Diez existencias en una

Sin embargo, los días, los meses y los años de Alejandro Dumas irrumpían y desaparecían en confusa rapidez, arrastrados como en un torbellino por la vida pública, el mundo y sus fiestas, los viajes, los amores y, en fin, sobre todo, por el trabajo. Dumas fue un trabajador infatigable. Cualquier otro se hubiera rendido ante la tarea. Pero Dumas podía realizar el trabajo más abrumador con una sonrisa. En su dedicación al trabajo llegaba a lo imposible, y todo ello sin regatear a la vida casi nada, excepto algo de sueño.
Cada año: una, dos y hasta tres piezas de teatro, con todo lo que eso supone de idas y venidas, de lecturas ante los comités, de discusiones con los comediantes, de tardes consagradas a los ensayos; y pronto vinieron a añadírseles dos o tres novelas, cuatro o cinco narraciones, diversas crónicas, artículos ¿De qué se compusieron, por ejemplo, los doce meses de 1841? De lo siguiente: una pieza a ultimar en la Comedia Francesa, otra en la Porte Saint-Martin, dos novelas arrojadas a la voracidad de las salas de lectura, siete u ocho volúmenes de impresiones de viaje por redactar; sin hablar de las visitas al príncipe real, que deseaba que conociese a su hijo; de una correspondencia abundante, y de las idas y vueltas de París a Florencia. Ya había pasado Dumas de los sesenta años cuando Charles Chincholle elogió "al más paciente y al más robusto de los trabajadores", un "Proteo" del trabajo?
¿No se requería, para engendrar este mundo de literatura, una maravillosa moral...? En sus años de juventud, Dumas se había plegado a la moda. La única alegría que permitía la época era el rictus satánico, la mueca de Mefistófeles... "Me puse, como los demás, una máscara sobre el rostro." Y verdaderamente así tuvo que ser para que pudiera pasar "por sombrío y por terrible". La espantosa máscara cayó poco a poco. Su verdadero rostro quedó al descubierto cuando aparecieron las primeras Impresiones de viaje. Era alegre por naturaleza y no le ensombrecía la tristeza más que cuando había buen motivo.
¿No era necesario también un temperamento excepcional? La naturaleza personal de Dumas, franca, airosa y audaz, implicaba necesariamente la existencia de gran vigor físico. Dumas pertenece a la raza de los Hugo, de los Michelet, de los Balzac, de los Préault, de los Frédérick Lemaître y de los George Sand; es de esa familia de artistas atletas, de esa gran generación del más poderoso romanticismo. Eran temperamentos fuertes, no enfermos; sus cabezas no se inclinaban como sauces pensativos, eran robles. Dumas, entre ellos, no era el menos vigoroso.
Su persona, sus gestos, su manera de andar, se caracterizaban sobre todo por su potencia. De creer a sus secretarios, que escribieron sus recuerdos, el menos observador de los hombres, al verlo, decía: "Ese sí es una fuerza." He aquí cómo la condesa Dash veía al Dumas de treinta y cinco años: "Su estatura era soberbia, ya se sabe lo alto que era. En esa época todavía se acostumbraba a llevar calzón corto en algunos bailes. Dumas no se hacía rogar para exhibir sus bellas piernas. A eso es necesario añadir unos ojos muy hermosos de color azul zafiro y que brillaban como esa piedra cuando los animaba su inteligencia."Otro contemporáneo notó su mentón unido a robustas mandíbulas, su cuello de toro "Hubiera creído verse al Mirabeau del drama o de la novela."
Banville cuenta en sus Memorias que, en cierta ocasión, Dumas tuvo el capricho de llevar a su pequeño hijo a un baile de máscaras que se celebraba en la barrera Montparnasse. Allí, disfrazado de postillón, el "gran hombre" bailó toda la noche sin descansar un solo minuto, y hasta llevaba a las mujeres en vilo con los brazos extendidos, como si fuera un hércules de feria. De regreso a su casa, quiso despojarse de su calzón de piel blanca, pero estaba completamente pegado a sus músculos hinchados. Para desembarazarlo de este "calzón de Neso", su hijo tuvo que abrirlo con un cortaplumas y hacerlo pedazos. Después de eso, ¿qué creen que hizo el coloso? ¿Adivinan qué es lo que eligió? ¡Eligió el trabajo, la producción, se puso a escribir! Tras de tomarse un caldo, se sentó frente a unas hojas de papel y se dedicó a llenarlas hasta muy avanzada la noche.
Dumas jamás disfrutó de verdadero descanso; el trabajo le seguía allí adonde iba. Cuando la agitación política de 1831, tan poco propicia a la tarea del escritor, le decidió a huir de París, a pesar de que Antony se mantenía todavía en las carteleras, marchó al azar el 6 de julio, con la intención de descubrir un rincón donde le fuera posible escribir en paz. Sin embargo, deseaba estar junto al mar, y como conocía El Havre por haberlo visitado en 1828, se encaminó en aquella dirección. Allí investigó para encontrar un agujero tranquilo. Se le indicó un pueblecito, muy aislado, del que ya le había hablado el pintor Huet: reconoció el nombre, Trouville. Pero, dónde quedaba? ¿Qué aspecto tenía la pobre colonia de pescadores? ¿Qué idioma hablaban sus habitantes? En Honfleur obtuvo información. Por tierra, le dijeron, el camino era malo, la carreta también, y el viaje duraba cinco horas. Por mar, en cambio, dos horas de barca. Escogió el mar, llegó a su destino, y descubrió algunas casas en la desembocadura del río Touque, en la orilla derecha, entre dos pequeñas cadenas de colinas, mientras que la playa se animaba con las mujeres y los niños que iban en busca de moluscos y camarones. En el margen izquierdo del río, extensos pastos prometían una caza abundante de becadas. Dumas experimentó la alegría de ceder a la fascinación inmensa que ejercía en él la superficie marina, de respirar su áspero aroma, de mecerse en su murmullo, de refrescarse en el espacio.
He ahí cómo, entre todas las cosas del siglo XIX de que Dumas es inventor —para copiar la fórmula de Banville—, hay que inscribir a la estación balnearia de Trouville. Pues pronto se conoció en París su veraneo, que fue objeto de comentarios. Y más tarde, cuando se hubo saboreado en La Presse sus alegres, frescos y aireados capítulos de las Memorias, cuando se hubo olfateado las suculentas páginas sobre la pensión de la madre Oseraie, unos cuantos centavos por dos personas (con comidas cuyo menú era: cocido, chuletas, lenguado a la marinera, langosta con mayonesa, becadas asadas, ensalada de camarones, sidra a discreción), la gente invadió el lugar. Trouville estaba descubierto y conquistado, Trouville estaba perdido...
Dumas no fue allí solo. Bell Krebsamer lo acompañaba. La madre Oseraie se llevó la gran sorpresa cuando le pidieron dos cuartos y no pudo comprender la explicación que le dio el viajero. Dumas se instaló en la habitación que daba al valle; si hubiera escogido la que se abría hacia el mar, con sus mareas y barcas, ¡adiós trabajo! Además tomó la precaución de ponerse a la tarea la noche misma del 7 de julio, pues comprendía que si no afrontaba inmediatamente el yugo se pasaría los días tirando contra los pájaros marinos, recogiendo ostras y pescando anguilas. Ahora bien, no disponía más que de un mes para escribir los versos de su Carlos VII. Por casualidad, un día pescó la más hermosa de las marsopas.
He aquí cómo empleó su tiempo del 7 de julio al 10 de agosto. Todos los días se despertaba al salir el sol, abría los ojos, se desperezaba, tomaba su lápiz, buscaba y completaba sus hemistiquios. A las diez desayunaba; a las once, caza a las becadas. De dos a cuatro, trabajo; de cuatro a cinco, nado. A las cinco y media, cena. De siete a nueve, paseo. De nueve a once o hasta medianoche, trabajo. Todo lo cual representa de siete a ocho horas de labor cotidiana. No se sabe nada acerca de lo que hacía mientras tanto su bella compañera.
De regreso en París el 10 de agosto, asistió esa misma noche a una representación de Marion Delorme, como hombre cuya presencia valía por toda una claque; se apresuró a leer Carlos VII a sus amigos, y a continuación se dirigió al Odeón, cumpliendo el compromiso que había contraído en el propio Trouville para componer el Richard Darlington en colaboración con Goubaux y Beudin, teniendo que volver a comenzar para esta pieza la serie de ensayos que le habían abrumado con Carlos VII, lo cual le llevó todo el mes.
Diversos relatos históricos para la Revue des Deux Mondes, varios versos para los Annales romantiques, la composición de Teresa, y muchas otras cosas que no conocemos, vinieron a colmar la pesada carga que tenía que soportar.
Una cosa que apenas se sabe, algo que no se hace más que entrever, es todo lo que venía a interrumpir esos trabajos: un alocado encadenamiento de placeres y diversiones, de obligaciones y faenas, a los cuales venían a agregarse las preocupaciones de dinero y las especulaciones, la carrera tras el éxito de todas clases, a veces la huída bochornosa ante los fracasos...
Sólo en obligaciones teatrales, en relaciones con los directores, en sorpresas tras bastidores, Dumas tenía que hacer frente a una tarea aplastante. La representación a beneficio de un actor o una actriz que la solicitaba y con quien se tiene una deuda de gratitud, no constituía un acontecimiento muy raro: era necesario entonces improvisar una pieza de un acto, y en el plazo más corto. ¿Un amigo ideó el asunto y otros dos arreglaron el escenario? Falta comer con ellos a las cinco de la tarde, enumerar las escenas ya anochecido y hasta medianoche, levantarse al día siguiente temprano para escribirlas: el acto está ya acabado, pero se han necesitado veinticuatro horas. Así nació para Mlle. Dupont, confidenta del Teatro Francés, la comedia de El marido de la viuda. ¡Qué no ocurriría cuando se trataba de obras más serias! Complacencias obligadas hicieron que un drama en cinco actos como Teresa se escribiera en menos de un mes.
Todavía eso formaba parte del trabajo normal, de su profesión. Pero ¿podía preverse lo que el azar le impondría como ocupación extraordinaria? Polémicas, duelos. ¿Y por qué Dumas habría de escapar al cólera? Ya se sabe que el cólera de la primavera de 1832 se llevó a casi veinte mil parisienses. ¡Qué París! Las Memorias trazan un cuadro alucinante de este París infernal. Dumas, que había cornenzado a combatir el azote a su manera —no ocupándose de ello, viviendo y trabajando como de costumbre, divirtiéndose cuando podía, recibiendo a diario a sus amigos (el pintor Boulanger, Chatillon, Delanoue, a veces Hugo, que recitaba versos, Liszt, que injuriaba. al malísimo piano)—, creyó una noche haberse contagiado. Algo aturdido, mal asistido por su criada, que había perdido la cabeza, bebió por error un vaso que contenía dos terceras partes de éter por una de vino de Málaga. Perdió el conocimiento y tardó dos horas en volver en sí. Temblando de frío, vio cómo el médico le administraba, por medio de un conducto bastante incómodo, un baño de vapor bajo las mantas, mientras que una vecina caritativa le frotaba por encima de las sábanas con un calentador lleno de brasas. "No sé lo que me ocurrirá en el infierno —escribe al concluir su relato—, pero jamás estaré más cerca de ser asado que en aquella noche...
Pasé cinco o seis días sin poder poner las pies fuera de la cama; me sentía literalmente molido."
Fue en ese estado, adelgazado veinticinco libras y minado por una fiebre tenaz que se prolongó más de lo corriente, cuando, poniendo o sin poner los pies fuera de la cama, se metió en el avispero de La Tour de Nesle y de los dos años y medio de enredos periodísticos y judiciales, a los que arrastró a su colaborador, el joven Gaillardet, muy a pesar suyo. No obstante, encontró el medio de que se representasen, mientras La Tour de Nesle proseguía su fructuosa carrera, otras tres piezas, al mismo tiempo que trabajaba en un libro de historia y en una quincena de artículos de historia y de viajes para la Revue des Deux Mondes.
