunque no fuera más que una chispa, te amará como te ama el cuerpo de donde ha de surgir. Así, pues, mi ángel... dame felicidad en este mundo, y tengamos esperanza en el otro, aunque sin contar demasiado, pues la decepción es algo demasiado cruel.
Adiós, estoy muy cansado, mis ojos se cierran a pesar mío, te oprimo contra mi corazón y te cubro de besos.
Al parecer se condujeron de manera bastante imprudente y despertaron las sospechas de los parientes, padre, madre y hermano, que les espiaban en competencia, pues seguían considerando a Mélanie como si fuera una muchachita. Las alusiones al cartero, a los comisionistas, a los cocheros y a todo un lenguaje de señas, permiten entrever las astucias de indios a que tenían que recurrir para verse, para robar algunos minutos de intimidad, o para tramar un paseo dominical (¡en familia!). El pequeño cuarto secreto donde los enamorados se reunían (los cambios eran frecuentes) estaba provisto de lo necesario para poder hacer las comidas: "...yo, que hallaba tantas delicias en nuestros desayunos, en nuestro pequeño hogar..." Más de una vez tuvieron que pensar en no volver a verse; Dumas en todo caso resolvió no volver a presentarse en casa de los Villenave... Hay una carta que vale la pena citar, pues deja adivinar hasta qué punto la emancipación doctrinal del romanticismo puede revestirse de egoísmo trivial.
Hela aquí:
5 h. 1/2. Ya he llegado y espero que dentro de un instante estarás sobre mis rodillas, en mis brazos, seremos felices y, en seguida, tendremos que separarnos para volver a sufrir, resignarnos a no vernos más que de tiempo en tiempo... Pues bien, cuando yo te hablaba del mundo, y de sus leyes, de esas miserables concesiones a la sociedad que se hacen siempre a expensas de la felicidad particular, dime, ¿estaba equivocado en maldecirla y considerar como feliz al hombre que pudiera emanciparse? En una nación civilizada, la libertad puede existir para un pueblo, pero jamás para los individuos. Se hace a todo lo que nos rodea una multitud de pequeñas concesiones que con el tiempo y la costumbre terminan por convertirse en deberes y entonces el que se aparta es culpable.
Desde luego, nadie quiere ni respeta más a su madre que yo; pues bien, yo creo que el amor y respeto que se nos impone para con los padres es un prejuicio de las naciones; el uno y el otro deben nacer, en mi opinión, de su modo de tratarnos, y no de la casualidad que nos los ha dado por padres. ¿Les debemos agradecimiento por habernos dado la vida? A menudo no era ésa su intención, y con mayor frecuencia aún resulta ser un triste regalo. Nuestros padres lo son según el grado de cuidados que nos hayan dedicado, y me parece natural medir nuestro amor, por sus acciones, y nuestro respeto, por sus virtudes. En fin, no sé por qué me he entregado a esta divagación; quizá te cause pena, tal vez lastimará las ideas que has recibido más que tus ideas naturales.
Son las nueve, mi ángel, y a lo mejor no puedes venir. ¡Oh! Queda tranquila —acabo de saltar de mi silla, había escuchado un paso y creí que era el tuyo—, no te recriminaré...
He ahí a lo que se reducía a menudo la rebelión declamatoria contra las sujeciones sociales: una violencia de deseo cínico. Había que cubrirla con mucha literatura y Dumas no dejó de hacerlo, así como tampoco dejó de publicar en una de sus cartas que escupía sangre. ¡Oh! Un "pañuelo apenas coloreado..." Pero era indispensable.
Lo que más temían era la llegada del marido. Si Mélanie estaba celosa de las demás mujeres, Alejandro sentía celos del capitán. En realidad, la palabra celos no expresa bien el verdadero estado de Dumas. Estaba obsesionado, y dispuesto a todo con tal de hallar cierta tranquilidad, aunque fuera utilizar sus influencias en el ministerio para mantener al infortunado oficial en provincia, la más lejana posible. "Nuestro peor infortunio será siempre que te reúnas con tu marido, es necesario evitarlo de cualquier modo." Es una frase de cruel cinismo, pero algo le excusa esta otra: "¡Ah, cómo desearía verte sin fortuna, sin familia, abandonada por todo el mundo, de modo que yo pudiese sustituir a ese mundo, esa familia, esa fortuna, y así ser todo para ti...!"
Estos celos tan acordes con su temperamento impulsaban a Alejandro a apoderarse de su amante en cuerpo y alma. Por lo menos se esforzó en ello. Ella tenía una ignorancia de adolescente en el amor, y él la inició en la sensualidad apasionada. "Mis besos como sólo yo te los he sabido dar..." Está claro que ella se resistía a esta clase de asalto, mucho menos sensual que él, tal vez en absoluto, y ávida principalmente de una pasión espiritual. Él, en cambio, buscó la plenitud y la felicidad por la posesión, por todas las posesiones. Hay, en una de sus cartas, una frase imprevista, inquietante. "...¿No poseo el magnetismo para volver a atraerte?", y esto hace pensar en las extrañas maquinaciones que un día atribuiría a su misterioso doctor en los episodios eróticos de Joseph Balsamo. Por ello sus protestas de amor puro denotan algo de hipocresía. En realidad, tanto por espíritu de dominación como por deseo, su amor era carnal. De hecho, solía colocar a su amante de costado.
Para nosotros resulta bastante divertido observar en las cartas de Dumas el combate que sostenían los dos amores, el sentimental y el sensual. Hay que confesar que el sentimental no salía de lo trivial, con sus elegías en pantuflas al "pequeño cuarto" —el antiguo y el nuevo—, y la buena voluntad que demostraba el amante para ocuparse de las mudanzas:
La mudanza está casi terminada, mi ángel. Yo mismo me he ocupado del traslado de la ropa, de las patatas, de la mantequilla y el azúcar. Vamos a estar bastante cómodos, ¡ah!, y mucho más cerca de ti, mucho menos expuestos, sobre todo, pues la escalera de la casa da a una mueblería y si alguien te ve creerá que vas a hacer alguna compra...
¡Ah, pero cuánto más sólido es el otro amor, el sensual!, pensaba Dumas. Este era el que le convenía. El buen mozo derrocha cortesía, caballerosidad y ternura; y de repente, sin poder contenerse más, y al mismo tiempo que asegura su predisposición a ruborizarse ante una palabra atrevida, escribe: "Experimento gran felicidad al escribirte, pero aun es mayor al verte; hay la misma diferencia que entre verte y abrazarte y que entre abrazarte y... no tengas miedo, no llevaré más adelante la comparación..." O bien: "¿Comprendes la palabra cortejar, que se emplea como sinónimo de amar...? Infortunados que son... ¿Acaso yo no te he cortejado.. .?" No, se arrojaba sobre ella.
Esos amores duraron más de dos años. Vino el triunfo de Enrique III y Mélanie lo compartió. Fue en la casa de ella, en reunión íntima, donde se leyó la obra por primera vez; en el teatro, desde su palco, recibió parte de los reflejos y resplandores de la noche gloriosa y deslumbradora; el amante compartía los entreactos entre ella y su madre. Pero después, en junio de 1830, de un modo brusco, todo cambia. Alejandro Dumas deja que los acontecimientos exteriores levanten una barrera en el curso de sus amores. La joven había seguido a su madre a la Vandea, a una granja convertida en mansión, La Jarrie, en los alrededores de Nantes, entre Clisson y Torfou, y en sus cartas Dumas no se ocupa ya más que de sus trabajos profesionales y de sus relaciones de escritor. Insiste en el cansancio que experimenta por el gran número de gestiones que tiene que realizar, así como por las repeticiones en el teatro. "Esta clase de vida —escribe— desgasta mi salud y mi imaginación". En seguida estalla la revolución y él se aprovecha para no enviar más que escasas noticias a la ausente. Por último, los celos de la poetisa le causan cada vez mayor irritación, a pesar de la distancia, y de repente se sirve de ellos para denunciarlos como capaces de destruir un amor. ¿Acaso no tiene ya bastantes preocupaciones? No está dispuesto a soportar encima una serie de jeremiadas, de reproches y de exigencias. ¡Que se las ahorre! Y por ello la carta siguiente, explosión de mal humor, pero llena también de tristeza profunda, casi de desesperación, exagerada momentáneamente por la cólera.
Miércoles 7 de julio.
No comprendo, mi amor, los retrasos de cuatro días de que tú me hablas; te he escrito con la mayor regularidad, hasta cuando no podía escribir, cuando cada letra me costaba una gota de sudor y me veía obligado a escribir dos veces la misma palabra para tratar de que fuesen legibles.
No comprendo los reproches con que terminas tu carta, excepto que son eso, reproches. No puedo recordar lo que te escribí. Quise poner felicidad en vez de diversión y la frase debe leerse así: si el amor se convierte en un tormento en lugar de una felicidad... Sí, amiga, mía, vuelvo a repetírtelo, comprendo que, en los comienzos de un amor de cuya sinceridad se duda, quiera uno asegurarse aun a expensas de la tranquilidad. Pero que después de tres años de relaciones que se basan en todo lo que el honor y el amor tienen de sagrado, se esté aún en las indagaciones, cicaterías y otras pequeñeces de un amor que comienza, he aquí lo que no comprendo. Te quiero, por ti, mi amor, tanto como por mí, y no quisiera por nada del mundo acumular tormentos a tus tormentos.
Comprende cuál es mi posición y perdóname ciertas desigualdades de humor. Estoy solo en el mundo, no tengo un solo pariente sobre quien apoyarme para pedirle un favor. Cuando me olvido de mí, no sólo defraudo a mi persona, sino a mi madre, por un lado, y a mi hijo, del otro. Todo lo que es felicidad para otro es dolor para mí. Tengo una madre que me atormenta. Tengo un hijo, pero aún no puede servirme de ayuda. Tengo una hermana y es como si no la tuviese. Y si tras de todo esto llegas tú y me abrumas a reproches en lugar de darme consuelo... ¡Dios mío!, entonces, ¿qué hacer? Reunir con rapidez lo indispensable para vivir solo y abandonar madre, hijo y país para irme a cualquier lugar, como un bastardo.
