Tu m'accables d'amour! L'amour, je m'en souviens,
Pour la première fois 'sest glissé dans tes veines
Sous d'autres baisers que les miens!
Malheur! car une voix qui n'a rien de la terre
M'a dit: "Pour ton bonheur, c'est sa mort qu'il te faut".
Et cette voix m'a fait comprendre le mystère
Et du meurtre et de l'échafaud.
(¡Tú me abrumas de amor! El amor, lo recuerdo,
se deslizó en tus venas por primera vez
con besos que no eran míos!)
(¡Oh, infortunio! Pues una voz que no pertenece a la tierra
me ha dicho: "Para tu felicidad, es necesaria su muerte."
Y esta voz me ha hecho comprender el misterio
del asesinato y del cadalso).
Pour la première fois 'sest glissé dans tes veines
Sous d'autres baisers que les miens!
Malheur! car une voix qui n'a rien de la terre
M'a dit: "Pour ton bonheur, c'est sa mort qu'il te faut".
Et cette voix m'a fait comprendre le mystère
Et du meurtre et de l'échafaud.
(¡Tú me abrumas de amor! El amor, lo recuerdo,
se deslizó en tus venas por primera vez
con besos que no eran míos!)
(¡Oh, infortunio! Pues una voz que no pertenece a la tierra
me ha dicho: "Para tu felicidad, es necesaria su muerte."
Y esta voz me ha hecho comprender el misterio
del asesinato y del cadalso).
VERSOS MALOS, versos abominables en todas las acepciones del epíteto! Pero expresaban con terrible sinceridad el drama que impulsó a Alejandro Dumas, cuando se publicó Antony, a escoger como ajustado epígrafe este orgulloso desafío de Byron: "Han dicho que Childe-Harold era yo... ¡No me importa!" Veinticuatro años más tarde, en sus Memorias, declaraba con osadía: "Leed Antony... Lo que yo he sufrido, será Antony el que os lo contará... Antony soy yo, menos el asesinato; Adèle era ella, menos la huída."
El autor de Antony se presenta, pues, como el herrero que ha machacado el hierro rojo de una pasión en que ardió todo su ser. Sus versos criminales son de 1829, es decir, del período de su vida en que confesó haber sido torturado por los celos más feroces, los que inspira un marido al amante: se recordará que algunas de sus cartas hervían y temblaban de celos. Una mañana en que el marido ausente y lejano anunció su regreso a París, ¿no estuvo el amante a punto de volverse loco?
No está prohibido suponer que Dumas exagera, y que hincha hasta la hipérbole literaria su angustia y su rabia. O más bien se le conoce bastante para adivinar que el suplicio no ha durado mucho tiempo, pero que ha sido violento, y que sobre esta violencia se hizo el injerto literario. Una diferencia de importancia entre Antony y Dumas es que el primero se mantuvo dolorosamente fiel a Adèle de Hervey, mientras que Dumas no tardó en engañar alegremente a Mélanie Waldor. Pero, en fin, es innegable que formó y nutrió el drama con su sustancia personal; el drama se preparó en el corazón y la carne del dramaturgo y después, en su pensamiento, se convirtió en una especie de manzana de Newton.
La manzana cayó un día en que Dumas se paseaba por el bulevar. Experimentó una verdadera visión. Se detuvo de golpe y se dijo: "Un hombre que, sorprendido por el marido de su amante, la matase y dijese que ella le había opuesto resistencia, y muriese en el cadalso a causa de este asesinato, salvaría el honor de esa mujer y expiaría su crimen..." Por otra parte, existen algunas notas manuscritas que podrían ser de Bixio, y según las cuales fue a su autor a quien Dumas dijo: "¿Qué opinas de esta idea: un hombre que..., etc?" Lo cierto es que en seis semanas la pieza estaba escrita, admirablemente escrita, aunque con el artificio acostumbrado y algunas inverosimilitudes ¡cómo las hay en la vida!
Antony se destaca con mayor ostentación todavía que Enrique III sobre un fondo de ardor lírico y de sorpresas épicas, mezcladas a toda una comedia dramática, pues de todo eso hay en la génesis del espectáculo, así como en el éxtasis de la acogida parisiense.
