Alejandro Dumas, cada vez que iba a un hotel en Marsella, tenía empeño en mostrar a los marselleses su habilidad culinaria. Vestido de blanco bajo un sombrero de paja, salía al puerto, compraba pescado y mariscos, volvía con su carga, iba a la cocina, se ponía en mangas de camisa y confeccionaba una suntuosa bullabesa.
Un día oyó que un marsellés le preguntaba:
—¿Es verdad, señor Dumas, que Dantès sabía también hacer la bullabesa?
—¡Pardiez!, es él quien me la ha enseñado.
Cuando puso en escena la novela de Edmundo Dantès, para el Teatro Histórico, escribió a Marsella que le enviaran un dibujo del castillo de If y darlo al decorador. El pintor al que fue pedido le envió el dibujo, pero había escrito debajo: "Vista del castillo de If en el lugar donde Dantès fue precipitado al mar". No nos extrañemos, pues, que en Marsella hayan mostrado durante mucho tiempo los calabozos de Dantès y de Faria, así como la casa Morrel y la de Mercedes en la playa de los Catalanes.
Después de tantos personajes históricos, metamorfoseados en personajes legendarios, éstos pueden transformarse a su vez en personajes históricos.
Hemos notado que, para componer sus ficciones, el novelista procuraba siempre ver de cerca la realidad. "Hay una cosa —ha dicho— que no sé hacer; es un libro o un drama sobre localidades que no haya visto. Para escribir Cristina fui a Fontainebleau; para Enrique III, fui a Blois; para los Mosqueteros, fui a Boulogne y a Béthune; para Montecristo, volví a ir a la playa de los Catalanes y al castillo de If."
Había hecho incluso más, antes de pensar a esa nueva novela. Esto data de su excursión con el príncipe Napoleón en la primavera de 1842, desde Livourne. Cuando después de una tormenta y varias horas de peligro abordaron la isla de Elba y la recorrieron en todos los sentidos, les tentó una cacería en la isla Pianoza. Desde allí descubrieron una roca en forma de pan de azúcar que se elevaba a doscientos o trescientos metros sobre el nivel del mar.
—¡Oh! Excelente —dijo un hombre, que les había prestado un perro—, si fuesen allá harían una cacería magnífica.
—¿Qué hay, pues, allá?
—Cabras salvajes por manadas.
—¿Y cómo se llama esa isla aventurada?
—Se llama la isla de Montecristo.
Pero la isla estaba en cuarentena; se contentaron, pues, con rodearla.
—¿Para qué nos serviría? —preguntó el compañero de Dumas.
—Para dar, en recuerdo de este viaje que tengo el honor de efectuar con usted, el título de La isla de Montecristo a una novela que escribiré más tarde.
—Demos la vuelta a la isla y envíeme el primer ejemplar de su novela.
Al año siguiente, de regreso a Francia, Dumas trató con un editor hacer ocho volúmenes de Impresiones de viaje en París (Puerta del Trono, puerta de Italia, puerta del Maine, puerta de l'Etoile). Había empezado a escribirlos cuando el editor le hizo saber que deseaba otra cosa que un paseo de historia y arqueología; deseaba una novela, donde las "impresiones" pasarían en el detalle de la obra. "He ahí lo que podía prosperar en una cabeza exasperada por el éxito de Eugenio Sué", decía Dumas. Poniéndose, pues, a la búsqueda de una intriga, se acordó de haber leído algo en las Memoires de J. Peuchet, sacadas de los archivos de la policía de París, desde Luis XIV hasta nuestros días, seis volúmenes publicados por Bourmance en 1838. A través de un fárrago de lectura se detuvo ante una anécdota, "El diamante y la venganza", y había adivinado la existencia de "una perla en el fondo de esa ostra". A ella se refirió como un norte.
En realidad, Peuchet ha dado más materia que lo que dice Dumas; veamos si no el relato que cuenta y que empieza en 1807. Un obrero zapatero de París, Francisco Picaud, a punto de casarse con una hermosa joven de la que estaba perdidamente enamorado, fue a ver a uno de sus amigos, tabernero, de nombre Mathieu Loupian y, como él, de Nimes. Lo encontró en compañía de tres vecinos, todos ellos del Gard. Loupian, de natural celoso, ulcerado por la alegría con la cual el joven les había anunciado sus proyectos, hizo la apuesta, en cuanto estuvo solo con sus tres compañeros, de que la boda sería aplazada.
—El comisario vendrá —les dijo—, yo simularé sospechar que Picaud es un agente de Inglaterra. Al interrogarlo cogerá miedo, y por lo menos será un aplazamiento de ocho días.
El informe del comisario llegó al duque de Rovigo, el asunto se ligaba a la efervescencia vandeana, y la policía detuvo secretamente al pobre joven denunciado, que por ello pasó siete años en la cárcel.
Cuando salió, envejecido por el dolor, bajo el nombre de José Lucher, se colocó como doméstico en casa de un eclesiástico milanés que había estado preso también por razones políticas. Este llegó a tratarlo como un verdadero hijo, y lo nombró su heredero universal. Noble, con una gran fortuna, le legó a su muerte, no solamente varios millones, sino también el secreto de un tesoro de diamantes y monedas de todos los países. Y ahí tenemos, al pobre, rico de once o doce millones de oro. Además, el buen eclesiástico lo formó e instruyó. Lucher fue a Roma, después a Holanda y a Inglaterra, a fin de recoger su fortuna: llegado a París, explora el barrio de su denunciante —distrito de la Place Sainte Opportune— y reunió una información. Sabiendo que uno de los compadres del tabernero habitaba en Nimes, se dirigió a esa ciudad, donde disfrazado de cura (abate Baldini) y con el ofrecimiento de un diamante hizo declarar al hombre, Antonio Allut, el nombre de los que habían sido los causantes de la desgracia del zapatero Picaud. Poco después, la serie de ejecuciones empezó: Chaubard, apuñalado en el puente de Arts; el puñal llevaba escrito en el mango Número uno; Loupian, arruinado y muerto a su vez, obligado a casar su hija con un forzado.
Pero una vez liquidado el tercer cómplice, Allut traiciona al justiciero, se apodera de él, lo secuestra, le hace pasar hambre, le obliga costearse el pan y el agua, y termina por asesinarlo.
