Los cuentos y las narraciones exigen esencialmente el don de relatar; hay que tener una soberana facilidad, la emoción concentrada y rápida, sal, agudeza o gracia. Alejandro Dumas es príncipe en el cuento y en la narración. Le encantaba relatar cómo bailan las bailarinas españolas; era la inspiración personificada; su conversación siempre fue tan espiritual como abundante. Heine hacíale siempre un cumplido comparándolo con Cervantes y con la "señora Scarriar, más conocida con el nombre de la sultana Sheherazada".
Naturalmente, los límites inamovibles no pueden concebirse con Dumas, que ha escrito novelas que más bien parecen cuentos o narraciones y cuentos que se acercan a la novela; cuentos y novelas autónomos y que se presentan como tales, otros integrados en sus Impresiones de viaje, sus Recuerdos, sus Memorias y que el lector mismo desprende de dichas obras.
El que daría a sus cuentos y novelas la forma de una elipse, tendría por focos la tragedia y lo picaresco. Alrededor de ellos, y algunas veces a igual distancia entre los dos, Dumas ha construído obras maestras.
Obras maestras de comedia picaresca, Los bandoleros de Osuna, De París a Cádiz, o El Padre Hiraux, maestro de música, de sus Memorias. Un largo cuento independiente, una verdadera novela, El capitán Pánfilo, hace pensar a veces en Julio Verne y a veces en MacOrlan, y también en el Sancho Panza, de P.J. Touleta, en su Casamiento de don Quijote. Dumas se muestra precursor, y ¡con qué maestría! Robar un cargamento en alta mar, verse arrojado al agua y librado por el azar a los Hurones, perder y recobrar un bergantín, comprar todo un territorio por 150 botellas de aguardiente a un avispado salvaje, he ahí en uno de sus aspectos la existencia del capitán. Y veámoslo ahora desde otro ángulo: llegado a Inglaterra con el título de Gran Cacique de los Mosquitos de América, haciéndose preceder de sus dos "cónsules" armados de propaganda y publicidad; reunió millones de libras vendiendo concesiones de su supuesto Eldorado, contrae un empréstito inmenso y este empréstito le obliga a redactar una Constitución que es una chuscada sin nombre por su gravedad; después desaparece, no sin antes haber expedido a su desierto 16,000 emigrantes, al punto que Dumas lo supone instalado de incógnito en París y en nada "extraño a una gran parte de las empresas industriales que se crean desde hace algún tiempo". Decididamente este capitán Pánfilo es un precursor de gran clase, cuyo carácter lleva la historia a galope tendido, mezclándola a la de un mono, un oso o una rana a los cuales el héroe se han encontrado más o menos mezclado y que completan este cuadro exótico, no vulgar como tantos otros, sino grabado como un aguafuerte.
La chuscada casi trágica, o la tragedia picaresca, surgen a menudo como verdaderos cuentos en los libros de recuerdos con motivo de realidades imprevistas como "la villa de Bouc", con curiosos bonachones que diríase más bien que Dumas no los ha visto, sino inventado: un verdadero álbum podría hacerse, al frente del cual figuraría, a mi gusto, el coronel Morrisel, de las Memorias, hombre con gafas, paraguas y costumbres estrictas y mezquinas, de escogido lenguaje, enclenque, delicada muñeca de guiñol, pero que ha matado a veintidós en duelo, y cuando iba a batirse por vigésima tercera vez, manda tomar las medidas de su adversario, para pedir a la funeraria un entierro de primera clase a su cargo. Pero al día siguiente recibirá excusas reparadoras. Envejecido y enfermo, Morrisel no podía orinar; le prolongaban la vida a fuerza de transpiración. Un día, no comprendiendo lo que los médicos le decían, pidió que le procuraran el cadáver de una persona víctima del mismo mal que le aquejaba. Compró el cuerpo en un hospital al precio ordinario de seis francos, ordenó que Io acostaran sobre una mesa al lado de su cama y rogó a un doctor que practicase la autopsia delante de él y le explicase la génesis de la enfermedad. Entonces, satisfecho de haber comprendido exactamente, murió con una maravillosa tranquilidad.
