Alejandro Dumas, saliendo de París, llevaba con los baúles de inquietudes materiales una o dos maletas de decepciones políticas, puesto que el exilado voluntario, aventurero incorregible, no podía de ninguna manera ver flamear una revolución sin echarse en las llamas. O más bien, hombre de teatro, ha visto levantarse el telón sobre 1848, como sobre el tercer acto de una pieza, de la cual 1830 había sido el segundo. Habiendo jugado un papel sin levantar aplausos, se consolaba una vez más con los viajes.
Volvamos, pues, a unos años atrás para sorprender a Dumas en su actitud frente a la Segunda República como hemos considerado su actitud frente a la monarquía. Lo hemos dejado al final de su juventud republicana, bastante moderado y liberal en un clima de progreso; después de un año de excitación en el clima revolucionario, vamos a encontrarlo en posición netamente conservadora en medio de la edad madura.
Los tiempos de riqueza fácil se han evaporado, Dumas lo sabía mejor que nadie, en la crisis de 1847. El estancamiento comercial se agravaba con el banditismo bolsista, como dice Proudhon, y el marasmo se generalizaba, alcanzando la literatura y el arte; el público no frecuentaba casi las librerías ni los teatros; los periódicos y las revistas se acostumbraron a pagar mal; Lamartine entró en su larga miseria laboriosa; Teófilo Gautier, que tenía que mantener una familia, hubo de deshacerse de su coche y de sus poneys. Y Dumas vio levantarse ante él el espectro de la ruina, él que tenía que mantener una tribu entera y varias residencias. Ese estado de desorden público despierta los instintos; Dumas vuelve a ser el libertario lírico, el mulato amigo de los oprimidos y el hijo de su padre. Se lanzó en la campaña contra la monarquía de julio y por la reforma electoral por encima de todo, furioso como estaba de no poder hacerse elegir diputado, por no poder pagar la contribución, y se inscribió de los primeros para el banquete reformista del 27 de noviembre de 1847 en Saint-Germain. Por si no era bastante, la gripe lo retuvo en cama ese día.
Vino el 48 y después febrero. Comandante de la guardia nacional en Saint-Germain, Dumas revistió el uniforme, con el cual fue a desfilar ante el trono sin que le faltase una condecoración, el 1 de mayo de 1847; arrastró más o menos a su gente a París, desfiló sobre el Puente Real, se mostró en la Cámara ante la muchedumbre que reclamaba la deposición de los Orleáns por encima de las cabezas parlamentarias. Con toda seguridad tenía la impresión de tomar su desquite sobre las querellas que esos señores le habían buscado cuando su epopeya mediterránea.
El 27 dirigió una proclama al batallón que tenía bajo sus órdenes, celebró la victoria de la revolución, aseguró que ella no se dejaría ahogar como la del 1830, porque los hombres del Gobierno provisional unían a su integridad de carácter el ingenio y la ciencia: "la revolución del 93 levantó los patíbulos, ¡la del 48 los derriba! Porque entre esas dos épocas ha transcurrido medio siglo de victorias, desgracias, progresos y decepciones". ¿No sabía, pues, que los trenes políticos de las decepciones siempre van, por lo menos, por vía doble?
Dos días después escribía a Emile de Girardin, en el curso de una larga carta para La Presse: "A usted y al Constitutionnel, mis novelas, mis libros, mi vida literaria, en fin; pero a Francia, mi palabra, mis opiniones y mi vida política. A partir de hoy, hay dos hombres en el escritor: el publicista debe completar al poeta." ¡Tantos otros han pensado así en su tiempo! Pero nadie ha dado su persona a la patria en un gesto más contundente.
Sin embargo, había apenas transcurrido un mes cuando ya se inquietaba. El 4 escribió una carta de un tono bien diferente, para el duque de Montpensier (¿la meditó a la sombra del árbol de la libertad que había hecho plantar delante de su Teatro Histórico?)
—Ese título de amigo, señor, cuando usted habitaba las Tullerías me enorgullecía —le decía—. Hoy que usted ha abandonado Francia, lo reivindico. Dios me libre de no conservar en toda su pureza la religión de la tumba y el culto del exilio.
Y en La Presse del 27 insertaba otra carta en la cual expresaba su extrañeza porque un coronel de la guardia nacional, nombrado gobernador del Louvre después de febrero, hubiese dado la orden de quitar la estatua del duque de Orleáns erigida en el patio del Louvre: "¿Por qué esto —preguntaba—, de dónde viene la prescripción de registrar las tumbas?" Y evocaba al vencedor del paso de Mouzaia, al bienhechor de los pobres, al dispensador de gracias, al gran francés cuyo féretro fue acompañado por Lamartine, Hugo, Vigny, Michelet, Delacroix, Ingres, Bayre.
Disposiciones bien contradictorias para un hombre que soñaba con actuar... En efecto, Dumas decidió que tenía el deber de entrar en la Cámara y presentó su candidatura a diputado por la circunscripción de Seine-et-Oise. El llamamiento que dirigió en marzo a los electores, por lo menos a los electores proletarios, es tan imprevisto, singular, bufón y democráticamente fastuoso, que su cita se impone:
Volvamos, pues, a unos años atrás para sorprender a Dumas en su actitud frente a la Segunda República como hemos considerado su actitud frente a la monarquía. Lo hemos dejado al final de su juventud republicana, bastante moderado y liberal en un clima de progreso; después de un año de excitación en el clima revolucionario, vamos a encontrarlo en posición netamente conservadora en medio de la edad madura.
Los tiempos de riqueza fácil se han evaporado, Dumas lo sabía mejor que nadie, en la crisis de 1847. El estancamiento comercial se agravaba con el banditismo bolsista, como dice Proudhon, y el marasmo se generalizaba, alcanzando la literatura y el arte; el público no frecuentaba casi las librerías ni los teatros; los periódicos y las revistas se acostumbraron a pagar mal; Lamartine entró en su larga miseria laboriosa; Teófilo Gautier, que tenía que mantener una familia, hubo de deshacerse de su coche y de sus poneys. Y Dumas vio levantarse ante él el espectro de la ruina, él que tenía que mantener una tribu entera y varias residencias. Ese estado de desorden público despierta los instintos; Dumas vuelve a ser el libertario lírico, el mulato amigo de los oprimidos y el hijo de su padre. Se lanzó en la campaña contra la monarquía de julio y por la reforma electoral por encima de todo, furioso como estaba de no poder hacerse elegir diputado, por no poder pagar la contribución, y se inscribió de los primeros para el banquete reformista del 27 de noviembre de 1847 en Saint-Germain. Por si no era bastante, la gripe lo retuvo en cama ese día.
Vino el 48 y después febrero. Comandante de la guardia nacional en Saint-Germain, Dumas revistió el uniforme, con el cual fue a desfilar ante el trono sin que le faltase una condecoración, el 1 de mayo de 1847; arrastró más o menos a su gente a París, desfiló sobre el Puente Real, se mostró en la Cámara ante la muchedumbre que reclamaba la deposición de los Orleáns por encima de las cabezas parlamentarias. Con toda seguridad tenía la impresión de tomar su desquite sobre las querellas que esos señores le habían buscado cuando su epopeya mediterránea.
El 27 dirigió una proclama al batallón que tenía bajo sus órdenes, celebró la victoria de la revolución, aseguró que ella no se dejaría ahogar como la del 1830, porque los hombres del Gobierno provisional unían a su integridad de carácter el ingenio y la ciencia: "la revolución del 93 levantó los patíbulos, ¡la del 48 los derriba! Porque entre esas dos épocas ha transcurrido medio siglo de victorias, desgracias, progresos y decepciones". ¿No sabía, pues, que los trenes políticos de las decepciones siempre van, por lo menos, por vía doble?
Dos días después escribía a Emile de Girardin, en el curso de una larga carta para La Presse: "A usted y al Constitutionnel, mis novelas, mis libros, mi vida literaria, en fin; pero a Francia, mi palabra, mis opiniones y mi vida política. A partir de hoy, hay dos hombres en el escritor: el publicista debe completar al poeta." ¡Tantos otros han pensado así en su tiempo! Pero nadie ha dado su persona a la patria en un gesto más contundente.
Sin embargo, había apenas transcurrido un mes cuando ya se inquietaba. El 4 escribió una carta de un tono bien diferente, para el duque de Montpensier (¿la meditó a la sombra del árbol de la libertad que había hecho plantar delante de su Teatro Histórico?)
—Ese título de amigo, señor, cuando usted habitaba las Tullerías me enorgullecía —le decía—. Hoy que usted ha abandonado Francia, lo reivindico. Dios me libre de no conservar en toda su pureza la religión de la tumba y el culto del exilio.
Y en La Presse del 27 insertaba otra carta en la cual expresaba su extrañeza porque un coronel de la guardia nacional, nombrado gobernador del Louvre después de febrero, hubiese dado la orden de quitar la estatua del duque de Orleáns erigida en el patio del Louvre: "¿Por qué esto —preguntaba—, de dónde viene la prescripción de registrar las tumbas?" Y evocaba al vencedor del paso de Mouzaia, al bienhechor de los pobres, al dispensador de gracias, al gran francés cuyo féretro fue acompañado por Lamartine, Hugo, Vigny, Michelet, Delacroix, Ingres, Bayre.