¿En qué momento Dumas arrambló con esta extraordinaria historia en las Memorias de Peuchet? El cuenta en sus Causeries (charlas) que en un principio había establecido el plan de la intriga de la siguiente manera: "Un señor muy rico, que vivía en Roma y se llamaba conde de Montecristo, haría un gran favor a un joven viajero francés, en cambio de lo cual le rogaría le sirviera de guía cuando a su vez viniera a visitar París. Su visita a París tendría por apariencia la curiosidad, por realidad la venganza, puesto que enemigos escondidos lo habían hecho condenar en su juventud a un injusto encarcelamiento de diez años. Su fortuna daría inmensos medios a la empresa. De ello un volumen, que explicase las aventuras de Albert de Montcerf y de Franz d'Epinay en Roma, hasta la llegada del conde a París." Pero llegado a este punto, Dumas ha debido hablar de la obra con su colaborador y amigo Auguste Maquet, y éste le ha dicho:
—Yo creo que usted pasa por encima del período más interesante de su héroe, es decir, por encima de sus amores, de la traición de sus amigos y por encima de sus diez años de cárcel.
Cena, conversación de los dos escritores, plan de cinco volúmenes: exposición, prisión, evasión, recompensa de la familia Morrel y el resto de la trama casi urdida. Y he ahí, concluye Dumas, "cómo El conde de Montecristo, empezado por mí como impresiones de viaje,se convirtió poco a poco en novela y se encontró terminado en colaboración por Maquet y yo".
Ese "estado civil" de El conde de Montecristo" no es de los más claros. Más claro estará si imaginamos a Dumas metido en sus impresiones de viaje, salvado por Marquet, esa rata de biblioteca que con toda seguridad se lanzó en 1838 sobre las Memorias de Peuchet, y que conocía, con toda seguridad, la anécdota policíaca, no teniendo entonces más que inventar la casa Morrel, "lanzar" los capítulos amorosos, de la traición, de la prisión (inspirándose de las Prisiones de Silvio Pellico), de la evasión, etc.
Los dumasianos se han preocupado muy poco del abate Faria, y, sin embargo, ha existido un abate Faria que presenta bastante parentesco con el de Dumas para que podamos pensar si Dumas no lo conocía ya. Un portugués de ese nombre, nacido en Goa, y que hizo en Lisboa una carrera eclesiástica y teológica, vino a Francia a los treinta y dos años, para tomar parte activa y armada en la caída de la Convención. Ese curioso cura, cristiano y sabio, se puso a estudiar el magnetismo en un París que no había olvidado a Mesmer y que se apasionaba por varios casos de sonambulismo. Al mismo tiempo, frecuentaba la sociedad. Chateaubriand, que lo encontró en una cena en casa de madame de Custine, habla de él en las Memorias de ultratumba como de un fenómeno conocido. Profesor de filosofía en el Instituto de Marsella durante un año, después en el de Nimes, de vuelta a París en 1813, Faria abrió un curso libre en un centro de conferencias de la calle Clichy, sobre el "sueño lúcido". Se reveló como el iniciador de la doctrina de la sugestión, verdadero padre de la Escuela de Nancy: Brown-Séquart, Gilles de la Tourette, Pitres, le han rendido justicia. Pero hasta su muerte en 1819 se burlaron de él, los caricaturistas hicieron mofa de su cara; Etienne de Jouy, l'Hermite de la Chaussée d'Antin, lo abrumaron; una obra, la Magnetismomanía, lo destrozó bajo la risa general. Fue durante mucho tiempo el hazmerreir de la prensa.
Acaso se puede concebir que Dumas, habiéndose interesado de cerca por el sonambulismo, que ha organizado sesiones de experiencias hipnóticas en su chalet de Montecristo, haya ignorado ese original cuyos avatares habían dejado un eco de su ruido en la literatura, ese antiguo estudiante romano, ese miembro de la Sociedad Médica de Marsella, ese poseedor de un tesoro doctrinal, ese cristiano apasionado por las ciencias, ese viejo muerto de apoplejía. El doctor Dalgado ve en esa vida y la del héroe dumasiano algunas concordancias inquietantes.
Las excursiones a las fuentes tienen, sin lugar a dudas, todo el interés que los investigadores le dan, aunque exageren; sin embargo, lo más importante, ¿no es saber por qué la publicación de El conde de Montecristo, en 1844, ha sido un acontecimiento? Cuando la novela aparecía en folletín en el Journal des Débats, escribían de provincias a la redacción para conocer el desenlace de antemano. Julio Verne dedicó Mathias Sandorf a Dumas hijo en recuerdo de su padre, porque ambicionaba hacer de su héroe un nuevo Montecristo; en innumerables generaciones burguesas, el libro ha hecho una carrera igual a la de Los miserables; su reproducción reciente en l'Humanité ha levantado el entusiasmo en las células comunistas. ¿Qué tienen que ver la extensión y duración de ese triunfo con algunas raíces de novela oscuramente hundidas en el terreno de lo real, de lo mortal, de lo efímero? Entre las ideas de situaciones y las situaciones realizadas en la novela; entre las ideas de personajes y los personajes que la novela hace accionar, que oímos hablar, ¿no se abre un abismo?
Vale más buscar en la novela los secretos a medias que el autor le ha confiado, o que se le han escapado a pesar suyo. El conde de Montecristo, ¿no es un poco Dumas, tal y como quería ser, e incluso tal como era a veces sin quererlo? Aspiraba a la riqueza. Soñó en poseer todas las ciencias, en saberlo todo. Fuerte, generoso, fastuoso, lo ha sido conscientemente; ostentoso, hasta el punto de perder el gusto, lo ha sido cándidamente, como casi lo es el conde en sus recepciones, en sus regalos.
Pero el personaje de Dantès, marino oscuro, pobre y traicionado, y llegado a ser el rico, brillante y triunfante conde de Montecristo, tiene su fuerza de objetividad, existe, conduce su destino en el tiempo y en el espacio. En un principio estamos tentados de no verlo más que bajo la apariencia de un nuevo Simbad el Marino. Grande, cosmopolita, millonario; posee un yate en el Mediterráneo, una corbeta en la Mancha, un barco de vapor en un canal de Châlons, postas de diez en diez leguas en la ruta del Norte y en la del Mediodía; ha comido carrick en la India y nidos de golondrinas en China, ha ido a buscar opio a Cantón, para estar seguro de tenerlo puro, y los mejores hachischs entre el Tigris y el Eufrates; en París, se ha instalado como un nabab, un Creso, un marqués de Carabas; su vida parisiense es una realización de Las mil y una noches. Pero pronto aparece otro aspecto: una voluntad de jefe de banda bajo la máscara de hombre de mundo; su vigor y su audacia no retroceden ante nada, se tensan contra lo imposible. La empresa justiciera exigía una fuerza de alma y una fuerza física igualmente indomables para la defensa y el ataque. Por eso Dantès empezó en prisión, pero acaba libre y gran señor, a forjarse un cuerpo de hierro, a templarse como una espada; acostumbra su corazón a los golpes más rudos; se transforma en la impasibilidad más absoluta, se unen cuerpo y alma para lanzarse y alcanzar el objetivo.
