Con su Enrique III, Alejandro Dumas pasó a ser un personaje de primera fila. ¿En qué lugar no brillaba y resplandecía como si estuviese dotado de omnipresencia? Se le encontraba en las antecámaras reales, en las salas de redacción, en las avenidas y en los restaurantes. ¿Quién ha dicho que si la gloria parisiense es un templo, la escalinata de Tortoni constituía entonces un peristilo? Dumas se elevó en 1829 por la barandilla de esta escalinata olímpica. Y todos los salones le abrían sus puertas.
Una primera figura va de éxito en éxito en multiplicación continua. Se convierte en un nombre más bien que en una obra, aunque haga falta una obra, el nacimiento de una obra, para dar vuelo a su nombre. Comienza con el individuo y termina en el mito.
Y entonces ocurre, por ejemplo, que una noche en que la Comedia Francesa representa una de sus tragedias más polvorientas, el nuevo campeón se ve envuelto muy a su pesar en una querella de espectadores al terminar el quinto acto, cuando unos piden el nombre del autor, mientras que otros protestan. Dumas, en su asiento, permanece mudo prudentemente y, solo entre todo el público, sentado. De súbito su vecino, un anciano, le señala con el dedo al tiempo que grita: "No es de extrañar que se silbe a la orquesta puesto que Dumas se halla presente... ¿No siente usted vergüenza, señor, de encabezar a una camarilla?" "No he dicho una palabra." "¡No importa, es usted el que dirige la intriga!" Esto ocurría en mayo de 1829; se representaba el Pertinax de Arnault hijo.
He ahí el lugar a que había llegado el niño desheredado de Villers-Cotterêts, el amigo famélico de Adolphe de Leuven. Todo había cambiado para él y en torno de él. Otro mundo giraba bajo sus pies en la atmósfera de gloria que se había formado en una sola noche.
¿Dónde vive? No ya en la calle Saint-Denis, desde luego, ni tan siquiera en la calle del Ouest. Su prestigiosa celebridad le ha impuesto que alquile sin tardanza un piso menos indigno de ella, y que ha encontrado en el ángulo de las calles del Bac y de la Université (4º piso), dejando en la calle del Ouest a su madre en espera de encontrar algo mejor para ella. Amuebla su apartamiento con cierta elegancia, aunque algo precipitadamente: ¿Acaso no deberá recibir? Se precipita en un lujo de nuevo rico y se viste con ostentación y, como decía el señor de Lomenie, "abusa de la cadena de oro, ofrece comidas de Sardanapalo, revienta gran cantidad de caballos y ama a un gran número de mujeres".
Dumas, que no se había convertido todavía en esa época en un esclavo del trabajo, paseaba sus laureles y llevaba, es acertado decirlo, una vida agitada, corriendo por las calles sobre las altas ruedas de un tílburi. Tenía un lacayo a su servicio, y este lacayo, si se cree a Musset, era el más infortunado de los criados. "Como no hay lugar para él entre el equipaje —contaba Alfred de Musset—, su amo le envía por delante diciéndole: "Irás a esperarme a tal hora, en tal calle y en tal lugar..." Dumas corre, corre, corre y llega al lugar indicado. Algunas veces el lacayo no se encuentra allí y Dumas se pone a jurar furioso. Por fin llega el lacayo y su amo le envía a que lo espere en otro lugar; el pobre diablo se pone en camino a pie y el amo vuelve a lanzar su caballo al galope."
Musset podía lanzar su veneno; ello no impidió a su colega, no solamente ocupar el pináculo, sino además agradar y seducir. Alejandro Dumas se mostraba el más cortés y el más espiritual de los hombres, tenía la palabra precisa y ligera, esencialmente francesa y, sin quererlo, reaccionaba contra lo que había de anglosajón en el movimiento romántico: el comentario es de Théodore de Banville, quien se acordó siempre de su primer encuentro "en uno de esos estudios para poetas que Alejandro Dumas ha inventado entre tantas otras cosas". La condesa Cisterna de Courtiras, que, arruinada y convertida en novelista bajo el seudónimo de Condesa Dash, describió las costumbres de la sociedad en una serie de novelas llenas de espíritu, vio al Dumas de 1830 así: "sentimental, apasionado, habitando las regiones del ensueño y de la ilusión, el mundo en que las mujeres soñaban al salir del teatro donde se había representado Enrique III". Tanto más seductor por la expresión casi incomprensible de su rostro, que picaba la curiosidad. ¿Cuántos retratos de él no emprendió Tony Johannot? Pero siempre terminaba por rascar la tela o borrar el papel. Por más que Dumas le decía que lo encontraba parecido : "No —pretendía el artista—, y ningún otro tampoco logrará que se parezca." "¿Por qué?" "Porque usted cambia diez veces la fisonomía en diez segundos. ¡Trate usted de captar el parecido de un hombre que no se parece a sí mismo!"
Al día siguiente del triunfo, Ricourt, entonces director de L'Artiste, vino a buscar a Dumas, le hizo subir con él en un coche y se dirigieron al barrio de Vaugirard, y a la calle que se llama hoy día de Notre Dame des Champs, calle de los pintores y de los escultores, de los poetas también, puesto que Hugo vivió allí. Descendiendo del coche, atravesaron un jardín y entraron en un amplio estudio.
—¡Vaya, he aquí a nuestro hombre!
Dumas reconoció a Achille Devéria, el artista-espejo de una época, pues supo reflejar "sus modas, sus giros, sus afectaciones y sus excentricidades características". La casa de Devéria reunía a menudo a la joven intelligentsia de los años más románticos. Ese día se trataba de hacer honor a la figura del feliz triunfador, al que se pidió que se tendiese de inmediato sobre un sofá. En seguida se le rogó:
—¡No adopte pose!
La charla se imponía, y Dumas no pedía otra cosa. Pintor y modelo se sintieron pronto amigos para toda la vida, aunque apenas si se volvieron a ver en diez ocasiones: tal es el destino de los grandes trabajadores, subraya Dumas. Al cabo de una hora, Ricourt se llevó la piedra y L'Artiste publicó esa litografía aguda en la que se ve a Alejandro Dumas, a la sombra de los mechones oscuros de su cabellera, alargar una nariz ligeramente puntiaguda por encima de una boca que sombrea ¿El bigote? No, ¡un lunar postizo! Poco después David d'Angers modelaba un medallón de su efigie.
Dumas ya había roto con Catherine Lebay, pues comenzó a abandonarla a medida que la vida literaria le envolvía, que iba al teatro y compraba libros, mientras que la pobre mujer, inclinada sobre sus labores de lencería y costura, le decepcionaba. Antes, o tal vez después de la ruptura, ella debió de preguntarse muy a menudo y por muy resignada que estuviese: ¿Adónde va?
