Alejandro Dumas ha doblado el cabo de la cincuentena. A su retorno de Bruselas, parece que ya está decidido; pero sólo es en apariencia. ¡Un hombre como él! ¿Cómo no atravesarían todavía su existencia aventuras de viaje, políticas o de amor?
Mientras tanto, trabajaba. Le Mousquetaire le ocupaba mucho tiempo, lo que no le impide publicar en 1854 sus Recuerdos, Una vida de artista (biografía del actor Mélingue), Los mohicanos de París, escrito con su ayuda por Paul Bocage. Este año y los que siguen, a pesar de que continúa la serie de los Grandes hombres en bata, vuelve a las grandes novelas, concebidas y ejecutadas en colaboración: Los compañeros de Jéhu, Las lobas de Machecoul, a preparar las Impresiones de viaje, a escribir o arreglar dramas y comedias. En resumen, reemprende su vida literaria, o mejor dicho, la prosigue.
A partir de 1854 hasta 1861 vive en la calle Amsterdam nº 77, donde se encuentra modestamente instalado. Pocos muebles; los embargos han vaciado algo el departamento. Una criada hace entrar a los visitantes en un vestíbulo desnudo. Uno de ellos, que iba por primera vez a verlo, se oyó llamar de una voz fuerte y sonora desde lo alto de la escalera:
—¡Entre, querido conde, me han dicho tanto malo de usted que ya lo aprecio!
La escalera estaba bastante mal cuidada. En el departamento, en el segundo piso, gruesos clavos en los muros y alrededor de las ventanas probaban que había habido cuadros, cortinas y tapicerías. El amo de la casa exhibía por todo hábito una camisa de tela gruesa blanca con el cuello ampliamente escotado, calcetines y zapatillas, pero ornadas de perlas... Recibió a su futuro amigo ante una mesa escritorio cargada de montones de papeles.
Pero continuaba potente de aspecto y de entusiasmo. A Delacroix, en 1855, se quejaba de las dificultades que lo entorpecían aún, y de los deseos que tenía de volver a marchar. Después añadía: "Dejo a medio terminar dos novelas y ya veré a mi regreso si se ha encontrado un Alcide para acabar esas dos empresas imperfectas." Estaba, pues, persuadido —dice Delacroix— de que iba a dejar, como Ulises, un arco que nadie podría tender. "No se encuentra envejecido y actúa, en algunos aspectos, como un joven."
Por las noches iba a pasearse por el bulevar de los Italianos, entraba en el café Cardinal o en el Divan le Pelletier, frecuentaba teatros y bastidores, comía a menudo en la Maison Dorée o se instalaba en la terraza del Tortoni. En todos esos lugares de moda literarios se encontraba con colegas, o se veía allí con Frédérick Lemaître. Se le veía en el Café de París, célebre por su ternera a la cacerola: con ese plato, ante el cual Musset se enfrentaba tres veces por semana, Dumas, como Balzac, venían a alimentarse cuando estaban agobiados de trabajo. Véron también tenía allí su mesa, así como varios lores ingleses y príncipes rusos.
En la sociedad, Dumas tenía como centro de reunión las cenas de la princesa Matilde, que le perdonaba sus epigramas sobre "el tío" o sobre "el sobrino", como éste, por ejemplo:
¿Olvidaba que tenía una familia? Invoquemos aún el testimonio de Delacroix. El escritor le declaraba que con sus dos hijos se sentía como si estuviese solo. "El uno y el otro van a sus asuntos." Y el pintor sabía por una amiga, Mme. Cavé, la esposa del superintendente de Bellas Artes, que la hija de Dumas "se quejaba de la sociedad de un padre que no estaba nunca en casa." En cuanto al hijo, el autor de La dama de las camelias observaba respecto a su padre una actitud severa: "Él no podía olvidar los millones ganados y perdidos ni la ilegalidad de su nacimiento. Afectaba actitudes glaciales con los aduladores que rodeaban a su padre y su burlaba del tren de vida de la casa paterna. Ello no le impedía encontrarse agradablemente en ella y pasar horas y horas y anotar en un carnet que tenía siempre en el bolsillo las conversaciones interesantes."
Dumas padre quería seguramente mucho a su hijo. Si le hacía rabiar, era como camarada. "Dumas hijo —escribe Sollohub— me ha contado él mismo que saliendo un día con su padre le recordó que habían olvidado pasar para un asunto urgente por la casa de un notario.
—Es verdad, ¡qué tontos somos! —exclamó el padre.—Hable en singular —observó el hijo.
Entonces el padre dijo:
—Es verdad, ¡qué tonto eres!
Pero la situación moral de Alejandro II frente a Alejandro I era lastimosa. George Sand, gran amiga de Alejandro II, le escribía respecto a Alejandro I y decía: "¡Qué quiere usted! Ha engendrado vuestras grandes facultades y se cree ya libre hacia usted... Es un poco duro y difícil tener que ser el padre de su padre..." Así, pues, Dumas hijo se acercó más y más a su madre, que incluso lo había llevado con ella después de la quiebra del Teatro Histórico (ella había hecho economías trabajando como costurera en un centro docente); pero el éxito de La dama de las camelias en el teatro, en 1852, le permitió instalar a la pobre mujer en un pequeño departamento de la plaza Louvois, alquilado y amueblado para ella. Y ahí Catalina Lebay murió en brazos de su hijo, después de haberse reconciliado con el padre. La ambición literaria de Alejandro II suscitó primeramente irritación en Alejandro I. Pero La dama de las camelias había triunfado en su corazón como en el teatro. ¿No era su sangre? ¡El la reconocía! En adelante, cada uno de los estrenos de su hijo eran para él una première de Hernani: "Vestido de levita y con un chaleco blanco que hacía resaltar la amplitud de su vientre, se pavoneaba en el palco central, con un enorme ramo envuelto en papel blanco, puesto delante de él; a todo lo largo de la pieza, aplaudía, reía, hacía salir a los actores, gritaba ¡bravo! en medio de las actuaciones, armaba un alboroto de mil diablos; después, cuando anunciaban el nombre del autor, se levantaba, con su ramo en la mano, saludando a derecha e izquierda, enviando besos a las damas, como si dijera: "Sabe usted, ¡es mi hijo quien ha hecho esa pieza!"
El día que los amigos de los dos hombres decidieron festejar el triunfo de La dama de las camelias con una cena, el joven resistía.
—No puedes dispensarte de venir —le decía su padre.
—Imposible, estoy invitado desde hace tiempo.
—¿Cenas con mujeres?
—No, con una mujer.
—¿Y quién es... si no es indiscreción?
—Mamá.
—¡Ah! —dijo el padre con gravedad, y añadió bajando la cabeza—: Tal vez tengas razón.
Es a partir de esa fecha cuando el padre tuvo un poco miedo del hijo. Cuando anunciaban al joven, ¡las mujeres a los armarios! y ¡los usureros al granero! El hijo no aceptaba oficialmente, si vale la expresión, más que las amantes en título... por ejemplo, Isabel... Rubia y pálida, dulce, Isabel Constans tenía veintidós o veintitrés años; pero, decía Delacroix a su amigo, "con su apetito de adolescente, las matará usted todas"... El gran Alejandro había encontrado esa beldad en un teatro en 1854, actuó en el Teatro Histórico, era todavía su amante en 1857, a pesar de que él la llamaba "su querida hija"; lo que no impedía que, volviendo con Delacroix de una cena en casa de Camille Doucet, le contara sus confidencias amorosas "con una virgen, viuda de un primer marido y de un segundo en ejercicio". Y eso en 1856, es decir, ¡en plena pasión por la joven Constans! En seguida advierte a su hijo: "Ni una palabra a Isabel de mi viaje de anteayer; ruega a tus amigos no hablar de ello." Los amores de Dumas siempre tuvieron varias cuerdas en el arco; sin embargo, ha amado a Isabel con una ternura en la cual había impulsiones paternales mezcladas a las del fauno. Iba a cocinar a su casa, como un hombre casero, con una mezcla de júbilo y de melancolía. La llevaba al teatro y por la ciudad. Augustine Brohan, invitando a un amigo a cenar con Dumas, le advertía: "Dumas trae su mitad, su Isabel; pero, ¡vamos!, ya no hay buenas costumbres."
Dos cartas de amor, una de las cuales sin fecha, pero con la misma tinta que la otra, escrita en Rusia en octubre de 1858 y en la cual se lee: "Te amo desde hace cuatro años", están dirigidas seguramente a la joven, a la demasiado joven Isabel.
Amor mío:
Puesto que no te puedo ver, quiero que sepas, por lo menos, que pienso en ti y que me ocupo de ti. Ya te lo he dicho, tú me haces revivir los más deliciosos días de mi juventud; no te extrañe, pues, que habiendo vuelto mi corazón a los veinticinco años, mi pluma sea también de la misma edad.