Indudablemente, Dumas hubiera podido tomarlo con más calma y, satisfecho de sus éxitos, gozar de algún descanso. ¡Pero necesitaba tanto dinero! El tren de vida a que se había acostumbrado no mostraba tendencia alguna a disminuir; por el contrario, se hacía más exigente. Se hubiera dicho que multiplicaba la dificultad de vivir para gozar con mayor intensidad. Y de este modo, no contento con viajar por Francia y Europa, se aficionó a viajar por París y, por así decirlo, los penates al hombro. En otras palabras, ¡cuántas veces no cambió de casa! De la calle de la Universidad pasó a la plaza de Orleáns (calle Saint-Lazare, 42), en un hermoso edificio nuevo, donde vivían ya Etienne Arago, el músico Zimmermann y otros dos amigos. No había terminado el año 1833 cuando ya el inestable inquilino abandonaba la plaza de Orleáns por el primer piso de una casa, hoy derribada, en el número 30 de la calle Bleu. Allí, sin embargo, se fijó durante cinco años. Después de los cuales, la calle de Rívoli le recibió en el cuarto piso de un gran inmueble con balcones que ofrecían una magnífica vista de las Tullerías. Este progreso domiciliario revela, evidentemente, las miras ambiciosas de Ida Ferrier, que había sucedido a Bell Krebsamer. ¿La pareja había tenido un mobiliario mediocre mientras estuvo en la calle Bleu? La condesa Dash así lo afirma; pero Jules Lecomte, que vio a Dumas en esa casa, hablaba "de una alcoba tapizada de seda amarilla con la cenefa bordada" y el techo cubierto de "una sola luna". Jules Lecomte también notó las cortinas de terciopelo azul, un mobiliario de madera de limonero y tapices de peleterías No estaba mal. Pero en la calle de Rívoli, la propia condesa Dash tuvo que inclinarse: instalación de mucho gusto, nos dice. Alejandro e Ida no hubieran podido pecar jamás por demasiado lujo en la tarea de corresponder a las comidas y cenas a que París les invitaba o invitaba a Dumas solo. Es necesario también tener en cuenta los placeres de la gastronomía, y su necesidad de un marco apropiado, así como del arte culinario, que ocupó de un modo singular a nuestro hombre. Durante mucho tiempo preparó una colección de recetas rimbombantes que publicaron después de su muerte y que, desde luego, no preconizaban la cocina apresurada ni económica: ¿no se trataba de un arte, de un gran arte?
En eso, como en todo, Dumas tenía que demostrar su liberalidad. Era ostentoso de nacimiento, es evidente. Su generosidad natural se mezclaba a cierta vanidad ingenua. Y además, ¿no era un modo de que el cuarterón deslumbrase a los blancos puros? ¿El republicano de infancia pobre no estaba poseído del deseo de eclipsar a los príncipes? El rey Luis Felipe había ofrecido a principios del año 1833 un baile espléndido al que asistieron todas las celebridades políticas, pero en el que la ausencia de artistas y literatos era tan manifiesta que Bocage dijo a Dumas: "Hay que «hundir» al baile de las Tullerías."
—¿Cómo?
—Dé usted otro.
—¡Yo! ¿Y quién vendría?
—En primer lugar, las personas que no van al palacio real, y después los que no pertenecen a la academia. Me parece que no se puede pedir gente más distinguida...
—Gracias, Bocage; lo pensaré.
Y tanto lo pensó que, al acercarse el Carnaval, logró el consentimiento del propietario de la casa para derribar un muro y ampliar su apartamiento al unirlo con otro que se hallaba vacío en el mismo piso. Todos los amigos pintores fueron movilizados para decorar en cuatro días las habitaciones desnudas, pero provistas de hermosos fuegos para calentarlas. Decamps, Nanteuil, los Johannot, Ciceri, Ziégler, Delacroix, se inspiraron en las novelas o las piezas de los autores invitados, de modo que el día del baile, Rodrigo, el Rodrigo del Romancero, Lucrecia Borgia, Cinq-Mars, Debureau, el señor de Ciac, la Esmeralda, rodeados de los leones y de los tigres de Barye, se secaban en los muros. A las siete llegó el cocinero Chevet con un salmón de treinta libras, una galantina colosal, dos corzos asados y el paté d'ogre proporcionado por tres liebres. El salmón y la galantina eran producto de un cambio contra cuatro corzos, botín mirífico de la cacería realizada por Dumas y una pléyade de amigos en la nieve del bosque de Ferté-Vidame. Todas estas piezas, que debían subvenir a las necesidades de la cena, contarían para remojarlas con un ejército de botellas: trescientas de vino de Burdeos, que se calentaban, trescientas de vino de Borgoña, que se refrescaban, y quinientas de Champaña, que se helaban. Se disponía de dos orquestas, una para cada apartamiento, más una superorquesta pintada por Grandville, y cuyos treinta o cuarenta músicos reproducían los rostros de los amigos en caricatura.
Todo fue colosal o extraordinariamente imprevisto en estos preparativos de la fiesta. ¿El vehículo que transportó a los cazadores? "Una inmensa berlina" de la que Dumas era propietario "no sabía cómo", según dice. ¿El regreso a París? Recargado de un botín de nueve corzos que pendían de la imperial del vehículo como en el escaparate de una carnicería. ¿El estudio improvisado en el departamento vacío? El campo de maniobras de los pintores que durante cuatro días consecutivos no interrumpieron su labor más que para dormir. El primer día, los Johannot quisieron pintar a la luz artificial; al día siguiente, ¡desesperación!, pues se dieron cuenta de que habían confundido unos colores con otros y que sus dos cuadros parecían dos inmensas tortillas de legumbres. Mas el hábil decorador que era el padre Ciceri arregló las cosas a fuerza de brochazos. El último día, el día mismo del baile, Delacroix pintó a su rey Rodrigo en tres horas de improvisación ante un círculo de jóvenes maravillados.
Hacia medianoche se podía reconocer (pues era un baile de disfraces, no de máscaras) a las comediantas y actores de la Comedia Francesa, es decir, la corte de los Valois bajo los trajes de Enrique III, pero también a las estrellas de otros teatros, como Mlle. George en campesina de Nettuno, Mlle. Falcon, la bella judía de Rebeca, Bocage, como Didier... Todas estas bellezas se convirtieron esa noche en las favoritas de La Fayette, viejo coqueto y galante disfrazado de veneciano; Rossini, de Fígaro, rivalizó con él en popularidad. Buloz, Veron, Odolán Barrat y Eugenio Sué se endosaron allí mismo sus dominós.
Petrus Borel, de joven Francia; Delacroix, de Dante; Frédérick Lemaître, de Robert Macaire, y Musset, de bufón, se hallaban rodeados de turcos y rusos. Dumas había escogido un traje de 1525, según un grabado del hermano del Ticiano. Además había un bey de Argel y un torero. Como a Pierre Tissot, el académico virgiliano, se le ocurrió ponerse una máscara de valetudinario, apenas se mostró en la fiesta cuando el pintor Jadin, disfrazado de enterrador, con un crespón en el sombrero y aire lúgubre, le siguió los pasos y cada cinco minutos se inclinaba sobre su cuello y le murmuraba esta palabra: "Espero..." No tuvo que esperar mucho, pues Tissot, al cabo de media hora, se dio a la fuga.
Tras de la cena, que evocaba reminiscencias de los placeres selváticos, se inició el baile. La fantasía de los artistas lo animaba a desbordarse. Por su parte, Dumas se encargaba de animar y desencadenar a los artistas. ¿Por qué no se le ocurriría disfrazarse de Mefistófeles? Hacía que todos bebiesen, formaba parejas, abrazaba a las mujeres. Comparar este baile con el del Deanato, que describe Gerardo de Nerval en La bohemia galante, sería como querer que se deslizasen, uno junto al otro, un torrente furioso por el deshielo y un arroyo al final de primavera límpido sobre los guijarros. Pero la alegría era la misma. Eran las nueve de la mañana cuando la multitud de invitados salió de la casa, encabezados por la música, a través de la calle de los Trois-Frères, y bailó "el último galop, una de cuyas puntas llegaba al bulevar, mientras que la cola se zarandeaba todavía en el jardinillo de la plaza".
Dumas afirma en sus Memorias haber contado en un momento dado cerca de setecientas personas. Otras, en cambio, contaron cien... La cifra exacta será siempre un enigma. Otro enigma envolvió durante mucho tiempo en inexplicable oscuridad a la dueña de la casa, en quien algunos pretendieron y pretenden reconocer a Ida Ferrier. Y, sin embargo, hubiera resultado difícil para Dumas designar a Bell Krebsamer de modo más claro de lo que lo hace en los Recuerdos y en sus Memorias: una "bellísima persona de cabellos negros y ojos azules". No cabe la menor duda, puesto que Mlle. Ferrier era más rubia que el trigo. ¿Entonces? Es que los historiadores tardaron mucho en reconocer la importancia de la segunda Mèlanie y, sin duda también, su virtud les impedía adentrarse en las complicaciones habituales de Dumas, que acababa de ofrecer la corona a Ida Ferrier, sin que Bell Krebsamer hubiese abdicado todavía...
¡Dos reinas! Yugo ligero para un republicano que gozaba del vigor de un descargador y del buen humor de un bajá. Desde luego, la pequeña Ida no hubiera podido rivalizar con la espléndida figura de la bella judía al lucir la gorguera almidonada y el sombrero de fieltro con plumas negras que la anfitriona llevaba a semejanza de Hélene Fourmet, segunda esposa de Rubens.
Con el advenimiento de Ida Ferrier se inicia un capítulo importante en los amores de Alejandro Dumas y se acelera el torbellino en que se había convertido su vida.
No tomemos al actor Bocage por un mediador, pero se entusiasmaba con las jóvenes actrices descubiertas fuera de París y se esforzaba a la vez en mejorar su fortuna y proporcionar a los autores caras nuevas... Ida Ferrier actuaba en los alrededores de la capital, y Bocage la presentó a Dumas para el papel de Amélie Delaunay. El autor de Teresa, maravillado por la virgen pura que la artista creó en este drama de amor incestuoso, ¿la llamó al final de la representación para proponerle debutar con una de sus piezas en un gran teatro ganando cuatro mil francos? ¿O es que la muchacha, al retirarse tras bastidores radiante por el éxito, cayó agradecida en brazos del escritor, a quien todo se lo debía? De cualquier modo, lo cierto es que éste la llevó a cenar. Los preliminares fueron tanto más cortos dado que Bell Krebsamer actuaba entonces en provincias o en el extranjero. Al regreso de Bell, Ida rompió con Dumas, aunque en esos momentos ella trataba en vano de brillar en el Palais-Royal. Pero la separación de Dumas y Bell no tardó en ocurrir, y entonces reanudó sus relaciones con Ida y le dio el papel de Angela en la Porte Saint-Martin, en diciembre de 1833. La actriz desempeñó también en 1834, aunque sin éxito destacado, el papel de la infortunada heroína en Catalina Howard, y a continuación los de Bon Age y de hermana Marthe en Don Juan. Su fracaso en la Comedia Francesa terminó por convencerla de que todo el mérito residía en su belleza. "Tenía un rostro adorable, ojos admirables que parecían negros y no lo eran; sus cejas y sus pestañas, que sabía pintar con infinito arte, parecían de ébano. Su piel era un verdadero satín blanco, apenas rosado; sus labios de coral y su nariz de dibujo irreprochable completaban un conjunto que muy raramente se encuentra. Sus cabellos eran de un rubio adorable; cuando ella se los rizaba en bucles a lo Mancini, parecía un precioso esmalte de Petitot... Sus manos y brazos eran verdaderas maravillas, sus hombros y su pecho eran de una blancura de leche..." Fue una mujer la que hizo este retrato y por ello no pasó por alto los defectos: dientes defectuosos, pies poco agraciados; de ahí que prefiriese los vestidos de cola ¡a pesar de que no fuera la moda y aunque en varias ocasiones al pisarlos estuvo a punto de caer en plena escena! Y sobre todo una cintura que adquiría una amplitud excesiva. Tenía encantos, ciertamente, pero "¡qué masas!"
La obesidad creciente de Mlle. Ida comprometía a las piezas en que actuaba, pues en todas ellas figuraba forzosamente en papel prominente. Esto fue causa de numerosos disgustos para su ilustre amante, pues ella se mostraba envidiosa de las creaciones para las cuales no estaba hecha, y derrochaba el dinero en sus vestidos, teniendo Dumas que pagar la diferencia entre los precios y la suma concedida por la dirección. Sus cartas de solicitud dan una idea bastante aproximada del hombre a quien su amante le exige que se exponga a ahogarse para cogerle una flor. He aquí una, dirigida al teatro de la Porte Saint-Martin; lleva fecha del 27 de marzo de 1832:

El señor Ferville, a quien presento mis cumplidos más sinceros, ¿me permitirá recordarle el gran interés que tengo en que Mlle. Ida reemplace en la Porte Saint-Martin a Mlle. Noblet, puesto que sería un modo de proporcionar a ese teatro, en el que espero estrenar por lo menos dos obras en el corriente año, un talento que me agrada y que me ha sido ya muy útil?
Harel, según creo, necesita a esta joven persona..., y no será a un excelente comediante como el señor Ferville al que haya que recordar la gran expectación que reina por el debut de Mlle. Ida.
Por otra parte, ya he hablado de esto con el señor Ferville, y lo encontré tan bien dispuesto, que no dudo de que cuento con todo su apoyo en este asunto, al que atribuyo la mayor importancia.
El salario mínimo será de 3.000 francos, con los vestidos pagados.
Mil cumplidos que repito mil veces.
P.S. — Mañana o pasado mañana tendré el honor de ver al señor Ferville.

Otra carta, dirigida al director del Journal des Théâtres cinco años más tarde, el 24 de febrero de 1837, hace resonar en el oído casi las mismas notas:

Mi querido vecino:
El contrato acaba de llegarnos en este mismo instante, firmado por los señores miembros del Comité de la Comedia Francesa; en él se deja a elección de Ida la fecha para su comienzo, y es por completo independiente del contrato que pienso suscribir por mi parte: la Comedia, como usted ve, ha extremado su delicadeza. Ida irá a veros mañana y os explicará todo. Pero ha querido que quedaseis instruido de ello tan pronto como ha firmado. Mi agradecimiento más profundo por la buena política con que nos habéis favorecido, y mil cumplidos sinceros.

Mas, ¡ay! contratada como joven primera actriz, Ida no obtuvo otro papel en el Teatro Francés que el que desempeñó en Calígula, representada solamente veinte veces, del 26 de diciembre de 1837 al 16 de febrero de 1838, y vio cómo se encarnizaba contra ella, en el famoso "Courrier" del vizconde de Launay, la implacable Mme. de Girardin. "¿Cómo adoptar la profesión de ingenua con semejante talle? La gordura de Mlle. Ida, jovencita soñadora y sentimental, siempre vestida de blanco, virgen tímida de pie ligero, que huye de infame raptor, ángel y sílfide del que se buscan las alas, es risible e indignante. Una persona destinada a ser raptada todas las noches debería ser por lo menos transportable." La pronunciación también dejaba que desear. Como lo escribía el vizconde, "desde hace diez años, Mlle. Ida está acatarrada". Su pronunciación vulgar y viciosa, buena para las mujeres del drama moderno, no había desentonado demasiado en Angela: "A eso se le llamaba tener lágrimas en la voz." Pero en el drama histórico, así como en la tragedia, cuando Stella, al contar la resurrección de Lázaro, debe exclamar: "¡Un milagro, madre mía!", ¿qué acento dramático podían adquirir estas palabras que en labios de Ida se convertían en: "¡Un bilagro, badre bía!"?
Fracasada en la escena, Ida Ferrier trató de triunfar en la casa, no utilizando para ello su imperio sensual sobre Dumas, sino actuando con habilidad de ama de casa. Sabía recibir a las mil maravillas, y esto encantaba a Dumas. También sabía cómo hacerse ayudar por su madre, viuda de un administrador de correos en Nancy. Ningún derroche, pero "todo montado en gran escala"; y se recibía a menudo, se festejaba a los directores, a los actores y a los periodistas, cuya influencia tanto necesitaba Mlle. Ferrier, así como a las gentes de mundo que ella imponía a Dumas y con quienes éste tan poco simpatizaba. Pero era imposible arreglar mejor las comidas, y Dumas lo agradecía. Esas relaciones duraron varios años. Ida dominó en el apartamiento de la calle Bleu y en el de la calle de Rívoli. Rivalizaba con su amante en sus liberalidades de anfitrión. Junto con él viajó por Suiza y por Italia.
Infortunadamente, era mala por naturaleza, tenía poco corazón, un fondo de corrupción y una hipocresía de mujer interesada. El hecho de haber sido educada en un pensionado de muchachas nobles le había dado cierta presunción. Su terrible espíritu de envidia y de dominio envenenó la vida de un hombre que ponía su trabajo por encima de todo y que necesitaba, por lo tanto, mucha tranquilidad. Le impuso un régimen de dos o tres escenas diarias, espió su correspondencia y sus salidas, y quiso convencer a todo el mundo de que lo tenía bajo su planta.
Ella hubiera preferido saberlo amante de mujeres oscuras a sospechar tan siquiera que fijaba su mirada en una actriz de renombre. ¡Llegó a estar celosa de Marie Dorval! Fueron necesarios nada menos que los sesenta años de Mlle. Mars para que ella la admitiese como protectora de su hogar. Fue, en efecto, Mlle. Mars, la que, ayudada por una mujer cuya identidad no ha sido posible averiguar, reconciliaba a la pareja, pasando por peripecias impagables, cada vez que se peleaban... Foucher, el suegro de Hugo, contaba que "la pequeña Ida, no contenta con arruinar "al gran Dumas", lo solía apalear".
Estas uniones eran raras y llamaban la atención en esa época. En los estrenos se mostraban unos a otros cinco o seis parejas irregulares como si fueran una curiosidad. ¿Fue por esto por lo que los amantes convirtieron sus relaciones en matrimonio? Se adujeron varias otras razones. Según algunos, Dumas cometió la imprudencia de llevar a su amante a un baile dado por su amigo el duque de Orleáns y hasta llegó a presentársela; el duque entonces, al parecer, le dijo: "Queda bien entendido, mi querido Dumas, que usted no ha podido presentarme más que a su mujer." Pero la anécdota carece de verosimilitud y su propalador no goza de ningún crédito. También se contó que el tutor de Ida, contratista de letrinas, a mucha honra, invirtió el capital de su pupila, cuarenta mil francos, en la compra de doscientos mil francos de pagarés contra Dumas, y que, escoltado por guardias, intimó al gran hombre para que escogiese entre casarse o ir a Clichy, es decir, a prisión por deudas. Es de notar que las sumas mencionadas ascenderían a nueve o diez millones de francos actualmente, una suma enorme. Pero ¿quién sabe? Un antiguo actor, Marcel Luguet, que terminó sus días en la casa para jubilados Galignani, dijo que había conocido a Dumas después de su matrimonio y haber sabido por él mismo la respuesta que dio a un amigo que se sorprendía de su unión legítima con semejante mujer.
—Querido amigo, fue para librarme de ella.
La boda se celebró el 1º de febrero de 1840, en la alcaldía del primer distrito y en Saint-Roch, y tuvo por testigos a Chateaubriand y a Roger Beauvoir, a quien Chateaubriand, al parecer, después de haber bendecido a la recién casada y tras de observar su abultado corpiño, le murmuró: "¿Ve usted?, mi destino no cambia; todo lo que yo bendigo se cae."
A los fastidiosos defectos de la dama y la incompatibilidad de caracteres de los dos amantes, transformados en esposos, vinieron a añadirse discrepancias de un tipo particular. Ida demostraba gran amabilidad para educar a Marie, la hija de Bell Krebsamer, pero no congeniaba con el hijo de Catherine Lebay, así como éste tampoco la podía ver.
El padre, por su parte, adoraba a su hijo aunque éste no le quisiera. El padre había tratado a su hijo, todavía niño, como a un adolescente, y ahora trataba al adolescente como si fuera un hombre. Sentía no poder guardarlo junto a él, en vez de tener que enviarlo a un colegio para alumnos internos, donde el adolescente fue tan desgraciado como lo había sido ya de niño: El caso Clemenceau y el prefacio de La mujer de Claude revelaron el prolongado suplicio. Y sin embargo, ¿cuántas cartas cariñosas no le escribió su padre? Prueba de ello la que a continuación copiamos, en la que se habla de quién sabe qué embarque y que, infortunadamente, no está fechada:

Mi querido hijo:
Llegué sin novedad.
Te abrazo antes de subir al barco.
No beses demasiado a tu amiga del muelle y no te eternices bajo sus ventanas. He ahí las dos únicas cosas que te recomiendo.
Adiós, mi querido niño. Cuídate mucho, ya sabes que eres lo único que quiero en este mundo.
En otras cartas, ora hacía prometer "al niño" que tomaría lecciones con el armero Devismes, ora le prometía a su vez llevarlo en un viaje a Córcega, o bien le enviaba a pasar las vacaciones a casa de su hermana, Mme. Letallier, o a Béthisy-Saint-Pierre, cerca de Verberie, o a Nogent-le-Retrou.

¿No es conmovedor y harto sorprendente, con la vida que llevaba, que encontrase tiempo para pensar en los problemas de educación y para dar a un hijo, del que tantas cosas le separaban, consejos acerca de lo que debía leer, contenidos en una larga carta de 1839 o 1840? Es una carta inesperada que debe ser inscrita en el activo del balance de Dumas, aunque un párrafo de la larga posdata provoca la sonrisa...

Mi querido hijo:
Tu carta me ha causado un gran placer, como todas las cartas en que te muestras en buena disposición. Los versos latinos no son de gran importancia. No obstante, aprende la medida, para que puedas escandir el idioma, si por casualidad te vieses obligado a hablarlo —en Hungría, por ejemplo, donde cualquier campesino habla latín—.
Aprende bien el griego, a fin de que puedas leer a Homero, Sófocles y Euripides en el original, y aprende el griego moderno en tres meses; en fin, ejercítate bien en la pronunciación del alemán, más tarde aprenderás el inglés y el italiano. Entonces, cuando sepas bien todo eso, juzgaremos por nosotros mismos y juntos la carrera que más te conviene.
A propósito, no descuides el dibujo.
Dile a Charlieu que te haga conocer no sólo a Shakespeare, sino también a Dante y a Schiller.
Por otra parte, no te confíes en los versos que te enseñan en el colegio. Esos versos de profesor no valen un comino. Estudia la Biblia a la vez como libro religioso, histórico y poético; la traducción de Sacy es la mejor. Busca en ella, a través de la traducción, la elevada y magnífica poesía que encierra: en Saúl, en José. Lee a Corneille, apréndete algunos trozos de memoria. Corneille no es siempre poético, pero nunca deja de ser conciso y de estilo brillante. Dile a Charpentier de mi parte que te dé a conocer a André Chénier. Charpentier habita en la calle de Seine, en casa de Buloz te darán la dirección. Dile a Collin que te ayude a conseguir en Hachette cuatro volúmenes titulados Roma en el siglo de Augusto. Lee a Hugo y a Lamartine —pero únicamente las Meditaciones y las Armonías—, y después haz tú mismo un pequeño trabajo acerca de las cosas que encuentras bellas y las que te parecen malas; me lo mostrarás a mi regreso. Por último, trabaja y descansa por la variedad misma del trabajo. Cuida tu salud y sé bueno.
Adiós, mi querido niño; le he dicho a Dommange que te dé 20 francos de aguinaldo.
Te besa.
P.S. —Dile a Collin que tan pronto como reciba mi pieza le escribiré a Buloz para conseguirle entrada gratuita.
Vete a la librería de Tressé y llévate por cuenta mía las poesías de Hugo y su teatro, y el Molière del Panteón.
A mi regreso te dará a conocer a Lamartine.
Lee mucho a Molière. Es un gran modelo de la lengua de Luis XIV. Aprende a conciencia algunos trozos del Tartufo, de Las mujeres sabias, y del Misántropo. Se han hecho y se harán otras cosas, pero jamás se hará algo en un estilo más bello. Apréndete bien el monólogo de Carlos V de Hernani; el discurso de Saint-Vallier, de El rey se divierte; el monólogo del quinto acto de Triboulet; el discurso de Angelo sobre Venecia; el discurso de Nangis a Luis XIII en Marion Delorme; en fin, de mí, puedes aprenderte también el relato de Stella en Calígula y la caza del león de Yacoub, así como toda la escena del tercer acto entre el Conde Carlos VII y Agnes Sorel. He ahí, entre los antiguos y los modernos, lo que yo te aconsejo estudiar principalmente. Más tarde podrás pasar a los detalles de conjunto.
Adiós, ya ves que te trato como a una persona mayor y que te hablo razonablemente. Por otra parte, vas a cumplir ya dieciséis años y es natural que te hable así.
Tu salud antes que nada. Será en el futuro la fuente de todo.

Sólo que, a medida que Dumas se hundía en su segundo concubinato, ¿cómo hubiera podido resistir el "querido niño" el deseo de juzgarlo? No sería su madre quien se lo prohibiese, desde luego... Aquí, la falta del padre es innegable, la existencia de su hijo le imponía un deber que hizo a un lado con demasiada facilidad. De ahí las querellas, de ahí la obstinación del joven Alejandro en no querer volver a poner los pies en los tapices paternales. Dos cartas lo ponen de relieve, dos cartas que precedieron o siguieron poco a la anterior, la hermosa carta de los consejos afectuosos.
Todo ello se sitúa en la época en que el muchacho dividía su tiempo entre el pensionado de la calle de Courcelles y sus visitas a Passy, vivienda del rencor.

Primera carta:

Mi querido hijo:
No he recibido la otra carta que me escribiste, pues en caso contrario te hubiera contestado inmediatamente.
No es culpa mía, sino tuya, si las relaciones de padre a hijo han cesado de repente entre nosotros; tú venías a la casa y eras bien recibido por todo el mundo cuando, de súbito, decidiste, impulsado por no sé qué consejo, no saludar a la persona que consideraba como mi esposa, puesto que habitaba con ella; desde ese día, y como no entraba en mis intenciones el recibir consejos, ni tan siquiera indirectos, de tu parte, comenzó el estado de cosas de que te quejas y, con gran sentimiento de mi parte, ha durado seis años.
Ese estado de cosas cesará en cuanto tú quieras: escribe una carta a Mme. Ida, pídele que sea para ti lo que ella es para tu hermana, y volverás a ser y para siempre el bienvenido; la mayor fortuna que puedes esperar consiste precisamente en que estas relaciones que mantengo con Ida continúen, pues, como no hemos tenido hijos en más de seis años que llevamos juntos, tengo la certidumbre de que seguiremos sin tenerlos, y de este modo permanecerás como mi único hijo, además de ser el primogénito.
Si haces eso —cosa que te ruego, pero no te exijo, ya que no quiero deber nada a la obligación—, no sólo serás el bienvenido cada quince días, sino que me harás todo lo feliz que está en tu poder hacerme.
No puedo decirte más. Reflexiona únicamente que, si yo me casase con otra mujer, podría tener tres o cuatro hijos más, mientras con Ida no los tendré nunca.
Creo por otra parte que, en esta cuestión, consultarás de preferencia tu corazón a tu interés, aunque, por esta vez, y contra la costumbre, los dos van de acuerdo.
Te abrazo de todo corazón.
P.S.—En lugar de firmar Alejandro Dumas como yo, lo cual puede traernos a los dos algún día graves inconvenientes, ya que nuestras firmas son muy parecidas, deberías poner Dumas-Davy; mi nombre es demasiado conocido, como puedes comprender, para que haya lugar a dudas y, por otra parte, no puedo añadir "padre": soy demasiado joven todavía para eso.