¿Que adónde iba? No a casa de los Arnault, en todo caso; durante mucho tiempo le habían recibido todos los domingos a comer, pero al día siguiente del estreno de Enrique III se alejaron. Pero, en cambio, iba casi todos los días a su biblioteca, donde leía y charlaba con sus colegas, y el joven duque de Orleáns pronto adquirió la costumbre de ir a conversar con él. París entero se transformaba para Dumas en biblioteca, en estudio, en fumador y en salón; tenía que visitar a numerosos amigos escritores y artistas, amigos comediantes y amigas actrices. ¿Adónde iba? Tenía cita en el Café de París con Jules Janin, Joven príncipe de la crítica dramática y cuya novela, El asno muerto y la mujer guillotinada, acababa de causar sensación; con Roger de Beauvoir, caballero de la novela y del sainete que utilizaba su pluma como si fuese sable de gala; con el doctor Veron, que iba a pasar de la dirección de la Revue de Paris a la de la Ópera. Se burlaba algo, como todo el mundo, de Sophie Gay, pero admiraba a Delphine, pronto madame de Girardin. Eran amigos. ¿Iba a casa de esas damas o a la de Nodier? El Arsenal fue para él algo como un Tortoni íntimo.
Conocía a Charles Nodier desde la noche de su primera jornada parisiense. Había recibido su ayuda en sus primeros pasos en la profesión y un día le escribirá: "Venero a usted como a mi maestro, le quiero como a un hermano y le respeto como un hijo."
Existe un retrato escrito de Charles Nodier cuyo autor es Dumas. A él nos remitimos para saber quién era Dumas en la amistad y para conocer también sus dones de pintor psicólogo. Esta bonita descripción se encuentra en las primeras páginas de La mujer del collar de terciopelo, un cuento tomado precisamente del repertorio de Nodier y que se abre sobre la figura sorprendentemente animada del gran amigo, del primogénito. Nodier en persona está ahí; en relieve móvil y activo como ante los objetivos de una cámara; el bibliófilo, el lector, el vagabundo, el imaginativo, el maniático y el hombre de memoria tan llena de curiosidades.
Pero ¿cómo pasó Dumas del Nodier de la noche del Teatro al Nodier del Arsenal? La señora Menassier-Nodier se lo dijo a Jules Janin y lo repitió en sus memorias...
Un joven vino un día preguntando por el señor bibliotecario, quien no quería recibirlo, pues conocía a un Dumas que era un sablista.
—¡Ni pensarlo! Es un pedigüeño y yo no tengo los seis francos...
—¡Pero papá!
—Es necesario, hija mía, que aprendas a distinguir entre un intrigante y un hombre decente.
Pero al mismo tiempo sacaba seis francos del cajón.
—Bueno, que entre, pero serás tú quien pague este gasto inútil.
Sin embargo, el joven que entró estaba bien vestido y enguantado, y se mostraba ágil y agradable. He ahí a la señorita Nodier triunfante y a su padre confuso.
—Señor —anunció el desconocido—, se va a representar próximamente mi nuevo drama y sería para mí un gran honor si usted quisiera aceptar este palco.
—¡Cómo, es usted Alejandro Dumas! ¡Y yo que iba a darle seis francos!
El nuevo drama era Enrique III —escrito, en efecto, con posterioridad a Cristina, cuyo manuscrito ya había leído Nodier— y no Antony como dice Janin por error.
Fue en el Arsenal, en medio de una tibieza íntima, junto al dueño de la casa y de su esposa, de su hija y de su hermana, en un ambiente de particular poesía y erudición, de cuentos a veces fantásticos, de comidas familiares con sabor del Franco-Condado, de danzas y de juegos, donde Dumas conoció a Lamartine, Hugo, Vigny, Musset, al escultor Barye, a los pintores y dibujantes Louis Boulanger, Alfred y Tony Johannot, y a muchos otros. Entró en la vida literaria bajo ese pórtico. Pintura, poesía y literatura fraternizaban en casa de Nodier y en otras partes; se encontraba entonces a Shakespeare, Dante, Byron y Walter Scott en el taller y en el estudio. Dumas había iniciado sus relaciones con los artistas durante los años de oscura pobreza. No olvidaba que Henri Monnier, ese "eminente artista, ese espiritual compañero, ese viejo amigo", había sido pasante de notario como él. "¿Recuerda usted, querido Granville —le preguntaba en sus Memorias— , aquellos tiempos en que yo iba a verlo a su buhardilla en la calle de los Petits-Augustins?" En esas visitas jamás salía sin llevarse bocetos, después de prolongadas y jugosas charlas. Había allí y en los estudios de los alrededores bastante juventud y esperanza para que, los días en que se tenía algún dinero, se bebiese cerveza, y los demás días se contentaran con reir, fumar y vociferar.
Delacroix, Géricault, Scheffer y Boulanger habían realizado su principal exhibición en la Exposición de 1824. Dumas, tan pronto como tuvo dinero, compró a Delacroix un Hamlet, el Giaour y el Tasso en la prisión de los locos. Muy pronto hizo amistad con él. Más tarde, cuando una enfermedad de la laringe convirtió a Delacroix en una persona de vida retirada, a él que tanto había gustado de la sociedad, Dumas solía ir con frecuencia a contemplar su estudio hasta las dos de la madrugada. En invierno Dumas encontraba al pintor en bata, con el cuello envuelto en una bufanda de lana, dibujando cerca de un hermoso fuego y con una temperatura de treinta grados en la habitación. También quiso y admiró con igual apasionamiento a Géricault. En sus Memorias ha relatado con emoción y grandeza su última visita a Géricault agonizante.
Cierto día fué a la Force, la prisión en que Béranger estaba encerrado por haber escrito La Consagración de Carlos el Simple. El compositor satírico padecía de un exceso de visitas: ¿No llegaban a veces hasta trescientas cincuenta? Señal de la revolución inminente... Dumas, fiel y agradecido por el favor que le hizo con Laffitte, y que compartía además el cariño popular por el poeta nacional de Vieux drapeau, si no por el lírico sensual de Lisette, acompañaba ese día a lady Morgan con David d'Angers. Béranger les dijo, entre otras cosas: "No soy ni un escritor fácil, ni rápido, y muy raramente compongo más de dieciséis canciones al año."
Otro día era Lamennais el que le esperaba, interesado desde luego, no en Enrique III, sino en Antony, y deseoso de conocer al autor; un amigo común lo condujo a la calle Jacob. Allí asistió a una comida en la que Lamennais había reunido a Liszt con Lacordaire y Montalembert. Dumas ha dicho hasta qué punto simpatizaba con las ideas de L'Avenir, aunque no sin experimentar cierta resistencia escéptica de cazador. Esta vez parece haber sido el escritor, sin embargo, el que prestó atención. Una frase de Breton había de grabarse en su mente: "Sigo escuchando el grito de ciertas aves de mar que pasaban ladrando..." Diez años más tarde, en 1841, cuando Lamennais, condenado por un libelo, El País y el Gobierno, tuvo que pasar un año en la prisión de Sainte-Pélagie, Dumas le hizo una visita y comprobó que las imágenes de Italia, grabadas en su cerebro sin casi darse cuenta, acudían a su memoria...