Después de una lectura bastante fría ante los comediantes del Teatro Francés y una espera en la censura, los ensayos comenzaron en otoño, tan pronto como fue suprimida la censura por el Gobierno de Luis Felipe. Pero nadie tenía confianza en la pieza, ni tan siquiera el autor. A Firmin no le gustaba su papel; llamaba a Antony "un pesado", y veía en ese hombre, "sin cesar en hostilidad furiosa contra los demás hombres", un monomaníaco. Mlle. Mars, que se había gastado en vestidos mil quinientos francos" (calculen lo que sería en moneda de hoy), se empeñaba en que no se perdiese nada para los ojos, y pretendía, por lo tanto, que se esperase la llegada del nuevo lustro, prometido al teatro para dentro de tres meses. Además, tanto el uno como la otra, en lugar de desencadenar la violencia que encerraba la obra, la reprimían. Dumas retiró su pieza, encantado de que le proporcionasen pretextos, y persuadido de que la salvaba. Ahora bien, Hugo, al llevar Marion Delorme a la Porte Saint-Martin, se puede decir que había tratado al mismo tiempo en nombre de Dumas con el director Crosnier. Naturalmente, Antony tomó el mismo camino o, más bien, Dumas se dirigió al bulevar Saint-Martin, entró en la casa que tenía una salida a la calle Meslay, y llamó a la puerta de Mme. Dorval.
Marie Dorval, que acababa de pasar del melodrama al drama, brillaba por un talento que no debía nada a la tradición. "Dramática y no trágica, ella... ha sido mujer donde otras se habrían contentado con ser actrices"; y sacaba del fondo de sí misma sus entonaciones, sus gritos, sus sollozos; con una simple palabra, con una interjección, obtenía efectos electrizantes insospechados por el mismo autor. Entusiasmada con la pieza, exigió por compañero a Bocage, pues con su tez pálida, sus cabellos negros y sus ojos azul oscuro, el actor Bocage (Pierre-Martinien Tousez) reflejaba en su rostro un fatalismo byroniano y no una belleza de Apolo, como escribe equivocadamente Henri Heine en sus Lettres sur la France. Ardiente, apasionado, áspero y melancólico, tal como lo describe Gautier, constituía el tipo casi perfecto, aunque algo desgarbado, del romático sombrío y atractivo.
"Mi buen perro...", dijo Marie Dorval: esta gentileza se debía más bien al amor que a la amistad, y con causa, desde el encuentro de aquella noche en la plaza del Odeón; pero actualmente ella pronunciaba esas palabras con pesar, al pensar que era el enamorado el que venía a sorprenderla tras de seis meses de desaparición. Para ello, el momento estaba mal escogido, ya que ella trataba de rehacerse una reputación de virginidad. ¿Quién diablos la ayudaba a ello? Alfred de Vigny. Unas veces la trataba de duquesa y otras de ángel; ella pretendía estar encantada. Además, tenía otro motivo para hacerse respetar: ¿Acaso no estaba recién casada? Acababa de contraer matrimonio con Jean-Toussaint Merle, el autor dramático. "Es un medio de separarse tan bueno como cualquier otro", explicó ella. Por otra parte, Merle había tenido la buena idea de ir a descansar al campo por el momento. Por ello, cuando el visitante le anunció que venía a leerle su pieza, para ella sola, aplaudió entusiasmada.
La escena es una de las más deliciosas que contienen las Memorias: Dumas, siempre emprendedor, fue rechazado (ella llamó a su doncella), estuvo a punto de ser abofeteado a consecuencia de una galantería demasiado insolente y terminó por ser expulsado a través de una puerta clandestina para ceder el puesto a Vigny, a quien la Dorval, por esta vez, habría enviado con placer al diablo. De todos modos, Dumas fue invitado a volver en la noche, aunque con el ruego de que no la atormentase de nuevo... ¿Temía tal vez no contar con las suficientes fuerzas para resistirle? Pues en realidad amaba a Vigny y éste la adoraba. Y además, ¿es que se puede engañar a los hombres de genio? Sí, evidentemente, pero "¡peor para las que lo hacen!"
—Mi querida Marie —le dijo Alejandro—, tienes el espíritu más elevado y el mejor corazón que conozco. Chócala, desde ahora no seré más que tu amigo.
En seguida le explicó por qué Mlle. Mars no mostraba ninguna prisa en representar a su heroína.
—Ya sabes —declaró ella— que, en lo que a mi se refiere, los mil quinientos francos de vestidos salen sobrando, pero puedes estar tranquilo, ya encontraré el modo de emperifollarme... ¡Conque es una mujer de mundo, eh! ¡Qué felicidad poder representar una mujer de mundo, pero una de verdad, como tú debes saber crearlas! Yo que no he representado otra cosa más que rabaneras. Vamos, pronto, acomódate ahí, y lee.
