Dumas fastuoso

La fastuosidad es "una magnificencia que se despliega y se ostenta, una afectación de aparecer con lujo y esplendor, una ostentación en los actos y en las palabras"; esas definiciones de Littré van como anillo al dedo a la persona y existencia de Alejandro Dumas, especialmente después de los cuarenta años. Con la cabeza alta y los brazos abiertos, acogía, daba hospitalidad, protegía; magnífico, importante, gran señor y nabab, desplazaba el aire en torno de él.
Había engordado y tenía una cara pastosa, los párpados pesados. Su doble papada y los carrillos necesitaban cuellos ampliamente escotados, y parecía que tenían que ampliarse más para poder colocarse cómodamente. Eso aumentaba su superficie. Una levita de alamares lo cubría abundantemente; al ajustarla, hacía sobresalir todavía más su corpulencia y lo redondeaba como una rueda.
En el café de París, en el café Riche, en el Tortoni, en cualquier lugar donde se encontrara con un Véron o un Palmerston, sus chalecos deslumbrantes, llenos de cadenas de oro, y los perifollos del pecho asombraban con su llegada. Conocía las costumbres y podía charlar con cualquiera; siempre era capaz de encontrar su distinción; y lo más a menudo la sujeción no fue hecha para él. Sin embargo, habiendo permanecido siempre bonachón, narrador, bromista infatigable, hacía de esa hombría de bien una ostentación próspera, generosa, apetitosa, abierta a todas las simpatías; en fin, un hombre divertido.
Coleccionaba las condecoraciones y le gustaba llevar su colección encima. Orden de Leopoldo, orden de Isabel la Católica, orden de Gustavo Wasa, orden de San Juan de Jerusalén... ¿Por su actividad de escritor? No siempre; la reina de España lo condecoró menos por un libro obsequiado como homenaje que por un favor prestado a su pintor Madrazo; el rey de Suecia, en recuerdo del general Dumas; el Monte Carmelo, en testimonio de gratitud por el dinero que Dumas vierte en su caja... Naturalmente, eso era motivo de comentarios: Dumas llegó a Florencia, anunciaba Les Guêpes de octubre 1841, "donde a la sorpresa general no ha traído ninguna nueva condecoración". En su lista de condecoraciones figura, naturalmente, la Legión de Honor, debida a su amistad con el duque de Orleáns, que había vencido la enemistad de Luis Felipe. Nada permite creer las malas lenguas tipo Mirecourt, según el cual Dumas, accediendo al ruego del joven príncipe, se postró ante el paso del rey en una galería de Versalles, levantándolo en seguida Su Majestad y estirándole la oreja paternalmente, a la vez que lo trataba de niño grande. Dumas, a partir de los cuarenta años, no tenía por qué sufrir una afrenta de ese tipo; se había convertido ya en un personaje considerable.
En 1847, durante el Carnaval, el día del sacrificio del toro llovió a cántaros. ¡Qué lástima! El toro se llamaba ese año el Montecristo en honor de Alejandro Dumas y de sus procesos, de los cuales hablaba todo París. En ese mismo año, en el entierro de Mlle. Mars, el 26 de marzo, Hugo, rodeado de algunos poetas, y viendo venir hacia él a Dumas con su hijo, notó que la gente lo reconocía por su cabellera y lo nombraba. Anotando esa observación en Cosas vistas, Hugo añade: "A este pueblo le hace falta la gloria. Cuando no hay Marengo ni Austerlitz, quiere y ama a los Dumas y Lamartine. Eso es luminoso y los ojos van detrás..." ¿No hay en esas líneas una envidia secreta y que se traiciona a sí misma? La reputación de Alejandro Dumas en aquella época tenía de qué salpicar. ¡Ah! Los coteresinos podían estar orgullosos y lo estaban. En septiembre de 1842, cuando regresaba de Italia, le ofrecieron un banquete delirante.
He ahí el lado popular. Al otro lado del puente de gloria, sobre el lado del Instituto, Dumas no encontraba la misma prisa y entusiasmo. Y sin embargo, ¡hay que ver con qué ojos estuvo mirando siempre un sillón en la Academia! La fiebre verde la ha tenido durante bastante tiempo y no lo ha escondido. Se han publicado cartas de él a Hugo, Nodier, Buloz, Vacquerie, empujándolos a abrirle la pesada puerta. Y, por otra parte, el mundo de las letras lo nombraba entre los posibles académicos. Magnin, en la Revue des Deux Mondes del 5 de diciembre de 1840, lo había inscrito con Hugo, Vigny, Merimée, Sainte-Beuve. Hugo, elegido en enero de 1841, y declarando que la hora de la nueva generación había sonado, no descartaba en modo alguno a Dumas. Ballanche, decano de esa generación, daba como futuros elegidos a Vigny después de Hugo, e inmediatamente después Ampère y Sainte-Beuve; "después la puerta se abriría a otra serie que empezaría con Alejandro Dumas". Él había dicho claramente: "Los tres candidatos serios deberían ser Hugo, yo y Vigny." Impaciente, Alejandro apuntaba a su viejo amigo Nodier: "Si usted ve que la cosa toma alguna consistencia, suba a la tribuna académica y diga en mi nombre a sus honorables colegas cuánto sería mi deseo de sentarme entre ellos; haga valer mi ausencia cada vez que consideraba que mi presencia resultaba embarazosa; en fin, diga de mí todo el bien que usted piensa e incluso el que no piensa." Después de uno de sus fracasos, y en vísperas de partir nuevamente para Florencia, Les Guêpes le atribuían las siguientes palabras:
—Pido ser el cuarenta, pero parece ser que quieren que haga cuarentena.
Entonces no preveía que la cuarentena impuesta era sin fin, que no lo querían ni a él ni a Balzac. Madame de Girardin adelantó una razón plausible: "Los señores Balzac y Dumas —explicaba— escriben de quince a dieciocho volúmenes por año, y eso no se les puede perdonar.
—Pero esas novelas son excelentes.
—No es una excusa, son demasiado numerosas.
—Pero tienen un éxito loco.
—Pues una falta más: que escriban un solo libro, pequeño, mediocre, que nadie lo lea, y entonces veremos. Demasiado bagaje literario es un impedimento; en la Academia, la consigna es la misma que en el jardín de las Tullerías; no dejar pasar a los que llevan paquetes demasiado gruesos.
Los académicos no han sido nunca tan poco curiosos. En fin, de todos los discursos de recepción bajo la Cúpula, ¿quién duda que el de Alejandro Dumas habría sido un monumento único de historia literaria y de imaginación visionaria, de patria chica y de Europa napoleónica, de amistades fraternales y de generaciones en guerra, un lujuriante ramo de ilusiones y de predicciones, un barril de pólvora, un brillante y monstruoso tapiz volante...? ¡De qué recreación esos señores se han y nos han privado!
A pesar de que jamás ha sido rencoroso por naturaleza, parece haberlo sido hacia los "inmortales". Pasados los sesenta años, en ocasión del fracaso de Janin (encajado por la víctima con buen humor), le telegrafía: "Triple felicitación. No eres el colega de Doucet, sigues siendo el mío y has hecho un admirable artículo..." Preferimos la manera que tenía cuando más joven de tomar las cosas, en un recogimiento de falsa modestia humorística, cuya vanidad nos tenía acostumbrados; he ahí una anécdota: el perro de una venerable marquesa salvado de un bulldog que le había mordido el trasero en la calle de Santa Ana. Dumas sabía cómo hacer soltar presa a esos monstruos de la quijada: mordiéndoles la cola. Se hizo llevar a su cabriolé los dos animales enzarzados, envolvió la cola del bulldog con su pañuelo y mordió de un golpe... ¡Se acabó! Escapó del perro, vuelto hacia él con la boca abierta, y recordó al cochero en voz alta el final del viaje, que era precisamente el Instituto. "Ah, bien —dijo una anciana—, no es un milagro que ese señor sea tan sabio; es académico."
Instalado con un lujo inestable desde la venida de Ida Ferrier, tenía la mesa abundantemente abastecida, y si a veces faltaban las sillas, la ropa, la vajilla y la cristalería eran siempre irreprochables. Personalmente su gusto iba a la carne de vaca hervida la víspera y realentada en el asador. Pero él quería impresionar a la gente. Un testigo amigo lo ha visto durante una corta estancia en los alrededores de Marsella, por falta de un limón para una salsa que estaba confeccionando, enviar un criado a la ciudad con un coche. Como alguien le sugería: "¡Oh! Un chorrito de vinagre...", se enfadó y exigió el limón. Manifestaba siempre aires de gran cocinero. Ya hemos hecho alusión a ello. Dumas disponía de un medio de publicidad, excelente con seguridad, a juzgar por las anécdotas que se multiplican sobre el gran escritor cocinero. Se puede afirmar que no abandonó nunca el rabo de la sartén. A cincuenta y ocho años todavía, los periódicos del Norte lo mostraron durante su estancia en Valenciennes, Hôtel des Princes, yendo y viniendo del comedor a la cocina, después de sazonar la ensalada de la mesa común: el hotel aumentó el precio de sus comidas, pues afluía el público para ver al gran Alejandro. ¿Cómo podría negarse el cómico ambulante en esas actitudes que tanto le gustaban? Convengamos de todos modos que ha practicado la cocina por amor al arte. Era espléndido de ver, ¡cuántos lo han dicho!, en mangas de camisa, el pecho descubierto, la cara tan encendida como el horno, indiferente al frío y al calor; ¡un verdadero dios mitológico!
Es célebre por no haber tomado ni café ni alcohol, muy poco vino, pero en cambio alardeaba de ser un catador de agua, y afectaba ser más un paladar delicado que un glotón. No le gustaba fumar, pero a veces lo hacía cuando se encontraba en sociedad, sin duda para mostrar una pipa con tubo de cerezo y boquilla de ámbar, que no llenaba más que de tabaco del Sinaí mezclado con áloe.
El círculo de los invitados se había ampliado, desde el tiempo en que Ida Ferrier cuidaba, sobre todo, las relaciones del teatro y la prensa. El conde Solohub ha encontrado en la mesa de Dumas "personajes célebres, dignos de respeto, y gentes dudosas". Estos últimos, "un bolsista con un pasado turbio", "aventureros", viejas actrices de provincias, han tomado la transparencia del olvido hasta volverse invisibles. Los que nosotros podemos todavía ver tienen nombres ilustres, o debutantes, un Albert Wolff, un Henry Murger. Cierto día, Dumas reunía en su mesa a un frenólogo austriaco, a un médico húngaro, a un refugiado italiano y a un negociante germanoangloindú: construía Europa, e incluso más, en su comedor. En general, había igualmente en su casa mujeres de talento o de sociedad que querían darse cuenta "del aspecto que tenía". Imaginémonos, pues, las "reuniones abigarradas", con un roce del que saldría electricidad: y la vida y el arte, escribe el conde ruso en Mon ami Dumas, se encontraban alumbrados. Desaparecida en el horizonte italiano Ida Ferrier, las mujeres que más entraron en la intimidad de Alejandro Dumas venían siempre del teatro y empezaban a venir de la semisociedad: comediantas y leonas, Mlle. Parson es la que en este período ha ocupado más pensamiento. De Granada, en 1846, Dumas le enviaba flores y versos. Iba a ser en el Teatro Histórico la Ofelia del Hamlet, escrito en colaboración por Dumas y Meurice, lo que le valió estos versos de Dumas:

Doutez qu'au firmement l'étoile soit de flamme,
Doutez que dans les cieux marche l'astre du jour;
La sainte vérité, doutez-en dans votre âme,
Doutez de tout enfin, mais non de mon amour.

Mon coeur n'est point pour moi matière à poésie,
Je ne mets point mes pleurs en vers de fantaisie;
Mais laissez-moi vous dire humblement, simplement:
Je vous aime d'amour, je vous aime ardement;
Et jusqu'à ce que l'âme à ce corps soit ravie,
Cet Hamlet qui vous parle est à vous, chère vie.

(Dudad que en el firmamento la estrella sea de llama,
dudad que en los cielos anda el astro del día;
la santa verdad, dudad en vuestra alma,
dudad de todo, en fin, pero no de mi amor.

Mi corazón no es para mí materia de poesía,
yo no pongo mis lloros en versos de fantasía;
pero dejadme deciros humildemente, simplemente:
os amo de amor, os amo ardientemente;
y hasta que el alma a este cuerpo le sea arrebatada,
este Hamlet que os habla os pertenece, vida querida.)

Tales versos parecen verdaderamente estar hechos adrede, como si no hubiesen tenido otra forma que ese curioso medio de probar su sinceridad. Lola Montes ¿no tenía derecho más que a la prosa? Esa joven bailarina sin talento, pero amazona, era seguramente más bella. Dumas la encontró en Ruán, en el proceso Beauvallon, el 28 de marzo de 1846. El periodista Beauvallon, acusado de haber dado muerte en duelo en condiciones sospechosas, con pistolas ya probadas, a su colega Dujarrier, comparecía ante la Audiencia de lo criminal, y Dumas, amigo de Dujarrier, y que había llevado en su entierro uno de los cordones del paño mortuorio con Balzac, Méry y Girardin, era testigo. Había llegado en una calesa descubierta, a fin de poder saludar como un soberano. La sala estaba llena de periodistas y de abogados venidos de París. Muchas mujeres a la moda, las vedettes de la galantería, estaban también presentes. Cuando el presidente le pidió su profesión, Dumas respondió gallardeando:
—Diría que soy autor dramático si no estuviera en la patria de Corneille.
—Hay grados —respondió con finura el presidente.
Pero el verdadero presidente no fue M. Le Tendre de Tourville, fue Dumas. ¿Quién interrumpía a los testigos? ¿Quién daba lecciones? ¿Quién dirigía los debates con lujo de anécdotas? Él, siempre él. Hizo un discurso sobre el arte y la ciencia del duelo. "¡Cómo! ¿Usted no conoce el código de honor, señor presidente? ¿Pero si está firmado por el conde de Chateauvillard y por varias celebridades de la literatura y de la nobleza! Está impreso, pídalo a su librero..." Todo el mundo se divierte; diríase que se está en la comedia.
Lola Montes había sido la amante del desgraciado Dujarrier: testigo también, ella aparece en la barra vestida de riguroso luto; "sus bellos ojos aparecieron a los jueces todavía más negros que sus encajes"; admirablemente hecha, "había en su persona algo indefinible de provocativo"; tenía "unos ojos indomables y salvajes". Nadie, ni siquiera ella misma, pudo nunca decir si nació escocesa o sevillana. Después de una serie de relaciones, especialmente con Dumas y Litz, se fue a Baviera a seducir al rey Luis.
La soberana del año 1848 ha sido Mlle. Scrivaneck, medio ruanesa, medio holandesa, oscura actriz, mujer voraz, quejumbrosa, gritona, sucia. ¿Cómo la han soportado? ¿Quién dijo que era bella? En vano se buscan sus cualidades. Las compañeras de Dumas plantean decididamente un problema, pero un poco difícil de resolver. Víctima de un temperamento que le impedía escoger, Dumas fue durante mucho tiempo prisionero de las audaces que se lanzaron al abordaje, o de libertinas que se incrustaban, o incluso de algunas que creyó amar. En general, todas dan la impresión, retrospectivamente, de mujeres que él tomaba alternativamente de su brazo, sin darles gran importancia. Las tenía como se tiene un guardarropa, formaban parte de su ajuar doméstico. La negligencia de un gran placer, ¿no es una manera de fastuosidad involuntaria? Dumas aparece en ese aspecto poderosamente natural y con una bonachonería de una increíble soltura. Escribiendo al editor inglés Sinnett, que manifestaba ciertas inquietudes por su traducción de las Memorias, decía particularmente: "No, no hay peligro; he tenido la precaución de pedir a todas mis mujeres cartas de autorización; la mayoría están encantadas de encontrar su nombre en mis Memorias... "¡Todas mis mujeres!", es enorme. ¿Con qué turco del antiguo régimen estamos tratando? ¿O con qué negrero que se reservaría a sí mismo la parte femenina de su trata? No, simplemente con un original, cuya fatuidad es inexplicable, por los elementos que ella amalgama: orgullo, vanidad, granujería, esplendidez, alegría.
Sería comprenderlo mal reducir a Alejandro Dumas a esa vanidad en su estilo de vivir. En un hombre tal hay de todo. ¡Cuántas veces deja ver un corazón generoso! No se sabe bastante. "Pasaba noches enteras a la cabecera de los enfermos, los velaba, los cuidaba, los cambiaba, trabajaba al lado de ellos y no era raro que pasase cuarenta y ocho horas sin dormir." Hay una carta de él a Jules Janin, escrita en mayo de 1849 (tenía entonces cuarenta y siete años), sobre la muerte de la joven actriz, y que cualquiera que trate de hablar de Dumas debería conocer de memoria:

Querido Janin: Ya sabe usted la muerte de la pobre Maillet; la hemos devuelto a la tierra esta mañana.
Deja su madre muy anciana y un niño muy pequeño.
La madre tiene ochenta y siete años. Ayúdeme con todo su poder —suscripción, representación a beneficio, etc.— para hacerla entrar en el asilo de viejos.
En cuanto al niño, si su padre no lo reclama, yo me encargo de él. No tiene más que tres años, no come todavía mucho. Trabajaré una hora más cada día, y asunto concluído.
Cordialmente.
Abro la carta para decirle que la Dorval acaba de morir.
Su familia me llama, me voy en seguida.