Te amo, mi ángel querido. Mas, ¡ay!, solamente hay dos amores reales en la vida — el primero, que muere, y el último, del cual se muere. Yo te amo desgraciadamente de este último, lo cual quiere decir que te amo seriamente, profundamente; no obstante, piensa bien en esto, ángel mío: para que ninguna nube en forma de mujer para mí, o en forma de hombre para ti, pase entre nuestro amor, hace falta que nos veamos lo más a menudo posible y separarnos lo menos posible.
Has querido estar celosa de mí, mi querida niña, ¡celosa de mí que tengo tres veces tu edad! Juzga, pues, cuáles serán mis celos cuando estoy un día entero sin verte como hoy, medio loco, no pudiendo trabajar, yendo y viniendo sin razón alguna y preguntándome yo mismo cómo podría vivir así.
No, ángel mío, yo no sé amar así, no sé poseer a medias; no hablo de la posesión del cuerpo; lo que lleva mi sentimiento hacia ti es a la vez el amor del amante y la afección paternal. Pero justamente a causa de ello no puedo pasar sin ti, es preciso que te cubra eternamente de caricias, y las tuyas me faltan como el aire. Sueña en ello, te lo repito seriamente, pues todo nuestro porvenir reside ahí, suponiendo que quieras mezclar tu porvenir al mío; me hace falta tu presencia para que sea a ti, aunque tú no fueses a mí.
Hay una cosa que tú no podrías comprender, ángel mío, casta y pura como eres, y es que hay en París cien mujeres, jóvenes, menos hermosas que tú, seguramente, pero por ambición esperan, no que yo vaya a ellas —desde hace veinte años tal vez no he pertenecido a nadie más que a ti—, sino que yo les permita venir a mí; pues bien, ángel mío, a tus manos me remito, guárdame, extiende tus blancas alas sobre mi cabeza, impide por tu presencia que en un momento de despecho o de dolor haga una de esas locuras como las que he hecho más de una vez y que envenenan la vida por largos años.
Ahora, si no es enteramente por amor, que sea, pues, por ambición, pero haz lo que te pido. Tú amas tu arte; ámalo más que a mí, es el único rival que acepto. Pues bien, sobre este particular, jamás ambición de reina habrá sido satisfecha como la tuya. Jamás mujer —incluso Mlle. Mars— habrá tenido durante su vida los papeles que te voy a dar en tres años, pero a fin de que progreses como es mi deseo, es preciso que cada instante de mi vida sea un consejo para ti, es necesario que entre dos besos, entre dos caricias, te pueda conducir al teatro, al simple, al verdadero, al grande; a todas esas perfecciones que te ha dado la naturaleza, que tanto ha hecho por ti, pero que no ha podido hacerlo todo del primer golpe, pues la perfección es imposible; es preciso que yo pueda, si es necesario, si hay una gran actriz en Inglaterra o Alemania, llevarte a Alemania y a Inglaterra; es preciso que mi voluntad te dirija al mismo tiempo que mi amor; me hace falta, en fin, tener sobre ti la omnipotencia de la ternura, con la cual tú llegarás a la reputación, yo a la felicidad.
Oye bien esto, ángel mío. Quiero una respuesta, una respuesta bien positiva, bien seria, una respuesta en una línea: Creo en ti, y a ti me remito; siempre estaré contigo contra todo lo que quiera separarnos. Esto no es ni muy largo ni muy difícil de escribir, y ello me hará fuerte contra todo. No te digo que ello me hará dichoso, la cosa es obvia.
Así, pues, amor mío, a ti todo lo que me queda todavía de amor; a mí, no diré amor, Dios mío, pero un poco de ese reconocimiento que gracias a mi necesidad de ilusiones tomaré por amor.
Y he aquí la carta de Rusia:
Amor mío:
Quizá no creerás una cosa, amor mío: es que aparte los días en que te amo, desde hace cuatro años —días bien raros en mi vida—, el único buen tiempo que he pasado en esta soledad en que me hallo, ya sea en los grandes bosques de abetos sin fin donde cazo los patos silvestres, o sobre el inmenso Volga, poblado de pájaros como uno de esos mares donde todavía el hombre no ha abordado. Aparte tú, nadie más me quiere en el mundo, nadie piensa en mí, nadie se inquieta por mí. Estoy bien solo y bien olvidado de todo el mundo, de suerte que disfruto, o casi, de la dicha de estar muerto sin tener el disgusto de estar enterrado. Soy espectro de día en vez de ser un fantasma de noche. Si nuestra vida no se arregla para el año que viene, el próximo año vuelvo a marchar y vivo de la misma manera (falta una palabra). He rejuvenecido diez años en cuanto a la fuerza, y diría casi también de cara. He adoptado una especie de traje circasiano que me va muy bien y que es muy cómodo... Cuando no lo llevo, me pongo mi bata de terciopelo negro, con camisas de seda del Cáucaso rojas o amarillas.
¡Qué buena cosa es esta libertad de hacer lo que uno quiere, o de ir donde a uno se le antoja!
Además, cuando regreso a la ciudad, entro en una especie de triunfo perpetuo que haría la felicidad y el orgullo de otro, pero que para mí es un suplicio; sin embargo, en Nijni me esperaba una alegría: he encontrado al héroe y la heroína de mi novela Maestro de armas, indultados por el emperador Alejandro ¡después de veintidós años en Siberia! Juzga, pues, cómo me han recibido.
Salgo de Kazán el 1 de octubre ruso —12 de octubre para nosotros— , bajo por el Volga, acabo de encontrar un barco, me detengo cinco o seis días en Astracán, bajo por el mar Caspio hasta Bakú, donde quiero ver a los adoradores del fuego. De allí voy a Tiflis, de Tiflis haré una expedición al Cáucaso con el príncipe Bonatnisky. Después me embarco en el mar Negro y regreso por el Danubio.
Estaré en París el 25 de noviembre; comprenderás que mi mayor alegría será la de volverte a ver inmediatamente. Ya te prevendré de mi llegada, y si es posible bajaré del ferrocarril de Estrasburgo para subir en el del Havre.
Hasta pronto, mi querido amor. Por dondequiera que he estado mi pensamiento te acompaña; donde yo esté tienes un corazón que te ama.
Isabel Constans ha desaparecido de la vida de Alejandro Dumas en 1859. Quizá haya muerto entonces; estaba turberculosa y Delacroix lo había ya notado y prevenido al ávido amante. El reino de Isabel no ha ahorrado a Dumas días de tristeza, no le ha impedido volverse hacia su pasado. En un ejemplar de su Orestie, drama imitado de la antigüedad y estrenado el 5 de enero de 1856, ha escrito de su puño y letra: "A la muerte y al exilio, a Dreux y a Gernesey, al duque de Orleáns y a Víctor Hugo, el que los ha amado, los ama y los amará eternamente, Alejandro Dumas les dedica el éxito de su Orestie." Él recordaba, escribiendo esas líneas graves, haber visto morir a su madre, a Nodier, a Soulié, a los Johannot, a Gerardo de Nerval, a Marie Dorval... Perder los suyos, ver desaparecer a sus amigos, es para la mayor parte de los hombres empezar a entrar en la muerte. ¿Podía ser así también para Dumas? Sus accesos de tristeza o de melancolía no duraban mucho. Ninguno de ellos lo llevó a un nuevo viaje; al contrario, es la voluntad de mantener la razón de su vida. El día que volvió a marchar un amigo le preguntó:
—Usted no quiere, pues, estar nunca con nosotros?
—Lo menos posible —respondió—. Para mí, la posteridad empieza en la frontera.
Efectivamente, su reputación, incluso en los momentos que se debilitaba en Francia, continuaba intacta en el extranjero, y a él le gustaba ir a sacar de ella ánimos y consuelo.
Había trabado amistad durante el invierno de 1857-1858 con el espiritista Daniel Home, que estaba de moda, el cual le presentó al conde ruso Kouchelev. Frecuentó su casa, el hotel de los Tres Emperadores, en la plaza del Palais Royal. Cuando, en la primavera, Home se prometió con la hermana de la condesa, y como quiera que debían partir a Rusia a casarse, le dijeron: "O es usted el padrino de boda, o negamos nuestra hermana al señor Home..." ¡Y el viaje tenía lugar dentro de cinco días! Estuvo presto. Era en junio...
En viaje a bordo del barco que tomaron en Stettin, conoció al príncipe Trubetskoi, que lo recibió en su casa de San Petersburgo, donde tuvo por cicerón al novelista Gregorovitch. Al cabo de algunas semanas, y ya terminadas las ceremonias del casamiento y explorada la ciudad, se fue a pasar un mes en Moscú, donde lo esperaba un ilustre señor, el conde Narychkine y su compañera Jenny Falcon, parisisiense amiga de María Dumas y hermana de la gran cantante.