He llegado a un estado en que abro tus cartas temblando. ¡En nombre del cielo, amiga mía, comprende los tormentos que encierra la vida de un hombre! Le has escrito a Comte para pedirle noticias mías. Pues bien, eso puede comprometerte. Has tenido que recibir mis cartas cada dos días. Yo mismo hace cuatro días que no las recibo de ti. En estos momentos, precisamente, lo estoy arreglando todo para reunirme contigo lo más pronto posible, y estaré feliz y contento a tu lado, puedes estar segura, pero es necesario que antes cobre para poder hacer el viaje; tengo que firmar un contrato con el Teatro Francés, pues quiero dejar asegurado su compromiso para conmigo. Ocho o diez días me bastarán para todo esto y en seguida iré a tu lado para no apartarme de ti y ser todo tuyo, y trabajar allí, lo cual me servirá de descanso, como tú misma me lo has recomendado. Pero para descansar ocho días necesitaría tener un padre o una madre provistos de rentas; no, mi amor, he ahí lo que me pone triste, tengo que trabajar el doble que cualquier otro para que el mundo, que no sabe nada de mis asuntos, siga diciendo que gano y gasto el dinero con la misma facilidad. ¡Vaya una facilidad, que cuesta noches de vela y días de enfermedad!
Pero no hablemos más de eso. Iremos juntos a bañarnos en el mar. Nuevos horizontes, descanso y tú más que nada me repondrán, y así volveré a París curado del fastidio que siento por todo y principalmente por mí. Adiós, mi amor. Voy a ver a mi cobrador y ocuparme del dinero.
Adiós de nuevo, mi Mélanie; de lejos o de cerca, no te canses de decirte que tú eres la única mujer que he amado y a la que deseo ver tanto como es posible desearlo y que estaré en tus brazos lo más pronto posible. Adiós, mi amor.
¡Ojalá que alguno logre un día descubrir las cartas de la amante! ¿Es que las del amante no tienen interés? En primer lugar el interés de costumbre: por ser quien era él y por lo que era ella. Pero, además, poseen un interés general, ya que desbordan la aventura con Mélanie Waldor y arrojan luz sobre la personalidad de su autor. Nos descubren bastante acerca de su carencia filosófica y su pobreza lógica en el manejo de las ideas metafísicas y religiosas. Constituyen también un testimonio sobre su época. ¡Qué amor a lo Sand, aquí! Dos o tres cartas revelan un repentino furor pasional contra las sujeciones de la sociedad, un impulso de rebeldía que no es sólo literario, sino que surge de las profundidades individuales y arrastra con él pedazos de carne, y que prueba, por último, hasta qué punto hay sinceridad y pasión vivida en el drama de Antony.
En el torbellino de los disturbios revolucionarios, de los trastornos de familia y de la profesión, de las complicaciones enmarañadas del teatro y del mundo, algunas mujeres se mantienen en la superficie agarradas al cuello de Alejandro: Mélanie Waldor, mucho menos cansada que fatigosa y a punto de ser abandonada; algunas más, principalmente comediantas ambiciosas o divertidas, y una de ellas que eclipsa a todas las demás. ¿Cuál? Podría creerse que se trataba de la pequeña Virginie Bourbier, cuyo verdadero nombre era Mlle. Delville, ex alumna del Conservatorio que había comenzado en la Comedia Francesa con Zaire y actualmente era artista pensionada. Mlle. Mars se había molestado, en el curso de los ensayos de Enrique III, por la incansable asiduidad del autor, que ella atribuía a un exceso de interés por las gracias de la principianta. Pero ésta no obtuvo más que un pequeño papel en el drama, el de una de las damas de compañía de la duquesa de Guisa, en lugar de representar a Arthur, el paje, como deseaba, por lo que no tardó en estallar la discordia a pesar de las promesas para la distribución de papeles en el próximo drama.
No, se trataba de Mlle. Bell Krebsamer, presentada a Dumas en los últimos días del mes de mayo, tres meses después del éxito de Enrique III, en un baile de artistas. Firmin, que la descubrió durante una de sus jiras, solicitó para ella la influencia de su ilustre amigo. Infortunadamente, la temporada de contratos para los artistas había terminado en el mes de abril, por lo que Dumas no brilló como protector. ¡Pero en cambio tuvo mayor éxito como seductor! La noche del 1° de junio de 1830, escribe en sus Memorias, "tuve cita con una hermosa mujer que había conocido en casa de Firmin y que solía actuar por marzo en provincia; la entrevista fue tan interesante que no regresé a mi casa hasta el mediodía siguiente." Su casa era el número 25 de la calle de la Universidad, la mujer en cuestión vivía en el número 7. Dumas no trata de ocultar la duración del sitio y de la resistencia: tres semanas. La hermosa judía tenía "los cabellos de un negro azabache, ojos azules profundos, una nariz recta como la de la Venus de Milo, y perlas en lugar de dientes". El la llama Mme. Mélanie S. y los programas la designan con el nombre de Mlle. Mélanie. Esta era la amante nueva que venía a situarse por aquellos días entre Mélanie Waldor y él.
Era una pasión seria y la lucha fue reñida entre las dos mujeres. En septiembre, el hombre que se disputaban salió para Vandea, donde le llamaba Mme. Waldor, que estaba enferma; pero casi de inmediato emprendía el regreso y, en cambio, el 22, escribía a la amante que dejaba:
No la veré cuando llegue a París, mi ángel. Pero será necesario que algunos días más tarde hable con ella de un modo amistoso para explicarle las causas de nuestra separación. Esta se cumplirá, mi ángel, aunque llore muy fuerte y por mucho tiempo; sus ocupaciones en el teatro la consolarán. Adiós, mi amor, bebo una taza de café y me marcho. En caso de que hubiera otra parada, aunque no fuese más que de dos horas en Blois, te escribiré. Mil besos.
Ocho días después, una carta fechada en París trataba torpemente de tranquilizar a la ausente, pero denunciaba el deseo de hablar de otras cuestiones: de un duelo ridículo, de los ensayos de su obra, de la familia del rey:
29 de septiembre de 1930.
Amor mío, he recibido una carta de tu madre que me atormenta. Aún sigues enferma, mi ángel, pero es tu cabeza la que está peor. ¿Por qué te torturas con tu geranio? Era viejo y tenía que romperse. Pero volverá a revivir, como nuestro amor. Cuida su tallo, mi ángel, y verás cómo brotan nuevas hojas que podrás darme durante muchos años con un beso de propina.
...¿Qué es lo que te atormenta? Vamos, ¿cómo puedes estar intranquila por mí? Por mí que te amo, mi ángel, quizá con más fuerzas que antes? Reponte pronto y vuelve, o abandono todo, mi amor, y corro a verte y abrazarte.
Sainte-Beuve se ha batido en duelo hace ocho días con Dubois, del Globe. Como llovía, se batieron los paraguas; ni el uno ni el otro resultó herido.
En cuanto a mí, amiga mía, la obra se está copiando. Dentro de unos días comenzarán los ensayos. ¡Que Dios la proteja de toda desventura!
Tan pronto como llegué eché al correo la carta de tu padre, he visto a tu hermano, todo sigue aquí en un statu quo desesperante. No se hace nada, el descontento contra el ministro y el amor por el rey crecen sin cesar.
Mi pobre ángel, puedo verte desde aquí en tu cama, en tu pequeño rincón; cierro los ojos y tu cuarto se encuentra en mi cabeza. Cúrate, cúrate, mi amor, no te levantes demasiado pronto, no te fatigues. Ten cuidado del tiempo, malo y lluvioso. No te tortures con los alfilerazos de tu madre y llama rápidamente a Henriette para que te cuide.
Desde ese momento recurrirá a la mentira pura y simple, o quizá Dumas se mentía a sí mismo, lo cual es también posible. ¿Contemporizaba? De cualquier modo está claro que Bell iba ganando terreno.
El 1° de octubre.
Amor mío, he recibido tu carta, tu pobre carta cuya escritura entrecortada me prueba lo que sufres. He recibido al mismo tiempo una de tu madre en la que me da noticias tuyas. Mi amor, tranquilízate. Confía en el porvenir y en las promesas de tu Alex. Así que estás en mi cuarto, querido ángel, en mi cuarto donde tantas veces hemos llorado y donde te prometí que no volverías a llorar. ¿Qué querías que hiciese con el pedacito de papel que incluiste para ella? Entonces no has recibido la carta en que te digo que está en Ruán. Probablemente ni sabe que he regresado a París, pues no he recibido noticias suyas. Cuando vuelva y se entere de que llevo quince días en París sin habérselo dicho se pondrá tan enfadada que no necesitaré hacer gran cosa para que se enfurezca por completo. Todo irá bien, mi amor, después vendrá Antony para devolverte el valor y la confianza.
El 4.
Ayer regresó ella. Acababa de recibir tu carta, fue un verdadero paladión. Dejé que la leyese en parte; hubo, como podrás imaginártelo, lágrimas en abundancia, más por temor a su futuro que por verdadero amor. En resumen, tal vez te escriba, pues no puede creer que tú lo sabes todo, prefiere pensar que ignoras nuestras relaciones y las cartas que le he escrito (sic). Pero tú lo sabes todo. Así que no te atormentes. Hemos convenido en no ser más que amigos el uno para el otro. A pesar de ello
se fue enfadada y llorando. No hablemos más de esto, pero tenía que decírtelo. Una vez más, olvidémoslo, en esta carta por lo menos. Pienso acabar mi obra rápidamente; ella tendrá un papel y quedará contenta; así todo habrá terminado.
Pero tú, amor mío, rehaz tu vida, ponte fuerte y sin fiebre. El futuro se extiende amplio y largo con un lugar para nosotros. Volveremos a nuestro Jarrie.
...Le he entregado tu notita, pero como la escribiste febril, apenas si ha entendido nada. Pero en fin, se la entregué. No creo, por otra parte, que ella sienta un amor profundo, todo se le va en palabras altisonantes; además, la certidumbre de que seguiré velando por su porvenir teatral la consolará de todo.
Por último, el 12 de octubre, tras de expresar temor por la proximidad del marido ("hay que nombrarlo mayor, mi amor, es la única manera de acabar con este asunto, Courbevoie está demasiado cerca de París"), Dumas informó a Mme. Waldor —apresuradamente (se estaba vistiendo) que le tocaba hacer guardia— la guardia nacional! —en palacio. Y a continuación: "Puedes estar tranquila con respecto a ella, hay separación completa, puedes creerme." Pero era todo lo contrario. En realidad, Alejandro ayudaba a Bell a saborear su triunfo.
Mlle. Bell Krebsamer actuó en Antony y en Angela sin llegar a darse a conocer en París. Pero su gran belleza la convertía en centro de admiración y Dumas sufrió su fascinación durante largo tiempo. Alejandro Dumas llevó a la actriz en sus vacaciones, se empeñaba en que lo acompañara en sus viajes e hizo de ella la reina de sus fiestas. Vivieron durante tres años, por lo menos, como marido y mujer. Por último, de este amor quedaría, para los malos días, como decía él, "uno de esos recuerdos vivientes que convierten la tristeza en alegría y las lágrimas en sonrisas", y que se llamó Marie, nacida el 7 de marzo de 1831, futura Olinde Petel.