María Dorval murió el 18 de mayo. Ocurrió en un momento en que el escritor no disponía de fondos, y la suscripción abierta dio poco resultado. "Dumas hizo lo posible e imposible por procurarse la cantidad necesaria para el entierro y la compra de una sepultura temporal por cinco años. Contribuyó personalmente con doscientos francos, obtuvo de M. Falloux cien francos, doscientos de Víctor Hugo, y para el resto empeñó su condecoración del Nicham, que estaba adornada con piedras preciosas.
Otro rasgo caballeresco. Habiéndole escrito su hijo un día desde Polonia que tenía el medio de entrar en posesión de cartas muy íntimas dirigidas por George Sand a Chopin, informó inmediatamente a la escritora, que se inquietó mucho por la suerte de esta correspondencia comprometedora. Inmediatamente avisa de nuevo a la dama, que se encontraba en Nohant: "...Casi me arrepiento de haberle escrito. Pero qué quiere usted, hay que tomarme como soy, es decir, por un hombre de primera impresión. He recibido esta carta de Alejandro, he desgarrado la primera página, y se la he enviado como lo habría hecho a un hombre, a un camarada, a un amigo." Y Dumas hijo, avisado por su padre, llevó la carta a George Sand; ella se dio prisa en destruirla, y así fue como conoció a Alejandro II.
En comparación de gestos como éstos, ¿cuántos se podrían contar de pequeñas coqueterías, de orgullo y satisfacción? Glinel ha revelado sobre un pasaporte hecho en 1849: "edad, cuarenta y cuatro años" (en vez de cuarenta y siete) y "oficial de la Legión de Honor" (en vez de caballero). Así como la alegría con que Dumas transcribe en sus Charlas lo que le había dicho María Duplessis en un palco de la Comedia Francesa, una tarde en que representaban Les demoiselles de Saint-Cyr: "Alejandro es Dumas hijo; pero usted no es Dumas padre, no lo será usted nunca." Ella lo adulaba porque esperaba de él una recomendación.
Pero hay que volver a su temperamento desbordante, a su vanidad nativa de hombre de color, a su situación de vedette que el público mismo exhorta a manifestarse. En el salón o en la mesa, se ponía de buena gana frente a un espejo, y seguía sus gestos. "Mi padre es tan vanidoso —según le atribuyen a Dumas hijo—, que subiría sobre el estribo de su coche para hacer creer que tiene un negro." Dumas padre se llamó a sí mismo algunas veces "príncipe de las letras". La frecuentación de príncipes y princesas de sangre azul lo halagaba: princesa de Metternich, princesa Mathilde; cenó en casa de la una y de la otra. Fue precisamente saliendo de casa de la princesa Mathilde, en la cual encontró al príncipe Napoleón, cuando declaró: "Prefiero un príncipe que me diga señor que un obrero que me llame ciudadano." Esta declaración ha debido hacerla en voz baja, sin duda alguna.
Extremadamente efusivo —escribe su secretario Pifteau—, pero efusivo protector: "estrechaba en sus brazos a gente que apenas conocía, habríase dicho que era el padre de todos los que veía". A los críticos que lo abrumaban, nunca les dirigía un reproche, al contrario, una cordial palmada en el hombro: "¡Eh, qué buen artículo le he facilitado!" Durante las conversaciones no hablaba casi de nada más que de él, y solamente de él dejaba hablar a los otros. Pero la bonachonería lo arreglaba todo, y ella llegaba hasta el ingenio. Un día que había comido con un ministro le preguntaron:
—¿Cómo ha ido la cena?
—Bien, pero sin mí me habría aburrido soberanamente.
Es él mismo el que relata esa frase, pero resulta difícil no creerlo. Su homónimo Adolfo Dumas, encontrándose con él, hacia 1840, en un palco del teatro, tuvo la desgracia de decirle un poco familiarmente: "Habrá dos Dumas como ha habido dos Corneilles." El verdadero Dumas, en un principio, encontró eso ligero; sin embargo, sonrió y continuó hablando, pues era la cortesía hecha hombre. No tardó en salir del palco y despedirse; pero, cambiando de idea, metió la cabeza y tocando la espalda del otro Dumas, dijo alegre: "¡Adiós, Thomas!", y se marchó.
Muchas anécdotas giran alrededor de su imprevisión y prodigalidad. ¿Quién las rechazaría? Ellas nos divierten, y su prodigalidad, Alejandro Dumas la tenía en verdad a flor de piel. En cuanto a su imprevisión, ¿hay que creer que era enteramente innata? En cierta ocasión la previsión no había salido bien al triunfador de Enrique III, a quien la idea precavida le había hecho pagar al Café Desmares, su vecino, mil ochocientos francos por la comida de todo el año, pagada por adelantado. ¡Catapum! El café cerraba sus puertas un mes después del arreglo. "Era mi primera especulación", consigna Dumas en sus Memorias. Las especulaciones que siguieron a ésta conocieron varias suertes. De cualquier modo, su hijo exageraba presentándolo a una amiga en estos términos: "Mi señor padre, un niño grande que tuve cuando yo era pequeñito..." Pero no se puede negar que Dumas ha pasado su vida en derrochar el dinero, una parte como una criatura mayor y otra parte como un príncipe fastuoso. Continuamente se ha impuesto cargas pesadas. "Su pluma —dice la condesa Dash, que lo ha visto vivir— nutría una tribu entera. Las familias de sus queridas, si eran pobres, se hacían mantener por él; padre, madre, hermanas y hermanos, aunque hubiese media docena, todo ello corría a su cargo. Los tíos y tías, los primos llegaban a ayudarlos, y como él no se preocupaba mucho, ese pequeño ejercicio se repetía perpetuamente."
La condesa Dash señala otra tribu tanto o más despilfarradora: "la de los agregados a su casa, empleados y gerentes de sus negocios, confidentes amorosos, colaboradores más o menos reales". Ella añade los amigos, designando con ello "solicitantes, complacientes, parásitos, pedigüeños, solicitantes de libros, de luises de oro, de billetes para los espectáculos, comisionistas, aduladores, tramposos, chismosos, espías..."
A un sablista le faltaba algo, tenía que pagar una deuda, gemía, lloriqueaba...
—Se lo devolveré dentro de ocho días.
—¡Como usted quiera!
—Convenido.
Y este último rasgo de aprovechado:
—Volveré para cenar...
En una época de su vida en que Dumas había elegido domicilio en los alrededores de París, tenía cada día su mesa llena de invitados. El domingo, sobre todo, era el asalto de la casa por un tropel errante de hambrientos, hasta los niños, criadas y perros. Entonces, si en el tropel que llenaba el salón uno de los "invitados" le importunaba por ser presentado a otro, podía responder con una media buena fe: "Imposible, ¡todavía no me lo han presentado a mí!" Y, afortunadamente, si venían a pie. Un cierto lunes, varios cocheros vinieron a reclamar el precio de una carrera; precisamente el patrón estaba ausente; el criado se extrañó; entonces se enteraron de que uno de los visitantes dominicales había tomado un coche en la estación para recorrer los mil metros que le separaban de la casa, y los otros lo imitaron: ¡Veinticinco carreras sin pagar! Las pagaron.
"El Plutarco que relatará mi vida —escribe Dumas en la Historia de mis animales— no dejará de decir con estilo moderno que yo era una criba agujereada, olvidando añadir, naturalmente, que no siempre era yo el que hacía los agujeros en la criba." Théodore de Banville explica en sus Souvenirs la historia del bello joven llamado Montjoye, pintor y a la vez autor dramático, muy capaz, que permitía las mayores esperanzas, pero que después... Una mañana, Montjoye se despertó sin dinero. Viviendo en Saint-Germain y sabiendo que Dumas era su vecino, fue a pedirle de comer sin más explicaciones.
Creyendo con razón que su amo estaba ocupado en escribir, todos los criados se habían ido de paseo; pero la compra de vituallas estaba ya hecha y la cocina se parecía a un gran cuadro de un bodegón. Sensible a la petición de su colega, Dumas se puso un delantal, encendió el fuego, puso las cacerolas en acción y, con su verbo inagotable, compuso un festín digno de las bodas de Camacho: Era cocinero, como era de todo, y sabía hacer un coulis como si se tratase de una obra teatral. No solamente Montjoye devoró la comida a dos carrillos, sino que la alabó de una manera divertida y original, lo que alegró el gran corazón del cocinero. A partir de ese día, se convirtió en costumbre; todas las mañanas Montjoye venía a comer. Alejandro Dumas le preguntaba qué quería y lo ejecutaba a su costa, convirtiéndose en el hombre más dichoso del mundo cuando su convidado mostraba admiración entusiasta. Así el espiritual pintor llevaba una vida dichosa y fácil, servido por un gran hombre y disfrutando de una comida que no costaba menos de doscientos francos por hora.
Al mismo tiempo, Dumas suscribía letras de cambio a un mes y a tres meses, que le descontaban los usureros. El factótum que se encargó durante mucho tiempo de renovar las letras no ha tenido, para labrarse una fortuna, más que guardarlas; de tal manera subieron.
Ese antiguo pobre acabó sus días viviendo de rentas en el seno de su familia. Dumas se habría divertido si lo hubiera sabido; él que ha hecho una o más bien varias fortunas, pero que las ha deshecho a medida de los acontecimientos, así en las grandes como en las pequeñas cosas. Ya veremos las grandes. Veamos ahora una pequeña. Un día dio veinte francos a un camarero para que fuera a comprar un sacacorchos, que costaba entonces un franco: el tonto trajo veinte sacacorchos, y Dumas estalló en una carcajada. Otra más aún. Debía doscientos cincuenta francos a su zapatero, que fue un sinfín de veces para cobrar la nota a su residencia de Marly. Dumas lo aguardaba a comer, le daba flores y frutas para que se las llevase y le entregaba un luis para el ferrocarril. Por lo menos, Villemessant relata esta anécdota, añadiendo que el zapatero embolsó no menos de cincuenta luises antes de renunciar a cobrar la nota.
La prodigalidad proverbial de Dumas es lo que explica que, a pesar de la masa colosal de sus ingresos, estuvo en algunas ocasiones falto de dinero y que tuvo que pedir prestado a los amigos con toda simplicidad. O bien, llegaba de viaje sin un céntimo en el bolsillo; es en uno de esos momentos cuando pensó en ir a pedir al escultor Cain, en razón de su amistad, más bien que por la amplitud de su bolsa. Cain estaba ausente, pero la señora Cain lo recibió; desgraciadamente, su marido no le había dejado más que un luis para el gasto del día; sin embargo, se lo entregó, como habría hecho Dumas mismo en parecido caso.
