Un gran cambio de vida

Un accidente se produjo en 1832 en la carrera de Alejandro Dumas, pero él sale con su rasguño donde otros se romperían los huesos. El accidente ha tenido su gravedad en lo inmediato; pero de este mal momentáneo ha salido un bien durable. Ha provocado un cambio de actividad, ha hecho tomar al escritor el camino de una empresa en la cual iba a encontrar, y nosotros con él, satisfacciones inesperadas, o más bien, asombrosos deleites.
Dumas viajaba por Suiza cuando se enteró por los periódicos que su drama escrito con Anicet, El hijo del emigrado, acababa de fracasar el 28 de agosto en un teatro de París, el de la Porte Saint-Martin, a pesar de la señorita George, que tanto se había alegrado de representar el papel de una mujer del pueblo... El describió un día la tristeza de los escritores teatrales al término de las representaciones, en el aislamiento que los dejan el río del público que sale y las luces que se apagan: "Cuántas veces, después de mis mejores éxitos, los más ruidosos, los más incontestables, he regresado solo a pie, roto el corazón, húmedos los ojos, dispuesto a derramar las más amargas lágrimas." ¡Con mayor razón, si era el día de un fracaso!
Ahora bien, se trataba del "jaleo" más completo a bordo del cual se haya jamás inclinado Federico Lemaître; "el público silbaba, gritaba, lanzaba los taburetes al escenario". "Jaleo" catastrófico: de regreso en octubre a París, Dumas vio apartarse de él a los directores de los periódicos y a los críticos literarios.
¿Cómo había podido cometer el error de arrastrar una clase social a las "tablas" y pisotearla? No hirió menos el sentimiento nacional que el sentimiento de humanidad. Pretendió descubrir en el incidente un cambio del público, cansado de los placeres mismos del teatro; pero era él más bien, Dumas en persona, que estaba cansado de este género de invenciones. Un cambio de renovación, ¿no es lo que convenía a su rica naturaleza? Es un hecho que, cuando reemprendió en seguida su trabajo para el teatro, no hacía casi otra cosa que arreglar las obras de otros: y otro hecho, que bajo el golpe del fracaso renunció momentáneamente a toda producción dramática para ensayar sus pasos en un elemento nuevo.
Precisamente había terminado un libro que probablemente había tratado en un principio como una tarea económica de librería, Galia y Francia, el cual no tiene ya más interés para nosotros que por algunas de sus conclusiones, las que predicen a Francia una república autoritaria, con un presidente salido del pueblo y elegido por cinco años. Lo publicó en 1833, y obtuvo por esta compilación de historia las alabanzas de la Revista de París al mismo tiempo que una crítica apasionada y seguramente mejor merecida del Journal des Débats. ¿Fue acaso por delicadeza por lo que Agustín Thierry lo felicitó?
Ahora bien, era el momento en que la Revue des Deux Mondes hacía su entrada en la vida; por ella trabajó Dumas con el mismo esmero que lo habría hecho por un niño y escribió relatos sacados de una materia que tomaba a la historia misma.
"En esta época —escribe en sus Memorias— había un género de literatura que se situaba entre la novela y el drama, que tenía algo del interés del uno y mucho del impresionismo del otro, donde el diálogo alterna con la narración. A este género de literatura se le llamaba escenas históricas." Efectivamente, ¿no había ya publicado Vitet su Muerte de Guisa y Muerte de Enrique III, y Merimée las escenas feudales de La Jacquerie? Este género de escritos estaba en el ambiente. Dumas añade: "Con mi aptitud ya bien decidida para el teatro, empecé a recortar, relatar y a dialogar escenas históricas sacadas de la historia de los duques de Borgoña", más precisamente de la época de Carlos VI, de Isabel de Baviera, de Ile-Adam y de su espada, del señor de Giac y de su caballo, y de tantos otros... Es a todas luces evidente que Isabel de Baviera ha vulgarizado lisa y llanamente la Historia de los duques de Borgoña.
He ahí, pues, a Dumas tomando el gusto, a través de una mezcla de drama y novela, a la historia de Francia, de la cual no sabía todavía una palabra en 1831. Empezó por procurarse la Historia de Francia en preguntas y respuestas del abate Gauthier, corregida por M. de Moyencourt.

En l'an quatre cent vingt, Pharamond, premier roi,
Est connu seulement par la salique loi.
Clodion, second roi, nommé le Chevelu,
Au fier Aétius cède, deux fois vaincu.

Francs, Bourguignons et Goths triomphent d'Attila,
Chilpéric fut chassé mais on le rappela.
Childebert, en cinq cents, eut Paris en partage,
Les Bourguigons, les Goths éprouvent son courage.

(En el año cuatrocientos veinte, Paramond, primer rey,
es conocido solamente por la sálica ley.
Clodión, segundo rey, llamado el Cabelludo,
al arrogante Aetius cede, dos veces vencido.

Francos, Borgoñones y Godos triunfan de Atila;
Chilperico fue expulsado, pero lo volvieron a llamar.
Childebert, en el año quinientos, obtuvo Paris en reparto.
Los Borgoñones, los Godos experimentaron su valor.)