¿Se conformaba Alejandro Dumas con las dos Mélanies, la tierna y la fuerte? No parece probable cuando se conocen sus necesidades, sus apetitos y sus medios. El hijo del general siempre estaba atacando. Virginie Bourbier fue sin duda una de sus presas. En cuanto a Louise Despréaux, que iría a actuar en las obras de Musset al teatro de San Petersburgo y se convertiría en Mme. Afilan, ¿fue sólo una amiga platónica? Audaz será quien así lo afirme. De cualquier modo, fue ella quien arrebató a Virginie el papel del paje Arthur, y es sabido que Dumas encontraba muy picantes a las comediantas que se disfrazaban de hombre para actuar en el Teatro Francés; Mlle. George, su reina de Suecia, y pronto su Margarita de Borgoña, esplendor madurado en su cuadragésimo año, Edén viviente, ¿se negó a acordarle sus favores de pasada? Él dio a entender que no. Y Mlle. Duchesnois, ¿era demasiado fea? "Tenía el encanto de la bondad" y además "brazos magníficos", así como piernas que exhibía generosamente en Alzira. Y Mlle. Noblet, del Odeón, que actuó algún tiempo en el papel de Paula en Cristina y tenía una voz hermosa y ojos muy negros, ¿no dulcificó con él su melancolía?
Eso en lo que se refiere al mundo del teatro, pero el mundo literario también acostumbra a representar el drama y la comedia. Con Alejandro Dumas representó piezas breves, oscuras, y que han quedado en el misterio. Pero en ellas no ha figurado la pasión amorosa. Sin embargo, es curioso que con él hasta las amistades femeninas más castas daban la impresión de ser otra cosa. Hay una carta interesante fechada el 5 de agosto de 1830 y dirigida a una lyonesa que había pedido el vestuario de Cristina y permiso para acortar el prólogo. Se trataba, desde luego, de representar la obra en Lyón. Pero la carta se termina con esta fórmula que no parece tener intención irónica: "Tengo el honor de quedar con respeto como su más humilde y obediente servidor." Por una parte, Dumas hace el elogio ante el destinatario del pueblo revolucionario de París, del último ciudadano de nuestras barriadas "que ha dado un espectáculo lleno de poesía y dramatismo..." Por otra, expresa su sentimiento al no haber podido, a causa de la revolución, ir a Lyón como era su esperanza, y añade: "Me prometía una gran felicidad al poder decirle lo que guardo en mi alma: hay en la expresión de los ojos y en el tono de la voz una sinceridad y un calor que impulsan a creer, y usted habría creído..." ¿Qué clase de intriga comenzaba? Pero no, al publicar esta carta, La Revue Mondiale ha revelado que estaba dirigida a Marceline Desbordes-Valmore. La Revue publicaba al mismo tiempo otra carta sin fecha, pero que su contenido la hace parecer diecisiete o dieciocho años posterior a la primera, en tiempo del Teatro Histórico, y en la que la poetisa escribía para recomendar a Dumas un actor, a su juicio, sacrificado. Seguían estas líneas bastante extrañas: "Antes, acudir a usted era motivo de alegría; ahora, es causa de temor... El infantilismo feroz de una mujer que todos amamos ha secado la confianza de uno de los afectos más puros de mi vida. Resulto torpe y triste cuando no se me conoce a fondo: por ello no quiero intervenir. Permanezco en el umbral. Haga un esfuerzo por escucharme, pues no es de un modo espontáneo como solicito su acogida." Y firmaba "la muda, aunque la más sincera de sus amigas". Marceline parece reprochar a Dumas una injusticia, pero ¿cuál? De cualquier modo se sabe que no se enfadaron; Dumas escribió caluroso prefacio en 1833 a la antología Pleurs y, al morir su amiga, anunció a Prosper e Hippolyte Valmore que iba a escribir un artículo para pagar su "último tributo de ternura y de admiración".
Con George Sand no parece que haya habido intriga, a pesar de que el conde ruso W. A. Solohub anotó en sus Memorias, al hablar de Mme. Sand: "Dumas padre fue, según se dice, uno de los favorecidos..." Parece no tratarse, pues, más que de un "se dice". Parisiense a partir de 1831, y contratada por Henri de Latouche en la pequeña compañía del Fígaro, donde vuelve a encontrarse entre viejos amigos, Félix Piat y Jules Sandeau, pero sin lograr triunfar, George Sand se fue al campo en la primavera a pasar seis semanas, y de allí volvió con Indiana. Hay una frase en las Memorias de Dumas a este respecto, que resulta algo enfadosa: "Con Indiana, George Sand puso el pie en el mundo literario; con Valentina, metió los dos." Algunas páginas más adelante, en el mismo capítulo, tiene una frase más feliz al hablar de "ese genio hermafrodita que reúne el vigor del hombre a la gracia de la mujer y que, parecido a una esfinge antigua, se agazapa en los extremos límites del arte con rostro de mujer, garras de león y alas de águila". Existe otra esfinge más moderna: ¿qué relaciones tenían? Sainte-Beuve estuvo mezclado en extrañas negociaciones en los tiempos en que George Sand buscaba a quién devorar. Se sabe que en 1833 ella le rogó que le "trajese" a Dumas, en cuyo arte había "encontrado alma..." E insistía: "Él me ha dado pruebas de desearlo, por lo que sin duda no necesitaréis más que decirle una palabra de mi parte." Pero sus átomos no llegaron a fundirse y, en 1836, ella escribía a Dumas, en la cúspide de su reputación, esta enigmática misiva:
Le escribo aunque usted no me aprecia. Por mi parte, tampoco le quiero, y eso a causa de su mal comportamiento para conmigo.
Por lo demás, no pretendo atacar todos los aspectos de su carácter.
No lo conozco.
En fin, usted conoce tan bien como yo mis deseos de ver Don Juan y que mi antipatía hacia usted no se extiende a sus obras. Tal cosa me es imposible.
Esta mañana he tratado de conseguir un palco tanto en su casa como en la taquilla. En ambos lugares se hacía cola y mi criado no ha logrado penetrar. Debo marcharme el jueves por la noche, pero aplazaré mi salida por un día si usted me consigue un palco o, por lo menos, dos asientos. Respóndame, pues, hoy mismo. Creo que la caballerosidad, cuyo espíritu tan bien sabe usted resucitar, le ordena mostrarse cortés conmigo, dados los términos en que nos hallamos.
Así, pues, había ocurrido algo entre estos dos seres tan diferentes, entre esas dos sensualidades, una de ellas presa de la inhibición, y podría decirse, negativa, y la otra franca y desbordante. ¿Se sabrá alguna vez?
Las aventuras amorosas de Alejandro Dumas hacen pensar en los fuegos artificiales: los cohetes salen y suben antes de que los anteriores hayan terminado de caer, las chispeantes llamaradas se sobreponen unas a otras; y si la fiesta se celebra al borde del agua, da la impresión de que ésta se abre y se cierra para sumergir a todas las brasas. Finalmente se advierte que en todos estos regocijos no hay más que comediantas, siempre será así. Dumas amó en su mundo.
Los amores con Mélanie Waldor terminaron con el año 1830 y se transformaron en simple amistad. Fue poco después cuando Marceline Desbordes-Valmore la llamó "pobre mujer de dolor y pasiones tristes". La compasiva Marceline le escribió desde Lyón, el 6 de diciembre de 1834: "...me ha hablado de usted con palabras veladas, pero tiernas y bienintencionadas. Sigue pensando en él, ¿verdad? Ha sufrido demasiado para olvidarlo... Ahora tiene la pasión por los viajes. Parece, en efecto, que quiere hacerlo todo con botas de siete leguas..." Todavía en 1835 seguía hablándole de él, y hasta parece que en esa época Dumas tenía la intención de escribir una biografía (?) de la desdeñada.
Se sabe que en 1841 aún continuaba la "amistad" entre los dos ex amantes. A veces se veían, y la pequeña Elisa jugaba con el pequeño Alejandro...
Ella, pobre marisabidilla de la que se burlaban en el mundo literario, halló refugio por algún tiempo escribiendo una novela, L'écuyer Dauberon (1832), y más tarde en sus Poésies du coeur, aun llenas del recuerdo del ingrato. Posteriormente intervino en una intriga con Camilo de Cavour, cuando el conde, que había dejado el ejército, se dedicaba a la política. Finalmente Mme. Waldor quedó envuelta en la oscuridad, hasta que, vieja y pobre, pagando con versos mediocres la ayuda de la familia imperial, así como sirviendo a la policía política, acabó de hundirse definitivamente en la miseria."
En cuanto a las comediantas, llamaradas de amor siempre inconstantes, no se eternizaron en la existencia de Dumas más de lo que acostumbran a hacerlo en sus papeles. Hasta la propia Venus de Milo de ojos azules. Periódicamente se ausentaba en sus jiras por provincia y el extranjero. Terminó por no volver, desapareció ante nuevo reinado. ¿Hubo una justa Krebsamer-Ferrier similar al combate Waldor-Krebsamer?
Lástima, de cualquier modo. En efecto, aunque no tiene objeto experimentar un arrepentimiento retrospectivo por Dumas, quien por su parte no parece haberlo sentido; ¿no hubiera sido mejor que la suerte introdujese cierta estabilidad en sus destinos? Debe ponerse en duda. Pero de lograrlo alguien, desde luego hubiera sido Bell Krebsamer. La mujer era inteligente y, por la seriedad de su espíritu —casi mordaz— , digna de su esplendor físico y de la urbanidad de sus maneras. Además, tenía un sentido social desarrollado. Quizá fuese positivista, pero esto no es forzosamente un defecto cuando se tiene que compartir la vida de un Dumas. Ella le hizo reconocer a su hija, y Dumas pensó al mismo tiempo en reconocer a su hijo. ¿Quién sabe si no fue también ella la que le obligó a ello? Una vez reconocido, Alejandro I sacó a Alejandro II de la casa de Catherine Lebay y lo llevó a la suya, en la calle de la Université, donde vivía con Bell. Una carta de ésta, escrita unos meses más tarde, revela una serie de asombrosas cualidades: claridad de espíritu, carácter, previsión, y hasta bondad reflexiva y algo severa. También nos informa, y de un modo maravilloso, acerca de una situación de las más tristes.
Conviene situar esta carta a continuación del relato que Dumas hijo hizo a Blaze de Bury, quien tomó nota de ello. Dumas hijo recordaba haber visto a su padre escribiendo a la luz de una pequeña lámpara, sobre una mesita, junto a su madre... "Recuerdo —decía—que cierta noche yo no podía dormir, por lo que lloraba y gritaba. Mi madre me sacó de la cuna y me puso en su regazo. Yo continuaba berreando, y mientras tanto mi padre seguía en su trabajo; pero los chillidos le molestaban e impacientaban, de modo que terminó agarrándome de la mano y lanzándome sobre la cama. Aun me veo volando por la habitación..." A continuación vinieron las recriminaciones airadas de la madre, una escena doméstica... "Comienzo a berrear de nuevo y mi padre termina por irse de la habitación..."