No es eso todo. Dumas no se contenta solamente con afirmarnos que su modesto marino, ignorante, ha llegado a ser un hombre superior; pero el leal, el orgulloso, el inteligente y noble héroe nos aparece como tal, lo vemos verdaderamente excepcional, ya sea en medio de los bandidos romanos o en la sociedad parisiense, donde sostiene conversaciones difíciles con una soltura increíble, ya sea en el juego o en el trabajo, y en la administración de su fortuna, o en su misión, a la cual, dicho sea de paso (pues Dumas es realista a su manera), aporta durezas voluntarias, cálculos crueles: todo eso era necesario...
Si es bueno, practica el bien como un organizador implacable y no como un bobo filántropo. No ha concebido la vida como un idilio, y más de una vez su maquiavelismo nos extraña.
Hombre de extraordinaria y fulminante decisión, prevé, sopesa, ejecuta. Aparece siempre al minuto convenido con él mismo, o con otro. Su organización de las venganzas y castigos fue tal que las catástrofes se abaten sobre sus enemigos a veces directamente, y otras desencadenadas como en un engranaje las unas por las otras. Al final, cuando ha terminado casi de llenar su programa y sus verdugos están pagando o han pagado ya su crimen casi todos, el conde se inquieta, cree de pronto que ha obrado con demasiada exageración y teme ser injusto a fuerza de hacer justicia; entonces se excede superando sus odios más justificados, los controla, vuelve a empezar su encuesta, rehace las estaciones de su calvario, y si se ve obligado a concluir que su causa sigue siendo incontestablemente buena, se decide, no obstante, a retirarse del mundo parisiense que le ha sido preciso conquistar.
Repasando ante la antigua casa de Mercedes se ha vuelto y murmurado un nombre de mujer; el lector piensa en la que le ha traicionado, pero tropieza con estas líneas: "La victoria era completa; el conde había enterrado por dos veces la duda. Ese nombre que pronunciaba con una expresión de ternura, que era casi amor, era el nombre de Haydée."
Haydée, la dulce y sumisa hija de Oriente con quien Dantès conocerá la dicha de no ser más que pacíficamente humano.
He ahí una grandeza dominante de la obra. Otra ha surgido durante los años de desgracia, en el castillo de If, en la prisión: el encuentro del abate Faria, seguido de la educación de Dantès. El catalán desesperaba, abismado en su postración de hombre encadenado, en el dolor de su amor destrozado. Pero el ocupante del calabozo vecino, un prisionero de Estado, cavando una galería para la evasión, se equivoca y aparece en el calabozo de Dantès. Simpatizan; Faria quiere a Dantès como un padre, y obligado sin remedio a renunciar a toda esperanza de libertad, a causa del mal que le aqueja y que acabará con él, se toma la tarea de pasarle la antorcha a su amigo y para ello lo instruye, lo forma, lo arma para la misión a la cual lo anima. Faria alía desde ese momento la concepción de una empresa exaltadora de justicia a la creación de un hombre superior. Es él quien, por cálculo de lógica, intuición de psicólogo e información de político, explica a Dantès la conjura de la que ha sido víctima. Y por otra parte, ese trabajador infatigable, que sabe matemáticas, historia, medicina, filosofía y que ha continuado trabajando en la prisión, gracias a inauditas ingeniosidades, logra hacer de Dantès en un año otro hombre, enseñándole incluso la urbanidad, los modales aristocráticos de la época. De los dos tesoros que Dantès deberá a su desgraciado y genial bienhechor, el segundo, el montón de riquezas escondidas antaño en la isla de Montecristo por la familia de un cardenal romano, no es más suntuoso que el primero: esa educación reflexiva, metódica, completa; esa transformación total, fortificante y ennoblecedora, de un iletrado, afortunadamente listo, por el generoso saber de un compañero de infortunio. Hay ahí, expuesto con un cuidado sin igual en los detalles, un espectáculo de audacia y rara novedad.
Se puede objetar, y con razón, que esa novela se aproxima a los cuentos de hadas. La evasión de Dantès después de la muerte de Faria, el demasiado afortunado salto al mar dentro del saco, las murallas abiertas y las puertas secretas, los disfraces, las historias de bandidos, tantos talentos naturales y adquiridos reunidos en un solo hombre, el salvamento del armador Morrel, el papel entero de la joven de Villefort, desde la milagrosa aparición de Montecristo en su habitación hasta su resurrección en la isla misteriosa, todo esto, ¿es acaso sostenible? Alfred Nettement publicó en 1845, en sus Estudios críticos sobre la novela-f olletín, un acta de acusación completa contra El conde de Montecristo: Trasladémonos a ellos y la aprobaremos también, tomaremos parte en el fuego, en el fuego del género, de la recreación violenta, el fuego que ha abierto en la literatura la brecha de no se sabe qué circenses. Pero las bellezas señaladas más arriba han resistido, a las cuales es justo asociar bastantes pinturas costumbristas y algunos cuadros de época (la Cámara de los Pares, la banca, la magistratura, los artistas, la sociedad, las mujeres —buenas y malas—), así como análisis exactos; los de la justicia, especialmente la justicia de la Restauración y la justicia de siempre. Villefort, el sustituto del fiscal del rey, cómplice interesado de los enemigos de Dantès, es un personaje balzasiano, para usar esta expresión cómoda. Muchas páginas de El conde de Montecristo tienen el acento magnífico de aquella en que Villefort, analizando su función, habla del riesgo que corre requiriendo la pena de muerte contra enemigos políticos (en este caso, los antiguos soldados de Napoleón), durante los tiempos de fanatismos:
Por otra parte —dice—, hace falta eso, sin lo cual nuestro oficio no tendría razón de existir. Yo mismo, cuando veo lucir en el ojo del acusado el fuego luminoso de la rabia, me siento estimulado, me exalto: no se trata ya de un proceso, sino de un combate; lucho contra él, él responde, y el combate termina como todos los combates, por una victoria o una derrota. ¡He ahí lo que es acusar! Es el peligro el que hace la elocuencia. Un acusado que me sonriera después de la réplica me haría creer que he hablado mal, que lo que he dicho es pálido, sin vigor, insuficiente. Soñad, pues, en la sensación de orgullo que experimenta un fiscal del rey, convencido de la culpabilidad del acusado, cuando ve palidecer e inclinarse al culpable, bajo el peso de las pruebas y de su elocuencia. Esa cabeza que se inclina, caerá.