Segunda carta:

Mi querido amigo: demasiado bien sabes que si fueras hermafrodita, y si con el hermafroditismo Dios te hubiera concedido la facultad de saber cocinar, yo no tendría más amante que tú.
Infortunadamente, Dios ha dispuesto que seas de otra manera.
Logra, pues, de una vez por todas, susperarte en espíritu, de modo que nuestros corazones se toquen y se comprendan siempre, a pesar de los obstáculos materiales que se hallan entre nosotros.
Tú eres y serás siempre el preferido de mi corazón y el privilegiado de mi bolsa, sólo que te respondo menos de mi bolsa que de mi corazón.

Pero he ahí que el padre se casa con su amante, y el hijo sólo tiene dieciséis años; Alejandro II no puede impedirse comparar la situación de Ida Ferrier con la de Catherine Lebay; entonces, el sentimiento de ser víctima de una espantosa injusticia, exacerbado por su madre, se le sube a la cabeza. En una carta de Dumas a un amigo, escrita desde Florencia, y en la que se vanagloria de que las fiestas de la ciudad no le impiden en lo más mínimo trabajar, se lee este melancólico párrafo:

¿Hace mucho que no has visto a Alejandro? La terquedad de este infortunado hijo es casi mi única pena. Ha sido él quien me ha forzado, podría decirse, a salir de París. Le he autorizado para que vaya a pasar sus vacaciones a casa del señor Henon, infórmate si ya se ha marchado... Mi mujer te abraza.

Pasan los años, la situación respectiva del padre y del hijo se ha agravado. En 1843, Alejandro II, ya crecido, recibe de Alejandro I el siguiente sermón:

Mi querido amigo: tu carta es de las más impertinentes. No me he puesto grandilocuente contigo. No me muestro noble con Mme. Dumas. No sé quién te ha dado el malísimo consejo de pelearte conmigo, cuando tú sabes demasiado bien que este disgusto es el último golpe que me podía herir.
Creí que podría hacer de ti un amigo, pero me equivoqué.
Creí que cuando tuviese alguna pena podría dártela (sic) a conocer, pero me equivoqué. Creí que en medio de los eternos sacrificios que me impongo, podría gozar de algunos momentos de alegría: los que pasase contigo, pero me equivoqué. No hablemos más del asunto.
Lamento que a los diecinueve años tengas demasiada confianza en ti para no aconsejarte de alguien y recurrir a esa persona. Esta persona, cualquiera que ella fuese, te diría que no tienes razón.
Salir fuera de París no es crearse un porvenir; proponme algo que sea razonable y lo haré.
Gracias por el dolor que me causas —el dolor templa—, probablemente mi próxima novela será mejor. A ti te lo deberé.
P.S. Te hubieras podido ahorrar, la víspera de tu carta, anunciarme tu resolución por medio de Mlle. Blanche. Esta clase de mujeres no parecen dignas de esta clase de secretos.

La desavenencia entre padre e hijo terminó poco más o menos al mismo tiempo que las relaciones entre marido y mujer. Reconciliado con su hijo, Dumas le dio mucho dinero, le permitió alistarse en la juventud dorada y le asoció a su brillante existencia, de modo que Dumas hijo escribía en 1881 a Blaze de Bury: "Mi padre, a quien quería mucho, dígase lo que se diga..." Cuando Alejandro II se puso a escribir, Alejandro I, tras de algunas semanas de mal humor, se lo celebró. Un día quiso casarlo ventajosamente: "Hay una cosa de la que estoy convencido, y es que si tú quieres te casarás dentro de seis meses con una muchacha de dieciocho años, bonita y con un millón de dote. Si juzgas que vale la pena discutirlo, ven a verme."
Ida Ferrier y Dumas se engañaron mutuamente en abundancia. De biografía en biografía se repiten divertidas anécdotas que yo no mencionaré, hasta ese punto son dudosas: una de ellas, de burda picardía, asimila a Ida con una plaza pública. Digamos más bien tocador hospitalario y convengamos en que Roger de Beauvoir no ha sido más que un número de serie. Dumas, por su parte, no se negó ni a la Dorval ni a muchas otras. Juliette Drouet es una de las conquistas que se le atribuyen. También tuvo a Atala Beauchesne, antigua amante de Frederick Lemaître y, después de su matrimonio, a Clarisse Miroy y Mlle. Parson. Ni él mismo llevaba la cuenta. El reinado de Ida Ferrier, como se ve, no fue para Alejandro período de restricciones amorosas y tuvo al mundo del teatro por harén. Desde el comienzo de sus relaciones con Ida, tuvo con una comedianta poco conocida una intriga curiosa.
Cierto día, sentado a la mesa de un hotel de Ginebra, Dumas dijo a varios viajeros: "No han hecho bien en evitar Lyón; hay que visitar Lyón: ¡piénsenlo un poco! ¡Una ciudad que enlaza dos ríos en torno a su talle...!" No se asombren de la deliciosa metáfora: Dumas hubiera podido explicar por qué se sentía llevado a recordar la ciudad como si se tratase de una mujer coqueta. Allí había conocido, dejado y vuelto a encontrar en numerosas ocasiones a una actriz que actuaba de ingenua en el teatro municipal y que era además verdaderamente joven, Mme. Hyacinthe Meynier. Su familia era numerosa y ella era su único sostén; y, sin embargo, le decía Dumas: "Podrías ser casi mi hija..." La aventura comenzó en 1833, una aventura diferente a las que le habían acostumbrado las demás mujeres. De ella quedó un paquete de cartas que, desde luego, no se deben omitir.
La primera frase de la primera carta podría resumir todo: "Hyacinthe querida, nunca hubiera creído que se pudiera hacer tan feliz a un hombre negándole todo."
No todo, sin embargo. De creer a esta carta, la boca de la joven no se había mostrado implacable, y las manos no habían hablado menos que los ojos. No obstante, Alejandro —¿quién lo hubiera creído?— se sentía atraído por este amor angelical: "¿No sabe —escribió— que usted podría ser la realización de un sueño al que siempre he aspirado? Tener un amor extraño a todos mis otros amores, un amor aislado. Un amor con ausencia. Con más corazón que sentidos. Uno de esos amores a los que se acude de lejos cuando se experimenta una gran pena o una gran felicidad." ¿Había verdaderamente aspirado siempre a ese sueño? El final de la misiva nos deja perplejos: "¡Si usted supiera las angustias que me ha hecho pasar estos dos días! A cada instante esperaba, me volvía loco. Usted no podía venir, no debía venir... Tal vez ya no la querría como la amo. ¡Oh, qué alivio!"
Acaba de dejarla, acaba de abandonar Lyón y descendía hacia el Mediterráneo, cuando le escribió una carta en la que el lenguaje seráfico era reemplazado por un tono gallardo y militar. La muchacha debió divertirse con la alternativa, pues el enamorado la califica de "persona maliciosa", para añadir: "Ya veremos quién se cansará primero, usted de reir, o yo de amarla." Pero he aquí los preludios del asalto:

¿Sabe usted, mi querida niña, que se halla admirablemente organizada para la defensa, lo cual no deja de causarme gran inquietud? Usted tiene espíritu, pero no tiene amor, ¿por dónde podría atacarla? Tendré que buscar entre sus amigos algún traidor que me indique su punto débil. Si una de sus cartas cometiese esa traición, me haría usted muy feliz, mi amor. Por otra parte, mañana recibiré una carta suya en Valence, y a través de las palabras podré ver lo que piensa.

¡Oh! "¡Ese usted desagradable!" "Deja de ser francés entre los que se aman, ¿me entiendes?, pues quiero que me ames, que me lo digas y, sobre todo, que me lo pruebes." ¡Cuán lejos estamos ya de los ángeles! Infortunadamente, el ultimátum no suele tener éxito en la guerra blanca amorosa. De cualquier modo, Dumas anunciaba su regreso a Lyón para dentro de cuatro meses y expresaba la esperanza de que podría visitar la ciudad en cinco ocasiones, a razón de una estancia de tres días por visita: "quince días de felicidad". A continuación seguía una hábil maniobra de chantaje sentimental. Pretendía que iba a irse "a mil leguas de su país", que le era indispensable una cosecha de recuerdos para apaciguar "tantas horas de desaliento y de desesperación". ¿Cómo reconocer a Dumas?
Y más adelante, en la misma carta: "Me hablabas de venir." ¡Vaya! Ya no tiene miedo. Y en seguida se imagina besándola en los ojos y en la boca durante el largo camino... Pero la cosa no pasó de ahí. En su lugar reanudó el viejo terna: habiéndose conocido y amado en el otro mundo, el mismo amor continúa en éste. Pero no tardó en volver al ataque con pícara destreza: en el otro mundo, según cree recordar, su amor "estaba mucho más avanzado" y deben "llegar cuanto antes al punto en que estaban..."
De este modo le escribió desde Vienne, Valence y Orange, y en cada ciudad encontraba en lista de correos algunas líneas de la "malvada y maliciosa niña", que le dejaba repetir cien veces: "Te amo", sin contestarle una sola vez "Le amo", y que, sin lugar a dudas, cuando fuese a estrecharla entre sus brazos, le haría una bella reverencia al mismo tiempo que le diría: "Le admiro." Escena que debía haberles ocurrido muy a menudo, a pesar de lo cual un escalofrío le recorría de la cabeza a los pies cada vez que la tocaba. Mientras tanto, "usted es una coqueta", le escribía, para amenazarla a continuación: "Tenga cuidado. Se ríe y juega con la pasión, pero algún día se quemará el corazón y yo quedaré vengado. Entonces mataré al que me haya hecho ese favor." ¿Hablaba en serio? No lo parece. ¡Se le ve retornar tan rápida y fácilmente al dulce idilio!

