Los viajes

Para distraer su dolor tras la muerte de su madre, así como para poner distancia entre su persona y la policía real, pero también, y sobre todo, desde 1832, por gusto y afición, Dumas jalonó los años de 1832 a 1836 de viajes: a Suiza, al Sur de Francia, a Italia, a las orillas del Rin. No fue un viajero común, tenía su método especial. Ni la mordaz fantasía sentimental de Sterne, ni la sensibilidad literaria de Xavier de Maistre, ni la sensibilidad artística de Gautier, ni la potencia descriptiva de Hugo constituían su característica; sencillamente obedecía a su curiosidad de hombre de teatro. Claro está que tomó vistas de las ciudades y lugares, pero su sensibilidad se interesó principalmente en el movimiento y la vida, en las pasiones, en los instintos, en resumen, en el juego humano, al cual añade el de los animales: las mismas cosas no eran para él simples decoraciones inmóviles. ¿Acaso el mundo no fue para Dumas un inmenso escenario de teatro?
Los países recorridos le servían de pretexto para las evocaciones históricas dentro del relato novelesco: por ejemplo, Cristina y Monaldeschi en Fontainebleau, en El Sur de Francia. Es fácil adivinar que utilizaba para ello las historias regionales. Cuando quiso hablar de Marsella recurrió en abundancia a la Historia de Provenza de Louis Méry; toda una crónica del siglo XVI pasó de este precioso libro al de Dumas, quien no pudo resistir la tentación, ya que es de un pintoresco inimitable.
Este viajero, siempre despierto, siempre abierto, y cuya autoridad bonachona parecía atraer las sorpresas agradables, jamás dejó escapar la ocasión de contar una historia dramática, como el crimen misterioso de un médico en un pueblo nivernés, ni de asir lo imprevisto, como en Sauvigny, en la bella iglesia romano-gótica, donde el órgano y una voz solitaria hacían resonar el Stabat mater de Pergolèse a través de la soledad y la sombra de medianoche.
Así, pues, lo indispensable únicamente en lo que hace a descripción, pero en cambio, ¡cuántas buenas historias y cuentos sorprendentes, cuántas tragedias y comedias, qué abundancia de humorismo y habladurías sabrosas! Añádase a eso una especie de suerte, a menos que fuese una pícara habilidad, para enterarse sin buscarlo del ambiente de un país, de la atmósfera de una ciudad, de las particularidades de un medio. Miguel de Unamuno escribió a Barrès: "En los libros de Dumas o de Gautier sobre España, repletos de equivocaciones, de fantasías y de pequeños errores, hay más verdad que en cualquier grueso infolio doctoral de un Wolff."
Lean las Impresiones de viaje en Suiza. Encontramos todo lo que es necesario ver, las salinas de Box, así como el Righi, la isla Saint-Pierre y el San Bernardo, pero todo ello más bien visitado que descrito, gigantes con los que uno se asombra de entablar diálogo. Además, los recuerdos históricos convertidos en maravillosas aventuras vivifican el espectáculo: vulgarización, desde luego, de la que "Guillermo Tell" quedará como modelo. Y, sin embargo, es de otro modo como el auténtico Dumas se revela. Una anécdota demostrará cómo estaba siempre al tú por tú con todo lo que recorría y veía, preparado constantemente a invitarnos allí como a su propia casa, para que lo compartiésemos con él. Los suizos habían señalado con dos pilares distantes de veinte a veinticinco pasos el lugar supuesto de los dos árboles que fijaron a Guillermo Tell y a su hijo sus posiciones respectivas en el heroico episodio del arco y de la manzana.
—Con un arma de fuego —aseguró Dumas a sus guías— no es difícil tumbar una manzana a esa distancia.
Uno de los guías lo desafió, y Dumas, siempre con una carabina en bandolera, sacó de su bolsillo una moneda de cinco francos.
Si no hago blanco en esta pieza dos veces de cada cuatro —dijo— me deshago de la carabina.
Dumas acertó en los dos primeros disparos ante el asombro de los testigos y, prueba de que concedía cierta importancia a su hazaña, pidió al síndico de los guías montañeses que le entregara un certificado de autenticidad.
Cuando una gamuza en la montaña reemplazaba a la moneda de cinco francos, tanto el cazador como el narrador exultaban; y cuando un oso herido de muerte mató antes de perecer a su vencedor y le devoró una parte de la cabeza, este drama espantoso resumía tan bien los juegos peligrosos, pero excitantes, de la montaña, que se apresuró a llevarlo a escena con entusiasmo y, arriesgando el mal gusto, inventó el biftec de oso, con lo cual se atrajo la maldición de los hoteleros del lugar, pues durante muchos años no recibieron un viajero sin que éste buscase en el menú ese manjar sensacional, ilustre e imaginario.
Y así llegamos a lo que constituye el interés capital en los relatos de viajes de Alejandro Dumas, es decir, a las historias, que no tienen gran cosa que ver con Suiza y que podrían haber sucedido en cualquier otro lugar.
¿Y qué hay de los viajes?, se nos preguntará. Son narraciones de viajes lo que nos sirve el autor, o narraciones en viaje? Relatos de viajes de cualquier modo, puesto que los espectáculos naturales, las escenas de costumbres y las curiosidades encontradas separan con pausas prolongadas unas historias de otras y que, al leerlos, uno se siente en vacaciones. Pero también narraciones en viaje, puesto que el viajero se detiene para soltarnos un cuento. Si nos imaginamos una gran mesa redonda alrededor de la cual todo el mundo presta atención al narrador, debemos convenir en que éste es incomparable, de ningún modo un agente viajero, sino un escritor sin miedo y sin tacha.
Y la comparación con el agente viajero parece aún más desacertada si se tiene en cuenta que su humor es más bien trágico que cómico. Este viaje por Suiza alinea muchos muertos: el joven que murió por timidez, los amantes muertos de vergüenza y desesperación en el fondo de su adulterio demoníaco, el hombre muerto por el rayo de las cumbres y cuyo compañero superviviente no logra en toda la noche cerrarle los ojos, la víctima de un duelo extraordinario por la bravura, el desafío, el odio y la implacabilidad. Los manes de Dumas exigen ciertamente que nos detengamos en este episodio del duelo.
En una hostería suiza para turistas, en la mesa redonda, un agente viajero francés irritaba a Dumas con su humor de una alegre vulgaridad que revelaba, sin embargo, a un hombre de corazón arrojado, y este animado contraste constituyó uno de los elementos que dieron fuerte sabor al episodio. Un baronet inglés demostraba a expensas de sus compañeros de mesa esa frescura que distinguía a los británicos de aquella época tanto en los hoteles como en los vagones, y el joven francés, que hubiera podido llamarse Gaudissart, pero cuyo nombre era Alcide Jollivet, le hizo blanco de sus bromas con tal insolencia y burda ironía, que el inglés se dio por ofendido y el duelo quedó fijado para el día siguiente. Jollivet nunca había manejado una pistola o una espada. La suerte se decidió por la pistola; ahora bien, el inglés era un tirador temible. A pesar de esto, el francés impuso ciertas modalidades al duelo que llenaron de terror a los presentes.
—Quiero —exigió— que caminemos uno hacia el otro, con una pistola en cada mano, y que disparemos dos tiros a discreción.
Se eligió una isla del río como escenario del encuentro, y Dumas, nombrado testigo de su compatriota, fue a buscar las armas en la barca que habían utilizado los seis hombres para cruzar el río. Comenzaba a cargarlas cuando Jollivet le tomó del brazo y le dijo: "Dejad ese trabajo para mi otro testigo; quiero decirle dos palabras." Ambos se apartaron un momento. "No tengo a nadie en el mundo —dijo Jollivet—, y si me matan, ninguno me llorará, con excepción de una pobre muchacha que me ama de todo corazón." "¿Le habéis escrito?" "Sí, he ahí la carta." Los demás esperaban... "¡ Sangre fría!", le recomendó Dumas. "Quedad tranquilo."
Los testigos dieron tres palmadas, y con la última, los adversarios se pusieron en marcha. Dos hombres llenos de vida que avanzan uno hacia el otro para matarse, constituye un cuadro lleno de angustia para los espectadores. Aquí, imposible dejar de citar a Dumas:

En cuanto a mí, no podía apartar los ojos, fijados como por encanto, en este joven que, la víspera, me parecía un bromista de mal gusto, y que ahora me interesaba como un amigo. Se había peinado los cabellos hacia atrás, y su rostro había perdido la expresión de guasa trivial que le era habitual; sus ojos negros, cuya belleza sólo noté entonces, se fijaban audazmente en su adversario, y sus labios entreabiertos dejaban ver sus dientes fuertemente apretados. Su manera de caminar había perdido todo aire vulgar, andaba derecho, con la cabeza erguida, y el peligro le aureolaba de una poesía que yo ni tan siquiera había sospechado en él... Sin embargo, la distancia disminuía entre ellos; los dos marchaban con paso medido e igual, ya no estaban más que a veinte pasos el uno del otro. El inglés disparó su primera bala. Algo como una nube pasó por la frente de su adversario, pero continuó avanzando. A quince pasos de distancia, el inglés disparó el segundo tiro y esperó. Alcide titubeó y pareció que iba a caer, pero prosiguió su marcha. A medida que se aproximaba, su rostro palidecía y adquiría una expresión terrible. Por último, se detuvo a unos dos metros aproximadamente, pero juzgando que no estaba suficientemente cerca, dio un paso, y otro más. Era un espectáculo imposible de soportar.
—¡Alcide! —grité— . ¿Es que va usted a asesinar a ese hombre? Tire al aire, ¡voto a tal! ¡Tire al aire!
—Es fácil para usted aconsejar —dijo el agente viajero abriendo su levita y mostrando su pecho ensangrentado— . Claro, usted no tiene dos balas en el vientre.
Y, tendiendo el brazo, saltó la tapa de los sesos al inglés.
—Es igual —dijo entonces, y se sentó en una piedra—, me parece que he recibido mi cuenta; pero al menos he matado a uno de esos bandidos que asesinaron a mi emperador.

He ahí el duelo entre el francés y el inglés, y del que el francés, a pesar de todo, logró salir con vida. ¿Un cuento de esta calidad, historia exacta o arreglada, pero hilada en cuento literario, no podría pasar por ser de Mérimée? Su terrible sobriedad no carece de grandeza.
En Suiza, Dumas se vio cara a cara, aunque no fuera más que por unas horas, pero de manera inolvidable, con grandes figuras que entraban ya en la historia.
Chateaubriand, exilado voluntario después de la Revolución de Julio, vivía en Lucerna, en el hotel del Águila, bien llamado para la circunstancia. Dumas no lo conocía personalmente; en París no se hubiera atrevido a presentarse ante él (apenas si tenía la mitad de sus años). Pero fuera de Francia, al hallarlo tan solitario, osó solicitar ser recibido en calidad de compatriota. El mozo del hotel satisfizo su curiosidad: "El señor de Chateaubriand acaba de salir para ir a dar de comer a sus gallinas." Dumas se lo hizo repetir, pues creyó no haber oído bien. El mozo lo repitió. Asombrado y algo inquieto, el viajero dejó su nombre y la petición de permiso para ser recibido al día siguiente. A la mañana siguiente le entregaron una carta escrita la víspera por la noche. Era una invitación para almorzar... Conmovido y con el corazón brincándole en el pecho, Dumas se apresuró, pero no tardó en recuperar su tranquilidad y pudo gozar de una hermosa y prolongada conversación que, ante su asombro, tomó tintes de republicanismo social. Terminado el almuerzo, se trasladaron a admirar el león de Lucerna, ante el cual se produjo una discusión del mismo tipo, pero que esta vez enfrentó a los dos hombres. Chateaubriand la concluyó diciendo: "Y ahora, vamos a dar de comer a las gallinas..."
¡Vaya! Después de todo no se había convertido en granjero. Sencillamente, como lo vio Dumas, se trataba de desmigar pan sobre un brazo del lago, desde lo alto de un puente cubierto; las gallinas eran gallinas de Guinea... Melancólico, y silencioso, Chateaubriand suspiraba. ¿Por qué, si echaba de menos a París, no retornaba? Pero explicó que no quería ver a un rey sujeto a una carta y teniendo que dar apretones de mano a los traperos. "Es de una tristeza como para morirse", "¿Elección? ¡Bueno!, pero sólo para templar a la realeza en su propia fuente... Pero en ese caso se debió elegir a Enrique V y no saltarse un eslabón..." Afirmó, pues, que no regresaría a Francia más que para defender a la duquesa de Berry en caso de que la detuviesen en Vandea. "Y si esto no ocurriese?", preguntó el visitante. "Si no ocurriere —prosiguió Chateaubriand al tiempo que desmigaba un segundo pan— continuaré dando de comer a mis gallinas."
La reina Hortensia se había retirado, después de 1815, al castillo de Arenenberg. Ahora se llamaba duquesa de Saint-Leu. Dumas había oído hablar de ella como si fuera un hada buena y constituía para él casi un culto. Muy de mañana dejó su tarjeta con la lectora y en la tarde recibió una invitación para comer. Dumas se dirigió al castillo y en el parque encontró a la duquesa acompañada de dos mujeres y de un joven, que ella dejó para venir hacia él y decirle cuánto le agradecía el no haber pasado cerca de una pobre proscrita sin visitarla...
Entraron y ella le mostró sus recuerdos, talismanes y tesoros. A continuación comieron. Pasaron al salón, y pronto, al anunciarse la llegada de Mme. Récamier, el joven Dumas se sintió en el cielo. Luego se rogó a Mme. de Saint-Leu que se pusiera al piano. La duquesa cantó diversas romanzas cuya música había compuesto hacía poco.
—¿Si me atreviese a pediros algo? —dijo Dumas envalentonado.
—Y bien, ¿qué deseáis?
—Una de vuestras antiguas romanzas.
—¿Cuál?
—Ésta: Vous me quittez pour marcher à la gloire.
—¡Dios mío! —exclamó ella.
Ya no se acordaba. Pero Dumas había escuchado cantarla a su hermana mayor, pues las romanzas de la reina Hortensia eran célebres, y no la había olvidado. Se levantó y recitó los versos:

Me abandonáis...
Mi triste corazón seguirá vuestros pasos...