Disposiciones bien contradictorias para un hombre que soñaba con actuar... En efecto, Dumas decidió que tenía el deber de entrar en la Cámara y presentó su candidatura a diputado por la circunscripción de Seine-et-Oise. El llamamiento que dirigió en marzo a los electores, por lo menos a los electores proletarios, es tan imprevisto, singular, bufón y democráticamente fastuoso, que su cita se impone:
A LOS TRABAJADORES
Presento mi candidatura a diputado; pido vuestros votos, he aquí mis títulos. Sin contar seis años de educación, cuatro años de notaría y siete años de burocracia, he trabajado veinte años a diez horas diarias por día, o sea 7,300 horas. Durante esos veinte años he escrito 400 volúmenes y 35 dramas.
Presento mi candidatura a diputado; pido vuestros votos, he aquí mis títulos. Sin contar seis años de educación, cuatro años de notaría y siete años de burocracia, he trabajado veinte años a diez horas diarias por día, o sea 7,300 horas. Durante esos veinte años he escrito 400 volúmenes y 35 dramas.
Los 35 dramas representados 100 veces cada uno aproximadamente: 6,360,000 fr.
Han Producido (en francos):
Mis dramas han hecho vivir en París durante diez años a 347 personas
Triplicando la cifra para las provincias son 1,041 personas
Añadamos las acomodadoras, jefes de claque, coches y son 70 personas
Total personas___________________________1,458
Han Producido (en francos):
A los directores | 1,400,000 |
A los actores | 1,250,000 |
A los decoradores | 210,000 |
A los costureros | 140,000 |
A los propietarios de salas | 700,000 |
A los comparsas | 330,000 |
A los guardias y bomberos | 70,000 |
A los sastres | 50,000 |
A los comerciantes de aceites | 525,000 |
A los cartoneros | 60,000 |
A los músicos | 292,000 |
A los pobres (derecho de los hospicios) | 630,000 |
A los fijadores de carteles | 80.000 |
A los barrenderos | 10,000 |
A los seguros | 60,000 |
A los inspectores y empleados | 140,000 |
A los maquinistas | 180,000 |
A los peluqueros y peluqueras | 93,000 |
Total | 6,360,000 |
Mis dramas han hecho vivir en París durante diez años a 347 personas
Triplicando la cifra para las provincias son 1,041 personas
Añadamos las acomodadoras, jefes de claque, coches y son 70 personas
Total personas___________________________1,458
Los 400 volúmenes editados y vendidos a 5 fr. cada uno: 11,853,600 fr.
Han producido (en francos):
Han producido (en francos):
A los tipógrafos | 264,000 |
A los impresores | 528,000 |
A los papeleros | 633,000 |
A los encuadernadores | 120,000 |
A los libreros | 2,400,000 |
A los comisionistas | 1,600,000 |
A los agentes | 1,600,000 |
A las mensajerías | 100,600 |
A los gabinetes literarios | 4,580,000 |
A los dibujantes | 28,000 |
Total | 11,853,600 |
Fijando el salario cotidano a 3 francos, como en el año hay 300 días de trabajo, mis libros han proporcionado el salario durante veinte años a 692 personas.
Los dramas y libros han asegurado el trabajo por término medio a 2,150 personas.
No están comprendidas en este estado las traducciones extranjeras y las falsificaciones belgas.
— ALEJANDRO DUMAS.
— ALEJANDRO DUMAS.
El llamamiento a los trabajadores incomodó a los burgueses de Seine-et-Oise, a los que el candidato escandalizaba por la libertad de sus costumbres. Derrotado, se dejó arrastrar a la elección del Yonne, aprovechando la opción de Luis Napoleón por París, y decidido a camuflar los desórdenes de su vida privada por una declaración de devoción a los curas. Un periódico, Le Représentant du Peuple, publicó el 4 de junio esta inesperada circular:
Señor cura: Si entre los escritores modernos hay un hombre que ha defendido el espiritualismo, proclamado la inmortalidad del alma, exaltado la religión cristiana, usted me rendirá justicia diciendo que soy yo.
Hoy vengo a proponerme como candidato a la Asamblea Nacional. Pediré en ella el respeto por todas las cosas santas; la religión ha sido para mí la primera preocupación.
Creo que el alimento espiritual es tan necesario al hombre como el alimento material; creo que un pueblo que sepa aliar la libertad y la religión será el primero de todos los pueblos; creo, en fin, que nosotros seremos ese pueblo.
Con el deseo de contribuir, en lo que esté a mi alcance, a esta obra social le pido no solamente su voto, sino también aquellos que la alta confianza inspirada por su carácter puede poner a mi disposición.
Le saludo con el cariño de un hermano y la humildad de un cristiano.
Si los curas del Yonne habían leído los libros de Alejandro Dumas, estaban ya aleccionados sobre la verdad de esta declaración de fe, no digo su sinceridad, pues es cierto que el autor, al escribirla, se había sentido desbordante de ardor cristiano. Pero en el Yonne como en Seine-et-Oise, los mismos que aplaudían al enemigo del socialismo, al defensor de la familia y de la propiedad, no le perdonaban —y los curas menos que nadie— sus aventuras, sus procesos, sus mujeres, y sus adversarios ¡lo denunciaban como un Cagliostro! El Tonnerrois, que sostenía su candidatura, contestó, en estos términos: ¿Quién sería, pues, Mirabeau si había sido juzgado capaz de salvar la Monarquía, si no hubiese muerto? Hay en Dumas algo de Mirabeau..." Inmediatamente Dumas dirigió al Tonnerrois, el 11 de junio, una hermosa carta que no estaba exenta de falsa modestia.
Señor: Yo no tengo la pretensión de ser un Mirabeau, pero sí la tengo de ser un buen francés, animado del espíritu nacional que he infiltrado en todo lo que he escrito, presto al ataque, rudo en la defensa, siempre dispuesto a defender una causa noble, siempre dispuesto a atacar una mala causa. Esto quiere decir que si llego a la Asamblea Nacional, el Gobierno me dará mucho trabajo.
Esta labor la haré conscientemente; la lucha es una de las necesidades de mi organización. Vivo de la fiebre que me quema.
Pero, si hay cuestiones locales que ignoro, y ésas usted las ha enunciado, las estudiaré sobre el terreno, una vez, dos, diez veces si hace falta; si hay, digo, algunas cuestiones locales que ignoro, conozco profundamente todas las cuestiones sociales y todas las cuestiones extranjeras, es decir, la política interior y exterior.
No me dejo intimidar fácilmente en la tribuna. No tengo ambición política, puesto que todo empleo que yo ejerciera me costaría más que me rendiría.
No, yo tengo solamente esa convicción íntima de que dondequiera que vaya irradio cierta luz que llevo en mí. Además, soy hombre de iniciativa. Osaré en la tribuna lo que he osado en el teatro, lo que he osado en los libros, lo que nadie ha osado antes que yo.
No me dejaré intimidar por ninguna posición, puesto que midiendo todas las posiciones con la mía, tango el orgullo de creer que la mía iguala a las demás.
No reconozco más superioridad que la inteligencia. Desde este punto de vista, me inclino ante dos hombres: Lamartine y Hugo.
Con todos los demás, tengo la pretensión de ser por lo menos igual.
Ahora, gracias por su artículo; me ha causado satisfacción por su franqueza y por su claridad, las cualidades que yo prefiero a todas, porque son mis cualidades supremas.
Apóyeme, pues, como lo ha hecho, y yo le respondo de ello; usted sostendrá en el camino de la Asamblea Nacional a un hombre que, una vez entrado en ella, no será una mancha en la circunscripción del departamento del Yonne.
Le estrecha fraternalmente la mano.
Cómica y bufa, esta carta es a pesar de ello noble y sensible. Del mismo tono es la reunión electoral de Joigny. Llegando orondo y alegre a la sala del teatro, una andanada de injurias acogió a Dumas, y alguien le gritó:
—Usted pretende ser republicano, ¿verdad?, y sin embargo, se hace llamar marqués de La Pailleterie y ha sido además ¡secretario del duque de Orleáns!
Entonces Dumas reivindicó el derecho a llevar el nombre de su abuelo, y acto seguido un orgullo superior a todos los títulos lo puso colérico: "Y estaba orgulloso de ello; pero hoy me llamo Alejandro Dumas a secas, y el mundo entero me conoce, usted el primero, que viene aquí para verme y ¡para presumir mañana de que me conoce! Si tal era su ambición, podía usted haberla satisfecho sin faltar a todos los deberes de un hombre educado." (Grandes aplausos...) Secretario del duque de Orleáns, sí lo había sido y guardaba a la familia exilada el reconocimiento de sus favores. El agradecimiento era una de sus cualidades, era un hombre honrado. Eso gustó mucho. Desgraciadamente, desató un nuevo escándalo en la sala al denunciar el peligro prusiano.
