El autor de Los tres mosqueteros empezó a ocuparse de la historia, sin señalarse por ninguna originalidad, con Isabel de Baviera, marquetería cuyas piezas provienen de Froissart, de Juvenal, de los Ursinos y de Barante. Esa edad media de caballería y de vulgo, de amor, de guerra y de miseria, fracasó en la conquista del público, como iba a fracasar tres años más tarde, en 1835, la reconstitución de Grecia y Roma antiguas, Acto, para el cual sirvieron Tácito, Suetonio y San Pablo. Dumas, al final de su carrera, ya viejo, puso más vigor y más vida en una fantasía más personal, en las Memorias de Horacio, que fingió haber sacado de un manuscrito encontrado en la Biblioteca del Vaticano.
La serie de novelas históricas propiamente dichas, la serie acertada y feliz, comprende las novelas establecidas sobre los tres siglos de historia que van desde las guerras de religión a la revolución de 1830 y que reflejan más particularmente las siguientes épocas: la dominación de Catalina de Médicis y su lucha contra Enrique de Navarra, el tumulto de la guerra de religión (La reina Margot, 1845) ; el reino tan difícil de Enrique III (La dama de Monsoreau, 1846, y Los cuarenta y cinco, 1848); Luis XIII y Richelieu (Los tres mosqueteros, 1844); Mazarino y la Fronda (Veinte años después, 1845); el joven reinado de Luis XIV (El vizconde de Bragelonne, 1848-1850); la Regencia (El caballero de Harmental, 1843); la Francia de Luis XV (Olimpo de Clèves, 1852); los pródromos de la Revolución (José Bálsamo, 1846-1848; El collar de la Reina, 1849-1850); la Revolución (Angel Pitou, 1853; La condesa de Charny, 1853-1855; El caballero de Maison-Rouge, 1846; Los blancos y los azules, 1867-1868); las consecuencias del 9 Thermidor (Los compañeros de Jéhu, 1857); la aventura de la duquesa de Berry (Las lobas de Machecoul, 1859); la Restauración y los manejos revolucionarios (Los mohicanos de París, 1854-1855)...
La primera de estas novelas publicadas, El caballero de Harmental, escrita sobre los acontecimientos de la conspiración de Cellamare, ha hecho de un ensayo una obra maestra. La historia se encuentra en buen sitio, puesto que Alberoni, para hacer fracasar la alianza inglesa y conducir a Francia a la alianza española, posiblemente incluso con el objetivo de colocar en el trono de Francia al monarca español, logró suscitar la connivencia activa de nuestros grandes feudales, descontentos del regente que gobernaba contra ellos. Además, el caballero de Harmental ha existido, así como Buvat, el cual ha legado un interesante manuscrito. Pero la historia se satisface a través del más novelesco relato. Es un amor, un amor joven y tierno, que al principio compromete a nuestro héroe y luego lo salva. En efecto, el caballero, arrastrado en la intriga que la duquesa del Maine, sus relaciones y la embajada de España han fomentado para raptar al regente y llevarlo tras los Pirineos; pero de otra parte, enamorado de una joven huérfana que es vecina suya, quiere a toda costa acceder a ella y con ese fin encarga a su tutor, el bonachón de Buvat, de recopiar los planes del complot: Buvat, hombre disciplinado, lo revela todo al cardenal Dubois. Detenido, es gracias a Bathilde, perdidamente enamorada, decidida a morir si muere el caballero, como salva la vida, e indultado, se casa con la joven cuyo padre salvó antaño al regente. Si existe una poesía del amor, la encontramos en este libro, donde sonríe un sentimiento exquisito del primer amor. Entremezclados a este novelesco acontecimiento, la conspiración tramada y rota, el regente y el abate Dubois, el duque y la duquesa, la corte de Sceaux, sus políticos y sus poetas, reviven con relieve. Entre los dos aspectos, historia general e historia particular, un despliegue de diversiones, el brillo de los duelos, los acordes del clavicordio y de los cánticos, la pintoresca figura del capitán Roquefinette y todo el embrujo de un París de día y de noche para acabar de seducir. Jamás Dumas ha sobrepasado un resultado tan alto de interpretación histórica y de equilibrio entre la historia y la novela.
Él ha extraído mucho de la historia, y generalmente se ha puesto de acuerdo con ella, con la historia tal y como se conocía en su tiempo: ¿Podríamos reprocharle, acaso, por no haber leído nuestros cartistas? Conocía bien la historia de Mezeray, quizá tenía a mano los Varias y los Palma Cayet del siglo XVI, que han buscado lealmente la objetividad. Más que los historiadores, ha frecuentado seguramente los cronistas y los memorialistas, pero ¿por qué tendría que privarse de ello? Las crónicas francesas reveladas por Buchon, las colecciones de memorias debidas a José Michaud, a Poujoulat, a Petitot, Froissart y su continuador Monstrelet editadas por Buchon, el Journal de Pedro de l'Estoile publicado por Guizot y Petitot, todo lo que ha reimpreso El panteón literario, otra fundación de Buchon, el Brantôme, salido de la sombra en 1822 por Monmerqué, ese Brantôme que nos ofrece un interesante y relativamente exacto panorama de costumbres y de sentimientos del siglo XVI, así como Montluc y el muy serio de Thou: ¡Qué arsenal! Naturalmente, no ha huído de los panfletistas, ni de Aubigné y su Confesión católica del señor de Sancy, dura sátira del tiempo de Enrique III y de Enrique IV, ni La isla de los hermafroditas, diatriba anónima que nos complace en sorprender al rey en su tocador o los amantes con citas en las iglesias.
Naturalmente, Pedro de l'Estoile es bastante chismoso, sin contar que un odio furioso contra la Liga lo inclinaba a la parcialidad, pero ¿no era acaso permitido aceptar su información, cuando tenía garantías y parecía merecer las confirmaciones posteriores? Había en todo caso, interés y placer en recoger en sus anales rasgos de costumbres y croquis de acontecimientos, como en los escritos de madame de La Fayette para una época posterior, en las Memorias de Pedro de La Porte, en las de Hamilton por sus pinturas de la corte, en las novelas realistas de Carlos Sorel, de Furetière y de Scarron; y Dumas ¿ignoraba, acaso, la Historia de Francia desde Pharamond, de Sorel? Ésta apareció en 1836. Al pie de una página de su Reina Margot, cita él mismo una de sus fuentes: Tallement des Reaux, Historia de Margarita de Valois... ¡Verdadera marea de documentos sobre la antigua Francia que aportaba indiscretas y picantes revelaciones sobre ilustres personas! A un cuadro general y abstracto como escribió durante mucho tiempo la gran historia, ella substituía el pasado en su particularidad individual, en su viviente intimidad, en sus imágenes que hablan. Es toda una realidad humana imprevista, que había descubierto el siglo XIX en su primer tercio, y enfrente de la cual, Dumas nos aparece más de una vez dando la mano a Michelet.
Él ha recorrido a menudo el terreno cosechando, digamos incluso, picoteando; tomando de aquí y de allí, reuniendo, aparejando, pegando elementos dispersos, los ha hecho entrar en una unidad que los ha sobrepasado. Dicho de otro modo, ha inventado mucho.
Pero una vez, y para el libro que ha fundado su gloria, ha dispuesto de una especie de cañamazo ya labrado; Los tres mosqueteros los ha sacado verdaderamente de las llamadas Memorias de Carlos de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, redactadas, y en parte imaginadas, por Gatien de Courtilz de Sandras. ¿Cómo se las compuso? ¿Qué ha guardado, qué ha transformado, qué ha añadido? Es lo que no podemos dispensarnos de examinar más de cerca.
Courtilz, a caballo sobre el siglo XVII y el XVIII, fue asimismo un pequeño D'Artagnan, pero sobre todo un novelista e incluso presidiario. Pretendió haber tenido en sus manos las memorias auténticas dejadas por el mosquetero y que lo único que hizo fue arreglarlas un poco. Por lo menos recogió una masa de recuerdos en el regimiento al cual perteneció como el ilustre gascón. La verdad histórica no está ausente, ha hablado sin mentiras de Ana de Austria, de Luis XIII, de los ministros; da cuenta de las costumbres, pensaríamos en un Abraham Bosse del memorialismo. Dumas le ha tomado su personaje con las batallas, los sacrificios, la abnegación, las galanterías, las escenas principales de su tragicomedia con forma de novela.
