A menudo se ha puesto en duda el valor literario de las novelas históricas. Donde este absurdo estalla más fuerte es cuando la novela y la historia se concuerdan para ofrecernos lo increíble, que hay que creer. Ahí, en efecto, las dos se multiplican una por otra. La extrañeza de lo real en el pasado, la sorpresa de los extraordinariamente verdadero, ¿no es lo que hace uno de los atractivos de la historia bien hecha? Ahora bien, a esta sorpresa que la historia provoca, Dumas añade una narración sugestiva, es decir, hace bascular el pasado más extraordinario en lo tangible, poniéndolo muy cerca de nosotros. Entonces se impone la sorpresa histórica, la tocamos y nos sentimos —en el sentido más fuerte de la palabra— encantados.
El milagro se produce para escenas y situaciones: dos princesas en el tiempo de Ronsard y de Du Bellay compran al verdugo las cabezas de sus amantes decapitados para hacerlas embalsamar (La reina Margarita); Bussy batiéndose solo contra quince o dieciséis hombres y llegando a vencerlos (La dama de Monsoreau); M. de Saint-Luc, haciendo oir a Enrique III, por la noche, de una habitación vecina, la voz, simulada, de un ángel que le reprocha sus faltas y lo aterroriza. Tantas anécdotas que el poder persuasivo de la novela no está de más para "hacer pasar".
El milagro se produce también para los caracteres. Para ninguno con más evidencia que para Chicot, el bufón del rey Enrique III en La dama de Monsoreau, sorprendente y casi "imposible" de valor físico, de lealtad inteligente y de seriedad política bajo las apariencias de su verbo bufón. Ahora bien, este ser singular y mítico ha existido, ha vivido. Se llamó Antonio Anglarez y debe a sus dotes de burlón el sobrenombre de Chicot (sinónimo de bufón y arlequín en la lengua antigua) . Era natural de Villanueva de Agen. Correo de Honorato de Saboya, Catalina de Médicis y Carlos IX lo apreciaron, porque le gustaba galopar, batirse y bromear. Enrique III lo tomó a su servicio; el pueblo lo quería y fue de los que aconsejaron la misa a Enrique de Navarra; los cupletistas lo conocían y apreciaban:
Brantôme, en Las damas galantes, da muestras de su sorprendente libertad de lenguaje; Pedro de l'Estoile asegura que Enrique IV "no encontraba nada de malo a todo lo que él decía"; los libelistas pusieron bajo su nombre los más mordaces libelos. Dumas lo reunió todo e hizo a Chicot un retrato tan magnífico que diríase tallado en plena imaginación... Hay que reconocer que el novelista se complacía en agrandar su importancia, tal y como le hace definirse a sí mismo ante un juego de ajedrez, con la más bella de las impertinencias:
"—Sí, es mi rey lo que me inquieta; usted sabrá, Sr. Aurill, que en el ajedrez el rey es un personaje necio, muy insignificante, que no tiene ninguna voluntad, que no puede hacer más que un paso a la derecha, un paso a la izquierda, un paso adelante y un paso atrás, mientras que está rodeado de enemigos muy ágiles, de caballos que saltan tres casillas de un golpe, una muchedumbre de peones que lo rodean, lo acosan, lo persiguen, de manera que si está mal aconsejado, ¡señor mío!, en poco tiempo es un monarca perdido. Bien es verdad que tiene su alfil que va y viene, que trota de un lado al otro del tablero, que tiene el derecho de ponerse delante de él, detrás o a su lado; pero no es menos cierto que cuanto más abnegado es a su rey, más se aventura él mismo, señor Aurilly; y actualmente, le confieso que mi rey y su alfil están en una situación de las más peligrosas."
Ahí vemos cómo la novela y la historia, al unirse, han podido engendrar el interés nuevo y original propio a la novela histórica. Pero en Dumas difiere del que ofrece Hugo en Nuestra Señora de París, puesto que Dumas recurre en sus primeros planos a los más grandes personajes. Difiere aún más de Cinco de marzo, de Vigny, tan aburrido, y de la Crónica de Merimée. ¿Puede compararse acaso un hijo único, solitario y delgaducho, a una familia tan numerosa y potente?
Hay, naturalmente, en Dumas un incontestable desecho folletinesco. Es el reverso de la obra. Pero ésta tiene un anverso.
La solidez literaria de las novelas históricas de Dumas tiene su fuente en los destinos y cruces de destinos que hacen de la vida, vista a través de los relatos del novelista, un teatro maravilloso. Dumas ha realizado su obra gracias a su genio para ensamblar y construir. Y, sin embargo, ¡qué dispersión de materiales! Esas revoluciones de palacio y esas manifestaciones callejeras, esos tronos amenazados, salvados o perdidos, esas conspiraciones y revoluciones, esas intrigas y sus desenlaces, esas cruzadas y sus catástrofes, tantos avatares amorosos, tantos duelos... Dumas ha reunido, colocado, unido, interpuesto todas estas piezas como un prodigioso maestro Jacques de la construcción, es decir, arquitecto y contratista alternativamente, carpintero, albañil, todo. Ha sabido amalgamar todas las pequeñas y grandes intrigas de la corte y de la villa, de la paz y de la guerra.
No hay más que abrir una novela de Dumas, escogida al azar, para darse cuenta de su maravillosa intriga: La dama de Monsoreau, por ejemplo. Enrique III y su hermano el duque de Anjou viven en completa rivalidad, lo que trae como consecuencia el enfrentamiento mutuo entre los guardias del rey y los favoritos del duque, cuyo jefe es Bussy d'Amboise. Asaltado un día en París por sus adversarios, Bussy, herido, encuentra asilo en una casa donde vive secretamente Diana de Meridor, que lo deslumbra con su belleza. Recogido, curado, después llevado a la calle por la noche durante un desmayo, no tendrá más que un pensamiento: encontrar la casa misteriosa, la bella aparición. Ahora bien, si Diana vive escondida lo es por los cuidados del conde de Monsoreau, montero mayor. En una fiesta dada en Anjou, Diana tuvo la desgracia de agradar al duque. Desde aquel momento estaba amenazada, y su padre la hizo huir; pero los hombres del duque la raptaron. Monsoreau, habiéndola liberado con el apoyo del padre, la urgía a casarse con él, único medio, según él, de escapar al poderoso y enamorado príncipe. Mientras tanto, el príncipe ha vuelto a ver a Diana en la iglesia y siguiéndola descubre su morada; compra a su dama de compañía y obtiene de ella una llave que confía a Bussy para hacer un reconocimiento y prepararse a desembarazarse del celoso. Bussy penetra en la casa sin reconocerla, pero ve a la joven dama tan ansiosamente buscada. Declina su nombre: ¿Quién no admira su reputación? Se une con ella de corazón... ¡Mas, ay, desde la víspera es ya señora de Monsoreau! Habría que seguir ahora en los dédalos de la narración los actos de Monsoreau, hombre del duque de Anjou, agente principal de los príncipes loreneses, conspirador contra los Valois, y por ellos toda la larga intriga que nos pondría en contacto con la Liga y con Enrique III, con el bufón Chicot y el monje Gorenflot, con la duquesa de Montpensier y los monjes ligueros...
Al interior de construcciones de esta envergadura, tan amplias que parecen monumentos, pero tan precisas que hacen pensar en la maquinaria de un reloj, cada episodio, cada movimiento tiene la resistencia de una piedra bien colocada y la finura de un engranaje de relojería. En la misma novela, La dama de Monsoreau, sigamos al excelente Aurilly, factótum del duque de Anjou, que busca en el Louvre a su amo, detenido por orden del rey y guardado por sus pupilos. Naturalmente, le dicen, su alteza está aquí. Pero tiene que atravesar la antecámara y varias habitaciones. Chicot finge estudiar un problema de ajedrez y lo detiene con sus bromas; después va a parar con Quelus, que juega al boliche; luego es Schomberg que se divierte con una cerbatana, y los dos lo retrasan con su amable conversación. Por fin, llega a la pieza donde otros dos favoritos del rey lo adulan, lo confunden, se burlan de él, hasta que el duque exclama: "¿No ves, pues, que estoy prisionero?" Los jóvenes se lo han jugado, pasado como por un mecanismo, pero viviente, en carne y hueso. Es todo un ritmo. Es el ingenio. Admirablemente presto para el cine.
Dumas es lo contrario de un analista. Pinta, evoca con los gestos, con las palabras, con los diálogos. En esta literatura de gran ilustrador, todo es movimiento, todo son imágenes en acción, con los menores comentarios posibles: detendrían su propia marcha. Por eso el novelista entretiene por la marea de su duración el milagro incesante de la vida.
Otro motor fundamental de las ficciones de Dumas con base histórica está en su prodigiosa imaginación que inventa tanta cosa imprevista y sorprendente. Los necios que lo denigran, ¿no ven acaso su poder de demiurgo? El crea sin cesar multiplicando las peripecias más inesperadas; sobre el plan de la fábula novelesca desborda de ideas. Acordémonos de la caza del jabalí en La reina Margarita, esa escena donde Enrique de Navarra salva al rey que su hermano dejaba matar; ¡qué castillo de fuegos artificiales! Con su brillo dramático, su cortesía burlona, sus palabras de doble sentido. Otra novela, otro género de episodios: en El caballero de Harmental, el alistamiento del capitán Roquefinette al servicio de la conspiración. La buhardilla alquilada donde vive el caballero disimulando su calidad y sus planes habrá sentido pasar al capitán como una violenta corriente de aire. Los dos hombres empiezan por beber un vino tan rico bajo un techo tan pobre que Roquefinette comprende en seguida su procedencia. Por otra parte, los elementos de la situación, valor, riqueza, pobreza, gustos delicados, camaradería de armas, se han mezclado maravillosamente y la operación ha sido un éxito. Pero no le parece inútil, al espadachín, probar la grandeza de alma de su nuevo amigo, de su inquietante tentador. Entonces encuentra el medio de explicarle la horrorosa ejecución de otro caballero, de otro conspirador, Luis de Roban, decapitado bajo Luis XIV por el verdugo inhábil. Naturalmente, el capitán no parece tener la intención de establecer la mayor relación entre las dos aventuras, y Harmental no ha dicho esta boca es mía, pero pensará en la siniestra evocación. He ahí, pues, el posible desenlace, dice entre sí. El novelista ha tejido la escena como un soldado.
A veces no se trata de nada más que de cosas deliciosas, pero vivas como una provocación de coqueta. Tomemos una página al azar. Abramos, de El collar de la reina, la escena donde María Antonieta, entusiasmada ante la idea de patinar en la fuente de los Suizos en medio de la más brillante juventud, siendo, ella misma, joven y bella, ofrece una taza de chocolate a su dama de honor y al hermano de la dama, que llega de la guerra de América. Tiene prisa de encontrarse libre, mientras ellos se queman el paladar. Llena una segunda taza:
"Vamos, vamos —dice riendo—, usted es soldado y como tal acostumbrado al fuego; quémese gloriosamente, no tengo tiempo de esperar." Pero ella vigilaba al joven soldado, no lo perdía de vista y su risa redobla. "Tiene usted un perfecto carácter", dice concluyendo.
Son esas ideas de narrador excelentes sin ningún lugar a dudas, pero que no tienen nada de extraordinario. La imaginación de Dumas puede ir todavía más lejos, hasta el encuentro sorprendente, hasta la peripecia milagrosa. Yo no hago alusión, ni mucho menos, a incidentes folletinescos por más afortunados que sean, tales como el muro que cede detrás de Bussy acorralado por cinco espadachines y que es una puerta disimulada por la cual escapará, o el montero mayor apareciendo tras de una trampa ante los ojos de los guisardos que conspiran en la capilla de Santa Genoveva, salida y entrada mágicas. Las invenciones por las cuales Dumas da la idea de un verdadero genio, vienen de más profundidad, o más bien parece ser que del cielo. Es consagrado como un buen verso. Vemos un ejemplo insigne en el capítulo III de El caballero de la Maison Rouge: Maurice Lindey, teniente de la Guardia Nacional, encuentra en la noche del París revolucionario una desconocida que no tiene su carta cívica. Le ayuda, le ahorra detenciones y la acompaña hasta su barrio. Era muy bella, él quisiera volverla a ver: "¡Jamás!", protesta ella; sin embargo, lo miraba con una expresión indefinible; ella misma no había escapado a la sensación que inspiraba. Le hace jurar sobre su honor tener los ojos cerrados a partir del momento que dirá hasta contar sesenta segundos.
—Pero... ¿mi palabra de honor? ¿Y qué pasará si juro?
—Pues pasará que yo le probaré mi reconocimiento como no lo he hecho con nadie...
Lindey jura, pero pide a la joven dama que le deje verla una vez más. Ella levanta su capuchón.
—¡Oh! Qué bella es usted, muy bella, demasiado bella.
—Cierre los ojos...
Cuando había obedecido, ella le tomó sus dos manos entre las suyas y lo volvió hacia la dirección que ella quería. De pronto, sintió como un calor perfumado acercarse a su cara, después una boca abrió la suya, dejándole entre los labios el anillo que había rechazado hacía un momento. Fue una sensación rápida como el pensamiento, abrasadora como una llama. Sintió una conmoción rayana en el dolor, por lo imprevisto y profundo, que le hizo estremecer sus fibras más secretas. Respetó su juramento, y al abrir los ojos no vio a nadie, sólo oyó una puerta cerrarse... La continuación es el desarrollo del complot tramado para hacer evadir los prisioneros del Temple; la desconocida venía de una cita política que le había permitido hacer entrar a Maison-Rouge en París, y Maurice Lindey es un amigo de la Revolución: este episodio abre el extraño camino que lo apartará y lo volverá contra los revolucionarios. Dumas, ¿no ha encontrado ahí, en ese beso, en ese anillo humedecido por labios deseados, un ardiente y mágico principio de novela?
Todo ha sido dicho sobre los diálogos de Alejandro Dumas. Saltan como sobre las tablas de un teatro. Unas veces trabando combate individual de hombre a hombre hasta su extremo límite con la conveniencia social, y otras se recrean en alusiones y en vueltas alrededor del tema. Muy a menudo, entre dos o más interlocutores, hay uno que lleva el juego o la disputa, que tiene el monopolio de la imaginación, como Chicot. Es inaudito, ¡qué tala!, ¡qué viveza! Da vueltas y revueltas al adversario en la parrilla, incluso cuando se trata del rey, y cuando es otro, lo pica, lo levanta, lo tira, lo vuelve a coger, lo abate con tanta inspiración brusca como presencia de espíritu. Hay en ello una chuscada en preparación. Más raramente, la inspiración está dividida, igual de los dos lados y, en una situación dramática, en un encuentro trágico, hiere de pronto y da la impresión de hacer sangrar.