Lo vemos a través de las cartas que escribía luego desde París, con muchas libertades con el matrimonio, sobre todo con la joven esposa, que llamaba "la graciosa hada" y a quien dijo: "Yo no sé más que besaros la mano, envidiando al que besa todo lo que yo no beso." Jenny tenía unos hermosos ojos negros, unas embriagadoras espaldas, moldeados brazos... A un escritor francés, Henry Lapauze, que la vio allí, ya de ochenta años, le mostró un papel doblado sobre hojas secas y en el cual se leía una galantería de Dumas. Lapauze también ha copiado dos cuartetos mediocres, pero bastante enamorados, al margen de los cuales la indicación "acto III, escena 5" parece querer evitar que sean comprometedores. En fin, como Lapauze interrogaba a la anciana, oyó misteriosamente que respondía, menos a él que para sí misma:
—Dejemos eso... No le contestaré... He pecado, he pecado.
Después de un mes en Moscú, Dumas salió en septiembre para Nijni-Novgorod, con un intérprete de confianza facilitado por la Universidad. Vio Kazán y Astracán, se paseó por el Cáucaso. En todos los lugares fue recibido por los príncipes y en todas partes honraron su presencia con cacerías y festines, recepciones, maniobras llenas de fantasía de los cosacos, carreras de caballos a través del Volga. Por todas partes comprobó que habían leído El conde de Montecristo. Realizó una marcha de triunfador.
La sorpresa que le entusiasmó en Nijni-Novgorod ha sido la emoción más fuerte de su viaje con el encuentro de Jenny Falcon. Invitado una noche en casa del gobernador, apenas acababa de entrar oyó anunciar a una pareja, y el nombre le hizo estremecer. El gobernador, tomándolo por la mano, lo condujo ante los recién llegados:
—Señor Alejandro Dumas.
Después a Dumas:
—Los señores conde y condesa Annenkov, los héroes de vuestro Maestro de armas.
Un grito de sorpresa y los tres abrieron sus brazos. ¿El conde y la condesa Annenkov? Verdaderos héroes de la novela que no había hecho más que cambiar los nombres.
Los amores del joven teniente de Caballería de la Guardia se habían visto dificultados por un drama político. Comprometido en la conspiración de los decembristas de 1825, Annenkov había sido condenado a trabajos forzados en Siberia. Su amante, al ser madre, quiso reunirse con el padre de su hijo, y para ello afrontó en pleno invierno la travesía de inmensas y terribles extensiones. Pues bien, ella era una modistilla de París que fue a establecerse a Moscú; en París habría sido una simple modistilla; allí fue una heroína. Esos dos seres admirables encontraron en el casamiento su recompensa. Grisier, el maestro de esgrima, autor de un gran libro, Les armes et le Duel, con un prefacio de Dumas, había explicado al novelista la patética aventura a su regreso de Rusia, donde su ciencia lo había introducido en la alta sociedad rusa y sus dependencias... Por ello el Maestro de armas, escrito mucho antes de que Dumas conociese Rusia, muestra, sin embargo, mucho de la vida rusa. El escritor tenía mucha habilidad para escribir cosas aunque no las hubiese visto. ¿No ha hecho resplandecer el colorido local en los Quince días en el Sinaí, que Taylor, Dauzats y otros fueron a vivir en su lugar? Y su novela reveló a los franceses la aristocracia, el pueblo, los campesinos, la esclavitud, el asesinato imperial, las cacerías de osos, los ataques de los lobos, los coros cíngaros. Dumas se había adelantado a Custine y Marmier.
Dieciocho años más tarde, completando esa información para sus impresiones directas, ha hecho de esos libros, El Cáucaso, De París a Astracán, añadidos al Maestro de armas, un verdadero descubrimiento de Rusia. Además añadió historia, y de la buena, a lo Agustín Thierry; cuando llega a la gran Catalina, ¡qué belleza narrativa! Presentaba poetas y escritores: Pushkin, Nekrasov, de los cuales da importantes extractos traducidos de sus versos, y ha revelado a Lermontov al gran público. Dumas sorprende a veces por su visión anticipada de las cosas. ¿No ha sido el primero en preconizar una alianza que debía realizarse treinta y cinco años más tarde?"Vates —decía él de sí mismo—, sabemos hoy que estaba equivocado."
Anunció a su hijo el 16 de noviembre de 1858 que para llegar al mar Caspio había atravesado una parte del Daguestán, es decir, que había pasado por el territorio de Shamyl. "Ha habido tiros —añadía—. Anteayer hemos dejado en una cuneta quince cadáveres de circasianos que nos han matado tres tártaros y heridos ocho. No te puedes imaginar la facilidad con la cual se familiariza uno con el peligro. Decididamente no hay ningún mérito en ser valiente, no es más que una costumbre. Mañana salimos para Bakú, donde están los adoradores del fuego; después, para Tiflis..." Los viajeros entraron al Occidente por el monte Ararat y Constantinopla.
El viajero se embarcó el 17 de febrero de 1859 en Poti y por barco llegó a Trebizonda. Después, un vapor francés lo llevó a Marsella, acompañado del joven circasiano Vasili, que sería más tarde su factotum. Dumas y el pintor Moynet, que había sido su compañero de viaje, fueron agasajados por sus amigos con una comida de cuarenta cubiertos, el 2 de abril, en el restaurante Francia, sito en la plaza de la Magdalena, donde fueron leídos versos de Méry a la gloria de Alejandro Dumas. ¡Y un año más tarde volvía a marchar! El recuerdo de Byron y Lamartine no lo dejaba dormir tranquilo: siguiendo sus pasos tomó el camino de Oriente, pero se detuvo en Marsella para hacer construir una goleta. Mientras Emma crecía en su astillero, se fue a Turín a fin de ver a Garibaldi, por el que tenía un violento entusiasmo. Garibaldi vivía como el último de los mortales en una pequeña habitación del hotel de Europa; ahí lo encontró Dumas, rodeado de tres o cuatro amigos. Su nombre, pronunciado por él mismo ante la ausencia de criados, fue saludado por gritos de júbilo. A los cincuenta y dos años, el patriota italiano, bastante grande, vestido con un poncho como los hombres de las Pampas, mostraba una ancha frente, una cara animada, una mirada magnífica, una boca serena y sonriente que encuadraba el rubio entrecano de la barba. Tomaron café, y al día siguiente el aventurero aficionado se reunió con el profesional en Milán, donde el primero reunía documentación para escribir las Memorias del segundo.
Después de algunas semanas pasadas en París, Dumas, acompañado de Noël Parfait y de Edouard Lockroy, que debía dejarlos en el camino, se embarcó en su Emma con dos hombres de tripulación. "La pequeña goleta es una maravilla —escribía a su hijo—. Tal como es, cuesta 50,000 francos. No tienes idea de lo bien que se está a bordo de mi pequeño barco." Desembarcaron en Génova. Era el 16 de mayo de 1861: ¡Garibaldi ya se había marchado hacía diez días! Los italianos sabían que había marchado sobre Palermo; Dumas, corriendo tras él, llegó el 11 de junio a la ciudad que su héroe acababa de ocupar. Vivió en palacios. Después atravesaron juntos Sicilia. Pero como el francés había ofrecido su ayuda, lo emplearon. Recibió la misión de volver a Francia y comprar armas. Seis días en Marsella, y la operación quedó terminada: había cambiado 91,000 francos contra 1,000 fusiles estriados y 550 carabinas. ¿Cuánto puso de su bolsillo?
Los dos hombres se volvieron a encontrar en la rada de Nápoles en septiembre y el 7 penetraron en la ciudad, que Dumas tuvo seguramente la convicción de haber tomado, vengando así además a su padre. Dumas debía estorbarlo algo por el hecho de que era más garibaldino que Garibaldi. La verdad es que le dieron la dirección de las excavaciones y de los museos, lo que lo situaba al lado opuesto a la guerra y a la diplomacia. Tuvo su residencia en el palacio Chiatamonte. ¿No era acaso mejor que Montecristo? El 6 de julio de 1860 envió orgullosamente a su hijo este boletín de victoria, evidentemente garabateado con prisa:
Mi querido hijo:
Aquí hacemos maravillas, que seguramente te deben hacer reir.
Inmediatamente de instalado en el palacio del rey de Nápoles, te escribo para que vengas a mi lado; ya han sido dadas las órdenes para que me renueven con estilo antiguo la casa del poeta en Pompeya.
Palermo, Caltanizalla y Girgente han seguido el ejemplo de Marsella y me han hecho ciudadano de honor de su ciudad. Te estoy arreglando un blasón con dos águilas sostenido por tres gracias con el castillo de If en el centro. ¿Estás contento?