—Comienzo a ver Italia —le dijo el filósofo—. Es un país maravilloso.
La conjunción con celebridades viejas y nuevas alternó para Alejandro con la amistad espontánea, franca y sólida, menos cuando éstas coincidían, como en el caso de Béranger. Participó tanto en la batalla de Otelo como en la de Hernani. A amigos como los Devéria y los Johannot, los Girardin y los Nodier, es necesario añadir a Joseph Méry, el colaborador de Barthélemy en las sátiras, a Alejandro Bixio, que no tardaría en fundar con Buloz la Revue des Deux Mondes, una de las avanzadas políticas de la oposición. Entre las celebridades: Mérimée, el filósofo Jouffroy, el satírico Auguste Barbier, el crítico Gustave Planche. Las antipatías eran raras en Dumas. Pero se le conoce una violenta contra Balzac: el hombre y el escritor le crispaban.
Con él tendría más tarde este cambio de palabras en el salón de descanso de un teatro:
—Cuando esté gastado, escribiré dramas —dijo Balzac.
—Comience entonces desde ahora —respondió Dumas.
Aunque Musset se burlaba, Dumas no le contestaba. En realidad. experimentó tanto placer como asombro la noche en que el poeta. todavía desconocido, leyó en el salón del Arsenal varios poemas de sus Cuentos de España y de Italia ante el auditorio habitual, artistas, escritores, muchachos y muchachas. "Desde el comienzo —subraya Dumas en Los muertos van de prisa— toda esa asamblea de poetas experimentó un escalofrío; comprendía que tenía delante a un poeta." Pero, ¿y más tarde? Este "borracho triste" de que nos habla Hetzel, "el borracho solitario, egoísta, maligno y silencioso", el hombre que vivía de ajenjo y de ron, como escribe George Sand al mismo Hetzel, ¿qué relación ha podido tener con el sano y enérgico Dumas? Y, sin embargo, en el estreno de Richard Darlington —era el 10 de diciembre de 1831 en la Porte Saint-Martin— , Dumas tropezó entre bastidores con el poeta sumamente pálido.
—¿Qué ocurre, querido poeta?
—Ocurre que me ahogo.
Le ahogaba la emoción de que rebosaba su temperamento nervioso.
Al volver Dumas del Havre con su Cristina ya terminada, encontró en su casa una carta de Víctor Hugo en la que le invitaba, junto con la nueva escuela en pleno, a escuchar la lectura de Marion Delorme (que se titulaba entonces Un duelo bajo Richelieu) en el estudio de Devéria. Dumas se dirigió allí y, después de escuchar, experimentó una admiración que debió abrumarle y que le honra. Dumas tenía una conciencia inmodesta de su fuerza como dramaturgo, pero había una humildad leal en sus confesiones de debilidad en la creación poética.
Este soberbio, este glorioso, podía en ocasiones hundirse en la modestia. "Si me hubieran pedido diez años de mi vida —confiesa—prometiéndome en cambio que algún día llegaría a tener ese estilo, no habría titubeado en darlos en ese mismo instante."Prohibida la pieza por la censura, y al rechazar Hugo el aumento de su pensión que se le ofrecía como compensación, los escritores y los artistas del romanticismo se unieron para inscribir su testimonio de solidaridad afectuosa en los márgenes del famoso Ronsard, ejemplar infolio único, ofrecido por Sainte-Beuve al joven maestro.
Dumas participó en este bello homenaje, con Lamartine, Vigny, Ulric Guttinguer, Janin, madame Tastu, Louis Boulanger... Y compuso todo un poema:
Ciertos disgustos, unidos a algo de hipocresía por parte de Hugo, iban a separar durante algún tiempo a los dos hombres a consecuencia de un artículo de Gramer de Cassagnac en Les Débats del 1° de noviembre de 1833, del que Hugo ha pasado por inspirador, y que acusaba a Dumas de saquear a Inglaterra, a Alemania y a España. "Quieren enemistaros —escribía la duquesa de Abrantès a Hugo— y momentáneamente lo han logrado." Pero ya se ha visto cómo se reconciliaron con bastante facilidad en 1836 por mediación de madame Hugo, así como el empeño de Dumas en favor de la candidatura de Hugo a la Academia y la intervención de Hugo para que se otorgase la Legión de Honor a Dumas.
A través de este amasijo de relaciones, ¿cómo impedir el cruzarse con Sainte-Beuve? Sainte-Beuve se hallaba en todas partes, Dumas también. L'Almanach des Muses de 1830 contiene una oda "A mi amigo Sainte-Beuve", que constituye una invitación para superar el amor, la riqueza y la gloria, y no esperar más que una recompensa, la de Dios. Comienza así:
De 1830 debe ser esta nota:
Mi querido Josep Delorme, estoy enfermo y necesito vuestros Consuelos. Enviádmelos y quedaréis como un difunto muy amable. De vos muerto o vivo.
Infortunadamente, Dumas se olvidaba con frecuencia de poner fechas. Sainte-Beuve, en cambio, fechó con el 11 de enero de 1831 una carta dirigida a Dumas para pedirle unas palabras de presentación al jefe de la oficina de pasaportes, del cual sabía que era amigo, y le prometía que no partiría para Bélgica sin haber visto antes Napoleón Bonaparte.
¿Eso es todo? ¿Y el mundo? ¿Y la mezcla confusa del teatro, de la literatura, de la reputación y de la coquetería? Dumas no podía permanecer extraño a ese laberinto.
Uno de los primeros salones en acogerlo fue el de la esposa de un violinista en boga, madame Lafond. Los bailes de disfraces que daba eran muy brillantes. Dumas, al ser invitado al primero de ellos, pidió al pintor Amaury Duval, al que había conocido por medio del actor Firmin, que le dibujase un traje de Arnaute con bordados, cordoncillo, galones y turbante.
El turbante entusiasmó a las damas. A la Malibran le gustó tanto que al día siguiente en que tenía que representar a Desdémona, se empeñó en que el primer actor Zuchelli llevara un turbante como el de Dumas en el papel de Otelo.
Era visitante asiduo de Marie Taglioni, y la princesa Constance de Salmas le invitaba a su casa. Ésta era autora de la tragedia lírica Salo, que tanto éxito había logrado bajo el Directorio. Entonces acababa de publicarse su novela Veinticuatro horas de una mujer sensible. Su apodo de "Boileau de las mujeres" da cierta idea del espíritu de sus epístolas y de sus discursos en verso. Pero su vida no era tan prudente como su obra poética y a su salón iba toda clase de gente. En el de la duquesa de Abrantès, donde también se vio al nuevo gran hombre, se ocultaba la miseria tras de los bailes y las representaciones de comedias.