Al salir, el novelista distinguió sobre el bufete del comedor un tarro de cristal con pepinillos en vinagre de un admirable verdor.
—¡Ah, qué hermosos pepinillos! —exclamó.
—Y excelentes. Los preparamos en casa —respondió la señora Cain, halagada en su amor propio de ama de casa—. ¿Me permite usted ofrecerle un tarro?
—Con gran placer.
Y ya extendía la mano hacia el tarro.
—No —dice la señora Cain— , no se tome usted ese trabajo. ¿Tiene usted un coche abajo?
—Sí, señora.
—Pues le vamos a bajar el paquete.
Dumas dio las gracias y salió. La señora Cain, inquieta, se preguntaba cómo iba a asegurar la comida del día cuando su cocinera, que había ido a llevar los pepinillos en el coche, regresó triunfante, con el famoso luis en la mano. Dumas se lo había dado como propina.
Todas estas bellas historietas sobre la negligencia de Dumas y sus larguezas inconsideradas, la extravagancia de su profusión, que su hijo no ha sido el último en esparcir, presentan a menudo variantes diversas. Para la que relata Ernest d'Hauterive, por ejemplo, John Charpentier reemplaza a madame Cain por su abuela, madame Charpentier, y, en lugar de descubrir el tarro de pepinillos por Dumas, lo da como habiendo sido reservado para él, pues madame Charpentier sabía lo que le gustaban. Pero esas variantes de detalles, mientras respetan el fondo, ¿no refuerzan más bien su autenticidad que la alteran? Es como la historia de la copa de medios luises o de piezas de cinco francos (según la situación financiera de Dumas) que éste dejaba siempre a la vista en su gabinete de trabajo, y de la cual invitaba a los sablistas a tomar; ello no es tan fácil como lo han contado generalmente. Ya su secretario Pifteau, notando que Dumas decía a los parásitos: "¿Ven toda mi fortuna? Pues voy a partirla con ustedes", deja ver un poco el truco, pero el escritor belga Ricault d'Héricourt nos lo deja ver enteramente, revelando lo que sabía por Murger, el cual se entusiasmaba de ello. Dumas tenía, por decirlo así, no una copa, sino la caja de caudales contabilizada diariamente y la arreglaba después de cada visita del solicitador. Al siguiente, le decía:
—¿Tiene necesidad de dinero? Eso nos llega a todos. Yo no siempre he ganado doscientos mil francos. ¿Cuánto le hace falta? O mejor dicho, partamos. Ahí tiene mi caja de caudales, la llave está sobre la puerta. Los amigos sacan libremente lo que les hace falta. Mire lo que han dejado, tome la mitad y déjeme el resto. Está bien, ¿no? Repartimos como buenos amigos.
El amigo abría la caja de caudales (que seguramente no era más que un cajón) y ¿qué encontraba? Dos piezas de cinco francos.
Pero hablemos seriamente. Si Dumas se arruinaba a medida que se enriquecía, es seguramente menos por sus liberalidades en favor de sus amigos y parásitos, de sus amantes y familias, por excesivas que fuesen, que por sus propios gastos y presupuesto doméstico, en viajes, instalaciones en París y Florencia, en vida de palacio, en construcciones desorbitadas.
En 1843, a pesar de guardar su domicilio en París —calle Rívoli, después Richelieu, en espera de la Chaussée d'Antin, y la calle Joubert en 1884 y 1845— Dumas fue a vivir a Saint-Germain-en-Laye, calle Boulingrin, en la villa Médicis, cuyo alquiler anual costaba dos mil francos. Allí siguió hasta el 1846. Como es natural, tenía constantemente "invitados", y el domingo invitaba él mismo no menos de veinte personas. El maître d'hôtel del pabellón Enrique IV, Collinet, preparaba personalmente los banquetes. El joven Octave Feuillet, enfermo, ha sido huésped de Saint-Germain. Desde su habitación, una noche de agosto contempló el espectáculo de un banquete sobre el césped, vio una fiesta alegre y suntuosa, oía las voces de "tantos ingenios", mientras a lo lejos el valle del Sena languidecía bajo el resplandor del crepúsculo.
Dumas no se detuvo ahí; compró el teatro de la villa, y los mejores artistas de París, que venían a dar representaciones, cenaban en su casa. Durante bastante tiempo, interpretaron obras de él a beneficio de los pobres. En 1846, mayor señor que nunca, hizo organizar un festival dramático en honor de "sus amigos y partidarios" con una obra de circunstancias que no dudó en anunciar bajo el título Shakespeare y Dumas, esperando el espectáculo gratuito ofrecido a la población de Saint-Germain, el 7 de marzo de 1847, para celebrar su regreso de Africa.
¡Qué animación dio a la villa! Desde que él la revolucionó, no se encontraba un solo cuarto en el pabellón Enrique IV, ni un caballo en la posta, y el ferrocarril acusaba un aumento de veinte mil francos en sus ingresos. Saint-Germain recorría su bosque a caballo, Saint-Germain iba al espectáculo, Saint-Germain quemaba sobre la terraza de la villa Médicis unos fuegos artificiales que se veían desde París. Saint-Germain resucitaba en la fiebre, mientras que Versalles dormía medio muerto. Luis Felipe acababa de restaurar el palacio de Luis XIV. Como se escandalizara un día de ese contraste ante su ministro Montalivet, éste le dijo bromeando: "Majestad, sabed que Dumas tiene que sufrir quince días de prisión como guardia nacional... Ordenad que los haga en Versalles." El rey le volvió la espalda y le puso mala cara durante un mes. Dumas dixit.
¿Qué pasó cuando el bromista volvió a París? Modestamente asegura que Saint-Germain languidecía y que estuvo muy cerca de la agonía.
Pero hacía mucho tiempo que Dumas quería tener "su casa". ¿Una casa? Era muy poco para él. Terminó por concebir un palacio de locura: la construcción ruinosa de Montecristo, que tenía que costar 50,000 francos y costó finalmente 300,000. "Hubo que desviar varios arroyos que inundaban el terreno de la construcción, hacer enormes cimientos para sostener los terraplenes de la carretera..." ¡Diantre! Creeríase que hablan del palacio de Versalles.
Era en 1844. Dumas cazaba en las colinas de Marly, una bella mañana de primavera, cuando se detuvo ante un magnífico panorama: el Sena, los árboles, el bosque. Enfrente, en el horizonte brumoso, las colinas de Argenteuil.
Inmediatamente citó a su arquitecto.
—Querido señor, me va usted a construir un palacio Renacimiento y un palacio gótico con dos pabellones de entrada y un parque inglés.
—Pero, señor, el suelo es de arcilla pura, no se podrá sostener nada.
—No se preocupe, cave hasta encontrar suelo duro y haga dos pisos de bodega subterránea.
—Esto le costará a usted más de doscientos mil francos.
—Ya me lo imagino, así que empiece la construcción.
Y el 24 de julio, Dumas colocaba una piedra simbólica sobre el emplazamiento del futuro palacio, al cual los Melingue han dado su nombre de Montecristo.
—Os doy cita para dentro de tres años, en este mismo día, pero entonces no comeremos encima de la hierba —dijo a sus invitados.
El 27 de julio de 1847, efectivamente, como lo había prometido, Dumas inauguró su nueva mansión.
El dueño estaba encantado: "Tengo aquí —declaró— una reducción del paraíso terrenal."
Se entraba en el parque pasando entre dos pabellones. De la enorme reja de entrada partía una amplia avenida que llevaba a una vasta terraza circular. El palacio, aunque de estilo Renacimiento, parecía todo romanticismo con sus dos pisos de torreones, balcones, campanarios y barandillas, en lo alto de un declive surcado y animado por arroyos en cascada, es decir, pequeños embalses colocados unos bajo los otros. Las ventanas que daban a los patios eran como las del castillo de Anet. Encima de cada una de ellas, ornábanlas medallones con el escudo que dio Francisco I a Villers-Cotterêts, y llevaban nombres ilustres que iban desde Homero hasta Víctor Hugo... El escudo de los Pailleterie dominaba el frontispicio de la gran entrada practicada en la fachada interior, con la divisa "Amo al que me ama". En el interior, ¡qué despilfarro de vitrales, de esculturas, de ornamentaciones innúmeras! Del balcón principal se divisaba un paisaje más bello del que se contempla desde la terraza de Saint-Germain. Más al interior del parque, una isla albergaba un castillo gótico unido al resto de la hacienda por un puente levadizo que el dueño accionaba personalmente desde el interior, pues se encerraba en él para trabajar, bajo las estrellas que brillaban en el techo, entre pinturas azules y viñetas que encuadraban famosos motivos y cuyos títulos serán: Antony, Les demoiselles de Saint-Cyr, Richard Darlington, Los tres mosqueteros... Una caballeriza, una cochera, con caballos y coches, completaban ese Fontainebleau de pacotilla.
En la divertida descripción dada por el Almanach comique de 1848, León Gozlan señalaba, alrededor del friso del primer piso, los bustos de los grandes dramaturgos de todas las épocas, debidos al cincel de Préault y de Pradier. Dumas ¡no había olvidado el suyo! Admirando ese rasgo de grandeza de alma en casa de un escritor, Gozlan le dice:
—Mi querido Dumas, permítame una sola observación.
—¿Cuál?
—Veo en su guirnalda dramática a Dante y a Virgilio: me parece que ni el uno ni el otro han escrito para el teatro. Esos dos poetas líricos estarían igual en otro lugar y no usurparían un sitio ya muy limitado, puesto que la literatura dramática moderna está representada a duras penas por el busto de Víctor Hugo. ¡Un solo escritor dramático contemporáneo!... Y, a propósito, y usted, amigo mío, ¿no está?
—Yo estaré dentro.
Apenas entrado en el palacio, un turco se echó al cuello de Dumas y los dos hombres se abrazaron durante cinco minutos.
—¿Sabe usted quién es este turco?... Lo he traído de Túnez, donde estaba esculpiendo la tumba del bey reinante. Le dije al bey que tenía todavía bastante tiempo por delante para permitirme disponer durante algunos años de su artista favorito; el bey me lo ha prestado.