Si Dumas hubiese conocido de su querido amigo Nerval otros sonetos que los de El desdichado, tal vez se habría acordado para recitar los versos:
Se ignoraba todavía las Quimeras, y en Pompeya pensó en ello y en las posibles excavaciones. Pero durante cuatro años de residencia, sus trabajos de escritor y de periodista bastaron para tenerlo ocupado. Escribió e hizo escribir Las memorias de Garibaldi; trabajó valientemente a una Historia de los Borbones de Nápoles, cuyos once volúmenes han conquistado la estima de Benedetto Croce; pergeñó algunas opiniones sobre el Origen del bandolerismo, la causa de su persistencia y el medio de destruirlo (recurriendo a los bienes de los terratenientes y eclesiásticos) y se sumió en la gran novela de San Felice, de la cual tenía seguramente la impresión de empezar a vivir las múltiples aventuras; en fin, fundó y escribió un periódico, L'Indipendente, direttore Alejandro Dumas, que apareció el 11 de noviembre de 1860 —¡lo habíamos olvidado en la lista!— y duró. Dumas trabó amistad con personalidades del Risorgimento. ¿No veía ya a Garibaldi como presidente de una República francoitaliana?
Sin duda alguna para prepararla, de vez en cuando hacía una aparición por París.
Una conversación que tuvo con el cónsul de Francia en Liorna sugiere dicha hipótesis, y cuyo cónsul dio cuenta al ministro. El documento —sin fecha— vale la pena reproducirlo íntegramente a pesar de lo largo que es. ¡Es demasiado chusco!
Hace unos días, el señor Alejandro Dumas padre ha pasado por Liorna y he tenido con él una conversación de las más curiosas. He dudado en dar cuenta de ella a su excelencia, porque para conservarle su interés habría que transcribirla textualmente, cosa que, cuando se trata de palabras de Dumas, es casi imposible.
De cualquier manera, como creo que dicha conversación es interesante en varios aspectos, ruego a su excelencia me permita comunicársela: a pesar de que trataré de conservarle su carácter, no podré, sin herir las conveniencias, transcribir las mismas expresiones; entonces emplearé sinónimos o indicaré la frase suficientemente para que sea posible terminarla.
—¿De dónde llega usted?
—De París.
—¿Qué es lo que ha ido a hacer allí?
—Organizar para las próximas elecciones la candidatura de Garibaldi en el arrabal Saint-Antoine.
—¿Y lo ha logrado?
—Más de lo que esperaba.
—¿Y dónde va usted ahora?
—A Nápoles.
—¿Y qué va a hacer?
—Echar aI rey Víctor Manuel. ¡Caramba!, señor mío, bien tengo ese derecho, puesto que, en fin, soy yo quien ha tomado Nápoles. Usted sabe eso, ¿verdad?
—Perfectamente.
Pero como si yo hubiese contestado todo lo contrario, Alejandro Dumas, sacando un voluminoso expediente de su bolsillo, gritó con un gesto de comerciante que hace propaganda de su mercancía:
—¿Ve usted esto?
—Sí, ¿qué es?
—Eso, querido amigo, es la prueba de que soy yo quien ha tomado Nápoles. Mire ese papel con el escudo del rey Francisco II, los informes
que me dirigía cada día su ministro del Interior, Liborio Romano. Esta es la proclama que he escrito para Spinelli cuando el rey salió de Nápoles. Spinelli quiso cambiar algunas cosas, pero yo le amenacé con echarlo al Vesubio. ¿Ha visto usted, Dumas corregido por Spinelli?, etc.
—¡Caramba!, pero puesto que es usted quien ha tomado Nápoles y echado al rey Francisco II, también es usted el que ha instalado a Víctor Manuel.
—Sin duda alguna.
—Pues bien, ¿por qué quiere ahora echarlo a su vez?
—En un drama, cuando se ha sacado todo el provecho posible de un personaje, cuando su papel está agotado, terminado, se desembaraza uno de él hábilmente o se le suprime. Es lo que vamos a hacer (animándose). ¿Qué quiere usted que hagamos? Es un cretino, un borrico..., un trapo; con él hemos limpiado la basura y ahora lo tiramos. Mire lo que es este hombre: lea esto.
Dumas saca de su cartera otro paquete de papeles, busca uno, lo saca y me lo muestra.
"Sire, ruego a su majestad recibir con la mayor distinción a Alejandro Dumas, mi abnegado amigo y el suyo. —Garibaldi."
—Usted ve eso. Pues bien, querido amigo, el rey no me ha recibido. Usted comprenderá que solamente un cretino puede obrar así.
—Así que está convenido, usted va a echar a los piamonteses, pero ¿tiene usted suficiente fuerza para ello?
—Sí, gracias a ellos. Han trabajado maravillosamente para nosotros. Es imposible ser más torpes, más estúpidos. Por su rigidez, su dureza y su avaricia, han exasperado de tal manera al pueblo napolitano que hoy día, si Francisco II volviese a Nápoles, sería recibido con entusiasmo.
—Pues bien, para mostrar toda vuestra potencia, vaya a buscar al rey a Gaeta y llévelo a Nápoles.
—¡Ah, no! No quiero, tengo otros compromisos.
—Sea, pero una vez expulsados los piamonteses, ¿a quién pondrán en su lugar?
—A nosotros, querido, a nosotros.
—¿A quién?
—A Garibaldi.
—¿Rey de Nápoles?
—¿Por qué no? Pero no se trata de eso. Usted va a ver y sentir un terremoto en la primavera. Europa va a temblar en sus cimientos. Los viejos tronos van a crujir.
—¿El fin del mundo?
—No, el fin de la realeza.
—¿Pero qué hará usted de Italia?
—Pues organizaremos Italia en Repúblicas federativas.
—¿Y usted cree que Europa, que el emperador, le dejarán hacer?
—El emperador no quiere más Papas en Roma, ni Borbones en Nápoles. He ahí lo que él quiere, poco le importa lo demás.
—¿Incluso la candidatura de Garibaldi en el arrabal Saint-Antoine?
—¡Ah! Eso es otra cosa. Después de Italia, Francia, Europa entera. Mire, querido, escuche bien. En la primavera se subleva Hungría, los principados unidos la sostienen y se sirven para revolucionar las provincias cristianas de Turquía. Al mismo tiempo, como hemos conocido que el olor de choucroute que deshonra y apesta la Acrópolis no puede tolerarse, establecemos una República en Grecia, y Macedonia nos sirve de pasaje para llegar al Danubio.
—Entonces, ¡hay que decidirse! ¡Fuego a granel! ¡La República en todas partes! Pero veamos, hábleme francamente: ¿Qué es Garibaldi? ¿Un zoquete valiente o un hombre de ingenio?
—Oigame, amigo mío, he visto muchas cosas y muchos hombres.
Sé lo que es la inteligencia. Yo mismo soy una inteligencia. Pues bien, le declaro que jamás he visto nada de comparable a él. Es un hombre sublime.
—¿Cómo se puede explicar, pues, que haya tantas tonterías en la gobernación?
—No es culpa suya, está abrumado de trabajo. Ha llevado la tarea de diez hombres, ha sido mal comprendido, mal secundado. No tiene más que un hombre con él, Crispi. Ése está a la altura de su misión; espere la primavera y usted verá.
—Esperaré, pero no le debo disimular que tengo algunos escrúpulos. Garibaldi traicionará, pues, al rey.
—De ninguna manera. Es el rey quien traicionará a Garibaldi.
Tal es, en resumen, señor ministro, esa conversación de la cual no he citado a su excelencia sino las partes más importantes. Puedo afirmarle que he transcrito las mismas palabras de mi interlocutor, sin cambiar nada.
Al dar cuenta a su excelencia de esta entrevista, no he creído traicionar una confidencia, ni divulgar un secreto, pues la conversación tuvo lugar en mi despacho en presencia de una tercera persona de la cual el señor Dumas ni siquiera me preguntó el nombre.
¿Qué es lo que daría mejor idea que esta escena de comedia de las locuras que podían apoderarse del cerebro de Dumas? ¡Quimeras gigantes! ¡Visiones de demiurgo-matamoros! No falta más, para comprender el hecho, que evocar otro desatino en la utopía: La reacción de Dumas a la diligencia de un príncipe descendiente de Scander-Beg, el héroe nacional de Albania, que vino a solicitar de él una alianza de potencia a potencia.
En efecto, el 14 de octubre de 1862 le llegó de Londres una carta de la "Junta grecoalbanesa", la cual se auspiciaba "bajo la presidencia de su alteza real el príncipe Jorge Castriota Sander-Beg" y se dirigía al "muy ilustre escritor Alejandro Dumas", con cierta impaciencia.