En el aspecto francamente trágico, Dumas narrador no es menos rico. Una contradicción esencial se encontraba en el centro de toda la época. He dicho antes que la Restauración había ennegrecido demasiado arbitrariamente la vida, pero rectifico: es posible también que la época que ha seguido, desanimada a menudo, haya sentido crecer el peso de su pasado. La alegría, los juegos, la jovialidad, aunque sinceros, no habían despojado a los contemporáneos de Alejandro Dumas de una herencia de costumbres militares y guerreras, ni de restos de actitudes y de gestos guardados inconscientemente de los terrores rojo y blanco. Eso no impedía, sin embargo, la existencia de una energía desocupada que hervía en el cuerpo de los hombres, cuyos padres habían vivido las épocas napoleónicas, y que, influídos por el fanatismo del honor, hacían del de armero el más próspero de los negocios. Se venía al mundo con pistolas. En fin, la moda... Añádase a estos rasgos de la sociedad los trazos de la literatura, el gusto de lo novelesco aterrador, el de lo novelesco sádico, los dos de origen revolucionario, sin olvidar las rarezas venidas del ocultismo; tendremos el clima en el cual el Dumas narrador ha hecho abrir flores de sangre, entre las cuales Los hermanos corsos y Paulina de Meulien no son seguramente los menos rutilantes.
Debería parecer difícil separar Colomba de Los hermanos corsos. La obra de Dumas no tiene la densidad cocida y recocida de Colomba, de ese carbón cristalizado; pero la inclinación a la narración, muy fuerte, se fortalece además de un sistema de correspondencias metafísicas. Los dos hermanos separados por las ideas, afrancesadas en Luis, que vive en París, y siguiendo corsas en Luciano, que vive en Sullacaro, están profundamente unidos, a pesar de todo, no solamente por un gran amor de todo corazón, sino por una telepatía constante, una comunicación a distancia, una simpatía física a través de tierras y mares; elemento sobrenatural que Dumas hace admitir y cuya historia no se encuentra ni más ni menos cargada de enigmas que una Venus d'Ille... Un arbitraje decidido al ruego de Luis pone fin a la secular querella que cortaba el pueblo natal en dos, pero durante este tiempo en París sigue la guerra, guerra de amor, duelo, muerte del hermano pacífico. El otro, enterado por intuición misteriosa, llega, con la aprobación de su madre, provoca en duelo al afortunado rival, se siente seguro de matarlo, lo mata y después estalla en sollozos por primera vez en su vida.
Merimée había conocido en 1839 la verdadera Colomba cuando ésta tenía setenta y cinco años; Dumas ha conocido la situación y los personajes que han inspirado Los hermanos corsos en 1842, durante una excursión a la isla de Elba en compañía del príncipe Napoleón. Asistió a la desaparición del bandolerismo en una comarca, pero parece ser que los Franchi, gran reserva de hombres, pagaron con fuerte tributo de sangre esa renuncia a las antiguas costumbres. La llegada del narrador al pueblo y la amistad ligada con el Franchi tradicionalista y después con el Franchi modernista, la suprema dignidad de la madre, la pintoresca cortesía del bandido Orlandi, hacen coro a las maravillosas almas fraternales en las cuales se han acumulado siglos de nobleza.
Por consiguiente, la significación de la historia y sus poderosas sugestiones toman el aspecto de unas caras que, frente a un París corrompido por la vida mundana, se reflejan la una a la otra y multiplican el resplandor muy humano, de una heroica altivez.
Otra cosa más es pura y noble en la novela titulada Paulina de Meulien; un hermoso amor, desdichado y desesperado. Pero la novela inclina hacia la literatura de terror, marcada por un juego de fuertes contrastes: caracteres de hierro, opuestos a las ternuras femeninas, criminales corazones, disimulados bajo la cortesía extrema de los modales; a la luz del día, o a la de las veladas mundanas, la caza, el paseo, el baile, la música; pero, en las noches del campo, del mar y de los subterráneos, el robo, el secuestro y el crimen, despliegue de un valor maldito, las espadas, las pistolas, el veneno. Y sin embargo, a la luz del día y en la oscuridad de la noche, son los mismos hombres, con vida doble... Historia furiosamente romántica, como se ve, excesiva y arbitraria, pero diabólicamente tramada, punzante en sus efectos, llena de un profundo sentimiento de todo lo que hay de terriblemente posible en el ser humano.