Roturier, el verdadero D'Artagnan, nacido en Lupiac (Gascuña) en 1623 (Dumas lo rejuvenece), tenía ese nombre de abolengo de una rama menor de la casa de Montesquiou a la cual pertenecía su madre. Él lo había adoptado porque su primogénito (no le faltaban ni hermanas, ni, sobre todo, hermanos) le había dado cierto brillo, bajo la casaca azul, con la cruz de plata de los mosqueteros con caballo gris. También mosquetero más tarde, en 1640, llegó a ser capitán, fue también capitán de la pajarera real, así como de la jauría de perros cazadores de ciervos y gobernador militar de Lille. Encargado de misión cerca de Cromwell, designado después para detener a Fouquet, iba a recibir su bastón de mariscal de Francia cuando fue muerto en 1673 en el sitio de Maestricht.
Los otros "tres" también han existido, a pesar de lo que Dumas ha pretendido de buena fe, y sin duda Courtilz ha conocido algunas de sus aventuras. ¿Athos? En realidad Armando de Sillègue, señor de Athos, cerca de Sauveterre de Beam, de origen burgués (en cambio, ni el conde de La Fère ni sus Memorias han existido), muerto en un duelo antes de la entrada de D'Artagnan en el cuerpo de mosqueteros.
¿Porthos? Isaac de Portau, nacido en Pau, de familia medio noble, mosquetero en 1643, que ha debido morir prematuramente. ¿Aramis? Henri de Aramitz, escudero, abate laico de Aramitz en la senescalía de Olorón, entrado en 1640 en los mosqueteros que mandaba su tío, completamente retirado en sus tierras, casado, padre de cuatro niños. Eran primos, Courtilz los hizo hermanos. Su jefe, señor de Tréville, ha sido identificado con J.A. de Peyrer, señor de Troisvilles en Bearn, trompeta de mosqueteros en 1625, gentilhombre ordinario de la cámara del rey, gobernador de la provincia de Foix, muerto en 1672,teniente general de los ejércitos...
Del relato de Courtilz al de Dumas, muchas cosas han pasado. En el uno y en el otro, D'Artagnan, Benjamín sin fortuna, deja la familia con una flaca montura y lo despojan de todo en una querella en el camino. La llegada a París, el encuentro en la antecámara de M. de Tréville con Porthos, después con Athos y Aramis, el cuádruple duelo de estos bravos con los mosqueteros del cardenal, el episodio de Milady y de su doncella, las aventuras de D'Artagnan en Inglaterra, la detención de Fouquet, la rivalidad de los mosqueteros del rey con los mosqueteros del cardenal, la cólera de Richelieu, todo lo que ha narrado Courlitz, se reconoce en la novela Los tres mosqueteros.
Pero Dumas no se ha contentado con esos préstamos, ha hecho combinaciones, tomando episodios de otros lugares que de las Memorias de D'Artagnan y amalgamándolos con los de Courlitz, en un conjunto que redunda en beneficio de su novela. Desde el principio de la historia, para el primer hecho de su héroe, ha reemplazado Saint Dié por Meung y M. de Rosnay por M. de Rochefort, utilizando otra obra de Courlitz, Las memorias del conde de Rochefort; ahora bien, ese Rochefort, siendo una creación de Richelieu, complicará más tarde la existencia del gascón. De las mismas Memorias, Dumas ha tomado la idea de una primera esposa marcada en la espalda con la infamante flor de lis; infligiendo la marca a Milady, primera mujer de Athos, introduce en su novela un elemento patético suplementario. Paralelamente, una Vida de Pedro de Montesquiou, mariscal de D'Artagnan desde Malplaquet, pero que fue también mosquetero, le ha dado la idea de alargar la existencia de su D'Artagnan, a fin de poder elevarlo al mariscalato.
Dumas también ha transformado y ampliado ciertos datos de Courlitz. La primera amante del joven gascón en París, cabaretera anónima en las Memorias, se transforma en Los tres mosqueteros en la encantadora señora Bonacieux; ella sugiere, con su marido, peripecias interesantes y de las que se tiene la impresión que son imprescindibles. Es todavía más evidente, y, con mucho, más importante para Milady, la terrible Milady, quien, burlada por D'Artagnan, va hasta suscitarle asesinos: singular episodio que Hugo admiraba y soñaba con tomarlo a su vez. Pero como lo hizo notar M. Gérard-Gailly, "la historia de Milady, en la obra de Courlitz, está limitada al tema amoroso, así como la historia precedente de la cabaretera, que no tiene con los otros ningún vínculo, mientras que Dumas amplifica una y otra, las suelda y las vierte en su gran tema político".
El interés de la mayoría de las memorias, para quien sabe leerlas, es el ofrecer una selección de trazos de costumbres: nada más ventajoso para un novelista, y por lo cual podía estar Dumas reconocido a Courlitz, puesto que de Courlitz aun viene la divertida historia del tahalí, que tiene la delantera conforme a las reglas (con bordados de oro) , pero el dorso todo unido, por razón de economía: lo que obliga al fanfarrón a llevar constantemente una capa y lo expone por eso a bromas, llenas de duelos; y Courlitz, como tantos otros, señala los ricos regalos ofrecidos por los enamorados, privilegios que las costumbres de la época aseguraban a todo joven y amable con espada: de ahí una buena parte de las bufonadas del papel de Porthos.
Así vemos, pues, aproximadamente todo lo que Dumas debe a Courlitz de Cendras. M. Gérard Gailly caracteriza el hecho justamente: "Un trampolín para sus desmesurados saltos."
Tampoco hay que despreciar otros trampolines. Pedro de La Porte, que fue confidente de Ana de Austria, ministro de la correspondencia secreta de la reina con varios príncipes, entonces enemigos del Estado, y en el séquito, primer ayuda de cámara de Luis XIV, relata en sus Memorias el rapto del ayuda de cámara de Ana de Austria y la persecución de madame de Fargis, dama de compañía, por Richelieu y Luis XIII, engendrando así, por transposición, las desgracias abatidas sobre el matrimonio Bonacieux, ese tierno matrimonio que llevaba a Andrés Bellesort a soñar la vida burguesa en Francia, en el siglo XVII.
De otra inspirada fuente, Intrigas políticas y galantes de la corte de Francia bajo Carlos IX, Luis XIII, Luis XIV, el Regente y Luis XV, puestas en comedia, por Ant. María Roederer, antiguo prefecto de Luis Felipe, ha fundido para Dumas el relato más o menos histórico de uno de los episodios más importantes de Los tres mosqueteros: los herretes de diamantes, ofrecidos como prenda de amor por Ana de Austria al duque de Buckingham, y recuperados por D'Artagnan a fin de salvar a la reina del cepo puesto por Richelieu... Estemos persuadidos que otras fuentes no dejarán de aparecer a medida que penetra la erudición en la obra literaria de Dumas. De una manera inmediata señalamos las Memorias de madame de Motteville. ¿No es ella quien ha contado la entrevista amorosamente arreglada de Ana de Austria y de Buckingham en los jardines de Amiens, cuyo recuerdo está presente en toda la novela? La reina se dejaba llevar en la vía de las diversiones frívolas por madame de Chevreuse, enamorada también y de la cual el Athos de Dumas tuvo un hijo, y el Aramis de Los tres mosqueteros ha sido el amante. Esta reina es, sin lugar a dudas, la de madame de Motteville. Pero Dumas ha tratado con mucha nobleza y respeto sus corteses y caballerescos amores con el favorito de los reyes ingleses.
Por ahora no nos preocupa más que el aspecto histórico de la novela de Dumas, y ya vemos cómo el autor de Los tres mosqueteros torcía aquí y allá la historia, envejeciendo, por ejemplo, sus héroes, para acordarlos con acontecimientos en los cuales no habían podido tomar parte en la realidad, sobrecargándolos placenteramente de ciertas actividades por él inventadas, o despojándolos de ciertas actividades reales; ha guardado, sin embargo, su fantasía, concertada como por milagro con la historia, globalmente y en lo esencial. Además la novela da una impresión exacta de la corte bajo Luis XIII, de los bailes oficiales de la época, de los duelos del Pré-aux-Clercs, del ejército ante La Rochelle, de la vida de París y de todo el ambiente de una época.