—Señor—, la "Junta grecoalbanesa" cree que usted puede hacer por Atenas y Constantinopla lo que ha hecho por Palermo y Nápoles.
Centinela avanzado de las nacionalidades renacientes, usted redoblará sus fuerzas el día que emprendamos la lucha final del cristianismo contra el Corán.
¿De qué se trata realmente? De nada menos que de arrancar Albania a los turcos, devolver Santa Sofía al cristianismo y liberar Grecia.
—Señor, la reforma nacional que no tiene a su frente un genio como el vuestro para conducir la idea de las masas, parece una locomotora lanzada sin conductor.
De Dumas no tenemos, desgraciadamente, más que una carta del 8 de febrero, sin ninguna importancia, que trata algunos problemas de organización. De las cartas de la "Junta" y del príncipe, la segunda de ellas daba al escritor tratamiento de "noble y querido Dumas"; las tercera y cuarta, el de "querido marqués", y volvía en la quinta y sexta a un simple "querido Dumas". Por ellas nos enteramos que Dumas ponía a disposición de la empresa su goleta y se ofrecía para recomendarlos a los armeros de París. Con dinero al contado había la posibilidad de obtener partidas de armas. ¿Debía ocuparse también del armamento del barco? Era un asunto de 16,000 francos por año, sufragando los gastos de la tripulación. Debería hacer algunos anticipos de dinero, pero recibía, en cambio, el grado de general (que rehusó) y la carga (que aceptó) de superintendente de los depósitos militares del ejército cristiano de Oriente. ¡Iba a ser el jefe de la IX Cruzada!
¡Y qué cartas a Alejandro II, que se quedaba en París! En otoño de 1862:
La insurrección de Albania, Tesalia, Epiro y Macedonia tendría lugar al final de marzo. Primeramente echaremos a los turcos de las cuatro provincias y después los empujaremos hasta Constantinopla, y de Constantinopla al Bósforo.
Si la cosa va como creo, vendrás a verme a Constantinopla y no a Nápoles.
Después, al término de otra carta de negocios le dice de pronto:
¿No tienes ganas de hacer la campaña de Albania? Tengo el puesto de mi ayudante de campo para ofrecerte. Te abraza.
P.S. Envíame en seguida por correo la historia de Scander-Beg o Turcos y cristianos en el siglo XV, por Camille Paganel, de Didier y Cía. Envíalo a Turín, poste restante.
Mas, ¡ay!, Dumas, en pleno júbilo, convocado por la policía, se desplomó al saber que el Pierre l'Ermite de Albania no era más que un impostor, un italiano, criminal reincidente y prestigioso estafador.
Las "locuras italianas" sería el título y es la materia de una de las mejores y más alegres novelas de Alejandro Dumas, tanto más alegre cuanto que los accesos de inquietudes preventivas completarían la bufonada. "Si algún italiano de los que hacen escala en París te lleva noticias mías —escribía a su hijo— e intenta pedirte dinero, abróchate la faltriquera y cierra el cajón."
En esa época exactamente, el 18 de enero de 1861, madame Sand escribía a Nohant a su joven amigo que quería ir a Nápoles a fin de advertirle lo que ella sabía ya por experiencia: los Estados, la víspera y después de la crisis, se abandonan a emociones sin grandeza, y se contrae, a la vista de tales espectáculos, la enfermedad de la deuda. "Su padre se burla de eso —decía ella—, pues siempre tendrá veinte años. Grita, se agita, cree que hay que maltratar a Cavour y no ve que eso es asesinar a Garibaldi. Espero que, afortunadamente, abrirá los ojos a tiempo". Y el 23 de agosto hablaba del "niño terrible" y terco, como decían en el Berry: "Es el padre Dumas. Le escribiría, pero no me atrevo; habría que echarle un sermón, pero, ¿cómo hacerlo?..." En fin, el 29 de agosto de 1862: "He recibido una carta de su padre... Cree que lo trato de viejo acabado, y a pesar de que me escribe bastante amable, no está muy contento de mí. Me dice que no abandonará Nápoles sin haber arrancado la mala hierba de los Borbones."
"Está de acuerdo con nosotros —decía George Sand en la misma carta— en que nuestro pobre Garibaldi pierde la cabeza y replanta lo que arranca..." Cuando Dumas se dio cuenta de que había sido tan desgraciado... Pero él mismo... Se puede creer que de regreso a Francia, ya en París en abril de 1864, quiso inmediatamente volver a marchar, y a los amigos que se esforzaban por retenerlo les respondía:
—No, hace falta que vaya a Turín sin perder un minuto, pues presiento que mi amigo Garibaldi va a hacer tonterías. Si no voy, es capaz de volverse a Caprera, y ¡en este año no tomaríamos Venecia!
Y, sin embargo, se había visto echado de Nápoles por un motín organizado contra él, ¡el extranjero! Sin duda alguna había hecho y dicho demasiado. Había sido demasiado napolitano para los napolitanos.
El acontecimiento había llegado a un período en que el excelente hombre no tenía en la cabeza más que las excavaciones; a menudo, con el plano de Pompeya encima de la mesa, discutía con Maxime du Camp, que formaba parte del estado mayor garibaldino y que nos relata el acontecimiento.
—Usted verá —le decía Dumas—, con el pico pondremos a descubierto la antigüedad.
Meditaba una movilización, soñaba en hacer venir de París arqueólogos, sabios, artistas, contaba con una compañía de zapadores facilitada por el gobierno italiano. Ignoraba que el pueblo de Nápoles murmuraba: un extranjero en Pompeya y sin retribución. ¿Qué escondía ese privilegio?
—Fuori straniero.
Pero el Estado Mayor estaba al corriente de la situación, sabía incluso que se preparaba una manifestación, no ignoraba ni el día ni la hora. Una compañía húngara tomó posición en los alrededores del palacio.
Cuando Maxime du Camp, acompañado de dos oficiales superiores, fue a ver a Alejandro Dumas, lo encontró en la mesa, rodeado de algunas jóvenes y contando cuentos y riendo a carcajadas. Sin embargo, un rumor que solamente los italianos oían al principio se acercaba, crecía. Pronto se transformó en vociferaciones, hasta que fueron oídas por Alejandro Dumas.
—¿Contra quién se manifiestan? ¿Qué quieren todavía, no tienen ya su Italia una?
En ese momento oyó con claridad:
—¡Fuera Dumas! ¡Dumas al mar!
Se precipitaron a las ventanas y vieron un bombo, un sombrero chino y una bandera italiana seguidos de trescientos vocingleros. No era grave. Mientras los soldados cerraban la calle, hablaron a los manifestantes, los dispersaron; el alboroto no duró más de cinco minutos. Pero Maxime du Camp, volviendo al palacio, encontró a su augusto colega sentado, con la cabeza entre las manos. Le dio unos golpes en la espalda, le hizo levantar la vista y vio sus ojos llenos de lágrimas.
—Estaba acostumbrado a la ingratitud de Francia —gemía Dumas—, pero no esperaba la de Italia. Le he sacrificado mi tiempo, mi dinero, mi actividad...
Uno de los oficiales le dijo:
—Es la misma chusma que en tiempos de Masaniello.
A lo que Dumas respondió:
—¡Ah! Todos los pueblos son así. Nosotros somos cándidos. ¡Esos cretinos! Cuando calculo lo que la unidad de Italia me ha acarreado o me acarreará —trabajo perdido, dinero gastado—, ¡hay que tener mal corazón para querer echarme!
A fin de consolarlo, Garibaldi y su Estado Mayor dieron un gran banquete en su honor, organizaron una excursión a Pompeya y le permitieron cazar en el parque de Capo di Monte.
Dumas quedó triste, nosotros también lo estamos, ante la idea o más bien la evidencia de que este hombre de entusiasta imaginación y de corazón generoso, que tanto ha admirado y alabado Benedetto Croce, haya podido en ciertos momentos parecer el padre Ubu.
Afortunadamente para él, no había tampoco una madre Ubu, sino todo lo contrario, una tierna ninfa, una gacela prisionera. Después de Isabel, Emilia... Isabel Constans había sido la contemporánea de la reinstalación en París y del viaje a Rusia; Emilia Cordier ha sido la compañera de la estancia en Italia y de la época heroico-cómica. Dumas se unió desde 1859 hasta 1864 a esta joven actriz que había pertenecido al Teatro Histórico y actuado en la Porte Saint-Martin. Como muchos hombres poderosos, se mostraba sensible a lo atractivo de las jovencitas, enamoradas dóciles y graciosas. A Emilia, que había viajado en el Emma, le gustaba disfrazarse de marino, y entonces la llamaban "el almirante Emilio", y Dumas la presentaba unas veces como su hijo, otras como su sobrino.