Dumas comenzó. Impaciente, ella vino a apoyarse en su espalda para leer al mismo tiempo que él, por encima de su hombro... Terminado el primer acto, le besó en la frente. Aquello no era ningún arrebato... Pero en el segundo acto, un pecho palpitante oprimió su hombro. Una escena desgarradora entre los dos enamorados hizo caer una lágrima sobre el manuscrito, luego otra, y una tercera. El lector levantó la cabeza para abrazar a la emocionada oyente.
—¡Oh! ¡Qué latoso eres! Sigue; te has detenido cuando mayor era mi placer.
Y al final del acto, cuando la enamorada se escapa:
—¡Ah! —dijo la Dorval sollozando—, yo no me hubiera ido, ¡no! La lectura del acto tercero le causó escalofríos. En seguida dijo: —Bueno, ¿y ahora?
—¿No adivinas lo que hace Antony?
—¡Cómo! ¿La viola?
—Algo de eso, pero ella no llama a su doncella.
—¡Oh! Veo que no te andas con chiquitas...
En el entreacto, enardecida, pensaba ya en la manera como actuaría, en los gritos que daría.
En el baile del acto cuarto, en el curso del cual una mundana de corazón seco lanza un insulto apenas disfrazado a la pobre amante comprometida, Dumas sintió los latidos del corazón de la comedianta a través del corpiño apretado contra él. De repente, ella le rodeó el cuello con sus manos. Un instante después interrumpió la lectura.
—¡Maldita sea! —exclamó enfadada—. ¿Por qué te detienes?
—He parado porque me estás estrangulando.
—Vaya, es verdad. Pero es que nunca se había hecho una cosa así en el teatro. ¡Ah! Es demasiado real; es tonto, ¡pero me ahogo!
En cambio el quinto acto le pareció algo flojo. Dumas confesó que Mlle. Mars lo había encontrado demasiado duro y se lo había hecho cambiar de cabo a rabo. De común acuerdo decidieron que lo reharía. Pero ¿cuándo? ¿Dónde?
—Pues aquí —dijo ella. Se instalaría en el cuarto de Merle. Encenderían un buen fuego. Cenarían.
—¿Y si regresa Merle?
—¡Bah! ¡Ese es uno al que no tenemos por qué abrirle!
A las tres de la madrugada el acto estaba listo. A las nueve ella repasaba ya su papel con naturalidad asombrosa, real, dolorosa, punzante.
—¡Oh! Ya verás, mi buen perro. ¡Ya verás el gran éxito que tendremos!
La actriz mandó buscar a Bocage, y desayunaron; a continuación, releída la pieza y conquistado Bocage, sólo faltaba poner a Crosnier al corriente. Bocage se encargó de ello. Pero Crosnier, hombre afable y hasta espiritual, evidentemente no había nacido para entusiasmarse con Antony, por lo que las cosas permanecieron dormidas durante todo el invierno de 1830-1831. Y cuando por fin inscribió la pieza para el 3 de mayo, se negó a realizar el menor esfuerzo para la escenografía. Dumas no pudo contar más que con la fe de los actores.
Pero tanto retraso —dos años— iba finalmente a redundar en beneficio suyo. Los acontecimientos habían creado en el país una de esas situaciones febriles, muy propias para responder con inmenso eco a la rebelión elocuente de un hombre. La revolución de julio, el proceso de los ministros de Carlos X, las manifestaciones armadas de la multitud: ¿qué ambiente hubiera podido ser más favorable para el delirio individual de un bastardo, de un solitario, de un paria? Antony ha tenido la suerte de ser representado en una atmósfera de motín.
La obra conducía de nuevo al público a la Restauración. La juvenil baronesa Adèle de Hervey tiene a su marido, coronel, en Estrasburgo: ella se ha quedado en París con su hija, que no llega a los dos años de edad, y hace vida de sociedad. Sin embargo, no ha olvidado a un joven, el poeta Antony, que la amaba cuando el coronel pidió su mano, y que en esa ocasión logró que la muchacha se mantuviese vacilante durante quince días antes de dar respuesta al pretendiente. Desde entonces, el joven desapareció... Pero ahora, al cabo de tres años, ella recibe una carta suya: en ella se anuncia, va a presentarse. Encomienda a su hermana Clara la misión de recibirle y ella se escapa en un coche.
Al ir a ponerse en camino, los caballos se desbocan, pero en ese momento surge Antony y salva a la joven, aunque él queda herido. Un médico lo transporta a la casa, desvanecido, y tras de examinarlo, declara que no responde de su vida a menos que se permita al herido permanecer allí. Pero ¿ qué dirá la gente? ¡Se necesitaría una excusa!
—¿Una excusa?