Olvidadiza, que ha dejado sus flores en mi chimenea. Me llevé una y dejé la otra. He pensado que tal vez usted enviaría a Madeleine a mi cuarto y que ella la tomaría. ¡Si hubiese podido llevarme también la mitad de su persona! Aunque me hubiera visto en un aprieto para escoger si Dios me hubiese concedido el deseo. Prefiero dejarlo todo y recogerlo a mi regreso. Si, ¿no es verdad? A mi regreso, ignorado de todos; usted sola lo sabrá. Entonces vendrá a verme. Me pasaré las horas junto a usted sin que nadie me impida posar mi cabeza sobre su hombro, besar sus labios, arder en los rayos de sus ojos. La amaré a manos juntas, no tema.

¡Acabáramos! Estas últimas frases definen claramente un programa, el programa impuesto y mantenido por la voluntad femenina, no obstante las intenciones masculinas y a pesar de los "yo la amo como un loco", los "la abrazo hasta ahogarla".
No es imposible que el "lo admiro" de la comedianta, por muy sincero que fuese, quisiera dar a entender cierto interés de situación y, en este caso, ¿no era natural que Dumas, autor ilustre, se prestara a alentarlo? No podía dejar escapar la ocasión, pero se lo dijo sinceramente (las líneas con que acaba el siguiente párrafo nos lo demuestran):

Téngame al corriente de la época en que usted actuará en Enrique III. Hará todo lo posible para estar en Lyón. Pues no basta que usted sea bonita, que tenga gracia, y posea espíritu y talento, es necesario que pueda venir a París. No es suficiente tener un horizonte, necesita un porvenir, y le doy mi palabra de honor de hombre que la juzga corno si no la amase, que este porvenir se halla en vuestro corazón. Amad y osad. No necesito decirle que he de ser yo a quien améis...

La fórmula final no tiene desperdicio:

Adiós, te amo, mi ángel, y beso tu frente y tus rodillas; ya ves que paso por encima de todo lo que no me pertenece.

Muy importante y muy interesante es una carta cuya fecha exacta no es conocida, pero ¡qué importa! En ella se definen a beneficio de los bellos ojos de Mme. Meynier (de hecho, no sabemos absolutamente nada de su aspecto físico) las posiciones respectivas de Ida Ferrier y de Dumas, es decir, un estado de decepción y de hastío propio para provocar los consuelos, si la joven Hyacinthe no se hubiese parapetado tras su prudente crueldad. Esta carta no nos revela nada, pero nos confirma toda la charlatanería de amor con que Ida Ferrier había embaucado a su ilustre amante. También ilumina en Alejandro Dumas una constante de su alma, un infortunio de su destino.

No le doy gracias por su carta, Hyacinthe. Y sin embargo, la esperaba con gran impaciencia, puesto que, a pesar de estar enfermo ayer, recorrí cinco leguas para tenerla con doce horas de anticipación. Tal vez os he interpretado mal, es posible. Pero usted tampoco me ha sabido comprender, señora. Eso que usted llama la gloria no ha sido nunca para mí más que un medio de alcanzar la felicidad. Y esa felicidad, para mí, reside en el amor, que yo he buscado constantemente, aunque desgraciadamente, sin encontrarlo jamás. No creo necesario decirle que desde los 25 años en que creé Enrique III, hasta los 30 años de edad que tengo ahora, no me han faltado ocasiones de renovar y variar esta búsqueda.
El último amor que sentí o, para hablar con mayor justeza, las últimas relaciones que yo entablé, el objeto de las cuales conoce usted, puesto que pronunció su nombre en nuestra última conversación, me proporcionó por un instante la esperanza de haber encontrado la conjunción de la belleza física con la entrega del corazón. Pero muy pronto comprendí que su amor, todo lo grande que su conformación le permitía serlo, estaba muy lejos, sin embargo, de responder al vigor del mío. Demasiado orgulloso para entregar más de lo que se me daba, encerré esta superabundancia de pasión en mi alma, soñé con un viaje, e interesé al Gobierno y a una veintena de estadistas en una empresa que ellos creyeron inspirada por una idea profundamente artística y nacional, y que no era sino el estallido de un corazón demasiado lleno. De ser rey, hubiera desatado una guerra y conquistado un pueblo, quizá. Y todo eso porque el pecho de mi amante era demasiado estrecho para contener un corazón.

¿Cuál era esta empresa nacional y artística apoyada por un Gobierno y acogida por una veintena de estadistas? El gran proyecto, en efecto, existió. Dumas hizo alarde del mismo el 4 de agosto de 1834 en la casa de la duquesa de Abrantès. Preparaba un viaje de quince meses, "con objeto de capacitarse para escribir la historia militar, religiosa, filosófica, moral y poética de todos los pueblos que se han sucedido al borde del mar Mediterráneo; a todo esto debía adjuntar la descripción de los principales lugares bañados por este mar, desde Palestina hasta las columnas de Hércules, y enriquecer su descripción con cien vistas y cincuenta viñetas que el señor Taylor se encargaría de ejecutar". Preveía un gasto de 50,000 francos, dispondría de cinco jóvenes investigadores, el Gobierno le facilitaría un bergantín, etc. No se llegó a realizar nada, lo cual a nadie sorprenderá. Parodiemos una frase de Dumas: la vida era demasiado modesta para contener los tesoros de que una imaginación trataba de colmarla.
Al mismo tiempo que eso, la carta significaba la ruptura. Tras de recordar a Hyacinthe Meynier que su encuentro se debió al azar, que se encariñó con él sin conocer el estado de su corazón y que al acercar sin saberlo la llama al polvorín, provocó una explosión, Dumas prosigue su carta en un estilo que, como se lo hace notar, se parece un poco al de las anteriores cartas:

Y ahora, señora, lo que no ha sido de vuestra parte más que imprudencia, sería a continuación un crimen. No estoy hecho, como usted parece creerlo, de la pasta de los dioses. El incienso que se quema a mis pies ataca a mi corazón y no a mi cabeza. Tengo más amor que vanidad, y no puedo, cual mármol antiguo, ver arrodillarse ante mí a una mujer sin tomarla en mis brazos y apretarla contra mi corazón.
Mas he ahí, como Dafné, señora, que invocáis a Dios contra mí, y Este os cambia en laurel. Menor orgulloso que Apolo, no me haré corona con vuestras ramas. Mas tampoco me expongáis a sentir latir un corazón bajo la corteza en que lo envolvéis.
Todo ha terminado, pues. Sería jugar inhumanamente conmigo el exigir que os vuelva a ver jamás. Tenéis derecho a tomar mi amor y ponerlo a vuestros pies, puesto que fui lo bastante imprudente para no retenerlo a dos manos en mi pecho. Hacedlo.
Adiós, Hyacinthe, una vez más habré quedado decepcionado en mis esperanzas, únicamente la ambición me resulta, y usted será de las que me habrán dejado el corazón lo bastante seco para poder albergarla.
Una última palabra de usted al embarcarme en Marsella, he ahí todo lo que os pido.
Vuestro hermano.

Falsa ruptura. Dumas cumplió su promesa de romper del mismo modo que la de embarcarse en Marsella. Ya es sabido que se conformó con recorrer el Mediodía de Francia, posponiendo para el año siguiente los embarques mediterráneos. Y tan pronto como ascendió hacia París, la correspondencia se reanudó, ¿a impulsos de quién? La continuación permitirá adivinar que la joven lyonesa puso bastante de su parte, pero su correspondiente no pedía otra cosa. Para el 17 de noviembre, vuelve a ser "el bello ángel" y ella le abre de nuevo "las puertas de su juventud". Así nos enteramos y tomamos nota cuidadosamente de que ciertos amigos le han prestado un flaco servicio... ¿O tal vez quisieron servir a Dumas? Pero perdieron su tiempo: "Me juraréis, ¿verdad?, que lo que me han dicho no es cierto: sois una niña encantadora sin disimulo ni engaño, no podríais mostraros así conmigo y amar a otro... Ello me haría dudar de la pureza de los ángeles y de la santidad de Dios..." ¿Ingenuidad ridícula, o astuto cebo bajo un lenguaje folletinesco? Un mes más tarde escribió: "Sois una niña buena, querida y leal, a la que amo con toda mi alma y a quien necesito decírselo." Y de súbito, el 2 de enero de 1835, cambió de actitud.
Dumas decidió, fortalecido por París, aparentar indiferencia y se calló, dando la impresión de olvidar, o bien, sencillamente, estaba demasiado ocupado. Resultado: una carta de Lyón llena de amor... Dumas contestó con la alegría de la victoria: "¡Ah, fría vestal que pensabais atizar eternamente el fuego sin quemaros jamás, me amáis y me lo decís en cada línea, en cada palabra, en cada letra! Gracias, gracias." De golpe se encontró rejuvenecido en tres años, un verdadero rejuvenecimiento que le impulsa a decir cosas frescas y encantadoras. ¿Pero no habrá caído en una trampa? Lo que añade en la carta denuncia cierta inquietud. Descubrimos que Mme. Meynier ha declarado al gran hombre que ponía su futuro entre sus manos: no tenía más que designar cuál de estas tres ciudades, San Petersburgo, Bruselas o Lyón, era más conveniente para el porvenir de una comedianta, y ella iría a establecerse allí con su familia. ¡Es verdaderamente entretenido ver a Dumas debatirse bajo esta responsabilidad inesperada, que termina por rechazar! ¿Si le ocurriese alguna desgracia a la pobre niña o a los suyos en la villa designada? ¿Y si una vez ocurrida la desgracia parecía que en cualquiera de las otras ciudades no hubiera sucedido? ¿Cómo no tener en cuenta que él no podría estar dondequiera que ella fuese? ¿O más bien, que sólo la parte más pura de su corazón se hallaría a su lado? Desde luego, tan pronto como solicitase su ayuda, acudiría... "He ahí lo que os digo como padre..." Y a continuación añade como amante: "Lyón se encuentra en mi camino y pasaré por allí cuatro veces este año." En conclusión, statu quo... Delicioso.
"Como amante" es un decir; las condiciones del amor entre Dumas y la lyonesa no habían cambiado nada, puesto que el 10 de enero escribió lo siguiente:

¿No sabes que tu última carta es muy comprometedora, y que con ella, en caso de ser un fatuo, podría hacer creer que has cedido? Por lo tanto, me apresuro a enviarte un certificado de virtud y pureza. El ángel se ha defendido como un verdadero demonio, el ángel sigue siendo mi amor, pero todavía no es mi amante, y puede mirarme a la cara sin enrojecer y sin tener que cubrirse con sus alas.