Ella cesó su servicio, dejó el gorro para ir a dar a luz a París en los últimos días de 1860, y la pequeña Micaela-Clelie-Cecilia tuvo a Garibaldi por padrino. Ya de vuelta, otro servicio consistió en escribir al lado de Dumas las Memorias garibaldinas; por lo menos es él quien lo afirma. Le hizo el regalo de una edición de la primera Leyenda de los siglos, edición de Leipzig (Hetzel y Durr), con la siguiente dedicatoria: "A mi querido bebé, que Dios preserve de toda desgracia, su padre", y la joven mujer escribió debajo del título esta segunda dedicatoria: "Dado por Micaela el 20 de mayo de 1863 en el palacio Chiatamonte, en Nápoles."
Al conocer la noticia del nacimiento, Alejandro Dumas escribió a la madre, el 1 de enero de 1861, esta carta, trivial en su conjunto, pero doblemente interesante por su amabilidad hacia la abuela y por sus sentimientos hacia su propia hija, la hija de Bell Kregsamer, María:
Te deseo alegría y felicidad, amor mío, que justo para el primero del año me has dado la buena noticia de que mi pequeña Micaela había venido al mundo y que su madre se encuentra bien.
Tú sabes, querido bebé, que yo prefería una niña. Te voy a decir por qué. Quiero más a Alejandro que a María, no veo a María apenas una vez al año y puedo ver a Alejandro tantas veces como quiera. Todo el amor que yo pudiese tener por María se trasladará, pues, a mi pequeña Micaela, que ya veo acostada al lado de su madrecita, a quien le prohibo levantarse antes de que yo llegue. Voy a arreglarlo todo para estar en París hacia el 12. Me sería imposible, a pesar de todo mi deseo, estar antes.
Y si digo eso, amor mío, cree la verdad de lo que te digo. Desde hace una hora mi corazón se ha agrandado para dar lugar a un nuevo amor.
Hace falta que deje aquí, como ya sabes, cierto número de artículos antes de partir.
Hemos fundado un Comité para las elecciones, al cual estoy obligado a asistir dos veces por semana, de las dos a las cinco de la tarde. Encargaré a los dos o tres principales colaboradores míos que sostengan el periódico en mi ausencia.
Si durante los primeros meses no quieres separarte de nuestra niña, alquilaremos una casita en Ischia, en el mejor clima y la más bonita isla de Nápoles, y entonces iré a pasar con vosotros dos o tres días por semana durante toda la primavera; en fin, cree en mi amor por la niña y por la madre.
Hasta pronto, amorcito mío, besa mucho a doña Micaela, que no es más grande que el pulgar, me dice Mme. de C..., a la cual contestaré por el primer correo, así como a tu madre, que abrazo.
Otra carta, ésta escrita a la niña tres años más tarde, el 24 de diciembre de 1863:
Mi querido bebé: Como tu abuelita, a la que hay que querer mucho, así como tu mamá, me escribe que necesitas dinero, te envío 150 francos para tu aguinaldo.
Trataré de enviarte también una cesta de buenas cosas que te llegará el 1 de enero.
No hay que pagar nada más que al portador que la llevará. Te beso tiernamente,
A pesar de todo esto. Dumas, perseverando en su amor, no por ello dejaba de engañar a su favorita. Y, sin embargo, la ruptura parece haberse producido por culpa de ella: una debilidad que declaró. Henry Lecomte dice haber leído cartas del amante, y en la última: "Te perdono, porque no tenías la intención de causarme pena alguna." Él decía quererla aún, pero como "una cosa perdida, una cosa muerta, una sombra". Enojada, tozuda en su desavenencia, Emilia Cordier llegó hasta a rehusar dejarle reconocer a su hija. Dumas, Barba Azul de Offenbach más bien que de Perrault, ¿creyó que su amante con el bebé, casi bebé ella misma, le faltaban? Al parecer, no tuvo mucho tiempo de preguntárselo, pues algunos meses después de Navidad de 1863, en la primavera, volvía a París y en su equipaje la señora Fanny, llamada Gordosa.
La Gordosa, casada en algún lugar de su país, llegaba a París con una hermosa voz y la esperanza de un contrato en el Teatro Italiano. El marido que esta apetitosa morena de treinta años había dejado allá le hacía llevar, declaró ella, toallas mojadas alrededor de la cintura, lo que la destinaba de toda evidencia a Dumas, si es verdad que decía: "Es por humanidad por lo que tengo varias amantes, pues si sólo tuviera una, moriría antes de ocho días." En esas condiciones, ¿quién duda que Dumas haya liberado la cintura de la italiana? Ella se aprovechó para llenar de laúdes, violines, un arpa, un trombón, y partituras tras domicilios sucesivos, empezando por el de la calle de Richelieu (que daba sobre el bulevar). La superstición le ayudó sin duda a conservar a su amante; un extraño cuadro de magia astrológica acompañaba sus instrumentos de música. Ella se vio reina y tuvo su corte. Era tonta, cómica y deseable. Toda una juventud de poetas, literatos y músicos que Dumas recibía cada jueves a cenar la incensaban, mezclada a sus viejos amigos, Parfait, Charles Yriarte, Néstor Roqueplan, Roger de Beauvoir, el caricaturista Cham, la condesa Dash. Una joven, que sería más tarde Matilde Shaw, estaba a veces en esas reuniones; Dumas, viejo amigo de su padre, la llamaba "mi pequeño brazo". Una noche, durante la cena, llegó Anna Deslions.
—Ésta —dijo Dumas a su joven amiga— es domadora.
—¿Tiene una casa de fieras?
—Sí, de fieras de dos patas..., docenas de amantes.
Matilde percibió también a Micaela, fea y enclenque, pero de ojos que revelaban inteligencia.
Dumas tenía conciencia de que algunas veces se ridiculizaba, cuando su amante actuaba en alguna soirée, y que con su secretario volvían los dos cargados de cuadernos de música.
—Parecemos a la troupe del Roman comique —dijo una noche. El secretario conocía el ingenio poco sutil de la dama y le apuntó en el oído:
—¡Con Shakespeare por jefe!
—¡Y Pifteau como apuntador! —contestó Dumas, que había oído.
A veces utilizaba a la cantante. Por ejemplo, la asoció a la compra de un bote de salvamento, que se le puso en la cabeza regalar a un pequeño puerto mediterráneo. Para ello fue expresamente al Havre, organizó representaciones líricas para poder obtener las sumas necesarias y, naturalmente, expuso a la Gordosa en el trabajo y en el honor.
A pesar de las salas abarrotadas, las entradas no bastaron. El gran salvador no se descorazonó; tuvo la iniciativa de ilustrar cuadritos de papel con su firma y venderlos en la calle por dos céntimos. Desgraciadamente, el precio de un bote salvavidas fue una de las raras cosas que no entraban en la imaginación de Dumas; tuvo que volver sin haber hecho el negocio con Mouët, a quien el dinero ganado en el teatro fue generosamente abandonado.
La Gordosa se encontró mezclada a la breve vida de palacio que Dumas llevó durante el verano de 1864 en Saint-Gratien, cerca de Enghien-les-Bains, avenida del lago, villa Catinat. Pero entre sus talentos no figuraban los de ama de casa. Distribuía "ocho días" a diestro y siniestro, enviaba a sus casas dos de sus tres criados los sábados por la tarde. Un sábado fueron los tres a la vez. Y a la mañana siguiente, un hermoso día, desde las diez de la mañana, empezaron a llegar numerosos parisienses que se habían invitado ellos mismos. Mientras se paseaban por el jardín, Dumas los contemplaba desde una ventana. No había nada preparado, ninguna provisión, y las cocinas se apagaban... Hizo una seña a dos íntimos y bajaron a la cocina; abrieron los armarios y descubrieron arroz y mantequilla. Varias parejas contribuyeron con su parte: jamón, salchichón, mortadela, incluso tomates...
—¡Avivad el fuego!
Y Dumas se apodera de una enorme cacerola, coge un vaso de agua, prepara una salsa y mezcla mantequilla; ya está hirviendo. Las tres o cuatro libras de arroz entran dentro de la cacerola; añade agua, el resto de mantequilla y condimentos. Durante este tiempo Fanny, con algunos ayudantes improvisados, llega a pesar de todo a poner la mesa. El arroz se ha hinchado; con la aportación de tocinería, habrá con que matar el hambre de veinte hambrientos. El maître los llama por la ventana... ¡Jubiloso éxito!
Había buena bodega en la villa Catinat, pero bebían Siracusa en vasos diferentes. Dumas murmuraba con una dulce sonrisa:
—¡La apoteosis del desorden!