Dumas hijo añadía que su padre salió al día siguiente sin ver a nadie, pero que regresó al mediodía, completamente avergonzado, a comer en familia, y que, para hacerse perdonar, trajo un melón...
¡Sea! Pero el episodio indica que Dumas tenía su cuarto separado, por lo que debe remontarse a la época del primer alojamiento, ya que la instalación en Passy es de 1830, cuando ya el niño no gritaba por las noches. Además, Dumas dejó a Catherine Lebay en 1827. El niño de la pintoresca anécdota debía contar entonces tres años como máximo: ¡Algo joven para tan buena memoria! ¡Vamos! Es fácil adivinar que la escena procede del recuerdo, no del hijo, sino de la madre. Sus mismas palabras le traicionan: "avergonzado", "hacerse perdonar..." La pobre mujer lo contaba, lo repetía, machacaba las palabras ante el pequeño, hasta el punto de que éste creyó que se trataba de un recuerdo personal y directo.
Y ahora, he aquí la carta de Bell Krebsamer:
Amigo mío, es necesario que te hable detalladamente de tu hijo y, como no te distraerá nada, comprenderás mejor leyendo que si lo escuchases. Por ello prefiero escribirte. Sabes cómo quiero a tu hijo; por lo tanto, lo juzgo con indulgencia y no con severidad. Pues bien, amigo mío, me parece que no podrás educarlo en tu casa. Tiene un fondo de educación viciada que es necesario rehacer, y lo más pronto posible. Sin duda alguna se encontraría muy bien junto a ti si pudieses ocuparte constantemente de él, pero ¿qué podrías darle? Dos horas diarias como máximo y ni tan siquiera con regularidad. Exceptuándote, se burla de todo el mundo y no hay manera de hacerlo entrar en razón; ni tan siquiera consigo peinarlo utilizando ruegos o amenazas; no quiere leer ni escribir y siempre trata de imponer sus caprichos, por lo que me veo obligada a reñirle con frecuencia. Pero lo peor de todo, el principio de todo el mal, reside en haberle dicho que podría ver a su madre el domingo y el jueves. Cuanto más la ve, más desobediente, discutidor y desagradable se vuelve con nosotros; estoy convencida de que su madre le pone a mal con nosotros y hasta contigo; ya no pregunta por ti como lo hacía en los primeros días; no tiene más que un pensamiento: su madre, lo demás no cuenta para él; el martes regresó a las tres de la madrugada, ¡pues bien, mañana piensa volver a ir! Ella misma vendrá a buscarlo, y tal vez dormirá allí, de modo que habrá pasado más días en su casa que en la nuestra. Ese es el mal y cada día irá en aumento. Esta mañana, Adela lo ha llevado de paseo a casa de Feresse. Se ha empeñado por todo el camino en que lo llevase a casa de su madre, y al regreso, venía llorando y de mal humor porque no había sido obedecido. Cuanto más la ve, más deseos tiene de estar con ella y más se aleja de ti. Estás perdiendo los frutos de tu firme acción anterior y dejando que una mujer se coloque entre tu hijo y tú, arriesgando perder su cariño por los consejos que ella le da y que más tarde el niño, lleno de amor por su madre, te diga: "Tú me separaste de mi madre y fuiste duro con ella"; he ahí lo que ella le enseñará. Tu hijo, lejos de ser más feliz viéndola, es más digno de compasión que si lo hubieses alejado definitivamente de ella, rompiendo de una vez con sus costumbres. Hay casos en que es más peligroso desanudar que romper. Sus días aquí se pasan entre lágrimas, malos humores y el deseo perpetuo de escaparse para irse con ella, y este deseo no hace más que aumentar con cada visita. Es necesario, según creo, amigo mío, examinar todo eso y tomar una decisión. Es necesario que este niño, durante algún tiempo, sólo a ti pueda ver y amar, si no quieres que, poco a poco, se aparte de ti y llegue a considerarte, juzgándote por su madre, como un tirano y no como un amigo.
Es urgente también corregirle una serie de palabras y frases, a cual más grosera, y cuyo número aumenta con cada visita a casa de su madre. Es inevitable y el niño no tiene la culpa, pero éste es uno de los inconvenientes menores de esas relaciones frecuentes, aunque con el tiempo será más grave.
Tú has querido, al dar vida a un hijo, tener un amigo. No te permitas fracasar, mi Alex. Ésta es, en tu vida, una de esas cosas demasiado importantes para que lo tomes a juego y, debes afrontarla, no con desidia, sino con firme voluntad, reflexionando bien lo que debe hacerse y, una vez decidido, no desviarte bajo ningún pretexto.
Lo que te he dicho, mi ángel, lo he escrito con la misma convicción que si fuera tu esposa y ese niño fuese el nuestro. Tu hijo tiene, para muchas cosas, la razón de un niño de diez años, pero siempre y en todo creerá más a su madre que a ti.
Para evitar eso, no hay tiempo que perder, y siempre te felicitarás de haberlo separado momentáneamente de ella. Harías bien en escribirle a ella con respecto a este asunto.
Mil besos, mi ángel, y rompe esta carta."
La detestable situación, denunciada con tanta lucidez, concluyó en un penoso pero necesario proceso en 1831-1832, y a resultas del cual Dumas se quedó con el niño y lo puso en el colegio de alumnos internos Vauthier, y dos años más tarde en el pensionado Saint-Victor, el cual tenía por director a un tal señor Goubeaux y por profesor de literatura a Arthur Dinaux, colaborador de Dumas padre. El niño fue muy desgraciado.
Tal ha sido el reverso de la medalla. ¿Qué es lo que no se vuelve tristeza en este mundo, puesto que todo declina y se acaba? Pero con Dumas, lo maravilloso es que la medalla parece volverse por sí misma al derecho, y que todo vuelve a tomar ímpetu.
Uno de los jóvenes con quienes hizo amistad en la revista Psique, Cordelier Delanoue, hijo como él de un general de la Revolución, se presentó una tarde en su oficina para llevarlo al Ateneo, centro cultural, como se diría hoy, instalado en el edificio del Palais-Royal. En aquel fin de jornada, una asistencia numerosa se agolpaba en una sala de techo bajo para escuchar a Villenave, el literato Guillaume Villenave, que no ha dejado tras de sí nada perdurable, pero que en su tiempo fue un personaje bastante importante. Redactor en jefe de La Quotidienne, poeta a sus horas, erudito y elocuente, daba en el Ateneo desde 1824, y continuaría hasta 1831, un curso de historia literaria de Francia.
Era un vejete presumido a quien su familia había acompañado ese día, es decir, su esposa, su hijo Théodore y su hija Mélanie. Delanoue, terminado el curso, presentó a su compañero, y una vez terminados los saludos, el pequeño grupo se encaminó en dirección de Vaugirard, para llegar al número 82 de la calle de ese nombre, donde tenían su casa los Villenave, con la intención de tomar el té en familia... Durante el largo paseo, Alejandro dio el brazo a la joven Mélanie, y tuvieron tiempo y ocasión, a pesar de Delanoue y su presencia indiscreta, de conocerse uno al otro. Dumas se enteró de que ella estaba casada desde hacía cinco años; se había desposado en 1822 con el teniente Waldor, ahora capitán, pero en guarnición lejana, en Montauban, en los servicios de intendencia. Las apariciones del oficial en París eran raras y breves. Una hija, Elisa, había sido el fruto de este matrimonio intermitente.
Mélanie Waldor componía versos, al igual que su hermano Théodore. Se aburría un poco y soñaba mucho. Le gustaba recibir. Aimé de Pongerville, que había traducido al francés los versos de Lucrecio y que no tardaría en entrar en la Academia, triunfaba fácilmente en aquel medio modesto sobre Gavarni, que no había comenzado todavía su carrera litográfica en Le Charivari. Mélanie frecuentaba la casa de Nodier y en el Arsenal encontraba a tres mujeres autoras, las señoras Desbordes-Valmore, Ancelot y Tastu. Es fácil concebir el interés que sentía el joven Dumas, todavía desconocido, por el trato con esta existencia parisiense y estas relaciones... Notó que Mélanie Waldor era soñadora y dulce. Morena y delgada, pero ¡sin falsa delgadez! En cambio tenía hermosos cabellos, ojos de un azul oscuro muy seductores, y uno de esos aires púdicos que provocan. Una litografía de Gavarni la representa en magnífica apostura.
Hacer la corte al señor Villenave no era difícil. Coleccionista y bibliómano, poseía en su colección de autógrafos cinco o seis ejemplares de Napoleón, tres o cuatro de Bonaparte, pero ni uno solo firmado Buonaparte. Dumas se lo consiguió, aunque en realidad este gesto no fue más que el remate de su conquista, ya que en la casa se le admitía desde hacía meses en calidad de familiar privilegiado. Terminó yendo a la calle de Vaugirard dos veces al día y allí abrazaba a la joven detrás de las puertas. Le leía todos los versos que escribía y en su ardor quería convertirla en su musa. ¿Cómo iban a evitar caer en brazos el uno del otro? Se convirtieron en amantes el 12 de septiembre de 1827. Mientras tanto el capitán Waldor se ocupaba de vestir el 69 Regimiento de Infantería en Thionville. Dumas, vencedor de Vaugirard, necesitará todavía diecisiete meses para triunfar en el Teatro Francés y ver transformada su situación: entonces instalará a su madre en el número 7 de la calle Madame, mientras que las señoras Waldor alquilarán un apartamiento en el número 11, con objeto, sin duda, de dar completa libertad al anciano para entregarse a los libros y papeles de erudito coleccionista. Los amantes dispondrán en algún lugar de París de un pequeño cuarto clandestino.
Fueron unos amores brillantes y tumultuosos en ocasiones, muy diferentes de los de Villers-Cotterêts. Aquellos amores frescos y juveniles pertenecían al pasado. Si Alejandro tenía veinticinco años, Mélanie contaba treinta y uno. Y además, su nueva compañera era una mujer mundana, una literata, un bas bleu que Dumas utilizó en su provecho. Acaso no pidió a su amante que le introdujera en tal o cual salón, comenzando por el de los Pongerville? Desde luego, con la idea amorosa de encontrarse más tiempo juntos, pero no se debe olvidar que cada nuevo salón contribuía a ampliar el campo de la táctica literaria. También hubo, claro está, contratiempos ajenos y disensiones íntimas.