Al salir de la reunión, cuenta un testigo, descendimos hacia los embarcaderos, cuando detrás de nosotros dos o tres hombres del puerto se acercaron y empezaron a denigrar en alta voz a Alejandro Dumas... Nosotros estábamos hablando los dos; él se dio vuelta y agarra a uno, el más grande, lo lleva, como hubiera hecho con una gavilla de paja, sobre el parapeto del puente, gritándole:
—¡Pide perdón, o te tiro al agua!
El ciudadano, aterrado, se excusó sin que los otros osaran prestarle ayuda, y Dumas lo soltó con estas palabras despreciativas:
—He querido probarte que mis manos de "aristócrata" valían tanto como las tuyas. Y ahora ¡idos al diablo tú y tus amigos de borrachera!
El Alejandro Dumas de 1848 tuvo la misma suerte en Borgoña que en Ile-de-France. Tampoco la tuvo mayor en Pointe-à-Pitre (Guadalupe), donde el Comité conservador lo había escogido por candidato. El cuerpo electoral francés no ha querido a Dumas, como tampoco quiso a Balzac ni a Vigny.
Ambicioso de acción política en la prensa, ya que no era posible en la tribuna, Dumas había fundado en París un periódico, Le Mois, que redactó solo y que apareció el 1 de marzo de 1848 hasta el 1 de febrero de 1850. La política de Le Mois marchó muy poco tiempo en el sentido de la revolución, incluso hizo marcha atrás; sin dejar de adular a los trabajadores manuales, pasó la esponja sobre los disturbios de junio. Al proclamarse además espiritual y amigo respetuoso de la religión cristiana, Dumas perseveraba públicamente en el programa que las elecciones le habían hecho precisar.
Pero el dueño de Montecristo quería ante todo orden. Y multiplicó las protestas contra la debilidad del Gobierno.
El Gobierno provisional ¿está sin fuerzas? —preguntaba en la cabecera del número de mayo de 1848—. ¿No osa condenar o reprimir la revuelta? La sangre corre por las provincias, la guardia nacional se arma para el mantenimiento del orden y la defensa del poder, y, en recompensa de su celo, se la insulta, se la amenaza, y los directores de la Francia republicana guardan silencio. ¿Dónde ha ido a parar su energía, señor Ledru-Rollin?
¿Cómo ha desaparecido su amor por el orden, señor Lamartine?
Le Mois notaba con satisfacción que en la Asamblea un hombre del pueblo había gritado a Lamartine: "¡Basta ya de lira como ésa!" El 31 de diciembre, Dumas publicaba estas líneas, en las cuales podrían reconocerse muchas épocas:
Un trabajo general de limpieza ha empezado en todos los ministerios. La depuración será larga a realizar si se quiere terminar con todas las cohortes de incapaces, de impuros y de los indignos de febrero.
El 1 de marzo de 1849, nueva indignación, pero más amarga, más sarcástica:
La manía de insurrección está tan anclada en nuestras costumbres, que el pueblo de las ciudades es capaz de sublevarse contra las leyes elaboradas por él mismo, quince días después de su promulgación.
A propósito de Blanqui y de Barbés, durante el proceso de Bourges:
En este asunto hemos visto los demagogos al desnudo.
Cuando la Cámara amenazó invalidar el acta de Luis Napoleón, elegido diputado por dos departamentos, Le Mois hizo estas reflexiones, que se imponían en aquellos momentos:
Al quitarle la tribuna, le hacéis un pedestal; al negarle los derechos de ciudadano, le reconocéis sus derechos al trono.
Apenas Luis Napoleón había llegado a la presidencia de la República, Dumas le escribió la curiosa carta abierta del 18 de diciembre en la cual le pedía el fin del exilio para el conde de Chambord, el retorno de los duques de Orleáns, la restitución del Gobierno general de Argelia al duque de Aumale y del antiguo grado de oficial general de la Marina al príncipe de Joinville, la vicepresidencia de la República para Lamartine y el bastón de mariscal para el general Cavaignac. Dumas no preveía que Luis Napoleón serviría de mampara y de sostén al sistema burguesamente reaccionario y clerical, con el cual la mayoría de los franceses se daban por satisfechos. Pero acordándose de su Francia y Galia, Dumas veía levantarse al hombre capaz de aplicar la fórmula dada en la conclusión de ese libro: ¿No realizaba el príncipe el ideal de una democracia autoritaria? Y si bien no salía del pueblo, ¿no era el autor de un tratado "por la extinción del pauperismo"?
A pesar de ello, Dumas no aceptó el Imperio, sino que se volvió contra él, como se volvió contra la monarquía de julio, no por versatilidad, sino, al contrario, por fidelidad a sus convicciones. Se ha dicho demasiado que abandonó París en 1852 por razones completamente personales. Es posible que se haya agarrado a un pretexto político para salir de sus atolladeros financieros, ya que en el terreno político nada lo amenazaba verdaderamente. Pero él no amaba en absoluto al nuevo amo. "¡Es un consagrado holandés!", decía, atribuyéndole por padre al almirante Woerhuel. Y además, ¿no veía sus mejores amigos entre los proscritos?
Los volvió a encontrar, puesto que habían llegado en gran número a Bruselas en diciembre de 1851 y en enero de 1852: Hugo, Etienne Arago, Charras, Bancel, Emile Deschanel, Hetzel, etc.; otros se habían refugiado en Suiza, Eugenio Sue en Saboya, entonces una provincia sarda. Comían en un restaurante de la calle de los Eperonniers. Bruselas, la ciudad acogedora, los veía ir y venir por sus calles como colegiales en vacaciones. Ella poseía entonces de cinco a siete cafés, tres teatros, el paseo de las galerías de Saint-Hubert, donde se encontraba uno fácilmente. Este marco estrecho puso forzosamente a los nuevos llegados muy de relieve, pero no sin señalar la pobreza de su situación.
Pero Dumas había nacido para cambiar esa situación, para levantarla. Él no buscaba un retiro para esperar, sino un pavés sonoro y alegre para hacer ruido. Él no se acurrucaba en el rencor, el odio o la desesperación, sino que desplegaba, con un excelente buen humor y benevolencia, su manto protector. No tardó mucho en llenar su misión.
Alojado en el Hotel Europa, alquiló en el bulevar de Waterloo dos casas contiguas, hizo derribar una de las paredes, y añadiéndole la otra obtuvo un pequeño hotel particular de dos pisos, con puerta cochera y balcón, patio interior que se transformó en invernadero, amplia antecámara y habitaciones recubiertas. La escalera principal fue provista de espesos tapices, los salones fueron cubiertos de chales de Lyón y de imitaciones de cachemira, los dormitorios y gabinetes fueron revestidos de seda roja. María Dumas, llegada para unirse a su padre, habitó una de las dos antiguas casas, en el segundo piso encima del salón. Arriba del todo, en el lugar de los graneros, Dumas tuvo su gabinete de trabajo. Poco a poco amuebló ese pequeño palacio, dispersando una fortuna entre los anticuarios de Bruselas, Amberes, Gante y Malinas.
Es ahí, en esa imitación más modesta de Montecristo, donde acogió, llamó, reunió a la intelligentsia francesa exilada en Bruselas, con todos los transeúntes conocidos del mundo de las artes y algunos periodistas belgas. Los exilados venían regularmente a comer dos veces por semana, por el precio que pagaban en los modestos restaurantes: la suma se redondeaba a 1.50 francos. Hugo comió durante diez días en casa de Dumas a razón de 2.50 francos diarios. Pero como había comido tres veces fuera no desembolsó más que 23.50 francos. "¡Mi mesa me costaba 40,000 francos al año!", exclamaba Dumas contando esos detalles. Añadía, bien es verdad, que Hugo le había dado 25 francos, dejando 1.50 para el criado que le había servido.
Comían en el invernadero lleno de flores y resplandeciente de la irradiación de Dumas. Ocupado ese año en escribir ciertos capítulos de sus Memorias, deslumbraba a sus huéspedes con sus recuerdos. ¿Qué personalidad de Francia o de Europa no desfilaba ante sus ojos? Nadie sabrá nunca el esfuerzo de ingenio que dispersaron todos para el presente y de imaginación para el porvenir. A menudo llegaban visitantes, o bien había sesiones de magnetismo; como sujeto ordinario, una hermosa mujer que Dumas hacía poner a su lado durante la cena. Pasiva, tonta; pero "sus ojos de gacela amedrentada —dice Cherville— habían acreditado con éxito una pastelería", y de ahí que todos le pusieran el mote de "la hermosa pastelera". Nerval habla en una carta de una "panadera histérica" y de "sorprendentes contorsiones" que le obligaba a hacer Dumas, y añade: "La compadezco si él no termina el trabajo, pero creo que verdaderamente debe terminarlo en particular..."