Como los inevitables gorrones abundaron ese verano, hicieron ciertos días bastante pesadas las vacaciones. Dumas los olvidaba lo mejor que podía, alternando con la princesa Matilde, con Emilio de Girardin; y entre sus huéspedes, un Henry Monnier lo encantaba. Por otra parte, no se privaba de ausencias agradables. Los coteresianos tuvieron el orgullo de verlo llegar a su comicio agrícola en compañía de dos jóvenes mujeres. Una era la bella italiana. ¿Quién era la otra?
Cuando la "casa" de Alejandro Dumas volvió a sus cuarteles de invierno en París, fue a un departamento amueblado de la calle de Saint-Lazare, en el actual emplazamiento de la iglesia de la Trinidad. En sus habitaciones, menos amplias, los ejercicios de canto y música les hicieron más ruido, y Dumas los sufrió como un mártir; la Gordosa lo abrumó con sus pianistas, sus cantantes y sus lecciones. Tal vez se cansó de oirla gritar en la antecámara: "¿Qué quieren ustedes de Dumas?", o de sorprenderla en audiencias que ella concedía realmente a la gente sobre un trono íntimo, puesto en su misma cama... En fin, se deshizo de ella después de una escena violenta: ¿No lo había sorprendido ella en flagrante delito amoroso? La vajilla voló por los aires... Y como el naufragio de su Emma, alquilado a un explorador, le valió el cobro de una indemnización, empleó esa entrada inesperada para el regalo de costumbre.
Berlick, a los sesenta años, continuaba lleno de vitalidad, observando a pesar de ello una higiene alimenticia razonable. Si comía mucho, continuaba absteniéndose de tomar café y del tabaco, añadía agua al mejor vino. Era, como lo ha dicho Edmond de Goncourt, el sobrio atleta de los folletines y los originales. De tal suerte que guardaba siempre la cabeza despejada y en los banquetes aparecía como un jaranero y bromista. "Subyugaba a sus invitados." Su voz, potente y bien timbrada, y la extrema vivacidad de sus ojos hacían valer la inagotable erupción de lo que Pifteau llama su "volcán de ingenio", pero "el conjunto estaba dulcificado por la irradiación de inefable bondad". Edmond About, invitándole a cenar con George Sand, con los jóvenes Taine y Gustavo Doré, le desliza esta lisonja: "Mi mujercita me pide desde hace casi dos años cuándo tendrá la ocasión de veros. Y yo le he prometido hacerle ver cuánta hombría de bien, de salud, alegría y cordialidad, puede la naturaleza hacer entrar en la piel de un simple gran hombre." George Sand, escribiendo a su hijo, le decía: "He visto a su padre en el Odeón. ¡Dios mío, qué asombroso está!"
A los tres años de esto, había ya cambiado algo si consideramos la opinión de Edmond de Goncourt, que lo encontró en casa de la princesa Matilde en una mesa de hombres de letras. ¿Qué hombre vive en él —sin complacencia, evidentemente? "Una especie de gigante con los cabellos de un negro ya plateados, con un ojito de hipopótamo, claro, fino y que vigila, incluso entornado, y, en una faz enorme, trazos que semejan vagamente a los trazos hemisféricos que los caricaturistas prestan a sus figuraciones humanas de la Luna. Hay en él algo así como de un mostrador de prodigios y de un viajante de Las mil y una noches". Pero Dumas está en uno de sus peores días. Goncourt lo encontró poco hablador y con la voz ronca. Un año más tarde, en un salón lo vuelve a encontrar, y esta vez el buen gigante ha encontrado su brillantez y mordacidad. Goncourt registra:
Entra Dumas padre, con corbata blanca, chaleco blanco, enorme, sudando, soplando, muy alegre. Llega de Austria, de Hungría, de Bohemia; habla de Pest, donde han representado sus obras en húngaro; de Viena, donde el emperador le ha prestado una sala de su palacio para dar una conferencia; habla de sus novelas, de su teatro, de las piezas que no quieren representar en la Comedia Francesa, de su Caballero de Maison-Rouge, que está prohibido, después de un privilegio de teatro que no puede obtener, y de un restaurante que quiere fundar en los Campos Elíseos. Un yo enorme, un yo de la dimensión del hombre, pero desbordante de bondad, chispeante de ingenio... "¡Qué quieren ustedes! Cuando no se gana dinero en el teatro más que con trajes de bailarina que se rompen... Sí, eso ha hecho la fortuna de Hostein... Siempre recomendaba a sus bailarinas ponerse trajes que se rompieran..., y siempre en el mismo lugar... Entonces los prismáticos estaban contentos... Pero la censura terminó por intervenir... y los comerciantes de prismáticos están ahora en el marasmo."
He ahí el verdadero Dumas. George Sand ha comprendido perfectamente las necesidades de una tal naturaleza, de la cual se escandalizaba su hijo. "Él —señala ella—, que lleva en sí un mundo de acontecimientos, de héroes, de traidores, de magos, de aventuras, él que es el drama en persona, ¿no cree usted que los gustos inocentes lo habrían apagado? Ha tenido necesidad de excesos de vida para renovar sin cesar un enorme hogar de vida." Diez años antes, Michelet le había declarado en una carta: "Usted es más que un escritor; usted es una de las grandes fuerzas de la naturaleza, y yo tengo por usted las mismas profundas simpatías que tengo por ella misma." ¡Para él todos los tipos de mujeres! Hogar de vida, según Sand; fuerza de la naturaleza, según Michelet. Y, según él mismo, versos dirigidos a Joséphin Soulary:
A caballo de la sesentena, Dumas ha disfrutado de un nuevo acceso de popularidad. Tal vez la masa de lectores lo ha sentido entonces más que nunca. Pues desde 1860 a 1868, no solamente ha hecho representar dos dramas que tocaban muy de cerca al corazón de los parisienses, Los prisioneros de la Bastilla, es decir, el fin de Los tres mosqueteros, y Los mohicanos de París; no solamente ha publicado sus Charlas y la Historia de mis animales, sino que además ha colaborado en publicaciones populares, en el Journal Illustré y en Le Petit Journal, a quien ofreció su envidiable concurso de los Boutsrimés. Fue también la época de su última novela histórica, La San Felice, donde la historia está apenas novelada, estrictamente lo que hace falta para precisar lo patético.
Esta vasta novela épica, que magnifica el espíritu carbonaro mezclado a las muestras de heroísmo y de amor, es una de las obras más personales de Dumas y más injustamente abandonadas hoy. Luis Molina, caballera de San Felice, heroína, mágicamente atractiva, Nelson y Lady Hamilton, el general Championnet y sus diez mil republicanos, la República en Nápoles, el rey y la reina, la Restauración y los movimientos sangrientos, las tumultuosas muchedumbres de la guerra civil, los encuentros de los conspiradores y las puñaladas, y las barcas, muchas en la noche, esta explosión de lo novelesco de tan alto color, iguala a la de Los tres mosqueteros o de La condesa de Charny. Juan Giono, que ha descubierto la San Felice en 1939, prisionero por delito de opinión en el fuerte de San Nicolás, clamaba su encanto.
¡Qué frescor!, exclamaba atónito. Qué grandiosidad también, en las escenas como la del almirante Caracciolo, ahorcado en la verga más alta de su navío y gritando a sus marinos: "¡Colocaos bien, amigos míos; impedís a Nelson ver!" Sabía, en efecto, que Nelson, desde el castillo de su navío, tenía dirigido su catalejo hacia la ejecución... Si hablo de La San Felice en este lugar no es por reparar un olvido, sino voluntariamente, a fin de señalar que Alejandro Dumas ha proseguido su obra casi hasta el fin de su vida.
En esa época de su existencia se vio obligado a hacer saber por la prensa que en lo sucesivo no recibiría a nadie más que por las noches, pues si no no hubiese podido escribir sus mil líneas por día: sus señas se procuraban con demasiada facilidad; el primer comisionista llegado las daba. Un día que con su secretario iba a pie a un asunto, "lo que era un caso excepcional para el gran viajante que habría tomado un fiacre para ir a buscar un cigarrillo", vio pasar un ómnibus de Correos. Dumas gritó al cochero que se detuviera:
—Nosotros somos también hombres de letras —dijo—, también tenemos derecho de subir en vuestro coche, ¿verdad?
El cochero rio a carcajadas reconociendo al escritor y, una vez que subieron los dos hombres, fustigó a los caballos.
