Alejandro Dumas vivía desde 1865 en el bulevar Malesherbes, en el número 107, cuarto piso. iCuántos recuerdos en el departamento! Recuerdos de viaje (objetos de arte), de familia (retratos), de amistad (el esbozo de Delacroix para el baile de 1833, el cobre conteniendo la cartera ensangrentada por el duque de Orleáns...).
El presupuesto doméstico mantuvo durante algún tiempo aún la doncella, el criado, la cocinera, es decir, Armanda, Thomaso, madame Humbert. Sin olvidar Vasili. El viajero tenía siempre la manía de traer indígenas de países lejanos: turco y árabe de Túnez, Vasili del Cáucaso, Thomaso de Florencia.
Pero en 1866, cambio en perspectiva. Fue ese año cuando el editor Michel Lévy redujo de diez mil a cuatro mil francos el crédito anual abierto al escritor. Ya hacía dos años que el tratado con La Presse para La San Felice había sido firmado; un céntimo la letra. "Es el tratado de Mme. Sand", se enorgullecía Dumas. ¿Le pagaban todavía sus artículos a veinte céntimos la línea? Antaño hacía saber a Harel que si quería darle inmediatamente veinticinco mil francos, le cedía Antony. Ahora, en 1868, se veía reducido a concluir un tratado con la Sociedad de Autores por sus piezas de teatro, sobre la siguiente base: 2/3 a Maquet,1/3 a Dumas. Y a pesar de ello, sólo papel timbrado salía de ello.
Nuevas deudas vinieron a recargar una situación que Dumas ya no tenía la fuerza de sostener. En febrero de 1867, el alquiler estaba sin pagar; la servidumbre, igual, y no digamos los proveedores. El último secretario, Víctor Leclerc, se agotaba en diligencias cerca de los agentes dramáticos y de los directores de teatro. Dumas se vio obligado a utilizar el Monte de Piedad. Su hija, separada del marido, Olinde Petel, propietario en Châteauroux, había venido a vivir con su padre; pintora, novelista y teósofa, María dirigía a un tal Bruslon (calle de Laval, 31) cartas de miseria; parece no haber sido capaz de otra cosa. Dumas no llegó ni siquiera a continuar pagando la pensión que su hermana Mme. Letellier había tomado la costumbre de recibir desde su viudez. Él mismo, con su personal reducido, vivió como abandonado. Una vez que debía acudir a una gran recepción, su abnegada amiga Matilde Shaw lo encontró sin dinero, ante un armario sin ninguna camisa de ceremonia. Eran las ocho de la noche. A esa hora ya no había comercios abiertos. Saliendo inmediatamente, encontró abierto uno que se llamaba: "A la camisa de Hércules", y de allí trajo una ropa inverosímil, en la que sobre un fondo blanco unos diablos rojos pinchaban a unos condenados en medio de llamas amarillas. No había encontrado otra cosa... Dumas, que guardaba siempre su buen humor a pesar de todo, pretendía al día siguiente haber tenido un éxito ruidoso; ¡casi había creado una moda nueva!
No obstante, su porte perdía. Sufría la influencia de mujeres vulgares, caía en un cierto abandono.
Hambriento de feminidad complaciente, siempre le hizo falta a Dumas algo de una mujer, aunque no fuese más que un beso; procedía muy a menudo por sorpresa, era más seguro... Cuando fue a alquilar al dueño de un restaurante parisiense su villa de Enghien, una vez entregado el dinero del alquiler, le ofrecieron darle un recibo. "¡Mi recibo, aquí está!", y sin más contemplaciones besó a la mujer del dueño del restaurante, pasmado. A veces mostraba más ingenio. Un día, en el teatro marsellés de la Gaité, que representaba el drama Los mohicanos de París, charlaba galantemente con tres mujeres y puede pensarse que, de las tres, lo menos a una había besado. El director, apareciendo, le dijo:
"¡No tienes vergüenza! Con más de sesenta años, ya no estás en edad de casarte!"
—Te equivocas, querido —contestó Dumas—, no tengo sesenta años, sólo tengo veinte para cada una de estas damas.
"Ya he sentado cabeza", escribía a Matilde, cuando se hubo instalado en el bulevar Malesherbes... ¡Sentar cabeza! Ella vino y lo encontró en un gran sillón en medio de su habitación en desorden, ligeramente vestido, y rodeado de tres mujeres desnudas.