La obra del turco era una bóveda de las que no se ven más que en la Alhambra: "Un encanto de trazos en relieve cuyo conjunto produce el efecto y la ilusión del encaje, si jamás encaje de Bruselas fue tan ligero y fino como ése."
—Pues ahí tiene lo que todo el oro de vuestro Montecristo no habría podido producir —dice Gozlan.
—Sí, pero lo habría comprado —respondió Dumas.
Hace pocos años, una inglesa visitaba la villa de Port Marly, todavía intacta, y la impresión de una mujer debe tenerse en cuenta. Edith Saunders declara que es muy habitable y añade: "Estaba vacía cuando la visité y, sin embargo, no discerní la desolación que pesa sobre las viejas casas desiertas. Reinaba una atmósfera cálida y acogedora, como si llevara todavía consigo la marca del hombre que la había creado, según sus gustos personales. Afortunadamente, sus propietarios sucesivos no la han transformado en el curso de su siglo de existencia, y la famosa habitación mora, concebida por Dumas a su regreso de Madrid, después del casamiento real de 1846, continúa tal y como él la dejó. En un rincón del parque cubierto ya de matorrales se levanta todavía el castillo de If, la casa en miniatura donde él escribía. Esa elegante bagatela, sombreada por grandes árboles, se refleja en un foso de aguas oscuras. La barandilla de hierro forjado de su escalera en espiral, construída en el exterior, conserva todavía su adorno de terciopelo, deteriorado por un siglo de intemperie. En el interior se encuentran, aunque ya descoloridas, las pinturas escogidas por Dumas. Las fuentes, de instalación complicada, funcionan todavía para los que quieren abrirlas. Del otro lado del camino se perciben las ruinas de una antigua abadía, que Dumas padre utilizó como caballeriza. Encima del coro, vacilante y carcomido, se pueden leer todavía los nombres de sus tres caballos: Porthos, Athos, Aramis".
Dumas había traído de Africa, con el turco, otro obrero árabe. Trabajaron dos años. Veíase todavía hace algunos años la tumba de uno de los dos musulmanes desapareciendo bajo los tejos.
Sobre esos trasplantados, sobre la cocinera madame Lamarque, sobre el mayordomo Rusconi, italiano de Mantua y que había hecho todos los oficios, incluso comisario de policía en la isla de Elba y conspirador bonapartista bajo la restauración (Dumas lo tenía del general Dermoncourt, ex ayuda de campo del general Dumas), así como sobre su adjunto Michel, campesino que hacía de jardinero; sobre el negro Alexis, sobre varios criados, encargados uno de la pajarera, el otro de la perrera, Dumas reinaba. La tarea era enorme, por lo menos para el bueno de Michel. Una mañana, sin noticias del amo, ausente desde hacía varios días, le envió a París un mensaje de madame Lamarque: "Debo decir al señor que el vino de mesa se ha agotado; el personal del señor no tiene nada que beber, no queda en la bodega más que el champaña y el johannisberg, enviado al señor por el príncipe de Metternich." El expreso trajo la siguiente respuesta: "Beban el champaña y el johannisberg, así cambiarán de gusto."
A pesar de que padeció la frecuente invasión de las visitas, Dumas encontraba allí a veces la soledad que le era necesaria, y que Mlle. Scrivanek no ha turbado, seguramente, a pesar de lo gritona y estúpida que fuese. "Amo la soledad del paraíso terrestre —decía Dumas— más bien que "la soledad sola"; es difícil tener a Mlle. Scrivanek por la Eva de este Adán, pero era "la soledad poblada de animales" lo que quería decir con ello, y los animales no han faltado en Montecristo. Los ha enumerado en la Historia de mis animales: cinco perros (sucesivamente), un buitre (que debía su nombre de Diógenes al hecho de que vivía en un tonel), dos monos, una mona, dos loros, un gato —del mismo nombre que el de la calle del Oeste, Mysouff—, un faisán, un pavo real, dos gallinas faraonas, una docena de gallinas, un gallo (César), puesto que casi todos tenían un nombre; la mona llevaba el de una artista muy de moda, nos es conocido por Hugo. El destino de esos animales se ha encontrado mezclado con el de los animales que poblaron el patio y el jardín de la calle de Amsterdam, una perra, un gallo de pelea, dos gaviotas, una garza... ¡Admirable imaginación la de un hombre capaz de ver un paraíso terrestre en un tal parque zoológico!
Zoológico o jardín de delicias, el destino de Dumas quiso que no disfrutara durante mucho tiempo de él, y que se viera expulsado por esas faltas que juzga sólo el dios de los pagos. Los gastos fueron acrecentándose sin cesar; no se podía vivir eternamente sobre el crédito del pabellón de Enrique IV; desde 1849, una actriz, en el camarín de su teatro, osaba presumir ante Dumas que un protector estaba impaciente por comprarle Montecristo.
—¿Vuestro amigo es, pues, muy rico? —le preguntó Dumas.
—Muy rico, es un ángel; a veces hasta me parece que tiene alas.
—Alas de pichón.
De cualquier manera se sabía que Dumas estaba amenazado por ese lado precisamente. Los ujieres estimaban de 25 a 30,000 francos los gastos por año, de la mansión; el propietario pagaba los gastos
y debía siempre la misma suma. Desde 1849, el palacio estaba embargado, y dos años más tarde, Dumas, acosado, tuvo que despertarse definitivamente de su sueño de piedras y verdor: el palacio, gravado en 232,500 francos, fue vendido en subasta por 30,000 francos a M. Fowler, dentista americano, hombre rico y divertido, y protector de actrices.
Dumas hubiese podido decirse a sí mismo: "De lo alto de Montecristo, siete años te contemplan..." ¡Qué años! Del verano de 1844 al de 1851 ha publicado sus más grandes y más gloriosas novelas, ha aplastado y acaparado la producción literaria del momento. Pero al mismo tiempo, el gentilhombre de Saint-Germain, ahora señor de Monts-Ferrand, cumplía en las costas de Africa una misión sensacional cuyas consecuencias debían levantar una tempestad en el mundo ministerial, en el mundo parlamentario y en la prensa. En fin, entre la construcción de Montecristo y su venta forzosa, se sitúa otra aventura, la del Teatro Histórico; después de haber impresionado París de manera deslumbrante, iba a echar al titán de la escena, tan a menudo sacudido, esta vez fulminado, en la catástrofe.
Un día de septiembre de 1846, una carta de M. de Salvandy, ministro de Instrucción Pública, invitábale a cenar, a pesar de que los dos hombres se conocían apenas. Después de la cena, el ministro le dijo:
—Tengo que pedirle un favor.
—¿A mí, hombre de letras?
—Precisamente. Este invierno, ¿no tendría usted ganas de ir a Argelia?
Le explicó que hacía falta un libro sobre la conquista, en el interés de la colonia y en el de la metrópoli. Dumas, entre sus tres millones de lectores, ¿no podría contar con cincuenta o sesenta mil colonos? Les gustaría que hablasen de ellos. Y a Francia le interesa comprenderlos y hacerles amar su nueva propiedad. Para ello, no se dispone nunca de demasiado talento literario. El escritor, adulado, aceptó. Le abonaron diez mil francos y la promesa de ofrecerle una casa del Estado para la comodidad del cumplimiento de su misión.
Al día siguiente cenaba en Vincennes con el duque de Montpensier, amigo suyo desde la muerte de su hermano mayor. Era muy abierto con él. Un día el duque le preguntó:
—Me han comunicado algo que al parecer habéis dicho en casa de Víctor Hugo: M. Ponsard es el estreñimiento; M. Latour Saint-Ybars es todo lo contrario. ¿Es verdad?
—Sí, señor, es verdad.
—En ese caso, ha hecho usted muy bien en no venir ayer a mi casa, pues habría encontrado M. Latour Saint-Ybars.
—Ya lo sabía, señor. Por eso no vine. Tuve miedo de meter la pata.
Puesto al corriente del proyecto Salvandy, el duque le dijo: —Pase usted por España.
—¿Para qué?
—Para asistir a mi boda.
Efectivamente, se casaba con la infanta María Luisa Fernanda, y la boda tenía lugar el 11 o el 12 de octubre.
—¿Qué dirá el rey? Estamos un poco enfadados Su Majestad y yo.
—Su Majestad no lo sabrá más que después, soy yo el que se casa, y el que os invita.
Alejandro Dumas cerró su equipaje el 3 de octubre. Pero ¿nos lo imaginamos acaso partir solo? No, se adjuntó un cortejo. Su hijo, el pintor Louis Boulanger y Maquet le acompañaban, con Paúl de ayuda de cámara, abisinio de nacimiento y ahora cosmopolita; había estado al servicio de un inglés, hablaba cinco lenguas, e igual iba a pie que a caballo. En Burdeos compró un coche para atravesar las Landas, y en Bayona tomaron la diligencia. Reconocido en la aduana, Dumas tuvo la suerte de que no le registraran los baúles, ni siquiera las cajas de armas y municiones para la caza. Viajaba como un gran personaje internacional. Un privilegio parecido le esperaba en España misma, en la puerta de Córdoba, donde el oficial del cuerpo de guardia, echando un ojo sobre su pasaporte, le dijo: "Pase usted, señor, lo esperábamos hace ya tiempo." Y el jefe de aduanas, habiendo preguntado a Paúl si su amo era el autor de El conde de Montecristo, los dejó pasar sin registrar nada.
En Madrid, donde se hartaron de chocolate, el grupo se aumentó con Giraud y De Desbarolles, dos pintores, el segundo algo ocultista, que le sirvieron de guías a través de todo el país. Visitas al duque de Montpensier, al embajador de Francia, al duque de Osuna, a un miembro de las Cortes, Roca de Togores, poeta y futuro ministro, dieron a Dumas la ocasión de hacer grandes ostentaciones. Un viejo diplomático, llegando tarde una noche a una recepción y viendo en los salones a los grandes de España alrededor de un hombre en traje negro, al que escuchaban con la boca abierta, de pie, completamente olvidados de la reina y de los novios, dijo:
—¿Quién es ese personaje?
—¡Caramba! —le dijo alguien—, es Alejandro Dumas.
Dumas y sus amigos, no habiendo podido encontrar lugar en los hoteles, se consideraron afortunados porque un librero, trastornado por el nombre de Dumas, les ofreció cama. ¡Qué campamento! El gran hombre cocinando ayudado por su criado negro.