Dumas visitaba también a la hermana de su amigo Amaury Duval, viuda del oficial Chasseriau (primo del pintor), que iba a casarse con un rico notario que pronto se convertiría en el diputado Guyot-Desfontaines; así como al arquitecto Duponchel, que no tardaría en dirigir la Opera. No dejaba pasar un sólo baile y mostraba excelente gusto en sus disfraces. Comió dos o tres veces con la señora Tallien, ahora princesa de Chimay, y con su hijo, el doctor Cabarrus, sabio y mundano, relacionado con todos los aristócratas y poseedor de alegre y delicioso espíritu, en la casa de Barras, el gran disoluto del Directorio, y a quien Dumas habría perdonado todo por el sólo hecho de que había conocido al general. Barras envejecía olvidado en Chaillot. Alejandro vio al viejo político ya cercano a la muerte, pero siempre escandalosamente alegre y animado, hasta en el momento de anunciar su fin para aquella noche:
—¿Me habéis escuchado, Dumas? Soy como Leónidas. Esta noche cenaré con Plutón y podré decir a vuestro padre, que tanto se alegraría de veros, que he estado con vos.
Alejandro Dumas, en cambio, no era con Plutón con quien solía cenar. Tanto para comer como para cenar y bailar era un gran vividor. La cena era para él como el champaña de la orgía parisiense, era el privilegio de los ilustres, era el descotado de las comediantas. Y aún era algo más precioso que él mismo definió perfectamente. Por su espíritu recordaba a la aristocracia del siglo XVIII, modificada por lo que el Imperio había salvado del pasado caballeresco francés y, naturalmente, las mujeres eran las encargadas de que resplandeciese ese espíritu. Pero además se requerían dos condiciones del pasado siglo, dos tradiciones: la comida y la cena... El cuento de los Matrimonios del padre Olifus encierra una bonita página acerca de estas añoradas tradiciones y viene en apoyo de una observación interesante, a saber, que si el siglo XIX comenzó en la tristeza "como un niño huérfano", la Restauración, "madre bastante acomodaticia", no tardó en devolverle la despreocupación, y que "de 1816 a 1826 datan los últimos resplandores de la alegría francesa..."
"En esa época todavía se sabía comer; había hoteleros-artistas que conversaban muy seriamente de cocina con los señores Brillat-Savarin y Grimod de La Reynière, al igual que el señor de Condé hablaba con Vatel Actualmente, se sigue alimentando en los restaurantes, pero ya no se come.
"Además, no sólo se comía, sino que se cenaba... ¿Quién puede decir lo que el espíritu francés ha perdido al suprimirse esas encantadoras comidas que se servían a la luz de las velas, a la hora en que se sueña, a la hora en que todos los cuidados, todas las preocupaciones, todos los negocios, esos fantasmas de la jornada, se han desvanecido?"
Otra página de las Memorias precisa la herida que se infirió al espíritu francés con la muerte de la cena:
En 1830 la cena era todavía una institución viviente. ¿Quiénes cenaban principalmente? El mundo del periodismo y del teatro, algunos hombres espirituales en torno de una o dos actrices. Tras de cada representación en el Teatro Francés, Mlle. Mars, terminado su arreglo en el camerino, realizaba la hazaña de desvestirse y cambiar la camisa sin que se le viese otra cosa que la punta de sus dedos, y a continuación hacía una señal a los que querían acompañarla a su casa, donde encontraban la cena servida. Cuando la actriz representó a la duquesa de Guisa en Enrique III, invitó a Dumas a sus cenas. Allí se encontró con Vatout, Romieu y toda una corte de elegantes y conversadores. Profesaba gran estima a Mlle. Mars, a pesar de que al principio no se entendió bien con ella... y hubo reincidencias. Dumas la calificaba de buena persona, y ella merecía ese título. Buena para sus amigos, y generosa, mas a menudo era también "afectada, reservada y rígida como la mujer de un senador del Imperio", aunque de vez en cuando se mostraba encantadora y graciosa, y era inapreciable en las imitaciones que hacía de toda la Comedia Francesa." Por su parte, la actriz opinaba que Dumas apestaba a negro.
¡Qué contraste con Mlle. George, reina imponente y libre a la vez de las cenas que daba Harel, director del Odeón y su amante sumiso, quien "solía esperar a que George expresase su opinión antes de atreverse a tener alguna". "La mujer más bella de su tiempo", proclama Alejandro, quien parece haber tenido un conocimiento personal y preciso a este respecto... Pero, después de todo, ¿acaso no hubiera sido suficiente ser uno de sus familiares, puesto que ella los recibía en el baño, "prendiendo de cuando en cuando con horquillas de oro sus cabellos que se soltaban y le daban la ocasión, al desnudarse, de sacar fuera del agua sus espléndidos brazos y la parte superior, a veces también la inferior, de un busto que se hubiera dicho tallado en mármol de Paros?..." Osaré añadir a estas alabanzas la cuarteta que Hugo, hacia 1830 precisamente, divulgó sobre esa diosa:
Pero es sabido que el poeta no había sido muy bien tratado por la actriz.
En esas cenas "era imposible (de los versos de Hugo vuelvo a la prosa de Dumas) ser más cortesana griega, más matrona romana, más sobrina de papá que George". Dumas, Harel, Janin y Lockroy (actor del Teatro Francés, el futuro colaborador de Scribe) derrochaban en torno de ella lo mejor de su espíritu. A veces, antes de separarse bajaban al jardín, una de cuyas puertas daba al de Luxemburgo, y como Harel, ex secretario de Cambacérès, podía conseguir fácilmente la llave, los convidados se aprovecharon más de una vez para acabar la fiesta a la luz de la luna...
¡Oh noches de 1829, de 1830 y de 1831!
Una primera figura va de éxito en éxito en multiplicación continua. Se convierte en un nombre más bien que en una obra, aunque haga falta una obra, el nacimiento de una obra, para dar vuelo a su nombre. Comienza con el individuo y termina en el mito.
Y entonces ocurre, por ejemplo, que una noche en que la Comedia Francesa representa una de sus tragedias más polvorientas, el nuevo campeón se ve envuelto muy a su pesar en una querella de espectadores al terminar el quinto acto, cuando unos piden el nombre del autor, mientras que otros protestan. Dumas, en su asiento, permanece mudo prudentemente y, solo entre todo el público, sentado. De súbito su vecino, un anciano, le señala con el dedo al tiempo que grita: "No es de extrañar que se silbe a la orquesta puesto que Dumas se halla presente... ¿No siente usted vergüenza, señor, de encabezar a una camarilla?" "No he dicho una palabra." "¡No importa, es usted el que dirige la intriga!" Esto ocurría en mayo de 1829; se representaba el Pertinax de Arnault hijo.