He ahí, pues, lo que es una novela elevada sobre construcciones anteriores que Dumas ha tenido sobre todo que fortalecer, agrandar y poblar. Someter al mismo examen una novela de origen completamente diferente, más inventada, histórica menos por los hechos que por la agudeza de ingenio, y hecha de materiales dispersos e inarmónicos, acabará de familiarizar al lector con la creación de Alejandro Dumas. Memorias de un médico, José Bálsamo, publicada en 1846, se presta perfectamente.
Bálsamo, que se hace llamar conde de Cagliostro, entre otros numerosos nombres, expulsado de Palermo, su patria, bajo la acusación de estafa, había recorrido Europa. En Estrasburgo en 1780 y en París en 1781, brilló por algún tiempo; pero complicado en el asunto del collar, exilado en 1786, pasó a Inglaterra, lo detuvieron en Roma como francmasón y murió a los cincuenta años en la prisión... En París como en Estrasburgo, como en Lyón y en Burdeos, algunos secretos terapéuticos, polvos y elixires, su alquimia y su magia le daban cierta reputación. Su esposa, Lorenza, pasaba por ser muy hermosa, se dejaba ver muy poco y por esta razón la consideraban una gran dama. Él hablaba una mescolanza de francés y de italiano salpicado de algo de árabe; y se vestía con unos atavíos ridículos. Pero su casa de la calle San Claudio, mansión señorial de vastos salones, con gran escalera de piedra y escaleras disimuladas, intrigaba; se sabía que un laboratorio estaba instalado en ella para la transmutación de los metales, y que un globo de cristal de agua pura servía de espejo mágico para la adivinación.
Los francmasones han apoyado y servido mucho a Bálsamo, como hicieron con Mesmer. La logia de Iris, recientemente fundada, hízose suya, con su esposa como gran oradora, a pesar de que contaba por miembros a marquesas y condesas y por gran maestre al príncipe de Montmorency. Por otra parte, una especie de idea sobrenatural de mal augurio obsesionaba los cerebros de aquel entonces. Bálsamo no tuvo, pues, gran trabajo en hacer triunfar su hipnotismo, en persuadir que hacía oro, que disponía del elixir de longevidad que habían buscado los Rosa-Cruz, que había vivido varias existencias a la manera del conde de Saint-Germain, que evocaba los espíritus como Swedenborg. Varas de madera hueca, cargadas de limaduras de oro y cerradas con la cera destinada a fundir en el crisol hirviente, de carbón lleno de polvo de oro, un sistema de sugestión hipnótica, de mezclas de azufre, de mercurio, de nitro y de piedras preciosas pulverizadas, de bebidas sazonadas, de plantas refrescantes, entre otras materias y otros procedimientos, bastaban a atolondrar a una sociedad que había resistido mal a Mesmer y que estaba dispuesta a creer todo lo que escapaba a la razón. ¿No les hacía falta, acaso, un sucedáneo de religión y un revés de ciencia? La alta sociedad no era la menos crédula, y el cardenal de Rohan encarna maravillosamente esta ardiente necedad. Apasionado por la alquimia, obsesionado por la piedra filosofal, el príncipe era para Bálsamo una presa preparada, que por otra parte la bella Lorenza contribuía a acorralar hasta la muerte, tanto más cuanto que a dicho gran señor le gustaba rodearse de amantes. Fue Cagliostro el primero que, a pesar de haber sido reconocido inocente en el asunto del collar, había aconsejado al príncipe ofrecer un regalo a la reina. La culpable, madame de La Motte, era una intrigante a la moda de la época, en que las familias experimentaban cierta felicidad entregando sus hijas al rey, como ocurre en José Bálsamo.
El novelista podía haberse dado por tarea evocar con realismo ese mundo de prerrevolución, mezclando su bajeza dorada con una evolución general de los espíritus y de las aspiraciones de almas excepcionalmente nobles. Lo ha hecho, pero en parte solamente; es cierto que la novela de Dumas no ha escondido la visión desagradable de la familia de la Du Barry, las intrigas de M. de Taverney padre, del duque de Richelieu y de tantos otros, el furor de la avidez y del erotismo. De la misma manera, presenta un cuadro claro de la metamorfosis de las clases bajo la impulsión de Rousseau; ha pintado de Rousseau, del filósofo, del hombre intuitivo y orgulloso, del prisionero de Teresa, del amigo del género humano y del misántropo un admirable retrato. No le quedaba más que instalar en el centro de esa alteración, bajo el nombre de José Bálsamo, un charlatán, un impostor, un vampiro... Por lo contrario, dejando su parte a la sombra trágica y negra, a una especie de nigromancia de las costumbres, se vuelve hacia la luz, incluso dudosa e ilusoria, y acepta la leyenda que Cagliostro había creado, y modela José Bálsamo como un personaje superior, que llena una misión y se cree el brazo derecho del Señor, transformándolo en personaje simbólico encargado de encarnar el desarrollo del progreso humano.
Sin embargo, la historia, a pesar de ignorar o negar esta metamorfosis puramente imaginativa, ha dado ciertos elementos. Dumas no ha tenido más que exaltarlos de manera magnífica.
Víctima del asunto del collar, refugiado en Londres, Cagliostro, para responder a la sentencia de destierro que el Tribunal de París había dictado contra él, escribió una Carta abierta al pueblo francés, en la cual vilipendia nuestro régimen y predice una próxima revolución. En lo cual, séanos permitido decirlo, se había dejado adelantar por la "profecía turgotina" de 1778:
La serie de novelas históricas propiamente dichas, la serie acertada y feliz, comprende las novelas establecidas sobre los tres siglos de historia que van desde las guerras de religión a la revolución de 1830 y que reflejan más particularmente las siguientes épocas: la dominación de Catalina de Médicis y su lucha contra Enrique de Navarra, el tumulto de la guerra de religión (La reina Margot, 1845) ; el reino tan difícil de Enrique III (La dama de Monsoreau, 1846, y Los cuarenta y cinco, 1848); Luis XIII y Richelieu (Los tres mosqueteros, 1844); Mazarino y la Fronda (Veinte años después, 1845); el joven reinado de Luis XIV (El vizconde de Bragelonne, 1848-1850); la Regencia (El caballero de Harmental, 1843); la Francia de Luis XV (Olimpo de Clèves, 1852); los pródromos de la Revolución (José Bálsamo, 1846-1848; El collar de la Reina, 1849-1850); la Revolución (Angel Pitou, 1853; La condesa de Charny, 1853-1855; El caballero de Maison-Rouge, 1846; Los blancos y los azules, 1867-1868); las consecuencias del 9 Thermidor (Los compañeros de Jéhu, 1857); la aventura de la duquesa de Berry (Las lobas de Machecoul, 1859); la Restauración y los manejos revolucionarios (Los mohicanos de París, 1854-1855)...
La primera de estas novelas publicadas, El caballero de Harmental, escrita sobre los acontecimientos de la conspiración de Cellamare, ha hecho de un ensayo una obra maestra. La historia se encuentra en buen sitio, puesto que Alberoni, para hacer fracasar la alianza inglesa y conducir a Francia a la alianza española, posiblemente incluso con el objetivo de colocar en el trono de Francia al monarca español, logró suscitar la connivencia activa de nuestros grandes feudales, descontentos del regente que gobernaba contra ellos. Además, el caballero de Harmental ha existido, así como Buvat, el cual ha legado un interesante manuscrito. Pero la historia se satisface a través del más novelesco relato. Es un amor, un amor joven y tierno, que al principio compromete a nuestro héroe y luego lo salva. En efecto, el caballero, arrastrado en la intriga que la duquesa del Maine, sus relaciones y la embajada de España han fomentado para raptar al regente y llevarlo tras los Pirineos; pero de otra parte, enamorado de una joven huérfana que es vecina suya, quiere a toda costa acceder a ella y con ese fin encarga a su tutor, el bonachón de Buvat, de recopiar los planes del complot: Buvat, hombre disciplinado, lo revela todo al cardenal Dubois. Detenido, es gracias a Bathilde, perdidamente enamorada, decidida a morir si muere el caballero, como salva la vida, e indultado, se casa con la joven cuyo padre salvó antaño al regente. Si existe una poesía del amor, la encontramos en este libro, donde sonríe un sentimiento exquisito del primer amor. Entremezclados a este novelesco acontecimiento, la conspiración tramada y rota, el regente y el abate Dubois, el duque y la duquesa, la corte de Sceaux, sus políticos y sus poetas, reviven con relieve. Entre los dos aspectos, historia general e historia particular, un despliegue de diversiones, el brillo de los duelos, los acordes del clavicordio y de los cánticos, la pintoresca figura del capitán Roquefinette y todo el embrujo de un París de día y de noche para acabar de seducir. Jamás Dumas ha sobrepasado un resultado tan alto de interpretación histórica y de equilibrio entre la historia y la novela.