Y prosiguió hasta terminar las estrofas. La reina pasó una mano por sus ojos y se limpió una lágrima. Esta romanza, su madre, la emperatriz Josefina, la había escuchado la víspera de la partida del emperador para Wagram, cuando ya el rumor de su divorcio comenzaba a extenderse. Josefina había llorado...
—¡Mil perdones! —se excusó Dumas—. ¿Cómo es que no me di cuenta de ello? Ya no os pediré nada más.
—No digáis eso, por favor —dijo la reina volviendo a ponerse al piano—. Tantos infortunios siguieron a ése, que se ha convertido en uno de los que acuden a mi memoria con mayor dulzura; pues mi madre, aunque separada del emperador, siempre fue amada... —Dejó correr sus dedos sobre las teclas y se escuchó un preludio doliente que ella acompañó de una voz en la que ponía toda su alma, como debió cantar cuando estaba ante el emperador.
"Dudo —escribió Dumas— que hombre alguno haya sentido jamás lo que yo experimenté durante esa velada."
Permaneció tres días como huésped de la reina Hortensia. El último día, en el parque, se vanaglorió de haber dado un verdadero curso de historia sobre Napoleón, liberador de los pueblos de Europa, por ser él quien sembró el trigo de las revoluciones y preparó de este modo las cosechas republicanas...
—Pero —interrogó la reina—, ¿si un miembro de la familia quisiera volver de nuevo a la gloria y al poder?
—Entonces, señora, le diría que obtuviese la cancelación de su exilio, que comprase una parcela de tierra en Francia, que se sirviese de la inmensa popularidad de su nombre para hacerse elegir diputado, que tratase, con su talento, de disponer de la mayoría de la Cámara, y que la utilizase para destituir a Luis Felipe y hacerse elegir rey en su lugar...
Destituir a Luis Felipe, ¿por qué no? Pero Dumas hubiera deseado sin duda alguna que no se le deportase. Le gustaba conservar el culto de los grandes sacrificados. El revolucionario de 1830, al pasar por Reichenau, ¿no experimentó, acaso, el deseo de ir a cumplir con sus devociones en un cuarto del colegio donde en otra época el que fuera duque de Chartres había venido a ganarse la vida?
Dumas, en sus viajes, escribía todas las noches los sucesos cotidianos, generalmente en la bañera. Viajaba en diligencia, pero como tenía gran afición a las caminatas, sentía un gran placer en solazarse en el baño de los albergues, que, en esa época, no ofrecían esa comodidad más que en Suiza. Jamás percibió que los indígenas "demostrasen la menor veleidad de tomar parte en este goce"; pero él se complacía en convertir la bañera en su despacho, aunque no sin preguntarse si el bienestar que allí sentía no contribuía a teñir lo que escribía de benevolencia por los hombres y de admiración por las cosas... Merece detenerse en ello: los baños podían ser de leche, el baño de agua costaba cinco francos y el de leche diez francos, uno y otro calientes y ante algunos de los más bellos paisajes del mundo. ¡No cabe duda de que los hoteleros valoraban más el paisaje que la leche!
Dumas realizó sus viajes por Francia con el mismo espíritu que el de Suiza; las imágenes recogidas las reunió en las Nuevas impresiones. El 15 de octubre de 1834 se puso en marcha en compañía del paisajista Godefroy Jadin. Otro pintor, el "rafaélico" Amaury Duval, como él lo llamaba, debía reunírseles en Italia, lugar, por otra parte, al que no llegaron, por lo menos esta vez. Los dos secuaces se contentaron con ver el Sur de Francia, visitando Arlés, Beaucaire, Nimes, Aigues-Mortes, Marsella, Aviñón, sin devorar el camino sobre la diligencia, sin enterrarse en las bibliotecas, muy al contrario, yendo "allí donde un escenario pintoresco, un recuerdo histórico o una tradición popular" les llamaba. Añadamos: allí donde hubiese un drama para escudriñar o alguna extravagancia que captar. Sin cesar el viaje de descubrimiento y aventura.
Debemos confesarlo, Dumas exageró la dosis de pasado histórico o legendario. El valle inferior del Ródano nos valió una nueva campaña de Aníbal, la Crau y la Camargue nos lleva a seguir las huellas de las Santas Marías, el Grau du Roi nos embarca con San Luis; ¿era necesario para eso un Dumas? En cambio, nos hace un regalo inapreciable cada vez que envuelve una evocación histórica poco conocida en la sorpresa de la aventura personal. El asesinato del mariscal Brune en Aviñón no es suceso que se halle presente con todo detalle en la memoria de muchas personas, y la lucha de un vehículo contra el mistral que sopla en la carretera no es forzosamente algo muy original, pero al ligar los dos temas, Dumas escribió una página insigne.
Abrumado por el viento, la noche y el frío, el cochero de Dumas y de Jadin se equivoca y pasa junto a Aviñón sin reconocer la ciudad.
Cuando se da cuenta de su error, es demasiado tarde, y los viajeros comprenden que las puertas de la ciudad han de estar ya cerradas; así, pues, ¿para qué regresar? Pero pasar una noche helada en una diligencia no es algo muy cómodo, y ¡he ahí a los guardias! Jadin iba a mostrar su pasaporte cuando Dumas, siempre intuitivo, se hizo el tonto, fingió cierta nerviosidad, y dijo que no lo encontraba en la oscuridad. Lo que había previsto ocurrió; Ios guardias se llevaron al trío; ¡ellos no tendrán dificultad para que les abran las puertas de la ciudad! De este modo en el camino los compadres temblaban ante la idea de ser dejados en libertad. Una vez traspasados los muros, lo demás no fue sino un juego; reconocidos en regla por el puesto, decidieron ir a dormir al albergue del Palais-Royal, donde Dumas pidió para él la habitación número 3... ¿Por qué la 3?
—Soy el ahijado del mariscal Brune...
El mariscal había muerto en ese cuarto. Dumas contempló el agujero de una bala entre la cama y la chimenea, a tres pies y medio de altura, única señal del asesinato. "Me sería imposible —anotó— describir el efecto que produjo en mí aquel vestigio de muerte." Finalmente, a las tres de la madrugada, pareció que iba a dormirse, cuando le vino la idea de que tal vez se hallaba acostado sobre la cama en que había estado tendido el cadáver. Con los cabellos erizados y la frente sudorosa, escuchaba los latidos de su corazón. Fantasmas, rumores...
Cuando se despertó al día siguiente, le pareció salir de una pesadilla, escapar de la muerte... Presentado en este marco, bañado en la sangre removida, el asesinato histórico, minuciosamente relatado, ¿cómo no iba a adquirir toda su fuerza de horror y de ignominia?
Ya están los dos amigos en Nimes. ¿Creen que Dumas imitó a los demás en la contemplación de su circo? No, se pasó varias horas de una noche en solitaria entrevista con él, lo cual le proporcionó realidad poética para todo un capítulo. Durante el día (otra magnífica ocasión para el narrador), lo vio como escenario de la marca del ganado... Aquí intervino un tercer personaje, Mylord, el perro de Jadin, que saltó a la arena e hincando sus dientes de hierro en el hocico de un toro provocó la admiración de treinta mil espectadores.
¿Por qué Dumas no es objeto de admiración en Félibrige? Se hizo merecedor de ella con su amplia historia tarasca y el voluptuoso retrato que hizo de las artesianas. Tal vez los habitantes de Félibrige consideraron demasiado melancólica una descripción que destacaba "el tinte blanco y rosa que tienen las flores que bordean los ríos o crecen en las marismas". En cuanto a la ciudad de Arlés, ¡no la despierten de su polvo romano!, nos suplica. "Arlés es una tumba, pero la tumba de un pueblo y de una civilización, una tumba parecida a la de esos guerreros bárbaros que eran enterrados con su oro, sus armas y sus dioses..."
Hay otra página de calidad. Dumas, inventor y precursor, da muerte en ella a la descripción propiamente dicha y anuncia el impresionismo literario de fines de su siglo:

Lo confieso, los mejores y más dulces recuerdos de mi vida son los viajes hechos por Suiza, Alemania, Francia, Córcega, Italia, Sicilia y Calabria, ya sea en compañía de un amigo o solo con mi pensamiento. Los objetos que ante vuestras miradas son de un color vulgar, adquieren cuando se les ve a través del recuerdo un tinte poético que nadie hubiera pensado que la simple memoria pudiera atribuírselo... Ese trayecto de Saint-Gilles a Nimes (hecho a pie en compañía de Jadin) no tiene nada notable, y sin embargo, lo recuerdo con gran placer. No es que haya conservado en la memoria los accidentes del terreno, lo que no olvido es el magnífico día de otoño meridional, el tañido de las campanas atravesando un aire límpido y fácil de respirar, en fin, el ambiente alegre que flotaba en el campo y que procedía de los grupos de campesinos que se dirigían a Nimes, endomingados desde el sábado para la fiesta brava del día siguiente...