Puede decirse que una novela progresista y popular como El conde de Montecristo asegura dos funciones. La primera respecto a su época, puesto que juega un papel de diversión inmenso para el gran público, algo así como los deportes, al mismo tiempo que como una válvula fuerte, como los movimientos revolucionarios. Ese público tiene necesidad de que tomen cuerpo, un cuerpo novelesco y teatral, los temas que obsesionan su imaginación como necesidades elementales; eran, en esa época, la víctima social que había que compadecer, socorrer, vengar, la llamada a la justicia inmanente, la espera del hombre-providencia, del vengador, el reparador de injusticias. Ese público quiere que le den una explicación de su mediocre suerte, de su estado de víctima, o más bien que le designen la cabeza de turco a odiar, a abatir: Dumas, de acuerdo con Balzac, ha designado el dinero. De todas las potencias que se encarnecen sobre el hombre en El conde de Montecristo, y que son la ambición por llegar, la envidia pasional, las tiranías sociales, es el poder del dinero el que domina. Dumas ha dado satisfacción a sus lectores populares, ha hecho lucir a sus ojos una esperanza de cuento de hadas, mostrándoles ese poder, vuelto por una vez, gracias al genio de Faria y al inflamado celo de Dantès, contra él mismo. La muchedumbre aplaude al prodigio, como la gente de las barriadas en el teatro o en los cines grita a los traidores y aclama a los caballeros sin miedo y sin tacha.
La otra función interesa a todos los tiempos, es una función de aliento y exhortación al hombre, que le persuade de la soberanía del ingenio, del carácter, del alma. Dumas cree en el progreso, no en la fatalidad, en una lenta mejora de la condición humana, no en el determinismo marxista. A través de un mundo de cambios de fortuna, la energía heroica del viejo Noirtier, el indomable conspirador, el paralítico que defiende a su nieta contra toda la criminal familia de Villefort, responde al esfuerzo de Dantès. Entre ellos dos, los aficionados a los cambios y a lo pintoresco, a las sorpresas y a los golpes teatrales, a los paraísos e infiernos, tienen de qué gozarse.
Añadamos a tan fuertes atractivos el embrujo de un laberinto de novela policíaca, en el cual el héroe tiene por hilo de Ariadna la fidelidad al gran recuerdo de Faria; añadamos también las pálidas luces de la ternura, en las noches angustiosas y de crimen, y la suerte de las mujeres que piden piedad. Y a la abundante diversidad de esta larga y apasionada historia no le faltan ni siquiera bellas telas de fondo. Algunos interiores parisienses, la campiña italiana, los paisajes del Mediterráneo. En ciertos capítulos, los movimientos de velas en el mar y el balanceo de las barcas prolongan sus reflejos en el libro.
¡Cuántas novelas de Alejandro Dumas se podrían sacar de la sombra, en la cual las tienen dormitando, las obras del mismo autor que su reputación ha hecho subir como altas torres! No hay más que leer o releer algunas bien diferentes entre ellas: Amaury (1844), son sus amores deshechos por la tuberculosis; El capitán Paul (1838), inspirado por las memorias apócrifas de Paul Jones, animado, tierno, vigoroso, aunque un poco descompuesto por ignorancia de las cosas de la marina y de lo cual Alfonso Karr se mofa en sus Guêpes; Pauline, primer tomo de La sala de armas (1838), con su conde Horace, del cual Dumas había conocido el tipo; Fernande, Cécile, Sylvandire (1844-1845), con las heroínas románticas; La ingenua (1854), con la cual se habrán estremecido los manes de Retif de la Bretonne, hasta el punto que los descendientes de ese "Jean-Jacques du ruisseau" (Jean-Jacques del arroyo, juego de palabras con Jean-Jacques Rousseau) impidieron por un proceso su publicación en Le Siècle; La San Felice (1864-1865), evocación épica de la ocupación francesa y revolucionaria de Nápoles en la época napoleónica.
Es, pues, una impresión de diversidad la que se impone cuando se abarca con una mirada el conjunto de las novelas de Alejandro Dumas. Incluso las segundas partes no lo desmienten, ni los Veinte años después, réplica de Los tres mosqueteros, ni esta réplica al Conde de Montecristo que es el fresco de Los mohicanos de París (1854-1855): extraño nombre, que es el de un grupo de carbonarios parisienses bajo la Restauración.
Es verdaderamente una lástima que la censura del Segundo Imperio haya impedido, en 1853, la empresa de crear una novela-epopeya, cuyo primer volumen, Issac Laquedem, es el único y que debía trazar en otros venticinco volúmenes la historia del judío errante. Issac Laquedem pretende contar la vida de Jesús, y era seguramente una empresa arriesgada el parafrasear el evangelio y ponerlo en diálogo. El libro no es aceptable más que en el episodio de Poncio Pilatos, pero dicho episodio casi salva la novela.
Blaze de Bury tenía de Dumas hijo ciertos documentos de los cuales resalta que el judío se metamorfosearía sucesivamente en una serie de personajes históricos tales como Simón de Montfort, Torquemada, Felipe II, Carlos IX, Jacques Clement, es decir, la gran familia de los fanáticos. El romanticismo a lo Hugo, como vemos, habríase hundido completamente. Por otra parte, Dumas mismo ha expuesto su inmensa concepción en una carta del 26 de marzo de 1852 al editor inglés Sinnett, en la cual se lee:
Un drama religioso, social, filosófico, divertido sobre todo, como todo lo que yo hago —cristiano y evangélico. Tendrá algo de Byron sin duda, pero seguramente de consolación. Ángeles mezclados a la vida humana. Personajes principales: Cristo, María Magdalena, Pilatos, Tiberio, el Judío errante, Cleopatra, Prometeo, Octavio, Carlomagno, Vitekind, Velleda, Merlín, el hada Melusina, Renaud, las tres hadas, Thor, Odin, las Walkyrias, el lobo Fleuris, la Muerte, el Papa Gregorio VII, Carlos IX, el cardenal de Lorena, Catalina de Médicis; personajes inventados en medio de todos éstos: Napoleón, Talleyrand, los doce mariscales, todos los reyes contemporáneos, María Luisa, Hudson Lowe, la sombra del rey de Roma, el porvenir, el mundo tal y como será dentro de mil años; Siloé, el segundo hijo de Dios, el último día de la Tierra, el primer día del planeta que le ha de suceder.
Todo esto os parecerá insensato, pero ello hace una epopeya universal, que no es otra cosa que la historia del mundo desde el titán Prometeo hasta el ángel del juicio final.
Admirable cartel para colocarlo en la puerta de un cine de estreno. ¡Qué conjunto de estrellas! Y esa película en episodios habría sido seguramente educadora; para esta ocasión, Dumas se ha hecho cristiano y evangélico... También cósmico: "El primer día del planeta debe sucederle", es el supremo encuentro de este plan. Así, no contento de su bosque de rarezas, la imaginación de un Dumas hipertrófico, la envolvía de una atmósfera donde todas las excentricidades le habrían sido permitidas. Pero sobre todo esto, a través de todo esto, la fantasía habría tenido rienda suelta.