Indudablemente ella le amó, prueba de ello sus escenas de celos, en las que solía amenazarle ¿de qué? De quererle menos... El también la quiso. Con frecuencia le escribía en plena noche, y en medio de la fatiga del trabajo, sus prolongadas horas de labor eran interrumpidas por llamamientos de amor y sus deseos amorosos afectaban su cabeza, así como su corazón. La primera carta, que no tiene fecha como en general toda la correspondencia de Dumas, no revela cuál era la "espantosa enfermedad" que padecía la joven, pero proyecta gran claridad acerca del amor que unía a estos dos seres.
¡Oh, Dios mío! Dime, mi amor, ¿verdad que no sentiste lo que tú temías y tu enfermedad no ha tomado un carácter inquietante? Tal vez haces mal en no ver a Val. ¿Quieres que pase por su casa? Dímelo —no descuides nada, querido ángel—, tu vida, tu vida tan preciosa para mi corazón no está en peligro, lo sé, pero lo ha estado a causa de esa cruel, de esa espantosa enfermedad, y además, si yo pudiera permanecer todo el tiempo junto a ti sería diferente, pero separados... ¡Ah sí, te amo, te amo! Sí, esta fiebre se me ha pasado a la sangre y existe mayor frenesí y pasión en mi amor del que ha habido jamás en el mundo. No temas nada, te quiero, te quiero y no puedo querer a nadie que no seas tú, tú sola en el mundo, y si pudiera raptarte del universo y huir contigo lo haría mañana mismo, renunciando a cualquier otra felicidad y a cualquier otro porvenir, pues no quiero más que a ti como felicidad y porvenir. Te amo, ¡oh mi Mélanie!, mi cabeza arde y en este momento me encuentro más cercano a la locura que a la razón. No puedo dejar de escribirte y, sin embargo, sólo puedo repetir lo que ya te he dicho, pero experimento la necesidad de llenar páginas con la frase "Te amo" ya mil veces repetida —y tú has podido mostrarte celosa— ¡Qué feliz soy! Por fin me has comprendido y sabes lo que es amar, puesto que conoces los celos..., ¡eh! ¿Has sentido alguna vez algo parecido? Y esos imbéciles, esos fabricantes de religión que han inventado un infierno de sufrimientos físicos ¡qué bien se conocen! (sic), pero en realidad inspiran lástima. En cambio un infierno en el que yo te viese continuamente en brazos de otro... ¡maldición!, ese pensamiento haría nacer el crimen. Mélanie, mi Mélanie, te amo como un loco, más de lo que se quiere la vida, pues comprendo la muerte y no puedo comprender la indiferencia hacia ti. No creas nada de lo que te dirá tu madre. Casi te diría, no creas ni a tus ojos aunque lo viesen, a tus orejas aunque lo oyesen, pues hay espejismos para los ojos y rumores para las orejas. Que la frase "Te amo" esté a tu alrededor continuamente. Encargo a todos los objetos que se te acercarán de repetírtelo. Di cada vez que veas uno de ellos: si mi Alex pudiese darle voz, me repetiría: "Te amo". Sí, más de lo que las palabras pueden expresar, y eso porque es más de lo que el espíritu puede comprender. Mil besos para tus labios, y de esos besos que queman, que se extienden por todo el cuerpo y provocan escalofríos, y que contienen tal felicidad que casi hacen daño. Adiós, mi vida, mi amor. Te escribiría todo un volumen, pero un paquete más grueso probablemente llamaría la atención. Adiós, adiós, te quiero... ámame.
A través de las cartas del amante se observa una filosofía fácil y casi cómica del goce. ¡Con qué soltura echaba a un lado todo aquello que podía privarle de su placer! Amonestaba a la joven por los escrúpulos que sentía:
...¡Qué tonta eres en sufrir por todas nuestras discusiones! ¡No comprendes que no son más que palabras y que en nada pueden cambiar lo positivo, que Dios no puede guardarme rencor por una duda, puesto que no me ha dado la fuerza para hallar la verdad, y que nuestra eternidad, cualesquiera que sean nuestros pensamientos en este mundo, será siempre la misma, inmortalidad o nada, y en cualquier caso habrá felicidad eterna, o ausencia de sensaciones, y que todo eso nos será común! Así, pues, amemos, sigamos amando en esta vida y apartemos de nuestras cabezas todos los infortunios que esté en nuestro poder evitar, gocemos de todas las felicidades y no concentremos nuestros espíritus en los pensamientos tristes.
Del otro mundo —éste contiene ya bastante alegría y dolor—, lo único que necesitas saber es que si algo de mí sobrevive, ese algo, aunque no fuera más que una chispa, te amará como te ama el cuerpo de donde ha de surgir. Así, pues, mi ángel... dame felicidad en este mundo, y tengamos esperanza en el otro, aunque sin contar demasiado, pues la decepción es algo demasiado cruel.
Adiós, estoy muy cansado, mis ojos se cierran a pesar mío, te oprimo contra mi corazón y te cubro de besos.
Al parecer se condujeron de manera bastante imprudente y despertaron las sospechas de los parientes, padre, madre y hermano, que les espiaban en competencia, pues seguían considerando a Mélanie como si fuera una muchachita. Las alusiones al cartero, a los comisionistas, a los cocheros y a todo un lenguaje de señas, permiten entrever las astucias de indios a que tenían que recurrir para verse, para robar algunos minutos de intimidad, o para tramar un paseo dominical (¡en familia!). El pequeño cuarto secreto donde los enamorados se reunían (los cambios eran frecuentes) estaba provisto de lo necesario para poder hacer las comidas: "...yo, que hallaba tantas delicias en nuestros desayunos, en nuestro pequeño hogar..." Más de una vez tuvieron que pensar en no volver a verse; Dumas en todo caso resolvió no volver a presentarse en casa de los Villenave... Hay una carta que vale la pena citar, pues deja adivinar hasta qué punto la emancipación doctrinal del romanticismo puede revestirse de egoísmo trivial.
Hela aquí:
5 h. 1/2. Ya he llegado y espero que dentro de un instante estarás sobre mis rodillas, en mis brazos, seremos felices y, en seguida, tendremos que separarnos para volver a sufrir, resignarnos a no vernos más que de tiempo en tiempo... Pues bien, cuando yo te hablaba del mundo, y de sus leyes, de esas miserables concesiones a la sociedad que se hacen siempre a expensas de la felicidad particular, dime, ¿estaba equivocado en maldecirla y considerar como feliz al hombre que pudiera emanciparse? En una nación civilizada, la libertad puede existir para un pueblo, pero jamás para los individuos. Se hace a todo lo que nos rodea una multitud de pequeñas concesiones que con el tiempo y la costumbre terminan por convertirse en deberes y entonces el que se aparta es culpable.
Desde luego, nadie quiere ni respeta más a su madre que yo; pues bien, yo creo que el amor y respeto que se nos impone para con los padres es un prejuicio de las naciones; el uno y el otro deben nacer, en mi opinión, de su modo de tratarnos, y no de la casualidad que nos los ha dado por padres. ¿Les debemos agradecimiento por habernos dado la vida? A menudo no era ésa su intención, y con mayor frecuencia aún resulta ser un triste regalo. Nuestros padres lo son según el grado de cuidados que nos hayan dedicado, y me parece natural medir nuestro amor, por sus acciones, y nuestro respeto, por sus virtudes. En fin, no sé por qué me he entregado a esta divagación; quizá te cause pena, tal vez lastimará las ideas que has recibido más que tus ideas naturales.
Son las nueve, mi ángel, y a lo mejor no puedes venir. ¡Oh! Queda tranquila —acabo de saltar de mi silla, había escuchado un paso y creí que era el tuyo—, no te recriminaré...
He ahí a lo que se reducía a menudo la rebelión declamatoria contra las sujeciones sociales: una violencia de deseo cínico. Había que cubrirla con mucha literatura y Dumas no dejó de hacerlo, así como tampoco dejó de publicar en una de sus cartas que escupía sangre. ¡Oh! Un "pañuelo apenas coloreado..." Pero era indispensable.
Lo que más temían era la llegada del marido. Si Mélanie estaba celosa de las demás mujeres, Alejandro sentía celos del capitán. En realidad, la palabra celos no expresa bien el verdadero estado de Dumas. Estaba obsesionado, y dispuesto a todo con tal de hallar cierta tranquilidad, aunque fuera utilizar sus influencias en el ministerio para mantener al infortunado oficial en provincia, la más lejana posible. "Nuestro peor infortunio será siempre que te reúnas con tu marido, es necesario evitarlo de cualquier modo." Es una frase de cruel cinismo, pero algo le excusa esta otra: "¡Ah, cómo desearía verte sin fortuna, sin familia, abandonada por todo el mundo, de modo que yo pudiese sustituir a ese mundo, esa familia, esa fortuna, y así ser todo para ti...!"
Estos celos tan acordes con su temperamento impulsaban a Alejandro a apoderarse de su amante en cuerpo y alma. Por lo menos se esforzó en ello. Ella tenía una ignorancia de adolescente en el amor, y él la inició en la sensualidad apasionada. "Mis besos como sólo yo te los he sabido dar..." Está claro que ella se resistía a esta clase de asalto, mucho menos sensual que él, tal vez en absoluto, y ávida principalmente de una pasión espiritual. Él, en cambio, buscó la plenitud y la felicidad por la posesión, por todas las posesiones. Hay, en una de sus cartas, una frase imprevista, inquietante. "...¿No poseo el magnetismo para volver a atraerte?", y esto hace pensar en las extrañas maquinaciones que un día atribuiría a su misterioso doctor en los episodios eróticos de Joseph Balsamo. Por ello sus protestas de amor puro denotan algo de hipocresía. En realidad, tanto por espíritu de dominación como por deseo, su amor era carnal. De hecho, solía colocar a su amante de costado.
Para nosotros resulta bastante divertido observar en las cartas de Dumas el combate que sostenían los dos amores, el sentimental y el sensual. Hay que confesar que el sentimental no salía de lo trivial, con sus elegías en pantuflas al "pequeño cuarto" —el antiguo y el nuevo—, y la buena voluntad que demostraba el amante para ocuparse de las mudanzas:
La mudanza está casi terminada, mi ángel. Yo mismo me he ocupado del traslado de la ropa, de las patatas, de la mantequilla y el azúcar. Vamos a estar bastante cómodos, ¡ah!, y mucho más cerca de ti, mucho menos expuestos, sobre todo, pues la escalera de la casa da a una mueblería y si alguien te ve creerá que vas a hacer alguna compra...