Antony, que se ha despertado, desgarra el vendaje que cubre su herida. Brota la sangre, sus ojos se cierran... Al final de una escena ardiente de amor reanimado, esta frase que precede a un segundo desvanecimiento: "Y ahora, me quedaré, ¿verdad?", permite entrever el drama. Verdaderamente, era imposible intrigar con mayor fuerza al espectador, el que de inmediato se veía asaltado por estas preguntas: ¿Por qué la desaparición? ¿Por qué ese silencio de tres años? ¿Por qué la reaparición?
En el segundo acto, Adèle, cada vez más firme en su voluntad de huir, pues el deber, y hasta el afecto, la unen a su marido, no puede, sin embargo, negarse a recibir al joven, que tiene una grave revelación que hacerle: Clara ha obtenido de ella este favor. ¡Sorprendente Clara!, más cómoda para el autor que para su hermana, que le suplica: "¡Oh! Clara, ¡sálvame! ¡En tus brazos, no se atreverá a tomarme!" Por fin, he ahí al hombre temido. La entrevista a solas constituye un martirio para los dos, pero la visita de una amiga, la vizcondesa de Lacy, les proporciona cierto alivio. Alivio efímero, pues la dama evoca en su conversación el hospicio de niños abandonados, donde acaba de estar para cumplir con sus obras de caridad... Emocionado, aún más, curioso, Antony la asedia con sus preguntas: ¿puede una mujer de mundo admitir que estos infortunados se conviertan algún día en hombres como los demás? Precedida de una oleada de sarcasmos que presagian la tempestad, concreta la pregunta:
—¿Y si uno de esos desgraciados tuviese la osadía de amaros?
—El paria —contesta el mundo por boca de la mundana— debería darse cuenta de lo que le está prohibido. ¿Qué mujer consentiría...
En la penosa pausa que sigue, Antony, solo ya con Adèle de Hervey, le confiesa que él es precisamente uno de esos malditos: de ahí su desaparición. La joven acababa precisamente de adivinarlo.
—Vuestros padres —le dice— hubieran exigido un nombre... Fue por eso por lo que os pedí quince días... Existe un hombre, encargado, no sé por quién, de echarme todos los años de qué vivir; corrí a su encuentro, me arrojé a sus pies; con gritos en la boca y lágrimas en los ojos, le supliqué por aquello que le fuese más sagrado, Dios, su alma, su madre... ¡El sí, tenía madre! ¡Y que mi madre se muera! No pude sacarle nada... Salí desesperado y dispuesto a preguntar a cada mujer: "¿No es usted mi madre?"
A medida que habla se exalta. La joven le ruega que se calme, y a continuación invoca a la sociedad y sus leyes, al mundo y sus exigencias. ¿No se debe aceptarlas, aunque se tenga el deseo de eludirlas? Entonces estalla la rebelión del bastardo:
—¿Y por qué habría de aceptarlas? Ni uno solo entre los que las han hecho puede jactarse de haberme evitado una pena o hecho un favor; no, gracias al cielo, no he recibido de ellos más que injusticia, y lo único que les debo es odio... Aquellos a quienes he confiado mi secreto han arrojado sobre mi frente la falta de madre... ¡Pobre madre...! Me dijeron: "¡Desgraciado de ti que no tienes padres!" A los que oculté mi pasado me calumniaron... y dijeron: "¡Vergüenza para ti que no puedes confesar ante la sociedad de dónde viene tu fortuna...! He querido hacer ceder a los prejuicios ante la educación... Artes, idiomas, ciencias, todo lo estudié, todo lo aprendí... Insensato de mí, ¡ensanchar mi corazón para dar cabida a la desesperación! Dones naturales o ciencias adquiridas, todo se desvanece ante la mancha de mi nacimiento... ¡Tenía que decir mi nombre, y no lo tenía...!
Elocuente, desbordante de dolor, el infortunado conmueve con la injusta crueldad de su suerte, y reclama una palabra de amor. Ella no resiste ni a la piedad, ni a la pasión.
—Antony, mi Antony; sí, te amo.
Después, al despedirlo, pues la noche avanza, le murmura un "hasta mañana", un "hasta pronto". ¿En qué piensa, puesto que ha decidido salir para Estrasburgo con objeto de buscar refugio a su marido? Hasta ha garabateado una carta de adiós que informará a Antony... En ese momento viene Clara a advertirle que el coche está listo; ella parte, trastornada, llorando, casi sin saber lo que hace.