Es el impresionismo del recuerdo. ¿No se creería leer a Fromentin? ¡Qué variedad, decididamente, qué lectura más recreativa! Al lado de las solemnes contemplaciones, como las de Baux y de la Grau, se hallan las excursiones de placer, la caza de las negretas en el estanque de Berre y la pesca en Marsella, la pescacaza con linternas, o mejor dicho, con arpón y fuego de pino en un hornillo de hierro. Tampoco deben olvidarse las payasadas, pero sacadas de la realidad, y la mejor de las cuales fue el descubrimiento de una ciudad, la ciudad de Bouc, surgida del desierto de la Crau, como milagrosa decoración de aquel albergue perdido, donde Dumas y Jadin pidieron y obtuvieron una botella de vino de Cahors... Eran las dos de la tarde cuando el coche se detuvo y los viajeros descendieron.
—¿Por qué nos paramos aquí?
—Ya han llegado a la ciudad de Bouc...
Nada en torno de ellos, con excepción de tres casas, dos cerradas y una abierta. Avanzaron y encontraron al posadero... que jugaba solo al billar. Les dijo que tardaría como una hora en prepararles la comida.
—¿Y mientras tanto?
—Pueden visitar la ciudad.
—¿Qué ciudad?
—La ciudad de Bouc.
Dumas salió, pero por más que miró no vio más que a Jadin, que leía un papel impreso y pegado al muro.
—Debe de ser —le dijo Dumas— que Bouc es una ciudad subterránea como Herculano o escondida bajo la ceniza como Pompeya. En efecto, ni el menor vestigio.
—Pues bien, yo si la he descubierto —dijo Jadin—. Hela ahí—. Y con el dedo señaló el papel impreso. Dumas se acercó y leyó:

Napoleón, por la gracia de Dios emperador de los Franceses, rey de Italia, etc.
Hemos ordenado y ordenamos lo que sigue:
Se levantará una ciudad y se excavará un puerto entre la ciudad de Arlés y el pueblo de Martigues. Esta ciudad y su puerto se llamarán la ciudad y puerto de Bouc.
Nuestro ministro de Obras Públicas se ha encargado de la ejecución de esta ordenanza.
Dado en nuestro castillo de las Tullerías el 24 de julio de 1811.
Firmado: Napoleón.

Y debajo del decreto, el plano... ¡Ay! La campaña de Rusia devoró a demasiados hombres y los ingenieros fueron llamados a filas. No tuvieron tiempo más que de excavar el canal, de trazar un plano y de permitir la construcción de tres casas, dos de las cuales jamás tuvieron inquilino.
"Experimenté un instante de terror —confesó Dumas— , pues se me ocurrió la idea de que la comida tal vez fuese tan fantástica como la ciudad." E inmediatamente se aseguró de que el asador daba vueltas y las cacerolas se hallaban sobre el horno. A modo de aperitivo, el posadero les invitó a dar una vuelta por la ciudad... "Me reuniré con ustedes frente al teatro..." En efecto, a pocos pasos del albergue, una pica sostenía el siguiente letrero: "Teatro de Su Majestad la emperatriz María Luisa." En ese momento llegó el posadero, quien se transformó en cicerón y les mostró el matadero, el Jardín de las Plantas, las fuentes, todos los monumentos de aquella ciudad que no tenía más que un defecto: no haber nacido jamás...
De Italia, Dumas obtuvo una impresión general en 1835 y 1836, y más tarde, en 1840, 1841 y 1842 realizó (¡en espera de mejorarlas!) prolongadas estancias en Florencia y Roma. En su viaje de 1834 gastó seis mil francos. La segunda vez dejó dieciocho mil, pero ¿no iba acompañado de Ida Ferrier?
Italia le inspiró cuatro libros, Un año en Florencia, La Villa Palmieri, El Corricolo y El Speronare, que forman parte de las Impresiones de viaje. Agrupadas, hubieran podido titularse Roma, Nápoles y Florencia, con tanta mayor propiedad que Dumas supo descubrir en las crónicas italianas algunas historias, como la de Bianca Capello, que le impulsó a decir con justicia: "Hay más de una novela menos extraña y menos curiosa." Historia asombrosa, en efecto, de amor, de ambición, de sospecha y de envenenamiento, historia de energía criminal... ¡Pobres stendhalianos!
Dumas vivió en Florencia. En 1840 ocupaba en la vía Arondinelli, con Ida Ferrier, una casa que le prestó su amigo Cooper, agregado a la embajada inglesa. Al escribir a una amiga para que viniera a reunírseles, se vió obligado a hablar de su instalación. Pagaba un alquiler de 200 francos por mes por un apartamiento con dormitorio, tocador de señora, saloncito, baño y tocador, y alrededor de 500 francos por comer ("Tenemos un excelente cocinero"), 260 francos por un coche alquilado desde las ocho de la mañana hasta medianoche, y 300 francos para gastos de capricho, o sea 1.260 francos por mes. Más de 300.000 de los actuales.
Hubo verdaderamente un Dumas florentino. Tenía cartas de recomendación para la mejor sociedad. El príncipe Corcini le invitó a que viese desde el balcón de su casino la carrera de los barberi y, desde el salón de su palacio, la iluminación sobre el Arno. Por otra parte, frecuentaba al ex rey Jerónimo. Una carta escrita en Florencia el 25 de junio de 1840 le hace honor. Estaba dirigida a un ministro francés que debe de ser Thiers:

Señor ministro: Usted me ha permitido escribirle y me aprovecho.
Vi ayer al príncipe de Montfort y hablé largamente de usted con él.
¿Sabe usted lo que más siente este pobre rey sin reino, este pobre exilado sin patria? No tanto la pérdida de Westfalia o de Francia como la ausencia de su nombre en el Arco de Triunfo.
Sería hermoso de vuestra parte, señor, que comprendéis tan bien lo que es grande, si dieseis a este pobre proscrito el único consuelo que puede esperar ahora. Por otra parte, recordad que además de sus derechos, puesto que ha sido comandante en jefe de cinco o seis ejércitos, es el último hermano de Bonaparte que se haya mantenido fiel a Napoleón. Este es un verdadero título ahora que los huesos de Santa Elena van a volver a Francia.
Él mismo me dijo eso ayer, sin saber que yo os escribiría hoy. Es usted, pues, enteramente libre de tomar el partido que le plazca.
Únicamente os ruego que si le concedéis esta gracia sea yo quien se la anuncie.
Adiós, señor, continuad haciendo cosas grandes, bellas y buenas, y tratad, en los meses de septiembre u octubre, de acordaros de mí para enviarme, en caso de ser posible, a Egipto.
Con mis sinceros respetos.