¡Ah, pero cuánto más sólido es el otro amor, el sensual!, pensaba Dumas. Este era el que le convenía. El buen mozo derrocha cortesía, caballerosidad y ternura; y de repente, sin poder contenerse más, y al mismo tiempo que asegura su predisposición a ruborizarse ante una palabra atrevida, escribe: "Experimento gran felicidad al escribirte, pero aun es mayor al verte; hay la misma diferencia que entre verte y abrazarte y que entre abrazarte y... no tengas miedo, no llevaré más adelante la comparación..." O bien: "¿Comprendes la palabra cortejar, que se emplea como sinónimo de amar...? Infortunados que son... ¿Acaso yo no te he cortejado.. .?" No, se arrojaba sobre ella.
Esos amores duraron más de dos años. Vino el triunfo de Enrique III y Mélanie lo compartió. Fue en la casa de ella, en reunión íntima, donde se leyó la obra por primera vez; en el teatro, desde su palco, recibió parte de los reflejos y resplandores de la noche gloriosa y deslumbradora; el amante compartía los entreactos entre ella y su madre. Pero después, en junio de 1830, de un modo brusco, todo cambia. Alejandro Dumas deja que los acontecimientos exteriores levanten una barrera en el curso de sus amores. La joven había seguido a su madre a la Vandea, a una granja convertida en mansión, La Jarrie, en los alrededores de Nantes, entre Clisson y Torfou, y en sus cartas Dumas no se ocupa ya más que de sus trabajos profesionales y de sus relaciones de escritor. Insiste en el cansancio que experimenta por el gran número de gestiones que tiene que realizar, así como por las repeticiones en el teatro. "Esta clase de vida —escribe— desgasta mi salud y mi imaginación". En seguida estalla la revolución y él se aprovecha para no enviar más que escasas noticias a la ausente. Por último, los celos de la poetisa le causan cada vez mayor irritación, a pesar de la distancia, y de repente se sirve de ellos para denunciarlos como capaces de destruir un amor. ¿Acaso no tiene ya bastantes preocupaciones? No está dispuesto a soportar encima una serie de jeremiadas, de reproches y de exigencias. ¡Que se las ahorre! Y por ello la carta siguiente, explosión de mal humor, pero llena también de tristeza profunda, casi de desesperación, exagerada momentáneamente por la cólera.
Miércoles 7 de julio.
No comprendo, mi amor, los retrasos de cuatro días de que tú me hablas; te he escrito con la mayor regularidad, hasta cuando no podía escribir, cuando cada letra me costaba una gota de sudor y me veía obligado a escribir dos veces la misma palabra para tratar de que fuesen legibles.
No comprendo los reproches con que terminas tu carta, excepto que son eso, reproches. No puedo recordar lo que te escribí. Quise poner felicidad en vez de diversión y la frase debe leerse así: si el amor se convierte en un tormento en lugar de una felicidad... Sí, amiga, mía, vuelvo a repetírtelo, comprendo que, en los comienzos de un amor de cuya sinceridad se duda, quiera uno asegurarse aun a expensas de la tranquilidad. Pero que después de tres años de relaciones que se basan en todo lo que el honor y el amor tienen de sagrado, se esté aún en las indagaciones, cicaterías y otras pequeñeces de un amor que comienza, he aquí lo que no comprendo. Te quiero, por ti, mi amor, tanto como por mí, y no quisiera por nada del mundo acumular tormentos a tus tormentos.
Comprende cuál es mi posición y perdóname ciertas desigualdades de humor. Estoy solo en el mundo, no tengo un solo pariente sobre quien apoyarme para pedirle un favor. Cuando me olvido de mí, no sólo defraudo a mi persona, sino a mi madre, por un lado, y a mi hijo, del otro. Todo lo que es felicidad para otro es dolor para mí. Tengo una madre que me atormenta. Tengo un hijo, pero aún no puede servirme de ayuda. Tengo una hermana y es como si no la tuviese. Y si tras de todo esto llegas tú y me abrumas a reproches en lugar de darme consuelo... ¡Dios mío!, entonces, ¿qué hacer? Reunir con rapidez lo indispensable para vivir solo y abandonar madre, hijo y país para irme a cualquier lugar, como un bastardo.
He llegado a un estado en que abro tus cartas temblando. ¡En nombre del cielo, amiga mía, comprende los tormentos que encierra la vida de un hombre! Le has escrito a Comte para pedirle noticias mías. Pues bien, eso puede comprometerte. Has tenido que recibir mis cartas cada dos días. Yo mismo hace cuatro días que no las recibo de ti. En estos momentos, precisamente, lo estoy arreglando todo para reunirme contigo lo más pronto posible, y estaré feliz y contento a tu lado, puedes estar segura, pero es necesario que antes cobre para poder hacer el viaje; tengo que firmar un contrato con el Teatro Francés, pues quiero dejar asegurado su compromiso para conmigo. Ocho o diez días me bastarán para todo esto y en seguida iré a tu lado para no apartarme de ti y ser todo tuyo, y trabajar allí, lo cual me servirá de descanso, como tú misma me lo has recomendado. Pero para descansar ocho días necesitaría tener un padre o una madre provistos de rentas; no, mi amor, he ahí lo que me pone triste, tengo que trabajar el doble que cualquier otro para que el mundo, que no sabe nada de mis asuntos, siga diciendo que gano y gasto el dinero con la misma facilidad. ¡Vaya una facilidad, que cuesta noches de vela y días de enfermedad!
Pero no hablemos más de eso. Iremos juntos a bañarnos en el mar. Nuevos horizontes, descanso y tú más que nada me repondrán, y así volveré a París curado del fastidio que siento por todo y principalmente por mí. Adiós, mi amor. Voy a ver a mi cobrador y ocuparme del dinero.
Adiós de nuevo, mi Mélanie; de lejos o de cerca, no te canses de decirte que tú eres la única mujer que he amado y a la que deseo ver tanto como es posible desearlo y que estaré en tus brazos lo más pronto posible. Adiós, mi amor.
¡Ojalá que alguno logre un día descubrir las cartas de la amante! ¿Es que las del amante no tienen interés? En primer lugar el interés de costumbre: por ser quien era él y por lo que era ella. Pero, además, poseen un interés general, ya que desbordan la aventura con Mélanie Waldor y arrojan luz sobre la personalidad de su autor. Nos descubren bastante acerca de su carencia filosófica y su pobreza lógica en el manejo de las ideas metafísicas y religiosas. Constituyen también un testimonio sobre su época. ¡Qué amor a lo Sand, aquí! Dos o tres cartas revelan un repentino furor pasional contra las sujeciones de la sociedad, un impulso de rebeldía que no es sólo literario, sino que surge de las profundidades individuales y arrastra con él pedazos de carne, y que prueba, por último, hasta qué punto hay sinceridad y pasión vivida en el drama de Antony.
En el torbellino de los disturbios revolucionarios, de los trastornos de familia y de la profesión, de las complicaciones enmarañadas del teatro y del mundo, algunas mujeres se mantienen en la superficie agarradas al cuello de Alejandro: Mélanie Waldor, mucho menos cansada que fatigosa y a punto de ser abandonada; algunas más, principalmente comediantas ambiciosas o divertidas, y una de ellas que eclipsa a todas las demás. ¿Cuál? Podría creerse que se trataba de la pequeña Virginie Bourbier, cuyo verdadero nombre era Mlle. Delville, ex alumna del Conservatorio que había comenzado en la Comedia Francesa con Zaire y actualmente era artista pensionada. Mlle. Mars se había molestado, en el curso de los ensayos de Enrique III, por la incansable asiduidad del autor, que ella atribuía a un exceso de interés por las gracias de la principianta. Pero ésta no obtuvo más que un pequeño papel en el drama, el de una de las damas de compañía de la duquesa de Guisa, en lugar de representar a Arthur, el paje, como deseaba, por lo que no tardó en estallar la discordia a pesar de las promesas para la distribución de papeles en el próximo drama.
No, se trataba de Mlle. Bell Krebsamer, presentada a Dumas en los últimos días del mes de mayo, tres meses después del éxito de Enrique III, en un baile de artistas. Firmin, que la descubrió durante una de sus jiras, solicitó para ella la influencia de su ilustre amigo. Infortunadamente, la temporada de contratos para los artistas había terminado en el mes de abril, por lo que Dumas no brilló como protector. ¡Pero en cambio tuvo mayor éxito como seductor! La noche del 1° de junio de 1830, escribe en sus Memorias, "tuve cita con una hermosa mujer que había conocido en casa de Firmin y que solía actuar por marzo en provincia; la entrevista fue tan interesante que no regresé a mi casa hasta el mediodía siguiente." Su casa era el número 25 de la calle de la Universidad, la mujer en cuestión vivía en el número 7. Dumas no trata de ocultar la duración del sitio y de la resistencia: tres semanas. La hermosa judía tenía "los cabellos de un negro azabache, ojos azules profundos, una nariz recta como la de la Venus de Milo, y perlas en lugar de dientes". El la llama Mme. Mélanie S. y los programas la designan con el nombre de Mlle. Mélanie. Esta era la amante nueva que venía a situarse por aquellos días entre Mélanie Waldor y él.
Era una pasión seria y la lucha fue reñida entre las dos mujeres. En septiembre, el hombre que se disputaban salió para Vandea, donde le llamaba Mme. Waldor, que estaba enferma; pero casi de inmediato emprendía el regreso y, en cambio, el 22, escribía a la amante que dejaba:
No la veré cuando llegue a París, mi ángel. Pero será necesario que algunos días más tarde hable con ella de un modo amistoso para explicarle las causas de nuestra separación. Esta se cumplirá, mi ángel, aunque llore muy fuerte y por mucho tiempo; sus ocupaciones en el teatro la consolarán. Adiós, mi amor, bebo una taza de café y me marcho. En caso de que hubiera otra parada, aunque no fuese más que de dos horas en Blois, te escribiré. Mil besos.
Ocho días después, una carta fechada en París trataba torpemente de tranquilizar a la ausente, pero denunciaba el deseo de hablar de otras cuestiones: de un duelo ridículo, de los ensayos de su obra, de la familia del rey:
29 de septiembre de 1930.
Amor mío, he recibido una carta de tu madre que me atormenta. Aún sigues enferma, mi ángel, pero es tu cabeza la que está peor. ¿Por qué te torturas con tu geranio? Era viejo y tenía que romperse. Pero volverá a revivir, como nuestro amor. Cuida su tallo, mi ángel, y verás cómo brotan nuevas hojas que podrás darme durante muchos años con un beso de propina.
...¿Qué es lo que te atormenta? Vamos, ¿cómo puedes estar intranquila por mí? Por mí que te amo, mi ángel, quizá con más fuerzas que antes? Reponte pronto y vuelve, o abandono todo, mi amor, y corro a verte y abrazarte.