El Odor di femina no faltó durante la estancia en Bruselas. Cuando se trató de alojar a la pequeña María, Dumas escribió a su hijo: "Es difícil, pues recibo bastante mala compañía." Después, en la misma carta: "Ahora, ¿estás bastante rico para comprar y enviarme, ensayándolo sobre una cabeza morena de veinte a veinticinco años, que creo está a tu disposición, un sombrero de verano de 50 a 70 francos? No te agarres, comprende bien, a 10 francos. Me he acostado con una hermosa joven que no quiere recibir otra cosa que un sombrero de verano, o amarillo paja muy claro, o blanco simplemente."
Vemos, pues, cómo Dumas practicaba la confianza paternal. El también se veía encargado de singulares servicios. Encontrándose enferma la señora Víctor Hugo, tuvo que explicarle de parte de su marido que se hacía necesaria una amante. La mujer del poeta respondió: "Que ella tome todo lo que quiera de él, pero que me deje el corazón." Y Dumas añade: "Como era buena Julieta, ella se lo dejó entero."
Cada vez que una personalidad llegaba de paso, Dumas fletaba un break grande e iban en numerosa compañía a visitar el campo de batalla de Waterloo. Tampoco faltaron las fiestas. En una de ellas, animada de una troupe de bailarinas españolas que actuaban en el teatro del Vaudeville, tuvo en su mesa, que en ese día ocupaba todo el invernadero y desbordaba en la casa hasta la puerta de entrada, a ministros, alcaldes, regidores, un príncipe de la casa real...
En resumen, la fastuosa vida de París, de Saint-Germain y de Marly continuaba en Bruselas; y el hombre que la llevaba —¿cómo creerlo?— era el mismo cuyos asuntos financieros se arreglaban en Francia muy difícilmente. Ocurre que habiendo roto el sitio de las deudas por una salida azarosa, a la vez que se distraía y distraía a los demás, Dumas trabajaba. El bos suetus labori no había soltado el yugo; su existencia de fiesta en Bruselas parecía incluso animarlo a acumular escritos, a multiplicar los mercados de edición, a hacer que su pluma sudara constantemente dinero.
Había entre los proscritos de Bruselas un literato y hombre político que se llamaba Noël Parfait. Dumas le dio hospitalidad en su casa, así como a su esposa y a su hijo, en pago de lo cual Parfait, instalado en la buhardilla, copiaba, copiaba y copiaba; y en ocasiones, puntuaba, corregía, controlaba, mientras que, a su lado, Dumas, en mangas de camisa y sin corbata, escribía sonriendo. Y como Parfait no bastaba, la mujer de otro proscrito, Camille Berru, venía también a rascar papel desde el amanecer. Dumas disponía de tres camas siempre hechas, dos en el primer piso en su habitación, tapizada de persa y alumbrada por una lámpara de vidrio rosa de Bohemia, la tercera en el granero de trabajo. A cualquier hora del día o de la noche abandonaba bruscamente su mesa y se echaba sobre una de las camas y se dormía instantáneamente y con la misma rapidez se levantaba; esos sueños precipitados y reparadores exigían el cambio de camas. Y gracias a esa organización, una parte de las Memorias y gran número de libros vieron la luz, a pesar de que el autor no se privase de hacer viajes entre Bruselas y París.
Parfait, que fue el socio (a partes iguales) del editor Hetzel para la explotación en Bélgica de las obras de Dumas, se elevó, en la casa transformada en palacio, del rango de secretario al de ministro de Finanzas. Encargado de vigilarlo todo, se transformó, como se ha dicho, en "la avaricia de Dumas"; miraba de reojo al criado que preparaba la mesa de las finas comidas o a Dumas mismo cuando entraba en coche con alguna antigualla bajo el brazo; se las arreglaba para que Dumas no encontrara dinero en su cajón. El personal le llamaba el "nunca contento"; pero Hugo, hablando de él a Hetzel, le decía: "vuestro querido y perfecto Parfait". Desde luego, contribuyó con su economía a restablecer los negocios del maestro.
Y los días de la dispersión llegaron. Cuando el Gobierno belga rogó a Víctor Hugo saliera de Bruselas y el poeta fue a tomar el barco a Amberes rumbo a Inglaterra, Dumas encabezaba el cortejo de amigos que fueron a despedirlo. El recuerdo de esa escena está fijado en Las contemplaciones:
Señor cura: Si entre los escritores modernos hay un hombre que ha defendido el espiritualismo, proclamado la inmortalidad del alma, exaltado la religión cristiana, usted me rendirá justicia diciendo que soy yo.
Hoy vengo a proponerme como candidato a la Asamblea Nacional. Pediré en ella el respeto por todas las cosas santas; la religión ha sido para mí la primera preocupación.
Creo que el alimento espiritual es tan necesario al hombre como el alimento material; creo que un pueblo que sepa aliar la libertad y la religión será el primero de todos los pueblos; creo, en fin, que nosotros seremos ese pueblo.
Con el deseo de contribuir, en lo que esté a mi alcance, a esta obra social le pido no solamente su voto, sino también aquellos que la alta confianza inspirada por su carácter puede poner a mi disposición.
Le saludo con el cariño de un hermano y la humildad de un cristiano.
Si los curas del Yonne habían leído los libros de Alejandro Dumas, estaban ya aleccionados sobre la verdad de esta declaración de fe, no digo su sinceridad, pues es cierto que el autor, al escribirla, se había sentido desbordante de ardor cristiano. Pero en el Yonne como en Seine-et-Oise, los mismos que aplaudían al enemigo del socialismo, al defensor de la familia y de la propiedad, no le perdonaban —y los curas menos que nadie— sus aventuras, sus procesos, sus mujeres, y sus adversarios ¡lo denunciaban como un Cagliostro! El Tonnerrois, que sostenía su candidatura, contestó, en estos términos: ¿Quién sería, pues, Mirabeau si había sido juzgado capaz de salvar la Monarquía, si no hubiese muerto? Hay en Dumas algo de Mirabeau..." Inmediatamente Dumas dirigió al Tonnerrois, el 11 de junio, una hermosa carta que no estaba exenta de falsa modestia.
Señor: Yo no tengo la pretensión de ser un Mirabeau, pero sí la tengo de ser un buen francés, animado del espíritu nacional que he infiltrado en todo lo que he escrito, presto al ataque, rudo en la defensa, siempre dispuesto a defender una causa noble, siempre dispuesto a atacar una mala causa. Esto quiere decir que si llego a la Asamblea Nacional, el Gobierno me dará mucho trabajo.
Esta labor la haré conscientemente; la lucha es una de las necesidades de mi organización. Vivo de la fiebre que me quema.
Pero, si hay cuestiones locales que ignoro, y ésas usted las ha enunciado, las estudiaré sobre el terreno, una vez, dos, diez veces si hace falta; si hay, digo, algunas cuestiones locales que ignoro, conozco profundamente todas las cuestiones sociales y todas las cuestiones extranjeras, es decir, la política interior y exterior.
No me dejo intimidar fácilmente en la tribuna. No tengo ambición política, puesto que todo empleo que yo ejerciera me costaría más que me rendiría.
No, yo tengo solamente esa convicción íntima de que dondequiera que vaya irradio cierta luz que llevo en mí. Además, soy hombre de iniciativa. Osaré en la tribuna lo que he osado en el teatro, lo que he osado en los libros, lo que nadie ha osado antes que yo.
No me dejaré intimidar por ninguna posición, puesto que midiendo todas las posiciones con la mía, tango el orgullo de creer que la mía iguala a las demás.
No reconozco más superioridad que la inteligencia. Desde este punto de vista, me inclino ante dos hombres: Lamartine y Hugo.
Con todos los demás, tengo la pretensión de ser por lo menos igual.
Ahora, gracias por su artículo; me ha causado satisfacción por su franqueza y por su claridad, las cualidades que yo prefiero a todas, porque son mis cualidades supremas.
Apóyeme, pues, como lo ha hecho, y yo le respondo de ello; usted sostendrá en el camino de la Asamblea Nacional a un hombre que, una vez entrado en ella, no será una mancha en la circunscripción del departamento del Yonne.
Le estrecha fraternalmente la mano.
Cómica y bufa, esta carta es a pesar de ello noble y sensible. Del mismo tono es la reunión electoral de Joigny. Llegando orondo y alegre a la sala del teatro, una andanada de injurias acogió a Dumas, y alguien le gritó:
—Usted pretende ser republicano, ¿verdad?, y sin embargo, se hace llamar marqués de La Pailleterie y ha sido además ¡secretario del duque de Orleáns!
Entonces Dumas reivindicó el derecho a llevar el nombre de su abuelo, y acto seguido un orgullo superior a todos los títulos lo puso colérico: "Y estaba orgulloso de ello; pero hoy me llamo Alejandro Dumas a secas, y el mundo entero me conoce, usted el primero, que viene aquí para verme y ¡para presumir mañana de que me conoce! Si tal era su ambición, podía usted haberla satisfecho sin faltar a todos los deberes de un hombre educado." (Grandes aplausos...) Secretario del duque de Orleáns, sí lo había sido y guardaba a la familia exilada el reconocimiento de sus favores. El agradecimiento era una de sus cualidades, era un hombre honrado. Eso gustó mucho. Desgraciadamente, desató un nuevo escándalo en la sala al denunciar el peligro prusiano.