Él ha extraído mucho de la historia, y generalmente se ha puesto de acuerdo con ella, con la historia tal y como se conocía en su tiempo: ¿Podríamos reprocharle, acaso, por no haber leído nuestros cartistas? Conocía bien la historia de Mezeray, quizá tenía a mano los Varias y los Palma Cayet del siglo XVI, que han buscado lealmente la objetividad. Más que los historiadores, ha frecuentado seguramente los cronistas y los memorialistas, pero ¿por qué tendría que privarse de ello? Las crónicas francesas reveladas por Buchon, las colecciones de memorias debidas a José Michaud, a Poujoulat, a Petitot, Froissart y su continuador Monstrelet editadas por Buchon, el Journal de Pedro de l'Estoile publicado por Guizot y Petitot, todo lo que ha reimpreso El panteón literario, otra fundación de Buchon, el Brantôme, salido de la sombra en 1822 por Monmerqué, ese Brantôme que nos ofrece un interesante y relativamente exacto panorama de costumbres y de sentimientos del siglo XVI, así como Montluc y el muy serio de Thou: ¡Qué arsenal! Naturalmente, no ha huído de los panfletistas, ni de Aubigné y su Confesión católica del señor de Sancy, dura sátira del tiempo de Enrique III y de Enrique IV, ni La isla de los hermafroditas, diatriba anónima que nos complace en sorprender al rey en su tocador o los amantes con citas en las iglesias.
Naturalmente, Pedro de l'Estoile es bastante chismoso, sin contar que un odio furioso contra la Liga lo inclinaba a la parcialidad, pero ¿no era acaso permitido aceptar su información, cuando tenía garantías y parecía merecer las confirmaciones posteriores? Había en todo caso, interés y placer en recoger en sus anales rasgos de costumbres y croquis de acontecimientos, como en los escritos de madame de La Fayette para una época posterior, en las Memorias de Pedro de La Porte, en las de Hamilton por sus pinturas de la corte, en las novelas realistas de Carlos Sorel, de Furetière y de Scarron; y Dumas ¿ignoraba, acaso, la Historia de Francia desde Pharamond, de Sorel? Ésta apareció en 1836. Al pie de una página de su Reina Margot, cita él mismo una de sus fuentes: Tallement des Reaux, Historia de Margarita de Valois... ¡Verdadera marea de documentos sobre la antigua Francia que aportaba indiscretas y picantes revelaciones sobre ilustres personas! A un cuadro general y abstracto como escribió durante mucho tiempo la gran historia, ella substituía el pasado en su particularidad individual, en su viviente intimidad, en sus imágenes que hablan. Es toda una realidad humana imprevista, que había descubierto el siglo XIX en su primer tercio, y enfrente de la cual, Dumas nos aparece más de una vez dando la mano a Michelet.
Él ha recorrido a menudo el terreno cosechando, digamos incluso, picoteando; tomando de aquí y de allí, reuniendo, aparejando, pegando elementos dispersos, los ha hecho entrar en una unidad que los ha sobrepasado. Dicho de otro modo, ha inventado mucho.
Pero una vez, y para el libro que ha fundado su gloria, ha dispuesto de una especie de cañamazo ya labrado; Los tres mosqueteros los ha sacado verdaderamente de las llamadas Memorias de Carlos de Batz-Castelmore, conde de Artagnan, redactadas, y en parte imaginadas, por Gatien de Courtilz de Sandras. ¿Cómo se las compuso? ¿Qué ha guardado, qué ha transformado, qué ha añadido? Es lo que no podemos dispensarnos de examinar más de cerca.
Courtilz, a caballo sobre el siglo XVII y el XVIII, fue asimismo un pequeño D'Artagnan, pero sobre todo un novelista e incluso presidiario. Pretendió haber tenido en sus manos las memorias auténticas dejadas por el mosquetero y que lo único que hizo fue arreglarlas un poco. Por lo menos recogió una masa de recuerdos en el regimiento al cual perteneció como el ilustre gascón. La verdad histórica no está ausente, ha hablado sin mentiras de Ana de Austria, de Luis XIII, de los ministros; da cuenta de las costumbres, pensaríamos en un Abraham Bosse del memorialismo. Dumas le ha tomado su personaje con las batallas, los sacrificios, la abnegación, las galanterías, las escenas principales de su tragicomedia con forma de novela.
Roturier, el verdadero D'Artagnan, nacido en Lupiac (Gascuña) en 1623 (Dumas lo rejuvenece), tenía ese nombre de abolengo de una rama menor de la casa de Montesquiou a la cual pertenecía su madre. Él lo había adoptado porque su primogénito (no le faltaban ni hermanas, ni, sobre todo, hermanos) le había dado cierto brillo, bajo la casaca azul, con la cruz de plata de los mosqueteros con caballo gris. También mosquetero más tarde, en 1640, llegó a ser capitán, fue también capitán de la pajarera real, así como de la jauría de perros cazadores de ciervos y gobernador militar de Lille. Encargado de misión cerca de Cromwell, designado después para detener a Fouquet, iba a recibir su bastón de mariscal de Francia cuando fue muerto en 1673 en el sitio de Maestricht.
Los otros "tres" también han existido, a pesar de lo que Dumas ha pretendido de buena fe, y sin duda Courtilz ha conocido algunas de sus aventuras. ¿Athos? En realidad Armando de Sillègue, señor de Athos, cerca de Sauveterre de Beam, de origen burgués (en cambio, ni el conde de La Fère ni sus Memorias han existido), muerto en un duelo antes de la entrada de D'Artagnan en el cuerpo de mosqueteros.
¿Porthos? Isaac de Portau, nacido en Pau, de familia medio noble, mosquetero en 1643, que ha debido morir prematuramente. ¿Aramis? Henri de Aramitz, escudero, abate laico de Aramitz en la senescalía de Olorón, entrado en 1640 en los mosqueteros que mandaba su tío, completamente retirado en sus tierras, casado, padre de cuatro niños. Eran primos, Courtilz los hizo hermanos. Su jefe, señor de Tréville, ha sido identificado con J.A. de Peyrer, señor de Troisvilles en Bearn, trompeta de mosqueteros en 1625, gentilhombre ordinario de la cámara del rey, gobernador de la provincia de Foix, muerto en 1672,teniente general de los ejércitos...
Del relato de Courtilz al de Dumas, muchas cosas han pasado. En el uno y en el otro, D'Artagnan, Benjamín sin fortuna, deja la familia con una flaca montura y lo despojan de todo en una querella en el camino. La llegada a París, el encuentro en la antecámara de M. de Tréville con Porthos, después con Athos y Aramis, el cuádruple duelo de estos bravos con los mosqueteros del cardenal, el episodio de Milady y de su doncella, las aventuras de D'Artagnan en Inglaterra, la detención de Fouquet, la rivalidad de los mosqueteros del rey con los mosqueteros del cardenal, la cólera de Richelieu, todo lo que ha narrado Courlitz, se reconoce en la novela Los tres mosqueteros.
Pero Dumas no se ha contentado con esos préstamos, ha hecho combinaciones, tomando episodios de otros lugares que de las Memorias de D'Artagnan y amalgamándolos con los de Courlitz, en un conjunto que redunda en beneficio de su novela. Desde el principio de la historia, para el primer hecho de su héroe, ha reemplazado Saint Dié por Meung y M. de Rosnay por M. de Rochefort, utilizando otra obra de Courlitz, Las memorias del conde de Rochefort; ahora bien, ese Rochefort, siendo una creación de Richelieu, complicará más tarde la existencia del gascón. De las mismas Memorias, Dumas ha tomado la idea de una primera esposa marcada en la espalda con la infamante flor de lis; infligiendo la marca a Milady, primera mujer de Athos, introduce en su novela un elemento patético suplementario. Paralelamente, una Vida de Pedro de Montesquiou, mariscal de D'Artagnan desde Malplaquet, pero que fue también mosquetero, le ha dado la idea de alargar la existencia de su D'Artagnan, a fin de poder elevarlo al mariscalato.