Un día oyó que un marsellés le preguntaba:
—¿Es verdad, señor Dumas, que Dantès sabía también hacer la bullabesa?
—¡Pardiez!, es él quien me la ha enseñado.
Cuando puso en escena la novela de Edmundo Dantès, para el Teatro Histórico, escribió a Marsella que le enviaran un dibujo del castillo de If y darlo al decorador. El pintor al que fue pedido le envió el dibujo, pero había escrito debajo: "Vista del castillo de If en el lugar donde Dantès fue precipitado al mar". No nos extrañemos, pues, que en Marsella hayan mostrado durante mucho tiempo los calabozos de Dantès y de Faria, así como la casa Morrel y la de Mercedes en la playa de los Catalanes.
Después de tantos personajes históricos, metamorfoseados en personajes legendarios, éstos pueden transformarse a su vez en personajes históricos.
Hemos notado que, para componer sus ficciones, el novelista procuraba siempre ver de cerca la realidad. "Hay una cosa —ha dicho— que no sé hacer; es un libro o un drama sobre localidades que no haya visto. Para escribir Cristina fui a Fontainebleau; para Enrique III, fui a Blois; para los Mosqueteros, fui a Boulogne y a Béthune; para Montecristo, volví a ir a la playa de los Catalanes y al castillo de If."
Había hecho incluso más, antes de pensar a esa nueva novela. Esto data de su excursión con el príncipe Napoleón en la primavera de 1842, desde Livourne. Cuando después de una tormenta y varias horas de peligro abordaron la isla de Elba y la recorrieron en todos los sentidos, les tentó una cacería en la isla Pianoza. Desde allí descubrieron una roca en forma de pan de azúcar que se elevaba a doscientos o trescientos metros sobre el nivel del mar.
—¡Oh! Excelente —dijo un hombre, que les había prestado un perro—, si fuesen allá harían una cacería magnífica.
—¿Qué hay, pues, allá?
—Cabras salvajes por manadas.
—¿Y cómo se llama esa isla aventurada?
—Se llama la isla de Montecristo.
Pero la isla estaba en cuarentena; se contentaron, pues, con rodearla.
—¿Para qué nos serviría? —preguntó el compañero de Dumas.
—Para dar, en recuerdo de este viaje que tengo el honor de efectuar con usted, el título de La isla de Montecristo a una novela que escribiré más tarde.
—Demos la vuelta a la isla y envíeme el primer ejemplar de su novela.
Al año siguiente, de regreso a Francia, Dumas trató con un editor hacer ocho volúmenes de Impresiones de viaje en París (Puerta del Trono, puerta de Italia, puerta del Maine, puerta de l'Etoile). Había empezado a escribirlos cuando el editor le hizo saber que deseaba otra cosa que un paseo de historia y arqueología; deseaba una novela, donde las "impresiones" pasarían en el detalle de la obra. "He ahí lo que podía prosperar en una cabeza exasperada por el éxito de Eugenio Sué", decía Dumas. Poniéndose, pues, a la búsqueda de una intriga, se acordó de haber leído algo en las Memoires de J. Peuchet, sacadas de los archivos de la policía de París, desde Luis XIV hasta nuestros días, seis volúmenes publicados por Bourmance en 1838. A través de un fárrago de lectura se detuvo ante una anécdota, "El diamante y la venganza", y había adivinado la existencia de "una perla en el fondo de esa ostra". A ella se refirió como un norte.
En realidad, Peuchet ha dado más materia que lo que dice Dumas; veamos si no el relato que cuenta y que empieza en 1807. Un obrero zapatero de París, Francisco Picaud, a punto de casarse con una hermosa joven de la que estaba perdidamente enamorado, fue a ver a uno de sus amigos, tabernero, de nombre Mathieu Loupian y, como él, de Nimes. Lo encontró en compañía de tres vecinos, todos ellos del Gard. Loupian, de natural celoso, ulcerado por la alegría con la cual el joven les había anunciado sus proyectos, hizo la apuesta, en cuanto estuvo solo con sus tres compañeros, de que la boda sería aplazada.
—El comisario vendrá —les dijo—, yo simularé sospechar que Picaud es un agente de Inglaterra. Al interrogarlo cogerá miedo, y por lo menos será un aplazamiento de ocho días.
El informe del comisario llegó al duque de Rovigo, el asunto se ligaba a la efervescencia vandeana, y la policía detuvo secretamente al pobre joven denunciado, que por ello pasó siete años en la cárcel.
Cuando salió, envejecido por el dolor, bajo el nombre de José Lucher, se colocó como doméstico en casa de un eclesiástico milanés que había estado preso también por razones políticas. Este llegó a tratarlo como un verdadero hijo, y lo nombró su heredero universal. Noble, con una gran fortuna, le legó a su muerte, no solamente varios millones, sino también el secreto de un tesoro de diamantes y monedas de todos los países. Y ahí tenemos, al pobre, rico de once o doce millones de oro. Además, el buen eclesiástico lo formó e instruyó. Lucher fue a Roma, después a Holanda y a Inglaterra, a fin de recoger su fortuna: llegado a París, explora el barrio de su denunciante —distrito de la Place Sainte Opportune— y reunió una información. Sabiendo que uno de los compadres del tabernero habitaba en Nimes, se dirigió a esa ciudad, donde disfrazado de cura (abate Baldini) y con el ofrecimiento de un diamante hizo declarar al hombre, Antonio Allut, el nombre de los que habían sido los causantes de la desgracia del zapatero Picaud. Poco después, la serie de ejecuciones empezó: Chaubard, apuñalado en el puente de Arts; el puñal llevaba escrito en el mango Número uno; Loupian, arruinado y muerto a su vez, obligado a casar su hija con un forzado.
Pero una vez liquidado el tercer cómplice, Allut traiciona al justiciero, se apodera de él, lo secuestra, le hace pasar hambre, le obliga costearse el pan y el agua, y termina por asesinarlo.
¿En qué momento Dumas arrambló con esta extraordinaria historia en las Memorias de Peuchet? El cuenta en sus Causeries (charlas) que en un principio había establecido el plan de la intriga de la siguiente manera: "Un señor muy rico, que vivía en Roma y se llamaba conde de Montecristo, haría un gran favor a un joven viajero francés, en cambio de lo cual le rogaría le sirviera de guía cuando a su vez viniera a visitar París. Su visita a París tendría por apariencia la curiosidad, por realidad la venganza, puesto que enemigos escondidos lo habían hecho condenar en su juventud a un injusto encarcelamiento de diez años. Su fortuna daría inmensos medios a la empresa. De ello un volumen, que explicase las aventuras de Albert de Montcerf y de Franz d'Epinay en Roma, hasta la llegada del conde a París." Pero llegado a este punto, Dumas ha debido hablar de la obra con su colaborador y amigo Auguste Maquet, y éste le ha dicho:
—Yo creo que usted pasa por encima del período más interesante de su héroe, es decir, por encima de sus amores, de la traición de sus amigos y por encima de sus diez años de cárcel.