He ahí el lugar a que había llegado el niño desheredado de Villers-Cotterêts, el amigo famélico de Adolphe de Leuven. Todo había cambiado para él y en torno de él. Otro mundo giraba bajo sus pies en la atmósfera de gloria que se había formado en una sola noche.
¿Dónde vive? No ya en la calle Saint-Denis, desde luego, ni tan siquiera en la calle del Ouest. Su prestigiosa celebridad le ha impuesto que alquile sin tardanza un piso menos indigno de ella, y que ha encontrado en el ángulo de las calles del Bac y de la Université (4º piso), dejando en la calle del Ouest a su madre en espera de encontrar algo mejor para ella. Amuebla su apartamiento con cierta elegancia, aunque algo precipitadamente: ¿Acaso no deberá recibir? Se precipita en un lujo de nuevo rico y se viste con ostentación y, como decía el señor de Lomenie, "abusa de la cadena de oro, ofrece comidas de Sardanapalo, revienta gran cantidad de caballos y ama a un gran número de mujeres".
Dumas, que no se había convertido todavía en esa época en un esclavo del trabajo, paseaba sus laureles y llevaba, es acertado decirlo, una vida agitada, corriendo por las calles sobre las altas ruedas de un tílburi. Tenía un lacayo a su servicio, y este lacayo, si se cree a Musset, era el más infortunado de los criados. "Como no hay lugar para él entre el equipaje —contaba Alfred de Musset—, su amo le envía por delante diciéndole: "Irás a esperarme a tal hora, en tal calle y en tal lugar..." Dumas corre, corre, corre y llega al lugar indicado. Algunas veces el lacayo no se encuentra allí y Dumas se pone a jurar furioso. Por fin llega el lacayo y su amo le envía a que lo espere en otro lugar; el pobre diablo se pone en camino a pie y el amo vuelve a lanzar su caballo al galope."
Musset podía lanzar su veneno; ello no impidió a su colega, no solamente ocupar el pináculo, sino además agradar y seducir. Alejandro Dumas se mostraba el más cortés y el más espiritual de los hombres, tenía la palabra precisa y ligera, esencialmente francesa y, sin quererlo, reaccionaba contra lo que había de anglosajón en el movimiento romántico: el comentario es de Théodore de Banville, quien se acordó siempre de su primer encuentro "en uno de esos estudios para poetas que Alejandro Dumas ha inventado entre tantas otras cosas". La condesa Cisterna de Courtiras, que, arruinada y convertida en novelista bajo el seudónimo de Condesa Dash, describió las costumbres de la sociedad en una serie de novelas llenas de espíritu, vio al Dumas de 1830 así: "sentimental, apasionado, habitando las regiones del ensueño y de la ilusión, el mundo en que las mujeres soñaban al salir del teatro donde se había representado Enrique III". Tanto más seductor por la expresión casi incomprensible de su rostro, que picaba la curiosidad. ¿Cuántos retratos de él no emprendió Tony Johannot? Pero siempre terminaba por rascar la tela o borrar el papel. Por más que Dumas le decía que lo encontraba parecido : "No —pretendía el artista—, y ningún otro tampoco logrará que se parezca." "¿Por qué?" "Porque usted cambia diez veces la fisonomía en diez segundos. ¡Trate usted de captar el parecido de un hombre que no se parece a sí mismo!"
Al día siguiente del triunfo, Ricourt, entonces director de L'Artiste, vino a buscar a Dumas, le hizo subir con él en un coche y se dirigieron al barrio de Vaugirard, y a la calle que se llama hoy día de Notre Dame des Champs, calle de los pintores y de los escultores, de los poetas también, puesto que Hugo vivió allí. Descendiendo del coche, atravesaron un jardín y entraron en un amplio estudio.
—¡Vaya, he aquí a nuestro hombre!
Dumas reconoció a Achille Devéria, el artista-espejo de una época, pues supo reflejar "sus modas, sus giros, sus afectaciones y sus excentricidades características". La casa de Devéria reunía a menudo a la joven intelligentsia de los años más románticos. Ese día se trataba de hacer honor a la figura del feliz triunfador, al que se pidió que se tendiese de inmediato sobre un sofá. En seguida se le rogó:
—¡No adopte pose!
La charla se imponía, y Dumas no pedía otra cosa. Pintor y modelo se sintieron pronto amigos para toda la vida, aunque apenas si se volvieron a ver en diez ocasiones: tal es el destino de los grandes trabajadores, subraya Dumas. Al cabo de una hora, Ricourt se llevó la piedra y L'Artiste publicó esa litografía aguda en la que se ve a Alejandro Dumas, a la sombra de los mechones oscuros de su cabellera, alargar una nariz ligeramente puntiaguda por encima de una boca que sombrea ¿El bigote? No, ¡un lunar postizo! Poco después David d'Angers modelaba un medallón de su efigie.
Dumas ya había roto con Catherine Lebay, pues comenzó a abandonarla a medida que la vida literaria le envolvía, que iba al teatro y compraba libros, mientras que la pobre mujer, inclinada sobre sus labores de lencería y costura, le decepcionaba. Antes, o tal vez después de la ruptura, ella debió de preguntarse muy a menudo y por muy resignada que estuviese: ¿Adónde va?
¿Que adónde iba? No a casa de los Arnault, en todo caso; durante mucho tiempo le habían recibido todos los domingos a comer, pero al día siguiente del estreno de Enrique III se alejaron. Pero, en cambio, iba casi todos los días a su biblioteca, donde leía y charlaba con sus colegas, y el joven duque de Orleáns pronto adquirió la costumbre de ir a conversar con él. París entero se transformaba para Dumas en biblioteca, en estudio, en fumador y en salón; tenía que visitar a numerosos amigos escritores y artistas, amigos comediantes y amigas actrices. ¿Adónde iba? Tenía cita en el Café de París con Jules Janin, Joven príncipe de la crítica dramática y cuya novela, El asno muerto y la mujer guillotinada, acababa de causar sensación; con Roger de Beauvoir, caballero de la novela y del sainete que utilizaba su pluma como si fuese sable de gala; con el doctor Veron, que iba a pasar de la dirección de la Revue de Paris a la de la Ópera. Se burlaba algo, como todo el mundo, de Sophie Gay, pero admiraba a Delphine, pronto madame de Girardin. Eran amigos. ¿Iba a casa de esas damas o a la de Nodier? El Arsenal fue para él algo como un Tortoni íntimo.
Conocía a Charles Nodier desde la noche de su primera jornada parisiense. Había recibido su ayuda en sus primeros pasos en la profesión y un día le escribirá: "Venero a usted como a mi maestro, le quiero como a un hermano y le respeto como un hijo."