Faltaba buscar y encontrar el terror hasta en lo fantástico, como para una ofrenda a los manes de Nodier, ofrenda "expiatoria", escribe con razón un crítico erudito, por lo mucho que se había apartado Dumas en esta vía. Por ello las "novelas negras" reunidas en una colección con el "título significativo", Los mil y un fantasmas. M. Schmidt prosigue: "Estos relatos sangrientos y frívolos... permiten ver con qué seguridad pérfida las carnicerías libertinas de la Revolución francesa habían intoxicado, por generaciones, la imaginación y la sensibilidad francesas; de la misma manera que las sombras del Erebe se precipitan como un enjambre de moscas ávidas sobre la tumba que cava el inadvertido Ulises, de esa manera, sobre las fisuras, abiertas vagamente, de las fosas comunes de la guillotina, se instalan durante más de un siglo las larvas putrefactas que engendran a veces nuestras tinieblas interiores. La obsesión del cuerpo femenino que se posee en las frías delicias, cuando su cabeza ya cortada no está unida a su cuello más que por una ilusión diabólica, hace durante mucho tiempo delirar los mejores cerebros de nuestra literatura".
El autor de Los mil y un fantasmas ha reunido, pues, algunos especialistas de la fisiología oculta y arranca a cada uno de ellos, a los postres de un copioso banquete en casa del alcalde de Fontenay-aux-Roses, una historia macabra. Por ejemplo: un gran cirujano, aficionado a las investigaciones sobre el comportamiento de las cabezas guillotinadas y sacadas del cesto siniestro, explica cómo una noche le trajeron una cabeza que reconoció al instante por tratarse de la de su novia. He aquí el fragmento:
"Grité tres veces: "¡Solange! ¡Solange! ¡Solange!" A la tercera vez los ojos se abrieron, me miraron, dejaron escapar unas lágrimas y, lanzando una mirada triste, como si el alma se escapara, se cerraron para no abrirse jamás. Yo me levanté, loco, insensato, furioso; quería huir; pero al levantarme, enganché mi chaqueta con la mesa; ésta cayó, arrastrando en su caída la vela, que se apagó; la cabeza que rodaba me atraía a mí mismo como un loco. Entonces me pareció, tumbado en el suelo, ver esa cabeza resbalar hacia la mía por la inclinación de las losas, sus labios tocaron los míos, un escalofrío invadió todo mi cuerpo; di un gemido y me desmayé."
Otro cuento relata las hazañas de un vampiro en el extremo este de Europa a costa de una princesa que amó en vida. El se llama Kostaki, ella Hedwige. Durante la noche, viene a sacarle un pedazo de carne de su cuello, a fin de volver a encontrar una vida ficticia y de poder vengarse de su hermano Gregoriska, que fue su rival y que la mató. Pero el hermano vivo goza de un poder oculto, y posee una espada. consagrada con la cual Hedwige lo ve llevar Kostaki a la tumba.
"Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera lo hubiera tocado y, llevando la mano izquierda a su pecho, dio un paso atrás. Al mismo tiempo, y de un movimiento que parecía encajar con el suyo, Gregoriska dio un paso adelante; entonces, la mirada sobre los ojos del muerto, la espada sobre el pecho de su hermano, empezó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y el Comendador, el espectro retrocediendo bajo la espada sagrada, bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios; éste siguiéndolo paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeantes, lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar el castillo que era antes su morada, por la tumba que lo sería en el porvenir, mientras que bajo los pies de Hedwige el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles se alejaban, las rocas se abrían y la luna y las estrellas habían desaparecido y ella no veía; en la noche no brillaba más que los ojos de llama del vampiro."
Hedwige cura su herida con un poco de tierra amasada con la sangre negra del vampiro; pero el hermano vengador no escapará a su terrible destino. "En un duelo como éste, dice a su hermana, no es la herida la que mata, es la lucha; he luchado con la muerte, pertenezco, pues, a la muerte."
Tal es el tono de Los mil y un fantasmas, y ¿quién no percibe los ingredientes que producen el terror? Vienen por línea directa de las literaturas alemana e inglesa. En esta dirección, Dumas ha ido hasta el Pastor de Ashbourn, y sus "Cuarto murado", "Durante la noche", "La fiebre amarilla" y todo su conjunto de espectros que dependen de la más característica "novela negra". Pero digamos rápidamente que ha tenido la suerte de alcanzar en este género un incomparable éxito, que es La mujer del collar de terciopelo.