Dumas también ha transformado y ampliado ciertos datos de Courlitz. La primera amante del joven gascón en París, cabaretera anónima en las Memorias, se transforma en Los tres mosqueteros en la encantadora señora Bonacieux; ella sugiere, con su marido, peripecias interesantes y de las que se tiene la impresión que son imprescindibles. Es todavía más evidente, y, con mucho, más importante para Milady, la terrible Milady, quien, burlada por D'Artagnan, va hasta suscitarle asesinos: singular episodio que Hugo admiraba y soñaba con tomarlo a su vez. Pero como lo hizo notar M. Gérard-Gailly, "la historia de Milady, en la obra de Courlitz, está limitada al tema amoroso, así como la historia precedente de la cabaretera, que no tiene con los otros ningún vínculo, mientras que Dumas amplifica una y otra, las suelda y las vierte en su gran tema político".
El interés de la mayoría de las memorias, para quien sabe leerlas, es el ofrecer una selección de trazos de costumbres: nada más ventajoso para un novelista, y por lo cual podía estar Dumas reconocido a Courlitz, puesto que de Courlitz aun viene la divertida historia del tahalí, que tiene la delantera conforme a las reglas (con bordados de oro) , pero el dorso todo unido, por razón de economía: lo que obliga al fanfarrón a llevar constantemente una capa y lo expone por eso a bromas, llenas de duelos; y Courlitz, como tantos otros, señala los ricos regalos ofrecidos por los enamorados, privilegios que las costumbres de la época aseguraban a todo joven y amable con espada: de ahí una buena parte de las bufonadas del papel de Porthos.
Así vemos, pues, aproximadamente todo lo que Dumas debe a Courlitz de Cendras. M. Gérard Gailly caracteriza el hecho justamente: "Un trampolín para sus desmesurados saltos."
Tampoco hay que despreciar otros trampolines. Pedro de La Porte, que fue confidente de Ana de Austria, ministro de la correspondencia secreta de la reina con varios príncipes, entonces enemigos del Estado, y en el séquito, primer ayuda de cámara de Luis XIV, relata en sus Memorias el rapto del ayuda de cámara de Ana de Austria y la persecución de madame de Fargis, dama de compañía, por Richelieu y Luis XIII, engendrando así, por transposición, las desgracias abatidas sobre el matrimonio Bonacieux, ese tierno matrimonio que llevaba a Andrés Bellesort a soñar la vida burguesa en Francia, en el siglo XVII.
De otra inspirada fuente, Intrigas políticas y galantes de la corte de Francia bajo Carlos IX, Luis XIII, Luis XIV, el Regente y Luis XV, puestas en comedia, por Ant. María Roederer, antiguo prefecto de Luis Felipe, ha fundido para Dumas el relato más o menos histórico de uno de los episodios más importantes de Los tres mosqueteros: los herretes de diamantes, ofrecidos como prenda de amor por Ana de Austria al duque de Buckingham, y recuperados por D'Artagnan a fin de salvar a la reina del cepo puesto por Richelieu... Estemos persuadidos que otras fuentes no dejarán de aparecer a medida que penetra la erudición en la obra literaria de Dumas. De una manera inmediata señalamos las Memorias de madame de Motteville. ¿No es ella quien ha contado la entrevista amorosamente arreglada de Ana de Austria y de Buckingham en los jardines de Amiens, cuyo recuerdo está presente en toda la novela? La reina se dejaba llevar en la vía de las diversiones frívolas por madame de Chevreuse, enamorada también y de la cual el Athos de Dumas tuvo un hijo, y el Aramis de Los tres mosqueteros ha sido el amante. Esta reina es, sin lugar a dudas, la de madame de Motteville. Pero Dumas ha tratado con mucha nobleza y respeto sus corteses y caballerescos amores con el favorito de los reyes ingleses.
Por ahora no nos preocupa más que el aspecto histórico de la novela de Dumas, y ya vemos cómo el autor de Los tres mosqueteros torcía aquí y allá la historia, envejeciendo, por ejemplo, sus héroes, para acordarlos con acontecimientos en los cuales no habían podido tomar parte en la realidad, sobrecargándolos placenteramente de ciertas actividades por él inventadas, o despojándolos de ciertas actividades reales; ha guardado, sin embargo, su fantasía, concertada como por milagro con la historia, globalmente y en lo esencial. Además la novela da una impresión exacta de la corte bajo Luis XIII, de los bailes oficiales de la época, de los duelos del Pré-aux-Clercs, del ejército ante La Rochelle, de la vida de París y de todo el ambiente de una época.
He ahí, pues, lo que es una novela elevada sobre construcciones anteriores que Dumas ha tenido sobre todo que fortalecer, agrandar y poblar. Someter al mismo examen una novela de origen completamente diferente, más inventada, histórica menos por los hechos que por la agudeza de ingenio, y hecha de materiales dispersos e inarmónicos, acabará de familiarizar al lector con la creación de Alejandro Dumas. Memorias de un médico, José Bálsamo, publicada en 1846, se presta perfectamente.
Bálsamo, que se hace llamar conde de Cagliostro, entre otros numerosos nombres, expulsado de Palermo, su patria, bajo la acusación de estafa, había recorrido Europa. En Estrasburgo en 1780 y en París en 1781, brilló por algún tiempo; pero complicado en el asunto del collar, exilado en 1786, pasó a Inglaterra, lo detuvieron en Roma como francmasón y murió a los cincuenta años en la prisión... En París como en Estrasburgo, como en Lyón y en Burdeos, algunos secretos terapéuticos, polvos y elixires, su alquimia y su magia le daban cierta reputación. Su esposa, Lorenza, pasaba por ser muy hermosa, se dejaba ver muy poco y por esta razón la consideraban una gran dama. Él hablaba una mescolanza de francés y de italiano salpicado de algo de árabe; y se vestía con unos atavíos ridículos. Pero su casa de la calle San Claudio, mansión señorial de vastos salones, con gran escalera de piedra y escaleras disimuladas, intrigaba; se sabía que un laboratorio estaba instalado en ella para la transmutación de los metales, y que un globo de cristal de agua pura servía de espejo mágico para la adivinación.
Los francmasones han apoyado y servido mucho a Bálsamo, como hicieron con Mesmer. La logia de Iris, recientemente fundada, hízose suya, con su esposa como gran oradora, a pesar de que contaba por miembros a marquesas y condesas y por gran maestre al príncipe de Montmorency. Por otra parte, una especie de idea sobrenatural de mal augurio obsesionaba los cerebros de aquel entonces. Bálsamo no tuvo, pues, gran trabajo en hacer triunfar su hipnotismo, en persuadir que hacía oro, que disponía del elixir de longevidad que habían buscado los Rosa-Cruz, que había vivido varias existencias a la manera del conde de Saint-Germain, que evocaba los espíritus como Swedenborg. Varas de madera hueca, cargadas de limaduras de oro y cerradas con la cera destinada a fundir en el crisol hirviente, de carbón lleno de polvo de oro, un sistema de sugestión hipnótica, de mezclas de azufre, de mercurio, de nitro y de piedras preciosas pulverizadas, de bebidas sazonadas, de plantas refrescantes, entre otras materias y otros procedimientos, bastaban a atolondrar a una sociedad que había resistido mal a Mesmer y que estaba dispuesta a creer todo lo que escapaba a la razón. ¿No les hacía falta, acaso, un sucedáneo de religión y un revés de ciencia? La alta sociedad no era la menos crédula, y el cardenal de Rohan encarna maravillosamente esta ardiente necedad. Apasionado por la alquimia, obsesionado por la piedra filosofal, el príncipe era para Bálsamo una presa preparada, que por otra parte la bella Lorenza contribuía a acorralar hasta la muerte, tanto más cuanto que a dicho gran señor le gustaba rodearse de amantes. Fue Cagliostro el primero que, a pesar de haber sido reconocido inocente en el asunto del collar, había aconsejado al príncipe ofrecer un regalo a la reina. La culpable, madame de La Motte, era una intrigante a la moda de la época, en que las familias experimentaban cierta felicidad entregando sus hijas al rey, como ocurre en José Bálsamo.