Sainte-Beuve se ha batido en duelo hace ocho días con Dubois, del Globe. Como llovía, se batieron los paraguas; ni el uno ni el otro resultó herido.
En cuanto a mí, amiga mía, la obra se está copiando. Dentro de unos días comenzarán los ensayos. ¡Que Dios la proteja de toda desventura!
Tan pronto como llegué eché al correo la carta de tu padre, he visto a tu hermano, todo sigue aquí en un statu quo desesperante. No se hace nada, el descontento contra el ministro y el amor por el rey crecen sin cesar.
Mi pobre ángel, puedo verte desde aquí en tu cama, en tu pequeño rincón; cierro los ojos y tu cuarto se encuentra en mi cabeza. Cúrate, cúrate, mi amor, no te levantes demasiado pronto, no te fatigues. Ten cuidado del tiempo, malo y lluvioso. No te tortures con los alfilerazos de tu madre y llama rápidamente a Henriette para que te cuide.
Desde ese momento recurrirá a la mentira pura y simple, o quizá Dumas se mentía a sí mismo, lo cual es también posible. ¿Contemporizaba? De cualquier modo está claro que Bell iba ganando terreno.
El 1° de octubre.
Amor mío, he recibido tu carta, tu pobre carta cuya escritura entrecortada me prueba lo que sufres. He recibido al mismo tiempo una de tu madre en la que me da noticias tuyas. Mi amor, tranquilízate. Confía en el porvenir y en las promesas de tu Alex. Así que estás en mi cuarto, querido ángel, en mi cuarto donde tantas veces hemos llorado y donde te prometí que no volverías a llorar. ¿Qué querías que hiciese con el pedacito de papel que incluiste para ella? Entonces no has recibido la carta en que te digo que está en Ruán. Probablemente ni sabe que he regresado a París, pues no he recibido noticias suyas. Cuando vuelva y se entere de que llevo quince días en París sin habérselo dicho se pondrá tan enfadada que no necesitaré hacer gran cosa para que se enfurezca por completo. Todo irá bien, mi amor, después vendrá Antony para devolverte el valor y la confianza.
El 4.
Ayer regresó ella. Acababa de recibir tu carta, fue un verdadero paladión. Dejé que la leyese en parte; hubo, como podrás imaginártelo, lágrimas en abundancia, más por temor a su futuro que por verdadero amor. En resumen, tal vez te escriba, pues no puede creer que tú lo sabes todo, prefiere pensar que ignoras nuestras relaciones y las cartas que le he escrito (sic). Pero tú lo sabes todo. Así que no te atormentes. Hemos convenido en no ser más que amigos el uno para el otro. A pesar de ello
se fue enfadada y llorando. No hablemos más de esto, pero tenía que decírtelo. Una vez más, olvidémoslo, en esta carta por lo menos. Pienso acabar mi obra rápidamente; ella tendrá un papel y quedará contenta; así todo habrá terminado.
Pero tú, amor mío, rehaz tu vida, ponte fuerte y sin fiebre. El futuro se extiende amplio y largo con un lugar para nosotros. Volveremos a nuestro Jarrie.
...Le he entregado tu notita, pero como la escribiste febril, apenas si ha entendido nada. Pero en fin, se la entregué. No creo, por otra parte, que ella sienta un amor profundo, todo se le va en palabras altisonantes; además, la certidumbre de que seguiré velando por su porvenir teatral la consolará de todo.
Por último, el 12 de octubre, tras de expresar temor por la proximidad del marido ("hay que nombrarlo mayor, mi amor, es la única manera de acabar con este asunto, Courbevoie está demasiado cerca de París"), Dumas informó a Mme. Waldor —apresuradamente (se estaba vistiendo) que le tocaba hacer guardia— la guardia nacional! —en palacio. Y a continuación: "Puedes estar tranquila con respecto a ella, hay separación completa, puedes creerme." Pero era todo lo contrario. En realidad, Alejandro ayudaba a Bell a saborear su triunfo.
Mlle. Bell Krebsamer actuó en Antony y en Angela sin llegar a darse a conocer en París. Pero su gran belleza la convertía en centro de admiración y Dumas sufrió su fascinación durante largo tiempo. Alejandro Dumas llevó a la actriz en sus vacaciones, se empeñaba en que lo acompañara en sus viajes e hizo de ella la reina de sus fiestas. Vivieron durante tres años, por lo menos, como marido y mujer. Por último, de este amor quedaría, para los malos días, como decía él, "uno de esos recuerdos vivientes que convierten la tristeza en alegría y las lágrimas en sonrisas", y que se llamó Marie, nacida el 7 de marzo de 1831, futura Olinde Petel.
¿Se conformaba Alejandro Dumas con las dos Mélanies, la tierna y la fuerte? No parece probable cuando se conocen sus necesidades, sus apetitos y sus medios. El hijo del general siempre estaba atacando. Virginie Bourbier fue sin duda una de sus presas. En cuanto a Louise Despréaux, que iría a actuar en las obras de Musset al teatro de San Petersburgo y se convertiría en Mme. Afilan, ¿fue sólo una amiga platónica? Audaz será quien así lo afirme. De cualquier modo, fue ella quien arrebató a Virginie el papel del paje Arthur, y es sabido que Dumas encontraba muy picantes a las comediantas que se disfrazaban de hombre para actuar en el Teatro Francés; Mlle. George, su reina de Suecia, y pronto su Margarita de Borgoña, esplendor madurado en su cuadragésimo año, Edén viviente, ¿se negó a acordarle sus favores de pasada? Él dio a entender que no. Y Mlle. Duchesnois, ¿era demasiado fea? "Tenía el encanto de la bondad" y además "brazos magníficos", así como piernas que exhibía generosamente en Alzira. Y Mlle. Noblet, del Odeón, que actuó algún tiempo en el papel de Paula en Cristina y tenía una voz hermosa y ojos muy negros, ¿no dulcificó con él su melancolía?
Eso en lo que se refiere al mundo del teatro, pero el mundo literario también acostumbra a representar el drama y la comedia. Con Alejandro Dumas representó piezas breves, oscuras, y que han quedado en el misterio. Pero en ellas no ha figurado la pasión amorosa. Sin embargo, es curioso que con él hasta las amistades femeninas más castas daban la impresión de ser otra cosa. Hay una carta interesante fechada el 5 de agosto de 1830 y dirigida a una lyonesa que había pedido el vestuario de Cristina y permiso para acortar el prólogo. Se trataba, desde luego, de representar la obra en Lyón. Pero la carta se termina con esta fórmula que no parece tener intención irónica: "Tengo el honor de quedar con respeto como su más humilde y obediente servidor." Por una parte, Dumas hace el elogio ante el destinatario del pueblo revolucionario de París, del último ciudadano de nuestras barriadas "que ha dado un espectáculo lleno de poesía y dramatismo..." Por otra, expresa su sentimiento al no haber podido, a causa de la revolución, ir a Lyón como era su esperanza, y añade: "Me prometía una gran felicidad al poder decirle lo que guardo en mi alma: hay en la expresión de los ojos y en el tono de la voz una sinceridad y un calor que impulsan a creer, y usted habría creído..." ¿Qué clase de intriga comenzaba? Pero no, al publicar esta carta, La Revue Mondiale ha revelado que estaba dirigida a Marceline Desbordes-Valmore. La Revue publicaba al mismo tiempo otra carta sin fecha, pero que su contenido la hace parecer diecisiete o dieciocho años posterior a la primera, en tiempo del Teatro Histórico, y en la que la poetisa escribía para recomendar a Dumas un actor, a su juicio, sacrificado. Seguían estas líneas bastante extrañas: "Antes, acudir a usted era motivo de alegría; ahora, es causa de temor... El infantilismo feroz de una mujer que todos amamos ha secado la confianza de uno de los afectos más puros de mi vida. Resulto torpe y triste cuando no se me conoce a fondo: por ello no quiero intervenir. Permanezco en el umbral. Haga un esfuerzo por escucharme, pues no es de un modo espontáneo como solicito su acogida." Y firmaba "la muda, aunque la más sincera de sus amigas". Marceline parece reprochar a Dumas una injusticia, pero ¿cuál? De cualquier modo se sabe que no se enfadaron; Dumas escribió caluroso prefacio en 1833 a la antología Pleurs y, al morir su amiga, anunció a Prosper e Hippolyte Valmore que iba a escribir un artículo para pagar su "último tributo de ternura y de admiración".
Con George Sand no parece que haya habido intriga, a pesar de que el conde ruso W. A. Solohub anotó en sus Memorias, al hablar de Mme. Sand: "Dumas padre fue, según se dice, uno de los favorecidos..." Parece no tratarse, pues, más que de un "se dice". Parisiense a partir de 1831, y contratada por Henri de Latouche en la pequeña compañía del Fígaro, donde vuelve a encontrarse entre viejos amigos, Félix Piat y Jules Sandeau, pero sin lograr triunfar, George Sand se fue al campo en la primavera a pasar seis semanas, y de allí volvió con Indiana. Hay una frase en las Memorias de Dumas a este respecto, que resulta algo enfadosa: "Con Indiana, George Sand puso el pie en el mundo literario; con Valentina, metió los dos." Algunas páginas más adelante, en el mismo capítulo, tiene una frase más feliz al hablar de "ese genio hermafrodita que reúne el vigor del hombre a la gracia de la mujer y que, parecido a una esfinge antigua, se agazapa en los extremos límites del arte con rostro de mujer, garras de león y alas de águila". Existe otra esfinge más moderna: ¿qué relaciones tenían? Sainte-Beuve estuvo mezclado en extrañas negociaciones en los tiempos en que George Sand buscaba a quién devorar. Se sabe que en 1833 ella le rogó que le "trajese" a Dumas, en cuyo arte había "encontrado alma..." E insistía: "Él me ha dado pruebas de desearlo, por lo que sin duda no necesitaréis más que decirle una palabra de mi parte." Pero sus átomos no llegaron a fundirse y, en 1836, ella escribía a Dumas, en la cúspide de su reputación, esta enigmática misiva:
Le escribo aunque usted no me aprecia. Por mi parte, tampoco le quiero, y eso a causa de su mal comportamiento para conmigo.
Por lo demás, no pretendo atacar todos los aspectos de su carácter.
No lo conozco.
En fin, usted conoce tan bien como yo mis deseos de ver Don Juan y que mi antipatía hacia usted no se extiende a sus obras. Tal cosa me es imposible.
Esta mañana he tratado de conseguir un palco tanto en su casa como en la taquilla. En ambos lugares se hacía cola y mi criado no ha logrado penetrar. Debo marcharme el jueves por la noche, pero aplazaré mi salida por un día si usted me consigue un palco o, por lo menos, dos asientos. Respóndame, pues, hoy mismo. Creo que la caballerosidad, cuyo espíritu tan bien sabe usted resucitar, le ordena mostrarse cortés conmigo, dados los términos en que nos hallamos.