Cena, conversación de los dos escritores, plan de cinco volúmenes: exposición, prisión, evasión, recompensa de la familia Morrel y el resto de la trama casi urdida. Y he ahí, concluye Dumas, "cómo El conde de Montecristo, empezado por mí como impresiones de viaje,se convirtió poco a poco en novela y se encontró terminado en colaboración por Maquet y yo".
Ese "estado civil" de El conde de Montecristo" no es de los más claros. Más claro estará si imaginamos a Dumas metido en sus impresiones de viaje, salvado por Marquet, esa rata de biblioteca que con toda seguridad se lanzó en 1838 sobre las Memorias de Peuchet, y que conocía, con toda seguridad, la anécdota policíaca, no teniendo entonces más que inventar la casa Morrel, "lanzar" los capítulos amorosos, de la traición, de la prisión (inspirándose de las Prisiones de Silvio Pellico), de la evasión, etc.
Los dumasianos se han preocupado muy poco del abate Faria, y, sin embargo, ha existido un abate Faria que presenta bastante parentesco con el de Dumas para que podamos pensar si Dumas no lo conocía ya. Un portugués de ese nombre, nacido en Goa, y que hizo en Lisboa una carrera eclesiástica y teológica, vino a Francia a los treinta y dos años, para tomar parte activa y armada en la caída de la Convención. Ese curioso cura, cristiano y sabio, se puso a estudiar el magnetismo en un París que no había olvidado a Mesmer y que se apasionaba por varios casos de sonambulismo. Al mismo tiempo, frecuentaba la sociedad. Chateaubriand, que lo encontró en una cena en casa de madame de Custine, habla de él en las Memorias de ultratumba como de un fenómeno conocido. Profesor de filosofía en el Instituto de Marsella durante un año, después en el de Nimes, de vuelta a París en 1813, Faria abrió un curso libre en un centro de conferencias de la calle Clichy, sobre el "sueño lúcido". Se reveló como el iniciador de la doctrina de la sugestión, verdadero padre de la Escuela de Nancy: Brown-Séquart, Gilles de la Tourette, Pitres, le han rendido justicia. Pero hasta su muerte en 1819 se burlaron de él, los caricaturistas hicieron mofa de su cara; Etienne de Jouy, l'Hermite de la Chaussée d'Antin, lo abrumaron; una obra, la Magnetismomanía, lo destrozó bajo la risa general. Fue durante mucho tiempo el hazmerreir de la prensa.
Acaso se puede concebir que Dumas, habiéndose interesado de cerca por el sonambulismo, que ha organizado sesiones de experiencias hipnóticas en su chalet de Montecristo, haya ignorado ese original cuyos avatares habían dejado un eco de su ruido en la literatura, ese antiguo estudiante romano, ese miembro de la Sociedad Médica de Marsella, ese poseedor de un tesoro doctrinal, ese cristiano apasionado por las ciencias, ese viejo muerto de apoplejía. El doctor Dalgado ve en esa vida y la del héroe dumasiano algunas concordancias inquietantes.
Las excursiones a las fuentes tienen, sin lugar a dudas, todo el interés que los investigadores le dan, aunque exageren; sin embargo, lo más importante, ¿no es saber por qué la publicación de El conde de Montecristo, en 1844, ha sido un acontecimiento? Cuando la novela aparecía en folletín en el Journal des Débats, escribían de provincias a la redacción para conocer el desenlace de antemano. Julio Verne dedicó Mathias Sandorf a Dumas hijo en recuerdo de su padre, porque ambicionaba hacer de su héroe un nuevo Montecristo; en innumerables generaciones burguesas, el libro ha hecho una carrera igual a la de Los miserables; su reproducción reciente en l'Humanité ha levantado el entusiasmo en las células comunistas. ¿Qué tienen que ver la extensión y duración de ese triunfo con algunas raíces de novela oscuramente hundidas en el terreno de lo real, de lo mortal, de lo efímero? Entre las ideas de situaciones y las situaciones realizadas en la novela; entre las ideas de personajes y los personajes que la novela hace accionar, que oímos hablar, ¿no se abre un abismo?
Vale más buscar en la novela los secretos a medias que el autor le ha confiado, o que se le han escapado a pesar suyo. El conde de Montecristo, ¿no es un poco Dumas, tal y como quería ser, e incluso tal como era a veces sin quererlo? Aspiraba a la riqueza. Soñó en poseer todas las ciencias, en saberlo todo. Fuerte, generoso, fastuoso, lo ha sido conscientemente; ostentoso, hasta el punto de perder el gusto, lo ha sido cándidamente, como casi lo es el conde en sus recepciones, en sus regalos.
Pero el personaje de Dantès, marino oscuro, pobre y traicionado, y llegado a ser el rico, brillante y triunfante conde de Montecristo, tiene su fuerza de objetividad, existe, conduce su destino en el tiempo y en el espacio. En un principio estamos tentados de no verlo más que bajo la apariencia de un nuevo Simbad el Marino. Grande, cosmopolita, millonario; posee un yate en el Mediterráneo, una corbeta en la Mancha, un barco de vapor en un canal de Châlons, postas de diez en diez leguas en la ruta del Norte y en la del Mediodía; ha comido carrick en la India y nidos de golondrinas en China, ha ido a buscar opio a Cantón, para estar seguro de tenerlo puro, y los mejores hachischs entre el Tigris y el Eufrates; en París, se ha instalado como un nabab, un Creso, un marqués de Carabas; su vida parisiense es una realización de Las mil y una noches. Pero pronto aparece otro aspecto: una voluntad de jefe de banda bajo la máscara de hombre de mundo; su vigor y su audacia no retroceden ante nada, se tensan contra lo imposible. La empresa justiciera exigía una fuerza de alma y una fuerza física igualmente indomables para la defensa y el ataque. Por eso Dantès empezó en prisión, pero acaba libre y gran señor, a forjarse un cuerpo de hierro, a templarse como una espada; acostumbra su corazón a los golpes más rudos; se transforma en la impasibilidad más absoluta, se unen cuerpo y alma para lanzarse y alcanzar el objetivo.