—No seas tan desdeñosa —gruñó al ver que daba un portazo.
—No hacía falta ser desdeñosa, creo, para veros en la calle Saint-Lazare, pero para veros ahora yo debería haber venido con una credencial de la Jefatura de Policía.
Daba a la joven mujer extraños consejos. Como ella decía que quería trabajar, "toma una amante", le sugería. Incluso le proponía nombres. Escribió para ella un poema que la mujer leyó enrojecida. Incontestablemente Dumas caía en un erotismo senil. Ya antes de la Gordosa, y con mayor razón después, disponía de un lote de mujeres que tenía París por harén y en el cual escogía. Algunas de ellas pertenecían al teatro y la mayoría al mundo galante. Cécile Montaland y Blanca Pierson, que venía ya cuando estaba en la calle Amsterdam, eran del Gimnasio. Dos actrices más: Mme. Doche, Mlles. Agar, Esther Guimont. Una novelista, Olimpia Audouard. En casa de Asseline, el primito de Hugo, eran Blanche d'Antigny, Marguerite Bellanger y Juliette Dean las que lo embaucaban. El viejo cortejó a Cora Pearl y frecuentó el salón número 16 del café Inglés, donde las altas cortesanas encontraban a todo lo que París contaba de príncipes, duques, condes y barones.
La hora de la última amante había sonado. Ese papel cayó en suerte a una joven medio irlandesa, medio criolla de Nueva Orleáns, huída muy joven de casa de sus padres para seguir a un circo ambulante. Adah-Isaac Menken, bailarina, actriz, amazona, poetisa, dramaturga, había cansado a cuatro maridos; después hizo en Londres las delicias de Swinburne. Llegada a París en 1867, en ocasión de la Exposición, y actuando en el teatro de la Gaité en un melodrama de gran espectáculo, Les Pirates de la Savane, se exhibió casi desnuda, sobre un caballo caracoleando. Las formas eran espléndidas; la fisonomía, expresiva. Dumas se apresuró en los bastidores; ella lo abrazó inmediatamente ¿No había acaso leído sus novelas traducidas al inglés? Incluso había dicho: "Cuando vaya a Europa, seré la amante de este hombre extraordinario." Dumas le hizo cumplir la promesa.
Se mostraba mucho en público; él estaba orgulloso de su amante. Amante, seguramente lo era de un boxeador poco celoso; pero ella se daba mucha publicidad a su unión con el célebre autor. Fotografiada con él, ella en traje de baño, él en mangas de camisa, apoyados uno sobre el otro, ella llegó a escandalizar París. El fotógrafo Liébert, por haber expuesto demasiado esta imagen galante, tuvo un proceso; el último proceso de Dumas por su última amante.
Dumas hijo, en los momentos en que estaba exaltado, explicaba que un día, al entrar en el gabinete de trabajo de su padre, lo encontró escribiendo furiosamente, y sentada en sus rodillas la ecuestre beldad, que no le había costado más cara en vestidos que los que había gastado para los espectadores de la Gaité. Esta cabalgadura, aunque pareciese incómoda, atizaba evidentemente la imaginación del escritor: una cosa más que el autor de La dama de las camelias no podía comprender. Dio media vuelta expresando agriamente su indignación. Pocos días después, como un amigo pedía a Dumas padre noticias de su hijo:
—Ya hace tiempo que no lo he visto —respondió.
—¿Y por qué?
—Lo prefiero así, porque no pierde ninguna ocasión de faltarme al respeto.
La aventurera americana murió dos años antes que él de una caída del caballo. No quedó más consuelo al viejo nabab arruinado que la casta afección inspirada por Saturina, Aventurina o Valentina (según los días), bella campesina de veinte años, llegada de Vermandois para servirle de secretaria, pues ella sabía de memoria El conde de Montecristo y tenía una bella escritura; él le dictaba.
Ella intentó instalarse en casa de Alejandro I; pero, hostigada por Alejandro II, se marchó.