Existe un retrato escrito de Charles Nodier cuyo autor es Dumas. A él nos remitimos para saber quién era Dumas en la amistad y para conocer también sus dones de pintor psicólogo. Esta bonita descripción se encuentra en las primeras páginas de La mujer del collar de terciopelo, un cuento tomado precisamente del repertorio de Nodier y que se abre sobre la figura sorprendentemente animada del gran amigo, del primogénito. Nodier en persona está ahí; en relieve móvil y activo como ante los objetivos de una cámara; el bibliófilo, el lector, el vagabundo, el imaginativo, el maniático y el hombre de memoria tan llena de curiosidades.
Pero ¿cómo pasó Dumas del Nodier de la noche del Teatro al Nodier del Arsenal? La señora Menassier-Nodier se lo dijo a Jules Janin y lo repitió en sus memorias...
Un joven vino un día preguntando por el señor bibliotecario, quien no quería recibirlo, pues conocía a un Dumas que era un sablista.
—¡Ni pensarlo! Es un pedigüeño y yo no tengo los seis francos...
—¡Pero papá!
—Es necesario, hija mía, que aprendas a distinguir entre un intrigante y un hombre decente.
Pero al mismo tiempo sacaba seis francos del cajón.
—Bueno, que entre, pero serás tú quien pague este gasto inútil.
Sin embargo, el joven que entró estaba bien vestido y enguantado, y se mostraba ágil y agradable. He ahí a la señorita Nodier triunfante y a su padre confuso.
—Señor —anunció el desconocido—, se va a representar próximamente mi nuevo drama y sería para mí un gran honor si usted quisiera aceptar este palco.
—¡Cómo, es usted Alejandro Dumas! ¡Y yo que iba a darle seis francos!
El nuevo drama era Enrique III —escrito, en efecto, con posterioridad a Cristina, cuyo manuscrito ya había leído Nodier— y no Antony como dice Janin por error.
Fue en el Arsenal, en medio de una tibieza íntima, junto al dueño de la casa y de su esposa, de su hija y de su hermana, en un ambiente de particular poesía y erudición, de cuentos a veces fantásticos, de comidas familiares con sabor del Franco-Condado, de danzas y de juegos, donde Dumas conoció a Lamartine, Hugo, Vigny, Musset, al escultor Barye, a los pintores y dibujantes Louis Boulanger, Alfred y Tony Johannot, y a muchos otros. Entró en la vida literaria bajo ese pórtico. Pintura, poesía y literatura fraternizaban en casa de Nodier y en otras partes; se encontraba entonces a Shakespeare, Dante, Byron y Walter Scott en el taller y en el estudio. Dumas había iniciado sus relaciones con los artistas durante los años de oscura pobreza. No olvidaba que Henri Monnier, ese "eminente artista, ese espiritual compañero, ese viejo amigo", había sido pasante de notario como él. "¿Recuerda usted, querido Granville —le preguntaba en sus Memorias— , aquellos tiempos en que yo iba a verlo a su buhardilla en la calle de los Petits-Augustins?" En esas visitas jamás salía sin llevarse bocetos, después de prolongadas y jugosas charlas. Había allí y en los estudios de los alrededores bastante juventud y esperanza para que, los días en que se tenía algún dinero, se bebiese cerveza, y los demás días se contentaran con reir, fumar y vociferar.
Delacroix, Géricault, Scheffer y Boulanger habían realizado su principal exhibición en la Exposición de 1824. Dumas, tan pronto como tuvo dinero, compró a Delacroix un Hamlet, el Giaour y el Tasso en la prisión de los locos. Muy pronto hizo amistad con él. Más tarde, cuando una enfermedad de la laringe convirtió a Delacroix en una persona de vida retirada, a él que tanto había gustado de la sociedad, Dumas solía ir con frecuencia a contemplar su estudio hasta las dos de la madrugada. En invierno Dumas encontraba al pintor en bata, con el cuello envuelto en una bufanda de lana, dibujando cerca de un hermoso fuego y con una temperatura de treinta grados en la habitación. También quiso y admiró con igual apasionamiento a Géricault. En sus Memorias ha relatado con emoción y grandeza su última visita a Géricault agonizante.
Cierto día fué a la Force, la prisión en que Béranger estaba encerrado por haber escrito La Consagración de Carlos el Simple. El compositor satírico padecía de un exceso de visitas: ¿No llegaban a veces hasta trescientas cincuenta? Señal de la revolución inminente... Dumas, fiel y agradecido por el favor que le hizo con Laffitte, y que compartía además el cariño popular por el poeta nacional de Vieux drapeau, si no por el lírico sensual de Lisette, acompañaba ese día a lady Morgan con David d'Angers. Béranger les dijo, entre otras cosas: "No soy ni un escritor fácil, ni rápido, y muy raramente compongo más de dieciséis canciones al año."
Otro día era Lamennais el que le esperaba, interesado desde luego, no en Enrique III, sino en Antony, y deseoso de conocer al autor; un amigo común lo condujo a la calle Jacob. Allí asistió a una comida en la que Lamennais había reunido a Liszt con Lacordaire y Montalembert. Dumas ha dicho hasta qué punto simpatizaba con las ideas de L'Avenir, aunque no sin experimentar cierta resistencia escéptica de cazador. Esta vez parece haber sido el escritor, sin embargo, el que prestó atención. Una frase de Breton había de grabarse en su mente: "Sigo escuchando el grito de ciertas aves de mar que pasaban ladrando..." Diez años más tarde, en 1841, cuando Lamennais, condenado por un libelo, El País y el Gobierno, tuvo que pasar un año en la prisión de Sainte-Pélagie, Dumas le hizo una visita y comprobó que las imágenes de Italia, grabadas en su cerebro sin casi darse cuenta, acudían a su memoria...
—Comienzo a ver Italia —le dijo el filósofo—. Es un país maravilloso.
La conjunción con celebridades viejas y nuevas alternó para Alejandro con la amistad espontánea, franca y sólida, menos cuando éstas coincidían, como en el caso de Béranger. Participó tanto en la batalla de Otelo como en la de Hernani. A amigos como los Devéria y los Johannot, los Girardin y los Nodier, es necesario añadir a Joseph Méry, el colaborador de Barthélemy en las sátiras, a Alejandro Bixio, que no tardaría en fundar con Buloz la Revue des Deux Mondes, una de las avanzadas políticas de la oposición. Entre las celebridades: Mérimée, el filósofo Jouffroy, el satírico Auguste Barbier, el crítico Gustave Planche. Las antipatías eran raras en Dumas. Pero se le conoce una violenta contra Balzac: el hombre y el escritor le crispaban.
Con él tendría más tarde este cambio de palabras en el salón de descanso de un teatro:
—Cuando esté gastado, escribiré dramas —dijo Balzac.
