El combatiente de 1830

Alejandro Dumas, al mismo tiempo que ascendía los escalones de la gloria literaria, satisfacía también sus aficiones políticas.
Poco a poco había ido conociendo a muchos hombres de la oposición: Armand Carrel, que iba a casa del señor de Leuven, Manuel, poco antes de su muerte, Benjamín Constant, Béranger, Barthelémy y Méry. Por otra parte, su madre y él habían vuelto a encontrar al pintor Lethière, en otra época retratista del general Dumas y al que hizo posar también para un Filoctetes de la Cámara de los Diputados; todos los jueves iban a comer a su casa y allí encontraban a viejos amigos del general: Gohier, ex presidente del Directorio, el poeta fabulista Andrieux y el doctor Desgenettes, que puso al joven en relación con los Larrey, padre e hijo.
Dumas había respirado el odio a Napoleón desde 1814 en el aire de Villers-Cotterêts. Aunque su madre se contentaba con suspirar y llorar, otros preferían la maldición y el insulto. La mujer del armero, en los atardeceres calurosos, se instalaba en el umbral de su puerta con su rueca, y al mismo tiempo que hilaba solía entonar una canción de la que, infortunadamente, el memorialista no recuerda más que la primera estrofa:

Le Corse de Madame Ango
N'est pas le Corse de la Corse,
Car le Corse de Marengo
Est d'une bien plus dure écorce

(El Corso de Madame Ango
no es el Corso de Córcega,
pues el Corso de Marengo
es de más dura corteza...)

Aunque la familia de Dumas pasaba en la región por bonapartista, Alejandro había heredado las ideas republicanas de su padre y, por añadidura, se indignaba ante lo que el Corso había costado a Francia, pero, de cualquier modo, la epopeya imperial le dejaba vibrante de admiración y de orgullo. Detestaba a los Borbones con una especie de instinto popular. En sus Memorias los culpó de todas nuestras desgracias, hasta de las que el Imperio era responsable, como la invasión y la ocupación. Los cantos de Béranger, Les Messéniennes de Delavigne expresan su estado de espíritu o, más bien, su estado anímico. Para decirlo exactamente, fue algo más que un liberal, un carbonara.
Con el duque de Orleáns, sus relaciones fueron influidas por una antipatía fundada en la persona, y no en el cargo. Por el contrario, una amistad sincera le ligaba al duque de Chartres. Si éste hubiera reinado...
En la mañana del lunes 26 de julio de 1830 aparecieron en el Moniteur las ordenanzas de Carlos X que disolvían las Cámaras y suspendían la libertad de prensa... Dumas tenía hechas las maletas, el dinero en el bolsillo (3,000 francos de oro) y su pasaje reservado en Marsella para trasladarse a Argel, que los franceses acababan de conquistar: debía salir a las cinco de la tarde, pues estaba impaciente por ver, indagar y explorar. Pero no salió. "Lo que vamos a ver aquí será aún más curioso que lo que podría ver allí", dijo a un amigo. Y después, tras de llamar a su sirviente:
—Joseph, vete a ver a mi armero y tráete mi fusil de dos tiros, así como doscientas balas de calibre veinte.
La revolución de 1830 comenzaba.
Dumas tuvo un papel en las reuniones, los tiroteos, las marchas y contramarchas por las calles que en la historia componen el triángulo de las Tres Gloriosas. Su nombre se mezcló con los de numerosos periodistas, sobre todo Etienne Arago, Armand Carrel, Gauja. Ejerció mandos efímeros, levantó barricadas, paseó por París su fusil, su morral y sus bolsillos repletos de balas, tomó parte en una carga guerrera, visitó amigos, y gastó aún más saliva que pólvora. La noche del 28 de julio se encontraba con la familia Lethière. Allí le llegaban las noticias: nada de decisivo, pero detalles interesantes, los árboles ardiendo en los bulevares, el mobiliario lanzado por las ventanas del barrio Saint-Antoine sobre los soldados, sin olvidarse de las estatuas, morillos, botellas y hasta un piano, mientras un lancero se levantaba con el pecho horriblemente desgarrado, pues el fusil que le disparó estaba cargado con tipos de imprenta...
Las Memorias relatan estas jornadas con una abundancia inaudita de detalles. El diputado Mauguin ha puesto en duda algunas de sus afirmaciones, particularmente las que conciernen a la comisión municipal que desempeñaba las funciones de Gobierno provisional y que estaba instalada en el Ayuntamiento; pero estas afirmaciones que herían el amor propio del parlamentario, por una parte se encuentran de acuerdo en lo esencial con la Historia de diez años de Louis Blanc (que por cierto fue muy utilizada por Dumas), y por otra, han sido confirmadas por Charras. Desde luego, Dumas dedicó generoso espacio y habló de un modo magnífico del joven politécnico; pero Charras era un leal oficial en la época en que declaró estar seguro de la fidelidad de sus recuerdos al conferir a Dumas un certificado de exactitud. Si el autor de las Memorias se propasó aquí y allá, ha sido en cuestiones que apenas si tuvieron relación con el curso de los acontecimientos. Evidentemente, los historiadores no se documentarán con Alejandro Dumas; pero como en todo lo que escribía, la verdad general que termina por rodear el relato irradia de escenas maravillomente trazadas.
El "monsieur" que, envuelto en su capa de misterio, distribuye pólvora a la puerta del Instituto (¿quién era?, ¿de dónde salía?, ¿de qué lugar sacaba la pólvora?), es un personaje lleno de vigor. También se simpatiza con el capitán que, al mando de mil quinientos hombres, se tropieza con Dumas, que no disponía más que de treinta; el oficial le reconoce y le llama por su nombre, ha visto Cristina y le pregunta si se estrenará pronto Antony... "¿Qué hacen por aquí?" "Algo muy triste, le responde el militar, nuestro deber." Y a continuación expresa su deseo de paz: "Mientras no tiren contra nosotros nos abstendremos de disparar." Desde luego, hubo matanzas espantosas. En el combate del puente de las Artes, Dumas, refugiado detrás de uno de los leones de bronce de la fuente vecina al palacio Mazarino, pretende haber estado a punto de perder el pellejo ¡y tuvo el honor de que le disparasen un cañonazo! Aunque comenta minuciosamente todo el valor derrochado y la excesiva sangre derramada, no es posible resistir a la extraordinaria gracia que campea en las doscientas páginas. No lo hizo a propósito, pues tomaba demasiado a pecho la revolución para burlarse de ella. Pero tenía el sentido de lo humano, su interés se centraba particularmente en lo humano durante sus paseos armados por París, y lo humano de las revoluciones es como una especie de dios Jano: sus dos caras son lo trágico y lo cómico.
Se inició en la revolución con un salvamento imprevisto que realizó en la jornada del 29. Al enterarse de que la multitud había forzado la entrada del Museo de Artillería, Dumas, decidido a poner algunos tesoros al abrigo, dio su preferencia a unos trofeos del Renacimiento: escudo, casco y espada que pertenecieron a Francisco I, arcabuz de Carlos IX y que llevaba en letras de plata, a lo largo del cañón, esta inscripción que evoca la matanza de San Bartolomé:

Pour mayntenir la foy,
Je suis belle et fideyle;
Aux ennemis du Roy
Je suis belle et cruelle.

(Para mantener la fe,
soy hermoso y fiel;
para los enemigos del rey
soy hermoso y cruel.)