Al salir de la reunión, cuenta un testigo, descendimos hacia los embarcaderos, cuando detrás de nosotros dos o tres hombres del puerto se acercaron y empezaron a denigrar en alta voz a Alejandro Dumas... Nosotros estábamos hablando los dos; él se dio vuelta y agarra a uno, el más grande, lo lleva, como hubiera hecho con una gavilla de paja, sobre el parapeto del puente, gritándole:
—¡Pide perdón, o te tiro al agua!
El ciudadano, aterrado, se excusó sin que los otros osaran prestarle ayuda, y Dumas lo soltó con estas palabras despreciativas:
—He querido probarte que mis manos de "aristócrata" valían tanto como las tuyas. Y ahora ¡idos al diablo tú y tus amigos de borrachera!
El Alejandro Dumas de 1848 tuvo la misma suerte en Borgoña que en Ile-de-France. Tampoco la tuvo mayor en Pointe-à-Pitre (Guadalupe), donde el Comité conservador lo había escogido por candidato. El cuerpo electoral francés no ha querido a Dumas, como tampoco quiso a Balzac ni a Vigny.
Ambicioso de acción política en la prensa, ya que no era posible en la tribuna, Dumas había fundado en París un periódico, Le Mois, que redactó solo y que apareció el 1 de marzo de 1848 hasta el 1 de febrero de 1850. La política de Le Mois marchó muy poco tiempo en el sentido de la revolución, incluso hizo marcha atrás; sin dejar de adular a los trabajadores manuales, pasó la esponja sobre los disturbios de junio. Al proclamarse además espiritual y amigo respetuoso de la religión cristiana, Dumas perseveraba públicamente en el programa que las elecciones le habían hecho precisar.
Pero el dueño de Montecristo quería ante todo orden. Y multiplicó las protestas contra la debilidad del Gobierno.
El Gobierno provisional ¿está sin fuerzas? —preguntaba en la cabecera del número de mayo de 1848—. ¿No osa condenar o reprimir la revuelta? La sangre corre por las provincias, la guardia nacional se arma para el mantenimiento del orden y la defensa del poder, y, en recompensa de su celo, se la insulta, se la amenaza, y los directores de la Francia republicana guardan silencio. ¿Dónde ha ido a parar su energía, señor Ledru-Rollin?
¿Cómo ha desaparecido su amor por el orden, señor Lamartine?
Le Mois notaba con satisfacción que en la Asamblea un hombre del pueblo había gritado a Lamartine: "¡Basta ya de lira como ésa!" El 31 de diciembre, Dumas publicaba estas líneas, en las cuales podrían reconocerse muchas épocas:
Un trabajo general de limpieza ha empezado en todos los ministerios. La depuración será larga a realizar si se quiere terminar con todas las cohortes de incapaces, de impuros y de los indignos de febrero.
El 1 de marzo de 1849, nueva indignación, pero más amarga, más sarcástica:
La manía de insurrección está tan anclada en nuestras costumbres, que el pueblo de las ciudades es capaz de sublevarse contra las leyes elaboradas por él mismo, quince días después de su promulgación.
A propósito de Blanqui y de Barbés, durante el proceso de Bourges:
En este asunto hemos visto los demagogos al desnudo.
Cuando la Cámara amenazó invalidar el acta de Luis Napoleón, elegido diputado por dos departamentos, Le Mois hizo estas reflexiones, que se imponían en aquellos momentos:
Al quitarle la tribuna, le hacéis un pedestal; al negarle los derechos de ciudadano, le reconocéis sus derechos al trono.
Apenas Luis Napoleón había llegado a la presidencia de la República, Dumas le escribió la curiosa carta abierta del 18 de diciembre en la cual le pedía el fin del exilio para el conde de Chambord, el retorno de los duques de Orleáns, la restitución del Gobierno general de Argelia al duque de Aumale y del antiguo grado de oficial general de la Marina al príncipe de Joinville, la vicepresidencia de la República para Lamartine y el bastón de mariscal para el general Cavaignac. Dumas no preveía que Luis Napoleón serviría de mampara y de sostén al sistema burguesamente reaccionario y clerical, con el cual la mayoría de los franceses se daban por satisfechos. Pero acordándose de su Francia y Galia, Dumas veía levantarse al hombre capaz de aplicar la fórmula dada en la conclusión de ese libro: ¿No realizaba el príncipe el ideal de una democracia autoritaria? Y si bien no salía del pueblo, ¿no era el autor de un tratado "por la extinción del pauperismo"?
A pesar de ello, Dumas no aceptó el Imperio, sino que se volvió contra él, como se volvió contra la monarquía de julio, no por versatilidad, sino, al contrario, por fidelidad a sus convicciones. Se ha dicho demasiado que abandonó París en 1852 por razones completamente personales. Es posible que se haya agarrado a un pretexto político para salir de sus atolladeros financieros, ya que en el terreno político nada lo amenazaba verdaderamente. Pero él no amaba en absoluto al nuevo amo. "¡Es un consagrado holandés!", decía, atribuyéndole por padre al almirante Woerhuel. Y además, ¿no veía sus mejores amigos entre los proscritos?
Los volvió a encontrar, puesto que habían llegado en gran número a Bruselas en diciembre de 1851 y en enero de 1852: Hugo, Etienne Arago, Charras, Bancel, Emile Deschanel, Hetzel, etc.; otros se habían refugiado en Suiza, Eugenio Sue en Saboya, entonces una provincia sarda. Comían en un restaurante de la calle de los Eperonniers. Bruselas, la ciudad acogedora, los veía ir y venir por sus calles como colegiales en vacaciones. Ella poseía entonces de cinco a siete cafés, tres teatros, el paseo de las galerías de Saint-Hubert, donde se encontraba uno fácilmente. Este marco estrecho puso forzosamente a los nuevos llegados muy de relieve, pero no sin señalar la pobreza de su situación.
Pero Dumas había nacido para cambiar esa situación, para levantarla. Él no buscaba un retiro para esperar, sino un pavés sonoro y alegre para hacer ruido. Él no se acurrucaba en el rencor, el odio o la desesperación, sino que desplegaba, con un excelente buen humor y benevolencia, su manto protector. No tardó mucho en llenar su misión.
Alojado en el Hotel Europa, alquiló en el bulevar de Waterloo dos casas contiguas, hizo derribar una de las paredes, y añadiéndole la otra obtuvo un pequeño hotel particular de dos pisos, con puerta cochera y balcón, patio interior que se transformó en invernadero, amplia antecámara y habitaciones recubiertas. La escalera principal fue provista de espesos tapices, los salones fueron cubiertos de chales de Lyón y de imitaciones de cachemira, los dormitorios y gabinetes fueron revestidos de seda roja. María Dumas, llegada para unirse a su padre, habitó una de las dos antiguas casas, en el segundo piso encima del salón. Arriba del todo, en el lugar de los graneros, Dumas tuvo su gabinete de trabajo. Poco a poco amuebló ese pequeño palacio, dispersando una fortuna entre los anticuarios de Bruselas, Amberes, Gante y Malinas.
Es ahí, en esa imitación más modesta de Montecristo, donde acogió, llamó, reunió a la intelligentsia francesa exilada en Bruselas, con todos los transeúntes conocidos del mundo de las artes y algunos periodistas belgas. Los exilados venían regularmente a comer dos veces por semana, por el precio que pagaban en los modestos restaurantes: la suma se redondeaba a 1.50 francos. Hugo comió durante diez días en casa de Dumas a razón de 2.50 francos diarios. Pero como había comido tres veces fuera no desembolsó más que 23.50 francos. "¡Mi mesa me costaba 40,000 francos al año!", exclamaba Dumas contando esos detalles. Añadía, bien es verdad, que Hugo le había dado 25 francos, dejando 1.50 para el criado que le había servido.
Comían en el invernadero lleno de flores y resplandeciente de la irradiación de Dumas. Ocupado ese año en escribir ciertos capítulos de sus Memorias, deslumbraba a sus huéspedes con sus recuerdos. ¿Qué personalidad de Francia o de Europa no desfilaba ante sus ojos? Nadie sabrá nunca el esfuerzo de ingenio que dispersaron todos para el presente y de imaginación para el porvenir. A menudo llegaban visitantes, o bien había sesiones de magnetismo; como sujeto ordinario, una hermosa mujer que Dumas hacía poner a su lado durante la cena. Pasiva, tonta; pero "sus ojos de gacela amedrentada —dice Cherville— habían acreditado con éxito una pastelería", y de ahí que todos le pusieran el mote de "la hermosa pastelera". Nerval habla en una carta de una "panadera histérica" y de "sorprendentes contorsiones" que le obligaba a hacer Dumas, y añade: "La compadezco si él no termina el trabajo, pero creo que verdaderamente debe terminarlo en particular..."