¿De quién es? ¿De Nodier, de Paul Lacroix, de Dumas? Él dice que la historia le ha sido relatada por Nodier algunos días antes de su muerte; pero nosotros sabemos que Paul Lacroix ha hecho el plan, y Dumas la ha escrito. En todo caso ella tiene el sonido del cuento ideal; lo irreal hecho presente. Saca su sustancia de una mezcla incomprensible de lo real y lo irreal. ¿Dónde está la vida? ¿Dónde está la alegoría? ¿Dónde va realmente el héroe, y quién lo ha inventado? Los dos planos se superponen, se cortan, se reflejan como en un complicado sistema de espejos. Veamos al joven Hoffmann y su amigo Werner venidos de Mannheim a hacer sus travesuras en el París de la Convención; contemplemos el hotel y la posadera, la obsesión policiaca, Dantón en el teatro, las carretas de condenados, madame du Barry arrastrada al patíbulo. Pero se tambalea uno resbalando por el París nocturno, descendiendo, como en una hendidura abierta entre los dos París nocturnos, igualmente verídicos, igualmente demenciales y alucinantes: de una parte, los teatros llenos y las salas de juego deslumbrantes de luz y oro; de otra parte, la desolación de las calles que terminan en la sangrienta plaza de la Revolución.
Una bailarina —¿por qué diablos la llama Arsenia?— es también doble; y Hoffman, prendado de su belleza, no sabe a qué mundo lo lleva. ¿Cuál es la verdadera? ¿Cuál existe? ¿La amante de Dantón que baila en el teatro para un público de granujas, la mujer ávida que obligará a Hoffmann a ir a jugar a los garitos del Palais-Royal? ¿O bien la artista de electrizadora beldad que desde el escenario lo contempla locamente y cuyos bailes lo atolondran de tentación, lo llevan al colmo de la exaltación, sobreexcitan sus sentidos desatados y le hacen respirar un aire abrasador?
La acción misma se desarrolla bajo el imperio de esta hechicera, como para coger a Hoffmann en un torno:
"¡Basta, basta! —decía—. Pero el baile continuaba y la alucinación era tal, que confundiendo las dos impresiones más fuertes del día, el pensamiento de Hoffmann mezclaba a esta escena el recuerdo de la plaza de la Revolución y que unas veces creía ver a madame du Barry, con la cabeza cortada, bailar en el lugar de Arsenia, y otras a Arsenia llegar bailando hasta el pie de la guillotina y hasta las manos del verdugo."
¿Cuántas veces no ha contemplado de cerca y sorprendido los incomprensibles cambios de reflejos entre un broche que la bailarina llevaba en el cuello, para cerrar su collar de terciopelo, broche endiablado en forma de guillotina, y la tabaquera en forma de calavera, diamantada también, que da vueltas y revueltas entre sus manos el singular doctor, con quien se ha juntado, que lo encuentra en el teatro, que le facilita las relaciones amorosas y lo arrastra en el vértigo de la tentación? Hoffmann llega a perder las trazas de la tentadora; de pronto la encuentra bruscamente una noche, al pie de la infernal guillotina, desvanecida, pero pronto despierta y ardiente. La lleva a un hotel conocido de la juventud rica y pervertida. La danza frenética que se desencadena en la habitación alrededor de una mesa cargada de oro ganado en el juego es uno de los más subyugantes momentos del relato, voluptuoso y extático... Y luego, a la mañana siguiente, Hoffmann abre los ojos al contacto de un cuerpo frío. En este momento, el inquietante y demoníaco doctor aparece y revela al amante descompuesto que su amiga ha sido guillotinada la víspera. Extiende el brazo, aprieta el pequeño resorte que cerraba el collar cuyo terciopelo atrae hacia él, y la cabeza de la decapitada, cesando de estar sujeta, cae rodando a tierra. Hoffmann lanza un grito desgarrador.
Y allá en Mannheim, la novia, Antonia, la hija del jefe de orquesta del teatro, a quien Hoffmann había prestado juramento de fidelidad y de resistencia al demonio del juego, la pura y adorable Antonia, muere la noche misma que el miserable, en una sala maldita del Palais-Royal, después de perder todos sus thalers, arriesgaba el medallón que ella le había dado como prenda de amor.