Dumas vivió realmente la vida de Florencia, sin dejar por eso de trabajar intensamente. En verano, pasaba los atardeceres en los Cascines bajo las sombras impenetrables al sol; desde allí miraba pasar las calesas; por la noche, alternaba las fiestas que daba la condesa Nencini con los regocijos populares. Al llegar el invierno, se paseaba diariamente a lo largo del Arno, entre franceses, ingleses y rusos. Iba al teatro. ¿Quién no tenía su logia en la "Pergola" (el teatro bufo de Florencia)? Pero el verdadero espectáculo estaba en la sala, empavesada de resplandecientes vestidos; Dumas, al igual que los demás, fijaba sus anteojos sobre las logias, una tras otra, sin preocuparse por lo que ocurría en la escena, salvo si había ballet. En otros teatros, escuchaba música de Mozart, de Rossini, de Meyerbeer.
Se encontraba tan a gusto en Florencia que a veces se conducía como un jovenzuelo. El actor Doligny se presentó en la ciudad a la cabeza de una compañía francesa con la intención de presentar al público florentino Richard Darlington, Antony, La Torre de Nesle. El infortunado se había olvidado de que el autor de esos dramas estaba considerado por toda la Europa oficial, gracias al Constitutionnel, como un autor inmoral. ¿Qué hacer? No vieron más que una salida: cambiar los títulos de los dramas y el nombre del dramaturgo. Un impresor consintió en ello y el resultado en las carteleras fue: La ambición o el Hijo del verdugo, por Scribe; El asesino por amor, por Eugène Scribe; La adúltera castigada, por Eugène Scribe... En estas condiciones, la censura concedió el visto bueno que anteriormente había negado. Por la noche, toda la ciudad lo sabía. Reinó el regocijo ante la idea de presenciar teatro de Alejandro Dumas bajo el seudónimo de Eugène Scribe, y en verdad jamás se vio éxito parecido.
Con todo eso, tanto en Florencia como en Roma y en Nápoles, una buena mañana le daba por abandonar familia, amigos y trabajo, y desaparecía. Una quincena, un mes o seis semanas después volvía a aparecer alegre y sonriente.
—¿De dónde sale usted?
—De París.
—¿Qué fue usted a hacer en París?
—Charlar.
De vez en cuando se contentaba con dar un salto hasta Marsella, para reunirse con Joseph Autran, conocido ya como poeta y que preparaba su tragedia, La hija de Esquilo.
Dumas observaba siempre atentamente lo que le rodeaba, constantemente al acecho de alguna cosa excepcional o picante que escribir. Cuando por fin encontraba el motivo, generalmente era un hallazgo de costumbres... ¿Qué es en verdad la "ausencia de marido"? Es, el anillo de Giges en su dedo, el marido en todas y en ninguna parte. Jamás en su coche o en su logia, siempre en otro coche y otra logia. Se tropieza con una mujer de sociedad tres veces por día durante seis meses, se la cree viuda; una palabra suelta de una conversación revela el error. Se busca al esposo, se le reclama, surge el empeño de verle. Trabajo inútil. Habrá que salir de Florencia sin haberlo conocido... Por lo demás, esa costumbre cambiaba ya con las generaciones jóvenes.
Otra extravagancia: el galán... En los matrimonios de conveniencia, que son los más frecuentes, ocurre que al cabo de un tiempo más o menos largo, ya sea por cansancio o por aburrimiento, se hace sentir la necesidad de un tercero. Asperezas, enojos, recriminaciones... ¿Acabarán los esposos detestándose? Nada de eso, gracias al amigo que se presenta entonces y a quien la mujer narra sus disgustos y el marido sus molestias. Ambos descargan así parte de su carga en el tercero servicial. En el fondo, cuál era el motivo de queja del marido contra su mujer? La obligación contraída tácitamente de llevarla a todas partes con él. ¿Por qué rezongaba la mujer contra la sociedad a la que su marido la conducía? Porque se veía obligada a ir en su compañía. El amigo, al sacrificarse tanto por el marido como por la mujer, vuelve a hacer resurgir las sonrisas en ambos. Desde luego, no solamente desempeña este papel, pues entonces la combinación no duraría: existen viejos derechos de los que el marido no se preocupa y que se deja arrebatar uno a uno. El amigo los utiliza, pero sin encadenarse. De este modo, el matrimonio se pliega suavemente en forma de triángulo equilátero para satisfacción de todos ¿Será necesario advertir que este arreglo ha dejado de existir desde hace tiempo?
Dumas gozaba en abundancia de esta Capua en 1842, cuando el duelo más imprevisto le sacó de ella. Un día de julio, rodaba hacia Quarto, casa de campo del príncipe Jerónimo, donde le esperaban a comer. Los dos hijos del ex rey, que acechaban su llegada desde la escalinata, le tendieron sus manos, tristes al verle llegar tan alegre...
—¿No sabe usted la terrible noticia?... Acaba usted de perder una de las personas que más quería en el mundo.
No podía ser más que su hijo o el duque de Orleáns. De ser su hijo, se le hubiera prevenido.
—¿El señor duque de Orleáns?
—Se mató al caerse del coche la noche del 13, a las cuatro y media de la madrugada.
¡El 13 de julio! Ese día, entre las dos y las tres de la madrugada, Dumas había escrito a la reina María Amelia para solicitar de ella una recomendación. La flota del príncipe de Joinville y del almirante Duperre, al cruzar frente a la isla de Elba, arrastró las redes de los pobres pescadores, toda su fortuna; Dumas se enteró del accidente durante una excursión en barca con el príncipe Napoleón. La carta aun no había salido y Dumas la dirigió al duqu e de Aumale, con estas cuatro líneas para la reina: "Llorad, llorad, madame; toda Francia llora con vos. En cuanto a mí, he experimentado dos grandes dolores en mi vida: uno, el día en que perdí a mi madre; el otro, el día en que vos perdisteis vuestro hijo."
Claro está que no había dejado de arrojarse en brazos de Jerónimo, y pretende haberle dicho: "¡Monseñor, permitidme llorar a un Borbón en los brazos de un Bonaparte!"
A la duquesa de Orleáns le envió una oración para su hijo: "Oh Padre mío que estás en los cielos, hacedme tal como erais en la tierra, no pido otra cosa a Dios para mi gloria y para la felicidad de Francia." Llevó los cuatro mensajes a la embajada, e inmediatamente emprendió el recorrido de las cuatrocientas leguas para asistir a las exequias de aquel de quien decía: "¡Qué milagro ha realizado! Nos reconcilió con la realeza..." Dumas viajó día y noche.
En camino debió recordar todo lo que le unía a aquel joven príncipe prematuramente desaparecido. Conoció al adolescente cuando vino a pedirle en la Biblioteca del Palais-Royal que obtuviese de su padre el permiso para asistir con sus hermanos al estreno de Cristina. Después, el afecto nació entre ellos por una buena acción realizada en común. Los padres no veían con muy buenos ojos esa simpatía mutua, pretendió en varias ocasiones un antiguo empleado del duque de Orleáns. Sin embargo, ¿el futuro Luis Felipe no le pidió un día que hiciese comprender a su amigo, ocho años más joven que él, que debería tratar de ser más formal y no buscar arruinar su salud? Y Dumas escribió entonces al que no era todavía más que duque de Chartres para aconsejarle cierto método de vida... Poco tiempo después, Dumas cayó enfermo y su médico, que era también el del príncipe, le recomendó un viaje a Italia.
—¿Salir? Voy a salir, pero para asistir a un ensayo. ¡El dinero escasea!
Informe del médico a Fernando Felipe, carta de Fernando Felipe: halagado de que el escritor se hubiera ocupado en otra ocasión de su salud, pensaba que le tocaba su vez; Dumas tenía que preparar sus maletas en seguida y partir para Italia. Y el duque adjuntaba a su carta el pasaporte que hacía falta, es decir, diez billetes de mil francos. Devolución del pasaporte. Entonces, un coche blasonado vino a buscar a Dumas. Escena del joven, quien fingió confundir recomendación con orden: "Creí que éramos amigos; pues si no, ¿cómo iba a permitirle que me diese una orden?" Los billetes estaban sobre el escritorio. Dumas tomó tres: "Salgo mañana."
Dumas le debía su cruz, que le fue negada por Luis Felipe. Le debía la figura de bronce de Barye, que el duque y su esposa le habían ofrecido la noche de Calígula. También le debía diversos recuerdos. Cuando Fernando Felipe tuvo que casarse, invitó a Dumas al campo de Compiegne. El escritor, invocando su trabajo, logró no ser alojado en el castillo, sino en los alrededores, en Sainte-Corneille, en casa de la viuda de un guarda. Iba al castillo dos veces por semana. Autorizado a pasearse por el bosque vecino con su fusil y su perro, fue además invitado a cazar en el bosque de Compiègne. En una de las cacerías comieron sobre la hierba, "un verdadero banquete sobre la hierba celebrado con toda comodidad y sin formulismos, donde todo el mundo se hartaba de comer y beber y metía la mano en el plato cuando le convenía, sin la ayuda del mayordomo y de los lacayos".
—Señor Dumas —dijo el príncipe pasándole el faisán—, descuartice este animal.
—Monseñor, cuando hay un cirujano en la mesa le corresponde de derecho trinchar. Pasquier se encargará de la operación.
Fernando Felipe contemplaba todo con cierta melancolía...
—¿Qué en qué pienso? Pienso que Pasquier me hará algún día lo que hace al faisán.
Siempre había tenido el presentimiento de su muerte. Y Pasquier, en efecto, fue quien le hizo la autopsia.
En París, Dumas encontró que la mitad del portafolio sobre el cual murió el infortunado, estaba manchado de sangre. Llegó a la capital el 3 de agosto, entre las tres y las cuatro de la madrugada, y pudo asistir a la ceremonia en Notre-Dame. Acto seguido se trasladó en la diligencia, junto con algunos personajes, a Dreux, donde debía celebrarse la inhumación. En la iglesia vio al rey sollozar y morder su pañuelo. "Hacía justamente cuatro años —subraya Ch. Glinel—, día por día y hora por hora, que Dumas llevaba el duelo por su madre."
Quienquiera que siga a Alejandro Dumas en Roma y en Nápoles, lo encontrará tan entretenido como en Florencia. Sería curioso enfrentar a las dos ciudades bajo las figuras respectivas de San Jenaro, cuyo milagro evoca el escritor con la ayuda de anécdotas muy graciosas, pero bastante impías, y del Papa Gregorio XVI, a quien, en la audiencia que obtuvo, se esforzó por convencer que, con Calígula, su obra se convertiría en un púlpito de donde podría descender la palabra de Dios...
—Así sea, hijo mío.
—¿Y si sufro la suerte de vuestros misioneros?
Es un deber de la Iglesia —contestó riendo Su Santidad— rezar por todos sus mártires.
Lo cual no impidió que, a pesar de la audiencia, así como fue arrojado de Génova por el rey de Cerdeña, y se vio obligado a abordar Nápoles por mar bajo el nombre de Guichard, lo cual, por otra parte, no engañó ni por un momento a la policía, los esbirros pontificales le dieran alcance en Civita-Castellana y le forzaran a cruzar la frontera de Toscana. Dumas había sido denunciado como autor subversivo y agente revolucionario. La denuncia venía de París.
Dos carabineros le acompañaron, pues, hasta Péronne; pero allí, algunas botellas les predispusieron en favor del custodiado, y una excelente comida en el Hotel de la Poste reconcilió a Dumas con sus guardas. El hotelero mencionó una velada en el teatro.
—Sí, ¿y esos dos?
Contestó el hotelero:
—¿Es por ventura la primera vez que Su Excelencia ha sido detenido desde que viaja por Italia?
Era la tercera; pero en las dos primeras se le había puesto en libertad inmediatamente.
—¿Su Excelencia estará dispuesto ciertamente a dar a su escolta una propina conveniente?
—Dos o tres escudos romanos.
—¡Oh! Entonces Su Excelencia podrá ir donde quiera, pues paga con la munificencia de un cardenal.
Y Dumas pudo ir al teatro con una escolta respetuosa. Por lo demás, al día siguiente, en Florencia, recibió un mensaje en el que Su Santidad le expresaba su sentimiento y hasta le invitaba a retornar a sus estados.