El Odor di femina no faltó durante la estancia en Bruselas. Cuando se trató de alojar a la pequeña María, Dumas escribió a su hijo: "Es difícil, pues recibo bastante mala compañía." Después, en la misma carta: "Ahora, ¿estás bastante rico para comprar y enviarme, ensayándolo sobre una cabeza morena de veinte a veinticinco años, que creo está a tu disposición, un sombrero de verano de 50 a 70 francos? No te agarres, comprende bien, a 10 francos. Me he acostado con una hermosa joven que no quiere recibir otra cosa que un sombrero de verano, o amarillo paja muy claro, o blanco simplemente."
Vemos, pues, cómo Dumas practicaba la confianza paternal. El también se veía encargado de singulares servicios. Encontrándose enferma la señora Víctor Hugo, tuvo que explicarle de parte de su marido que se hacía necesaria una amante. La mujer del poeta respondió: "Que ella tome todo lo que quiera de él, pero que me deje el corazón." Y Dumas añade: "Como era buena Julieta, ella se lo dejó entero."
Cada vez que una personalidad llegaba de paso, Dumas fletaba un break grande e iban en numerosa compañía a visitar el campo de batalla de Waterloo. Tampoco faltaron las fiestas. En una de ellas, animada de una troupe de bailarinas españolas que actuaban en el teatro del Vaudeville, tuvo en su mesa, que en ese día ocupaba todo el invernadero y desbordaba en la casa hasta la puerta de entrada, a ministros, alcaldes, regidores, un príncipe de la casa real...
En resumen, la fastuosa vida de París, de Saint-Germain y de Marly continuaba en Bruselas; y el hombre que la llevaba —¿cómo creerlo?— era el mismo cuyos asuntos financieros se arreglaban en Francia muy difícilmente. Ocurre que habiendo roto el sitio de las deudas por una salida azarosa, a la vez que se distraía y distraía a los demás, Dumas trabajaba. El bos suetus labori no había soltado el yugo; su existencia de fiesta en Bruselas parecía incluso animarlo a acumular escritos, a multiplicar los mercados de edición, a hacer que su pluma sudara constantemente dinero.
Había entre los proscritos de Bruselas un literato y hombre político que se llamaba Noël Parfait. Dumas le dio hospitalidad en su casa, así como a su esposa y a su hijo, en pago de lo cual Parfait, instalado en la buhardilla, copiaba, copiaba y copiaba; y en ocasiones, puntuaba, corregía, controlaba, mientras que, a su lado, Dumas, en mangas de camisa y sin corbata, escribía sonriendo. Y como Parfait no bastaba, la mujer de otro proscrito, Camille Berru, venía también a rascar papel desde el amanecer. Dumas disponía de tres camas siempre hechas, dos en el primer piso en su habitación, tapizada de persa y alumbrada por una lámpara de vidrio rosa de Bohemia, la tercera en el granero de trabajo. A cualquier hora del día o de la noche abandonaba bruscamente su mesa y se echaba sobre una de las camas y se dormía instantáneamente y con la misma rapidez se levantaba; esos sueños precipitados y reparadores exigían el cambio de camas. Y gracias a esa organización, una parte de las Memorias y gran número de libros vieron la luz, a pesar de que el autor no se privase de hacer viajes entre Bruselas y París.
Parfait, que fue el socio (a partes iguales) del editor Hetzel para la explotación en Bélgica de las obras de Dumas, se elevó, en la casa transformada en palacio, del rango de secretario al de ministro de Finanzas. Encargado de vigilarlo todo, se transformó, como se ha dicho, en "la avaricia de Dumas"; miraba de reojo al criado que preparaba la mesa de las finas comidas o a Dumas mismo cuando entraba en coche con alguna antigualla bajo el brazo; se las arreglaba para que Dumas no encontrara dinero en su cajón. El personal le llamaba el "nunca contento"; pero Hugo, hablando de él a Hetzel, le decía: "vuestro querido y perfecto Parfait". Desde luego, contribuyó con su economía a restablecer los negocios del maestro.
Y los días de la dispersión llegaron. Cuando el Gobierno belga rogó a Víctor Hugo saliera de Bruselas y el poeta fue a tomar el barco a Amberes rumbo a Inglaterra, Dumas encabezaba el cortejo de amigos que fueron a despedirlo. El recuerdo de esa escena está fijado en Las contemplaciones:
Je n'ai pas oublié le quai d'Anvers, ami,
Ni le groupe vaillant, toujours plus raffermi,
D'amis chers, de fronts purs, ni toi ni cette foule.
Toi debout sur le quai, moi debout sur le pont,
Vibrant comme deux luths dont la voix se répond,
Aussi longtemps qu'on put se voir, nous regardâmes
L' un vers l'autre, faisant comme un échange d'âmes,
Et le vaisseau fuyait, et la terre décrut.
Tu rentras dans ton oeuvre éclatante, innombrable,
Multiple, éblouissante, heureuse, où le jour luit,
Et moi dans l'unité sinistre de la nuit.
(No he olvidado el puerto de Amberes, amigo,
ni el valeroso grupo, cada vez más fortalecido,
de amigos queridos, de frentes puras, ni tú, ni esa muchedumbre.
Tú, derecho sobre el embarcadero, yo sobre el puente,
vibrando como dos laúdes cuya voz se hace eco,
nos miramos mientras pudimos vernos,
el uno hacia el otro, haciendo como un cambio de almas,
y el barco se iba, y la tierra decrecía.
Tú volviste a tu brillante e innúmera obra.
Múltiple, deslumbrante, dichosa, donde luce el día,
y yo en la unidad siniestra de la noche.)
Ni le groupe vaillant, toujours plus raffermi,
D'amis chers, de fronts purs, ni toi ni cette foule.
Toi debout sur le quai, moi debout sur le pont,
Vibrant comme deux luths dont la voix se répond,
Aussi longtemps qu'on put se voir, nous regardâmes
L' un vers l'autre, faisant comme un échange d'âmes,
Et le vaisseau fuyait, et la terre décrut.
Tu rentras dans ton oeuvre éclatante, innombrable,
Multiple, éblouissante, heureuse, où le jour luit,
Et moi dans l'unité sinistre de la nuit.
(No he olvidado el puerto de Amberes, amigo,
ni el valeroso grupo, cada vez más fortalecido,
de amigos queridos, de frentes puras, ni tú, ni esa muchedumbre.
Tú, derecho sobre el embarcadero, yo sobre el puente,
vibrando como dos laúdes cuya voz se hace eco,
nos miramos mientras pudimos vernos,
el uno hacia el otro, haciendo como un cambio de almas,
y el barco se iba, y la tierra decrecía.
Tú volviste a tu brillante e innúmera obra.
Múltiple, deslumbrante, dichosa, donde luce el día,
y yo en la unidad siniestra de la noche.)
Y Dumas también decidió a su vez regresar a Francia, lo cual hizo en noviembre de 1853. Con ese motivo dio una gran comida de despedida que quiso preparar él mismo. Ese día, Parfait, que desde hacía tiempo quería hacerle revisar las cuentas, en el gran libro recubierto de piel verde que Dumas no quería ver ni en pintura, creyó que por fin iba a lograrlo; el gran indiferente no podía abandonar sus salsas y sus asados: Parfait tendría por fin el visto bueno... Dumas recorría las páginas de cifras, pareció interesarse en ellas, y de pronto, aprovechando un momento de inatención del pobre contable, lanzó el registro dentro de uno de los hornos.
—Toma, ¡ahí tienes tu visto bueno!
Y soltando una carcajada continuó con sus guisos.
Alejandro Dumas no dejó en Bruselas más que amigos, salvo en la persona de su propietario, M. de Meeüs, que se quejaba de las transformaciones hechas en sus dos casas, reclamó por daños y perjuicios e intentó en 1855 (término del contrato) procesar a su inquilino. Pero los jueces se negaron a seguir al extraviado compatriota, y lo condenaron al pago de los gastos del juicio. Dumas volvió varias veces a esa segunda patria; en 1859 fue para ir a Guernesey y pasar dos días en Hauteville-House, pues no perdió jamás el contacto con Víctor Hugo. Precisamente en los papeles de Noël Parfait se ha encontrado una carta de cálida simpatía, escrita el 26 de abril de 1856, dando las gracias por el envío del volumen de las Contemplaciones, un tanto forzada, un poco pomposa de estilo.
Le he enviado una carta de Lamartine. Lo veo a menudo y cada vez que lo veo hablamos de usted; él lo conocía como se conoce a un rival, como se conoce un guerrero armado para el combate; me decía: "¡Es un Encelade, es un Prometeo, es un Titán!"
Yo le he dicho:
—Es más que todo eso, ¡es todo un corazón!
Lo conozco a usted más que nadie, yo, amigo mío, que lo he visto llorar, que lo he visto sufrir...