Así, pues, había ocurrido algo entre estos dos seres tan diferentes, entre esas dos sensualidades, una de ellas presa de la inhibición, y podría decirse, negativa, y la otra franca y desbordante. ¿Se sabrá alguna vez?
Las aventuras amorosas de Alejandro Dumas hacen pensar en los fuegos artificiales: los cohetes salen y suben antes de que los anteriores hayan terminado de caer, las chispeantes llamaradas se sobreponen unas a otras; y si la fiesta se celebra al borde del agua, da la impresión de que ésta se abre y se cierra para sumergir a todas las brasas. Finalmente se advierte que en todos estos regocijos no hay más que comediantas, siempre será así. Dumas amó en su mundo.
Los amores con Mélanie Waldor terminaron con el año 1830 y se transformaron en simple amistad. Fue poco después cuando Marceline Desbordes-Valmore la llamó "pobre mujer de dolor y pasiones tristes". La compasiva Marceline le escribió desde Lyón, el 6 de diciembre de 1834: "...me ha hablado de usted con palabras veladas, pero tiernas y bienintencionadas. Sigue pensando en él, ¿verdad? Ha sufrido demasiado para olvidarlo... Ahora tiene la pasión por los viajes. Parece, en efecto, que quiere hacerlo todo con botas de siete leguas..." Todavía en 1835 seguía hablándole de él, y hasta parece que en esa época Dumas tenía la intención de escribir una biografía (?) de la desdeñada.
Se sabe que en 1841 aún continuaba la "amistad" entre los dos ex amantes. A veces se veían, y la pequeña Elisa jugaba con el pequeño Alejandro...
Ella, pobre marisabidilla de la que se burlaban en el mundo literario, halló refugio por algún tiempo escribiendo una novela, L'écuyer Dauberon (1832), y más tarde en sus Poésies du coeur, aun llenas del recuerdo del ingrato. Posteriormente intervino en una intriga con Camilo de Cavour, cuando el conde, que había dejado el ejército, se dedicaba a la política. Finalmente Mme. Waldor quedó envuelta en la oscuridad, hasta que, vieja y pobre, pagando con versos mediocres la ayuda de la familia imperial, así como sirviendo a la policía política, acabó de hundirse definitivamente en la miseria."
En cuanto a las comediantas, llamaradas de amor siempre inconstantes, no se eternizaron en la existencia de Dumas más de lo que acostumbran a hacerlo en sus papeles. Hasta la propia Venus de Milo de ojos azules. Periódicamente se ausentaba en sus jiras por provincia y el extranjero. Terminó por no volver, desapareció ante nuevo reinado. ¿Hubo una justa Krebsamer-Ferrier similar al combate Waldor-Krebsamer?
Lástima, de cualquier modo. En efecto, aunque no tiene objeto experimentar un arrepentimiento retrospectivo por Dumas, quien por su parte no parece haberlo sentido; ¿no hubiera sido mejor que la suerte introdujese cierta estabilidad en sus destinos? Debe ponerse en duda. Pero de lograrlo alguien, desde luego hubiera sido Bell Krebsamer. La mujer era inteligente y, por la seriedad de su espíritu —casi mordaz— , digna de su esplendor físico y de la urbanidad de sus maneras. Además, tenía un sentido social desarrollado. Quizá fuese positivista, pero esto no es forzosamente un defecto cuando se tiene que compartir la vida de un Dumas. Ella le hizo reconocer a su hija, y Dumas pensó al mismo tiempo en reconocer a su hijo. ¿Quién sabe si no fue también ella la que le obligó a ello? Una vez reconocido, Alejandro I sacó a Alejandro II de la casa de Catherine Lebay y lo llevó a la suya, en la calle de la Université, donde vivía con Bell. Una carta de ésta, escrita unos meses más tarde, revela una serie de asombrosas cualidades: claridad de espíritu, carácter, previsión, y hasta bondad reflexiva y algo severa. También nos informa, y de un modo maravilloso, acerca de una situación de las más tristes.
Conviene situar esta carta a continuación del relato que Dumas hijo hizo a Blaze de Bury, quien tomó nota de ello. Dumas hijo recordaba haber visto a su padre escribiendo a la luz de una pequeña lámpara, sobre una mesita, junto a su madre... "Recuerdo —decía—que cierta noche yo no podía dormir, por lo que lloraba y gritaba. Mi madre me sacó de la cuna y me puso en su regazo. Yo continuaba berreando, y mientras tanto mi padre seguía en su trabajo; pero los chillidos le molestaban e impacientaban, de modo que terminó agarrándome de la mano y lanzándome sobre la cama. Aun me veo volando por la habitación..." A continuación vinieron las recriminaciones airadas de la madre, una escena doméstica... "Comienzo a berrear de nuevo y mi padre termina por irse de la habitación..."
Dumas hijo añadía que su padre salió al día siguiente sin ver a nadie, pero que regresó al mediodía, completamente avergonzado, a comer en familia, y que, para hacerse perdonar, trajo un melón...
¡Sea! Pero el episodio indica que Dumas tenía su cuarto separado, por lo que debe remontarse a la época del primer alojamiento, ya que la instalación en Passy es de 1830, cuando ya el niño no gritaba por las noches. Además, Dumas dejó a Catherine Lebay en 1827. El niño de la pintoresca anécdota debía contar entonces tres años como máximo: ¡Algo joven para tan buena memoria! ¡Vamos! Es fácil adivinar que la escena procede del recuerdo, no del hijo, sino de la madre. Sus mismas palabras le traicionan: "avergonzado", "hacerse perdonar..." La pobre mujer lo contaba, lo repetía, machacaba las palabras ante el pequeño, hasta el punto de que éste creyó que se trataba de un recuerdo personal y directo.
Y ahora, he aquí la carta de Bell Krebsamer:
Amigo mío, es necesario que te hable detalladamente de tu hijo y, como no te distraerá nada, comprenderás mejor leyendo que si lo escuchases. Por ello prefiero escribirte. Sabes cómo quiero a tu hijo; por lo tanto, lo juzgo con indulgencia y no con severidad. Pues bien, amigo mío, me parece que no podrás educarlo en tu casa. Tiene un fondo de educación viciada que es necesario rehacer, y lo más pronto posible. Sin duda alguna se encontraría muy bien junto a ti si pudieses ocuparte constantemente de él, pero ¿qué podrías darle? Dos horas diarias como máximo y ni tan siquiera con regularidad. Exceptuándote, se burla de todo el mundo y no hay manera de hacerlo entrar en razón; ni tan siquiera consigo peinarlo utilizando ruegos o amenazas; no quiere leer ni escribir y siempre trata de imponer sus caprichos, por lo que me veo obligada a reñirle con frecuencia. Pero lo peor de todo, el principio de todo el mal, reside en haberle dicho que podría ver a su madre el domingo y el jueves. Cuanto más la ve, más desobediente, discutidor y desagradable se vuelve con nosotros; estoy convencida de que su madre le pone a mal con nosotros y hasta contigo; ya no pregunta por ti como lo hacía en los primeros días; no tiene más que un pensamiento: su madre, lo demás no cuenta para él; el martes regresó a las tres de la madrugada, ¡pues bien, mañana piensa volver a ir! Ella misma vendrá a buscarlo, y tal vez dormirá allí, de modo que habrá pasado más días en su casa que en la nuestra. Ese es el mal y cada día irá en aumento. Esta mañana, Adela lo ha llevado de paseo a casa de Feresse. Se ha empeñado por todo el camino en que lo llevase a casa de su madre, y al regreso, venía llorando y de mal humor porque no había sido obedecido. Cuanto más la ve, más deseos tiene de estar con ella y más se aleja de ti. Estás perdiendo los frutos de tu firme acción anterior y dejando que una mujer se coloque entre tu hijo y tú, arriesgando perder su cariño por los consejos que ella le da y que más tarde el niño, lleno de amor por su madre, te diga: "Tú me separaste de mi madre y fuiste duro con ella"; he ahí lo que ella le enseñará. Tu hijo, lejos de ser más feliz viéndola, es más digno de compasión que si lo hubieses alejado definitivamente de ella, rompiendo de una vez con sus costumbres. Hay casos en que es más peligroso desanudar que romper. Sus días aquí se pasan entre lágrimas, malos humores y el deseo perpetuo de escaparse para irse con ella, y este deseo no hace más que aumentar con cada visita. Es necesario, según creo, amigo mío, examinar todo eso y tomar una decisión. Es necesario que este niño, durante algún tiempo, sólo a ti pueda ver y amar, si no quieres que, poco a poco, se aparte de ti y llegue a considerarte, juzgándote por su madre, como un tirano y no como un amigo.
Es urgente también corregirle una serie de palabras y frases, a cual más grosera, y cuyo número aumenta con cada visita a casa de su madre. Es inevitable y el niño no tiene la culpa, pero éste es uno de los inconvenientes menores de esas relaciones frecuentes, aunque con el tiempo será más grave.
Tú has querido, al dar vida a un hijo, tener un amigo. No te permitas fracasar, mi Alex. Ésta es, en tu vida, una de esas cosas demasiado importantes para que lo tomes a juego y, debes afrontarla, no con desidia, sino con firme voluntad, reflexionando bien lo que debe hacerse y, una vez decidido, no desviarte bajo ningún pretexto.
Lo que te he dicho, mi ángel, lo he escrito con la misma convicción que si fuera tu esposa y ese niño fuese el nuestro. Tu hijo tiene, para muchas cosas, la razón de un niño de diez años, pero siempre y en todo creerá más a su madre que a ti.
Para evitar eso, no hay tiempo que perder, y siempre te felicitarás de haberlo separado momentáneamente de ella. Harías bien en escribirle a ella con respecto a este asunto.
Mil besos, mi ángel, y rompe esta carta."
La detestable situación, denunciada con tanta lucidez, concluyó en un penoso pero necesario proceso en 1831-1832, y a resultas del cual Dumas se quedó con el niño y lo puso en el colegio de alumnos internos Vauthier, y dos años más tarde en el pensionado Saint-Victor, el cual tenía por director a un tal señor Goubeaux y por profesor de literatura a Arthur Dinaux, colaborador de Dumas padre. El niño fue muy desgraciado.
Tal ha sido el reverso de la medalla. ¿Qué es lo que no se vuelve tristeza en este mundo, puesto que todo declina y se acaba? Pero con Dumas, lo maravilloso es que la medalla parece volverse por sí misma al derecho, y que todo vuelve a tomar ímpetu.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)