El novelista podía haberse dado por tarea evocar con realismo ese mundo de prerrevolución, mezclando su bajeza dorada con una evolución general de los espíritus y de las aspiraciones de almas excepcionalmente nobles. Lo ha hecho, pero en parte solamente; es cierto que la novela de Dumas no ha escondido la visión desagradable de la familia de la Du Barry, las intrigas de M. de Taverney padre, del duque de Richelieu y de tantos otros, el furor de la avidez y del erotismo. De la misma manera, presenta un cuadro claro de la metamorfosis de las clases bajo la impulsión de Rousseau; ha pintado de Rousseau, del filósofo, del hombre intuitivo y orgulloso, del prisionero de Teresa, del amigo del género humano y del misántropo un admirable retrato. No le quedaba más que instalar en el centro de esa alteración, bajo el nombre de José Bálsamo, un charlatán, un impostor, un vampiro... Por lo contrario, dejando su parte a la sombra trágica y negra, a una especie de nigromancia de las costumbres, se vuelve hacia la luz, incluso dudosa e ilusoria, y acepta la leyenda que Cagliostro había creado, y modela José Bálsamo como un personaje superior, que llena una misión y se cree el brazo derecho del Señor, transformándolo en personaje simbólico encargado de encarnar el desarrollo del progreso humano.
Sin embargo, la historia, a pesar de ignorar o negar esta metamorfosis puramente imaginativa, ha dado ciertos elementos. Dumas no ha tenido más que exaltarlos de manera magnífica.
Víctima del asunto del collar, refugiado en Londres, Cagliostro, para responder a la sentencia de destierro que el Tribunal de París había dictado contra él, escribió una Carta abierta al pueblo francés, en la cual vilipendia nuestro régimen y predice una próxima revolución. En lo cual, séanos permitido decirlo, se había dejado adelantar por la "profecía turgotina" de 1778:
On verra tous les Etats
Entre eux se confondre:
Des biens l'on fera des lots Qui rendront les gens égaux
Adieu Parlement et Lois,
Et ducs, et princes et roix (sic),
J'enverrai tout paître,
O gué,
J'enverrai tout paître.
·······
(Se verá a todos los estados
entre ellos confundirse;
De las tierras se harán lotes que harán a las gentes iguales
Adiós Parlamento y Leyes,
y duques, y príncipes y reyes (sic)
Enviaría todos a pacer, ¡oh dicha!,
enviaría todos a pacer.)
Entre eux se confondre:
Des biens l'on fera des lots Qui rendront les gens égaux
Adieu Parlement et Lois,
Et ducs, et princes et roix (sic),
J'enverrai tout paître,
O gué,
J'enverrai tout paître.
·······
(Se verá a todos los estados
entre ellos confundirse;
De las tierras se harán lotes que harán a las gentes iguales
Adiós Parlamento y Leyes,
y duques, y príncipes y reyes (sic)
Enviaría todos a pacer, ¡oh dicha!,
enviaría todos a pacer.)
Más tarde, en 1790, llevado ante el Santo Oficio, Cagliostro hizo pretendidas revelaciones con la esperanza de que sus jueces, con alegría, le perdonaran la vida por gratitud. Ellas se encuentran consignadas en un libro italiano editado en francés desde 1791, Vida de José Bálsamo, conocido bajo el nombre de Cagliostro. El impostor explicaba, entre otras cosas, que en Francfort, los Iluminados lo habían conducido fuera de la ciudad a una bodega de una casa de campo para enseñarle un manuscrito sobre el cual había leído, escrita en letras de sangre, la fórmula de un juramento que condenaba a muerte a todos los déspotas y firmada por doce nombres, entre los cuales estaba el suyo; después de lo cual había recibido seiscientos luises de oro por su actividad en favor de la obra, con un sello que llevaba estas iniciales L.P.D. (Lilia Pedibus Destrue). De esta manera intentaba hacer desviar la acusación sobre la francmasonería; era ella la que había fomentado la Revolución. Dumas ha conocido seguramente esta tesis propagada por el abate Barruel, antiguo jurista, redactor del Diario eclesiástico desde 1787, emigrado en 1792, apologista de Condorcet. Barruel, en sus Helviennes de 1781, afirma que Mirabeau había afiliado a Felipe de Orleáns, gran maestre del Gran Oriente de Francia, a la orden de los Iluminados y que la francmasonería obedecía a los confidentes de Adán Weishampt, entre los cuales figuró Robespierre. Los historiadores dudan de esas conjunciones. Pero eso arreglaba los planes de Dumas, puesto que él estaba decidido a presentar su Bálsamo-Cagliostro como un agente de ese progreso político y social, que la historia no prohibe, de ninguna manera, imputar a concepción de la francmasonería.
Poco importa, pues, que el novelista haya cometido algunas inadvertencias, haciendo ingresar en la francmasonería a Voltaire en una época en que éste le era hostil, o bien sometiendo a Rousseau a un interrogatorio de Marat, que estaba todavía en Inglaterra... Lo que importa sobre todo es que en José Bálsamo, como en la Condesa de Charny, la "Logia de la calle de la Platrière" llene su papel: una Luis-Felipe-José, duque de Orleáns, a Saint-Just y ofrezca a Cagliostro la ocasión de definir elocuentemente ante ella el triángulo Libertad, Igualdad, Fraternidad, y de condenar a muerte a la monarquía, los poderes religiosos, las castas aristocráticas, más allá de los cuales veía lucir el progreso definitivo.
El Cagliostro de Dumas usa de sus poderes al servicio del bien, al servicio de los hombres. Tiene ideas elevadas, la piedad noble, el sentido de la jerarquía moral, la voluntad de hacer reconocer las superioridades del pensamiento y del corazón. En resumen, vemos al charlatán elevado a la altura de Prometeo. El libro pierde por momentos su verosimilitud. Sin embargo, gana, en el conjunto, una extraordinaria fuerza novelesca, Bálsamo se convierte verdaderamente en un héroe. Sin embargo, la historia se ve removida de arriba abajo.
Lo extraño es que Dumas haya podido amalgamar tantos cuentos de hadas e inverosimilitudes con situaciones y personajes auténticamente, históricamente reales, venidos de fuentes clásicas a las cuales yo añadiré tres que de ordinario son descuidadas: las Memorias del jesuita J. Francisco Georgel, familiar del cardenal de Rohan y observador de la sociedad del siglo XVIII, publicadas en 1818; La vida privada del mariscal de Richelieu, llena de intrigas y de amoríos, atribuída a SouIavie, pero que debe ser del autor dramático Faur; y todavía más Memorias, las atribuídas al duque de Richelieu por Giraud de Soulavie, compilador, mistificador, fabricante de recuerdos apócrifos, pero que tuvo en sus manos los papeles del duque y que conoció personalmente muy bien el Versalles del siglo XVIII. El abate Soulavie, que se había adherido a la Revolución, lo representó algún tiempo en Ginebra como residente general. ¿No es curioso señalar que una carta oficial de él, en diciembre de 1793, señala entre las notabilidades de una cena al general Dumas?
Al considerar con atención la suma de novelas de Dumas, se comete una flagrante injusticia en señalar demasiado sus errores, inadvertencias y deformaciones históricas, como se ha hecho a menudo muy alegremente. Efectivamente, ellos son de talla; pero ¿por qué los haríamos sobresalir de su obra completa? ¿No es preferible encerrarlos en sus propios límites y salvar el resto? Ellos han obedecido a dos móviles. En primer lugar, Dumas novelista no siempre ha resistido a la tentación de "hacer más patético", o "más gracioso". Y después, o al mismo tiempo, tampoco ha resistido a otro instinto, instinto popular que deforma los personajes cuya grandeza tan cara costó antaño.
Seguramente necesita de manera apremiante excusarse por ciertas invenciones irritantes de La reina Margarita, o de Los tres mosqueteros, El vizconde de Bragelonne o Angel Pitou. Ha chocado, e incluso hecho reir, a sus contemporáneos, dando de Catalina de Médicis la idea de una prostituta de alta alcurnia de importación extranjera y de una envenenadora coronada, haciendo del gabinete lindante a la habitación de Margarita de Valois el elemento de un espectáculo para cualquier Boubouroche real, reuniendo una noche a La Mole herido y al rey de Navarra, el uno al pie del lecho del otro "hablando de política". Y tampoco es creíble, naturalmente, que D'Artagnan, a pesar de su gran valor y su astucia, haya desafiado a Cromwell, gobernado a Mazarino y hablado de igual a igual, hasta la inconveniencia, con Luis XIV, ni que Luis XVI, tan bueno como fuera y tan curioso de experiencias, haya admitido los excesos de un médico magnetizador, con respecto a una doncella de honor, en su augusta presencia... Después de tales enormidades, los papeles que Dumas distribuye a las casas de París bajo Luis XIII o los paraguas que hace arbolar a personajes de hace cuatro siglos, son simples bromas.