Hay otro avatar del Dumas narrador, pero basta con recordarlo. Es la serie que ningún muchacho de Francia ignora: Historia de un cascanueces, La papilla de la condesa Berta, El Tío Gigoña, y otras fantasías escritas para satisfacer a Hetzel, en compañía de Nodier, de Sand, de Karr, de Pablo de Musset, a quien el delicioso editor había comunicado su amistad por los niños y su gusto por las hadas.
Naturalmente, los límites inamovibles no pueden concebirse con Dumas, que ha escrito novelas que más bien parecen cuentos o narraciones y cuentos que se acercan a la novela; cuentos y novelas autónomos y que se presentan como tales, otros integrados en sus Impresiones de viaje, sus Recuerdos, sus Memorias y que el lector mismo desprende de dichas obras.
El que daría a sus cuentos y novelas la forma de una elipse, tendría por focos la tragedia y lo picaresco. Alrededor de ellos, y algunas veces a igual distancia entre los dos, Dumas ha construído obras maestras.
Obras maestras de comedia picaresca, Los bandoleros de Osuna, De París a Cádiz, o El Padre Hiraux, maestro de música, de sus Memorias. Un largo cuento independiente, una verdadera novela, El capitán Pánfilo, hace pensar a veces en Julio Verne y a veces en MacOrlan, y también en el Sancho Panza, de P.J. Touleta, en su Casamiento de don Quijote. Dumas se muestra precursor, y ¡con qué maestría! Robar un cargamento en alta mar, verse arrojado al agua y librado por el azar a los Hurones, perder y recobrar un bergantín, comprar todo un territorio por 150 botellas de aguardiente a un avispado salvaje, he ahí en uno de sus aspectos la existencia del capitán. Y veámoslo ahora desde otro ángulo: llegado a Inglaterra con el título de Gran Cacique de los Mosquitos de América, haciéndose preceder de sus dos "cónsules" armados de propaganda y publicidad; reunió millones de libras vendiendo concesiones de su supuesto Eldorado, contrae un empréstito inmenso y este empréstito le obliga a redactar una Constitución que es una chuscada sin nombre por su gravedad; después desaparece, no sin antes haber expedido a su desierto 16,000 emigrantes, al punto que Dumas lo supone instalado de incógnito en París y en nada "extraño a una gran parte de las empresas industriales que se crean desde hace algún tiempo". Decididamente este capitán Pánfilo es un precursor de gran clase, cuyo carácter lleva la historia a galope tendido, mezclándola a la de un mono, un oso o una rana a los cuales el héroe se han encontrado más o menos mezclado y que completan este cuadro exótico, no vulgar como tantos otros, sino grabado como un aguafuerte.
La chuscada casi trágica, o la tragedia picaresca, surgen a menudo como verdaderos cuentos en los libros de recuerdos con motivo de realidades imprevistas como "la villa de Bouc", con curiosos bonachones que diríase más bien que Dumas no los ha visto, sino inventado: un verdadero álbum podría hacerse, al frente del cual figuraría, a mi gusto, el coronel Morrisel, de las Memorias, hombre con gafas, paraguas y costumbres estrictas y mezquinas, de escogido lenguaje, enclenque, delicada muñeca de guiñol, pero que ha matado a veintidós en duelo, y cuando iba a batirse por vigésima tercera vez, manda tomar las medidas de su adversario, para pedir a la funeraria un entierro de primera clase a su cargo. Pero al día siguiente recibirá excusas reparadoras. Envejecido y enfermo, Morrisel no podía orinar; le prolongaban la vida a fuerza de transpiración. Un día, no comprendiendo lo que los médicos le decían, pidió que le procuraran el cadáver de una persona víctima del mismo mal que le aquejaba. Compró el cuerpo en un hospital al precio ordinario de seis francos, ordenó que Io acostaran sobre una mesa al lado de su cama y rogó a un doctor que practicase la autopsia delante de él y le explicase la génesis de la enfermedad. Entonces, satisfecho de haber comprendido exactamente, murió con una maravillosa tranquilidad.