Y he ahí a Alejandro con el casco en la cabeza, el escudo sobre el brazo, la espada al costado y arcabuz al hombro. Esta chatarra era auténtica, Dumas cargaba con la historia de Francia... ¡ya! La tarea era pesada. Se le imagina doblado en dos a pesar de su fuerza y se piensa en los cuatro pisos que tenía que subir. El salvador confiesa haber estado a punto de caer al llegar al cuarto. Y sin embargo, impulsado por su sed de sacrificio, no se contentó con una sola expedición. Tan pronto como se desembarazó de su botín se lanzó en búsqueda de nuevos despojos y esta vez trajo la coraza, el hacha y la maza de armas. ¡Ahora tenía la armadura completa! Enterado desde entonces como nadie acerca del terrible peso de esas armas, que algunas semanas más tarde deberían rehacer el camino a la inversa, esta vez sin duda a espaldas de los mozos de cuerda, y al recordar que Francisco I en Marignan las había llevado durante catorce horas consecutivas a caballo, Dumas confesó su disposición a creer las proezas de Ogier el Dinamarqués, de Rolando y de los Cuatro hijos de Aymon.
Se le informó de una reunión en la plaza del Odeón y al llegar allí vio quinientos o seiscientos hombres que reían, gritaban y fumaban en medio de una provisión de pólvora; se ocupaban en fabricar y distribuir cartuchos. Se escuchaban gritos de "Viva la Carta" y "Viva la República". Uno gritó: "¡Viva Napoleón II!" Charras, que acababa de ser expulsado de la Escuela Politécnica por haber cantado La Marsellesa y era el jefe de esta multitud, expulsó al bonapartista con el beneplácito de todo el mundo, según parecía. Pero, en ese preciso instante, un tal Chopin que tenía a su cargo los caballos del Luxemburgo, llegó al galope.
Estaba ataviado con una levita abotonada, un tricornio, y montaba un caballo blanco. Se detuvo en medio de la plaza y se llevó una mano a la espalda. El parecido con Napoleón era asombroso... Tan asombroso, que toda la multitud, que anteriormente había presenciado la expulsión del bonapartista sin que un sólo individuo protestase, lanzó un grito, bajo el mismo impulso y de un modo unánime: "¡Viva el Emperador!" Una buena mujer se tomó la cosa tan en serio que cayó de rodillas y, haciendo el signo de la cruz, exclamó: "¡Oh! ¡Jesús! Así, pues, no moriré sin haberlo vuelto a ver."
Charras estaba furioso, dice Dumas. Él, por su parte, se había olvidado por completo de la situación política: "Yo era un simple filósofo estudiando la humanidad..." Pero una violenta discusión le sacó de su ensueño. La multitud se empeñaba en nombrar a Charras general en jefe. El valiente muchacho no sospechaba entonces que cierto día sería un oficial glorioso en Africa, pero que nunca llegaría a general. Ese día se negó a serlo. Para el puesto designó a Lothon, uno de sus camaradas del Politécnico, un bello ejemplar que reunía las cualidades de Hércules y de Antínoo.
El motivo principal en que fundaba su nombramiento era que él se encontraba a pie, mientras que Lothon iba a caballo. Lothon, en su opinión, tenía, pues, muchos más derechos que él para ser general en jefe. En efecto, jamás se ha visto un general en jefe que vaya a pie.
Lothon se defendía con todas sus fuerzas para no ser investido de esta elevada dignidad. Sin embargo, se había visto ya obligado a ceder, cuando un señor se aproximó a él y le dijo en voz baja:
—¡Oh, señor! Si usted no desea ser general en jefe, déjeme a mí ocupar su lugar. Soy un viejo capitán y creo tener ciertos derechos a ese favor.
Jamás una ambición se había presentado más a tiempo.
—¡Ah, señor —dijo a su vez Lothon—, qué gran favor me hace usted! Y a continuación se dirigió a la multitud:
—¿Así que queréis un general en jefe? —preguntó.
—Sí, sí,. sí —le repitieron de todas partes.
—Pues bien, les presento a este señor, un viejo capitán cubierto de heridas que, por su parte, está deseoso de ser general en jefe.
—¡Bravo! —gritaron quinientas gargantas.
—Perdón por haberle cubierto de heridas, mi querido señor —dijo Lothon echando pie a tierra y entregando su caballo al recién elegido—, pero me ha parecido el medio más seguro de hacerle brincar los grados intermedios.
—¡Oh! Monseñor —dijo el capitán encantado—, no hay de qué. Y a su vez, se dirigió a la multitud:
—¡Bueno! ¿Estamos listos?
—Sí, sí, sí.
—¡Vamos! ¡Adelante! En marcha...! ¡Toquen el tambor!
Dumas, decidido al parecer a no perderse ninguno de los episodios de sainete que se deslizaban entre los acontecimientos más graves, relata que Etienne Arago, al dirigirse al National el 29 por la noche llevando una proclama que anunciaba el derrocamiento de los Borbones en beneficio de un gobierno provisional bastante vacilante, tuvo un singular encuentro en el mercado de los Inocentes. Un ex actor, Charlet, iba a la vanguardia de una multitud inmensa encabezada por un hombre con el uniforme de general.
—¿Qué hace toda esta gente? —preguntó Arago a Charlet.
—Es el cortejo del general Dubourg, que se dirige al Ayuntamiento.
—¿Y quién es el general Dubourg?
—¿El general Dubourg? ¡Pues es el general Dubourg, vaya!
La víspera, ese personaje se había presentado en la alcaldía de los Petits Pères:
—Señores, ¿necesitan ustedes un general?
—¿Un general? —le contestaron—. Durante una revolución no se necesita más que un sastre para hacer uno...
Pero el general prefirió dirigirse a un prendero y, como le faltaban los galones, el actor Charlet fue a buscarle un par en la guardarropía de la Opera Cómica.
En el Ayuntamiento se le recibió con esta pregunta:
—¿Qué desea usted, general?
—Un pedazo de pan y un orinal. ¡Me muero de hambre y de ganas de orinar!
Y acto seguido se dirigió a tomar posición sobre la gran escalinata, donde recibió al general La Fayette, pero fue necesario volver a colocar la bandera tricolor en lugar de la bandera negra que había mandado izar en el frontis del monumento... Fue a partir de ese momento cuando La Fayette se puso a abrazar a todo el que llegaba.
Dumas, instalado en un rincón del Ayuntamiento, observaba, tomaba notas, escuchaba las negociaciones de su ex jefe Oudard con el duque de Orleáns, se dormía... Terminaba la mañana del 30 cuando oyó a La Fayette decir a Arago:
—Si Carlos X atacase París, le doy mi palabra de honor de que no dispondríamos ni de cuatro mil cartuchos de fusil con que disparar.
No había pólvora. Dumas ofreció conseguírsela a La Fayette: tanto en Soissons como en La Fère la había.
—No se la darán.
—Entonces la tomaré.
Un salvoconducto para ser recibido por el general Gérard, una orden de requisa obtenida de este general que compartía con La Fayette los poderes militares, el texto de una proclama de La Fayette dirigida a los ciudadanos de Soissons... Ya estaba Dumas pertrechado para su misión. No olvidó dar un abrazo al glorioso vencedor, que a su vez se lo devolvió, y descendió de cuatro en cuatro los escalones del Ayuntamiento. ¿Salió de París a las tres de la madrugada, como lo aseguran Henri Martín y Paul Lacroix? Parece más probable que fuese a las tres de la tarde, como lo afirma él mismo; que se piense en todas esas gestiones preliminares que tuvo que realizar. De todos modos, lo más importante era llegar a Soissons cuanto antes y, si la hora mencionada por Dumas es la verdadera, antes de que esa ciudad fortaleza hubiera cerrado sus puertas. Llevó de ayudante a un tal Bard, joven pintor amigo suyo, y tuvo un incidente corto y violento con el cochero de la diligencia. En efecto, había declarado que el viaje debía hacerse al galope; ahora bien, tuvo que tratar con varios conductores en los diversos cambios, y uno de ellos, tozudo, se empeñó en ir al trote. Dumas llevaba pistolas, pero no estaban cargadas; blandió una de ellas, puso una cápsula en cada cañón, empujó un taco hasta la mitad de cada cilindro y, tras de una última orden imperativa al postillón, que estaba ya desenganchando los caballos, apretó el gatillo. El pistón estalló, el taco golpeó al hombre en pleno rostro y lo aturdió. Entonces, sin darle tiempo a recobrarse de su desvanecimiento, Dumas le quitó las botas, se las puso, montó el caballo guía y desapareció a todo galope.
En Villers-Cotterêts, ¡recibimiento triunfal! Allí buscó a un muchacho del que se acordaba y que era de Soissons, Hutin, y lo obligó a acompañarle, pues se jactaba de ser amigo del guardián de las puertas de la ciudad, quien, en efecto, los recibió dos horas más tarde y les dejó pasar sin impedimento alguno.
Al día siguiente, 31 de julio, mientras Hutin y Bard hacían ondear la tricolor en lo alto de la catedral, Dumas se dirigió rápidamente al polvorín, escaló los muros, se dio de narices con los oficiales ingenieros y obtuvo, gracias a sus exhortaciones, que consintieran en declararse neutrales y sus prisioneros bajo palabra. Colocó a Bard de centinela en la puerta y le dio como apoyo un pequeño cañón que se encontraba allí y que cargó con veinte balas y dos pañuelos a modo de tacos. A continuación se dirigió a la ciudadela, que mandaba el vizconde de Liniers... ¿Qué ocurrió allí?
He aquí el relato de las Memorias, resumido:

El comandante de la plaza, acompañado por uno de sus oficiales, se negó a obedecer la orden del Gobierno provisional para que entregase las municiones a Alejandro Dumas y, por otra parte, afirmó que el polvorín no contenía más de doscientos cartuchos. Dumas salió para verificar esa afirmación y Bard le informó: "¡Doscientas libras de pólvora!", le gritó. De regreso a la ciudadela, Dumas encontró al comandante en compañía ahora de un teniente coronel del cuerpo de ingenieros y de un teniente de la gendarmería, es decir, ¡de una espada y de un sable! Él, por su parte, había dejado su fusil a la puerta, pero acariciaba una pistola en cada bolsillo. Reiteró su petición y el comandante reiteró su negativa.
Entonces Dumas retrocedió hasta la puerta, sacó de sus bolsillos las pistolas después de haberlas montado sin que se dieran cuenta, y les concedió cinco segundos de plazo para que se decidieran.
En ese momento se presentó Mme. de Liniers: "¡Oh, amigo mío —exclamó—, cede, es una segunda rebelión de los negros!" De joven había visto a sus padres degollados por los indígenas durante una rebelión en El Cabo, y ahora, al contemplar a aquel joven de cabellos ensortijados, de piel quemada por tres días pasados al sol y de acento criollo, ¡su imaginación lo ennegrecía terriblemente!
La intervención de la espantada mujer fue la causa de que, de una y otra parte, se propusiera y aceptara que Dumas fuese a buscar dos "patriotas", ya que el vizconde y sus subordinados se negaban a ceder un solo hombre. Dumas, confiado en la palabra de honor de los oficiales, bajó, salió, y regresó con Hutin y un nuevo amigo, Moreau, que alistaron sus fusiles. El comandante, entonces, se declaró dispuesto a aceptar las condiciones y firmó.

El caballero de Liniers, veintitrés años más tarde, ha impugnado este relato en una carta dirigida a La Presse, que estaba publicando las Memorias. De cualquier modo, es seguro que su madre, o se encontraba junto a su padre cuando Dumas irrumpió, así como lo dice en su carta rectificativa, o acudió atraída por el ruido de la discusión, como afirma Dumas. Parece, sin embargo, que con los padres estaban el oficial secretario y este hijo que Dumas no ha tenido en cuenta. El caballero admite el espanto de su madre y recuerda que Dumas amenazó a su padre con una pistola. Parece, pues, que Dumas no hizo más que arreglar algo el escenario con objeto de obtener mayor efecto. Hay que convenir, sin embargo, con el caballero en que Dumas, una vez obtenido el acuerdo para que se llamase a una delegación, no tenía necesidad de amenazar. Pero lo hizo.
Por otra parte, las aserciones de los dos historiadores Martin y Lacroix concuerdan con las de Dumas en los puntos siguientes: negativa a firmar la orden, afirmación de que no quedaban más que doscientos cartuchos, cuando en realidad había doscientas libras de pólvora, voluntad de no ceder más que ante varios delegados.
En realidad, sólo en una cosa difieren los tres testimonios, pero es importante y desfavorable para Alejandro Dumas: Las Memorias presentan la situación como erizada de dificultades, en extremo dramática, y peligrosa en tal grado que constituía para él una cuestión de vida o muerte. Eso es completamente falso. El caballero no puede haber inventado que su padre y el subprefecto, desde la víspera, habían convenido en entregar las municiones a la guardia nacional, que se estaba organizando (lo cual Dumas finge ignorar). Según los dos historiadores de Soissons, los soldados del 53° regimiento habían enarbolado ya la escarapela tricolor y la población conocía la victoria de la revolución en París: ¿por qué, pues —se preguntan—, ha querido Dumas arrancar por la fuerza al comandante de Liniers una orden por escrito? Todo podía haberse arreglado tan fácilmente, pues lo que originó la disputa fue que aquellos señores no querían ceder más que ante una diputación, y no ante un hombre llegado de París y cuya identidad ignoraban: condición con la que Dumas finalmente se avino, según él mismo reconoce. Por lo tanto, es evidente que dramatizó con objeto de desempeñar un papel decisivo: y que más tarde, al redactar sus recuerdos, los adornó en forma pintoresca.
Debe reconocerse que lo logró, con la pobre Mme. de Liniers aterrorizada y creyéndose en El Cabo, la cortesía del revolucionario de talón rojo, el pequeño cañón relleno de pañuelos, los oficiales rindiéndose a un civil...
Pero el asunto no terminó ahí, aunque desde este momento, ambos relatos, el de las Memorias y el de la Historia de Soissons, coincidirán en casi todo. El alcalde reclamó para la ciudad las doscientas libras de pólvora. Era legítimo. Dumas, afortunadamente, se enteró de que había otras tres mil quinientas almacenadas en el pabellón que estaba frente al polvorín. Como no pudo conseguir la llave del almacenista, se vio obligado, relevado por Hutin, a hundir la puerta a hachazos, y por fin logró derribarla, utilizando una gruesa piedra. Los barriles de pólvora parecían estarle esperando.
Se procuraron un vehículo para transportarlos y, tras de pagar cuatrocientos francos al cuerpo de ingenieros, bebieron a la salud de La Fayette, comieron opíparamente en casa de mamá Hutin y salieron de la ciudad bajo las aclamaciones de los habitantes agolpados en las murallas. Se pusieron en marcha al atardecer y continuaron toda la noche, escoltados por los bomberos de Soissons y cincuenta jóvenes a pie y a caballo, que no retornaron a su ciudad hasta llegar a Villers-Cotterêts; y al día siguiente, a las nueve de la mañana, hicieron una entrada sensacional en el Ayuntamiento... Aludiendo a este feliz final de la expedición, el duque de Orleáns, que muy pronto se convertiría en Luis Felipe I, dijo no sin ironía, a Dumas, que fue a saludar al nuevo teniente general del Reino:
—Señor Dumas, acaba usted de realizar su más bello drama.
Sí, con una gran dosis de comedia. Dosis quizá excesiva, y que es frecuente encontrar en todo su cuadro de la Revolución.
Dumas se ha complacido en perseguir lo ridículo en cualquier lugar que se encontrara; particularmente en los episodios mencionados anteriormente, a los cuales es necesario añadir la marcha sobre Rambouillet, esa película de un grotesco ejército popular que hace juego con la estúpida inercia del Borbón fugitivo (y en la que Dumas mandaba por su cuenta a quince tramoyistas de la Ópera) . En sus bocetos caricaturescos del Gobierno provisional linda con la mala fe. Pero ya he dicho bastante acerca de lo que separa a Dumas de la historia, y es justo indicar también lo que le aproxima. La manera en que se realizó la Monarquía de Julio es explicada en los capítulos CXLIII-CLX de las Memorias, no por medio de un encadenamiento riguroso de los hechos exactos, lo cual corresponde a los historiadores, sino por medio de una observación general psicológica, así como por la exposición de "escenas vividas" llenas de ambiente. Escenas tan animadas como significativas, tales las reuniones en casa del banquero Laffite; los republicanos recibidos en audiencia en el Palacio Real; el teniente general, con una bandera tricolor en sus manos, presentado al pueblo en el Ayuntamiento por el general La Fayette, que le abraza —¡a él también!—, en medio de las aclamaciones; ¿estas escenas no constituyen cierto género de historia? Resultado de ello es la presencia palpitante, para nosotros, del pueblo de 1830. También se desprende con magnífico relieve un balance de toda la aventura; fracaso monárquico, veleidad republicana, y entre los dos el príncipe que comienza a beber su cáliz. La lucidez del escritor se revela y, en todo lo que atañe a la naturaleza humana, resplandece con amplitud, iluminando las dos grandes vertientes.
Vertiente de lo contingente y de lo absurdo: los hombres traicionados por la casualidad, los adversarios cegados unos frente a otros, las incógnitas de toda clase y las más inesperadas sobre el tablero; y las cobardías y los compromisos; al igual que ciertos trazos risibles de un pueblo, por ejemplo la opinión pública desafiante que, en su vanidosa ligereza, "¡quería vengar Waterloo en las calles de París!"
Vertiente de la grandeza: el valor, el heroísmo, el espíritu de ciertas cabezas, los dones de algunos corazones, los jóvenes de las escuelas, cierta juventud proletaria, todo lo que pudo inspirar a Berlioz su marcha fúnebre y triunfal en honor de las víctimas de Julio.
Entre estos dos extremos, Dumas ha querido recoger algo conmovedor, y lo expresa también como "escena vivida". ¡Cómo amó los imperativos de la vida sobre lo que podría llamarse la ternura de la ironía! Basta para ejemplo ese grupo imprevisto de voluntarios que se separó de las miserables tropas desbandadas al regreso de Rambouillet y se encargó de llevar y escoltar el furgón que transportaba los diamantes de la corona. La escolta viajaba en los carruajes del rey. ¡Asombroso cortejo! Carrozas doradas, lacayos en librea de gala, hombres en harapos... ¡Guardaban ochenta millones en diamantes y se morían de hambre!
...Y ahora, volvamos a la acción, Dumas nos invita a ello. Una misión origina otra; tras de la misión de la pólvora, una misión vandeana. ¿Se debió quizá a que la paz interior parecía restablecida y los intereses particulares volvían a tomar precedencia? Dumas decidió el 5 de agosto solicitar su misión en Vandea; se recordará que Mme. Waldor languidecía allí desde hacía varios meses. Pues bien, pongamos que Mélanie Waldor encarnaba a Vandea, mientras que Mélanie Bell encarnaba a París, la orilla izquierda. Se ignora, hay que confesarlo, a cuál de las dos mujeres estaba dirigida la carta siguiente, escrita el 2 de agosto, entre el regreso de Soissons y la salida para Rambouillet:

He combatido del modo que tú me sabes capaz. El general de La Fayette me abrazó en el Ayuntamiento y me encargó de una misión sumamente importante. Me vi obligado a salir al instante. No he recibido más que un arañazo en la mano. Mi posición actualmente es magnificamente buena.
Tu Alex.

Invitado a almorzar con el general al día siguiente, Dumas le expuso su proyecto, lo convenció, y salió (tras de haberlo abrazado) llevando en el bolsillo el nombramiento de enviado especial para la formación de una guardia nacional en los departamentos de Vandea, de Loira Inferior, de Morbihán y de Maine y Loira. Se imponía un uniforme. Se lo hizo confeccionar por Chevreuil, uno de los mejores sastres de París, según un modelo que había inventado un amigo a quien consultó a este respecto; obra de arte de la fantasía y que no correspondía en nada a los que utilizaban los diversos cuerpos de las fuerzas armadas: chacó adornado con ondeantes plumas tricolores, galones de plata, cinturón plateado, casaca y pantalón azul rey. Por las carreteras Dumas sería conocido con el nombre de "el señor tricolor". Subió a la diligencia el 10 de agosto (Luis Felipe ocupaba el trono desde el día anterior), sin pensar que por el camino del Oeste arriesgaba lo que por presunción había hecho creer que peligraba por el camino del Norte: la vida.
En Blois tomó el correo, en Tours abordó un vapor, y en los Ponts-de-Cé se sirvió de sus piernas para llegar a Angers y pasar allí algunos días en casa de su amigo Víctor Pavie, el amable muchacho, ya relacionado con la mayor parte de los escritores y artistas de la época, que publicaría Gaspard de la Nuit un año después de la muerte del infortunado autor Aloysius Bertrand. En Meurs alquiló un caballo y siguió su camino de pueblo en pueblo, con la intención de describir un amplio círculo antes de llegar a La Jarrie, donde le esperaban las señoras Villenave. Por todas partes escuchaba gritos de "¡ Viva Carlos X!"
Una sorpresa: entre Chemillé y Cholet, en el momento en que se disponía a pasar entre el bosque de Saint-Léger y la selva de Breil-Lambert, escuchó que le llamaban por su nombre. A cien leguas de París, había motivo para asombrarse. Un campesino sin aliento, pues venía corriendo tras él desde hacía horas, le alcanzó y se arrojó a sus pies para abrazarle las rodillas. Por fin, tras de respirar algunas veces, se explicó:
—Usted no me conoce, pero yo sí: usted es Alejandro Dumas, ¡el que me ha salvado de ir a galeras!
En efecto, pocos días antes, en Blois, Dumas había escrito dos cartas a Oudard, nuestro viejo conocido, y a Appert, distribuidor de las beneficencias particulares de la duquesa de Orleáns, para pedir la gracia de un vandeano condenado a veinte años de galeras por haber blanqueado las piezas de cinco centavos de la República y tratado de hacerlas pasar por monedas de un valor treinta veces superior; tenia mujer e hijos.
—En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, ¡no se exponga más!
—¿A qué, mi amigo?
—¡A ser asesinado!
¿Tan malos eran los angevinos? No, pero estaban persuadidos de que el caballero tricolor había venido a provocarles. ¡Había tenido mucha suerte en no estar ya muerto! Y el hombre, tras de explicarle el peligro que había corrido, le anunció la salvación que le traía.
—Déjeme ir delante o con usted, señor, y cuando se sepa que usted ha salvado de las galeras a un hombre de la floresta, podrá ir por donde guste, vestido del modo que quiera, y yo le respondo, a fe de chuán, que nadie le tocará un sólo cabello de su cabeza... Déjelo de mi cuenta.
El hombre se colocó, pues, delante del jinete, imitando a los corredores antiguos. Veinte veces contó la acción a que debía la libertad. De este modo "preparaba a los pueblos". Y no solamente el viajero no tuvo ningún incidente, sino que los buenos deseos le acompañaban por todas partes. Entonces atravesaban una región ensangrentada por la guerra de Vandea, en la que el campesino había participado cuando tenía dieciséis años. Aquí, decía, fui herido. Allá, Dumas le escandalizó elogiando el valor de Kléber. No por eso el hombre dejó de mostrarse fiel y vigilante. Durante seis semanas cumplió con su tarea de guía y de mascota, y cuando, más allá de Clisson, su compañía resultó inútil, Dumas no consiguió que aceptase la menor recompensa. Tras de abrazarse, ellos también, Dumas se alejó. El hombre, inmóvil, como si hubiera echado raíces en el suelo, le hacía señales cada vez que se volvía... "En una curva del camino le perdí de vista, y ahí concluyó todo".
Su estancia en La Jarrie duró seis semanas. ¿Cómo las empleó? En excursiones. Y Dumas no parece haber experimentado ninguna emoción cuando se alejó de allí para ir a Nantes, y de Nantes a Paimboeuf. Un barco de tres palos, la Pauline, que encontró en el puerto, dio un mayor atractivo a su visita. ¡Extraña visita! El escritor se ganó las simpatías de unos recién casados que iban a la isla de Guadalupe, compadeció a la muchacha que lloraba ante la idea de abandonar Francia, se ofreció para llevar noticias de la joven a sus padres en Tours y la divirtió con su conversación. Se dejó convencer y permaneció a bordo cuando el buque se hizo a la mar, pero antes había llegado a un acuerdo con el capitán para que lo llevase de nuevo a tierra la barca del piloto. Al mismo tiempo, obtuvo del complaciente marino que el almuerzo se sirviera en el puente.
—¡Palabra! —dijo el marido— . En eso no hubiera pensado yo.
"¿Cómo es posible, se pregunta Dumas con este motivo, que los maridos más enamorados no piensen jamás en las cosas en que suelen pensar los extraños?"
A las dos de la tarde el buque de tres palos se adentró en alta mar. A la izquierda estaba la isla de Noirmoutier, a la derecha Belle-Isle y la isla de Fouquet, que más tarde daría su nombre a la heroína de una de las comedias de Dumas y, posteriormente, serviría de escenario al desenlace de la última aventura de Los tres mosqueteros. Pero ese día, Alejandro no pensaba más que en una joven real que le había emocionado. ¡Poco faltó para que continuase el viaje hasta la Guadalupe! Bonito idilio... Por último, recibió un beso para que lo transmitiese a la madre, un beso que el mismo marido había solicitado para él... "¡Oh, misterios del corazón!", escribe en sus Memorias. No, ¡pero hay tantas maneras de estar enamorado!
Viajero y piloto tuvieron un regreso agitado: mar descompuesta, lluvia helada, oscuridad prematura, atracada difícil... Calado hasta los huesos, el apasionado vagabundo, después de hora y media de caminata a lo largo de la orilla, entró en Saint-Nazaire a las once de la noche, y bendijo el hermoso fuego de brezo de la posada, la camisa que le prestó el hostelero y la cama de metal. Al día siguiente se trasladó a Nantes, al otro estaba en Tours, donde cumplió la promesa hecha a la recién casada de la Pauline y, por fin, ese mismo día llegaba a París, bastante cansado de su exilio de siete semanas. Sentía necesidad de volver a ver su patria revolucionaria, su sol de julio, sus monumentos acribillados de balas... ¡Ay, cuando llegó, "llovía a cántaros, Guizot era ministro, y se raspaba la fachada del Instituto...!"
El remate de la misión vandeana lo constituía el informe; Dumas redactó el suyo, lo envió al general La Fayette y éste lo entregó a Su Majestad, quien invitó a su autor a venir a verle por medio de Oudard. Dos días después, a las ocho de la mañana, el rey le recibía en la misma pieza en que, todavía duque de Orleáns, le había concedido audiencia, algo a pesar suyo, la víspera del estreno de Enrique III.
La idea de organizar una guardia nacional en Vandea debía abandonarse, explicó al soberano, si no se quería disgustar a una clase media que tenía bastantes cosas que hacer sin el ejercicio, o correr el riesgo de despertar a los chuanes. Más valía abrir nuevos caminos, desarrollar las comunicaciones, trasladar algunos sacerdotes, suprimir a los nobles sospechosos sus pensiones... ¡Cuánto sentido común, cuánta razón! Pero el misionero era muy capaz de pasar a continuación al problema planteado por la duquesa de Berry, y de este problema, a los consejos velados sobre política exterior. De ello se jacta, y al parecer el rey le respondió: "Usted ve las cosas como un poeta."
Tras de lo cual, terminada la audiencia, el poeta salió a reculones y en la escalera, al encontrarse con Oudard, que le preguntó acerca del resultado de la entrevista, dijo:
—Ayer estábamos medio peleados.
—¿Y hoy?
—Por completo.
—¡Aturdido! —murmuró Oudard al despedirse.
Dumas, de regreso a su casa, encontró en el puente de las Tullerías a Bixio, el estudiante de medicina que conoció en una barricada. Bixio vestía el uniforme de artillero. ¿Existía, pues, la artillería en la guardia nacional? Ciertamente, y compuesta de buenos amigos republicanos, Cavaignac, Etienne Arago, Bastide, Barthélemy-Saint-Hilaire, Raspail... Dumas quiso también formar parte. Pero, ¿y sus funciones junto al rey? ¡Muy sencillo! Tan pronto como regresó a su casa redactó su dimisión en los siguientes términos:

Señor:
Como mis opiniones políticas no están en armonía con las que Vuestra Majestad tiene el derecho a exigir de las personas que componen su casa, ruego a Vuestra Majestad que acepte mi dimisión del puesto de bibliotecario.
Tengo el honor de quedar, con respeto, etc.

Como esta carta no llegó, al parecer, a manos del rey, Dumas tuvo que dimitir por segunda vez en otra carta fechada el 15 de febrero, publicada en los periódicos, y que se encuentra repetida en el prefacio de Napoleón Bonaparte. Esta última está redactada de un modo ostentoso y algo petulante: ¡el autor tenía veintiocho años!
Bixio le había prometido que sería incorporado a la 4a batería, que era la suya. Así, pues, el 1° de enero de 1831 Alejandro Dumas fue elegido por los artilleros capitán segundo de la mencionada batería. Sus galones, hombreras y su cordón de forrajera eran de lana; se las hizo de oro. El 27 dirigió la instrucción investido de las insignias de su nuevo grado. Se hacía instrucción tres veces por semana, de las seis a las diez de la mañana, en el patio cuadrado del Louvre, y ejercicios de tiro en Vincennes dos veces por mes. Las "ausencias", sin embargo, eran frecuentes, aunque había cierto riesgo: la condesa Dash acompañó una tarde a Ida Ferrier al Hôtel des Haricots, donde Dumas purgaba una pena de cuatro días...
La artillería de la guardia nacional había decidido realizar una visita oficial a las Tullerías el 1º de enero de 1831, a las nueve de la mañana. Llegó el primer día del año a tiempo, como siempre, pero Alejandro Dumas con retraso, como de costumbre. Al entrar se sorprendió: en el patio, en la escalera principal, en los primeros salones ¡ni un solo artillero! El rey, al ver entrar en el gran salón de recepción al nuevo capitán segundo, resplandeciente en su flamante uniforme, le dijo maliciosamente:
—¡Ah! Buenos días, Dumas, ¡es usted inconfundible!
El asombro del retrasado creció. En torno a él, sus camaradas, todos sin uniforme, parecían aterrados o reían. Uno de ellos le hizo notar que se había presentado en "uniforme de diez sueldos" y que, ¡demostraba un gran aplomo! ¿De diez sueldos? No: de "disuelto". En efecto, el rey acababa de disolver por decreto, en la noche, la artillería de la guardia nacional, a causa de su espíritu revolucionario. ¿Dumas no lo había leído en el Moniteur? Enterado, rabió interiormente. Se habló mucho del incidente; los unos lo creían una broma de mal gusto; los otros, un acto heroico.
Diez días después se representaba por primera vez Napoleón Bonaparte, obra que Harel le había arrancado para el Odeón a su regreso de la misión, encerrándolo durante ocho días en el más cómodo de los cuartos, con todos los libros necesarios: se llegó al extremo de traer al pequeño Alejandro a comer con su padre para que éste no tuviera que salir, y se envió un brazalete a Bell Krebsamer... "No era buena [la pieza], ¡ni con mucho!", confesó Dumas, pero el título de la obra le aseguraba un éxito de circunstancias. Harel gastó cien mil francos en montar el escenario, y Frédérick Lemaître, aunque en sus comienzos, era ya magnífico. Con este drama, la ruptura con el régimen se hacía pública; el autor lo dió a entender claramente en el preámbulo. Detalle divertido (hoy): fue necesario escoltar todas las noches por la guardia del teatro al actor que hacía el papel de Hudson Lowe, con objeto de que no fuera lapidado. El odio a los ingleses, tanto en Dumas como en el pueblo de París, superaba su rencor contra Napoleón. Más tarde, en una de sus novelas, definió a Santa Elena como "el pedestal donde Inglaterra levantó el monumento de su propia vergüenza" y llamó a los ingleses "esos eternos envidiosos de Francia".
En junio de 1832 se realizaron las exequias del general Lamarque. Dumas, que se interesaba en los motines de Grenoble, de inspiración republicana, temía al mismo tiempo lo que pudiera surgir de las maquinaciones de la duquesa de Berry en Loira Inferior, en Morbihan y en Vandea. El general, que sentía amistad por él en recuerdo de su padre, al igual que Foy y La Fayette, le mandó llamar a su regreso de Vandea, pues el nuevo Gobierno le había encargado de una misión en esa misma provincia; pero fue de corta duración, pues le ordenaron regresar cuando apenas acababa de salir: Y sin embargo, si existía una amenaza en Vandea, ¿ quién mejor que Lamarque para aplastarla en su huevo? Pero Dumas acusaba a Luis Felipe de desear una insurrección en el Oeste, para utilizarla como pretexto en su negativa de ayuda a Bélgica, a Italia y a Polonia. ¡Esta política de las nacionalidades! Dumas fue un apasionado de su vacuidad. Constituía el lado quimérico de su actitud política. Por otra parte, este republicano ardía de un patriotismo henchido de gloria, y Napoleón, en Santa Elena, había nombrado mariscal a Lamarque. Sus pensamientos estaban llenos de este cercano pasado cuando, muerto Lamarque, la familia le designó comisario en los funerales y le encargó de que la artillería ocupase el lugar que le correspondía detrás de la carroza fúnebre.
Era el 5 de junio. El partido republicano y sus aliados, las sociedades secretas, tenían la convicción de que el Gobierno preparaba un motín: estaban decididos a contestar a cualquier provocación y Dumas quedó convencido de que habría batalla. Afortunadamente, no quisieron tomar la iniciativa. La Fayette, Laffitte, Chatelain (del Courrier français), el general Pellet, Mauguin (del Gobierno provisional de 1830) sostenían las esquinas de la bandera, La Fayette apoyado en el brazo de un hombre del pueblo condecorado en Julio: estas disposiciones no eran muy tranquilizadoras en un París repleto de tropas. El cortejo de los diputados, de los proscritos de todos los países, de los artilleros con las carabinas cargadas, de los guardias nacionales con sus resplandecientes sables, de las corporaciones obreras y de cincuenta mil ciudadanos se puso en movimiento bajo la lluvia con ruido atronador. Dumas, en uniforme de teniente de artillería, marchaba al flanco de los artilleros, con una banda tricolor franjeada de oro en el brazo izquierdo y el sable en la mano derecha. De cuando en cuando un hombre se separaba de la multitud y venía a estrecharle la mano izquierda al tiempo que le decía: "¡La artillería puede estar tranquila, nosotros estamos aquí!" ¡Tranquilizar a la artillería! ¿Era, pues, una época bendita? Pero ya se conocen las espantosas horas de junio, la sangre derramada en los bulevares, las cargas, las barricadas...