No es precisamente que la inspiración y el diálogo sean siempre la punta de la espada o un arma de fuego. También saben deslizarse lentamente a la simple agudeza de conversación. Dumas encuentra para las conversaciones de sus héroes atenuantes cual floretes con botón y, a menudo, entre hombres y mujeres, palpitaciones y agitaciones fuertes. Todas sus novelas palpitan de ello. Una relectura de ellas nos traería cien testimonios. He aquí uno. ¡Cómo no sonreir con regocijo ante las palabras que cambian, en El collar de la reina, el cardenal de Rohan y la condesa de La Motte, una noche en que el cardenal, a pesar de estar tan enamorado de la reina, es tan mujeriego, que cae a los pies de Jeanne!
—Usted pide limosna —dice ella.
—Y yo espero que usted me la dé.
—Día de largueza —respondió Jeanne—; la constancia de los Valois ha tomado rango, ella es una mujer de la Corte; dentro de poco contará entre las mujeres más orgullosas de Versalles [alusión a su pretensión de descender de los Valois y al favor que acaba de obtener de ser presentada en la Corte]. Ella puede, pues, abrir su mano y tenderla a quien le parezca bien.
—¿Aunque, fuese a un príncipe? —dice M. Rohan.
—Aunque fuese a un cardenal —responde Jeanne.
El cardenal apoyó un largo y ardiente beso sobre la bella y provocadora mano; después, consultando con sus ojos la mirada y la sonrisa de la condesa, se levantó. Y pasando a la antecámara, dijo unas palabras a su criado.
Diez minutos después, se oyó el ruido del coche que se alejaba. La condesa levantó la cabeza.
—Condesa —dijo el cardenal—, he quemado mis naves.
—No hay gran mérito en ello —respondió la condesa— , puesto que está usted en el puerto.
Se adivina después de esto el pintor de costumbres. Cuando madame de Chevreuse, en Veinte años después, conoce por el conde de la Fère que Raúl, el vizconde de Bragelonne, es su hijo, ¡qué nobleza en la escena, qué encanto de verdad humana, afinado por las delicadezas de la sociedad! En la misma novela, la reunión en casa de Scarron, donde se trama bajo cubierto literario y libertino un complot contra Mazarino, hace moverse, danzar y brillar de ingenio, un salón de la época. Tiene su equivalente en El vizconde de Bragelonne: Fouquet divirtiéndose con sus poetas amigos.
A. de Pontmartin y Sainte-Beuve tenían razón. "¡Qué inspiración en el diálogo! —dice el primero—, los personajes están en su propio papel, se les ve trabajar, se les oye hablar." Y el segundo: "De todos los novelistas de folletín, el mejor es Alejandro Dumas, por su inspiración inagotable y su ardor." Pero sobre el particular que no se les hable de sus conocimientos amorosos, ¡como si la vivacidad, la justeza, la inspiración del diálogo pudiera estar carente de psicología! Hay palabras reveladoras. Cuando a Ketty, la criada de Milady, D'Artagnan le pide ayuda para suplantar a su rival cerca de su ama y la joven, enamorada y enardecida por un beso, se niega respondiendo: "En las cosas de amor, cada uno para sí", ¿acaso esta declaración, ingenua y descarada a la vez, no tiene una fuerza sutil de exacta psicología? Si Bussy, afrontando un peligroso ataque de sus enemigos,
lleva al novelista a decir: "Hay para el corazón valiente, al acercarse el peligro que adivina, una exaltación que lleva a su más alta perfección la acuidad de los sentidos y del pensamiento", esta observación no es más que una de tantas que se podrían citar. Hay en Dumas una psicología de la bravura, una del amor y otra de la amistad.
Hay incluso una psicología sobre lo picaresco, de lo cómico que la naturaleza del hombre lleva en ella, en sus debilidades innatas y que salen o estallan en el momento que las circunstancias se prestan a ello. La escena del consejero Broussel transformado en falso héroe por los intereses de la Liga, en Veinte años después, es una ilustración digna de acompañar una página famosa de las Memorias de Retz. A veces esas comedias se transforman en comedias de caracteres; expondré como testimonio de ello el fin de Mazarino en El vizconde de Bragelonne, su confesión molieresca, su entrega al rey.
Los personajes de Dumas ¿tendrían tanta vida si nosotros no nos identificásemos en ellos, aunque fuese por contraste? Jacques Laurent lo ha notado: "El genio de Dumas consiste en permitir a verdaderos caracteres identificarse con la aventura." Naturalmente, caracteres de cierta especie, es decir, con el empujoncito que los hará un poco más grandes que al natural, que les mostrará el anverso refulgente y esconderá furtivamente el reverso, de manera que Bussy será un héroe perfecto, Diana una mujer ideal... No siempre, sin embargo. Entre sus reyes, sus princesas, sus marqueses y sus condes, Dumas hace abundar los versátiles, los perversos, los crueles. Pero con el más admirado de todos, el más querido, D'Artagnan, se manifiesta todavía mejor el Dumas psicólogo. Ahora bien, D'Artagnan, lejos de haber sido creado de una sola pieza, aparece suavizado de toda una complejidad. Valiente, no temerario, muéstrase a veces calculador, tiene ambición y orgullo, no es un escrupuloso sin reproche, y es indelicado con Milady. Lleno de valor y de abnegación, no duda en humillarse para confundir a un insultador, M. de Vardes, y se acusa, en confesión pública, ante una pequeña asamblea de valientes. Él ha tenido que forjarse una educación, e incluso adquirir ciertas nociones de honor. Al envejecer ha moderado su ímpetu; hablador, termina por callarse; revoltoso, renuncia a jugar.
A los cuatro Mosqueteros corresponden, por resplandecer a través de varios libros, prodigiosos hechos de armas. Hay una belleza en la estocada bien dirigida, en la respuesta fulminante y afortunada, una belleza del riesgo asumido, del peligro afrontado voluntariamente, una belleza en la salvación arrancada por un asalto a las situaciones más desesperadas, a fuerza de valor, de inteligencia, de prontitud, de audacia, y esa belleza, Dumas la ha hecho privilegio de sus cuatro héroes. Les ha dado además una simpatía atractiva.
Y ¿no son también caracteres muy individualizados los otros "tres"? Athos, conde de la Fère, que se queda casi siempre en segundo término, pero que tiene gestos de grandeza cuando se encuentra en los primeros, triste y pesimista, cercano del sarcasmo, pero demasiado bueno para caer en él, ¿a quién no emociona cuando una noche, por consolar a D'Artagnan de sus desgraciados amores, le hace la terrible revelación de su propia desgracia? Y por combatir su tristeza bebe sin cesar; pero jamás borracho, siempre en posesión de su sangre fría, tiene la bravura lúcida; cultiva sus amistades con una seriedad paternal; es padre y ama tiernamente a su hijo Raúl, ese hijo que la traición de mademoiselle de La Vallière ha desesperado y que se embarcará un día en Tolón para tomar parte en la expedición de África, donde encontrará la muerte.
Para su última noche de estar juntos, el padre conduce al hijo sobre una roca desde donde se divisa el horizonte marino. La noche es bella, alumbrada por la luna; en la rada, los navíos maniobran o se cargan de equipajes; se oye cantar a los marinos. Pero sobre toda esta vida ronda la muerte; padre e hijo están tristes; alrededor de sus cabezas pasan y repasan grandes murciélagos. Entonces empieza el bello diálogo: Athos se excusa de haber sido triste y severo, de no haber hecho de Raúl un hombre expansivo. Raúl le responde que no tiene nada que reprochar a su padre por la manera como lo ha educado. "Os bendigo —le dice—, os quiero apasionadamente." El padre, poco después, expresa la esperanza de que Raúl volverá pronto; entonces se tratarán como amigos. Mas Raúl no tiene que exponerse; valor, pero no temeridad, y sobre todo, ¡nada de muerte inútil! Cuidado con el clima también; hay que ser sobrio. Y el padre le pide que le envíe noticias cada quincena... "¿No me olvidaréis?"
—No, señor —dice Raúl con una voz ahogada (el hijo en esa época trataba a su padre de usted).
—Prometedme que si os ocurriera alguna desgracia en alguna ocasión, pensaríais en primer lugar en mí.
—En primer lugar. ¡Oh, sí!
—Y me llamaréis en seguida.
—¡Oh, en seguida!
—¿Soñáis en mí alguna vez, Raúl?
—Todas las noches, señor, durante mi primera juventud, os veía en sueños, tranquilo y bueno, una mano extendida sobre mi cabeza; he ahí por qué siempre dormía tan bien... antaño (antaño: antes de su desgraciado amor).
—Nosotros nos queremos demasiado —dice el conde— para que no cambiemos, incluso de lejos, nuestras tristezas y nuestras alegrías. —No pasaré ni una hora sin pensar en vos —promete Raúl.
Athos no puede contenerse por más tiempo, y abraza a su hijo con toda la fuerza de su corazón... Amanecía. Athos echa su abrigo sobre las espaldas del joven y entran en la ciudad. Algunas horas después se embarcaba y se despedía... Esta escena emocionante, que se encuentra hacia el fin de El vizconde de Bragelonne, ¿deja acaso vacía de psicología su poesía sentimental?
Si Porthos presenta una simplicidad de monolito viviente, y si también tiene sus momentos de eclipse, este hombrón lleva la generosidad a lo sublime. Pobre, sin familia, soldado errante por los albergues, Porthos se adapta a las costumbres de su tiempo, y sonsaca algunos subsidios a su amante, una procuradora, es decir, la mujer de lo que nosotros llamamos un abogado. El capítulo de Los tres mosqueteros donde Porthos apechuga con una cena en casa del procurador cerca del cual la pícara lo hace pasar por primo, "por las mujeres" —como le dice, mordaz, el viejo marido, consciente del engaño—, la avaricia de la comida, el hambre atrasada de los empleados, la mugre moral de ese medio, he ahí algunas páginas que rezuman Balzac, donde la psicología penetra en la esencia misma de las cosas. Pero, de otra parte, Porthos es el espíritu de abnegación hecho hombre, y morirá por sus amigos, por la causa de la amistad.
En cuanto a Aramis, ese mosquetero frailón, ese revoltoso, ese amante de las duquesas, que practica la teología entre dos estocadas, será obispo, general de jesuitas, y tuvo la esperanza de ser Papa: lo cual es sin duda alguna excesivo y demasiado conforme a una ideal novela de aventuras. ¿Pero cómo no admirar el temperamento sin par de Aramis, secreto, misterioso, de "rostro jeroglífico" —como dice Dumas—, su cultura de poeta y de prelado unida a un valor de espadachín, su ambición sostenida y afilada como una fina hoja escondida bajo la casaca o el traje, su disimulo maquiavélico, en el fondo del cual está encendida, a pesar de todo, la llama de la lealtad? Haber concebido dicho carácter, haberlo hecho vivir en todas sus fases sucesivas, en todas sus oposiciones enmarañadas, a cubierto de la hidalguía más refinada, nada podía honrar mejor al novelista. El Aramis de Dumas habría emocionado el pecho de madame de Chevreuse o de madame de Longueville, de la misma manera que habría colmado de bienestar a madame de Sévigné el encuentro de su Fouquet.
Simpáticos e inteligentes, alocados de corazón bondadoso, diablos espléndidos! Esos alegres mocetones se imponen todavía más cuando, separados por las luchas civiles de la época, una causa surgida de repente los reagrupa, por ejemplo, para salvar a Carlos I de Inglaterra o para reconciliarse. La cita de la plaza Royale es uno de los capítulos dominantes de Veinte años después. Tres hombres refrenan su cólera, doman en ellos la pasión partidista, salen al encuentro de todos los recuerdos de amistad y, una vez hecho ese esfuerzo, dan rienda suelta a un amplio desbordamiento de alegría: todo eso gracias a su generosidad natural, pero también a la influencia del cuarto, Athos, que incluso con la espada en la mano es un santo, y que da en esta ocasión la más bella, la más emocionante prueba de grandeza moral.
Pero Dumas sabía tocar todas las teclas.
En efecto, Dumas ha inventado la "vampiresa", así como ha creado un verdadero Lautréamont, en La boca del infierno, novela de la resistencia al Imperio: ese personaje de Samuel, intelectual a lo Prometeo, que se dice discípulo del marqués de Sade y que es tan hábil para "deshacer" las almas... La "vampiresa" de Dumas, demonio de Los tres mosqueteros, se llama Carlota Backson, condesa de La Fère, Milady de Winter. Criminal y gran dama, responsable desde su juventud del delito y suicidio de su primer amante, lleva su pasado atroz marcado sobre su espalda, y, no obstante, goza de un presente bastante brillante en Francia y en Inglaterra; Richelieu la utiliza para deshacerse del duque de Buckingham. Hasta aquí no es más que drama abominable y, sin embargo, trivial. Pero hay una novedad novelesca.
D'Artagnan ha llevado una intriga con Milady. Y cuando tenía por ella "una estima bastante tenue", sentía a pesar de ello que una pasión insensata le ardía por esa mujer; "pasión ebria de desprecio, pero pasión o sed, como se quiera". En sus encuentros en casa de ella a medianoche y con las luces apagadas, incluso en los momentos en que creía tratar con M. de Wardes, no escondía sus proyectos de venganza sobre el mosquetero; "esta mujer ejercía sobre él una increíble influencia, la odiaba y la adoraba a la vez"; esos dos sentimientos contrarios, reuniéndose en un mismo corazón, formaban "un amor extraño y en cierto modo diabólico". Alertado por un anillo que D'Artagnan ha recibido de ella como reconocimiento voluptuoso, Athos siente un recuerdo subírsele a la memoria: ¿No se trataba de la mujer con la que se había casado antaño, como una pura doncella, y que después había descubierto deshonrada por el verdugo? Aconseja, pues, a su amigo rompa dichas relaciones: "Una especie de intuición me dice que es una criatura perdida y que hay algo de fatal en ella..." A pesar de ello, D'Artagnan va al encuentro de la Circe que lo ha envuelto ya con el embrujo de sus encantos, y el amor que creía apagado ha vuelto a arder. Milady, que se imaginaba haberse entregado a M. de Wardes y a quien D'Artagnan había hecho creer por una carta inventada que M. de Wardes la ofendía, se promete a él, mediante un pacto que condena a M. de Wardes a muerte. La misma noche, a las once, el mosquetero entra en el hotel, Milady le abre la puerta de su cuarto, él se lanza, obedeciendo a una atracción magnética, y encuentra una amante ardiente que parece sentir verdadero amor. Piensa que solamente se encuentra desde hace pocas horas con ella, cuando amanece; esa misma mañana le declara haber pasado con ella las dos noches y, en la lucha furiosa que sigue a dicha declaración, descubre la infamia.