¿El "demonio" le había administrado, pues, una ducha fría definitiva? Dumas se repliega tan claramente sobre los desalientos de profesión, sobre la maldad de la sociedad literaria y sobre el "trabajo infernal", expresa con egoísmo tal satisfacción al saber que su protegida se ha decidido a permanecer en Lyón, que cualquiera esperaría un próximo renunciamiento. Jamás ha trabajado tanto, ni preparado con mayor entusiasmo un viaje. Si confiesa: "Llevo una vida en la que ni tan siquiera existen grandes tempestades; no, la cosa no pasa de ser un mal tiempo, una miserable y despreciable lluvia que enfría sin refrescar; es la primavera que se acaba, ¿qué hacer?", es natural pensar que se va a resignar a un verano mediocre, con sus problemas de profesión y matrimoniales, sin aspirar a consuelos lyoneses positivos.

¡...Póvero de mí...! Mis te amo no te llegan más que a través del cartero, por completo helados del camino... Mi corazón se hallaba tan vivo al alejarse de ti, y he ahí que ahora siento de nuevo que se osifica, y tengo miedo de que lo encuentres enteramente recubierto de una capa de piedra, como las pobres flores que ponen en esas fuentes de Auvernia y que tienen la facultad de conservarse, es verdad, pero que no se conservan más que al petrificarse... Ahora ya no me quedan flores ni tan siquiera para ti, mi pobre ángel, para ti a quien yo hubiera querido guardar las más hermosas y perfumadas, y aun tengo miedo de marchitar las tuyas al soplar sobre ellas.

¡Qué melancolía! ¡ Qué impresión de desenlace, de término, de clausura!
Un mes había transcurrido entre este mensaje de fatiga y las últimas noticias enviadas al "querido ángel amado" (sic). Un largo mes, enero, de treinta y un días. Pero el 10 de febrero escribía: "Vengo de un viaje". ¿Cuál? "¡Un viaje motivado como siempre por los malditos negocios!" ¡Cuán malditos! ¡No habían sido la causa de que ella le creyera enterado de su enfermedad y, sin embargo, no le hubiera escrito!

Pobre querida, tú enferma y con delirio, y yo sin estar ahí para sostener tu pobre cabeza que desvariaba y para absorber todas las palabras indiscretas que dejaban escapar. ¡Oh! Tú sí que me amas bien y verdaderamente, con todo el corazón. Y yo no puedo estar junto a ti para estrecharte eternamente entre mis brazos. ¡La vida es así, qué quieres!
No sé cuando podré verte, mi ángel, eso es lo que me condena. Todo es horriblemente largo de terminar en este maldito París. ¿Será que la desgracia me acecha? Todo lo que hasta ahora me salía bien, comienza a tomar mal cariz. Mi último recurso consistirá en dejar todo cuando ya esté cansado para irme a refugiar junto a ti.
No me dices nada de tus asuntos, y, sin embargo, me atormentan mucho. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué será de ti? ¿Has tenido noticias de Ruán? ¿Te vas a quedar en Lyón? ¿Ejerceré en tu vida la mala influencia que comienza a propagarse por la mía? Me hablas de tus tristes cartas. ¡Dios mío! ¡Pobre niña, las que podría escribirte si mojase la pluma en mi corazón!
Creí que podría verte del 15 al 18, y ahora resulta que no sé cuándo estaré en libertad de partir: para distraerte o aburrirte te enviaré dos volúmenes que me he visto forzado a escribir a mi retorno.
Perdóname, mi ángel, pero ya me están interrumpiendo. Te escribiré esta noche. Te abrazo mil y mil veces. Hasta esta noche. Tuyo.

La carta de esa noche no la tenemos. ¿Fue escrita? No hemos sabido de ninguna otra carta escrita a Mme. Meynier. Esos últimos pensamientos salidos de París hacia Lyón oprimen el corazón, por poco que uno se haya encariñado, aunque sea débilmente, con esa mariposa provinciana, deslumbrada por un astro brillante de la capital y que, quemada o no, resultó burlada. Se piensa en las esperanzas de la pobre pequeña, en sus obligaciones ("tu familia es numerosa, mi ángel, y, tú misma me lo dijiste, eres su único sostén, pues Dios no quiso que carecieses de una sola virtud"), ¡qué destino tan frágil! El "ángel" o el "demonio" acababa de estar enferma hasta el delirio y esperaba con ansiedad una carta, y la carta, cuando por fin llegó, imponía con lógica esta conclusión que ella no se atrevió a expresar: "Más vale que nos separemos, ya que, por otra parte, ni tan siquiera estamos unidos." Las líneas en que el ilustre enamorado hablaba de abandonarlo todo para ir a enterrarse con su amiga en cualquier lugar del mundo, no contienen ni una brizna de sinceridad. ¿Volvió a pensar Dumas en la estorbosa mujer-niña al regreso de su viaje de dos años por Provenza, Italia y Sicilia? ¿No se dejaría acaparar momentáneamente por una amante más cómoda? ¿O quizá Dumas olvidó el difícil idilio arrastrado por el torbellino del trabajo, de las empresas, de la reputación y de los placeres?
Pero tal vez nos engañemos y en el futuro otras cartas vengan a dar el mentís a éstas.
Mme. Meynier, cedida por Lyón a París, figuró en el Teatro de la Gaîté en 1836 y 1837, y Le monde dramatique alabó su actuación conmovedora y patética en los dramas de Ancelot, de Alboize y de Paul Foucher. Una noche, un desconocido le arrojó una botella de vitriolo que le quemó un pie. Esto ocurrió en 1836. Al año siguiente, en enero, sufrió un accidente técnico y se hirió ligeramente. Volvió a aparecer en escena el 15 de febrero, en un drama de Fournier y Arnould, y fue recibida con exclamaciones de alegría por todos sus camaradas, mientras que el público, al final de la representación, la reclamó con sus aplausos.
Esta fue su última noche parisiense, después de lo cual probablemente regresó a Lyón.
En el curso de estos diez o doce meses de París, si Dumas la volvió a ver, no quedó constancia de sus encuentros; parece más bien que ninguno de los dos buscó al otro. De cualquier modo, en la vida de Dumas no vuelve a aparecer, con el nombre de Mme. Meynier, más que una autora de Marsella. Parece ser que escribió una comedia, Valentin et Valentine, que Dumas retocó, pero que no consintió en firmar junto con ella, aunque la autora lo reclamó con gritos e injurias; finalmente, ésta adoptó el seudónimo de Max de Bourdon e hizo representar la pieza en 1868. Es poco probable que la pequeña lyonesa, envejecida, se haya convertido en literata en Marsella... ¡Paz a las damas Meynier!
Y, sin embargo, en la carrera amorosa de un hombre que, después de todo, sólo puede vanagloriarse de conquistas tan fáciles como numerosas, esta patética y lastimosa historia, ¿no constituyó un revés punzante? Se le conoce otro, causado por una comedianta ya ilustre, puesto que se trata de Rachel. Un verdadero descalabro. Las cartas que lo demuestran fueron publicadas y comentadas por Victor Degrange, y proceden de la biblioteca de los zares de Tsarskoie-Selo, vendida a Lucerna en 1932. Ellas nos trasladan al mes de junio de 1843.
Rachel tenía veintidós años. En una de sus jiras se detuvo en Marsella, en compañía de su amante de entonces, el conde Waleski.
Dumas, de regreso de Italia, al ver a su viejo amigo Mery en compañía de ellos, se apresuró a abordarlos, invitó a los tres a una comida junto al mar, se apasionó por la Bella Majestad, como él la llamaba, y regresó a París cautivado. Parece ser, por otra parte, que la hechicera le había otorgado algunos apretones de manos y que llegó hasta apoyarse ligeramente en él, aquella noche del Prado. Durante el paseo que dieron por la playa, ella había recogido un pequeño pedazo de mármol y se lo había dado "en recuerdo de nuestra dulce velada". ¿Era suficiente como primer paso?
Dumas se atrevió a escribir una carta sumamente torpe y pesada y, es necesario confesarlo, una carta insípida y afrentosa a la vez. Además, llegaba hasta aceptar por adelantado una clandestinidad humillante:

...Una palabra o una línea son demasiado reveladoras. Estoy demasiado lejos para que me digáis una palabra, y tal vez tengáis temor de escribirme esa línea: os lo ruego, escribidme una línea completamente indiferente, de un solo párrafo. Encargadme que os envíe un volumen, un folleto, cualquier cosa, en fin, y yo sabré que ese bienaventurado encargo, que nada dice a nadie, pero expresivo para mí, significará que debo esperar.