Pero eso no son más que particularidades, mientras que la San Bartolomé, los tumultos de la Liga y los de la Fronda, la acción de los grandes ministros, las relaciones de Francia con Inglaterra y España, las fases de la monarquía, el drama del último rey absoluto, las metamorfosis de los siglos XVIII y XIX, las conspiraciones, las revoluciones y las guerras ofrecen vastas extensiones de historia sobre las cuales ningún descubrimiento de historiador o de erudito ha contradicho hasta ahora al novelista.
Dumas, a pesar de ciertas tendencias personales y de su "folletinismo" popular, no aspira ni se deja llevar a calumniar el pasado de Francia, la pasión política no le ciega coma ha cegado a Víctor Hugo. El no choca con la historia, dice, muy justamente, Hipólito Parigot, que lo ha estudiado muy bien. Un notorio realista, Henry de Bruchard, le ha rendido un homenaje de valía. No se le discute ya más el derecho de rendirle dicho testimonio: "Nosotros otorgamos a cada uno su parte en el bien como en el mal." Daríamos por prueba su Carlos IX ingenioso y audaz, pero que el medio ambiente del Louvre ha llevado la maldad nativa a demasiada y cautelosa fineza; su Enrique III, altivo a la francesa, pérfido a la italiana, comediante, libertino, aunque profundamente religioso, pero guardando el prestigio de sus victorias y tan apasionado como hábil defensor del reino, colocado entre los católicos y los protestantes, entre los españoles y los germanos, tal y como lo han encontrado después de Dumas los historiadores actuales; su Richelieu, su Mazarino y muchos otros... "Él despreciaba mucho —ha escrito justamente Bruchard— los contempladores de nuestros grandes hombres que no quieren retener de su vida lo que menos importa al historiador y al político, es decir, los defectos de la vida privada. El lujo, el atractivo y la bondad de Fouquet, ¿son demasiado apreciados acaso, en atención a sus despilfarros? La Fontaine, Pélisson, los poetas amigos del superintendente, madame de Sevigné y los favoritos de Vaux, ¿no estimaron que era ingenuo el ser desdichado? Un tal infortunio podía emocionar. ¿Se podía ridiculizar y calumniar a Colbert, que fue su artesano, y a Luis XIV, que lo consagró? Al contrario, Dumas explica las necesidades de la Razón de Estado. No comete la torpeza de declamar contra ella. ¿Y quién lo comprende mejor que su héroe preferido, D'Artagnan? Hay que notar además que el amor profesado por Dumas hacia los héroes de nuestra historia le hace desdeñar ciertas de sus debilidades, por las cuales la historia es justamente severa. El gran Condé, por ejemplo, es apenas señalado en las aventuras de las transacciones de la Fronda. El novelista, ¿no atenúa tanto como puede —abreviando o esquivando— las intrigas que en los tiempos de la Liga dieron lugar a tráficos donde el extranjero —español e inglés— jugó su papel? En la Crónica del reino de Carlos IX, Merimée ha tratado con menos miramientos a los hugonotes; y los admiradores del almirante encontrarían más esperanzas frustradas leyendo las sabrosas novelas de Mauricio Maindron, tan denso y de una lectura tan apasionada, pero sin piedad hacia los partidarios de la vaca de Colas..."
Pero cuando las novelas de Dumas exponen lo real de la historia, es en forma de narraciones novelescas, de relatos de novelista audaz, de evocaciones que hacen revivir la vida de antaño. También ha buscado y tratado la resurrección. Abramos la novela La dama de Monsoreau. La ambición de los Guisa, su pretensión interesada en ser descendientes de Carlomagno, sostenida por el papado, es común a la novela y a la historia, pero la novela lo presenta con un fondo como los que abundaban en aquella época: conspiradores reunidos en la noche, bajo las bóvedas de la abadía de Santa Genoveva, con la trágica presencia de los Guisa y del coro de soldados, llevando el sayal y la capucha para coronar simbólicamente al duque de Anjou en espera de destronar a Enrique III, odio sublime, que el novelista une a la desconsolada gracia de la duquesa de Montpensier disfrazada de fraile...
En lugar de una escena única, Dumas multiplica a veces las escenas en las cuales aparece, desaparece y reaparece un ser que encarna toda una clase de hombres. Seguro de que los monjes y curas guisarlos no estaban todos animados del fanatismo cruel de un Jean Boucher, de un Lincestre, ha reunido los trazos de su mediocridad brutal en la figura de su Gorenflot, horror y belleza de La dama de Monsoreau, conjunto de conformismos alternativamente estupefactos y divertidos, mezcla de elocuencia sagrada y de máximas ebrias, azumbre de vino —y no de misa—, odre de sensualidad, no manso y suave como un cordero, sino más bien puerco de Panurgo, gordo y viscoso instrumento partidista... Saltemos los siglos. Después de Luis XIII, Luis XIV, el Regente y Luis XV, he aquí Luis XVI. Es bueno, bastante inteligente, sabe hablar y pensar noblemente, consciente de su situación y sintiendo que la reina lo separe de los ministros que le valdrían la amistad de la nación, pero con el ingenio ahogado por espesa materia, como el cuerpo por la grasa. Lo vemos en el Angel Pitou, en uno de los momentos más graves de su reino, que preside un consejo de gabinente; tímido, mirando sólo furtivamente a sus correligionarios y para adoptar una postura conveniente al mismo tiempo que prestar suma atención, dibuja, bosqueja hombres y caballos cuando está de buen humor y trazando garabatos cuando el humor es explosivo.
Bruscamente levanta la cabeza ante la exposición de Colonne sobre los gastos públicos; después, con un tono brusco critica el sistema que consiste siempre en hacer empréstitos sin saber cómo se pagarán. Y como el ministro ha inscrito una fuerte suma en la cuenta de la reina, el rey la rechaza. "Y la reina me lo agradecerá —añade—. ¡Ya lo creo! ¡Cuando hay tantos pobres que sufren! La reina es buena..." Pero poco después, en los departamentos de la reina, que celebra un verdadero consejo de guerra con sus cortesanos, entra tan solo y tan sonriente que María Antonieta se lanza a su encuentro animada por las emociones que acaba de levantar. Silencio general. Estremecidos, todos esperan una palabra del rey. Y el rey dice simplemente: "Señora, en medio de todos estos acontecimientos, se han olvidado de servirme la cena..." ¿Heroísmo escondido bajo la calma? ¡Quizá! La reina así lo quiere creer. No, dice Dumas, el rey tiene hambre, eso es todo! Los historiadores anotan la decadencia del poder como las enfermeras hacen con el estado febril sobre los gráficos de temperatura; un médico artista y que tuviese tiempo podría ilustrar el gráfico. Pero Dumas ha hecho representar una escena. Las de José Bálsamo entre Luis XV, madame du Barry, Choiseul y el duque de Richelieu, no tienen la menor semblanza histórica. Dicho sea de paso, su madame du Burry va contra la leyenda partidista y se acerca a la historia por varios de sus aspectos. Esta joven deplorablemente frívola y que sirvió de instrumento de un partido contra otro no era obscena, hablaba mucho más puro que madame de Pompadour, se mostraba con facilidad y conveniencia en la corte y poseía el arte de narrar. ¿No es así como nos la muestra Dumas?