En el aspecto francamente trágico, Dumas narrador no es menos rico. Una contradicción esencial se encontraba en el centro de toda la época. He dicho antes que la Restauración había ennegrecido demasiado arbitrariamente la vida, pero rectifico: es posible también que la época que ha seguido, desanimada a menudo, haya sentido crecer el peso de su pasado. La alegría, los juegos, la jovialidad, aunque sinceros, no habían despojado a los contemporáneos de Alejandro Dumas de una herencia de costumbres militares y guerreras, ni de restos de actitudes y de gestos guardados inconscientemente de los terrores rojo y blanco. Eso no impedía, sin embargo, la existencia de una energía desocupada que hervía en el cuerpo de los hombres, cuyos padres habían vivido las épocas napoleónicas, y que, influídos por el fanatismo del honor, hacían del de armero el más próspero de los negocios. Se venía al mundo con pistolas. En fin, la moda... Añádase a estos rasgos de la sociedad los trazos de la literatura, el gusto de lo novelesco aterrador, el de lo novelesco sádico, los dos de origen revolucionario, sin olvidar las rarezas venidas del ocultismo; tendremos el clima en el cual el Dumas narrador ha hecho abrir flores de sangre, entre las cuales Los hermanos corsos y Paulina de Meulien no son seguramente los menos rutilantes.
Debería parecer difícil separar Colomba de Los hermanos corsos. La obra de Dumas no tiene la densidad cocida y recocida de Colomba, de ese carbón cristalizado; pero la inclinación a la narración, muy fuerte, se fortalece además de un sistema de correspondencias metafísicas. Los dos hermanos separados por las ideas, afrancesadas en Luis, que vive en París, y siguiendo corsas en Luciano, que vive en Sullacaro, están profundamente unidos, a pesar de todo, no solamente por un gran amor de todo corazón, sino por una telepatía constante, una comunicación a distancia, una simpatía física a través de tierras y mares; elemento sobrenatural que Dumas hace admitir y cuya historia no se encuentra ni más ni menos cargada de enigmas que una Venus d'Ille... Un arbitraje decidido al ruego de Luis pone fin a la secular querella que cortaba el pueblo natal en dos, pero durante este tiempo en París sigue la guerra, guerra de amor, duelo, muerte del hermano pacífico. El otro, enterado por intuición misteriosa, llega, con la aprobación de su madre, provoca en duelo al afortunado rival, se siente seguro de matarlo, lo mata y después estalla en sollozos por primera vez en su vida.
Merimée había conocido en 1839 la verdadera Colomba cuando ésta tenía setenta y cinco años; Dumas ha conocido la situación y los personajes que han inspirado Los hermanos corsos en 1842, durante una excursión a la isla de Elba en compañía del príncipe Napoleón. Asistió a la desaparición del bandolerismo en una comarca, pero parece ser que los Franchi, gran reserva de hombres, pagaron con fuerte tributo de sangre esa renuncia a las antiguas costumbres. La llegada del narrador al pueblo y la amistad ligada con el Franchi tradicionalista y después con el Franchi modernista, la suprema dignidad de la madre, la pintoresca cortesía del bandido Orlandi, hacen coro a las maravillosas almas fraternales en las cuales se han acumulado siglos de nobleza.
Por consiguiente, la significación de la historia y sus poderosas sugestiones toman el aspecto de unas caras que, frente a un París corrompido por la vida mundana, se reflejan la una a la otra y multiplican el resplandor muy humano, de una heroica altivez.
Otra cosa más es pura y noble en la novela titulada Paulina de Meulien; un hermoso amor, desdichado y desesperado. Pero la novela inclina hacia la literatura de terror, marcada por un juego de fuertes contrastes: caracteres de hierro, opuestos a las ternuras femeninas, criminales corazones, disimulados bajo la cortesía extrema de los modales; a la luz del día, o a la de las veladas mundanas, la caza, el paseo, el baile, la música; pero, en las noches del campo, del mar y de los subterráneos, el robo, el secuestro y el crimen, despliegue de un valor maldito, las espadas, las pistolas, el veneno. Y sin embargo, a la luz del día y en la oscuridad de la noche, son los mismos hombres, con vida doble... Historia furiosamente romántica, como se ve, excesiva y arbitraria, pero diabólicamente tramada, punzante en sus efectos, llena de un profundo sentimiento de todo lo que hay de terriblemente posible en el ser humano.