El acto tercero se desarrolla en el albergue, en un pueblecito a dos horas de Estrasburgo. Antony se ha adelantado a la fugitiva, lleno de amor y de odio por la mujer que él cree le ha engañado. Espera a su presa después de habérselas arreglado para que no haya un sólo coche ni un caballo en el pueblo. Mme. de Hervey se verá así obligada a pasar la noche en el único cuarto disponible, con el cual comunica por medio de un balcón la habitación de Antony. Él llena su espera dando tajos a los muebles con su puñal; todo el ambiente hace presagiar una tragedia... Adéle llega y toma posesión de su cuarto, está asustada y la hospedera no logra tranquilizarla del todo. De repente, en medio de la noche, un vidrio se rompe, una mano se adelanta y abre el pestillo, un hombre entra, es Antony. Pone un pañuelo sobre la boca de la mujer, la rodea con sus brazos, la arrastra...
Tras de la caída, el escándalo... En París se ha sabido o se ha adivinado, lo que de cualquier modo es bastante sorprendente. Desde luego, los dos amantes han cometido la imprudencia de regresar casi al mismo tiempo, y en el acto siguiente se encontrarán en el salón de la vizcondesa, que ofrece una recepción. ¡Apenas si se ocultan los amantes! Y la vizcondesa no se muestra severa con el amor libre...
Tiene interés la discusión que hay en la recepción de Mme. de Lacy sobre la escuela romántica. Thibaudet lo subraya en su Historia de la literatura francesa: Dumas, escribe, "se atrevió a enlazar, como Molière en El misántropo, las escenas de discusiones literarias con la acción, y al igual que Molière, las hizo contribuir a la acción". Dumas, en efecto, no es hombre para extraviar un acto en la digresión, como se asombra de que Hugo lo haya hecho varias veces, particularmente en Hernani, con el monólogo de Carlos V. Para él, la conversación, como el lirismo, aunque los acepta, sirven para impulsar la marcha del drama. Si un poeta se queja en casa de Mme. de Lacy de que las pasiones sean cada vez más raras y enrarezcan el material literario, es que constituye un medio fácil de iniciar el diálogo que va a triturar a Adèle de Hervey y a perderla.
—Hay todavía —dice una mujer desagradablemente maligna— amores profundos que una ausencia de tres años no puede apagar, caballeros misteriosos que salvan la vida a la dama de sus pensamientos, mujeres virtuosas que huyen del amante y, como la mezcla de lo natural y lo sublime está a la moda, escenas más dramáticas por haberse desarrollado en un cuarto de hostería. Yo pintaría una de esas mujeres.
Antony recorre con su mirada el salón: como la víbora no tiene marido ni hermano a quien pedir satisfacción, adopta la resolución de apoyarla con una fogosidad primero irónica y después estrepitosa, a fin de aplastarla de modo más definitivo:
— Sí, la señora tiene razón, y ya que ella se ha encargado de trazaros el aspecto general de la cuestión, yo, por mi parte, me encargaré de daros los detalles... Sí, yo tornaría a esta mujer inocente y pura entre todas las mujeres y mostraría su corazón amante y cándido, ignorado por esta sociedad falsa, de corazón gastado y corrompido; para comparación la enfrentaría con una de esas mujeres cuya única moral es la astucia, que no huiría del peligro porque está familiarizada desde hace tiempo con él, que abusaría de su debilidad de mujer para destruir de manera cobarde la reputación de otra mujer; probaría que la primera de las dos, que será la comprometida, es la mujer honrada, ya que su situación no se debería a la falta de virtudes, sino a la falta de costumbre... Y después, ante la sociedad, pediría justicia a las mujeres de este mundo, en espera de que Dios se la concediese en el otro.
Después de lo cual la literatura tiene que ceder el lugar a la contradanza, y Antony es el primero en dar el ejemplo. Pero hombres y mujeres se dispersan en torno de Adèle, que queda aislada. Entonces, en el tocador, donde la buena vizcondesa la deja a solas con Antony, se desarrolla una admirable escena compuesta de quejas y temores, en torno al leitmotiv de la frase que Adèle imagina en todos los labios: "Es su amante", pero que termina en un abrazo lleno de confianza y de consuelo; la única escena dulce y tierna de esta pieza, que en todas las demás no es más que una sucesión de violencias y crueldades o, como lo dijo el Fígaro de la época, "huele a dormitorio"... A pesar de ello, Adèle hubiera preferido que su amiga, la protectora que surge de repente, no la sorprendiese en los brazos de su amante... Mme. de Lacy pensó que no había tiempo que perder, pues con ella viene el criado que Antony había enviado en la vieja berlina a Estrasburgo para vigilar los movimientos del coronel de Hervey, y que ha regresado a toda velocidad para advertirle que el coronel llegará a París dentro de pocas horas... Adèle se ha marchado ya para su casa. "¿Llegará a tiempo?", exclama el amante...