He ahí, pues, a Dumas de vuelta de besar la sandalia del Papa, tomando baños de leche y haciéndonoslos tomar a nosotros. En fin de cuentas, él mismo no es uno de los personajes menos originales recogidos en las Impresiones de viaje. Y eso que esta obra colecciona algunos ejemplares verdaderamente célebres, como el bandido que visitó en la ciudadela de Civitta-Vecchia: ese Gasparone que había matado con su propia mano a novecientas setenta personas y que moriría con el piadoso sentimiento de no haber llegado al millar, tal como lo había prometido a San Antonio, y que temía condenarse por su fracaso en cumplir el voto... O como ese delicioso niño que Dumas y Jadin encontraron en el campo a causa del accidente que sufrió su coche, un niño vestido de harapos para que sus hermanas tuviesen faldas bordadas y corpiños galoneados de oro. Le preguntaron en italiano por un albergue y le ofrecieron una moneda de seis carlinos por su molestia. "No soy un mendigo", contestó con increíble altanería.
—¡Cómo, vagabundo! —exclamó Jadin—. ¿Rechazas este dinero?
—No lo he ganado.
—No es una limosna —explicó Dumas—; nos harás un favor al conducirnos a una hostería.
—No soy guía...
El pilluelo ostentaba una sangre fría tan imperturbable que Jadin, volviéndose respetuoso, le interrogó:
—¿Cuál es, pues, la profesión de Vuestra Señoría?
—¿Mi profesión? Consiste en contemplar los coches que pasan y a los viajeros que se caen.
—¡Magnífico!
Y Jadin declaró que deseaba hacer un croquis de aquella cabeza tan soberbia. Pero el chiquillo creyó que Jadin quería cortársela y se escapó. Sin embargo, volvieron a encontrarlo poco después, e hicieron las paces.
Es con cuentos de esta clase como Alejandro Dumas deja que la psicología italiana se refleje poco a poco en el espíritu de sus lectores. Mas a pesar de haberse jactado de lo contrario, también franqueó las puertas de los museos. Sus Impresiones atestiguan una información estética que en aquella época era todavía poco frecuente. Contienen observaciones sobre la pintura que demuestran una agradable libertad de espíritu, y no menosprecia, era de prever, las bromas que se gastaban en los estudios de los pintores. Sin embargo, mostró preferencia por los paseos por las montañas, donde sus ojos coleccionaron ruinas y bandidos, que más tarde tendría ocasión de utilizar.
Multiplicó a placer las observaciones sobre Italia. ¿Qué es el corricole? Un coche ligero que corría por Nápoles, una especie de simón transformado en autobús por el carácter campechano de los napolitanos. ¿Qué es el Speronare? Un pequeño navío capitaneado por Arena, que Dumas alquiló por ocho ducados diarios y con el cual visitó Sicilia. ¿Qué es la Villa Palmieri? La villa en que Boccaccio escribió su Decamerón: Dumas usurpó el nombre pensando que le traería suerte y lo convirtió en el título del libro en que describe las fiestas de San Juan, en Florencia, las iluminaciones de la ciudad ("Florencia ofrece un magnífico espectáculo por la noche"), y donde tuvo la ingeniosa idea de componer, partiendo de sus lugares de origen, las biografías de Alfieri, de Benvenuto Cellini, de Américo Vespucio, de Galileo, de Maquiavelo, de Miguel Angel, de Dante...
Entre sus dos descensos a Italia viene a situarse en 1838 el viaje a Renania, que Alejandro Dumas y Gerardo de Nerval realizaron juntos; uno y otro debían encontrarse en Francfort, Nerval procedente de Suiza y Dumas de Bélgica.
Condecorado con la orden de Leopoldo desde hacía un año, Dumas enarboló orgullosamente su cinta para pasearse por las calles de Bruselas. Todo Bruselas supo que el rey le había recibido y le había invitado al jubileo de Malinas. En Lieja refunfuñó contra el alajú que reemplazaba casi por completo al pan, y se quejó de las sábanas, que tenían el tamaño de servilletas. ¿Será verdad que los habitantes de Lieja tardaron mucho en perdonarle sus exabruptos? Se sabe por Gerardo de Nerval que Dumas avanzaba lentamente a su encuentro, dado que se le festejaba en todas partes y que los reyes reclamaban su presencia. Todo esto dicho con un dejo de afectuosa ironía."
Reunidos en Francfort, sus amistades de la ciudad les rodeaban, digamos más bien que les acosaban. Una noche la pareja cenaba con el representante de Rusia; al día siguiente un director de un diario les invitaba a pasear en calesa por los alrededores. Al otro día comían con el médico de Mme. de Rothschild, y fue en el palco de los Rothschild desde donde Nerval asistió más tarde al espectáculo de Griselidis. Nerval escribió a su padre:
"Se nos festeja, se nos convida a cenar y a pasear de tal modo que nos es imposible aceptar la cuarta parte de las invitaciones, y que no podemos trabajar más que en la noche."
¿Trabajar de noche? Nerval tal vez ... Pero Dumas no tenía todas sus noches libres. El director de periódico que les paseó en calesa era un tal Durand, francés como su Journal de Francfort. Dumas se dio cuenta en seguida que Mme. Durand estaba muy apetitosa. Tres horas después de su llegada mandaba a los criados de su conocido, conquistaba a la mujer y dominaba por completo al marido, a quien pidió prestados tres mil francos por quince días. Ella, embriagada (con mayor razón puesto que se había bebido champaña), se precipitó hacia el fiel secretario Alexandre Weill:
—Me siento morir, estoy perdida...!
Se dispuso de modo tan conveniente el alojamiento para los viajeros en la casa de los Durand, que Alejandro no experimentaba dificultad para reunirse todas las noches con su conquista, a pesar de ocupar un cuarto de hotel con Ida Ferrier, quien participaba en el viaje.
Nerval y él habían proyectado, en efecto, trabajar en un drama, Leo Burckart, que fue escrito por Nerval, pero al que Dumas contribuyó reforzando la armadura y dando mayor ligazón a la intriga; también debió colaborar algo en los diálogos. El mínimo que se habían impuesto, aprovechando su fraternal viaje, era hacer provisión de colorido local en el verdadero marco de la acción. Para ello debían abandonar Francfort y ascender por el curso del Rin hasta Mannheim. Allí se encontraban en los orígenes históricos del asunto. Fue en Mannheim donde el estudiante.Karl Sand, fanatizado por las sociedades secretas de la joven Alemania, había matado en 1820 al ministro Kotzebue, y donde le cortaron la cabeza. Tras un cuarto de siglo la ciudad no había perdido el escalofriante recuerdo. Un paseo por estos parajes ¿podía ser otra cosa que un peregrinaje? El actor trágico Jerrmann surgió ante los dos dramaturgos como el hombre destinado a servirles de guía, y él por su parte quedó encantado de conocer al autor que había traducido en tantas obras. Jerrmann les llevó a visitar los vastos jardines reales, la casa del ministro, las tumbas. Pero fue el director de la prisión quien les dijo ante una extensa pradera: "Aquí estuvo el cadalso, ahí las tropas, más allá los estudiantes de Heidelberg
que llegaron con retraso y no pudieron humedecer sus pañuelos en la sangre del que ellos llamaban el mártir."
La historia de Karl Sand apasionó a Dumas y llevó la investigación más lejos de lo que su amigo lo hubiera hecho. Mientras Nerval soñaba y meditaba, Dumas se obstinó en conocer todo el caso en "historiador fiel", dice Nerval, al igual que en "viajero fiel". Y puesto que el hijo del verdugo, a su vez, residía en Heidelberg, le hicieron una visita. El verdugo, en aquellos años y en aquel país, podía jactarse de poseer una sinecura, y el grado de doctor en teología le valía al joven Windmann la consideración de todos. Se mostró ante sus visitantes en su calidad de sabio y de letrado, y tembloroso ante la idea de que algún día debiera utilizar el sable muy especial que les hizo admirar. Ante la puerta, a la que golpearon durante largo tiempo, no es de extrañar que Gerardo de Nerval hubiese exclamado: "¡Qué episodio para una de aquellas ferocidades románticas que se escribían cuando teníamos veinte años!" A treinta y treinta y seis años, con ese andar que quizá les habría valido en Francia las pedradas de los chiquillos, ¿qué eran ellos dos sino dos reporteros dispuestos a todo para lograr un reportaje? Un criado los condujo a través de los campos para ver el cenador, bajo el cual venían los patriotas, con recogimiento, a beber cerveza a la memoria del glorioso Karl Sand y que había sido construido con una madera sacada del patíbulo. Pero vieron dos cenadores. ¿Cuál era el bueno? El criado lo ignoraba.
Tiene usted un cuchillo?", dijo. "Sí, ¿para qué?" "Para hacer un corte en la madera, los patíbulos están hechos con madera de pino."
La preocupación del reportaje, mezclado a toda una amplia exposición histórica, a un rejuvenecimiento de viejas leyendas, a anécdotas siempre vivas, da a las Excursiones por las orillas del Rin, a pesar de la excesiva ostentación histórica y de anotaciones extravagantes, el carácter determinado de un libro singularmente moderno. Tiene además otro interés para nosotros, y de calidad. Dumas, que escribió: "He hecho con Gerardo de Nerval un encantador viaje en 1838", se aprovechó de este recuerdo para pintar un retrato completo de su amigo; no existe de Nerval retrato más penetrante, más sutil y más refinado que éste. El hombre capaz de comprender con esa profundidad, un poeta tan secretamente genial como era entonces el bonachón de Gerardo, podía no ser poeta en sus versos o en su prosa, pero llevaba seguramente en su ser reserva de poesía natural.
No es todavía tiempo de seguir a Alejandro Dumas por España, es decir, a hacer con él un viaje que no tuvo lugar más que en 1846, en circunstancias en que se mezcló la política. Pero puesto que se trata por ahora de sus métodos de viajante peregrino y de lo que la literatura de los cuentos, de la novela y la historieta han ganado, abramos De París a Cádiz, pasemos entre las mujeres "bellas bajo sus harapos", los hombres "finos bajo sus andrajos", los niños "vestidos ya con los jirones del abrigo paternal", franqueemos el Prado iluminado, contorneemos el Escorial, escapemos a las corridas de toros, a la lucha de las mulas contra la montaña, de la diligencia con la carretera, a toda la España romántica, evocada, dibujada, pergeñada en ese libro luminoso y cálido, y aislémonos, cortemos, extraigamos, a título de ejemplo, un cuadro viviente y una bella historia. Con seguridad no podrían sacarse fácilmente de las Impresiones de viaje relatos dramáticos para formar aparte un nueva colonia de la literatura de los cuentos. En general, los cuentos relatados por Dumas de sus viajes quedan sujetos e incorporados porque encarnan la psicología de un país. De París a Cádiz es, de todos los libros del Dumas viajero, el que más ejemplos de este tipo ofrece, y hay dos que se imponen a mi memoria: un cuadro de bailes andaluces y un cuento de bandidos caballerescos. ¿Habrán caducado por la pluma de Barrès, Montherlant y Sersteven? No lo creo. Desgraciadamente, tengo que resumirlos.
Era en un primer piso de un café, en una sala enladrillada de rojo y blanqueada con cal, alumbrada con quinqués, con un gitano, su guitarra en las rodillas y una colilla en la boca. La sala estaba llena, negra de jóvenes con sombrero cordobés. Los primeros espectadores estaban sentados, los otros de pie, escalonados por filas de la misma altura, las últimas cabezas tocaban el techo. La velada tenía tres reinas: Anita, Petra y Carmen, bailarinas, con su rico vestido tradicional, acompañadas de sus madres, hermanos y novios... A las primeras notas, Carmen se levanta y baila en el centro de un círculo que medía apenas ocho pies de diámetro. La pobre muchacha, la más joven de las tres, había hecho de telonera. Cuando le tocó el turno a Anita, todas las bocas gritaron: ¡Olé!, ¡Olé!, pidiendo de esta manera un baile prohibido por la censura teatral.