Faltaba buscar y encontrar el terror hasta en lo fantástico, como para una ofrenda a los manes de Nodier, ofrenda "expiatoria", escribe con razón un crítico erudito, por lo mucho que se había apartado Dumas en esta vía. Por ello las "novelas negras" reunidas en una colección con el "título significativo", Los mil y un fantasmas. M. Schmidt prosigue: "Estos relatos sangrientos y frívolos... permiten ver con qué seguridad pérfida las carnicerías libertinas de la Revolución francesa habían intoxicado, por generaciones, la imaginación y la sensibilidad francesas; de la misma manera que las sombras del Erebe se precipitan como un enjambre de moscas ávidas sobre la tumba que cava el inadvertido Ulises, de esa manera, sobre las fisuras, abiertas vagamente, de las fosas comunes de la guillotina, se instalan durante más de un siglo las larvas putrefactas que engendran a veces nuestras tinieblas interiores. La obsesión del cuerpo femenino que se posee en las frías delicias, cuando su cabeza ya cortada no está unida a su cuello más que por una ilusión diabólica, hace durante mucho tiempo delirar los mejores cerebros de nuestra literatura".
El autor de Los mil y un fantasmas ha reunido, pues, algunos especialistas de la fisiología oculta y arranca a cada uno de ellos, a los postres de un copioso banquete en casa del alcalde de Fontenay-aux-Roses, una historia macabra. Por ejemplo: un gran cirujano, aficionado a las investigaciones sobre el comportamiento de las cabezas guillotinadas y sacadas del cesto siniestro, explica cómo una noche le trajeron una cabeza que reconoció al instante por tratarse de la de su novia. He aquí el fragmento:
"Grité tres veces: "¡Solange! ¡Solange! ¡Solange!" A la tercera vez los ojos se abrieron, me miraron, dejaron escapar unas lágrimas y, lanzando una mirada triste, como si el alma se escapara, se cerraron para no abrirse jamás. Yo me levanté, loco, insensato, furioso; quería huir; pero al levantarme, enganché mi chaqueta con la mesa; ésta cayó, arrastrando en su caída la vela, que se apagó; la cabeza que rodaba me atraía a mí mismo como un loco. Entonces me pareció, tumbado en el suelo, ver esa cabeza resbalar hacia la mía por la inclinación de las losas, sus labios tocaron los míos, un escalofrío invadió todo mi cuerpo; di un gemido y me desmayé."
Otro cuento relata las hazañas de un vampiro en el extremo este de Europa a costa de una princesa que amó en vida. El se llama Kostaki, ella Hedwige. Durante la noche, viene a sacarle un pedazo de carne de su cuello, a fin de volver a encontrar una vida ficticia y de poder vengarse de su hermano Gregoriska, que fue su rival y que la mató. Pero el hermano vivo goza de un poder oculto, y posee una espada. consagrada con la cual Hedwige lo ve llevar Kostaki a la tumba.
"Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera lo hubiera tocado y, llevando la mano izquierda a su pecho, dio un paso atrás. Al mismo tiempo, y de un movimiento que parecía encajar con el suyo, Gregoriska dio un paso adelante; entonces, la mirada sobre los ojos del muerto, la espada sobre el pecho de su hermano, empezó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y el Comendador, el espectro retrocediendo bajo la espada sagrada, bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios; éste siguiéndolo paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeantes, lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar el castillo que era antes su morada, por la tumba que lo sería en el porvenir, mientras que bajo los pies de Hedwige el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles se alejaban, las rocas se abrían y la luna y las estrellas habían desaparecido y ella no veía; en la noche no brillaba más que los ojos de llama del vampiro."
Hedwige cura su herida con un poco de tierra amasada con la sangre negra del vampiro; pero el hermano vengador no escapará a su terrible destino. "En un duelo como éste, dice a su hermana, no es la herida la que mata, es la lucha; he luchado con la muerte, pertenezco, pues, a la muerte."
Tal es el tono de Los mil y un fantasmas, y ¿quién no percibe los ingredientes que producen el terror? Vienen por línea directa de las literaturas alemana e inglesa. En esta dirección, Dumas ha ido hasta el Pastor de Ashbourn, y sus "Cuarto murado", "Durante la noche", "La fiebre amarilla" y todo su conjunto de espectros que dependen de la más característica "novela negra". Pero digamos rápidamente que ha tenido la suerte de alcanzar en este género un incomparable éxito, que es La mujer del collar de terciopelo.