El último acto transcurre en la casa de Mme. de Hervey, en su alcoba, donde ella se entrega a la desesperación. Antony irrumpe y la exhorta a huir. ¿Abandonar a su hija? Ella se niega, pues no quiere desesperar a su marido. ¿Afrontar al marido? Ella titubea. ¿Morir con su amante? Sería arrojar la deshonra sobre la niña... En ese momento golpean la puerta de entrada; en seguida, mientras alguien grita ante la puerta del dormitorio: "¡Echad abajo esta puerta!", los amantes inician trágico diálogo. Ella reclama la muerte:
—¡Mátame, por piedad!
Si la muerte pudiese salvar su reputación, ella la pediría de rodillas.
—¿Y en tu último suspiro, no odiarás a tu asesino?
—Le bendeciría... Pero date prisa, esa puerta...
—No temas, la muerte llegará antes que él... ¿Pero ya has pensado, la muerte?
—Te la exijo, la quiero, te la imploro.
Ella se precipita en sus brazos.
—Vengo a buscarla.
Antony le aplasta la boca con un beso y después dice con furia: —¡Pues bien, muere!
Y la apuñala en el instante mismo en que, hundida la puerta, entra el señor de Hervey. Adéle se ha desplomado sobre un sillón.
—¡Infame! —exclama el coronel—. ¡Cielos! ¿Qué veo..., qué veo...? ¡Adéle... muerta...!
Antony arroja su puñal a los pies del oficial:
—Sí, ¡muerta! Se resistía y por eso la asesiné.
El efecto que produjo esta pieza tempestuosa y dura sobre el público de la época es fácil de adivinar. En la sala estaban todos los rostros huraños, todas las cabelleras extravagantes, todos los peinados de jirafa, todas las mangas de farol, todos los calzados de coturno, todo el romanticismo acostumbrado al teatro. Pero también había gente sin prejuicios, todo corazón y nervios, dispuesta a entregarse a la Dorval y a Bocage. Con dos o tres entonaciones admirablemente ajustadas, de la Dorval, con el "Y ahora, me quedaré, ¿verdad?" de Bocage, la cortina pudo caer al final del primer acto en medio de los aplausos. En el segundo acto, Bocage se apoderó del público con su aire de héroe desconocido. En el tercero, la Dorval sacó un partido extraordinario a frases muy simples, pero explosivas y rebosantes de dramatismo: "Pero es que no cierra esta puerta", o "¿Nunca ha ocurrido un accidente en su hotel, señora? La escena, dispuesta de un modo brusco ante la violación inminente, impuso completo silencio en la sala, que instantes después estallaba en aplausos y aclamaciones.
En el entreacto, Dumas no se resignaba a dejar sola a la actriz en su camerino; mientras tanto, el director de escena la llamaba para el acto cuarto. La Dorval por fin logró expulsarlo, empujándolo hacia la puerta en tres ocasiones con sus labios. Sin valor para afrontar las primeras escenas, salió del teatro y encontró a Bixio, con quien dio un paseo por el bulevar del lado de la Bastilla. En el camino charlaban y reían como colegiales. ¡Ah! Recuerden: aún no tenían treinta años... Sin embargo, regresaron a tiempo para la escena del insulto de la mundana. En esta escena y en las dos siguientes, la Dorval se elevó a las mayores alturas de lo patético. "¡Cuánta verdad en sus gestos, en sus ademanes, en sus miradas, cuando, desfallecida, se apoyaba contra algún mueble, se retorcía los brazos y levantaba hacia el cielo sus ojos de azul pálido anegados de lágrimas! ¡Y de qué modo aun en medio de este amor desatinado, de esta embriaguez culpable, seguía siendo una mujer honrada, una dama! Este amante, todo el mundo lo sentía, debía ser único, y ese corazón destrozado por la pasión no podía albergar ninguna otra imagen."
Dumas, comprendiendo que no se debía dejar enfriar al público, y que una larga interrupción sería peligrosa, gritó a los tramoyistas: "¡Cien francos si levantan el telón antes de que hayan cesado por completo los aplausos!" ¡Ganados! Aún se aplaudía cuando resonaron las tres llamadas. El momento de angustia de los dos amantes al final de su destino fue también un momento de angustia para el autor, pues Bocage se olvidó del movimiento que debía dar vuelta al sillón para que Adèle pudiera desplomarse. ¡Pero una Dorval no se preocupa por tan poca cosa cuando está poseída por la pasión! En lugar de caer sobre el cojín, se golpeó contra uno de los brazos del sillón ¡y arreglado! Al caer lanzó su grito de desesperación —¡Pobre de mí, estoy perdida!— con una entonación de dolor tan punzante, que todo el público se levantó. Por último, en el desenlace, las palabras postreras de Antony, no obstante indispensables, y que respiran, decía Gautier, "el amor más caballeresco", apenas se oyeron en el tumulto de los gritos lanzados por los espectadores electrizados. Se exigió la presencia del autor, en los pasillos lo reconocieron y se abalanzaron sobre él, y le desgarraron los faldones de su levita. ¡Qué lástima! Con el cuidado que había puesto en su atavío: levita azul ajustada al talle, chorrera de encaje que surgía del cuello, pantalón de fina lana sujeto por charoladas botas; en la mano llevaba una chistera de castor dorado...