Las jornadas revolucionarias, vistas y comentadas por Dumas, no carecen en ningún momento de detalles placenteros, fijados como pluma en sombrero, sobre el espectáculo general, por muy triste y sangriento que haya sido. ¿Por qué asombrarse de que haya interrumpido su marcha marcial, gloriosa y algo provocativa, para engullir un guiso de pescado a la marinera en compañía de dos artilleros en el Gros Marronniers, cerca del puente de Austerlitz? Es necesario decir que continuaba débil a resultas de un ataque de cólera y que estuvo a punto de desvanecerse al entrar en el restaurante. Así que al salir de allí abandonó la manifestación y regresó al centro de París. En los alrededores de la Porte Saint-Martin le dispararon un tiro, se metió en el teatro muy a tiempo, y lo salvó de la muerte el ordenar el reparto de los fusiles de Napoleón en Schoenbrunn a un grupo de insurrectos que exigía armas. De este modo a los accesorios almacenados en el teatro les cupo parte del honor de la jornada... Tras de lo cual, el valiente accedió a los ruegos de Mlle. George y de Harel y cambió por un traje de civil el uniforme que tanto apreciaba, pero que estos dos pacifistas encontraban comprometedor para la casa. No trataron de retenerle cuando decidió ir en una carrera a casa de Laffitte. Allí asistió a un "torneo oratorio" y, a continuación, "ardiendo de fiebre", se encaminó a su casa, pero se desvaneció entre el primero y el segundo piso. Al día siguiente, al levantarse para ir en busca de noticias, su reportero le informó que lo habían encontrado sin conocimiento en la escalera.
Se encontró con Etienne Arago y lo acompañó al National, donde halló a François y al astrónomo Savary. Todos se quejaban decepcionados: no se había estado a la altura del París popular y, al parecer, todo había terminado, todo estaba perdido.
—¡No —exclamó un hombre del pueblo que había escuchado la conversación— , pues todavía se escucha el rebato de la iglesia Saint-Merry y, mientras el enfermo agoniza, es que no ha muerto!
La frase impresionó a Dumas, quien la anotó en sus Memorias. Se comprende, era de un gran efecto teatral... ¿Quién era el enfermo que se empeñaba en vivir? Si se trataba del pueblo, había recibido duros golpes. El relato de un niño de 14 años sobre los sucesos de la barricada Saint-Merry (escrito a los 17 años y enviado a Dumas) es terrible. ¡Cuán real es el Gavroche de Los miserables! Demasiados niños han estado mezclados siempre a los motines. Este vio cosas atroces.
El 9 de julio, Dumas leyó en un periódico legitimista que había sido detenido con las armas en la mano, juzgado militarmente durante la noche, y fusilado a las tres de la madrugada. Su adversario le felicitaba por haber afrontado la muerte con gran valor. "Lo primero que hice fue palparme", contó; y como el diario lamentaba la pérdida de una bella esperanza literaria, envió al redactor una carta expresando su agradecimiento. Él, por su parte, recibió de Nodier la nota siguiente:

Mi querido Alejandro:
Acabo de leer en un periódico que usted ha sido fusilado el 6 de junio a las tres de la madrugada. Tenga la bondad de comunicarme si eso le impedirá venir a comer mañana al Arsenal con Dauzats, Taylor, Bixio, en fin, los amigos de costumbre.
Su buen amigo, que estará encantado en la misma ocasión de pedirle noticias del otro mundo.

Dumas, al igual que el pueblo, no había muerto, continuaba agonizando. Pero en cambio estaba amenazado de arresto, como le informó un ayuda de campo del rey. Se le aconsejó, pues, ir a pasar uno o dos meses al extranjero. Como su médico le dió el mismo consejo, por diferentes razones, preparó apresuradamente su viaje a Suiza. Se verá que en más de una ocasión, para Dumas, todo termina, no en canciones, sino en viajes. Se verá también cuán fructuoso le ha sido el remedio y el magnífico partido que supo sacarle.
Alejandro Dumas ha pastado siempre en campos cercanos a la política. Hablar de sus ideas sería exagerado; pero sus tendencias, sus tradiciones, su imaginación y sus humores han compuesto un conjunto lo bastante curioso para que entren deseos de un rápido examen.
Republicano, cierto, pero hostil a toda una secuela del republicanismo, Dumas no perdonó a Luis Felipe el haber borrado los blasones de sus carruajes. ¿Es ésa la manera en que debían salir las flores de lis de la Casa de Francisco? Republicano, pero también francés y poeta, comprendía y defendía, según dijo, y dijo bien, "que Francia, aún la Francia democrática, no databa de 1789, y que los hombres del siglo XIX habían recibido una inmensa herencia de gloria que debían conservar", y que las flores de lis habían ondeado en banderas gloriosas. No se comprende cómo en una de sus piezas, El hijo del emigrado, reprochó a la nobleza tantas ignominias, ya que en el resto de su obra parece haber emprendido la tarea de "engrandecer nuestra vieja nobleza en lugar de degradarla". ¡Y cómo! Él "la amarró a su caballo de batalla, muerta, pero aún de pie, para que los enemigos la creyesen todavía viva". Y eso, a pesar de sus opiniones "casi republicanas". Estas expresiones proceden de una carta sin fecha que escribió a un amigo, y aunque algo posterior, corresponde a este lugar, por lo menos en lo que respecta al párrafo en que Dumas se queja de los ataques inconvenientes contra la nobleza (¡se ha olvidado de los suyos!) y se complace en achacar la culpa "a los que reinan".

...Han degradado a Francia como solía hacerse con un caballero traidor o vencido, le han arrancado las armas pieza a pieza, para arrojarlas a los ladradores de la jauría; han borrado su blasón, el más viejo, el más noble, y el más bello de todos, para poner en su lugar un libro de notario o un registro de banquero, en fin, no sé qué clase de cartel, cuando, acuartelándolo en cruz, podían haber reunido en él el gallo de los antiguos Brennes, las abejas de Carlomagno, las flores de lis de San Luis y el águila de Napoleón. Qué quiere usted, mi querido Auffray, todo desaparece, y los mismos Borbones, esa bella raza de águilas, ¿no ha terminado por parecerse al loro?