¿De quién es? ¿De Nodier, de Paul Lacroix, de Dumas? Él dice que la historia le ha sido relatada por Nodier algunos días antes de su muerte; pero nosotros sabemos que Paul Lacroix ha hecho el plan, y Dumas la ha escrito. En todo caso ella tiene el sonido del cuento ideal; lo irreal hecho presente. Saca su sustancia de una mezcla incomprensible de lo real y lo irreal. ¿Dónde está la vida? ¿Dónde está la alegoría? ¿Dónde va realmente el héroe, y quién lo ha inventado? Los dos planos se superponen, se cortan, se reflejan como en un complicado sistema de espejos. Veamos al joven Hoffmann y su amigo Werner venidos de Mannheim a hacer sus travesuras en el París de la Convención; contemplemos el hotel y la posadera, la obsesión policiaca, Dantón en el teatro, las carretas de condenados, madame du Barry arrastrada al patíbulo. Pero se tambalea uno resbalando por el París nocturno, descendiendo, como en una hendidura abierta entre los dos París nocturnos, igualmente verídicos, igualmente demenciales y alucinantes: de una parte, los teatros llenos y las salas de juego deslumbrantes de luz y oro; de otra parte, la desolación de las calles que terminan en la sangrienta plaza de la Revolución.
Una bailarina —¿por qué diablos la llama Arsenia?— es también doble; y Hoffman, prendado de su belleza, no sabe a qué mundo lo lleva. ¿Cuál es la verdadera? ¿Cuál existe? ¿La amante de Dantón que baila en el teatro para un público de granujas, la mujer ávida que obligará a Hoffmann a ir a jugar a los garitos del Palais-Royal? ¿O bien la artista de electrizadora beldad que desde el escenario lo contempla locamente y cuyos bailes lo atolondran de tentación, lo llevan al colmo de la exaltación, sobreexcitan sus sentidos desatados y le hacen respirar un aire abrasador?
La acción misma se desarrolla bajo el imperio de esta hechicera, como para coger a Hoffmann en un torno:
"¡Basta, basta! —decía—. Pero el baile continuaba y la alucinación era tal, que confundiendo las dos impresiones más fuertes del día, el pensamiento de Hoffmann mezclaba a esta escena el recuerdo de la plaza de la Revolución y que unas veces creía ver a madame du Barry, con la cabeza cortada, bailar en el lugar de Arsenia, y otras a Arsenia llegar bailando hasta el pie de la guillotina y hasta las manos del verdugo."
¿Cuántas veces no ha contemplado de cerca y sorprendido los incomprensibles cambios de reflejos entre un broche que la bailarina llevaba en el cuello, para cerrar su collar de terciopelo, broche endiablado en forma de guillotina, y la tabaquera en forma de calavera, diamantada también, que da vueltas y revueltas entre sus manos el singular doctor, con quien se ha juntado, que lo encuentra en el teatro, que le facilita las relaciones amorosas y lo arrastra en el vértigo de la tentación? Hoffmann llega a perder las trazas de la tentadora; de pronto la encuentra bruscamente una noche, al pie de la infernal guillotina, desvanecida, pero pronto despierta y ardiente. La lleva a un hotel conocido de la juventud rica y pervertida. La danza frenética que se desencadena en la habitación alrededor de una mesa cargada de oro ganado en el juego es uno de los más subyugantes momentos del relato, voluptuoso y extático... Y luego, a la mañana siguiente, Hoffmann abre los ojos al contacto de un cuerpo frío. En este momento, el inquietante y demoníaco doctor aparece y revela al amante descompuesto que su amiga ha sido guillotinada la víspera. Extiende el brazo, aprieta el pequeño resorte que cerraba el collar cuyo terciopelo atrae hacia él, y la cabeza de la decapitada, cesando de estar sujeta, cae rodando a tierra. Hoffmann lanza un grito desgarrador.
Y allá en Mannheim, la novia, Antonia, la hija del jefe de orquesta del teatro, a quien Hoffmann había prestado juramento de fidelidad y de resistencia al demonio del juego, la pura y adorable Antonia, muere la noche misma que el miserable, en una sala maldita del Palais-Royal, después de perder todos sus thalers, arriesgaba el medallón que ella le había dado como prenda de amor.
Hay otro avatar del Dumas narrador, pero basta con recordarlo. Es la serie que ningún muchacho de Francia ignora: Historia de un cascanueces, La papilla de la condesa Berta, El Tío Gigoña, y otras fantasías escritas para satisfacer a Hetzel, en compañía de Nodier, de Sand, de Karr, de Pablo de Musset, a quien el delicioso editor había comunicado su amistad por los niños y su gusto por las hadas.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)