...Lo que hace la gracia de este baile es todo un conjunto de movimientos llenos de arrogancia y voluptuosidad a la vez, tan provocativos que no hay palabras para describirlos y a los cuales, sin embargo, es imposible reprocharles ninguna libertad; es el cante sobre el cual se hacen estos movimientos, el cante acompañado de agudos gemidos, es el perfume de la danza nacional...

El entusiasmo del público hizo rodar cincuenta sombreros a los pies de la bailarina, "y ésta, con una encantadora habilidad, como la Miñón de Goethe en medio de sus huevos, saltaba por encima del enjambre de sombreros sin siquiera rozarlos..." La danza es, en España, un placer para la bailarina misma.

Baila con todo el cuerpo, los senos, los brazos, los ojos, la boca, las caderas, todo acompaña y completa el movimiento de las piernas; la bailarina piafa, zapatea, relincha como una yegua en celo. Se acerca a cada hombre, para alejarse después; vuelve a acercarse, cargándolo de ese fluído magnético que brota de su cuerpo inflamado por la pasión. Entonces se comprenden esos hombres que sienten acercarse a ellos el vivo efluvio del placer; esos hombres absorben la fiebre de la bailarina, la comparten y devuelven a su vez, en bravos, en aplausos, en gritos, esta llama que les quema.

Una figura particularmente graciosa se encontraba en el centro del Olé:

Anita tenía un sombrero de hombre en la mano; este sombrero es de cualquier espectador; aceptarlo no tiene importancia... La bailarina empieza por ponérselo de todas las formas imaginables; ladeado, como un maestro del Directorio; hacia atrás, como un inglés; sobre la frente, como un académico... Anita, de vez en cuando, se quitaba el sombrero de su cabeza, y avanzaba hacia alguno de nosotros como queriendo ponerlo sobre la nuestra. Pero al primer movimiento que el que parecía agraciado hacía ante este favor, Anita giraba rápidamente sobre sus pies y de un salto se encontraba al otro lado del círculo, haciendo la misma coquetería a otro que también sería engañado como su antecesor; y cada engaño era acompañado de risas, gritos, aplausos, bravos que estremecían la sala y que, sin embargo, no eran más que rendirle justicia; porque, hay que decirlo, jamás mariposa, jamás abeja, rozando con su trompa las flores de un jardín, ha volado de una a otra con más agilidad, más inesperadamente y con más gracia que Anita.