Prisionera de su cuñado, al que los cuatro han avisado, puesto que saben está encargada por Richelieu de matar a Buckingham, guardada a la vista en una cámara de un castillo en los alrededores de Londres, ¿ha llegado su hora? No, ella ejerce sobre el oficial responsable, Felton, una extraordinaria doble seducción: por su belleza, y al mismo tiempo, ya que ella ha husmeado el puritano, por sus quejas de víctima, que sufre, por haber querido defender su honor. Ella logra levantar así al fanático, hábilmente, inteligente y satánicamente, contra Buckingham. Resultado: la hace evadirse y va a apuñalar al duque. Esas cinco jornadas de cautiverio revelan a Milady, a través del relato de Dumas, una comedianta casi genial. El novelista escribe: "Ella hubiese podido hacer estallar los muros de su prisión, si su cuerpo hubiese podido tomar, un solo instante, las proporciones de su ingenio." Una vez encontradas sus trazas, y los cuatro lanzados a su encuentro, la novela se desenvuelve como una carrera hasta el desenlace, que es célebre: La casita aislada, la mujer solitaria y sorprendida, el juicio, el verdugo imprevisto, la muerte. Pero aun en el último momento, la mirada de Milady ha intentado seducir a los dos lacayos, sus guardianes, y ha visto incluso a D'Artagnan ceder, hasta el punto que Athos tiene que sacar la espada y ponerse entre los dos: "Si dais un paso más, D'Artagnan, nos tendremos que batir."
Poder seductor, amantes hechizados y empujados al crimen, D'Artagnan incluso deslizado a procedimientos vergonzosos... sí, decididamente, Milady habría sido una Circe (y después de todo, ¿no es Homero el verdadero inventor de la vampiresa?) si no hubiese guardado la debilidad de una mortal, de una decepcionada, de una vencida finalmente. Dumas, ¿ha tenido razón o no de orquestarle un fin tan singularmente teatral?
Dos años después de Los tres mosqueteros, en José Bálsamo, una curiosa joven se prepara, a su vez, a una carrera de mujer fatal y embrujada: Nicole, la bella camarera. Cien demonios se mueven en esa cabeza, sin embargo rústica. Nicole nació taimada. Todavía no corrompida, la vemos bastante fanfarrona para llegar a ser peligrosa. Tiene la imaginación desequilibrada, el ingenio pervertido por lecturas, los sentidos excitados, el corazón insensible. Una tendencia irresistible al vicio la opone, como una perversidad viviente, al puro diamante que brilla en Andrés de Taverney. Su querida, llamada a la corte, lo conduce a París, lugar designado para el torrente de sus estragos.
Alejandro Dumas ha tenido que poblar sus novelas históricas de una numerosa diversidad de mujeres, puesto que ellas pueblan la historia y la vida: pureza de la dama de Monsoreau, de la condesa de Charny, de Genoveva Dixmer; naturaleza dura y tiránica de Catalina de Médicis; débil y atormentada de Ana de Austria; sensual, inteligente y política de Margarita de Valois; amiga del placer, incapaz en política, noble y sumisa a la desgracia, de María Antonieta; y tantas y tantas princesas osadas y emancipadas; y la audacia de tantas bellas intrigantes; y, en fin, las innumerables jóvenes deliciosas, intrépidas y dulces. ¿Qué falta, pues, a la innumerable descendencia de Eva? Hay de todo, abundan las alianzas y rupturas de amor; parejas llenas de ternura, envidiables, torturadas, trágicas, se aprisionan y se rompen. Naturalmente, la memoria se asocia a los encuentros más emocionados o más graciosos; la jovencita madame de Saint-Luc corriendo casi, tras su noche de boda, la encuentra inesperadamente con la ayuda de Bussy; el encuentro de Diana con Bussy en la primavera, en el jardín de la calle de la Jussienne, "ese bienhechor jardincito, lleno de perfumes, de cantos y de amor", donde la joven mujer confiesa al joven que no es la esposa de su marido; la desdichada pasión del vizconde de Bragelonne con mademoiselle de la Vallière, el apasionado y encantador amor de mademoiselle de la Vallière con Luis XIV y la melancolía de éste, etc. La fantasmagoría de José Bálsamo se humaniza amorosamente, no sin alguna complacencia licenciosa, en los capítulos donde Lorenza alternativamente sufre y amenaza la voluntad soberana de su marido, que se sirve de ella para sus visiones espiritistas, pero que necesita que siga siendo virgen: "Virgen, serás siempre vidente, Lorenza; mujer, no serías más que materia." Pero, si Lorenza despierta, odia a Bálsamo, suplica a Dios que la libere de ese demonio y quiere suicidarse en los barrotes de la habitación en donde la tiene prisionera, dormida; ama a su verdugo que la quiere, ella lo desea y lo provoca tan voluptuosamente que el mago casi no lo puede resistir.
Sin embargo, en el cocktail de la pasión amorosa, Dumas no ha forzado la dosis de alcohol voluptuoso; le ha gustado más el gran amor, el amor exaltador, ¡pero no los dúos de ópera! Al contrario, es precisamente en sus escenas de amor donde él se abandona de buena gana a una cierta tristeza de las cosas, a una amargura. Sus obras nos ofrecen ejemplos significativos sobre el particular; ninguna de ellas tan llamativa como la de El vizconde de Bragelonne, donde madame y el conde de Guiche tienen su explicación en el parque de Fontainebleau.
Guiche, que ama a madame y que ha estado celoso sucesivamente de Buckingham y del rey —sin hablar del marido—, tiene la impresión de que habiendo entrado al servicio de ese amor acabará por morir, como lo dice a su amigo, el vizconde de Bragelonne, los dos recostados en un roble. Pero, escondida a tres pasos de ellos, detrás de un matorral, madame precisamente los está escuchando, en el momento en que M. de Guiche confiesa amar a una frívola, una coqueta sin memoria y sin fe, que le hace sufrir un infierno. "Un día —dice— iré a buscar la muerte y moriré odiando a esa mujer." Entonces madame aparece a los dos jóvenes, que lanzan un grito de sorpresa. Presentando sus excusas a Bragelonne, se lleva lentamente a Guiche a un claro del bosque donde nadie los oye.
—Señor de Guiche —le dice—, conociéndole como le conozco, no quiero exponerle a morir; cambiaré de carácter y conducta con usted. Y seré, no franca, puesto que siempre lo soy, pero verdadera. Por tanto, le ruego, señor conde, no me ame más y olvide completamente que jamás le dirigí una palabra, ni una mirada...
Monsieur de Guiche se vuelve, cubriendo a madame con una mirada apasionada:
—Usted —le dice—, usted se excusa; usted, me suplica, ¡usted!
—Sí —responde ella—, para reparar el mal, para hacerme perdonar el severo juicio, en fin, para que viva un caballero que todo el mundo estima y que muchos quieren.
Y madame pronuncia esta última palabra con un tal acento de franqueza e incluso de ternura que el joven cree que el corazón le va a estallar.
—Madame, madame —balbucea.
—Oiga todavía —dice ella—. Cuando haya renunciado a mí, por necesidad primero, y después por aceptar mi ruego, entonces usted me juzgará mejor y podremos ser amigos...
El conde, con la frente cubierta de sudor, estremecido, se muerde los labios, patea, escondiendo su dolor...
—Madame, lo que usted me está ofreciendo es imposible, y de ninguna manera acepto ese trato.
—Así que usted rehusa mi amistad —dice madame.
—No, no, nada de amistad, madame; prefiero morir de amor que vivir de amistad.
—¡Señor conde!
—¡Oh! Madame, ya he llegado a ese punto supremo... Echeme, maldígame, usted será justa; me he quejado de usted, pero si me he quejado tan amargamente es porque la amo; le he dicho que moriré, y moriré. Vivo, usted me olvidaría; muerto no me olvidará, estoy seguro.
Y sin embargo, ella, que está de pie, soñadora, tan agitada como él, vuelve un poco la cabeza, como hacía un momento lo había hecho él. Y tras un silencio:
—¿Usted me ama verdaderamente? —le pregunta ella.
—¡Hasta la muerte! Ya sea que usted me eche, o que me oiga todavía.
—Entonces, es un mal sin remedio —dice ella con un aire jovial—, un mal que conviene tratar con dulzura. ¡Deme su mano!... ¡Está helada!
Guiche se arrodilla, cubre de besos las dos manos de la princesa...
—Bueno, ámeme, pues, ya que no puede ser de otra manera —dice madame.
Ella le oprime los dedos casi imperceptiblemente, levantándolos así, mitad como habría hecho una reina y mitad como una amante. Guiche estremecido de emoción por todo su cuerpo y madame sintiendo correr ese estremecimiento, Ella comprende que verdaderamente es amada...
—Su brazo, señor conde, y regresemos.
—Madame —dice vacilando; deslumbrado, una nube de fuego sobre los ojos—. ¡Ah! Usted ha encontrado un tercer medio de matarme.
—Afortunadamente no es el más largo, ¿verdad?
Alejandro Dumas no ha tenido expresiones y formas menos delicadas y menos fuertes para pintar la amistad: la que unía a los cuatro mosqueteros ya es proverbial. No se expresa en comentarios, se prueba en el fuego de la acción, una acción que la hace irradiar en abnegación y sacrificio mutuo, en afección, en cohesión de corazones. Diríase que las fibras de los cuatro hombres se han reunido en un sistema común. Que esos cuatro seres, tan diferentes los unos de los otros, lleguen a no hacer más que uno, ¿no es la realización de lo imposible? La extrañeza no se nos aparece nunca tan magnífica como cuando las circunstancias los separan e incluso los oponen, como en la época en que dos sirven a la Fronda y dos a Mazarino. Entonces su prodigiosa diversidad estalla casi escandalosamente; pero en seguida el encuentro de la Place Royale nos hace oir mejor el acuerdo hasta el paroxismo. Así, cuando D'Artagnan será capitán y mariscal de campo, cuando Aramis habrá escalado la jerarquía eclesiástica, cuando Athos se habrá aislado en su soledad y Porthos habrá muerto, todavía se levantará de esa trilogía de novelas una inexplicable nostalgia. Se experimenta también algo menos fuerte, pero singularmente afectuoso, ante la amistad de Guiche y de Bragelonne, de Bussy y del cirujano Rémy, de Lyndey y de Lorin. O bien nos emocionamos de la simpatía que se intercambia entre D'Artagnan y Fouquet en la tristeza y la desgracia.
El encanto de Los tres mosqueteros y de su larga prolongación en dos volúmenes, vasto estudio novelesco necesario al desarrollo de los destinos, viene esencialmente de esas armonías del corazón. Naturalmente que a ninguna de las novelas de Dumas le falta. Pero ese libro es la juventud de una obra, es una eterna adolescencia.
¿De qué viene aún ese encanto de las novelas históricas de Dumas? De su movimiento, claro está, de lo acompasado de los relatos, de tantos allegros alternando con los andantes y los largos, pero también de su propia fuente, un sentido vivo y profundo de la vida, una sensibilidad vibrante a la sustancia de las cosas, a su sabor, a su contacto casi carnal con las duras realidades: exactamente lo que siente Chicot cuando, enviado en embajada por Enrique III a Enrique de Navarra, llega al Béarn y descubre, después de haber atravesado una Francia desecada por la miseria, ese dichoso país donde el calor se prolonga hasta el final del otoño en una dulce inmovilidad del aire, donde las gentes muestran caras abiertas, donde se respira la alegría de vivir. Dumas ha sabido evocar la atracción sensual y voluptuosa del campo, de las casas, de todo lo que excita y satisface el apetito en las mesas, y también de las calles del viejo París, de los jardines que aparecen entre sus calles, de las ventanas que se abren frente a frente, de manera que una noche, el joven doctor Gilbert de José Bálsamo puede ver a Andrea, que empieza a desnudarse, sus torneados brazos encima de la cabeza, para sacarse las horquillas del cabello.
La imaginación de Dumas, puesta en acción por potentes sentidos, hace contar a sus héroes divertidos cuentos e historietas. ¿Por qué no habríamos de gustar de ellos? Nos los sirve como el posadero cordial, en el albergue, sirve los pollos y patés con que a uno se le hace la boca agua. Si tuviésemos que escoger una, podría ser preferentemente la gasconada de Mousqueton, criado de Porthos, cuando describe la industria que ejerce su padre, "un hombre bastante inteligente".
Como era en los tiempos de los católicos y de los hugonotes y él veía a los católicos exterminar a los hugonotes, y los hugonotes exterminar a los católicos, y todo ello en nombre de la religión, se forjó una creencia mixta...
¿Quién no recuerda su ingeniosa alternación de celo católico y de celo protestante, según fuese el interlocutor solitario encontrado en un paseo; o las bolsas, la suerte de las cuales decidía su escopeta, hasta el día en que dos de sus víctimas, aunque de confesión opuesta, se reunieron para colgarlo de un árbol? Pero habiendo contado esa hazaña en la taberna, donde sus dos hijos estaban bebiendo, tuvieron el error de tomar, al salir, dos caminos opuestos. Dos horas después todo había terminado, y Mousqueton admiraba con su hermano la previsión de su pobre padre, "que había tomado la precaución de educarlos a cada uno en una religión diferente".
Hay que decirlo: la habilidad juega un papel en el "encanto" de Dumas. Si aparecen situaciones inverosímiles, arbitrarias, imposibles y más tarde embarazosas, cuando se trata de las magias y visiones en la carrera parisiense de Bálsamo; otras igualmente inverosímiles, arbitrarias, muy forzadas, pero mantenidas en límites humanos, evolucionan hacia un sentido favorable al interés novelesco gracias a la invención narrativa y al diálogo. Bálsamo, hablando en una reunión de hombres de inteligencia media (en la logia de la calle de la Platrière) y contando con la autoridad de un ser sobrehumano que él es eterno y que ha asistido a doscientas revoluciones, tendría que haber avergonzado a Dumas. Pero ¿ocurre lo mismo con Bálsamo en la oficina del jefe de policía? M. de Sartine, a quien la traición entrega los papeles de Bálsamo, en su propio cofrecito, está examinándolos y lee precisamente esta frase: "Deshacerse en París del nombre de Bálsamo, que empieza a ser demasiado conocido, para tomar el de conde de Fé..., cuando la campanilla suena desde fuera y entra un criado, anunciando: "el señor conde de Fénix". El jefe de policía lanza una exclamación, y el lector está a punto de hacer lo mismo. Primero... El jefe de policía seguro de sí mismo; el sospechoso, atrevido, y de pronto, después de tomar sus precauciones, apunta su pistola sobre el policía: Segundo... El audaz, cuando nadie duda de su detención, toma la delantera sobre su adversario, declamándole la historia del asunto del acaparamiento de granos que él amenaza enviar a la opinión por el canal de los "filósofos". Tercero... En fin, gracias así al tiempo ganado, madame du Barry llega, prevenida con anterioridad, y que, en pago de un favor, había prometido a Bálsamo concederle el primero que pidiera; para ella es un simple juego reclamar el cofrecito y marcharse con Bálsamo, cogidos de la mano. Cuarto... Naturalmente, el ingrediente histórico (los granos) inyectado en el relato lo refuerza, le procura una fuerza real, verídica. ¿Basta para hacerla verosímil? Sí y no. El golpe de audacia es maravilloso; sus preparativos, admirables. Tenía que desencadenarse, lo ha sido; la imaginación lo ha recibido y acusa. A partir de ahí, las audacias se enlazan y son recompensadas por la suerte. Bajo el plan novelesco, por la precisión del movimiento, a la cual hay que añadir la habilidad de la conversación, lo inverosímil ha tomado cuerpo, pero no era imposible... ¿Dónde nos sitúan esos ritmos violentos, sincopados, imprevistos? Exactamente en la novela policiaca, una cosa más al activo del Dumas precursor. He escogido el caso típico. Otros casos nos conducirían a un género más tradicional y además superior, la novela de aventuras, por ejemplo: un episodio de Los tres mosqueteros: los cuatro, rodeados de sus criados, haciendo frente a Richelieu ante La Rochela sitiada.