No faltan los testimonios escritos de un triunfo sin precedentes en el teatro. El de Teófilo Gautier bastará: "Ninguna exageración —subraya— podría describir lo que fue aquella velada. El público parecía presa del delirio; aplaudía, lloraba, rezaba, gritaba. La tempestuosa pasión de la pieza había incendiado todos los corazones."
¿Qué hubiera ocurrido (no es posible imaginárselo) si el público se hubiese enterado esa noche que el puñal empleado por Antony era de verdad?
Un pequeño puñal italiano del siglo XVI que Bocage había admirado en casa de Dumas la víspera de la representación y que pidió prestado para matar a Adèle de Hervey. "¡Bueno!, dijo Dumas, pero acuérdese de prevenir a Mme. Dorval." Bocage lo olvidó, no la previno, y en la noche del día siguiente, arrastrado por la emoción, embriagado por el éxito, fue demasiado lejos e hirió a la actriz, ¡que lanzó un grito maravillosamente apropiado a la circunstancia! Al ser llamados de nuevo a escena para recibir los aplausos del público, ella tenía su mano izquierda sobre el corazón, con objeto de que no vieran las gotas de sangre sobre su peinador blanco.
Las condiciones sociales han cambiado de tal modo en ciento veinte años que el propio asunto de Antony constituye una desventaja. Sin embargo, esto no atañe más que al asunto ocasional, pues el asunto esencial sigue siendo la pasión amorosa que aprisiona y mata. Este asunto, Dumas lo ha tratado con arte sumario, pero vigoroso. Cierto, los temas más corrientes del primer romanticismo se encuentran ahí, y expuestos de un modo prosaico, vulgarizados; pero ¿acaso Dumas no los ha incorporado a una anécdota muy humana? También es verdad que ciertas réplicas —"Preguntad a un cadáver cuántas veces ha vivido", "Eres mía como el hombre lo es del infortunio"— nos hacen reír: pero ese fue el lenguaje literario de la época.
¿Ridículo Antony? Mucho menos que Didier o Ruy Blas. ¿Frenesí inverosímil? Frenesí verdadero, efecto histórico de la Revolución, del Imperio y de las luchas de 1830. ¿Peripecias excepcionales y alocadas? Tal vez. Locuras de juventud, en todo caso. ¡El que es joven arriesga todo, giour, como decía una espectadora pasmada! ¿Desenlace odioso y grotesco? Nada de eso. André Bellessort tuvo la idea de compararlo con el de un caso escandaloso que apasionó a Argelia hacia 1890, el caso Chambige, en el que Paul Bourget se inspiró para su Discípulo. "El joven que sobrevivió a la mujer hallada muerta junto a él afirmaba ante el tribunal que ella se había matado voluntariamente, lo cual era denunciar la falta de la joven, esposa y madre, que pertenecía a una familia muy honorable. El fiscal de la República concluyó, si no me equivoco, su violenta requisitoria comparando esta defensa del acusado con la generosidad romántica de Antony."
Se ha hablado de un defecto en la construcción de la pieza... En efecto, el mundo estaba enterado de las relaciones entre los amantes. Aunque el coronel se callase, ¿hubiera sido posible evitar el escándalo? ¡De acuerdo! Pero esto no contradice el hecho de que por su crimen, Antony arroja sobre sí toda la infamia, y que Adèle se convierte en una víctima digna de lástima: con lo cual aquél se revela como hombre de honor dispuesto al sacrificio.
Desde luego, Antony es un drama, es decir, un mecanismo de relojería que superpone a las horas, de un modo arbitrario, las turbulencias pasionales. Y bien, ¿no es acaso un tipo de teatro del que las obras de Henry Bernstein han sido las últimas representantes, tipo que debía ilustrarse con nombres famosos, modelo de la pieza moderna, en suma, cuya invención sucedió a la del drama histórico, y que se libera del pasado por el asunto, las ideas, los personajes, el lenguaje y las costumbres? Y tal vez baste para ver en Antony el comienzo del drama moderno, el que Dumas, indiscutiblemente el primero, haya en él "enarbolado la bandera del adulterio", según la expresión de Champfleury, que titula valientemente todo un capítulo de historia literaria "El adulterio en 1830."