Dumas declinaba, él que no había estado casi nunca enfermo, a pesar de haberse quejado varias veces de tener "miedo de estar quemado", y hacia la cuarentena quejarse de una oftalmía y de dolores de hígado y que se hizo operar en Italia de un divieso en el cuello, en una fecha incierta. Aparecía ahora con entorpecimientos que lo debilitaban; el sueño surgía a cualquier hora del día; se había vuelto blanco, incluso la cara; tenía las piernas embotadas, el vientre hinchado; apenas andaba. Bajo la orden de un médico fue a pasar el verano de 1869 a Roscoff. De vuelta a París durante el otoño y el invierno, se fue a disfrutar de la primavera al Mediodía, sostenido económicamente por su hijo. Cuando volvió a su casa en julio, la guerra ya se había declarado, esa guerra que él había previsto en 1867 en su Terror prusiano, como también había previsto la diplomacia de los papeles mojados. Pero escapó al sitio de París: su hijo lo llevó a Puys (a veinticinco minutos de Dieppe) y lo instaló con María en la gran villa que poseía en ese pueblo, dándole en la planta baja una habitación con vistas al mar.
Desde entonces, Dumas ya no tuvo más ganas de volver a tomar la pluma. Su hijo preguntóle un día de noviembre si quería volver a trabajar; movió la cabeza sonriendo malignamente:
—No hay peligro alguno de que me vuelvan a coger trabajando —dijo—; estoy demasiado bien así.
Y así gustó y aspiró voluptuosamente el reposo. Le ocultaban la situación del país. No tenía más visitas que el aire e incluso el viento, que le agradaba. "Suponed un hombre tomando un baño en medio de los elementos." Jugaba al dominó con sus nietos, o bien lo sentaban en un sillón frente a la playa. Un día que J. Brunton, conocido de antaño, corría hacia él, el antiguo viajero, al percibirlo a lo lejos, pero no recordando su nombre, le gritó tendiéndole las manos:
—¡Obergestelen, Ginebra, Francfort!
Llevó íntegramente una vida familiar, ¡y fue de tal novedad para él la escena cotidiana de un teatro del cual jamás tuvo idea!... ¡Qué paz en plena guerra! "Goza tranquilamente de sentirse libre, perdonado —explicaba su hijo—. Todas las preocupaciones, todas las excitaciones, todos los nerviosismos de su vida agitada han venido a morir a mi puerta."
Después, la fatiga del sobrehumano trabajo de toda una existencia lo derribó, y entró en una vida vegetativa.
El mes de noviembre de 1870 acababa con un frío intenso. Alejandro Dumas padre se puso en cama para no levantarse más. Llegada su última hora, pidió que viniese un párroco. Pero el 5 de diciembre había perdido ya el conocimiento cuando el abate Andrieu, cura de la parroquia de Saint-Georges de Dieppe, le administró los sacramentos. Murió por la noche, a las diez, en los brazos de su hija María, que tan poco había querido.
Fue el día que los alemanes entraron en la ciudad, por lo que el entierro tuvo lugar en Neuville, el 8, ante una delegación del Consejo municipal de Dieppe y algunos escritores y artistas. Monsieur Lebourgeois, uno de los consejeros delegados, pronunció una alocución en el cementerio; el director del Gimnasio, Adolfo Lemoine-Montigny, retirado en Puys, habló por los escritores, y un pintor, Benedicto Masson, en nombre de los artistas. La multitud no cabía en la iglesia.
Una vez terminada la ocupación prusiana en octubre del 71, el cuerpo fue exhumado el 14 de abril de 1872, transportado a Villers-Cotterêts y depositado en la iglesia. El 16 llegaba a París, recibido por Alejandro Dumas hijo, en el andén de la estación: About, Girardin, Chincholle, Meissonnier, el barón Taylor, Got, las hermanas Brohan, la condesa Dash, la condesa de Renneville estaban allí; también Maquet. Alejandro Dumas hijo y Mme. Petel, que debía desaparecer a su vez unos años más tarde, presidieron el duelo con la señora de Dumas hijo (princesa Narischkine) y sus dos hijas.
En su alocución en el cementerio, el hijo del gran muerto dijo muy simplemente, después de los discursos de los amigos coteresianos, de escritores hoy olvidados y del representante del ministerio de Instrucción Pública:
"Mi padre había deseado siempre verse enterrado aquí. Aquí había dejado amistades, recuerdos, y son esos recuerdos y esas amistades los que me acogieron ayer noche cuando tantos brazos abnegados se ofrecieron para suplantar a los enterradores y conducir ellos mismos a la iglesia el cuerpo de su gran amigo..."
También dijo que él había querido que su padre no entrara en su tierra más que en una patria liberada y con la luz de la primavera: "Yo quería que esta ceremonia fuese menos un duelo que una fiesta, menos un entierro que una resurrección."