En fin, en las obras maestras de Dumas más de una vez, en sus situaciones y personajes, se encuentra una grandeza de alma que no debería haber más que en las imaginaciones y corazones jóvenes a ser sensibles. Presentan situaciones y personajes "fuera del orden común".
No dudemos ante esta fórmula, que es de Corneille, aunque sienta el romanticismo. ¿Y por qué no? Si, por una parte, el romanticismo no es más que un culto absurdo y peligroso de ilusión, por otra parte entra en una tradición gala y francesa, que se llamó alternativamente epopeya caballeresca, novela cortés, psicología corneliana, y cuyo penacho ondea todavía en Hugo y de Hugo a Péguy.
Yo estoy impresionado de lo que este sentido de la grandeza tiene de inteligente y de delicado, y me parece que no se da uno cuenta mejor que en una escena de El vizconde de Bragelonne, donde D'Artagnan y Colbert se encuentran ante Luis XIV. Los dos hombres tienen, cada uno, amistades y simpatías que los oponen el uno al otro, y el capitán de mosqueteros siempre ha despreciado al empleado, todavía subalterno entonces, y que él llamaba un pedante. Pero el rey, que la abnegación y rectitud de D'Artagnan acaban de emocionar, hace llamar a Colbert, que se había retirado, y pone su mano en la del orgulloso gascón diciéndole: "Usted no conoce a este hombre, conózcalo, será un gran hombre si yo lo elevo a los primeros puestos..." Entonces, frente a un Colbert transformado instantáneamente, sereno y dulce de pronto, súbitamente iluminado de inteligencia, D'Artagnan, fisonomista, se siente conmovido, su juicio sobre este hombre vacila, su inflexibilidad cae. Colbert, adivinándolo, no duda en descubrirle la necesidad oculta que tiene de verse estimado y su profunda esperanza de ser admirado por los "hombres honrados". Salen juntos. Colbert aprovecha para revelarle el objetivo apasionado de su aparente avaricia en la gestión de las finanzas del Estado:
—Con todo el oro que salvaré, construiré graneros, edificios, ciudades, puertos, equiparé navíos, crearé bibliotecas, academias, haré de Francia el primer país del mundo.
La virtud del ambicioso todavía oscuro, eI valor moral del servidor que tiene por amo el país tanto como el monarca, aparecen enteramente a los ojos del mosquetero; y la revelación esparce una extraña luz sobre esa bella escena compleja y efervescente del problema Fouquet, estimado y amado del capitán, y que acaba de detener por orden y por deber, pero sobre quien Colbert ha fijado ya su idea, desde el punto de vista de los intereses del reino. El futuro inspector general pone término a la entrevista con una cortesía de todo corazón, pues el valor de D'Artagnan le es conocido y sabe decírselo.
A la tradición de grandeza, Dumas liga un carácter que, además de serle propio, lo acerca de manera inesperada a Stendhal, por un culto intermitente de la energía de la que Stendhal fue a buscar las caras y las expresiones a Italia, y que Dumas encontró simplemente en la Francia aristocrática del siglo XVI y en la revolucionaria del siglo XVIII. La divisa podría ser: "Acción y amor." Evidentemente, ella se liga en Stendhal a una psicología cerrada al mismo tiempo que a una lucidez pesimista, mientras que Dumas opone (en el conjunto) mucho optimismo natural, experiencia triste, y que además su psicología no se preserva bastante de los relajamientos del folletín. No obstante, sin ningún lugar a dudas ella impone a sus novelas una visión de la vida que exhorta al hombre a superarse, y que lleva al novelista a situar su invención en las cimas de lo novelesco; pero dentro de los límites estrictamente terrestres. Virtud, honor, deber, abnegación, piedad, ¡sea! Pero poca caridad, poca pureza casta, casi nada de cristiano. El trabajo, el riesgo corrido, el valor, piden al contrario el acompañamiento del goce y el correr en pos del placer. La religión no aparece más que bajo la forma de la superstición o del fanatismo. ¿No hemos reconocido ya en Alejandro Dumas un pagano?
Por otra parte, Dumas, en vez de celebrar las aspiraciones del hombre bajo una forma sobre todo lírica, como sus émulos contemporáneos, ha sabido darles más a menudo que ellos —excepto Hugo— caras, gestos y palabras de la vida corriente. Es una grandeza carnal y viva que ha creado. Dio a luz caracteres y tipos clásicos; hemos visto su D'Artagnan, su Athos, su Milady; veremos también Dantés. Es notable que Delacroix un día, hacia el fin de su vida, haya escrito a Dumas: "...Usted se queja con razón de la tendencia de las artes. Nosotros aspirábamos a las alturas; afortunado el que podía llegar. Temo que la talla de los luchadores de hoy no les permita ni tan sólo el pensarlo. Su pequeña y estrecha verdad no es la de los maestros, la buscan en tierra con un microscopio. Adiós el gran pincel, adiós los grandes efectos de las pasiones..."
Como la crítica no ha soñado jamás en aislarlos en un buen cuadro de comentarios (Sainte-Beuve ha faltado en ese caso a todos sus deberes), a esas escenas donde Dumas se ha servido del "gran pincel" y no ha retrocedido ante los "grandes efectos de las pasiones", añadamos "y de las virtudes", puesto que ¿es de los que creen que se puede hacer buena literatura con bellos sentimientos?
Las páginas precedentes ¿no evocan ya algunas de ellas? La grandeza humana en el valor: los mosqueteros nos sirven de modelo; en la política: D'Artagnan descubriendo el porvenir de Colbert; en la pasión amorosa: todo El vizconde de Bragelonne; en el amor paternal y filial: la despedida de Athos y de Raúl en Tolón; en la amistad: separación y encuentro de los cuatro.
Otra grandeza más, que no se refiere a Corneille, sino al eterno genio homérico, es la de los frescos, de amplias narraciones, de los grandes episodios. ¿Los encontramos acaso en el siglo XIX en alguno que no sea Hugo, Michelet y Dumas? El asunto del bastión de Saint-Gervais ante La Rochelle sitiada, la catástrofe de los fuegos artificiales sobre la plaza Luis XV, la toma de la Bastilla y otros menos célebres como la representación de los Bandoleros de Schiller en el bosque por estudiantes conspiradores, La boca del infierno (Le trou de l'en f er) y otros muchos ofrecen ese vasto despliegue de potencia humana y natural que la literatura se esfuerza menos a menudo de igualar que la gran pintura, o la gran música, sin duda porque la acechan la pompa y solemnes procedimientos. La suerte de Dumas es que su simplicidad fundamental le haya hecho correr esas grandezas en el curso natural del relato, guardando, sin embargo, el tono de la narración. Puesto que se trata de designar un ejemplo, extraigámoslo, salvémoslo de una novela donde corre el riesgo de quedar un poco ahogado, Los cuarenta y cinco.
El episodio tiene lugar en los tiempos en que Enrique III sitiaba Amberes por el ejército de su hermano, el duque de Anjou, con el concurso de la flota mandada por Joyeuse. Diana de Méridor, la dama de Monsoreau, decidida a ganar el campo francés para matar al duque, corría a su venganza a través de la llanura belga, vestida de hombre, montando un caballo y acompañada por su abnegado servidor Rémy. El azar quiso que Henri de Bouchage, hermano de Joyeuse, fuese en la misma dirección guerrera, pero buscando la muerte para sí mismo, precisamente porque amaba a la dama y ésta lo había rechazado por fidelidad a Bussy. En el camino reconoció la pareja, la siguió, la vigiló, y furioso ante la idea de que Diana se rindiese a un encuentro amoroso, avanza a descubierto, dándose a conocer y poniéndose a la par con sus caballos. Rémy, guardián celoso y valiente, no se inquieta con demasía de esta persecución, de la que muy rápidamente se había dado cuenta. Otra cosa ocupaba su pensamiento. Efectivamente, en el último albergue, se había enterado que un inmenso éxodo de población se dirigía hacia Bruselas, y que ya nada se veía en el campo, ni gente, ni animales, ni rebaños, ni pastores. Ni siquiera una voz, ni una silueta, fuera de la de Rémy, de Diana y, a cien pasos, Henri.
La noche descendía sombría y fría, el viento de noroeste silbaba en el aire y llenaba las soledades de su ruido, más amenazador que el silencio. Rémy detuvo a su compañera, poniendo las manos sobre las riendas de su caballo.
—Señora —le dijo—, usted sabe que soy inaccesible al temor, usted sabe que yo no daría un paso atrás para salvar mi vida; pues bien, esta noche, algo extraño pasa en mí, un entorpecimiento desconocido encadena mis facultades, una parálisis me impide ir más lejos. Señora, llame a eso terror, timidez, pánico incluso. Señora, os lo confieso: por la primera vez en mi vida, tengo miedo.
La señora se volvió: acaso todos esos presagios amenazadores le habían escapado, quizá ella no había visto nada.
—¿Está todavía ahí? —le preguntó.
—¡Oh! No es de él de quien se trata —respondió Rémy—; no sueñe más en él, se lo ruego; está solo y yo valgo tanto como otro hombre. No, el peligro que temo, o más bien que yo siento, que adivino con un sentimiento instintivo más bien que de una manera razonable; ese peligro que se acerca, que nos amenaza, que nos envuelve quizá, ese peligro es otro; es desconocido, y por eso lo llamo peligro.
La señora movió la cabeza.
—Mire, señora —dice Rémy—, ¿ve usted aquellos sauces que curvan sus cimas negras?
—Sí.
—Al lado de esos árboles diviso una casita; por favor, vayamos a ella; si está habitada, razón de más para que pidamos hospitalidad; si no lo está, nos apoderaremos de ella; señora, no haga objeciones, se lo ruego.
La emoción de Rémy, su voz temblorosa, la incisiva persuasión de su discurso decidieron a su compañera.
La casa, el jardín, todo estaba vacío, solitario, desolado. Forzaron la puerta y Rémy instaló a su señora en la única habitación del primer piso, y descendió a la planta baja a vigilar, mientras que Henri, tumbado bajo los sauces, prestaba atención a lejanas explosiones. Pronto empezó un doble diálogo, un doble combate, por una parte entre los dos hombres y sus pensamientos —ése era mudo—, y por otra entre Henri y el espacio. Su caballo relinchó, levantó la cabeza y quería marcharse. ¿Qué pasa, pues? Un sordo murmullo llegaba de los diferentes puntos de un semicírculo arqueado de norte a sur, con ventarrones cargados de gotas de agua, y pronto un ruido de marea invadió el horizonte. ¿Un ejército en marcha? No, ningún ruido de pasos, de gritos, de armas. ¿Un incendio? No, el cielo se ennegrecía con la noche... En fin, llevando su caballo a una prominencia, el joven vio una ancha espesura móvil avanzar, mientras que la pradera se mojaba.
—¡El agua! —exclamó—. ¡Los flamencos han roto sus diques!
Entonces, no se trata ya más para Henri que de penetrar en la casa, convencer a Rémy de sacar a Diana. Después de una lucha en la que la muerte rozó a los dos hombres, logró llevar al leal servidor cerca de la ventana, que rompió de un puñetazo. "Y ahora, ¿ves de qué se trata?", dijo, mostrándole la loma de agua inmensa que blanqueaba el horizonte y que rugía avanzando.
"¡El agua!", murmuraba uno, y el otro exclamaba: "¡Sí, el agua!"
Los pájaros huían en un vuelo siniestro. Un crujido terrible anunció que la inundación acababa de llevarse al dique del pueblo vecino; las olas arrastraban las maderas de las casas derrumbadas con los árboles desarraigados, la campiña se estremecía siniestramente: lejanos gritos y relinchos llegaban en un concierto tan extraño y tan lúgubre, que el pavor unió los tres seres. Huyeron. Se precisó la suprema suerte de una barca para asegurar su salvación.
El episodio, ¿no es simple y grande? Los caracteres se afrontan, el combate de los humanos no cesa más que ante el desencadenamiento de la naturaleza. Una tal marcha hacia lo desconocido, ¿no sería ilustre si Hugo la hubiera firmado? La muerte de Porthos en la gruta de Locmaria le hace pareja. En la época en que Dumas acababa El vizconde de Bragelonne, su hijo un día vio que lloraba.
—¿Qué tienes? —le dijo.
—Una gran pena: Porthos ha muerto.
Esa pena ha pasado en muchas memorias: conservan el gigante tal como el novelista lo fijó en su última imagen, aplastado bajo un monolito, estrecho en su cuadro de granito, como entre la rebelión de los amigos de Fouquet y la voluntad real, víctima de la ambición de los hombres y, sin embargo, no vencido por ellos, sino por la potencia de la naturaleza. Porthos, señor de Pierrefonds, tenía derecho para su muerte a una decoración que estuviese a la medida de su fuerza y su valor, y la tuvo. Tenía derecho igualmente a que todo pasase en una suprema soledad entre él y el destino. Terminó su vida todavía más homérica que la vivió.
Ante esas bellezas, divididas entre el genio literario y la realidad histórica, no es posible escapar a una interrogación: ¿Dónde está la verdad? La verdad de las novelas históricas de Dumas es de la misma naturaleza que la de las "palabras históricas", las cuales generalmente no han sido pronunciadas, pero que, sin embargo, son auténticas. Crean una imagen, una estampa, y encierran con densidad una especie de superverdad sintética para el amplio público, pero que no ofenden en absoluto el gusto del delicado, que no tiene más que sazonar a su placer con unos granos de escéptica diversión. El "que ahora es prudente —de Richelieu a D'Artagnan— merece ser retenido por la psicología del gran hombre (añadamos: y del mosquetero), que tales fórmulas no las discuten ya nuestros manuales".
En suma, Dumas novelista histórico hace oir una protesta contra el poderío de la ciencia; lo verdadero se le ha aparecido del lado de la poesía, por lo menos tanto como del lado histórico. Ahora bien; la prioridad científica de la historia, ¿no ha sido exagerada por el fin del otro siglo y no lo sería para el nuestro? Ella acumula un peligro de inmovilidad. Bueno es, pues, que prevalezcan nuevamente con Dumas el movimiento, la marcha espontánea, el impulso creador.