Los franceses disfrutaron de fiestas esplendorosas, el Prado iluminado, espectáculos suntuosos en el teatro del Circo, corridas de toros, pues la reina madre casaba sus dos hijas. Visitaron el Escorial, Toledo y Granada, y Dumas cosechó una abundante riqueza de escenas, anécdotas, curiosidades históricas, narradas luego en su pintoresco libro De París a Cádiz, con asombrosas danzas, lleno de amoríos y que nos divierte ante lo pintoresco y los lugares de placer cordobeses, curiosamente llamados "casas de Séneca". Los incidentes del camino, multiplicados naturalmente, traslucen la tragicomedia, así como las aventuras galantes, que estuvieron a punto de interrumpir en Córdoba el viaje de Alejandro II, separándolo de sus amigos. No se encontraron hasta Gibraltar.
El 18 de noviembre estaban en Cádiz. Allí, Dumas, acabando de dejarse elevar al rango de representante extraordinario de Francia, encontró muy natural franquear la pasarela de una fragata real francesa y verse recibido con todos los honores. La calaverada, la locura, la epopeya heroicocómica del Veloce empezaba. La embajada viajera fue a Africa, hizo escala en los puertos con gran ceremonial, realizó incursiones en el interior del continente y visitó, en las condiciones más brillantes, Tánger, Tetuán, Melilla, Djemma, Orán, Argel, Bréda, el monte de Mouzaia, Djidjelli, Philippeville, Constantina, Stora, Túnez. ¡Ah! Los futuros lectores del libro Le Veloce iban a poder saciarse de historia, pero también extasiar la imaginación de "cosas vistas", entonces muy nuevas, como la boda judía, o el servicio divino del morabito, o la cacería de águilas en las gargantas del Rummel, en los alrededores de Constantina. Cuando el navío saludó a Túnez con ventiún cañonazos en nombre de Francia, Dumas debió pensar que el verdadero representante de Francia, en ese momento, era él.
Además —dijo— una verdadera providencia le hizo saber que doce prisioneros, únicos supervivientes de los doscientos franceses acuchillados en Sidi-Brahim y retenidos por Abd-el-Kader desde hacía dos años, podían, por su intervención, salvar su cabeza de la certera cimitarra. De acuerdo con el comandante del navío, procedió a su embarque en los muelles de Melilla, donde tres mil personas le ofrecieron, entusiasmados, un banquete. Restablezcamos los hechos de acuerdo con la información publicada por los periódicos. La verdad es que los prisioneros habían sido liberados antes de la llegada de Dumas y esperaban al Veloce; viendo que el navío tardaba en llegar, se hicieron a la mar con medios de fortuna y el Veloce tuvo que correr tras ellos. Por último, fue a ellos a quienes se ofreció el banquete.
El paquebote Orinoco trajo a los viajeros en enero de 1847 y desembarcaron en Tolón el 4. El viaje costó caro al escritor, más de treinta mil francos, en los cuales se fundieron los fondos otorgados por el ministro. Le costó, sobre todo, un proceso que le formaron dos periódicos, por el excesivo retraso en enviar la colaboración estipulada. ¿Le costó también el escándalo que estalló en la Cámara? Un escándalo de ese género equivale a una publicidad; por tanto, una ganancia. Bien miradas las cosas, la sesión parlamentaria del 10 de febrero de 1847 se añadía al ruido del viaje, al de las grandes publicaciones en curso, a los ecos de Saint-Germain y de Marly para rendir honores a un poderoso, un príncipe, un nabab, e izar el gran pavés de un renombre.
Una interpelación muy ruidosa acusó a tres ministros: Monsieur de Salvandy, de Mackau y de Saint-Yon, es decir: los de Instrucción Pública, Marina y Guerra. Monsieur de Castellane se quejaba menos del gasto impuesto a la Marina real que del ridículo infligido a la "cosa pública" por "ese señor", "un célebre empresario de folletines".
—¿No me está permitido decirlo? —dijo desde la tribuna el joven diputado—. El respeto del pabellón, los sentimientos más delicados de los marinos, tal vez los de la Cámara, ¿no han sido ofendidos acaso en cierta medida?
Los ministros no brillaron en sus intervenciones. Ninguno de los tres dio una respuesta clara a M. Darblay, que preguntaba:
—¿Quién ha dado la orden de poner a disposición de un particular un buque de la nación?
Según ellos, el general Bugeaud, advertido, había declarado que el Veloce hacía todos los quince días, como correo, el trayecto de Tánger a Orán; que había fondeado en Cádiz en misión de servicio y allí "tomado a bordo a la persona de que habla M. de Castellane". (Hilaridad.) Después el buque, en vez de dirigirse directamente a Orán, había ido a Argel por error. (Murmullos.) Nuevo error en Argel: el comandante interino del puerto creyó que "la persona" estaba encargada de una misión especial, ¡ella lo decía a todo el mundo! (Risas y murmullos.) De todo ello, los ministros de Marina y de Guerra se lavaban las manos, y ¡el general Bugeaud estaba tan lejos! En fin, a M. de Salvandy, que acababa de llegar a la Asamblea, le obligaron a hablar.
He confiado —dijo— una misión solamente para Argelia, pero no para Túnez, ¡ni para España!... Pero, además, Alejandro Dumas había recibido de gobiernos anteriores misiones de la misma naturaleza. (Interrupciones: "¡Bueno es saberlo!") No creo que haya habido un hombre de letras que haya deseado visitar nuestro vasto territorio de Africa y al ejército que lo ha conquistado tan laboriosamente sin que yo haya intentado facilitarle los medios necesarios: ¿No hay que crear los mejores lazos posibles entre Francia y Africa? El ministro de Instrucción Pública no puede hacer otra cosa a través de las letras, y cree un deber el llamarlas en su ayuda cuando la necesidad se impone.
El asunto tuvo por resultado práctico que el ministro de Marina enviara urgentemente a todos los comandantes de navíos una circular por la que se prohibía el acceso a los mismos de cualquier persona que no estuviese provista de un pase especial. La victoria fue aún mejor para Dumas. Primero los diputados León de Maleville y Castellane, que habían herido su amor propio, y que según la costumbre de la época, le debían reparación por las armas, se la rehusaron invocando su inmunidad parlamentaria, lo que tuvo la virtud de poner al público de su parte. Y después se permitió el lujo de denunciar el Parlamento como celoso de los "folletinistas" (Sue, Soulié, Balzac, y él mismo) que le robaban la atención del público.
En cuanto a la tercera gran aventura de Alejandro Dumas, la del Teatro Histórico, no ha sido en su vida un acontecimiento único y de excepción. Otra contradicción íntima y profunda: ese imprevisor, ese bosillo con agujeros, ese aventurero, ha estado atacado por la manía de poseer. Ha querido tener su palacio, más tarde su navío y, entre los dos, su teatro. ¿Es exactamente deseo de posesión? Digamos más bien —y así encontramos el espíritu de nabab, de pachá, de señor— que Dumas ha trabajado apasionadamente a fin de verse "en su casa", cómodamente, independiente de todos, solitario y a la vez rodeado.
Desde febrero de 1831, Dumas y Hugo habían presentado a la comisión del Teatro Francés un plan de explotación de ese teatro que la ruina amenazaba. En 1836, indispuesto por los malos procederes de Harel en la Porte Saint-Martin, insatisfecho de la Comedia Francesa, juzgando que no jugaba su papel en el drama romántico, que era, sin embargo, "el arte contemporáneo", habló de la cuestión con "M. Guizot", pronto persuadido por Hugo; de esta conjunción nació el Théâtre de la Renaissance, instalado en la sala Ventadour e inaugurado el 8 de noviembre de 1838. Pero uno de los dos directores asociados, Ferdinand de Villeneuve —el otro era Anténor Joly—, hizo representar en seguida en el nuevo teatro el repertorio lírico. Hugo no dio más que Ruy Blas, Dumas Bathilde y El alquimista. El negocio se fue al agua al cabo de tres años difíciles. Otra ocasión se presentó en 1845, el 27 de octubre, en la primera representación del drama Los tres mosqueteros. El duque de Montpensier asistía a ella, se vieron, y habiendo expresado Dumas una vez más su viejo sueño, el joven príncipe ofreció sus buenos oficios. La cosa dependía del ministro del Interior, Duchâtel.
—Debo declarar a su alteza que no creo que me tenga gran estima.
—En el próximo baile de la corte bailaré con su mujer y arreglaré todo esto bailando.
Cumplió su palabra, y Dumas, con la ayuda financiera del duque y del propietario principal del pasaje Jouffroy, obtuvo el 14 de marzo un privilegio a nombre de Hipólito Hostein, que había dirigido ya varios teatros: privilegio de doce años para representar dramas, comedias, y durante dos meses cada año, obras líricas con coros, bajo la gerencia de Vedel, antiguo director de la Comedia Francesa. La sociedad, con un capital de 600.000 francos, compró en abril dos inmuebles, el antiguo hotel Foulon y la taberna de mala fama de l'Epi-Scié, sita en el bulevar del Temple, cerca del ángulo que el bulevar hace con el faubourg. Después emprendióse la construcción del edificio, mientras Dumas bogaba en el Veloce. Hubo que aumentar con un tercio más el crédito inicial. El arquitecto Dedreux, disponiendo solamente de ocho metros de fachada, y obligado a disponer la entrada sobre el eje transversal de la sala, triunfó de esas dificultades y de muchas otras.
Una sala de cinco pisos y un escenario inmenso hicieron del Teatro Histórico una reproducción del Châtelet. Fue con el drama La reina Margarita como Dumas y sus asociados los inauguraron el 20 de febrero de 1847. París estaba en ebullición: hicieron cola durante venticuatro horas; ese mes de febrero, afortunadamente, no hizo frío. El primer día, a las diez de la noche, los vendedores de bebidas calientes hicieron negocio. A medianoche tocó el turno a los vendedores de haces de paja, en los cuales bastante gente se acostó, pero sin dormir, pues el público cantaba e improvisaba coros a la luz de centenares de linternas y faroles. De madrugada subió el olor de pasteles calientes con café con leche. Incluso detenían a los aguadores que pasaban, y "algunas personas de la asistencia hicieron en público abluciones permitidas". Después las salchicherías empezaron a vender con éxito, impregnando el ambiente de un olor de ajo. Un cupletista compuso inmediatamente una canción, corrió a hacerla imprimir y volvió a vender las hojas todavía con la tinta fresca. La canción, con la música de Veux-tu-t'taire (¿Quieres callarte?), decía:

On dit qu'au Théâtre Dumas
On pourra prendre sus ébats.
Vive l'auteur des Mousquetaires!
Veux-tu t'taire, veux-tu t'taire,
Bavard, veux-tu t'taire!

L'théâtre ouvert, aussitôt
On y jouera la Reine Margot,
Fureur bien sûr elle va faire.
Celui que l'appétit prendra
Table d'hôte trouvera,
On mangera bon et pas cher.

Veux-tu t'taire...

(Se dice que en el Teatro Dumas
se podrá uno divertir.
¡Viva el autor de los Mosqueteros!
Cállate, cállate,
hablador, ¡cállate!

Abierto en seguida el teatro
representarán La Reine Margot,
y sobre ella mucho furor habrá.
Aquel que le gustará
buena mesa encontrará,
y bueno y barato comerá.

Cállate...)

El Teatro Histórico tenía en sus programas decorados exactos, una ejecución realista, el empleo animado y pintoresco de masas. Realizó un progreso técnico sorprendente. Ha influido en toda la representación dramática moderna, incluso en la Comedia y en la Ópera.
En la primera representación de La reina Margarita, el duque de Montpensier estaba presente en su palco, amueblado con lujo real. Todos los periodistas de París, todos los autores, muchos músicos y actores componían una asamblea brillante en extremo. Gautier, Janin, Delacroix, Ingres, Auber, Halévy, estaban allí. Hugo ha anotado en su Diario: "Apertura del Teatro Histórico. He salido a las tres y media de la madrugada." En efecto, empezada a las seis y media de la tarde, la representación terminó después de medianoche. A las tres de la mañana, las calles vecinas todavía estaban llenas de coches, los burgueses no durmieron mucho.
Era el escenario que hacía falta para representar toda la historia de Francia. La Jeunesse des Mousquetaires, Le Chevalier d'Harmental, La guerre des femmes (La juventud de los mosqueteros, El caballero de Harmental, La guerra de las mujeres) y varias otras obras hicieron magníficos espectáculos. Balzac, que asistió a la representación de Caballero de Maison-Rouge el domingo 23 de abril de 1848, escribió a madame Hanska: "Esta obra es espléndida y de una verdad revolucionaria inmensa." En el último acto del Caballero de Maison-Rouge, creado el 3 de agosto de 1847, resonó el canto de los girondinos. Era una composición de Dumas y de Maquet. Dos de sus estrofas iban a servir bien pronto de himno patriótico a la Segunda República.

Par la voix du canon d'alarme
La France appelle ses enfants.
Allons! dit le soldat, aux armes!
C'est ma mère, je la défends.
Mourir pour la patrie,
C'est le sort le plus beau, le plus digne d'envie.

Nous, amis, qui loin des batailles
Succombons dans l'obscurité,
Vouons du moins nos funérailles
A la France, à sa liberté!
Mourir pour la...

(Por la voz del cañón de alarma
Francia a sus hijos llama.
¡Marchemos! —dice el soldado—. ¡A las armas!
Es mi madre, yo la defiendo.
Morir por la patria
es la suerte más bella, la más digna de envidia.

Nosotros, amigos, que lejos de las batallas
sucumbimos en la oscuridad,

consagremos por lo menos nuestros funerales
¡a Francia, a su libertad!
Morir por la...)