A lo largo de sus novelas históricas, se trataba sobre todo de hacer sentir la época, respirar el aire del tiempo, y para ello de entrar en el secreto personal, psicológico, moral, pintoresco, de las personas y las cosas. Dumas tenía que evocar el gusto de los Valois y de muchos franceses de su tiempo por la imitación del Renacimiento; así, pues, describió el banquete organizado por la corte en Chenonceaux, en 1577, donde el servicio fue hecho por mujeres desnudas. Los memorialistas y libelistas del siglo XVI, Pedro de l'Estoile por ejemplo, abrumaron al rey Enrique III y sus señores; Dumas reconoce en ellos costumbres cariñosas a la moda, sospechosas sin lugar a dudas, pero que no está probado que llegaron hasta la homosexualidad; así, pues, escribe sobre Anne de Joyeuse en Los cuarenta y cinco: "Joyeuse había seguido las trazas y adoptado la tradición de los Quelus, de los Schomberg, de los Maugiron y de los Saint-Mégrin: amaba al rey y se hacía querer indiferentemente por él; sin embargo, todos los rumores extraños que habían corrido sobre la maravillosa amistad que tenía el rey para con los predecesores de Joyeuse habían muerto con esta amistad; ninguna mancha infame mancilló esta afección casi paternal de Enrique hacia Joyeuse..." Y a la "maravillosa amistad", el novelista nos la ha mezclado en varias escenas, con los consejos, en las cámaras reales, a las horas de diversiones y también en los conflictos y en las vísperas de batallas. A la cortesía más refinada, a las soberanas reglas de honor que recubrían, entonces, como un manto la más dura ferocidad, Dumas les da caras, brazos, piernas, estandartes y espadas. Sus novelas despliegan todo el prodigioso lujo de los Valois en sus fiestas, la alegría suave y brillante de los bailes, de los torneos, mascaradas y diversiones de poesía y de música.
Para resucitar el siglo XVIII, ¿le hace falta, por ejemplo, introducirnos cerca de Jean-Jacques Rousseau? Es que Dumas nos inicia en los secretos de una existencia haciéndonoslos ver, y por decirlo así, tocar, pero escogidos entre las sugestiones irresistibles de la realidad histórica. Al sorprender a su hombre leyendo un pedazo de los Rêveries, Teresa pone la leche caliente sobre el libro mismo y dice: "Vaya, mi orgulloso que se está mirando en su espejo. El señor lee sus libros, se está admirando..." Y después de un murmurio de Rousseau, ella insiste: "Estáis soñando a vuestras mujeres ideales y escribís libros que las jóvenes no osarán leer, o bien profanaciones que serán quemadas por la mano del verdugo." Así Teresa hace estremecer a su mártir.
Y después, ¡qué desastre del filósofo! Rousseau, invitado a dirigir la representación de su ópera en Versalles, quisiera embellecerse, pero temiendo los sarcasmos del ama de casa, parte con su barba de ocho días y su traje viejo. En Versalles, él, que ha preparado frases de consciente ciudadano para declamar ante el rey, pierde la cabeza ante las galanterías irónicas de madame du Barry, ante las críticas de un nieto del rey que le señala varios contrasentidos en su traducción de Tácito, en la radiación de las beldades femeninas... ¿No es delicioso? Es profundamente verídico, si no exacto, y todas las crónicas del tiempo lo dejan traslucir.
La vida de París durante el Terror anima, de manera notable, el comienzo de El caballero de Maison-Rouge. Por otra parte, las novelas de la Revolución son las que soportan mejor el ser confrontadas con las historias, a pesar de lo que Dumas ha tornado de los recuerdos de Nodier para Los blancos y los azules y a los de su propia vida para Angel Pitou. Es sabido que esta novela hay que considerarla aparte. Urgido por el periódico en el cual colaboraba, sin documentación a mano, Dumas no duda un momento, y sin preocuparse del Angel Pitou que fue cupletista monárquico en las propias narices de la policía de la Revolución, inventa completamente un joven al que presta sus propias aventuras juveniles, y que transforma en sans-culotte ¡para hacerle participar en la toma de la Bastilla! Pero dicho esto, se respira la Revolución en ese libro, como se respira la pólvora y la sangre con la más penetrante impresión cotidiana e inmediata.
Esta clase de historia particularizada y viviente al nivel del hombre, a lo largo de sus días, se desliza forzosamente a la intimidad con la cual llega a confundirse. La novela se convierte entonces por momentos en un álbum de imágenes, pero verdaderas, hasta el punto de ser indiscretas. Todas las puertas se abren, se atraviesan los muros, se descubren los techos, se cuelgan a las carrozas en viaje. Cómo Enrique III hacía su tocado por las noches, y cómo cuidaba de su rostro, llevando durante la noche una máscara de grasa perfumada y guantes con el interior untado de aceite oloroso, ¿no hay ahí un placer para nuestra curiosidad? ¿Había acaso que dejar secar todo esto en las Memorias o en las Crónicas? Los cronistas y memorialistas, ¿guardarían para ellos solos que Enrique de Navarra roncaba muy fuerte cuando dormía —una verdadera forja— o que Luis XV había recibido de su padre el medio de dispensar al delfín su noche de bodas? ¿No habría sido una lástima? Las novelas de Dumas les obligan a librárnoslo todo, y no por perversidad, sino por arrancar todo al pasado, por restituir todo presente. Por eso Dumas, cada vez que ha podido, ha querido conocer el lugar de los acontecimientos. Su encuesta minuciosa de julio de 1856 en Varennes y alrededor para revivir la huída del rey, es conocida: buscó y encontró testigos, hizo hablar a los ancianos, multiplicó los interrogatorios en la población campesina. A este propósito, anota en sus causeries (charlas) haber reconocido "que ni un solo historiador había sido histórico", "que Thiers había sido el menos histórico de todos los historiadores" y que solamente Hugo se había mostrado exacto, en El Rin: "Es verdad que Víctor Hugo es un poeta..." ¡Mas, ay!, ironía de la suerte, Dumas se vio condenado en justicia a corregir el pasaje que presentaba a M. de la Prefontaine en una actitud descortés hacia ese gentilhombre, y fue acusado... ¡de haber inventado!
En las postrimerías de su vida, queriendo escribir algo sobre el almirante de Villeneuve —no tuvo tiempo de hacerlo—, Dumas quiso absolutamente ir a Rennes, donde el vencido de Trafalgar se dio muerte. Le habían asegurado que un notable de la villa le podría informar, el Sr. Adolfo Orain; lo invitó a comer con el secretario que había llevado y un arquitecto encargado de hacer un croquis del lugar; obtuvo de él el acta de defunción, el informe del comisario de policía, el acta de la autopsia y el exhorto del magistrado que informó sobre el suceso. Durante la búsqueda de dichos documentos, tuvo la suerte de que el abogado de la corte, Sr. Nadaud de Buffon, lo condujese a la calle Aux Foulons, al hotel del Comercio, a la habitación donde Villeneuve, sesenta y tres años antes, se había dado seis puñaladas en el corazón. He ahí cómo se documentaba e informaba el historiador novelista. Pero no siempre se decidía, también tenía sus fantasías. Una vez que estaba ocupado en escribir la aventura del marqués de Rougeville, que había logrado penetrar en el calabozo de María Antonieta en la prisión del Temple y hablarle (El caballero de Maison-Rouge), el hijo del conspirador se saltó los sesos por desesperación amorosa; ahora bien, dejó muchos papeles y documentos familiares, y sus ejecutores testamentarios, Jules Sandeau y Auguste Bussières, los trajeron al novelista... ¡que no abrió el paquete! Para El caballero de Maison-Rouge, como más tarde para el Terror blanco, evocado en Los compañeros de Jéhu, son, sobre todo, fuentes orales las que han servido en la información de Dumas, además de la fuente escrita de Nodier y de sus Recuerdos de la Revolución, y todavía más para la aventura de la duquesa de Berry, que cuentan los tres volúmenes de las Lobas de Machecoul: a las memorias han sucedido relatos de supervivientes, de testigos, de crónicas de periódicos.
Alejandro Dumas se ha acercado también de la historia, impregnando su obra de un gran sentimiento: el del tiempo que pasa... Desde este punto de vista, el paso de Los tres mosqueteros a Veinte años después, y después al Vizconde de Bragelonne, es emocionante, casi desgarrador. La época de Mazarino reemplaza a la de Richelieu, los héroes evolucionan y los acontecimientos los dividen. Después, las tristezas, los pesares y los duelos se acumulan. Porthos, Athos, Raúl, D'Artagnan, mueren; Aramis, rebelde perdonado, envejece de embajador en España; Fouquet se apaga, prisionero en Pignerol, el poder absoluto se instala, la antigua Francia ya no existe. Se acabaron la caballería y lo novelesco, la tragicomedia y Corneille. La melancolía en la cual se acaba El vizconde de Bragelonne es, pues, una melancolía histórica, la melancolía de Proust, la misma de Heráclito. Por eso, también las novelas de Alejandro Dumas, si bien participan del sentimiento romántico de las ruinas, despliegan por otra parte un panorama inmenso de invención humana y testimonian que están, incontestablemente, llenas de historia.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)