El milagro se produce para escenas y situaciones: dos princesas en el tiempo de Ronsard y de Du Bellay compran al verdugo las cabezas de sus amantes decapitados para hacerlas embalsamar (La reina Margarita); Bussy batiéndose solo contra quince o dieciséis hombres y llegando a vencerlos (La dama de Monsoreau); M. de Saint-Luc, haciendo oir a Enrique III, por la noche, de una habitación vecina, la voz, simulada, de un ángel que le reprocha sus faltas y lo aterroriza. Tantas anécdotas que el poder persuasivo de la novela no está de más para "hacer pasar".
El milagro se produce también para los caracteres. Para ninguno con más evidencia que para Chicot, el bufón del rey Enrique III en La dama de Monsoreau, sorprendente y casi "imposible" de valor físico, de lealtad inteligente y de seriedad política bajo las apariencias de su verbo bufón. Ahora bien, este ser singular y mítico ha existido, ha vivido. Se llamó Antonio Anglarez y debe a sus dotes de burlón el sobrenombre de Chicot (sinónimo de bufón y arlequín en la lengua antigua) . Era natural de Villanueva de Agen. Correo de Honorato de Saboya, Catalina de Médicis y Carlos IX lo apreciaron, porque le gustaba galopar, batirse y bromear. Enrique III lo tomó a su servicio; el pueblo lo quería y fue de los que aconsejaron la misa a Enrique de Navarra; los cupletistas lo conocían y apreciaban:
La reine-mére conduit tout,
Le duc d'Epernon pille tout,
La Ligue veut faire tout,
Le guisard s'oppose à tout,
Le Cardinal est bon à tout,
Le roy d'Espagne entend à tout,
Chicot tout seul se rit de tout.
(La reina madre lo dirige todo,
el duque de Epernon lo roba todo,
la Liga quiere hacerlo todo,
el guisardo se opone a todo,
el cardenal lo hace todo,
el rey de España lo oye todo,
Chicot solo se rie de todo.)
Le duc d'Epernon pille tout,
La Ligue veut faire tout,
Le guisard s'oppose à tout,
Le Cardinal est bon à tout,
Le roy d'Espagne entend à tout,
Chicot tout seul se rit de tout.
(La reina madre lo dirige todo,
el duque de Epernon lo roba todo,
la Liga quiere hacerlo todo,
el guisardo se opone a todo,
el cardenal lo hace todo,
el rey de España lo oye todo,
Chicot solo se rie de todo.)
Brantôme, en Las damas galantes, da muestras de su sorprendente libertad de lenguaje; Pedro de l'Estoile asegura que Enrique IV "no encontraba nada de malo a todo lo que él decía"; los libelistas pusieron bajo su nombre los más mordaces libelos. Dumas lo reunió todo e hizo a Chicot un retrato tan magnífico que diríase tallado en plena imaginación... Hay que reconocer que el novelista se complacía en agrandar su importancia, tal y como le hace definirse a sí mismo ante un juego de ajedrez, con la más bella de las impertinencias:
"—Sí, es mi rey lo que me inquieta; usted sabrá, Sr. Aurill, que en el ajedrez el rey es un personaje necio, muy insignificante, que no tiene ninguna voluntad, que no puede hacer más que un paso a la derecha, un paso a la izquierda, un paso adelante y un paso atrás, mientras que está rodeado de enemigos muy ágiles, de caballos que saltan tres casillas de un golpe, una muchedumbre de peones que lo rodean, lo acosan, lo persiguen, de manera que si está mal aconsejado, ¡señor mío!, en poco tiempo es un monarca perdido. Bien es verdad que tiene su alfil que va y viene, que trota de un lado al otro del tablero, que tiene el derecho de ponerse delante de él, detrás o a su lado; pero no es menos cierto que cuanto más abnegado es a su rey, más se aventura él mismo, señor Aurilly; y actualmente, le confieso que mi rey y su alfil están en una situación de las más peligrosas."
Ahí vemos cómo la novela y la historia, al unirse, han podido engendrar el interés nuevo y original propio a la novela histórica. Pero en Dumas difiere del que ofrece Hugo en Nuestra Señora de París, puesto que Dumas recurre en sus primeros planos a los más grandes personajes. Difiere aún más de Cinco de marzo, de Vigny, tan aburrido, y de la Crónica de Merimée. ¿Puede compararse acaso un hijo único, solitario y delgaducho, a una familia tan numerosa y potente?
Hay, naturalmente, en Dumas un incontestable desecho folletinesco. Es el reverso de la obra. Pero ésta tiene un anverso.
La solidez literaria de las novelas históricas de Dumas tiene su fuente en los destinos y cruces de destinos que hacen de la vida, vista a través de los relatos del novelista, un teatro maravilloso. Dumas ha realizado su obra gracias a su genio para ensamblar y construir. Y, sin embargo, ¡qué dispersión de materiales! Esas revoluciones de palacio y esas manifestaciones callejeras, esos tronos amenazados, salvados o perdidos, esas conspiraciones y revoluciones, esas intrigas y sus desenlaces, esas cruzadas y sus catástrofes, tantos avatares amorosos, tantos duelos... Dumas ha reunido, colocado, unido, interpuesto todas estas piezas como un prodigioso maestro Jacques de la construcción, es decir, arquitecto y contratista alternativamente, carpintero, albañil, todo. Ha sabido amalgamar todas las pequeñas y grandes intrigas de la corte y de la villa, de la paz y de la guerra.
No hay más que abrir una novela de Dumas, escogida al azar, para darse cuenta de su maravillosa intriga: La dama de Monsoreau, por ejemplo. Enrique III y su hermano el duque de Anjou viven en completa rivalidad, lo que trae como consecuencia el enfrentamiento mutuo entre los guardias del rey y los favoritos del duque, cuyo jefe es Bussy d'Amboise. Asaltado un día en París por sus adversarios, Bussy, herido, encuentra asilo en una casa donde vive secretamente Diana de Meridor, que lo deslumbra con su belleza. Recogido, curado, después llevado a la calle por la noche durante un desmayo, no tendrá más que un pensamiento: encontrar la casa misteriosa, la bella aparición. Ahora bien, si Diana vive escondida lo es por los cuidados del conde de Monsoreau, montero mayor. En una fiesta dada en Anjou, Diana tuvo la desgracia de agradar al duque. Desde aquel momento estaba amenazada, y su padre la hizo huir; pero los hombres del duque la raptaron. Monsoreau, habiéndola liberado con el apoyo del padre, la urgía a casarse con él, único medio, según él, de escapar al poderoso y enamorado príncipe. Mientras tanto, el príncipe ha vuelto a ver a Diana en la iglesia y siguiéndola descubre su morada; compra a su dama de compañía y obtiene de ella una llave que confía a Bussy para hacer un reconocimiento y prepararse a desembarazarse del celoso. Bussy penetra en la casa sin reconocerla, pero ve a la joven dama tan ansiosamente buscada. Declina su nombre: ¿Quién no admira su reputación? Se une con ella de corazón... ¡Mas, ay, desde la víspera es ya señora de Monsoreau! Habría que seguir ahora en los dédalos de la narración los actos de Monsoreau, hombre del duque de Anjou, agente principal de los príncipes loreneses, conspirador contra los Valois, y por ellos toda la larga intriga que nos pondría en contacto con la Liga y con Enrique III, con el bufón Chicot y el monje Gorenflot, con la duquesa de Montpensier y los monjes ligueros...
Al interior de construcciones de esta envergadura, tan amplias que parecen monumentos, pero tan precisas que hacen pensar en la maquinaria de un reloj, cada episodio, cada movimiento tiene la resistencia de una piedra bien colocada y la finura de un engranaje de relojería. En la misma novela, La dama de Monsoreau, sigamos al excelente Aurilly, factótum del duque de Anjou, que busca en el Louvre a su amo, detenido por orden del rey y guardado por sus pupilos. Naturalmente, le dicen, su alteza está aquí. Pero tiene que atravesar la antecámara y varias habitaciones. Chicot finge estudiar un problema de ajedrez y lo detiene con sus bromas; después va a parar con Quelus, que juega al boliche; luego es Schomberg que se divierte con una cerbatana, y los dos lo retrasan con su amable conversación. Por fin, llega a la pieza donde otros dos favoritos del rey lo adulan, lo confunden, se burlan de él, hasta que el duque exclama: "¿No ves, pues, que estoy prisionero?" Los jóvenes se lo han jugado, pasado como por un mecanismo, pero viviente, en carne y hueso. Es todo un ritmo. Es el ingenio. Admirablemente presto para el cine.
Dumas es lo contrario de un analista. Pinta, evoca con los gestos, con las palabras, con los diálogos. En esta literatura de gran ilustrador, todo es movimiento, todo son imágenes en acción, con los menores comentarios posibles: detendrían su propia marcha. Por eso el novelista entretiene por la marea de su duración el milagro incesante de la vida.
Otro motor fundamental de las ficciones de Dumas con base histórica está en su prodigiosa imaginación que inventa tanta cosa imprevista y sorprendente. Los necios que lo denigran, ¿no ven acaso su poder de demiurgo? El crea sin cesar multiplicando las peripecias más inesperadas; sobre el plan de la fábula novelesca desborda de ideas. Acordémonos de la caza del jabalí en La reina Margarita, esa escena donde Enrique de Navarra salva al rey que su hermano dejaba matar; ¡qué castillo de fuegos artificiales! Con su brillo dramático, su cortesía burlona, sus palabras de doble sentido. Otra novela, otro género de episodios: en El caballero de Harmental, el alistamiento del capitán Roquefinette al servicio de la conspiración. La buhardilla alquilada donde vive el caballero disimulando su calidad y sus planes habrá sentido pasar al capitán como una violenta corriente de aire. Los dos hombres empiezan por beber un vino tan rico bajo un techo tan pobre que Roquefinette comprende en seguida su procedencia. Por otra parte, los elementos de la situación, valor, riqueza, pobreza, gustos delicados, camaradería de armas, se han mezclado maravillosamente y la operación ha sido un éxito. Pero no le parece inútil, al espadachín, probar la grandeza de alma de su nuevo amigo, de su inquietante tentador. Entonces encuentra el medio de explicarle la horrorosa ejecución de otro caballero, de otro conspirador, Luis de Roban, decapitado bajo Luis XIV por el verdugo inhábil. Naturalmente, el capitán no parece tener la intención de establecer la mayor relación entre las dos aventuras, y Harmental no ha dicho esta boca es mía, pero pensará en la siniestra evocación. He ahí, pues, el posible desenlace, dice entre sí. El novelista ha tejido la escena como un soldado.
A veces no se trata de nada más que de cosas deliciosas, pero vivas como una provocación de coqueta. Tomemos una página al azar. Abramos, de El collar de la reina, la escena donde María Antonieta, entusiasmada ante la idea de patinar en la fuente de los Suizos en medio de la más brillante juventud, siendo, ella misma, joven y bella, ofrece una taza de chocolate a su dama de honor y al hermano de la dama, que llega de la guerra de América. Tiene prisa de encontrarse libre, mientras ellos se queman el paladar. Llena una segunda taza:
"Vamos, vamos —dice riendo—, usted es soldado y como tal acostumbrado al fuego; quémese gloriosamente, no tengo tiempo de esperar." Pero ella vigilaba al joven soldado, no lo perdía de vista y su risa redobla. "Tiene usted un perfecto carácter", dice concluyendo.
Son esas ideas de narrador excelentes sin ningún lugar a dudas, pero que no tienen nada de extraordinario. La imaginación de Dumas puede ir todavía más lejos, hasta el encuentro sorprendente, hasta la peripecia milagrosa. Yo no hago alusión, ni mucho menos, a incidentes folletinescos por más afortunados que sean, tales como el muro que cede detrás de Bussy acorralado por cinco espadachines y que es una puerta disimulada por la cual escapará, o el montero mayor apareciendo tras de una trampa ante los ojos de los guisardos que conspiran en la capilla de Santa Genoveva, salida y entrada mágicas. Las invenciones por las cuales Dumas da la idea de un verdadero genio, vienen de más profundidad, o más bien parece ser que del cielo. Es consagrado como un buen verso. Vemos un ejemplo insigne en el capítulo III de El caballero de la Maison Rouge: Maurice Lindey, teniente de la Guardia Nacional, encuentra en la noche del París revolucionario una desconocida que no tiene su carta cívica. Le ayuda, le ahorra detenciones y la acompaña hasta su barrio. Era muy bella, él quisiera volverla a ver: "¡Jamás!", protesta ella; sin embargo, lo miraba con una expresión indefinible; ella misma no había escapado a la sensación que inspiraba. Le hace jurar sobre su honor tener los ojos cerrados a partir del momento que dirá hasta contar sesenta segundos.
—Pero... ¿mi palabra de honor? ¿Y qué pasará si juro?
—Pues pasará que yo le probaré mi reconocimiento como no lo he hecho con nadie...
Lindey jura, pero pide a la joven dama que le deje verla una vez más. Ella levanta su capuchón.
—¡Oh! Qué bella es usted, muy bella, demasiado bella.
—Cierre los ojos...
Cuando había obedecido, ella le tomó sus dos manos entre las suyas y lo volvió hacia la dirección que ella quería. De pronto, sintió como un calor perfumado acercarse a su cara, después una boca abrió la suya, dejándole entre los labios el anillo que había rechazado hacía un momento. Fue una sensación rápida como el pensamiento, abrasadora como una llama. Sintió una conmoción rayana en el dolor, por lo imprevisto y profundo, que le hizo estremecer sus fibras más secretas. Respetó su juramento, y al abrir los ojos no vio a nadie, sólo oyó una puerta cerrarse... La continuación es el desarrollo del complot tramado para hacer evadir los prisioneros del Temple; la desconocida venía de una cita política que le había permitido hacer entrar a Maison-Rouge en París, y Maurice Lindey es un amigo de la Revolución: este episodio abre el extraño camino que lo apartará y lo volverá contra los revolucionarios. Dumas, ¿no ha encontrado ahí, en ese beso, en ese anillo humedecido por labios deseados, un ardiente y mágico principio de novela?
Todo ha sido dicho sobre los diálogos de Alejandro Dumas. Saltan como sobre las tablas de un teatro. Unas veces trabando combate individual de hombre a hombre hasta su extremo límite con la conveniencia social, y otras se recrean en alusiones y en vueltas alrededor del tema. Muy a menudo, entre dos o más interlocutores, hay uno que lleva el juego o la disputa, que tiene el monopolio de la imaginación, como Chicot. Es inaudito, ¡qué tala!, ¡qué viveza! Da vueltas y revueltas al adversario en la parrilla, incluso cuando se trata del rey, y cuando es otro, lo pica, lo levanta, lo tira, lo vuelve a coger, lo abate con tanta inspiración brusca como presencia de espíritu. Hay en ello una chuscada en preparación. Más raramente, la inspiración está dividida, igual de los dos lados y, en una situación dramática, en un encuentro trágico, hiere de pronto y da la impresión de hacer sangrar.