No hubo respuesta. En segunda carta volvió a insistir, pero no ya con ataque vulgar, sino con emoción sincera. Ciertas frases podían conmover, sobre todo venidas de un escritor glorioso: "El día en que os vi y en que os hablé, todo quedó sellado... Corrí al teatro, volví a veros, y salí como un loco... Si supierais cuán bella sois, cómo, hasta en la intimidad, poseéis esas grandes cualidades teatrales que tan magnífica os hacen en la escena... De lejos puedo deciros que os amo, de cerca tal vez no me atrevería a repetíroslo." Unas flores marchitas palidecían en la carta. Pero ¿no constituía una maniobra algo burda y enojosa el insinuar que una rival había tratado de retenerlo en Génova?
Esta vez, Rachel contestó con tal firmeza y altanería, que Waleski debió de colaborar en esta carta espléndida del 16 de julio de 1843:

Señor: albergaba la esperanza de que mi silencio bastaría para probaros que me habéis juzgado mal; pero no ha ocurrido así, y me veo obligada a rogaros que ceséis en una correspondencia que, con justicia, me ofende. Dice usted, señor, que no se atrevería a repetirme de cerca lo que me escribe; sólo lamento una cosa, y es el no inspiraros de lejos la misma deferencia que de cerca.
Acepté con prontitud la oferta que me hicisteis de escribirme, y os lo confesaré ingenuamente, me sentía halagada de recibir cartas de Alejandro Dumas, pero nada, en absoluto, ni en vuestra conducta ni en vuestras palabras, pudo hacerme conjeturar la clase de cartas que usted quería escribirme. El señor Mery me prometió también dirigirme algunas líneas y, al igual que con usted, señor, me apresuré a animarlo para que cumpliese esta promesa, sin tener que lamentar a su respecto lo que hice.
Os dije que conservaría durante mucho tiempo el recuerdo de la comida que usted ofreció en el Prado; en efecto, señor, una pequeña reunión al borde del mar, la presencia de dos grandes poetas a quienes yo creía mis amigos, una velada encantadora, y todo eso junto a la persona que posee todo mi afecto, era más que bastante para que guardase el recuerdo, pero jamás hubiera imaginado que lo que dije en esa ocasión pudiera recibir una interpretación tan alejada de mi pensamiento. Sabía que con los tontos hay que pesar con cuidado las menores palabras, ignoraba que hubiera hombres de talento con los cuales las mismas precauciones son necesarias.
P.S. La falsa interpretación que disteis a mis palabras me obliga a añadir que al deciros que me dirigierais vuestras cartas al teatro, lo hice impulsada por el motivo único de la incertidumbre en que estaba con respecto al hotel que habitaría durante mi estancia en Lyón; por lo demás, la misma recomendación hice a todas las personas a quienes proporcioné mi dirección en esa época. La manera en que subrayasteis la palabra teatro me probó que esta explicación era necesaria.

Dumas, de ordinario cortés y admirador de la cortesía, al sentirse así fustigado, contestó con un latigazo que no se esperaba de él:

Señora: Puesto que está usted tan empeñada, quedémonos donde estamos, siempre será algo de camino adelantado para el porvenir.
Su admirador y sobre todo, su amigo.

Rachel, al devolver a Dumas sus tres cartas, adjuntó algunas palabras significativas. Son de notar aquellas que, por querer desechar la idea de una presencia, precisamente la revelan.

Señor: le devuelvo las dos líneas que usted no temió dirigirme; cuando una mujer está decidida a no invocar a otra persona, no le queda otro medio de responder a una ofensa; y si me hubiese equivocado acerca de su intención, si usted dejó caer de su pluma esas dos líneas, por descuido, en medio de sus innumerables ocupaciones, quedará encantado de poder recogerlas.

Aunque este episodio poco brillante hubiera podido titularse "La coqueta castigada", el más castigado de los dos fue desde luego el que se piensa, y otro título se impone: "Los amores fáciles son mala escuela". Dumas dio una última contestación, dirigida a Waleski y en la que reconocía sin rencor aparente que se había visto rechazado en el sitio de una ciudad de la que el conde era gobernador. En ella pidió quedar como amigo, así como admirador: gracias que fueron acogidas fríamente. Pero tenía en su rencor la tenacidad de un elefante. Cuando la actriz italiana Adelaida Ristori vino a actuar a París, Dumas la incluyó en el reparto de El mosquetero, para que rivalizara con Rachel, precipitando así el descrédito de esta última.
Y mientras tanto, Mme. Dumas se aguantaba. ¿Cómo evitar una piedad algo irónica al seguir a Alejandro Dumas en camino hacia su hogar, donde ella le esperaba? Hogar desdoblado: hogar francés y hogar italiano. El matrimonio, en efecto, vivía frecuentemente en Florencia, donde la señora tomó la costumbre de permanecer, hasta cuando su marido regresaba a París por negocios. Cierto día le comunicó que se iba a representar Ruy Blas en sociedad en Florencia, y le pidió que trajese el vestuario a su regreso; existe una carta de Dumas a Hugo en la que le pregunta si todavía tiene los trajes que había dibujado Boulanger. Ida Ferrier, a partir de abril de 1845, no volvió a salir de Florencia más que para ir a morir a Pisa en marzo de 1859. En Florencia tenía por todo pasaporte una carta de su marido al embajador de Francia, que decía:

Querido embajador: Le presento a madame Dumas, que os es fiel como vuestra eterna primavera y que retorna para pedir a Florencia una hospitalidad que ya anteriormente le ofreció graciosamente. Sed bueno con ella en este viaje, al igual que lo fuisteis en los otros, y un buen día iré yo mismo a agradecéroslo y estrecharos la mano.
Todos los respetos salidos del corazón.

Esta fue quizá una de las últimas galanterías de Dumas a su esposa, pues no había transcurrido un año desde entonces cuando se separaron, de cuerpos primero, y después de bienes. Para ello tuvo que pasarle una pensión de seis mil francos, un millón y medio de los actuales.
Si se reflexiona bien, Alejandro Dumas en su interior, enfrentado con su trabajo, cada vez más exigente, ¡cuán solo debía sentirse! Separado todavía de su hijo, y aunque rodeado de amigos, todos ellos ocupados en sus tareas, lleno de amantes, y aun casado con una de ellas, pero sin encontrar entre estas mujeres una verdaderamente capaz de satisfacerle y mantenerle en su mejor nivel, no tuvo junto a él a nadie para consolarle de la muerte de su madre.
Fue un ataque de apoplejía fulminante lo que la venció el 1º de agosto de 1836. Ese fue el día más doloroso para Dumas, no obstante lo que haya dicho, pues, en fin, a la muerte de su padre no era más que un muchachito. Y el remordimiento agravó su pena, como sucede siempre, al recordar cómo había torturado de inquietud a su madre, desde luego sin quererlo, mas sin sentirlo mucho tampoco. Desde que se establecieron en Paris se hicieron muy raras sus visitas, con tanta mayor razón cuanto que no podía hacerla compartir sus ambiciones y ni siquiera hacérselas comprender bien. Ella habitaba desde hacía algún tiempo en el relativamente alejado barrio del Roule, sola con una criada. Madres tales son ya pobres muertas, hubiera dicho Baudelaire, y sin duda sufren grandes dolores.
Debajo de un croquis de Mme. Dumas en su lecho mortuorio, ejecutado por Amaury Duval, el hijo escribió estos versos:

¡Oh! Dios mío...
Me habéis escuchado durante su agonía
rezar a vuestras rodillas, el corazón ardiente de fe.

Yo os pedía, Dios mío, que, prolongando sus días,
retardaseis el instante de mi último adiós;
para rescatar su agonía, mi vida os ofrecía.
No lo quisisteis, bendito seáis, ¡Dios mío!

La víspera, en una hora de abrasadora piedad filial, poseído de la necesidad de consuelo, lanzó un grito dirigido al hombre que, entre todos sus amigos, quizá fuese el más sincero, y sin duda alguna el más leal: el joven duque de Orleáns. Le escribió unas líneas para decirle: "A la cabecera de mi madre moribunda, ruego a Dios que os conserve a vuestro padre y a vuestra madre..." Transcurrió una hora. Alguien dirigió la palabra al hijo postrado; era un ayuda de cámara del príncipe, enviado por noticias. Tras de cierto titubeo, se dejó arrancar la confesión de que su dueño le esperaba abajo en su carruaje, después de haber estado en la calle de Rívoli y haber subido los cuatro pisos de la casa, creyendo que la madre vivía con su hijo. Dumas descendió, encontró la puerta del coche abierta y, mientras el duque de Orleáns se excusaba por su pretendido retraso, el hijo, desconsolado, inclinó la cabeza sobre sus rodillas y lloró, mas no sin haber visto a través de la ventanilla de la portezuela opuesta brillar las estrellas del cielo.
Fue también en estas sombrías circunstancias cuando Víctor Hugo, a pesar de la frialdad actual de su amistad, escribió a Dumas, que le había invitado a las exequias:

Hubiera deseado una ocasión menos triste para estrecharos la mano. Mañana podréis convenceros, con la primera mirada de vuestros ojos sobre los míos, que os equivocasteis al dudar en ningún momento de mí.
Mañana estaré en vuestra casa a la hora.
Habéis hecho bien en contar conmigo. Es una muestra de noble confianza digna de vos y digna de mí. Vuestro amigo, Víctor.

La muerte de su madre reanimó en la memoria de Dumas un antiguo proyecto. Puesto en relación con sus compatriotas haitianos por no se sabe qué subscripción que ellos habían lanzado, y para la cual habían solicitado su colaboración, Dumas les hizo el 5 de agosto una curiosa propuesta para otra subscripción en la cual, con toda seguridad, los haitianos no habían pensado: una subscripción de un franco abierta exclusivamente para los hombres de color del mundo entero, con el objeto de erigir una estatua al general Dumas.

A esta subscripción, les escribió, no podrán unirse, por las sumas que les convengan, más que el rey de Francia y los príncipes franceses, así como el Gobierno de Haití, y si, como todo hace creer, la suma, en lugar de ascender a 25,000 francos, se elevase a 40,000, se fundiría una segunda estatua para una de las plazas de Port-au-Prince; y en ese caso, yo mismo la conduciría para erigirla, a bordo de un navío que el Gobierno francés me cedería para transportarla.
No sé, señores, si el reciente dolor que experimento y que despierta esta vieja y eterna pena por la muerte de mi padre, me vuelve indiscreto y engrandece a mis propios ojos los méritos del que Joubert llamaba el terror de la caballería austriaca, y Bonaparte el Horacio Cocles del Tirol; pero, de cualquier modo, me parece que sería bueno que los haitianos enseñasen a la vieja Europa, tan orgullosa de su antigüedad y de su civilización, que no han dejado de ser franceses más que después de proporcionado su contingente de gloria a Francia.

La idea de movilizar en su provecho las navíos del Gobierno es, como se ve, vieja en Dumas; por lo demás, en ocasión posterior también acudió a su espíritu y, por el momento, no hizo más que diferirla. Los haitianos, sin embargo, permanecieron sordos a su solicitud, y no hubo segunda ni tan siquiera primera estatua erigida en nombre del genio negro universal.

Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)