Encierra mucha verdad este comentario de uno de sus biógrafos, G. Ferry: que Dumas salió siempre en defensa de las causas perdidas y de las víctimas de la historia, lo mismo de los condenados de la Gironda y los proscritos del 18 fructidor que de María Estuardo en Fotheringay; y esto concuerda con su respeto por el pasado, no porque es el pasado, sino por los valores humanos que ese pasado representa y que Dumas no admite que sean sacrificados a la demagogia. Republicano, pero no demagogo. Más tarde se le vería, en su revista Le Mois, combatir como demagógicas las doctrinas de Ledru-Rollin.
¿No es curioso seguir con él, en su José Balsamo, a Jean Jacques Rousseau, que ha salido de una reunión en la que el joven Marat había dado muestras de mucha soberbia y odio, y se interroga acerca de su obra? "He sembrado —le hace murmurar Dumas— discursos sobre la desigualdad de las condiciones, los proyectos de fraternidad universal, los planes de educación, y he ahí que cosecho orgullos tan feroces que invierten el sentido de la sociedad. ¡Oh, soy un gran culpable!"
Dumas desconfiaba de la plebe. Guardaba un mal recuerdo de los motines de febrero de 1831, del saqueo de Saint-Germain-l'Auxerrois y del Arzobispado por el populacho furioso. El terror formaba parte de los recuerdos desagradables que le dejaba la historia. Ya en febrero de 1829, en uno de sus poemas de Psique, "Reichenau", que tiene versos melancólicos y dulces,

Il est aux maux passés une douceur secrète Que dans les maux présents on ne comprenait pas

(Hay en los males pasados una dulzura secreta, incomprensible en los que eran males presentes...)

Evocaba los lugares de destierro que el expatriado (en este caso el futuro Luis Felipe) quiere volver a ver una vez que ha regresado a su país.

Surtout s'il a quitté cette terne natale
Quand chaque heure d'un homme était l'heure fatale,
Quand d'un peuple insensé s'agitait la fureur,
Pour ne point prendre part a de hideuses fêtes,
Pour ne point applaudir é la chute des têtes
Dont on saluait la Terreur.

(Sobre todo si ha salido de esa tierra natal
cuando cada hora de un hombre era la hora fatal,
cuando un pueblo insensato se agitaba en furor,
para no tomar parte en las horribles fierezas,
para no aplaudir la caída de las cabezas
con que se saludaba el Terror.)

Después de 1850, en Angel Pitou, donde representó el vano esfuerzo de algunos valientes para impedir al pueblo, que acababa de tomar la Bastilla, que deshonrase su victoria con el asesinato —la multitud exigía cabezas con alaridos—, Dumas escribió esta página, discutible, pero interesante, de psicología colectiva:
El combate, por lo general, transforma a los hombres en luchadores implacables sólo mientras dura. Casi siempre, los que salen del fuego donde acaban de arriesgar su propia vida, están llenos de mansedumbre
para con sus enemigos. Pero, en las grandes revueltas populares, que tan frecuentes han sido en Francia desde la Jacquerie hasta nuestros días, las masas que el miedo ha mantenido lejos del combate y a las que el ruido ha irritado, las masas, a la vez cobardes y feroces, buscan, después de la victoria, tomar parte en el combate que antes no se atrevieron a afrontar, y participan en la venganza.
En resumen, este individualista amaba al individuo que sale del pueblo, pero aborrecía a la multitud. Y extendía este aborrecimiento hasta a la multitud política, hasta al pueblo electoral —burgueses al frente— , porque se cansa demasiado pronto de las evocaciones a Arístides el Justo, porque obedece a impulsos irreflexivos, porque está siempre dispuesto a creerse traicionado y a denunciar como traidores a aquellos que los ambiciosos o fanáticos le señalan. Esto se desprende claramente de las novelas de Dumas sobre la época revolucionaria, así como en el bello primer capítulo de El tulipán negro (que es en parte de Maquet, pero que Dumas aceptó). Hacia esa misma época, poco más o menos, o sea hacia 1850, se observa la misma disposición de espíritu en La mujer del collar de terciopelo, particularmente en el capítulo X, donde ridiculiza la gran obra de los "patriotas" del 93: "Fue la época en que los franceses eran más ignorantes, pero cuando más escribieron. A todos los nuevos funcionarios les parecía conveniente abandonar sus ocupaciones domésticas o plásticas para ir a firmar pasaportes, establecer filiaciones, conceder refrendos, dar recomendaciones y hacer, en una palabra, todo lo que concierne al estado de patriota." Del capítulo XI, el sólo título dice bastante: De cómo los museos y las bibliotecas (de París) estaban cerrados, pero en cambio la plaza de la Revolución estaba abierta, abierta a las carretas que llevaban a la guillotina a mujeres, ancianos y hasta niños.
Dumas lamentaba cada vez más la destrucción de la sociedad cortesana; la que se erigía sobre estos fundamentos en triángulo: libertad, igualdad, fraternidad, no le satisfacía. El prefacio que puso a Mil y un fantasmas es, a este respecto, en extremo revelador:

...Todos los días dábamos un paso hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad, tres grandes palabras que la Revolución del 93, ustedes saben, la otra, la viuda heredera, lanzó en medio de la sociedad moderna, como hubiera podido hacerlo con un tigre, un león y un oso disfrazados con piel de oveja; palabras vacías, desgraciadamente, y que se podían leer a través del humo de junio sobre nuestros monumentos públicos acribillados de balas.
Yo hago como todos; yo sigo el movimiento, Dios me guarde de predicar la inmovilidad. La inmovilidad es la muerte. Pero hago como uno de esos hombres de que habla Dante, cuyos pies marchan hacia delante —es verdad—, pero cuya cabeza está vuelta hacia los talones.
Y lo que busco sobre todo, lo que lamento más que nada, lo que mi mirada retrospectiva busca en el pasado, es la sociedad que se va, que se evapora, que desaparece...
Esta sociedad que hacía la vida elegante, cortés, la vida que valía la pena ser vivida, esta sociedad ¿ha muerto o la hemos matado?

Alejandro Dumas ha pasado la segunda mitad de su vida echando de menos la cortesía, y con apasionamiento sincero se ha dedicado a "resucitar las sociedades extintas, los hombres desaparecidos, aquellos que olían a ámbar en lugar de oler a tabaco, aquellos que cruzaban las espadas en lugar de cambiar puñetazos".
No era más realista que el rey, puesto que era —"casi"— republicano, pero ¡qué aristócrata! "Perteneciendo yo mismo a una antigua familia, cuyo nombre no llevo a consecuencia de una serie de extrañas circunstancias...", escribía al amigo de Auffray. Se le ve volverse hacia sus antepasados por medio de un enorme rodeo, por un deseo perdurable de exaltar el carácter francés, y también, es necesario decirlo, por su prodigiosa despreocupación de las contradicciones.
En efecto, su nostalgia de la sociedad cortesana no le impidió formular en esos mismos años, en una página de sus Memorias, el principio que precisamente destruye las sociedades para renovarlas y que es, tal vez, un principio necesario a la humanidad como la respiración lo es al hombre: "No recuerdo qué filósofo decía que si tuviese la mano derecha llena de verdades, se la encerraría en un círculo de hierro por temor a que se abriese en un momento de distracción y las verdades se escapasen: ¡yo abriría las dos manos y daría impulso a la verdad con todo el poder de mi aliento!"
Lo que, por otra parte, era una jactancia, pues en esta clase de generosidades se veía contenido por muchas cosas, sobre todo por una duda mezclada con vagas disposiciones religiosas. Siempre nos vemos obligados a volver al extraño cerebro de Dumas.
Educado por su piadosa madre, a la que ayudaba un excelente sacerdote, siempre conservó en su espíritu cierto matiz religioso. No podía entrar en una iglesia sin tomar agua bendita, ni pasar ante un crucifijo sin hacer la señal de la cruz. Uno de sus poemas, "La Gran Cartuja", publicado en los Annales romantiques en 1835, y que no desluciría, por otra parte, en una antología de la poesía romántica, es bastante revelador sobre su estado de alma a los treinta y dos o treinta y tres años. En él se dirige a un padre:

Je suis ce voyageur criant a vous dans l'ombre,
Je suis parti d'en bas sans savoir mon chemin.
Le chemin aù je marche est étroit, la nuit sombre,
Eclairez-moi, mon Père, et donnez-moi la main.