No es precisamente que la inspiración y el diálogo sean siempre la punta de la espada o un arma de fuego. También saben deslizarse lentamente a la simple agudeza de conversación. Dumas encuentra para las conversaciones de sus héroes atenuantes cual floretes con botón y, a menudo, entre hombres y mujeres, palpitaciones y agitaciones fuertes. Todas sus novelas palpitan de ello. Una relectura de ellas nos traería cien testimonios. He aquí uno. ¡Cómo no sonreir con regocijo ante las palabras que cambian, en El collar de la reina, el cardenal de Rohan y la condesa de La Motte, una noche en que el cardenal, a pesar de estar tan enamorado de la reina, es tan mujeriego, que cae a los pies de Jeanne!
—Usted pide limosna —dice ella.
—Y yo espero que usted me la dé.
—Día de largueza —respondió Jeanne—; la constancia de los Valois ha tomado rango, ella es una mujer de la Corte; dentro de poco contará entre las mujeres más orgullosas de Versalles [alusión a su pretensión de descender de los Valois y al favor que acaba de obtener de ser presentada en la Corte]. Ella puede, pues, abrir su mano y tenderla a quien le parezca bien.
—¿Aunque, fuese a un príncipe? —dice M. Rohan.
—Aunque fuese a un cardenal —responde Jeanne.
El cardenal apoyó un largo y ardiente beso sobre la bella y provocadora mano; después, consultando con sus ojos la mirada y la sonrisa de la condesa, se levantó. Y pasando a la antecámara, dijo unas palabras a su criado.
Diez minutos después, se oyó el ruido del coche que se alejaba. La condesa levantó la cabeza.
—Condesa —dijo el cardenal—, he quemado mis naves.
—No hay gran mérito en ello —respondió la condesa— , puesto que está usted en el puerto.
Se adivina después de esto el pintor de costumbres. Cuando madame de Chevreuse, en Veinte años después, conoce por el conde de la Fère que Raúl, el vizconde de Bragelonne, es su hijo, ¡qué nobleza en la escena, qué encanto de verdad humana, afinado por las delicadezas de la sociedad! En la misma novela, la reunión en casa de Scarron, donde se trama bajo cubierto literario y libertino un complot contra Mazarino, hace moverse, danzar y brillar de ingenio, un salón de la época. Tiene su equivalente en El vizconde de Bragelonne: Fouquet divirtiéndose con sus poetas amigos.
A. de Pontmartin y Sainte-Beuve tenían razón. "¡Qué inspiración en el diálogo! —dice el primero—, los personajes están en su propio papel, se les ve trabajar, se les oye hablar." Y el segundo: "De todos los novelistas de folletín, el mejor es Alejandro Dumas, por su inspiración inagotable y su ardor." Pero sobre el particular que no se les hable de sus conocimientos amorosos, ¡como si la vivacidad, la justeza, la inspiración del diálogo pudiera estar carente de psicología! Hay palabras reveladoras. Cuando a Ketty, la criada de Milady, D'Artagnan le pide ayuda para suplantar a su rival cerca de su ama y la joven, enamorada y enardecida por un beso, se niega respondiendo: "En las cosas de amor, cada uno para sí", ¿acaso esta declaración, ingenua y descarada a la vez, no tiene una fuerza sutil de exacta psicología? Si Bussy, afrontando un peligroso ataque de sus enemigos,
lleva al novelista a decir: "Hay para el corazón valiente, al acercarse el peligro que adivina, una exaltación que lleva a su más alta perfección la acuidad de los sentidos y del pensamiento", esta observación no es más que una de tantas que se podrían citar. Hay en Dumas una psicología de la bravura, una del amor y otra de la amistad.
Hay incluso una psicología sobre lo picaresco, de lo cómico que la naturaleza del hombre lleva en ella, en sus debilidades innatas y que salen o estallan en el momento que las circunstancias se prestan a ello. La escena del consejero Broussel transformado en falso héroe por los intereses de la Liga, en Veinte años después, es una ilustración digna de acompañar una página famosa de las Memorias de Retz. A veces esas comedias se transforman en comedias de caracteres; expondré como testimonio de ello el fin de Mazarino en El vizconde de Bragelonne, su confesión molieresca, su entrega al rey.
Los personajes de Dumas ¿tendrían tanta vida si nosotros no nos identificásemos en ellos, aunque fuese por contraste? Jacques Laurent lo ha notado: "El genio de Dumas consiste en permitir a verdaderos caracteres identificarse con la aventura." Naturalmente, caracteres de cierta especie, es decir, con el empujoncito que los hará un poco más grandes que al natural, que les mostrará el anverso refulgente y esconderá furtivamente el reverso, de manera que Bussy será un héroe perfecto, Diana una mujer ideal... No siempre, sin embargo. Entre sus reyes, sus princesas, sus marqueses y sus condes, Dumas hace abundar los versátiles, los perversos, los crueles. Pero con el más admirado de todos, el más querido, D'Artagnan, se manifiesta todavía mejor el Dumas psicólogo. Ahora bien, D'Artagnan, lejos de haber sido creado de una sola pieza, aparece suavizado de toda una complejidad. Valiente, no temerario, muéstrase a veces calculador, tiene ambición y orgullo, no es un escrupuloso sin reproche, y es indelicado con Milady. Lleno de valor y de abnegación, no duda en humillarse para confundir a un insultador, M. de Vardes, y se acusa, en confesión pública, ante una pequeña asamblea de valientes. Él ha tenido que forjarse una educación, e incluso adquirir ciertas nociones de honor. Al envejecer ha moderado su ímpetu; hablador, termina por callarse; revoltoso, renuncia a jugar.
A los cuatro Mosqueteros corresponden, por resplandecer a través de varios libros, prodigiosos hechos de armas. Hay una belleza en la estocada bien dirigida, en la respuesta fulminante y afortunada, una belleza del riesgo asumido, del peligro afrontado voluntariamente, una belleza en la salvación arrancada por un asalto a las situaciones más desesperadas, a fuerza de valor, de inteligencia, de prontitud, de audacia, y esa belleza, Dumas la ha hecho privilegio de sus cuatro héroes. Les ha dado además una simpatía atractiva.
Y ¿no son también caracteres muy individualizados los otros "tres"? Athos, conde de la Fère, que se queda casi siempre en segundo término, pero que tiene gestos de grandeza cuando se encuentra en los primeros, triste y pesimista, cercano del sarcasmo, pero demasiado bueno para caer en él, ¿a quién no emociona cuando una noche, por consolar a D'Artagnan de sus desgraciados amores, le hace la terrible revelación de su propia desgracia? Y por combatir su tristeza bebe sin cesar; pero jamás borracho, siempre en posesión de su sangre fría, tiene la bravura lúcida; cultiva sus amistades con una seriedad paternal; es padre y ama tiernamente a su hijo Raúl, ese hijo que la traición de mademoiselle de La Vallière ha desesperado y que se embarcará un día en Tolón para tomar parte en la expedición de África, donde encontrará la muerte.
Para su última noche de estar juntos, el padre conduce al hijo sobre una roca desde donde se divisa el horizonte marino. La noche es bella, alumbrada por la luna; en la rada, los navíos maniobran o se cargan de equipajes; se oye cantar a los marinos. Pero sobre toda esta vida ronda la muerte; padre e hijo están tristes; alrededor de sus cabezas pasan y repasan grandes murciélagos. Entonces empieza el bello diálogo: Athos se excusa de haber sido triste y severo, de no haber hecho de Raúl un hombre expansivo. Raúl le responde que no tiene nada que reprochar a su padre por la manera como lo ha educado. "Os bendigo —le dice—, os quiero apasionadamente." El padre, poco después, expresa la esperanza de que Raúl volverá pronto; entonces se tratarán como amigos. Mas Raúl no tiene que exponerse; valor, pero no temeridad, y sobre todo, ¡nada de muerte inútil! Cuidado con el clima también; hay que ser sobrio. Y el padre le pide que le envíe noticias cada quincena... "¿No me olvidaréis?"
—No, señor —dice Raúl con una voz ahogada (el hijo en esa época trataba a su padre de usted).
—Prometedme que si os ocurriera alguna desgracia en alguna ocasión, pensaríais en primer lugar en mí.
—En primer lugar. ¡Oh, sí!
—Y me llamaréis en seguida.
—¡Oh, en seguida!
—¿Soñáis en mí alguna vez, Raúl?
—Todas las noches, señor, durante mi primera juventud, os veía en sueños, tranquilo y bueno, una mano extendida sobre mi cabeza; he ahí por qué siempre dormía tan bien... antaño (antaño: antes de su desgraciado amor).
—Nosotros nos queremos demasiado —dice el conde— para que no cambiemos, incluso de lejos, nuestras tristezas y nuestras alegrías. —No pasaré ni una hora sin pensar en vos —promete Raúl.
Athos no puede contenerse por más tiempo, y abraza a su hijo con toda la fuerza de su corazón... Amanecía. Athos echa su abrigo sobre las espaldas del joven y entran en la ciudad. Algunas horas después se embarcaba y se despedía... Esta escena emocionante, que se encuentra hacia el fin de El vizconde de Bragelonne, ¿deja acaso vacía de psicología su poesía sentimental?
Si Porthos presenta una simplicidad de monolito viviente, y si también tiene sus momentos de eclipse, este hombrón lleva la generosidad a lo sublime. Pobre, sin familia, soldado errante por los albergues, Porthos se adapta a las costumbres de su tiempo, y sonsaca algunos subsidios a su amante, una procuradora, es decir, la mujer de lo que nosotros llamamos un abogado. El capítulo de Los tres mosqueteros donde Porthos apechuga con una cena en casa del procurador cerca del cual la pícara lo hace pasar por primo, "por las mujeres" —como le dice, mordaz, el viejo marido, consciente del engaño—, la avaricia de la comida, el hambre atrasada de los empleados, la mugre moral de ese medio, he ahí algunas páginas que rezuman Balzac, donde la psicología penetra en la esencia misma de las cosas. Pero, de otra parte, Porthos es el espíritu de abnegación hecho hombre, y morirá por sus amigos, por la causa de la amistad.
En cuanto a Aramis, ese mosquetero frailón, ese revoltoso, ese amante de las duquesas, que practica la teología entre dos estocadas, será obispo, general de jesuitas, y tuvo la esperanza de ser Papa: lo cual es sin duda alguna excesivo y demasiado conforme a una ideal novela de aventuras. ¿Pero cómo no admirar el temperamento sin par de Aramis, secreto, misterioso, de "rostro jeroglífico" —como dice Dumas—, su cultura de poeta y de prelado unida a un valor de espadachín, su ambición sostenida y afilada como una fina hoja escondida bajo la casaca o el traje, su disimulo maquiavélico, en el fondo del cual está encendida, a pesar de todo, la llama de la lealtad? Haber concebido dicho carácter, haberlo hecho vivir en todas sus fases sucesivas, en todas sus oposiciones enmarañadas, a cubierto de la hidalguía más refinada, nada podía honrar mejor al novelista. El Aramis de Dumas habría emocionado el pecho de madame de Chevreuse o de madame de Longueville, de la misma manera que habría colmado de bienestar a madame de Sévigné el encuentro de su Fouquet.
Simpáticos e inteligentes, alocados de corazón bondadoso, diablos espléndidos! Esos alegres mocetones se imponen todavía más cuando, separados por las luchas civiles de la época, una causa surgida de repente los reagrupa, por ejemplo, para salvar a Carlos I de Inglaterra o para reconciliarse. La cita de la plaza Royale es uno de los capítulos dominantes de Veinte años después. Tres hombres refrenan su cólera, doman en ellos la pasión partidista, salen al encuentro de todos los recuerdos de amistad y, una vez hecho ese esfuerzo, dan rienda suelta a un amplio desbordamiento de alegría: todo eso gracias a su generosidad natural, pero también a la influencia del cuarto, Athos, que incluso con la espada en la mano es un santo, y que da en esta ocasión la más bella, la más emocionante prueba de grandeza moral.
Pero Dumas sabía tocar todas las teclas.
En efecto, Dumas ha inventado la "vampiresa", así como ha creado un verdadero Lautréamont, en La boca del infierno, novela de la resistencia al Imperio: ese personaje de Samuel, intelectual a lo Prometeo, que se dice discípulo del marqués de Sade y que es tan hábil para "deshacer" las almas... La "vampiresa" de Dumas, demonio de Los tres mosqueteros, se llama Carlota Backson, condesa de La Fère, Milady de Winter. Criminal y gran dama, responsable desde su juventud del delito y suicidio de su primer amante, lleva su pasado atroz marcado sobre su espalda, y, no obstante, goza de un presente bastante brillante en Francia y en Inglaterra; Richelieu la utiliza para deshacerse del duque de Buckingham. Hasta aquí no es más que drama abominable y, sin embargo, trivial. Pero hay una novedad novelesca.
D'Artagnan ha llevado una intriga con Milady. Y cuando tenía por ella "una estima bastante tenue", sentía a pesar de ello que una pasión insensata le ardía por esa mujer; "pasión ebria de desprecio, pero pasión o sed, como se quiera". En sus encuentros en casa de ella a medianoche y con las luces apagadas, incluso en los momentos en que creía tratar con M. de Wardes, no escondía sus proyectos de venganza sobre el mosquetero; "esta mujer ejercía sobre él una increíble influencia, la odiaba y la adoraba a la vez"; esos dos sentimientos contrarios, reuniéndose en un mismo corazón, formaban "un amor extraño y en cierto modo diabólico". Alertado por un anillo que D'Artagnan ha recibido de ella como reconocimiento voluptuoso, Athos siente un recuerdo subírsele a la memoria: ¿No se trataba de la mujer con la que se había casado antaño, como una pura doncella, y que después había descubierto deshonrada por el verdugo? Aconseja, pues, a su amigo rompa dichas relaciones: "Una especie de intuición me dice que es una criatura perdida y que hay algo de fatal en ella..." A pesar de ello, D'Artagnan va al encuentro de la Circe que lo ha envuelto ya con el embrujo de sus encantos, y el amor que creía apagado ha vuelto a arder. Milady, que se imaginaba haberse entregado a M. de Wardes y a quien D'Artagnan había hecho creer por una carta inventada que M. de Wardes la ofendía, se promete a él, mediante un pacto que condena a M. de Wardes a muerte. La misma noche, a las once, el mosquetero entra en el hotel, Milady le abre la puerta de su cuarto, él se lanza, obedeciendo a una atracción magnética, y encuentra una amante ardiente que parece sentir verdadero amor. Piensa que solamente se encuentra desde hace pocas horas con ella, cuando amanece; esa misma mañana le declara haber pasado con ella las dos noches y, en la lucha furiosa que sigue a dicha declaración, descubre la infamia.