Alejandro Dumas había ocupado un sitio al lado de su padre y de su madre, cada uno de los tres bajo una losa, entre gigantes abetos.
El presupuesto doméstico mantuvo durante algún tiempo aún la doncella, el criado, la cocinera, es decir, Armanda, Thomaso, madame Humbert. Sin olvidar Vasili. El viajero tenía siempre la manía de traer indígenas de países lejanos: turco y árabe de Túnez, Vasili del Cáucaso, Thomaso de Florencia.
Pero en 1866, cambio en perspectiva. Fue ese año cuando el editor Michel Lévy redujo de diez mil a cuatro mil francos el crédito anual abierto al escritor. Ya hacía dos años que el tratado con La Presse para La San Felice había sido firmado; un céntimo la letra. "Es el tratado de Mme. Sand", se enorgullecía Dumas. ¿Le pagaban todavía sus artículos a veinte céntimos la línea? Antaño hacía saber a Harel que si quería darle inmediatamente veinticinco mil francos, le cedía Antony. Ahora, en 1868, se veía reducido a concluir un tratado con la Sociedad de Autores por sus piezas de teatro, sobre la siguiente base: 2/3 a Maquet,1/3 a Dumas. Y a pesar de ello, sólo papel timbrado salía de ello.
Nuevas deudas vinieron a recargar una situación que Dumas ya no tenía la fuerza de sostener. En febrero de 1867, el alquiler estaba sin pagar; la servidumbre, igual, y no digamos los proveedores. El último secretario, Víctor Leclerc, se agotaba en diligencias cerca de los agentes dramáticos y de los directores de teatro. Dumas se vio obligado a utilizar el Monte de Piedad. Su hija, separada del marido, Olinde Petel, propietario en Châteauroux, había venido a vivir con su padre; pintora, novelista y teósofa, María dirigía a un tal Bruslon (calle de Laval, 31) cartas de miseria; parece no haber sido capaz de otra cosa. Dumas no llegó ni siquiera a continuar pagando la pensión que su hermana Mme. Letellier había tomado la costumbre de recibir desde su viudez. Él mismo, con su personal reducido, vivió como abandonado. Una vez que debía acudir a una gran recepción, su abnegada amiga Matilde Shaw lo encontró sin dinero, ante un armario sin ninguna camisa de ceremonia. Eran las ocho de la noche. A esa hora ya no había comercios abiertos. Saliendo inmediatamente, encontró abierto uno que se llamaba: "A la camisa de Hércules", y de allí trajo una ropa inverosímil, en la que sobre un fondo blanco unos diablos rojos pinchaban a unos condenados en medio de llamas amarillas. No había encontrado otra cosa... Dumas, que guardaba siempre su buen humor a pesar de todo, pretendía al día siguiente haber tenido un éxito ruidoso; ¡casi había creado una moda nueva!
No obstante, su porte perdía. Sufría la influencia de mujeres vulgares, caía en un cierto abandono.
Hambriento de feminidad complaciente, siempre le hizo falta a Dumas algo de una mujer, aunque no fuese más que un beso; procedía muy a menudo por sorpresa, era más seguro... Cuando fue a alquilar al dueño de un restaurante parisiense su villa de Enghien, una vez entregado el dinero del alquiler, le ofrecieron darle un recibo. "¡Mi recibo, aquí está!", y sin más contemplaciones besó a la mujer del dueño del restaurante, pasmado. A veces mostraba más ingenio. Un día, en el teatro marsellés de la Gaité, que representaba el drama Los mohicanos de París, charlaba galantemente con tres mujeres y puede pensarse que, de las tres, lo menos a una había besado. El director, apareciendo, le dijo:
"¡No tienes vergüenza! Con más de sesenta años, ya no estás en edad de casarte!"
—Te equivocas, querido —contestó Dumas—, no tengo sesenta años, sólo tengo veinte para cada una de estas damas.
"Ya he sentado cabeza", escribía a Matilde, cuando se hubo instalado en el bulevar Malesherbes... ¡Sentar cabeza! Ella vino y lo encontró en un gran sillón en medio de su habitación en desorden, ligeramente vestido, y rodeado de tres mujeres desnudas.
—No seas tan desdeñosa —gruñó al ver que daba un portazo.
—No hacía falta ser desdeñosa, creo, para veros en la calle Saint-Lazare, pero para veros ahora yo debería haber venido con una credencial de la Jefatura de Policía.