¿Drama de tesis entonces? Nada de eso, y felizmente, puesto que el adulterio, al cual ha revestido de grandeza, está hoy, como dijo Robert de Flers, "tan aburguesado como el matrimonio". Es, por el contrario, llama de vida individual, explosión de elementos, densidad concreta y, por otra parte, según las propias palabras del autor, "escena de amor, de celos y de cólera en cinco actos". Antony no es un Saint-Preux, ni tampoco un Byron, sino el contemporáneo exacto de Julien Sorel. Constituye la afirmación del derecho absoluto del amor y de toda la persona humana, hasta la ruptura con la sociedad y con la moral. Pero no es un mediocre, un apocado; tiene un puño tan vigoroso como el corazón valiente. Llega hasta el crimen.
El teatro de Dumas, decididamente, es arrebatado y diabólico. En el drama histórico, esta cólera enfrenta a unos personajes contra otros y el autor se sirve de la historia para tratar de eternizar la anécdota. En el drama moderno, la cólera se abisma en un alma individual, y es entre ésta y la sociedad, o con mayor exactitud, entre ésta y el "mundo", como el rayo entre la nube y el sol: se descarga y mata todo lo que encuentra.
De modo que la verdadera, la incomparable novedad de Antony fue quizás la violencia. Violencia de las situaciones, de las peripecias, de los diálogos, y que estalla bajo un armazón construido con audacia inflexible, a fin de poder resistir, podría decirse, a la deflagración prevista y suscitada.
Cuando el Teatro Francés quiso, en 1834, reponer Antony, un artículo del Constitutionnel denunció la pieza como inmoral. Thiers era entonces ministro del Interior. El académico Antoine Jay, autor del artículo, denunciaba las piezas como Thiers reprimía las insurrecciones. El 28 de abril, dos semanas después de las terribles sublevaciones de Lyón y de París, el ministro prohibió la pieza, y la prohibición no fue anulada hasta el final del Segundo Imperio. Se ha sabido por una nota de Marie Dorval, encontrada después de su muerte en uno de sus álbumes, que ella envió al señor Jay una corona de rosas en una caja de cartón, junto con una pequeña carta, todo sujeto por un lazo blanco. La misiva decía:
Señor: He aquí una corona arrojada a mis pies en Antony; permitidme depositarla sobre vuestra cabeza. Os debía este homenaje.
Nadie mejor que yo sabe
hasta qué punto la habéis merecido.
El académico devolvió la caja, la corona y la cinta blanca, acompañadas de esta nota:
El epigrama es bonito y, puesto que falló el blanco, su buen gusto me impulsa a guardarlo. En cuanto a la corona, pertenece a la gracia y al talento, por lo que me apresuro a devolverla a sus pies.
30 de abril de 1834.
Al parecer no carecía de humorismo el autor de la Conversion d'un romantique.
La interdicción costó a Josulin de La Salle, entonces administrador de la Comedia Francesa, diez mil francos que el tribunal del Sena, en su audiencia del 14 de julio de 1834, le condenó a pagar como daños e intereses a Alejandro Dumas; lo cual venía a aumentar los ingresos recibidos durante ciento treinta noches (cifra inaudita para la época). Antony se había convertido en la pieza obligada de todas las representaciones benéficas. Fue en una de ellas, ofrecida por Mme. Dorval y Bocage en el teatro del Palais-Royal, cuando se produjo un incidente revelador. Un error de los tramoyistas o del director de escena hizo caer el telón en el momento en que Adèle es apuñalada, y cortó la frase final y fatídica: "Se resistía y por eso la asesiné."El público se la sabía de memoria, pero deseoso de escucharla y empeñado en no verse frustrado, comenzó a reclamar con tales rugidos, que hubo que levantar el telón de nuevo. La Dorval había vuelto a su pose de muerta, pero Bocage, furioso por habérseles cortado la frase, había regresado a su camerino y se negaba a salir. El público se enfadó y amenazó con romperlo todo. Al ver esto la actriz se sobrepasó. Levantó la cabeza, se puso en pie en medio del silencio milagrosamente restablecido, caminó hacia el proscenio y, allí, heroica, exclamó: "Señores, ¡le resistía y por eso me asesinó!" Atronadores aplausos fueron la recompensa de su buena voluntad y de su ingenio, o quizás (¿quién sabe?) al público le agradó la variante...
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)