No es eso todo. Dumas no se contenta solamente con afirmarnos que su modesto marino, ignorante, ha llegado a ser un hombre superior; pero el leal, el orgulloso, el inteligente y noble héroe nos aparece como tal, lo vemos verdaderamente excepcional, ya sea en medio de los bandidos romanos o en la sociedad parisiense, donde sostiene conversaciones difíciles con una soltura increíble, ya sea en el juego o en el trabajo, y en la administración de su fortuna, o en su misión, a la cual, dicho sea de paso (pues Dumas es realista a su manera), aporta durezas voluntarias, cálculos crueles: todo eso era necesario...
Si es bueno, practica el bien como un organizador implacable y no como un bobo filántropo. No ha concebido la vida como un idilio, y más de una vez su maquiavelismo nos extraña.
Hombre de extraordinaria y fulminante decisión, prevé, sopesa, ejecuta. Aparece siempre al minuto convenido con él mismo, o con otro. Su organización de las venganzas y castigos fue tal que las catástrofes se abaten sobre sus enemigos a veces directamente, y otras desencadenadas como en un engranaje las unas por las otras. Al final, cuando ha terminado casi de llenar su programa y sus verdugos están pagando o han pagado ya su crimen casi todos, el conde se inquieta, cree de pronto que ha obrado con demasiada exageración y teme ser injusto a fuerza de hacer justicia; entonces se excede superando sus odios más justificados, los controla, vuelve a empezar su encuesta, rehace las estaciones de su calvario, y si se ve obligado a concluir que su causa sigue siendo incontestablemente buena, se decide, no obstante, a retirarse del mundo parisiense que le ha sido preciso conquistar.
Repasando ante la antigua casa de Mercedes se ha vuelto y murmurado un nombre de mujer; el lector piensa en la que le ha traicionado, pero tropieza con estas líneas: "La victoria era completa; el conde había enterrado por dos veces la duda. Ese nombre que pronunciaba con una expresión de ternura, que era casi amor, era el nombre de Haydée."
Haydée, la dulce y sumisa hija de Oriente con quien Dantès conocerá la dicha de no ser más que pacíficamente humano.
He ahí una grandeza dominante de la obra. Otra ha surgido durante los años de desgracia, en el castillo de If, en la prisión: el encuentro del abate Faria, seguido de la educación de Dantès. El catalán desesperaba, abismado en su postración de hombre encadenado, en el dolor de su amor destrozado. Pero el ocupante del calabozo vecino, un prisionero de Estado, cavando una galería para la evasión, se equivoca y aparece en el calabozo de Dantès. Simpatizan; Faria quiere a Dantès como un padre, y obligado sin remedio a renunciar a toda esperanza de libertad, a causa del mal que le aqueja y que acabará con él, se toma la tarea de pasarle la antorcha a su amigo y para ello lo instruye, lo forma, lo arma para la misión a la cual lo anima. Faria alía desde ese momento la concepción de una empresa exaltadora de justicia a la creación de un hombre superior. Es él quien, por cálculo de lógica, intuición de psicólogo e información de político, explica a Dantès la conjura de la que ha sido víctima. Y por otra parte, ese trabajador infatigable, que sabe matemáticas, historia, medicina, filosofía y que ha continuado trabajando en la prisión, gracias a inauditas ingeniosidades, logra hacer de Dantès en un año otro hombre, enseñándole incluso la urbanidad, los modales aristocráticos de la época. De los dos tesoros que Dantès deberá a su desgraciado y genial bienhechor, el segundo, el montón de riquezas escondidas antaño en la isla de Montecristo por la familia de un cardenal romano, no es más suntuoso que el primero: esa educación reflexiva, metódica, completa; esa transformación total, fortificante y ennoblecedora, de un iletrado, afortunadamente listo, por el generoso saber de un compañero de infortunio. Hay ahí, expuesto con un cuidado sin igual en los detalles, un espectáculo de audacia y rara novedad.
Se puede objetar, y con razón, que esa novela se aproxima a los cuentos de hadas. La evasión de Dantès después de la muerte de Faria, el demasiado afortunado salto al mar dentro del saco, las murallas abiertas y las puertas secretas, los disfraces, las historias de bandidos, tantos talentos naturales y adquiridos reunidos en un solo hombre, el salvamento del armador Morrel, el papel entero de la joven de Villefort, desde la milagrosa aparición de Montecristo en su habitación hasta su resurrección en la isla misteriosa, todo esto, ¿es acaso sostenible? Alfred Nettement publicó en 1845, en sus Estudios críticos sobre la novela-f olletín, un acta de acusación completa contra El conde de Montecristo: Trasladémonos a ellos y la aprobaremos también, tomaremos parte en el fuego, en el fuego del género, de la recreación violenta, el fuego que ha abierto en la literatura la brecha de no se sabe qué circenses. Pero las bellezas señaladas más arriba han resistido, a las cuales es justo asociar bastantes pinturas costumbristas y algunos cuadros de época (la Cámara de los Pares, la banca, la magistratura, los artistas, la sociedad, las mujeres —buenas y malas—), así como análisis exactos; los de la justicia, especialmente la justicia de la Restauración y la justicia de siempre. Villefort, el sustituto del fiscal del rey, cómplice interesado de los enemigos de Dantès, es un personaje balzasiano, para usar esta expresión cómoda. Muchas páginas de El conde de Montecristo tienen el acento magnífico de aquella en que Villefort, analizando su función, habla del riesgo que corre requiriendo la pena de muerte contra enemigos políticos (en este caso, los antiguos soldados de Napoleón), durante los tiempos de fanatismos:
Por otra parte —dice—, hace falta eso, sin lo cual nuestro oficio no tendría razón de existir. Yo mismo, cuando veo lucir en el ojo del acusado el fuego luminoso de la rabia, me siento estimulado, me exalto: no se trata ya de un proceso, sino de un combate; lucho contra él, él responde, y el combate termina como todos los combates, por una victoria o una derrota. ¡He ahí lo que es acusar! Es el peligro el que hace la elocuencia. Un acusado que me sonriera después de la réplica me haría creer que he hablado mal, que lo que he dicho es pálido, sin vigor, insuficiente. Soñad, pues, en la sensación de orgullo que experimenta un fiscal del rey, convencido de la culpabilidad del acusado, cuando ve palidecer e inclinarse al culpable, bajo el peso de las pruebas y de su elocuencia. Esa cabeza que se inclina, caerá.