Prisionera de su cuñado, al que los cuatro han avisado, puesto que saben está encargada por Richelieu de matar a Buckingham, guardada a la vista en una cámara de un castillo en los alrededores de Londres, ¿ha llegado su hora? No, ella ejerce sobre el oficial responsable, Felton, una extraordinaria doble seducción: por su belleza, y al mismo tiempo, ya que ella ha husmeado el puritano, por sus quejas de víctima, que sufre, por haber querido defender su honor. Ella logra levantar así al fanático, hábilmente, inteligente y satánicamente, contra Buckingham. Resultado: la hace evadirse y va a apuñalar al duque. Esas cinco jornadas de cautiverio revelan a Milady, a través del relato de Dumas, una comedianta casi genial. El novelista escribe: "Ella hubiese podido hacer estallar los muros de su prisión, si su cuerpo hubiese podido tomar, un solo instante, las proporciones de su ingenio." Una vez encontradas sus trazas, y los cuatro lanzados a su encuentro, la novela se desenvuelve como una carrera hasta el desenlace, que es célebre: La casita aislada, la mujer solitaria y sorprendida, el juicio, el verdugo imprevisto, la muerte. Pero aun en el último momento, la mirada de Milady ha intentado seducir a los dos lacayos, sus guardianes, y ha visto incluso a D'Artagnan ceder, hasta el punto que Athos tiene que sacar la espada y ponerse entre los dos: "Si dais un paso más, D'Artagnan, nos tendremos que batir."
Poder seductor, amantes hechizados y empujados al crimen, D'Artagnan incluso deslizado a procedimientos vergonzosos... sí, decididamente, Milady habría sido una Circe (y después de todo, ¿no es Homero el verdadero inventor de la vampiresa?) si no hubiese guardado la debilidad de una mortal, de una decepcionada, de una vencida finalmente. Dumas, ¿ha tenido razón o no de orquestarle un fin tan singularmente teatral?
Dos años después de Los tres mosqueteros, en José Bálsamo, una curiosa joven se prepara, a su vez, a una carrera de mujer fatal y embrujada: Nicole, la bella camarera. Cien demonios se mueven en esa cabeza, sin embargo rústica. Nicole nació taimada. Todavía no corrompida, la vemos bastante fanfarrona para llegar a ser peligrosa. Tiene la imaginación desequilibrada, el ingenio pervertido por lecturas, los sentidos excitados, el corazón insensible. Una tendencia irresistible al vicio la opone, como una perversidad viviente, al puro diamante que brilla en Andrés de Taverney. Su querida, llamada a la corte, lo conduce a París, lugar designado para el torrente de sus estragos.
Alejandro Dumas ha tenido que poblar sus novelas históricas de una numerosa diversidad de mujeres, puesto que ellas pueblan la historia y la vida: pureza de la dama de Monsoreau, de la condesa de Charny, de Genoveva Dixmer; naturaleza dura y tiránica de Catalina de Médicis; débil y atormentada de Ana de Austria; sensual, inteligente y política de Margarita de Valois; amiga del placer, incapaz en política, noble y sumisa a la desgracia, de María Antonieta; y tantas y tantas princesas osadas y emancipadas; y la audacia de tantas bellas intrigantes; y, en fin, las innumerables jóvenes deliciosas, intrépidas y dulces. ¿Qué falta, pues, a la innumerable descendencia de Eva? Hay de todo, abundan las alianzas y rupturas de amor; parejas llenas de ternura, envidiables, torturadas, trágicas, se aprisionan y se rompen. Naturalmente, la memoria se asocia a los encuentros más emocionados o más graciosos; la jovencita madame de Saint-Luc corriendo casi, tras su noche de boda, la encuentra inesperadamente con la ayuda de Bussy; el encuentro de Diana con Bussy en la primavera, en el jardín de la calle de la Jussienne, "ese bienhechor jardincito, lleno de perfumes, de cantos y de amor", donde la joven mujer confiesa al joven que no es la esposa de su marido; la desdichada pasión del vizconde de Bragelonne con mademoiselle de la Vallière, el apasionado y encantador amor de mademoiselle de la Vallière con Luis XIV y la melancolía de éste, etc. La fantasmagoría de José Bálsamo se humaniza amorosamente, no sin alguna complacencia licenciosa, en los capítulos donde Lorenza alternativamente sufre y amenaza la voluntad soberana de su marido, que se sirve de ella para sus visiones espiritistas, pero que necesita que siga siendo virgen: "Virgen, serás siempre vidente, Lorenza; mujer, no serías más que materia." Pero, si Lorenza despierta, odia a Bálsamo, suplica a Dios que la libere de ese demonio y quiere suicidarse en los barrotes de la habitación en donde la tiene prisionera, dormida; ama a su verdugo que la quiere, ella lo desea y lo provoca tan voluptuosamente que el mago casi no lo puede resistir.
Sin embargo, en el cocktail de la pasión amorosa, Dumas no ha forzado la dosis de alcohol voluptuoso; le ha gustado más el gran amor, el amor exaltador, ¡pero no los dúos de ópera! Al contrario, es precisamente en sus escenas de amor donde él se abandona de buena gana a una cierta tristeza de las cosas, a una amargura. Sus obras nos ofrecen ejemplos significativos sobre el particular; ninguna de ellas tan llamativa como la de El vizconde de Bragelonne, donde madame y el conde de Guiche tienen su explicación en el parque de Fontainebleau.
Guiche, que ama a madame y que ha estado celoso sucesivamente de Buckingham y del rey —sin hablar del marido—, tiene la impresión de que habiendo entrado al servicio de ese amor acabará por morir, como lo dice a su amigo, el vizconde de Bragelonne, los dos recostados en un roble. Pero, escondida a tres pasos de ellos, detrás de un matorral, madame precisamente los está escuchando, en el momento en que M. de Guiche confiesa amar a una frívola, una coqueta sin memoria y sin fe, que le hace sufrir un infierno. "Un día —dice— iré a buscar la muerte y moriré odiando a esa mujer." Entonces madame aparece a los dos jóvenes, que lanzan un grito de sorpresa. Presentando sus excusas a Bragelonne, se lleva lentamente a Guiche a un claro del bosque donde nadie los oye.
—Señor de Guiche —le dice—, conociéndole como le conozco, no quiero exponerle a morir; cambiaré de carácter y conducta con usted. Y seré, no franca, puesto que siempre lo soy, pero verdadera. Por tanto, le ruego, señor conde, no me ame más y olvide completamente que jamás le dirigí una palabra, ni una mirada...
Monsieur de Guiche se vuelve, cubriendo a madame con una mirada apasionada:
—Usted —le dice—, usted se excusa; usted, me suplica, ¡usted!
—Sí —responde ella—, para reparar el mal, para hacerme perdonar el severo juicio, en fin, para que viva un caballero que todo el mundo estima y que muchos quieren.
Y madame pronuncia esta última palabra con un tal acento de franqueza e incluso de ternura que el joven cree que el corazón le va a estallar.
—Madame, madame —balbucea.
—Oiga todavía —dice ella—. Cuando haya renunciado a mí, por necesidad primero, y después por aceptar mi ruego, entonces usted me juzgará mejor y podremos ser amigos...
El conde, con la frente cubierta de sudor, estremecido, se muerde los labios, patea, escondiendo su dolor...
—Madame, lo que usted me está ofreciendo es imposible, y de ninguna manera acepto ese trato.
—Así que usted rehusa mi amistad —dice madame.
—No, no, nada de amistad, madame; prefiero morir de amor que vivir de amistad.
—¡Señor conde!
—¡Oh! Madame, ya he llegado a ese punto supremo... Echeme, maldígame, usted será justa; me he quejado de usted, pero si me he quejado tan amargamente es porque la amo; le he dicho que moriré, y moriré. Vivo, usted me olvidaría; muerto no me olvidará, estoy seguro.
Y sin embargo, ella, que está de pie, soñadora, tan agitada como él, vuelve un poco la cabeza, como hacía un momento lo había hecho él. Y tras un silencio:
—¿Usted me ama verdaderamente? —le pregunta ella.
—¡Hasta la muerte! Ya sea que usted me eche, o que me oiga todavía.
—Entonces, es un mal sin remedio —dice ella con un aire jovial—, un mal que conviene tratar con dulzura. ¡Deme su mano!... ¡Está helada!
Guiche se arrodilla, cubre de besos las dos manos de la princesa...
—Bueno, ámeme, pues, ya que no puede ser de otra manera —dice madame.
Ella le oprime los dedos casi imperceptiblemente, levantándolos así, mitad como habría hecho una reina y mitad como una amante. Guiche estremecido de emoción por todo su cuerpo y madame sintiendo correr ese estremecimiento, Ella comprende que verdaderamente es amada...
—Su brazo, señor conde, y regresemos.
—Madame —dice vacilando; deslumbrado, una nube de fuego sobre los ojos—. ¡Ah! Usted ha encontrado un tercer medio de matarme.
—Afortunadamente no es el más largo, ¿verdad?
Alejandro Dumas no ha tenido expresiones y formas menos delicadas y menos fuertes para pintar la amistad: la que unía a los cuatro mosqueteros ya es proverbial. No se expresa en comentarios, se prueba en el fuego de la acción, una acción que la hace irradiar en abnegación y sacrificio mutuo, en afección, en cohesión de corazones. Diríase que las fibras de los cuatro hombres se han reunido en un sistema común. Que esos cuatro seres, tan diferentes los unos de los otros, lleguen a no hacer más que uno, ¿no es la realización de lo imposible? La extrañeza no se nos aparece nunca tan magnífica como cuando las circunstancias los separan e incluso los oponen, como en la época en que dos sirven a la Fronda y dos a Mazarino. Entonces su prodigiosa diversidad estalla casi escandalosamente; pero en seguida el encuentro de la Place Royale nos hace oir mejor el acuerdo hasta el paroxismo. Así, cuando D'Artagnan será capitán y mariscal de campo, cuando Aramis habrá escalado la jerarquía eclesiástica, cuando Athos se habrá aislado en su soledad y Porthos habrá muerto, todavía se levantará de esa trilogía de novelas una inexplicable nostalgia. Se experimenta también algo menos fuerte, pero singularmente afectuoso, ante la amistad de Guiche y de Bragelonne, de Bussy y del cirujano Rémy, de Lyndey y de Lorin. O bien nos emocionamos de la simpatía que se intercambia entre D'Artagnan y Fouquet en la tristeza y la desgracia.
El encanto de Los tres mosqueteros y de su larga prolongación en dos volúmenes, vasto estudio novelesco necesario al desarrollo de los destinos, viene esencialmente de esas armonías del corazón. Naturalmente que a ninguna de las novelas de Dumas le falta. Pero ese libro es la juventud de una obra, es una eterna adolescencia.
¿De qué viene aún ese encanto de las novelas históricas de Dumas? De su movimiento, claro está, de lo acompasado de los relatos, de tantos allegros alternando con los andantes y los largos, pero también de su propia fuente, un sentido vivo y profundo de la vida, una sensibilidad vibrante a la sustancia de las cosas, a su sabor, a su contacto casi carnal con las duras realidades: exactamente lo que siente Chicot cuando, enviado en embajada por Enrique III a Enrique de Navarra, llega al Béarn y descubre, después de haber atravesado una Francia desecada por la miseria, ese dichoso país donde el calor se prolonga hasta el final del otoño en una dulce inmovilidad del aire, donde las gentes muestran caras abiertas, donde se respira la alegría de vivir. Dumas ha sabido evocar la atracción sensual y voluptuosa del campo, de las casas, de todo lo que excita y satisface el apetito en las mesas, y también de las calles del viejo París, de los jardines que aparecen entre sus calles, de las ventanas que se abren frente a frente, de manera que una noche, el joven doctor Gilbert de José Bálsamo puede ver a Andrea, que empieza a desnudarse, sus torneados brazos encima de la cabeza, para sacarse las horquillas del cabello.
La imaginación de Dumas, puesta en acción por potentes sentidos, hace contar a sus héroes divertidos cuentos e historietas. ¿Por qué no habríamos de gustar de ellos? Nos los sirve como el posadero cordial, en el albergue, sirve los pollos y patés con que a uno se le hace la boca agua. Si tuviésemos que escoger una, podría ser preferentemente la gasconada de Mousqueton, criado de Porthos, cuando describe la industria que ejerce su padre, "un hombre bastante inteligente".
Como era en los tiempos de los católicos y de los hugonotes y él veía a los católicos exterminar a los hugonotes, y los hugonotes exterminar a los católicos, y todo ello en nombre de la religión, se forjó una creencia mixta...
¿Quién no recuerda su ingeniosa alternación de celo católico y de celo protestante, según fuese el interlocutor solitario encontrado en un paseo; o las bolsas, la suerte de las cuales decidía su escopeta, hasta el día en que dos de sus víctimas, aunque de confesión opuesta, se reunieron para colgarlo de un árbol? Pero habiendo contado esa hazaña en la taberna, donde sus dos hijos estaban bebiendo, tuvieron el error de tomar, al salir, dos caminos opuestos. Dos horas después todo había terminado, y Mousqueton admiraba con su hermano la previsión de su pobre padre, "que había tomado la precaución de educarlos a cada uno en una religión diferente".
Hay que decirlo: la habilidad juega un papel en el "encanto" de Dumas. Si aparecen situaciones inverosímiles, arbitrarias, imposibles y más tarde embarazosas, cuando se trata de las magias y visiones en la carrera parisiense de Bálsamo; otras igualmente inverosímiles, arbitrarias, muy forzadas, pero mantenidas en límites humanos, evolucionan hacia un sentido favorable al interés novelesco gracias a la invención narrativa y al diálogo. Bálsamo, hablando en una reunión de hombres de inteligencia media (en la logia de la calle de la Platrière) y contando con la autoridad de un ser sobrehumano que él es eterno y que ha asistido a doscientas revoluciones, tendría que haber avergonzado a Dumas. Pero ¿ocurre lo mismo con Bálsamo en la oficina del jefe de policía? M. de Sartine, a quien la traición entrega los papeles de Bálsamo, en su propio cofrecito, está examinándolos y lee precisamente esta frase: "Deshacerse en París del nombre de Bálsamo, que empieza a ser demasiado conocido, para tomar el de conde de Fé..., cuando la campanilla suena desde fuera y entra un criado, anunciando: "el señor conde de Fénix". El jefe de policía lanza una exclamación, y el lector está a punto de hacer lo mismo. Primero... El jefe de policía seguro de sí mismo; el sospechoso, atrevido, y de pronto, después de tomar sus precauciones, apunta su pistola sobre el policía: Segundo... El audaz, cuando nadie duda de su detención, toma la delantera sobre su adversario, declamándole la historia del asunto del acaparamiento de granos que él amenaza enviar a la opinión por el canal de los "filósofos". Tercero... En fin, gracias así al tiempo ganado, madame du Barry llega, prevenida con anterioridad, y que, en pago de un favor, había prometido a Bálsamo concederle el primero que pidiera; para ella es un simple juego reclamar el cofrecito y marcharse con Bálsamo, cogidos de la mano. Cuarto... Naturalmente, el ingrediente histórico (los granos) inyectado en el relato lo refuerza, le procura una fuerza real, verídica. ¿Basta para hacerla verosímil? Sí y no. El golpe de audacia es maravilloso; sus preparativos, admirables. Tenía que desencadenarse, lo ha sido; la imaginación lo ha recibido y acusa. A partir de ahí, las audacias se enlazan y son recompensadas por la suerte. Bajo el plan novelesco, por la precisión del movimiento, a la cual hay que añadir la habilidad de la conversación, lo inverosímil ha tomado cuerpo, pero no era imposible... ¿Dónde nos sitúan esos ritmos violentos, sincopados, imprevistos? Exactamente en la novela policiaca, una cosa más al activo del Dumas precursor. He escogido el caso típico. Otros casos nos conducirían a un género más tradicional y además superior, la novela de aventuras, por ejemplo: un episodio de Los tres mosqueteros: los cuatro, rodeados de sus criados, haciendo frente a Richelieu ante La Rochela sitiada.