Daba a la joven mujer extraños consejos. Como ella decía que quería trabajar, "toma una amante", le sugería. Incluso le proponía nombres. Escribió para ella un poema que la mujer leyó enrojecida. Incontestablemente Dumas caía en un erotismo senil. Ya antes de la Gordosa, y con mayor razón después, disponía de un lote de mujeres que tenía París por harén y en el cual escogía. Algunas de ellas pertenecían al teatro y la mayoría al mundo galante. Cécile Montaland y Blanca Pierson, que venía ya cuando estaba en la calle Amsterdam, eran del Gimnasio. Dos actrices más: Mme. Doche, Mlles. Agar, Esther Guimont. Una novelista, Olimpia Audouard. En casa de Asseline, el primito de Hugo, eran Blanche d'Antigny, Marguerite Bellanger y Juliette Dean las que lo embaucaban. El viejo cortejó a Cora Pearl y frecuentó el salón número 16 del café Inglés, donde las altas cortesanas encontraban a todo lo que París contaba de príncipes, duques, condes y barones.
La hora de la última amante había sonado. Ese papel cayó en suerte a una joven medio irlandesa, medio criolla de Nueva Orleáns, huída muy joven de casa de sus padres para seguir a un circo ambulante. Adah-Isaac Menken, bailarina, actriz, amazona, poetisa, dramaturga, había cansado a cuatro maridos; después hizo en Londres las delicias de Swinburne. Llegada a París en 1867, en ocasión de la Exposición, y actuando en el teatro de la Gaité en un melodrama de gran espectáculo, Les Pirates de la Savane, se exhibió casi desnuda, sobre un caballo caracoleando. Las formas eran espléndidas; la fisonomía, expresiva. Dumas se apresuró en los bastidores; ella lo abrazó inmediatamente ¿No había acaso leído sus novelas traducidas al inglés? Incluso había dicho: "Cuando vaya a Europa, seré la amante de este hombre extraordinario." Dumas le hizo cumplir la promesa.
Se mostraba mucho en público; él estaba orgulloso de su amante. Amante, seguramente lo era de un boxeador poco celoso; pero ella se daba mucha publicidad a su unión con el célebre autor. Fotografiada con él, ella en traje de baño, él en mangas de camisa, apoyados uno sobre el otro, ella llegó a escandalizar París. El fotógrafo Liébert, por haber expuesto demasiado esta imagen galante, tuvo un proceso; el último proceso de Dumas por su última amante.
Dumas hijo, en los momentos en que estaba exaltado, explicaba que un día, al entrar en el gabinete de trabajo de su padre, lo encontró escribiendo furiosamente, y sentada en sus rodillas la ecuestre beldad, que no le había costado más cara en vestidos que los que había gastado para los espectadores de la Gaité. Esta cabalgadura, aunque pareciese incómoda, atizaba evidentemente la imaginación del escritor: una cosa más que el autor de La dama de las camelias no podía comprender. Dio media vuelta expresando agriamente su indignación. Pocos días después, como un amigo pedía a Dumas padre noticias de su hijo:
—Ya hace tiempo que no lo he visto —respondió.
—¿Y por qué?
—Lo prefiero así, porque no pierde ninguna ocasión de faltarme al respeto.
La aventurera americana murió dos años antes que él de una caída del caballo. No quedó más consuelo al viejo nabab arruinado que la casta afección inspirada por Saturina, Aventurina o Valentina (según los días), bella campesina de veinte años, llegada de Vermandois para servirle de secretaria, pues ella sabía de memoria El conde de Montecristo y tenía una bella escritura; él le dictaba.
Ella intentó instalarse en casa de Alejandro I; pero, hostigada por Alejandro II, se marchó.
Dumas declinaba, él que no había estado casi nunca enfermo, a pesar de haberse quejado varias veces de tener "miedo de estar quemado", y hacia la cuarentena quejarse de una oftalmía y de dolores de hígado y que se hizo operar en Italia de un divieso en el cuello, en una fecha incierta. Aparecía ahora con entorpecimientos que lo debilitaban; el sueño surgía a cualquier hora del día; se había vuelto blanco, incluso la cara; tenía las piernas embotadas, el vientre hinchado; apenas andaba. Bajo la orden de un médico fue a pasar el verano de 1869 a Roscoff. De vuelta a París durante el otoño y el invierno, se fue a disfrutar de la primavera al Mediodía, sostenido económicamente por su hijo. Cuando volvió a su casa en julio, la guerra ya se había declarado, esa guerra que él había previsto en 1867 en su Terror prusiano, como también había previsto la diplomacia de los papeles mojados. Pero escapó al sitio de París: su hijo lo llevó a Puys (a veinticinco minutos de Dieppe) y lo instaló con María en la gran villa que poseía en ese pueblo, dándole en la planta baja una habitación con vistas al mar.