Comme vous, mais chargé d'un différent message,
J'ai gris le monde en haine y jeune l'ai quitté;
Et nous avons toas deux tenté même voyage,
Vous cherchant la lumiêre et moi la vèrité.

Vous, vous êtes monté par les routes anides,
Moi, j'ai pris les chemins où je voyais des fleurs.
Votre front s'est couvert de sueurs et de rides,
Mais vous avez atteint le premier les hauteurs.

¡Oh! mon Pire, aides-moi de votre experience;
Dites-moi si, pour lire au livre écrit par Dieu,
Il faut prendre un flambeau des mains de la science
Ou suivre aveuglément la colonne de feu.

Voyant que l'homme court veis une voie amère,
La religion pleure et le retient... Hélas!
Il la repousse ainsi que, repoussant sa mère,
L'enfant devenu fort écarte ses deux bras.

Maintenant tout est là, que votre voix réponde,
¿Croyez-vous (car pour moi je ne fais que douter)
Que la religion soit l'âme de ce monde
Et que sans son principe il ne puisse exister?

Ou que, pareil au fils qui reçoit de ses pires
Le manoir qui les vit heureux et triomphants,
Mais qui sent que le temps en a disjoint les pierres
Et tremble qu'il ne puisse abriter ses enfants;

Quoiqu'un vieux souvenir, qu'il honore et qu'il aime,
Prête aux murs une voix qui l'implore pour eux,
Sous le marteau prudent ils tombent et lui-même
II en disperse au loin débris dangereux.

Dites-moi, croyez-vous que semblable à ce maître,
Le monde renversant lui-même sa maison
Veuille tout démolir, afin de tout remettre
Au creuset épuré de l'humaine raison?

Et quand il jette au gouffre, afin qu'il l'engloutisse,
L'autel avec le Dieu, le trône avec le Roi,
Dites-moi, croyez-vous que la liberté puisse
Réédifier tout, avec un mot... LA LOI?

·························

(Yo soy ese viajero que os llama en la sombra,
he salido de abajo sin conocer mi camino.
El camino que sigo es estrecho y la noche sombría;
iluminadme, Padre, y dadme la mano.

Como vos, pero llevando diferente mensaje,
llegué a odiar este mundo y aún joven lo abandoné;
y los dos hemos intentado el mismo viaje,
vos en busca de la luz y yo de la verdad.

Vos subisteis por las rutas áridas,
yo tomé los caminos en que veía flores.
Vuestra frente se ha cubierto de sudor y arrugas,
pero fuisteis el primero en alcanzar las alturas.

¡Oh! Padre mío, ayudadme con vuestra experiencia;
decidme si, para leer en el libro escrito por Dios,
es necesario tomar la antorcha de las manos de la ciencia
o seguir ciegamente la columna de fuego.

Al ver que el hombre corre hacia un camino amargo,
la religión llora y le retiene... pero, ¡ay!,
él la rechaza, al igual que hace con su madre,
el niño que, ya fuerte, aparta sus dos brazos.

Ahora todo está dicho, que vuestra voz responda.
¿Creéis vos (pues en mí la duda es constante)
que la religión es el alma de este mundo
y que sin ese principio no es posible su existencia?

O que, parecido al hijo que recibe de sus padres
la mansión que les vio felices y triunfantes,
pero que comprende que el tiempo ha desunido las piedras
y tiembla ante al temor de que no pueda abrigar a sus hijos;

aunque un viejo recuerdo que respeta y ama
presta a los muros una voz que implora por ellos,
los hace caer bajo el martillo prudente y él mismo
dispersa a lo lejos los restos peligrosos.

Decidme, ¿creéis vos que, parecido a ese dueño,
el mundo al transformar su morada
quiera todo derruir, a fin de erigir de nuevo
en el crisol depurado de la razón humana?

Y al lanzar al abismo para que éste se lo trague
el altar con Dios, el trono con el Rey,
decidme, ¿creéis vos que la libertad pueda
reedificar todo, con una palabra ... LA LEY?

A los cincuenta y dos años nos sorprende con repentina profesión de fe. El drama La conciencia aparece dedicado a Víctor Hugo en estos términos: "Es a usted, mi querido Hugo, a quien dedico mi drama de La conciencia. Recíbalo como testimonio de una amistad que ha sobrevivido al destierro y que sobrevivirá, según espero, a la misma muerte. Creo en la inmortalidad del alma." La respuesta de Hugo se encuentra en una pieza de Las contemplaciones.

No he olvidado el muelle de Amberes, amigo...

Pero, pasemos otros diez años: todo ha cambiado. Por lo menos eso es lo que afirma su secretario del momento, Benjamín Pifteau,
quien resulta exacto y verídico en otras cuestiones y que, en ésta, se muestra muy preciso. Pifteau pretende haberle oído decir un día en la mesa, en contestación a un convidado que hablaba del alma y de una segunda vida:
—¡El alma! ¡Una segunda vida! No creo en ello, pues una segunda vida es inútil.
—¿Por qué?
—Porque nosotros no nos acordaríamos de la primera. Así, pues, ¿qué me importa vivir dos veces, o cien veces, y para qué me sirve, si no tengo recuerdo de mis anteriores existencias y si no hay la menor relación, ningún lazo, entre una y otra, es decir, si no vuelvo a encontrar a los que he conocido y amado?
Este espiritualista con eclipses, que fue siempre supersticioso, iba a que le dijesen la buenaventura, creía en el mal de ojo y llevaba, al igual que muchos italianos, un pequeño cuerno en la cadena de su reloj, para conjurarlo. Todos los sacerdotes se convirtieron para él en jettatori. Una mañana, paseando por los alrededores de París, Pifteau y él tropezaron con uno que les había precedido en la subida al vagón. Dumas se empeña en bajarse, pero se cierran las puertas y el tren se pone en marcha. "¡Vamos —dijo con un suspiro y mirando con afectación al asombrado sacerdote (pero sin perder por ello la ocasión de realizar un juego de palabras)—, tendremos suerte si no hay más tropiezos!" El magnetismo le obsesionaba: ¿Había que creer en ello, o no? De joven magnetizaba a sus amantes y Pifteau le ha visto, ya viejo, hacer pases con gran solemnidad, sobre todo si encontraba para sujeto de experimentación a una bonita muchacha... Todo eso huele fuertemente a herejía. ¿Cómo no detenerse ante una frase sorprendente en su retrato de Nodier, que, sin embargo, fue trazado cuando no tenía más que cuarenta y tres años? Dumas acababa de anotar que su amigo, buen católico, se ha confesado en el momento de morir. Y añade: "Pobre Nodier, debía de tener muchos pecados en su vida, pero con toda seguridad ni una sola falta." Pecados sí, pero ni una falta. La frase es profunda. Y es de consecuencia, ya que presupone una moral, racional o no, pero de hombre honrado, y que él opone a la moral cristiana. Ni pecado de Nodier, ni pecado original. Tampoco un optimismo sistemático a lo Rousseau, sino una confianza natural e inagotable en la vida.
Parece poco probable que Alejandro Dumas fuese masón. En ninguna parte se han encontrado huellas de su presencia en una logia, ni de su iniciación. Côte-Darly subraya, además, que las páginas consagradas a la participación de las sociedades secretas en la génesis revolucionaria, y que sirven de introducción a las Memorias sobre José Garibaldi, demuestran una ignorancia total en materia masónica.
Los actos masónicos ocupan un lugar importante en José Balsamo y en Los mohicanos de París, pero indudablemente el novelista los describe y pinta "en turista".
Ahora, dejemos dormir la política de Alejandro Dumas hasta 1848, no sin antes repetir que la misma tiene, aunque de manera honrada e ingenua, varias caras. ¿Acaso no se lee en un rincón de las Memorias un ditirambo en honor de los "Titanes del 93 y 94, vosotros —dice nuestro hombre— que desde la escalada cima del Olimpo monárquico habéis mulminado a Europa"?

Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)