—Comience entonces desde ahora —respondió Dumas.
Aunque Musset se burlaba, Dumas no le contestaba. En realidad. experimentó tanto placer como asombro la noche en que el poeta. todavía desconocido, leyó en el salón del Arsenal varios poemas de sus Cuentos de España y de Italia ante el auditorio habitual, artistas, escritores, muchachos y muchachas. "Desde el comienzo —subraya Dumas en Los muertos van de prisa— toda esa asamblea de poetas experimentó un escalofrío; comprendía que tenía delante a un poeta." Pero, ¿y más tarde? Este "borracho triste" de que nos habla Hetzel, "el borracho solitario, egoísta, maligno y silencioso", el hombre que vivía de ajenjo y de ron, como escribe George Sand al mismo Hetzel, ¿qué relación ha podido tener con el sano y enérgico Dumas? Y, sin embargo, en el estreno de Richard Darlington —era el 10 de diciembre de 1831 en la Porte Saint-Martin— , Dumas tropezó entre bastidores con el poeta sumamente pálido.
—¿Qué ocurre, querido poeta?
—Ocurre que me ahogo.
Le ahogaba la emoción de que rebosaba su temperamento nervioso.
Al volver Dumas del Havre con su Cristina ya terminada, encontró en su casa una carta de Víctor Hugo en la que le invitaba, junto con la nueva escuela en pleno, a escuchar la lectura de Marion Delorme (que se titulaba entonces Un duelo bajo Richelieu) en el estudio de Devéria. Dumas se dirigió allí y, después de escuchar, experimentó una admiración que debió abrumarle y que le honra. Dumas tenía una conciencia inmodesta de su fuerza como dramaturgo, pero había una humildad leal en sus confesiones de debilidad en la creación poética.
Este soberbio, este glorioso, podía en ocasiones hundirse en la modestia. "Si me hubieran pedido diez años de mi vida —confiesa—prometiéndome en cambio que algún día llegaría a tener ese estilo, no habría titubeado en darlos en ese mismo instante."Prohibida la pieza por la censura, y al rechazar Hugo el aumento de su pensión que se le ofrecía como compensación, los escritores y los artistas del romanticismo se unieron para inscribir su testimonio de solidaridad afectuosa en los márgenes del famoso Ronsard, ejemplar infolio único, ofrecido por Sainte-Beuve al joven maestro.
Dumas participó en este bello homenaje, con Lamartine, Vigny, Ulric Guttinguer, Janin, madame Tastu, Louis Boulanger... Y compuso todo un poema:
Ils ont dit: "L'oeuvre du génie
Est au monde un flambeau qui luit,
Que se lumière soit bannie
Et tout rentrera dans la nuit
(Ellos han dicho: "La obra del ingenio
es para el mundo una antorcha resplandeciente,
que su luz sea desterrada
y todo retornará a la noche...)
Est au monde un flambeau qui luit,
Que se lumière soit bannie
Et tout rentrera dans la nuit
(Ellos han dicho: "La obra del ingenio
es para el mundo una antorcha resplandeciente,
que su luz sea desterrada
y todo retornará a la noche...)
Ciertos disgustos, unidos a algo de hipocresía por parte de Hugo, iban a separar durante algún tiempo a los dos hombres a consecuencia de un artículo de Gramer de Cassagnac en Les Débats del 1° de noviembre de 1833, del que Hugo ha pasado por inspirador, y que acusaba a Dumas de saquear a Inglaterra, a Alemania y a España. "Quieren enemistaros —escribía la duquesa de Abrantès a Hugo— y momentáneamente lo han logrado." Pero ya se ha visto cómo se reconciliaron con bastante facilidad en 1836 por mediación de madame Hugo, así como el empeño de Dumas en favor de la candidatura de Hugo a la Academia y la intervención de Hugo para que se otorgase la Legión de Honor a Dumas.
A través de este amasijo de relaciones, ¿cómo impedir el cruzarse con Sainte-Beuve? Sainte-Beuve se hallaba en todas partes, Dumas también. L'Almanach des Muses de 1830 contiene una oda "A mi amigo Sainte-Beuve", que constituye una invitación para superar el amor, la riqueza y la gloria, y no esperar más que una recompensa, la de Dios. Comienza así:
Moi, je ne dirai pas: j'ai peu connu la vie,
Il n'est aucun des biens que la jeunesse envie
Qui ne soit a son tour passé sur mes douleurs
(Yo no diría: he conocido poco la vida,
no hay un solo bien que la juventud envidia
que no haya pasado sobre mis dolores ...)
Il n'est aucun des biens que la jeunesse envie
Qui ne soit a son tour passé sur mes douleurs
(Yo no diría: he conocido poco la vida,
no hay un solo bien que la juventud envidia
que no haya pasado sobre mis dolores ...)
De 1830 debe ser esta nota:
Mi querido Josep Delorme, estoy enfermo y necesito vuestros Consuelos. Enviádmelos y quedaréis como un difunto muy amable. De vos muerto o vivo.
Infortunadamente, Dumas se olvidaba con frecuencia de poner fechas. Sainte-Beuve, en cambio, fechó con el 11 de enero de 1831 una carta dirigida a Dumas para pedirle unas palabras de presentación al jefe de la oficina de pasaportes, del cual sabía que era amigo, y le prometía que no partiría para Bélgica sin haber visto antes Napoleón Bonaparte.
¿Eso es todo? ¿Y el mundo? ¿Y la mezcla confusa del teatro, de la literatura, de la reputación y de la coquetería? Dumas no podía permanecer extraño a ese laberinto.
Uno de los primeros salones en acogerlo fue el de la esposa de un violinista en boga, madame Lafond. Los bailes de disfraces que daba eran muy brillantes. Dumas, al ser invitado al primero de ellos, pidió al pintor Amaury Duval, al que había conocido por medio del actor Firmin, que le dibujase un traje de Arnaute con bordados, cordoncillo, galones y turbante.
El turbante entusiasmó a las damas. A la Malibran le gustó tanto que al día siguiente en que tenía que representar a Desdémona, se empeñó en que el primer actor Zuchelli llevara un turbante como el de Dumas en el papel de Otelo.
Era visitante asiduo de Marie Taglioni, y la princesa Constance de Salmas le invitaba a su casa. Ésta era autora de la tragedia lírica Salo, que tanto éxito había logrado bajo el Directorio. Entonces acababa de publicarse su novela Veinticuatro horas de una mujer sensible. Su apodo de "Boileau de las mujeres" da cierta idea del espíritu de sus epístolas y de sus discursos en verso. Pero su vida no era tan prudente como su obra poética y a su salón iba toda clase de gente. En el de la duquesa de Abrantès, donde también se vio al nuevo gran hombre, se ocultaba la miseria tras de los bailes y las representaciones de comedias.