En París espera a Dumas una situación material saneada. Generalmente ello se ha atribuído a Parfait, como si éste hubiese sido a la vez belga y parisiense. Hay, sin embargo, una minuta de Dumas a su hijo, desgraciadamente sin fecha, a propósito de una negociación: "No hagas hablar a Lévy por Parfait, pues todo lo que éste emprende sale mal, con la mejor voluntad del mundo; tiene mala suerte y tengo miedo". Dumas sabía perfectamente que la economía de Parfait en Bruselas había sido una forma de abnegación. Pero en París, si ha habido un mago en solucionar los asuntos de Dumas, no ha sido Noël Parfait, sino Hirschler, uno de sus secretarios, que había dirigido el Teatro Histórico. Este semita, hábil y que admiraba al maestro como a un semidiós (así lo llamaba él) , pagó todas las cuentas con los editores y los directores de periódicos, con los teatros; la honorable avenencia que puso un término a la quiebra del Teatro Histórico fue obtenida por él. Frente a los acreedores, alguaciles, jueces, hombres de negocios, que, incluso a distancia, perseguían a Dumas, él ha sido el soldado y el paladín.
Apenas de regreso, el escritor puso en pie un nuevo periódico. En la serie de los bienes que quería poseer él solo, no hay que olvidar el periódico. ¡Tener su periódico! Y lo ha tenido. Después de Le Mois fue Le Mousquetaire; después, algunas hojas de vida efímera: La France Nouvelle (duró un mes), Le Monte-Cristo, semanario (duró tres semanas), Le Monte-Cristo "antología de las obras inéditas de Alejandro Dumas" (enero-octubre, 1862) ; un nuevo Mousquetaire aguantó cinco meses en 1866; Le Dartagnan, trisemanal de 1868, no tuvo mayor vida.
Le Mois, ese instrumento de una memorable campaña antidemagógica, hay que considerarlo también desde el punto de vista periodístico. Periódico de formato en 4º a dos columnas, no costaba más que cuatro francos al año (tuvo veinte mil suscriptores) y ofrecía una sección completa de crónicas que Dumas redactaba él solo. Entre ellas, hay dos que gustan y asombran: organización del trabajo e historia del país (por ejemplo, una crónica pasaba revista a las situaciones sucesivas de Francia desde el tratado de Aix-la-Chapelle de 1748 hasta el 30 de marzo de 1848). Le Mois guarda, todavía hoy, cierto interés, pues, al igual que las Memorias, contiene amplios y vivos relatos, por hechos de actualidad: abdicación de Luis Felipe, ceremonia de la Madeleine en memoria de los "ciudadanos muertos por la libertad", sesión parlamentaria del 15 de mayo, jornadas de junio, de las que dio visiones épicas, etc. Podría editarse una verdadera antología. Y como todo periodista innato, Dumas poseía antenas; publicó previsiones importantes: "¿Quizá —decía Le Mois— se abrirá algún día el canal de Panamá?... ¿Tal vez se abrirá al fin el istmo de Suez? Este periódico tan vivo daba un importante espacio a las noticias del extranjero, se consagraba a una crítica de las ideas (una campaña contra Proudhon es muy curiosa) y se abría a la literatura en las ocasiones memorables; cuando murió Chateaubriand, Le Mois publicó un elogio fúnebre, firme y de contornos brillantes, una verdadera medalla.
Le Mousquetaire, que vivió de noviembre de 1853 a febrero de 1857, instalado en la calle Laffite, en el patio cuadrado de la Maison d'Or, frente al célebre restaurante, respondía a otra concepción. Era un diario, tenía su redacción y su administración. Esta se componía de Michel, el antiguo jardinero de Montecristo; Rusconi, el hombre que lo hacía todo, pero que no hacía nada y, afortunadamente, Hirschler, que supo encontrar en dos meses cuatro mil suscriptores y hacer vender diariamente en París 6,000 ejemplares. Le Mousquetaire ha tirado más de 10,000 ejemplares. Dumas vivía en el tercer piso, un pobre departamento interior de tres habitaciones, muy diferente al de Bruselas; María Dumas venía casi diariamente a echar una ojeada. Una de las tres habitaciones servía de gabinete al director. ¡Qué estrecho y vacío! La sala de redacción en la planta baja se llenaba del mediodía hasta las seis de la tarde: artistas, escritores, periodistas, actores, bohemios, de todas las razas, de todas las religiones, hacían allí un ruido infernal del que se quejaba el vecindario. Dumas, desde su tercer piso, venía de vez en cuando a asomarse a la barandilla y gritaba: "¿Qué pasa, no se matan?"
El primer número (12 de noviembre) apareció auténticamente dumasiano: un "diálogo entre yo y el primer llegado".
—¿Va usted a hacer un periódico?
—Sí.
—¿Literario o político?
—Literario.
—¡Ah!
—¿Qué?
—Se equivoca.
—Es lo que siempre me han dicho cuando he empezado algo.
—Lo que no le ha impedido continuar, ¿verdad?
—¡Naturalmente!
Al "primer llegado", que le reprochaba haber escogido un título provocador, Dumas responde:
—Es un título esencialmente francés. Es un título que es popular por el éxito, merecido o no, de una novela moderna. En fin, es el título adoptado...
—¿Por qué ese diario?
—En primer lugar, porque me canso de ser atacado por mis enemigos y mal defendido por mis amigos en los periódicos de los demás; después, porque tengo todavía cuarenta o cincuenta volúmenes de mis Memorias que publicar; que los cuarenta o cincuenta volúmenes son cada vez más compremetedores a medida que se acercan a nuestra época y que yo deseo tomar la responsabilidad, no solamente como autor, sino como editor.
—¿De qué hablará el periódico?
—De las injusticias, de las críticas y errores de los artistas, de las desgraciadas iniciativas de los ministros en su fomento de la literatura y el arte: "Usted admite que un ministro se pueda equivocar, ¿no? Empezamos ya a darnos cuenta que hasta el Papa no es infalible..."
—¡Usted riñe con todo el mundo!
—Tenemos armas ofensivas y defensivas, aceptamos el combate..., etcétera.
Le Mousquetaire merecía bien su nombre, a pesar de que no haya mantenido su programa integralmente y que las polémicas no hayan sido tan ruidosas como se esperaba.
Los colaboradores ocasionales, más bien visitantes: Nerval, que ha publicado en él dos novelas y el soneto El desdichado; Banville y Méry, a los que el periódico publicó sus versos; Emile Deschamps, cronista raro, eran recibidos por la compañía o por los secretarios. Le Mousquetaire arboló curiosos secretarios, especialmente el conde de Goritz, que se decía refugiado de Hungría y que hacía pasar a su mujer por una hija de Luis XVII, en realidad un simple Mayer, y estafador, cuya vida era una novela que la policía interrumpió.
Le Mousquetaire tuvo también su loca, Clemencia Bader, pequeña y fea provinciana, a quien la peor literatura había trastornado la cabeza y que fue durante algún tiempo el hazmerreír de todo el mundo. Afortunadamente, la redacción permanente era más seria, con Audebrand, Asseline, Henri Conscience, Aurélien Scholl, George Bell, Paul Bocage. Henri Rochefort formó parte de ella durante algunas semanas bajo el seudónimo de Saint-Henri de Luçay. La condesa Dash estaba a cargo, con espiritualidad, de la crónica de la alta y mediana sociedad. Les grandes hommes en robe de chambre de Dumas y Les Mohicans de Paris alternaron en El Mousquetaire con los cuentos de Lermontov, de Poe, de Maine Reid. Hubo un "Correo de las mujeres", una crónica teatral regular, incluso de provincias, extractos importantes de los libros comentados en París, reseñas de los bailes de máscaras por el mismo M.H. Revoil, que explicaba también las grandes cacerías. Así fueron servidos a los lectores grandes trozos de Souvenirs, la continuación de las Memorias.
Raro y simpático. ¡Cada número una sorpresa! y ¡qué maneras más hermosas! Lo cómico y lo divertido —no siempre voluntarios avecinaban con la seriedad más redundante. Personalmente, Dumas ha publicado en su hoja grandes artículos sobre Michelet, George Sand, Delacroix, incluso de opiniones bastante originales sobre Gautier, Nerval, Janin y Sainte-Beuve. Pero, sobre todo, ha charlado con los unos y con los otros a través de innumerables páginas. Se hacía escribir cartas y las contestaba. Publicaba además las declaraciones de simpatía y admiración que le enviaban: "Usted es un hombre de gran corazón", "Me han dicho que usted es muy bueno", "Usted ha escrito cosas llenas de ese buen sentido espiritual..." ¡Ah! Él no se olvidaba. El 23 de marzo de 1855, en la cabecera del periódico:
Queridas lectoras:
Ustedes me creen muerto, ¿verdad? Ni charlas, ni Mohicanos, etc. ¿Qué hace, pues, el pretendido infatigable?
Los que no me conocen dicen: "Está descansando".
Los que no conocen mi edad dicen: "Ama".
Los que viven a mi alrededor dicen: "Está preparando".
Sí, miles de cosas.
Siguen cinco columnas donde se habla de su hijo y de él. Durante muchos días ha hablado de los amores de su hijo y de las obras que han inspirado. Una vez, el audaz Mousquetaire ¿no se puso a publicar Homero en condiciones espantosas? El secretario de la redacción, Urbain Fages (bajo el nombre de Savigny), auténtico helenista, había elogiado y comentado varios episodios de la Ilíada delante de Dumas, el cual, como nunca había leído la epopeya, se quedó admirado.