En fin, en las obras maestras de Dumas más de una vez, en sus situaciones y personajes, se encuentra una grandeza de alma que no debería haber más que en las imaginaciones y corazones jóvenes a ser sensibles. Presentan situaciones y personajes "fuera del orden común".
No dudemos ante esta fórmula, que es de Corneille, aunque sienta el romanticismo. ¿Y por qué no? Si, por una parte, el romanticismo no es más que un culto absurdo y peligroso de ilusión, por otra parte entra en una tradición gala y francesa, que se llamó alternativamente epopeya caballeresca, novela cortés, psicología corneliana, y cuyo penacho ondea todavía en Hugo y de Hugo a Péguy.
Yo estoy impresionado de lo que este sentido de la grandeza tiene de inteligente y de delicado, y me parece que no se da uno cuenta mejor que en una escena de El vizconde de Bragelonne, donde D'Artagnan y Colbert se encuentran ante Luis XIV. Los dos hombres tienen, cada uno, amistades y simpatías que los oponen el uno al otro, y el capitán de mosqueteros siempre ha despreciado al empleado, todavía subalterno entonces, y que él llamaba un pedante. Pero el rey, que la abnegación y rectitud de D'Artagnan acaban de emocionar, hace llamar a Colbert, que se había retirado, y pone su mano en la del orgulloso gascón diciéndole: "Usted no conoce a este hombre, conózcalo, será un gran hombre si yo lo elevo a los primeros puestos..." Entonces, frente a un Colbert transformado instantáneamente, sereno y dulce de pronto, súbitamente iluminado de inteligencia, D'Artagnan, fisonomista, se siente conmovido, su juicio sobre este hombre vacila, su inflexibilidad cae. Colbert, adivinándolo, no duda en descubrirle la necesidad oculta que tiene de verse estimado y su profunda esperanza de ser admirado por los "hombres honrados". Salen juntos. Colbert aprovecha para revelarle el objetivo apasionado de su aparente avaricia en la gestión de las finanzas del Estado:
—Con todo el oro que salvaré, construiré graneros, edificios, ciudades, puertos, equiparé navíos, crearé bibliotecas, academias, haré de Francia el primer país del mundo.
La virtud del ambicioso todavía oscuro, eI valor moral del servidor que tiene por amo el país tanto como el monarca, aparecen enteramente a los ojos del mosquetero; y la revelación esparce una extraña luz sobre esa bella escena compleja y efervescente del problema Fouquet, estimado y amado del capitán, y que acaba de detener por orden y por deber, pero sobre quien Colbert ha fijado ya su idea, desde el punto de vista de los intereses del reino. El futuro inspector general pone término a la entrevista con una cortesía de todo corazón, pues el valor de D'Artagnan le es conocido y sabe decírselo.
A la tradición de grandeza, Dumas liga un carácter que, además de serle propio, lo acerca de manera inesperada a Stendhal, por un culto intermitente de la energía de la que Stendhal fue a buscar las caras y las expresiones a Italia, y que Dumas encontró simplemente en la Francia aristocrática del siglo XVI y en la revolucionaria del siglo XVIII. La divisa podría ser: "Acción y amor." Evidentemente, ella se liga en Stendhal a una psicología cerrada al mismo tiempo que a una lucidez pesimista, mientras que Dumas opone (en el conjunto) mucho optimismo natural, experiencia triste, y que además su psicología no se preserva bastante de los relajamientos del folletín. No obstante, sin ningún lugar a dudas ella impone a sus novelas una visión de la vida que exhorta al hombre a superarse, y que lleva al novelista a situar su invención en las cimas de lo novelesco; pero dentro de los límites estrictamente terrestres. Virtud, honor, deber, abnegación, piedad, ¡sea! Pero poca caridad, poca pureza casta, casi nada de cristiano. El trabajo, el riesgo corrido, el valor, piden al contrario el acompañamiento del goce y el correr en pos del placer. La religión no aparece más que bajo la forma de la superstición o del fanatismo. ¿No hemos reconocido ya en Alejandro Dumas un pagano?
Por otra parte, Dumas, en vez de celebrar las aspiraciones del hombre bajo una forma sobre todo lírica, como sus émulos contemporáneos, ha sabido darles más a menudo que ellos —excepto Hugo— caras, gestos y palabras de la vida corriente. Es una grandeza carnal y viva que ha creado. Dio a luz caracteres y tipos clásicos; hemos visto su D'Artagnan, su Athos, su Milady; veremos también Dantés. Es notable que Delacroix un día, hacia el fin de su vida, haya escrito a Dumas: "...Usted se queja con razón de la tendencia de las artes. Nosotros aspirábamos a las alturas; afortunado el que podía llegar. Temo que la talla de los luchadores de hoy no les permita ni tan sólo el pensarlo. Su pequeña y estrecha verdad no es la de los maestros, la buscan en tierra con un microscopio. Adiós el gran pincel, adiós los grandes efectos de las pasiones..."
Como la crítica no ha soñado jamás en aislarlos en un buen cuadro de comentarios (Sainte-Beuve ha faltado en ese caso a todos sus deberes), a esas escenas donde Dumas se ha servido del "gran pincel" y no ha retrocedido ante los "grandes efectos de las pasiones", añadamos "y de las virtudes", puesto que ¿es de los que creen que se puede hacer buena literatura con bellos sentimientos?
Las páginas precedentes ¿no evocan ya algunas de ellas? La grandeza humana en el valor: los mosqueteros nos sirven de modelo; en la política: D'Artagnan descubriendo el porvenir de Colbert; en la pasión amorosa: todo El vizconde de Bragelonne; en el amor paternal y filial: la despedida de Athos y de Raúl en Tolón; en la amistad: separación y encuentro de los cuatro.
Otra grandeza más, que no se refiere a Corneille, sino al eterno genio homérico, es la de los frescos, de amplias narraciones, de los grandes episodios. ¿Los encontramos acaso en el siglo XIX en alguno que no sea Hugo, Michelet y Dumas? El asunto del bastión de Saint-Gervais ante La Rochelle sitiada, la catástrofe de los fuegos artificiales sobre la plaza Luis XV, la toma de la Bastilla y otros menos célebres como la representación de los Bandoleros de Schiller en el bosque por estudiantes conspiradores, La boca del infierno (Le trou de l'en f er) y otros muchos ofrecen ese vasto despliegue de potencia humana y natural que la literatura se esfuerza menos a menudo de igualar que la gran pintura, o la gran música, sin duda porque la acechan la pompa y solemnes procedimientos. La suerte de Dumas es que su simplicidad fundamental le haya hecho correr esas grandezas en el curso natural del relato, guardando, sin embargo, el tono de la narración. Puesto que se trata de designar un ejemplo, extraigámoslo, salvémoslo de una novela donde corre el riesgo de quedar un poco ahogado, Los cuarenta y cinco.
El episodio tiene lugar en los tiempos en que Enrique III sitiaba Amberes por el ejército de su hermano, el duque de Anjou, con el concurso de la flota mandada por Joyeuse. Diana de Méridor, la dama de Monsoreau, decidida a ganar el campo francés para matar al duque, corría a su venganza a través de la llanura belga, vestida de hombre, montando un caballo y acompañada por su abnegado servidor Rémy. El azar quiso que Henri de Bouchage, hermano de Joyeuse, fuese en la misma dirección guerrera, pero buscando la muerte para sí mismo, precisamente porque amaba a la dama y ésta lo había rechazado por fidelidad a Bussy. En el camino reconoció la pareja, la siguió, la vigiló, y furioso ante la idea de que Diana se rindiese a un encuentro amoroso, avanza a descubierto, dándose a conocer y poniéndose a la par con sus caballos. Rémy, guardián celoso y valiente, no se inquieta con demasía de esta persecución, de la que muy rápidamente se había dado cuenta. Otra cosa ocupaba su pensamiento. Efectivamente, en el último albergue, se había enterado que un inmenso éxodo de población se dirigía hacia Bruselas, y que ya nada se veía en el campo, ni gente, ni animales, ni rebaños, ni pastores. Ni siquiera una voz, ni una silueta, fuera de la de Rémy, de Diana y, a cien pasos, Henri.
La noche descendía sombría y fría, el viento de noroeste silbaba en el aire y llenaba las soledades de su ruido, más amenazador que el silencio. Rémy detuvo a su compañera, poniendo las manos sobre las riendas de su caballo.
—Señora —le dijo—, usted sabe que soy inaccesible al temor, usted sabe que yo no daría un paso atrás para salvar mi vida; pues bien, esta noche, algo extraño pasa en mí, un entorpecimiento desconocido encadena mis facultades, una parálisis me impide ir más lejos. Señora, llame a eso terror, timidez, pánico incluso. Señora, os lo confieso: por la primera vez en mi vida, tengo miedo.
La señora se volvió: acaso todos esos presagios amenazadores le habían escapado, quizá ella no había visto nada.
—¿Está todavía ahí? —le preguntó.
—¡Oh! No es de él de quien se trata —respondió Rémy—; no sueñe más en él, se lo ruego; está solo y yo valgo tanto como otro hombre. No, el peligro que temo, o más bien que yo siento, que adivino con un sentimiento instintivo más bien que de una manera razonable; ese peligro que se acerca, que nos amenaza, que nos envuelve quizá, ese peligro es otro; es desconocido, y por eso lo llamo peligro.
La señora movió la cabeza.
—Mire, señora —dice Rémy—, ¿ve usted aquellos sauces que curvan sus cimas negras?
—Sí.
—Al lado de esos árboles diviso una casita; por favor, vayamos a ella; si está habitada, razón de más para que pidamos hospitalidad; si no lo está, nos apoderaremos de ella; señora, no haga objeciones, se lo ruego.
La emoción de Rémy, su voz temblorosa, la incisiva persuasión de su discurso decidieron a su compañera.
La casa, el jardín, todo estaba vacío, solitario, desolado. Forzaron la puerta y Rémy instaló a su señora en la única habitación del primer piso, y descendió a la planta baja a vigilar, mientras que Henri, tumbado bajo los sauces, prestaba atención a lejanas explosiones. Pronto empezó un doble diálogo, un doble combate, por una parte entre los dos hombres y sus pensamientos —ése era mudo—, y por otra entre Henri y el espacio. Su caballo relinchó, levantó la cabeza y quería marcharse. ¿Qué pasa, pues? Un sordo murmullo llegaba de los diferentes puntos de un semicírculo arqueado de norte a sur, con ventarrones cargados de gotas de agua, y pronto un ruido de marea invadió el horizonte. ¿Un ejército en marcha? No, ningún ruido de pasos, de gritos, de armas. ¿Un incendio? No, el cielo se ennegrecía con la noche... En fin, llevando su caballo a una prominencia, el joven vio una ancha espesura móvil avanzar, mientras que la pradera se mojaba.
—¡El agua! —exclamó—. ¡Los flamencos han roto sus diques!
Entonces, no se trata ya más para Henri que de penetrar en la casa, convencer a Rémy de sacar a Diana. Después de una lucha en la que la muerte rozó a los dos hombres, logró llevar al leal servidor cerca de la ventana, que rompió de un puñetazo. "Y ahora, ¿ves de qué se trata?", dijo, mostrándole la loma de agua inmensa que blanqueaba el horizonte y que rugía avanzando.
"¡El agua!", murmuraba uno, y el otro exclamaba: "¡Sí, el agua!"
Los pájaros huían en un vuelo siniestro. Un crujido terrible anunció que la inundación acababa de llevarse al dique del pueblo vecino; las olas arrastraban las maderas de las casas derrumbadas con los árboles desarraigados, la campiña se estremecía siniestramente: lejanos gritos y relinchos llegaban en un concierto tan extraño y tan lúgubre, que el pavor unió los tres seres. Huyeron. Se precisó la suprema suerte de una barca para asegurar su salvación.
El episodio, ¿no es simple y grande? Los caracteres se afrontan, el combate de los humanos no cesa más que ante el desencadenamiento de la naturaleza. Una tal marcha hacia lo desconocido, ¿no sería ilustre si Hugo la hubiera firmado? La muerte de Porthos en la gruta de Locmaria le hace pareja. En la época en que Dumas acababa El vizconde de Bragelonne, su hijo un día vio que lloraba.
—¿Qué tienes? —le dijo.
—Una gran pena: Porthos ha muerto.
Esa pena ha pasado en muchas memorias: conservan el gigante tal como el novelista lo fijó en su última imagen, aplastado bajo un monolito, estrecho en su cuadro de granito, como entre la rebelión de los amigos de Fouquet y la voluntad real, víctima de la ambición de los hombres y, sin embargo, no vencido por ellos, sino por la potencia de la naturaleza. Porthos, señor de Pierrefonds, tenía derecho para su muerte a una decoración que estuviese a la medida de su fuerza y su valor, y la tuvo. Tenía derecho igualmente a que todo pasase en una suprema soledad entre él y el destino. Terminó su vida todavía más homérica que la vivió.
Ante esas bellezas, divididas entre el genio literario y la realidad histórica, no es posible escapar a una interrogación: ¿Dónde está la verdad? La verdad de las novelas históricas de Dumas es de la misma naturaleza que la de las "palabras históricas", las cuales generalmente no han sido pronunciadas, pero que, sin embargo, son auténticas. Crean una imagen, una estampa, y encierran con densidad una especie de superverdad sintética para el amplio público, pero que no ofenden en absoluto el gusto del delicado, que no tiene más que sazonar a su placer con unos granos de escéptica diversión. El "que ahora es prudente —de Richelieu a D'Artagnan— merece ser retenido por la psicología del gran hombre (añadamos: y del mosquetero), que tales fórmulas no las discuten ya nuestros manuales".
En suma, Dumas novelista histórico hace oir una protesta contra el poderío de la ciencia; lo verdadero se le ha aparecido del lado de la poesía, por lo menos tanto como del lado histórico. Ahora bien; la prioridad científica de la historia, ¿no ha sido exagerada por el fin del otro siglo y no lo sería para el nuestro? Ella acumula un peligro de inmovilidad. Bueno es, pues, que prevalezcan nuevamente con Dumas el movimiento, la marcha espontánea, el impulso creador.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)