Así hasta Luis Felipe:

Philippe d'Orléans, tiré de son palais,
Succéde à Charles X par le choix des Français.

(Felipe de Orleáns, sacado de su palacio,
sucede a Carlos X, por los franceses seleccionado.)

Pasando de esta letanía a La conquista de Inglaterra por los normandos a los Relatos de los tiempos merovingios, quedó anodadado de admiración. Descubría un nuevo mundo de doce siglos más allá. "Vi lleno de admiración —dijo— el maravilloso partido que se podía sacar de esos cambios de dinastías, de esos cambios de costumbres, de hábitos. Trabé conocimiento con los hombres que resumían un siglo, y también con los que resumían un período..."
Celebremos un hecho afortunado. No haber mascullado pobres nociones de historia con todos los niños de una escuela primaria, haber pasado su infancia, y la mayor parte de su juventud, a respirar el aire puro de los bosques o a excitarse la imaginación en los teatros; después, llegar de pronto a treinta años ante la humanidad reunida y alineada como se llega ante la mujer de su vida, salir de la multitud de los mortales y aislarse de repente en compañía de personajes privilegiados en el bien y brillantes en el mal, ver surgir a las luces del ingenio por la primera vez, como una recompensa inesperada e imprevista, el inmenso pasado organizado en un drama de cien actos, he ahí la maravillosa suerte de Alejandro Dumas, una verdadera aventura en la cual interviene el azar pasional, la sorpresa amorosa, el flechazo, los elementos de un casamiento de amor. Este casamiento lo contrajo tomando la figura de un drama novelado tal y como surge de sus escenas históricas.
El gran nombre de Walter Scott, que acababa de morir en plena gloria, invitó a Dumas a reflexionar sobre las posibilidades de tales escenas, extendidas a toda nuestra historia nacional. El creyó ver que, si Walter Scott era "admirable en la pintura de las costumbres, caracteres, usos", había sido "inhábil en pintar las pasiones". Entonces, ¿por qué no intentar proseguir la concepción de Scott adaptándola a la historia de Francia, activando al máximo los elementos sugeridos por la novela teatral? Esos elementos son: un relato natural y movido, pasiones más reales, un diálogo más vivo. Algunas líneas curiosas debemos destacar de la Historia de mis animales. Dumas observa que Walter Scott empezaba sus relatos con tedio, describiendo ampliamente sus personajes. Lo que hace falta es, al contrario, "empezar por la acción, en vez de empezar por la preparación; hablar de los personajes después de haberlos hecho aparecer, en lugar de hacerlos aparecer después de haber hablado de ellos"; ya que, de diálogos, movimientos dramáticos, pasiones, ¿no tiene Dumas para dar y vender en esta cueva de Alí Babá que es su imaginación? En resumen, él llegaba a la novela histórica con el don de poner en escena —dramatizándolos (por lo trágico o por lo cómico)— acontecimientos, aventuras y anécdotas.
Un tal método conduce necesariamente a entrar en la desatención de la historia, en los detalles que esta soberana sacrifica a los conjuntos, en la vida de los hombres y no de las naciones, en las pasiones privadas más bien que en las públicas. El crea una especie de historia de segunda zona, una subhistoria llena de vida a nuestro nivel. Sin embargo, se puede decir que apunta y en ciertos momentos alcanza una verdadera superhistoria que un genio shakespeariano sabría llevar a la epopeya.
—¿A qué debo el inmenso éxito de la Historia de los Girondinos? —preguntaba un día Lamartine a Dumas.
—A que usted ha elevado la historia a la altura de la novela.
Palabras graves... Una fuerza de imaginación dramática y novelesca, propulsando la verdad histórica a través de una masa de grandes, de soldados, de monjes, de gentes del pueblo, revividos por su soplo, ¿tiene el poder, tiene acaso el derecho de volar sobre la historia propiamente dicha, de planear sobre ella como una especie de leyenda de los siglos? El tiempo dirá. Tales son en todo caso los dos aspectos de la gigantesca experiencia tentada por Alejandro Dumas a partir de sus cuarenta años; y ¿quién pondrá en duda que bajo los dos haya salvado, para un enorme público, cada vez más grande, nuestro pasado histórico del osario?
Dumas ha tenido que esforzarse durante algún tiempo antes de tener éxito. En el período de Calígula y de Don Juan, estos fracasos, cuando Rachel tomaba la plaza de María Dorval en el Teatro Francés, cuando él leía en la prensa artículos que parecían traducir una desafección del público, comprometían bastante su situación; ni las comedias Regencia ni las Impresiones de viaje lograban restablecerla.
Ascanio no apasionó en absoluto a las muchedumbres, novelas históricas inspiradas de Froissart dejaron fríos a los abonados del Siècle. Dumas logró, sin embargo, atraer una clientela con el Caballero de Harmental. Luego fue 1844 y el fabuloso éxito de Los tres mosqueteros. Dumas volvía a encontrar su popularidad, que iba a extenderse por el mundo entero. El largo tren de las novelas históricas se ponía en marcha.

Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)