Se cantaron sobre las barricadas de 1848 las dos estrofas y su estribillo, que es de Rouget de l'Isle. En el curso de un ensayo, según Blaze de Bury, Dumas dijo al jefe de orquesta: "Hay que ver, querido Varney, ¡cuando uno piensa que la próxima revolución se hará con este himno!" El 22 de abril, Balzac escribía a madame Hanska: "No se canta más que eso por las calles, y las bandas de los regimientos no tocaban otra cosa ayer."
El teatro hizo más de setecientos mil francos de entrada en 1847, la mitad menos en 1848, y la revolución sobrevino antes que tuviera el tiempo necesario de consolidarse. De poco sirvió a Dumas plantar delante de la fachada un árbol de la libertad, cerrar la noche de la revolución y ofrecer al pueblo una orquesta para bailar toda la noche. El público no iba al teatro, tenía miedo, almacenaba víveres y se quedaba en casa. El Teatro Histórico, a pesar de una jira a Londres, a pesar de un muy aplaudido reestreno de La Tour de Nesles, resbalaba por una mala pendiente. Le comte Hermann, que fue estrenado el 22 de noviembre de 1849, no logró tampoco levantar el teatro; sin embargo, era un excelente drama, inesperado hermano enemigo de Antony, apasionado como él, pero de abnegación, sacrificio y casta ternura... A partir del 1 de diciembre, varios directores sucedieron a Hostein.
En abril de 1850, Dumas, sin descorazonarse, concibió un proyecto nuevo y redactó una nota para el ministro de Comercio. Es curiosa, sobre todo en sus conclusiones políticas. La orquestación de las fuerzas de la opinión pública es, evidentemente, la misma de siempre. Dumas en definitiva no hace nada menos que proponer su candidatura al puesto de director ideal y mítico de la propaganda gubernamental: lo que se llama ahora la Información.
La nota se titula: "Proyecto para sostener y regenerar los desfallecidos teatros de Porte Saint-Martin y Ambigú." Dicha nota propone asimismo adjuntar la dirección a la del Teatro Histórico, lo que habría hecho de Dumas el director literario de los tres teatros, responsable directamente ante el Gobierno. He aquí su programa:

Aspecto moral: Orientarlos en la misma vía histórica, moral y religiosa que el Teatro Histórico, que no ha dado, desde el día de su inauguración, un instante de inquietud al Gobierno.
La censura resultaría inútil para esos tres teatros. No más golpes de Estado en lugar de obras. No más gritería de parte de ciertos periódicos...
Aspecto económico: Estos tres teatros no tendrían necesidad más que de un solo almacén de decorados; como el Teatro Histórico y el de la Porte Saint-Martin tienen las mismas dimensiones, los decorados de uno servirían para el otro. Economía también en la troupe; los elementos de unos podrían intervenir en el otro. En suma, podría crearse un excelente cuerpo de ballet que rivalizaría con el de la Ópera, haciendo un plantel de bailarines y bailarinas.
Aspecto literario: Los autores podrían escoger los artistas en los tres teatros, con lo cual se interpretarían mejor las obras.
Esos teatros, orientados hacia la vía pintoresca donde él (Dumas) ha lanzado el Teatro Histórico, ofrecerían una magnífica ocasión de exponer las obras de los pintores decoradores.
Aspecto político: Supongamos una guerra: tres obras patrióticas, lanzadas a la vez en los tres teatros, alzarían inmediatamente una fiebre nacional, que se traduciría en alistamientos voluntarios en masa como en 1792.
El autor de esta nota es sinceramente republicano. Cree que la ley providencial es progresiva, que la democracia —desde el día en que la palabra COMMUNE (comuna) ha sido creada por primera vez en la plaza pública de Cambrai— ha sido una fuente, un arroyo, un riachuelo, un río, un lago, y es hoy un océano. No luchará, pues, contra la tendencia providencial, pero intentará orientar a la opinión pública, como un buen piloto haría con un navío. No hará, seguramente, todo lo que hay que hacer, pero sin duda alguna hará mucho.

Dumas no había figurado más que como autor en el acta constitutiva de la sociedad para el Teatro Histórico; sin embargo, era todo, lo gobernaba todo. Y precisamente fue él, sólo él, el que se vio declarado en quiebra en octubre de 1850, teniendo que reconocer una deuda de 200.000 francos, vender Montecristo con todos sus muebles. Liquidación general... El inmueble tuvo que ser sacrificado en 1863, por una de las urbanizaciones de Haussmann.
¿Se puede creer acaso que haya escarmentado nuestro autor dramático? No, era incurable. Dieciséis años después, en 1866, la idea de un nuevo Teatro Histórico prosperó en su cabeza. Esta vez se dirigirá directamente al pueblo: "A mis buenos amigos de los suburbios..." ¡Pavoroso prospecto! Para construir una sala con dos millones de francos, mitad sala ordinaria y teatro, y mitad pista de circo; 3,000 localidades previstas y 7,000 francos de ingresos diarios: dos casas de departamentos a los lados, capaces de producir 120,000 francos de alquiler, que serían repartidos entre las tres grandes corporaciones (Sociedad de Autores, Sociedad de Literatos, Sociedad de Artistas, Comediantes y Dramáticos) a los cuales el inmueble pertenecería en usufructo a perpetuidad. ¿Los suscriptores? Reembolsados en seis años, bajo forma de billetes de espectáculo: dos localidades por el precio de una, de cincuenta céntimos a 5 francos: "Pago con diversiones y doblo el capital. ¿Cuál es el fundador de una Sociedad anónima cualquiera que pueda decir lo mismo?" ¿Las obras? Dramas de Dumas, de Shakespeare, de Schiller, de Goethe, de Calderón, de Lope de Vega. Una escuela anexa, escuela de la comedia y drama modernos, se abriría a los proscritos del Conservatorio oficial, con cursos profesados por los artistas del teatro, retribuídos a este efecto, y con consejos dados por Dumas mismo, "gratis, naturalmente". "Si triunfo —concluye el prospecto—, habré hecho lo que ningún rey ha hecho ni puede hacer; habré legado —muriendo pobre— ciento veinte mil libras de renta a mis colegas."
En fin, un año más tarde, en 1867 o 1868, como si todavía se hubiera que establecer la prueba de que en este orden ninguna esperanza está permitida —pues el pueblo de París no ha respondido al llamamiento—, Dumas no vacila un momento en saltar por encima de todas las jerarquías de la sociedad y, pasando de la población de los suburbios a la cabeza del Imperio, dirige la siguiente carta a Napoleón III:

Sire,
En primer lugar, deseo que vuestra majestad esté plenamente convencida de que yo no le escribo nunca más que en interés nacional o del arte. Yo le hablé del libro que estoy a punto de publicar y, abonándose al periódico, su majestad ha dado la prueba de que aprobaba, yo no diré la obra, pero por lo menos el espíritu con el cual está escrita.
Hoy, una delegación que acabo de recibir plantea una cuestión más grave, una cuestión de vida o muerte para trescientos artistas.
Vuestra majestad ha acordado el título de Teatro del príncipe imperial —yo sé que siente haberlo hecho— a un nuevo circo: la sala ha sido mal construida, las obras de estreno mal escogidas, la troupe bimana sacrificada a los cuadrumanos. Total, el teatro ha cerrado sus puertas, pero no ha quebrado: el honor está a salvo.
M. Augé ha continuado siendo el propietario, le quedan unos treinta mil francos, con los cuales puede hacer desaparecer las principales defectuosidades de la sala, pero ¡ni un céntimo para representar una obra!
Es él el que ha enviado esta delegación a verme.
¿Quiere usted, sire, apiadarse de trescientos pobres artistas, empleados, músicos, comparsas, y que, sin vuestra majestad, morirían de hambre? ¿Quiere vuestra majestad sostener un teatro especial, que en el momento de la Exposición representará algunos de los hechos más notables de nuestra historia?
Sire, yo me encargo de hacer y representar, mediante 30 ó 40,000 francos, una obra de gran espectáculo (espectáculo en el cual los 30 ó 40,000 francos serán gastados), ya sea sobre la República o sobre el Imperio, y ello sobre el sentimiento nacional que he tenido el honor de expresar a vuestra majestad en mi última carta. Su majestad vendrá a verla, y si le place concederá a ese Odeón del pueblo una subvención de 100,000 francos.
Ese teatro, sire, es la literatura; diré más: es la opinión del pueblo de los suburbios.
Sire, dignaos intentar ese último ensayo, para devolver la vida a un muerto, y cuya muerte es fatal y la vida útil. Encárgueme de decir en nombre de César: ¡Lázaro, levántate!, y él se levantará, digno de Francia y de vos.
Ahora, sire, que vuestra majestad aprecie: pero por mi parte puedo responder que mi ciencia, mi patriotismo y mi buena voluntad, secundados por los 30 ó 40,000 francos de vuestra majestad, harán maravillas.
Estoy plenamente convencido de que si os los pidiera para mí, sire, en recompensa de la larga lucha literaria que he sostenido, me los otorgaríais. Concededlos, pues, al teatro que lleva el nombre de vuestro hijo, y eso traerá buena suerte a los dos.
Tengo el honor de ser, con respeto,
del autor de César
el muy humilde colega.

Callar tales extravagancias sería renunciar a hacer revivir a Dumas o a explicarlo. Hay ahí una mezcla de inaudita quimera y de espíritu constructor que hace comprender la simpatía sentida hacia el novelista por Prosper Enfantin, que él encontraba en casa de Girardin y que se complació en tener a veces a cenar a su lado. En sus proyectos, que mezclaban y amontonaban los Pélion con los Ossa, un poco a la manera como los gigantes de Rabelais hacen la guerra, reconocemos en todos ellos a Dumas: el amor del drama y la pasión del público por subyugar, el abrazo protector y la empresa rapaz, la abnegación y el orgullo, el respeto de los príncipes y la preocupación por el pueblo y la ambición de cumplir acciones memorables.

Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)