Dumas visitaba también a la hermana de su amigo Amaury Duval, viuda del oficial Chasseriau (primo del pintor), que iba a casarse con un rico notario que pronto se convertiría en el diputado Guyot-Desfontaines; así como al arquitecto Duponchel, que no tardaría en dirigir la Opera. No dejaba pasar un sólo baile y mostraba excelente gusto en sus disfraces. Comió dos o tres veces con la señora Tallien, ahora princesa de Chimay, y con su hijo, el doctor Cabarrus, sabio y mundano, relacionado con todos los aristócratas y poseedor de alegre y delicioso espíritu, en la casa de Barras, el gran disoluto del Directorio, y a quien Dumas habría perdonado todo por el sólo hecho de que había conocido al general. Barras envejecía olvidado en Chaillot. Alejandro vio al viejo político ya cercano a la muerte, pero siempre escandalosamente alegre y animado, hasta en el momento de anunciar su fin para aquella noche:
—¿Me habéis escuchado, Dumas? Soy como Leónidas. Esta noche cenaré con Plutón y podré decir a vuestro padre, que tanto se alegraría de veros, que he estado con vos.
Alejandro Dumas, en cambio, no era con Plutón con quien solía cenar. Tanto para comer como para cenar y bailar era un gran vividor. La cena era para él como el champaña de la orgía parisiense, era el privilegio de los ilustres, era el descotado de las comediantas. Y aún era algo más precioso que él mismo definió perfectamente. Por su espíritu recordaba a la aristocracia del siglo XVIII, modificada por lo que el Imperio había salvado del pasado caballeresco francés y, naturalmente, las mujeres eran las encargadas de que resplandeciese ese espíritu. Pero además se requerían dos condiciones del pasado siglo, dos tradiciones: la comida y la cena... El cuento de los Matrimonios del padre Olifus encierra una bonita página acerca de estas añoradas tradiciones y viene en apoyo de una observación interesante, a saber, que si el siglo XIX comenzó en la tristeza "como un niño huérfano", la Restauración, "madre bastante acomodaticia", no tardó en devolverle la despreocupación, y que "de 1816 a 1826 datan los últimos resplandores de la alegría francesa..."
"En esa época todavía se sabía comer; había hoteleros-artistas que conversaban muy seriamente de cocina con los señores Brillat-Savarin y Grimod de La Reynière, al igual que el señor de Condé hablaba con Vatel Actualmente, se sigue alimentando en los restaurantes, pero ya no se come.
"Además, no sólo se comía, sino que se cenaba... ¿Quién puede decir lo que el espíritu francés ha perdido al suprimirse esas encantadoras comidas que se servían a la luz de las velas, a la hora en que se sueña, a la hora en que todos los cuidados, todas las preocupaciones, todos los negocios, esos fantasmas de la jornada, se han desvanecido?"
Otra página de las Memorias precisa la herida que se infirió al espíritu francés con la muerte de la cena:
A las once de la noche, cuando se está libre de las preocupaciones de la jornada, cuando se sabe que se dispone aún de siete u ocho horas para emplearlas como se quiera entre la víspera y el día siguiente, cuando se está sentado ante una buena mesa, junto a una hermosa mujer, y se tiene como excitantes las luces y las flores, el espíritu es arrastrado despierto a la esfera de los sueños, y entonces se alcanza el apogeo de la vivacidad y de la exaltación... Estoy seguro de que la mayor parte de las bonitas frases del siglo XVIII se dijeron durante la cena. ¡Ya no hay cenas! Y de ahí la ausencia de ese espíritu que surgía cenando.
En 1830 la cena era todavía una institución viviente. ¿Quiénes cenaban principalmente? El mundo del periodismo y del teatro, algunos hombres espirituales en torno de una o dos actrices. Tras de cada representación en el Teatro Francés, Mlle. Mars, terminado su arreglo en el camerino, realizaba la hazaña de desvestirse y cambiar la camisa sin que se le viese otra cosa que la punta de sus dedos, y a continuación hacía una señal a los que querían acompañarla a su casa, donde encontraban la cena servida. Cuando la actriz representó a la duquesa de Guisa en Enrique III, invitó a Dumas a sus cenas. Allí se encontró con Vatout, Romieu y toda una corte de elegantes y conversadores. Profesaba gran estima a Mlle. Mars, a pesar de que al principio no se entendió bien con ella... y hubo reincidencias. Dumas la calificaba de buena persona, y ella merecía ese título. Buena para sus amigos, y generosa, mas a menudo era también "afectada, reservada y rígida como la mujer de un senador del Imperio", aunque de vez en cuando se mostraba encantadora y graciosa, y era inapreciable en las imitaciones que hacía de toda la Comedia Francesa." Por su parte, la actriz opinaba que Dumas apestaba a negro.
¡Qué contraste con Mlle. George, reina imponente y libre a la vez de las cenas que daba Harel, director del Odeón y su amante sumiso, quien "solía esperar a que George expresase su opinión antes de atreverse a tener alguna". "La mujer más bella de su tiempo", proclama Alejandro, quien parece haber tenido un conocimiento personal y preciso a este respecto... Pero, después de todo, ¿acaso no hubiera sido suficiente ser uno de sus familiares, puesto que ella los recibía en el baño, "prendiendo de cuando en cuando con horquillas de oro sus cabellos que se soltaban y le daban la ocasión, al desnudarse, de sacar fuera del agua sus espléndidos brazos y la parte superior, a veces también la inferior, de un busto que se hubiera dicho tallado en mármol de Paros?..." Osaré añadir a estas alabanzas la cuarteta que Hugo, hacia 1830 precisamente, divulgó sobre esa diosa:
Un soir, Mademoiselle George Au théâtre fit voir sa gorge,
Et le public fut convainçu
Que l'éléphant montrait son...
(Una noche, la señorita George en el teatro exhibió su pecho,
y el público quedó convencido
que el elefante mostraba su...)
Et le public fut convainçu
Que l'éléphant montrait son...
(Una noche, la señorita George en el teatro exhibió su pecho,
y el público quedó convencido
que el elefante mostraba su...)
Pero es sabido que el poeta no había sido muy bien tratado por la actriz.
En esas cenas "era imposible (de los versos de Hugo vuelvo a la prosa de Dumas) ser más cortesana griega, más matrona romana, más sobrina de papá que George". Dumas, Harel, Janin y Lockroy (actor del Teatro Francés, el futuro colaborador de Scribe) derrochaban en torno de ella lo mejor de su espíritu. A veces, antes de separarse bajaban al jardín, una de cuyas puertas daba al de Luxemburgo, y como Harel, ex secretario de Cambacérès, podía conseguir fácilmente la llave, los convidados se aprovecharon más de una vez para acabar la fiesta a la luz de la luna...
¡Oh noches de 1829, de 1830 y de 1831!
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)