—¡Qué sería, pues, si usted leyese eso en el texto! —le dijo Fages.
—Por qué no?
Él no sabía el griego, pero su brillante secretario, ¿no podía traducir esas bellezas para él? Fages accedió, y Dumas, entusiasmado, exigió que la maravilla fuese inmediatamente editada. Y acto seguido se aprestó a firmar esa nueva traducción, la firmó y el poema homérico apareció en folletín. ¡Escándalo en el Divan y en la calle! El folletín sólo salió tres números, pero los lectores del Mousquetaire habían tenido su canto de Homero.
En conjunto, disfrutaron de una información literaria, artística y de sociedad bastante bien escrita y dirigida para que Hugo escribiera a Dumas: "Usted sabe que vivo sin Mousquetaire. ¿Es eso vivir?" Y otra vez: "Usted nos devuelve Voltaire." Pero, como Hugo añadía: "supremo consuelo para la Francia humillada y herida", Dumas no osó publicar la carta; en esa época se suprimían los periódicos por decreto y Proudhon estaba en la cárcel. Una carta de Lamartine pudo aparecer sin inconveniente alguno, y ella era un excelente cumplido:
Mi querido Dumas —decía el poeta— , ha sabido usted que soy suscriptor suyo y me pide mi opinión sobre el periódico. La tengo sobre las cosas humanas, pero no para los milagros. Usted es un ser sobrenatural. ¡Mi opinión es un signo de admiración! Se ha buscado el movimiento continuo; usted ha hecho algo mejor, ha encontrado el asombro perpetuo. Adiós, viva, es decir, escriba. Yo estoy aquí para leer.
Un periódico de Dumas, ¡ay!, no podía durar. Lo mataba con sus exigencias de explotador. Una noche, el administrador le negó el dinero que pedía levantando los brazos al cielo, y él, extrañado, exclamó: "¡Pero cómo! ¿Y las suscripciones? ¿Y la venta en los quioscos?" El administrador, fiel servidor suyo, le respondió:
—Hace ocho días seguidos que toma usted 500 francos cada noche de la caja.
—¡Caramba! —exclamó Dumas—, bien puedo cobrar 500 francos diarios, puesto que doy 1,500 francos de original.
Además, Dumas desatendía demasiado el abrir o hacer abrir la correspondencia que recibía. Un testigo cree afirmar que ciertas cartas no abiertas y echadas a la papelera con desenvoltura contenían giros de suscripciones. Los colaboradores, demasiado mal pagados, o no pagados, enviaron un buen día su dimisión colectiva, que fue retirada pronto en gran parte, aunque no por mucho tiempo.
No es exagerado afirmar que Alejandro Dumas ha creado el periodismo moderno y echado ciertas bases de la gran prensa. Uno de los principios de la prensa moderna es que lo que importa ante todo es hacerse leer y que, por tanto, hay que atraer, divertir, asombrar. Sobre ese punto, Le Mousquetaire daba entera satisfacción, ¿no es lo que ha dicho Lamartine? Pero Dumas descubrió igualmente el interés de la entrevista indiscreta y del gran reportaje.
Abramos el Journal de Delacroix el 25 de noviembre de 1853:
"...Por la noche, ese terrible Dumas, que no suelta su presa, ha venido a insistir y a importunarme a medianoche, con su cuaderno de papel blanco en la mano..."
Delacroix, ¿presa del escritor? Sí, porque Dumas lo había perseguido para obtener notas sobre cosas de su oficio: cómo hacía su paleta, sus ideas sobre el colorido, etc.
"Sabe Dios —continúa Delacroix— lo que va a hacer de los detalles que le he dado tontamente. Lo quiero mucho, pero no estoy formado por los mismos elementos y no buscamos el mismo objetivo."
En efecto, el aventurado Delacroix ignoraba la tentación demoníaca del periodismo. Al contrario, a Dumas ese día, esa noche —¡a medianoche!— lo vemos transformado en periodista cien por cien y anticipándose al tiempo. Le Mousquetaire ha pintado a George Sand llenando sus hojas sin tachaduras, y liando y fumando cigarrillos. Ha publicado informaciones pintorescas de Paul Bocage a través de París.
En cuanto al iniciador del gran reportaje, ya lo hemos visto a través de sus viajes. ¿Me contentaré, pues, con una simple alusión al viaje relámpago en Gran Bretaña con su hijo, en 1857, para asistir al Derby de Epsom y visitar la exposición de Manchester; al último viaje de Alemania, de donde trajo una novela histórica, El terror prusiano? Esa novela, muy románticamente folletinesca, parece haber sido para el autor un pretexto para informar a los franceses, puesto que contiene bastantes "cosas vistas" sobre la cara y el espíritu de Prusia después de Sadowa, y vistas seriamente en la época en que París se divertía con La Grande Duchesse de Gerolstein. Pero hay que detenerse aún más en Auxerre, que se honró mucho tiempo con una fiesta local, "la retirada iluminada" del 25 de julio. Dumas la ha evocado en un folleto publicado por un librero de la villa en 1858 y cuyo texto se encuentra en sus crónicas de Bric-à-Brac. Verdaderamente se trata de una página de "enviado especial".
Extraña y singular procesión, mágica, en la oscuridad total de la villa. Desfilan doce tambores con sus bonetes puntiagudos, los tambores iluminados por transparencia. Todo el desfile avanza alumbrado de esa manera; cornetas, corazas, escudos. Iluminados, veinte caballeros de los tiempos de Carlos VI con sus banderas. Después aparece la reina de crinolinas, majestuosa criatura de ocho pies de alto y dieciocho de circunferencia, tocada con un sombrero de satín rosa, un mantón con encajes negros, un vestido de seda blanca con pintas rosa, esta soberana y sus adornos realzados por su iluminación interior, que transparentaba. Una Maravillosa del Directorio la acompañaba, y su sombrero, así como su guirindola, semejan finas lámparas, así como las sombrillas de los dos mandarines que la siguen. En su cortejo, la carroza del emperador de China, pagoda andante, es una iluminación en marcha. En contraste, he aquí el rey de Yvetot caballero sobre su asno y acompañado de su Jeanneton, pues Béranger acaba de morir; alrededor de él, los grandes dignatarios del Estado. Tampoco ha sido olvidado el cometa de 1857. Tiene una cola de veinticinco pies de largo, llevado por las Osas Mayor y Menor y rodeado de nebulosas; ese cielo que irradia de un fuego sagrado lleva en su dulce destello la carroza del rey y la reina de Liliput; después vienen un rey de la India sobre su elefante, la carroza del rey de Kadidan, rey árabe de un reino descubierto evidentemente por algún explorador auxerrés, el cual ha debido traer el sarmiento que da el famoso vino de jaqueca: todas esas majestades, iluminadas como lo demás.
Lo que hace la maravilla de esta retreta única, de la que Dumas ha sabido dar la idea viva, es el largo deslizamiento de luces que no han conocido ni Harum-al-Raschid en Bagdad, ni Boabdil en Granada, es esa ciudad que marcha junta, tan suavemente como si se deslizara sobre terciopelo. ¡Extraordinario espectáculo! El origen del mismo remonta a la campaña de Francia. Una noche que los tambores de la ciudad tocaban retirada, un soldado bromista había tomado una vela de una vitrina y se la puso sobre el quepis; sus camaradas lo imitaron. Al día siguiente, un fuerte viento apagó todas las velas. Entonces los soldados se confeccionaron quepis con papel impregnado de aceite, e introduciendo las velas dentro, los convirtieron en verdaderas linternas. La tradición ha sido mantenida durante mucho tiempo y cada año ha ido perfeccionándose. Dumas la ha visto en todo su apogeo. ¿No está ahí, para tratar con su gran prestigio un tema en oro?
Qué lástima que no haya podido realizar su proyecto de ir a los Estados Unidos a buscar un nuevo y gran tema! Había tratado de ello el 4 de octubre de 1864, con el periodista y diplomático John Bigelow, que, convidado a comer en su casa, lo invitó formalmente a hacer un viaje de lecturas y conferencias en las principales ciudades del Nuevo Mundo. "Su visita —le escribía al día siguiente— sería para mis compatriotas un acontecimiento de una importancia nacional, y usted puede estar seguro que recibiría de ellos una acogida tal que jamás han concedido a ningún francés, salvo quizás a La Fayette..." Si hubiera sido Dumas mismo el que nos contase esto, ¡cuántos serían los que sonreirían y dudarían!; pero es un antiguo embajador americano en París, en sus Memorias."
¿Qué es lo que se opuso al viaje? Quizá su ignorancia de la lengua inglesa. Sin duda alguna el miedo de la negrofobia yanqui; pero ¡cómo no sentirlo! Dumas nos habría traído de allá, además de alguna novela, una verdadera encuesta, y su genio de periodista se habría consagrado ante todos.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)