Puede decirse que una novela progresista y popular como El conde de Montecristo asegura dos funciones. La primera respecto a su época, puesto que juega un papel de diversión inmenso para el gran público, algo así como los deportes, al mismo tiempo que como una válvula fuerte, como los movimientos revolucionarios. Ese público tiene necesidad de que tomen cuerpo, un cuerpo novelesco y teatral, los temas que obsesionan su imaginación como necesidades elementales; eran, en esa época, la víctima social que había que compadecer, socorrer, vengar, la llamada a la justicia inmanente, la espera del hombre-providencia, del vengador, el reparador de injusticias. Ese público quiere que le den una explicación de su mediocre suerte, de su estado de víctima, o más bien que le designen la cabeza de turco a odiar, a abatir: Dumas, de acuerdo con Balzac, ha designado el dinero. De todas las potencias que se encarnecen sobre el hombre en El conde de Montecristo, y que son la ambición por llegar, la envidia pasional, las tiranías sociales, es el poder del dinero el que domina. Dumas ha dado satisfacción a sus lectores populares, ha hecho lucir a sus ojos una esperanza de cuento de hadas, mostrándoles ese poder, vuelto por una vez, gracias al genio de Faria y al inflamado celo de Dantès, contra él mismo. La muchedumbre aplaude al prodigio, como la gente de las barriadas en el teatro o en los cines grita a los traidores y aclama a los caballeros sin miedo y sin tacha.
La otra función interesa a todos los tiempos, es una función de aliento y exhortación al hombre, que le persuade de la soberanía del ingenio, del carácter, del alma. Dumas cree en el progreso, no en la fatalidad, en una lenta mejora de la condición humana, no en el determinismo marxista. A través de un mundo de cambios de fortuna, la energía heroica del viejo Noirtier, el indomable conspirador, el paralítico que defiende a su nieta contra toda la criminal familia de Villefort, responde al esfuerzo de Dantès. Entre ellos dos, los aficionados a los cambios y a lo pintoresco, a las sorpresas y a los golpes teatrales, a los paraísos e infiernos, tienen de qué gozarse.
Añadamos a tan fuertes atractivos el embrujo de un laberinto de novela policíaca, en el cual el héroe tiene por hilo de Ariadna la fidelidad al gran recuerdo de Faria; añadamos también las pálidas luces de la ternura, en las noches angustiosas y de crimen, y la suerte de las mujeres que piden piedad. Y a la abundante diversidad de esta larga y apasionada historia no le faltan ni siquiera bellas telas de fondo. Algunos interiores parisienses, la campiña italiana, los paisajes del Mediterráneo. En ciertos capítulos, los movimientos de velas en el mar y el balanceo de las barcas prolongan sus reflejos en el libro.
¡Cuántas novelas de Alejandro Dumas se podrían sacar de la sombra, en la cual las tienen dormitando, las obras del mismo autor que su reputación ha hecho subir como altas torres! No hay más que leer o releer algunas bien diferentes entre ellas: Amaury (1844), son sus amores deshechos por la tuberculosis; El capitán Paul (1838), inspirado por las memorias apócrifas de Paul Jones, animado, tierno, vigoroso, aunque un poco descompuesto por ignorancia de las cosas de la marina y de lo cual Alfonso Karr se mofa en sus Guêpes; Pauline, primer tomo de La sala de armas (1838), con su conde Horace, del cual Dumas había conocido el tipo; Fernande, Cécile, Sylvandire (1844-1845), con las heroínas románticas; La ingenua (1854), con la cual se habrán estremecido los manes de Retif de la Bretonne, hasta el punto que los descendientes de ese "Jean-Jacques du ruisseau" (Jean-Jacques del arroyo, juego de palabras con Jean-Jacques Rousseau) impidieron por un proceso su publicación en Le Siècle; La San Felice (1864-1865), evocación épica de la ocupación francesa y revolucionaria de Nápoles en la época napoleónica.
Es, pues, una impresión de diversidad la que se impone cuando se abarca con una mirada el conjunto de las novelas de Alejandro Dumas. Incluso las segundas partes no lo desmienten, ni los Veinte años después, réplica de Los tres mosqueteros, ni esta réplica al Conde de Montecristo que es el fresco de Los mohicanos de París (1854-1855): extraño nombre, que es el de un grupo de carbonarios parisienses bajo la Restauración.
Es verdaderamente una lástima que la censura del Segundo Imperio haya impedido, en 1853, la empresa de crear una novela-epopeya, cuyo primer volumen, Issac Laquedem, es el único y que debía trazar en otros venticinco volúmenes la historia del judío errante. Issac Laquedem pretende contar la vida de Jesús, y era seguramente una empresa arriesgada el parafrasear el evangelio y ponerlo en diálogo. El libro no es aceptable más que en el episodio de Poncio Pilatos, pero dicho episodio casi salva la novela.
Blaze de Bury tenía de Dumas hijo ciertos documentos de los cuales resalta que el judío se metamorfosearía sucesivamente en una serie de personajes históricos tales como Simón de Montfort, Torquemada, Felipe II, Carlos IX, Jacques Clement, es decir, la gran familia de los fanáticos. El romanticismo a lo Hugo, como vemos, habríase hundido completamente. Por otra parte, Dumas mismo ha expuesto su inmensa concepción en una carta del 26 de marzo de 1852 al editor inglés Sinnett, en la cual se lee:
Un drama religioso, social, filosófico, divertido sobre todo, como todo lo que yo hago —cristiano y evangélico. Tendrá algo de Byron sin duda, pero seguramente de consolación. Ángeles mezclados a la vida humana. Personajes principales: Cristo, María Magdalena, Pilatos, Tiberio, el Judío errante, Cleopatra, Prometeo, Octavio, Carlomagno, Vitekind, Velleda, Merlín, el hada Melusina, Renaud, las tres hadas, Thor, Odin, las Walkyrias, el lobo Fleuris, la Muerte, el Papa Gregorio VII, Carlos IX, el cardenal de Lorena, Catalina de Médicis; personajes inventados en medio de todos éstos: Napoleón, Talleyrand, los doce mariscales, todos los reyes contemporáneos, María Luisa, Hudson Lowe, la sombra del rey de Roma, el porvenir, el mundo tal y como será dentro de mil años; Siloé, el segundo hijo de Dios, el último día de la Tierra, el primer día del planeta que le ha de suceder.
Todo esto os parecerá insensato, pero ello hace una epopeya universal, que no es otra cosa que la historia del mundo desde el titán Prometeo hasta el ángel del juicio final.
Admirable cartel para colocarlo en la puerta de un cine de estreno. ¡Qué conjunto de estrellas! Y esa película en episodios habría sido seguramente educadora; para esta ocasión, Dumas se ha hecho cristiano y evangélico... También cósmico: "El primer día del planeta debe sucederle", es el supremo encuentro de este plan. Así, no contento de su bosque de rarezas, la imaginación de un Dumas hipertrófico, la envolvía de una atmósfera donde todas las excentricidades le habrían sido permitidas. Pero sobre todo esto, a través de todo esto, la fantasía habría tenido rienda suelta.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)