Desde entonces, Dumas ya no tuvo más ganas de volver a tomar la pluma. Su hijo preguntóle un día de noviembre si quería volver a trabajar; movió la cabeza sonriendo malignamente:
—No hay peligro alguno de que me vuelvan a coger trabajando —dijo—; estoy demasiado bien así.
Y así gustó y aspiró voluptuosamente el reposo. Le ocultaban la situación del país. No tenía más visitas que el aire e incluso el viento, que le agradaba. "Suponed un hombre tomando un baño en medio de los elementos." Jugaba al dominó con sus nietos, o bien lo sentaban en un sillón frente a la playa. Un día que J. Brunton, conocido de antaño, corría hacia él, el antiguo viajero, al percibirlo a lo lejos, pero no recordando su nombre, le gritó tendiéndole las manos:
—¡Obergestelen, Ginebra, Francfort!
Llevó íntegramente una vida familiar, ¡y fue de tal novedad para él la escena cotidiana de un teatro del cual jamás tuvo idea!... ¡Qué paz en plena guerra! "Goza tranquilamente de sentirse libre, perdonado —explicaba su hijo—. Todas las preocupaciones, todas las excitaciones, todos los nerviosismos de su vida agitada han venido a morir a mi puerta."
Después, la fatiga del sobrehumano trabajo de toda una existencia lo derribó, y entró en una vida vegetativa.
El mes de noviembre de 1870 acababa con un frío intenso. Alejandro Dumas padre se puso en cama para no levantarse más. Llegada su última hora, pidió que viniese un párroco. Pero el 5 de diciembre había perdido ya el conocimiento cuando el abate Andrieu, cura de la parroquia de Saint-Georges de Dieppe, le administró los sacramentos. Murió por la noche, a las diez, en los brazos de su hija María, que tan poco había querido.
Fue el día que los alemanes entraron en la ciudad, por lo que el entierro tuvo lugar en Neuville, el 8, ante una delegación del Consejo municipal de Dieppe y algunos escritores y artistas. Monsieur Lebourgeois, uno de los consejeros delegados, pronunció una alocución en el cementerio; el director del Gimnasio, Adolfo Lemoine-Montigny, retirado en Puys, habló por los escritores, y un pintor, Benedicto Masson, en nombre de los artistas. La multitud no cabía en la iglesia.
Una vez terminada la ocupación prusiana en octubre del 71, el cuerpo fue exhumado el 14 de abril de 1872, transportado a Villers-Cotterêts y depositado en la iglesia. El 16 llegaba a París, recibido por Alejandro Dumas hijo, en el andén de la estación: About, Girardin, Chincholle, Meissonnier, el barón Taylor, Got, las hermanas Brohan, la condesa Dash, la condesa de Renneville estaban allí; también Maquet. Alejandro Dumas hijo y Mme. Petel, que debía desaparecer a su vez unos años más tarde, presidieron el duelo con la señora de Dumas hijo (princesa Narischkine) y sus dos hijas.
En su alocución en el cementerio, el hijo del gran muerto dijo muy simplemente, después de los discursos de los amigos coteresianos, de escritores hoy olvidados y del representante del ministerio de Instrucción Pública:
"Mi padre había deseado siempre verse enterrado aquí. Aquí había dejado amistades, recuerdos, y son esos recuerdos y esas amistades los que me acogieron ayer noche cuando tantos brazos abnegados se ofrecieron para suplantar a los enterradores y conducir ellos mismos a la iglesia el cuerpo de su gran amigo..."
También dijo que él había querido que su padre no entrara en su tierra más que en una patria liberada y con la luz de la primavera: "Yo quería que esta ceremonia fuese menos un duelo que una fiesta, menos un entierro que una resurrección."
Alejandro Dumas había ocupado un sitio al lado de su padre y de su madre, cada uno de los tres bajo una losa, entre gigantes abetos.
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)