Como Dumas era el rey de la fiesta, el sombrero vino a caer sobre su cabeza con gran confusión de su parte. ¿Qué hacer, en efecto, para dar las gracias a una bailarina, en un país donde ni siquiera está admitido que se le bese la mano? Pero ya Petra estaba en movimiento, bailaba el vito y su éxito igualaba al de su rival. De todos los sombreros tirados a sus pies, el de Dumas recibió también los honores en virtud de las leyes de la hospitalidad. Pero esta vez la bailarina saltó encima de él y lo fue pisando hasta que tuvo la forma de una pantalla aplastada: "suprema galantería de la bailarina española, lo que puede hacer de más coqueto en favor de un extranjero".

Después trajeron, para beber, botellas de vino de Montilla.

Yo había bebido mi vaso como los demás, mientras miraba cómo Anita humedecía sus labios en el suyo, cuando le vi entregar el vaso, apenas rozado, a su vecino, quien me lo trajo. "De parte de Anita —me dijo—. Beba, beba —me dijo Buisson, es una galantería de Anita."
Saludé y bebí sin hacerme rogar... Cinco minutos después me trajeron otro vaso de parte de Petra, quien me hacía signos con sus ojos para confirmar que estaba dedicado a mí. Los ojos de Petra son los más bellos que he visto en mi vida. Rápidamente hice lo que esos ojos me ordenaban, y me volví hacia Carmen.
La pobre muchacha estaba roja como una cereza. Cuando vio que mi mirada la buscaba, se levantó, se llevó el vaso a los labios y me lo trajo ella misma diciéndome: "Hágame el mismo honor que ha hecho usted a Petra y Anita." Le tomé el vaso de la mano y un poco la mano con el vaso. Bebí y se lo devolví. "Este vaso —dijo— lo guardaré toda mi vida." Y volvió a su sitio.

La víspera, Dumas, después de un infructuoso besamanos con Anita, vio avanzar hacia él la mano de Carmen (ella, todavía niña, no tenía novio) y una voz temblorosa le decía en español: "Por favor, señor." De momento no comprendió. La delicada mano se acercó más y la voz, más temblorosa, repitió las mismas palabras. Tomó entonces la mano que se le ofrecía y emocionado profundamente la besó. "Gracias, Carmencita." "¿Conoce usted mi nombre?" "¡Usted conoce también el mío!" "¡Oh! El suyo lo conozco desde que sé leer."
Después se sirvió la cena en tres mesas, cada una presidida por una bailarina. Luego, cada una de ellas subió a su mesa y bailó el vito; y para terminar, Anita y Petra ejecutaron un fandango.

Figúrense dos abejas, dos mariposas, dos colibríes que corren y vuelan, el uno tras del otro, que se cruzan, se rozan las alas, brincan; dos ondinas que en una noche primaveral van jugando en la cima del cañaveral de las orillas de un lago y que sus pies diáfanos no logran doblar, y luego, después de mil vueltas y revueltas, se acercan gradualmente hasta el punto que los alientos se entremezclan, que sus cabellos se confunden, que sus labios se rozan: el beso es el punto culminante de la danza, tres veces se renueva con aspiración creciente; a la tercera vez ha agotado toda la fuerza de las bailarinas. Y el baile se desvanece, como se desvanecen dos ondinas sumergiéndose en su lago...

Estas maravillas de la vida y del movimiento llevan un sello: el respeto general por las jóvenes bailarinas; ni un solo hombre se habría atrevido a tocar ni los bajos de sus faldas.
Y ahora pasemos al cuento, es divertido.
El duque de Osuna, que poseía montes y bosques, tenía incluso ladrones de su pertenencia. Es decir, que unos sesenta salteadores que escaparon a la destrucción del bandolerismo español se refugiaron en un bosque perteneciente a este grande de España. Después de interminables luchas obtuvieron el verse tolerados, pero a condición de comprometerse a no atacar a ningún viajero conocido por pariente del duque, o portador de un salvoconducto de él...
Un día, detuvieron y desvalijaron a la marquesa de Santa C., una de las más hermosas mujeres de Madrid, "y cuando se dice una de las mujeres más hermosas de Madrid —escribe galantemente Dumas— se dice una de las más bellas del mundo". La marquesa se desmayó ante las siete escopetas. Con miradas de inteligencia, la banda
la dejó sana y salva, pero sin un real, ni una joya. Llegada a Madrid, la despojada marquesa corrió a casa del duque de Osuna, que le preguntó:
—¿Les ha dicho usted que yo tenía el honor de ser primo suyo?
—No he podido decirles nada, porque estaba desmayada.
—Muy bien.
—¿Cómo que muy bien?
Sí, yo ya me entiendo. Vuelva a su casa, marquesa, ya le hablaré.
Al noveno día la dama recibió la invitación de ir a casa de su primo, el cual la esperaba en su gabinete con un desconocido. Inmediatamente llegada, la condujo a una mesa sobre la cual vio una bolsa con dinero y otra con joyas.
—¿Cuánto tenía usted en el coche?
—Cuatro mil reales.
—Cuente usted, o mejor dicho, voy a contarlos yo mismo; tiene usted las manos demasiado delicadas para ensuciarlas tocando tan grosera moneda.
Osuna se aseguró que no faltaba ni un maravedí. La marquesa pasó revista a brazaletes, relojes, anillos, broches y collares y comprobó que no faltaba ni una aguja de oro.
Pero ¿quién ha devuelto todo esto?
—Este señor —respondió el duque mostrándole al desconocido—. Es el jefe de los bandidos que la detuvieron. Me he quejado a él. Le he dicho que era mi prima, y está totalmente desolado porque usted no se lo haya dicho, puesto que, de haberlo sabido, en lugar de detenerla, le habría dado una escolta si hubiese tenido necesidad. Le presenta, pues, querida marquesa, sus más sinceras y respetuosas excusas.
El bandido se inclinó.
—Todo pecado tiene misericordia —continuó Osuna—. Veamos, perdónelo.
—¡Oh!, encantada, de todo corazón, pero con una condición.
—¿Cuál? —El bandido fijó sobre la marquesa su mirada inquieta e inteligente.
—Es —dijo mientras escogía entre las joyas un simple anillo de oro— que, a excepción de este pequeño anillo que tomo porque me lo ofreció mi madre, el señor se lleve todo lo que ha traído.
El hombre se resistió; ella se mostró inflexible. Entonces él cogió todo, dinero y joyas, saludó con una inclinación y salió. Pero la marquesa, al llegar a su palacio, encontró un paquete dirigido a ella; lo abrió: eran el dinero y las joyas.
Al terminar este rápido sumario de los viajes de Alejandro Dumas, ¿no sería justo dedicar un recuerdo a los albergues y hosterías que son la providencia de los viajeros y que lo han sido del escritor? Sus conversaciones con el "huésped", sus discusiones al pie de las diligencias o a la entrada de las cocinas, el aire del país respirado en sus alrededores tienen un enorme lugar en sus narraciones de recreo o de peregrinación, así como en las novelas. Mesoneros y huéspedes de Dumas que Gabriel Brunet narró un día en la revista Quo Vadis? nos regocijan, más exaltados todavía en sus conversaciones que en sus propias personas; rápidos, brillantes en los ataques y respuestas, llenos de finezas; y nosotros sabemos que tanta inspiración, un verbo tan elevado, una tal efervescencia de ingenio son prestados y pertenecen en propiedad al narrador: él se sirve de ellos para poner ante nuestras narices y hacer subir hasta nuestros cerebros los mejores olores de una suculenta literatura.

Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)