En provincias, su gloria causó estragos y grandes alegrías. Habiendo cerrado sus puertas el Gran Teatro Parisiense, este inverosímil teatro de la calle de Lyón, bajo las arcadas (el ferrocarril de Vincennes pasaba por encima), Dumas debía quinientos o seiscientos francos a cada uno de los actores que habían actuado en el drama Los guardias forestales. Los reunió y les dijo: "La obra es fácil de representar, da muy poco trabajo. Vayan a las villas de los alrededores de París anunciando en los carteles "Troupe" de Alejandro Dumas, telegrafíenme por la mañana cuándo actuarán y yo llegaré por la noche." La pequeña sociedad se constituyó y triunfó. El ilustre autor asistía a la representación en un palco a la vista de todo el público y la sala se llenaba completamente. Una noche en Laon, el primer acto se representó sin su presencia, ante los espectadores furiosos, que no admitían que el horario de los trenes no estuviera a su servicio. El telón iba a levantarse para el segundo acto cuando se hizo un gran ruido: Dumas acababa de entrar en su palco saludado por aclamaciones. Pero el público unánime gritó: "¡El primer acto! ¡Queremos el primer acto!", y hubo que obedecerle.
En Villers-Cotterêts, que había reclamado una segunda representación, la troupe se superó; a medianoche, Dumas abrazó a los artistas.
Hijos míos —les dijo—, habéis actuado admirablemente esta noche; mañana por la mañana iré a vuestro hotel y os haré yo mismo el almuerzo... Y cumplió su promesa, tocado con el bonete de cocinero y con el mandil de ritual. Como el comedor daba a la calle, los habitantes de la villa desfilaron durante dos horas ante las ventanas para ver a su querido autor sirviendo él mismo con el delantal blanco a aquellos y aquellas que antes habían... servido su drama. Seguramente ya no les debía un céntimo más. Curiosa manera de arruinarse para evitar pagar lo que se debe. Esta fantasía pinta a Dumas, y como ésta las repitió veinte veces.
En 1868 realizó un viaje de conferencias en Normandía. En El Havre, en Dieppe, en Ruán, en Caen, explicó sus recuerdos, sus viajes. Dumas no era un conferenciante famoso; leía. Pero leía cosas atractivas y sus oyentes lo escuchaban a través de su admiración.
Su situación propiamente literaria, su situación de escritor, conservaba su solidez, incluso cerca de sus iguales. Lo comprobamos siguiendo a Benjamín Pifteau en casa de Michelet, a quien el patrón había enviado a pedir un informe, o en Lamartine, a quien venía a invitar de su parte a Saint-Gratien. Dumas, quejándose a Napoleón III de los enredos ruinosos de una censura que no se había mostrado tan mezquina bajo la Restauración, le escribía el 10 de agosto de 1864, pero podía haber escrito en 1867 o en 1868, la singular carta que empieza así:
"Señor, había en 1830 y hay todavía tres hombres a la cabeza de la literatura francesa; esos tres hombres son: Víctor Hugo, Lamartine y yo..."
Y en la cual se juzga tan lúcidamente, con una especie de modesto orgullo:
"He escrito y publicado mil doscientos volúmenes, traducidos en todas las lenguas; han ido todo lo lejos que la máquina de vapor ha podido llevarlos. Aunque soy el menos digno de los tres, me han hecho en las cinco partes del mundo el más popular de los tres, tal vez porque uno es un pensador, el otro un soñador y yo no soy más que un vulgarizador."
Durante uno de sus últimos viajes que lo había conducido a Pau, encontró en la puerta de un hotel a un joven de dorado rostro y ojos azules. Era François Coppée, recién llegado a las letras.
—¡Abrázame, hombre de talento! —le dijo tendiéndole los brazos abiertos.
El poeta tuvo apenas la inspiración necesaria para responderle:
—¡No me atrevo, genio!
Mientras tanto, trabajaba. Le Mousquetaire le ocupaba mucho tiempo, lo que no le impide publicar en 1854 sus Recuerdos, Una vida de artista (biografía del actor Mélingue), Los mohicanos de París, escrito con su ayuda por Paul Bocage. Este año y los que siguen, a pesar de que continúa la serie de los Grandes hombres en bata, vuelve a las grandes novelas, concebidas y ejecutadas en colaboración: Los compañeros de Jéhu, Las lobas de Machecoul, a preparar las Impresiones de viaje, a escribir o arreglar dramas y comedias. En resumen, reemprende su vida literaria, o mejor dicho, la prosigue.
A partir de 1854 hasta 1861 vive en la calle Amsterdam nº 77, donde se encuentra modestamente instalado. Pocos muebles; los embargos han vaciado algo el departamento. Una criada hace entrar a los visitantes en un vestíbulo desnudo. Uno de ellos, que iba por primera vez a verlo, se oyó llamar de una voz fuerte y sonora desde lo alto de la escalera:
—¡Entre, querido conde, me han dicho tanto malo de usted que ya lo aprecio!
La escalera estaba bastante mal cuidada. En el departamento, en el segundo piso, gruesos clavos en los muros y alrededor de las ventanas probaban que había habido cuadros, cortinas y tapicerías. El amo de la casa exhibía por todo hábito una camisa de tela gruesa blanca con el cuello ampliamente escotado, calcetines y zapatillas, pero ornadas de perlas... Recibió a su futuro amigo ante una mesa escritorio cargada de montones de papeles.
Pero continuaba potente de aspecto y de entusiasmo. A Delacroix, en 1855, se quejaba de las dificultades que lo entorpecían aún, y de los deseos que tenía de volver a marchar. Después añadía: "Dejo a medio terminar dos novelas y ya veré a mi regreso si se ha encontrado un Alcide para acabar esas dos empresas imperfectas." Estaba, pues, persuadido —dice Delacroix— de que iba a dejar, como Ulises, un arco que nadie podría tender. "No se encuentra envejecido y actúa, en algunos aspectos, como un joven."
Por las noches iba a pasearse por el bulevar de los Italianos, entraba en el café Cardinal o en el Divan le Pelletier, frecuentaba teatros y bastidores, comía a menudo en la Maison Dorée o se instalaba en la terraza del Tortoni. En todos esos lugares de moda literarios se encontraba con colegas, o se veía allí con Frédérick Lemaître. Se le veía en el Café de París, célebre por su ternera a la cacerola: con ese plato, ante el cual Musset se enfrentaba tres veces por semana, Dumas, como Balzac, venían a alimentarse cuando estaban agobiados de trabajo. Véron también tenía allí su mesa, así como varios lores ingleses y príncipes rusos.
En la sociedad, Dumas tenía como centro de reunión las cenas de la princesa Matilde, que le perdonaba sus epigramas sobre "el tío" o sobre "el sobrino", como éste, por ejemplo:
Dans leurs fastes impériales
L' oncle et le neveu sont égaux:
L'oncle prenait des capitales,
Le neveu prend nos capitaux.
(En sus fastos imperiales
el tío y el sobrino son iguales:
El tío tomaba capitales,
y el sobrino nuestros capitales.)
L' oncle et le neveu sont égaux:
L'oncle prenait des capitales,
Le neveu prend nos capitaux.
(En sus fastos imperiales
el tío y el sobrino son iguales:
El tío tomaba capitales,
y el sobrino nuestros capitales.)
¿Olvidaba que tenía una familia? Invoquemos aún el testimonio de Delacroix. El escritor le declaraba que con sus dos hijos se sentía como si estuviese solo. "El uno y el otro van a sus asuntos." Y el pintor sabía por una amiga, Mme. Cavé, la esposa del superintendente de Bellas Artes, que la hija de Dumas "se quejaba de la sociedad de un padre que no estaba nunca en casa." En cuanto al hijo, el autor de La dama de las camelias observaba respecto a su padre una actitud severa: "Él no podía olvidar los millones ganados y perdidos ni la ilegalidad de su nacimiento. Afectaba actitudes glaciales con los aduladores que rodeaban a su padre y su burlaba del tren de vida de la casa paterna. Ello no le impedía encontrarse agradablemente en ella y pasar horas y horas y anotar en un carnet que tenía siempre en el bolsillo las conversaciones interesantes."
Dumas padre quería seguramente mucho a su hijo. Si le hacía rabiar, era como camarada. "Dumas hijo —escribe Sollohub— me ha contado él mismo que saliendo un día con su padre le recordó que habían olvidado pasar para un asunto urgente por la casa de un notario.
—Es verdad, ¡qué tontos somos! —exclamó el padre.—Hable en singular —observó el hijo.
Entonces el padre dijo:
—Es verdad, ¡qué tonto eres!
Pero la situación moral de Alejandro II frente a Alejandro I era lastimosa. George Sand, gran amiga de Alejandro II, le escribía respecto a Alejandro I y decía: "¡Qué quiere usted! Ha engendrado vuestras grandes facultades y se cree ya libre hacia usted... Es un poco duro y difícil tener que ser el padre de su padre..." Así, pues, Dumas hijo se acercó más y más a su madre, que incluso lo había llevado con ella después de la quiebra del Teatro Histórico (ella había hecho economías trabajando como costurera en un centro docente); pero el éxito de La dama de las camelias en el teatro, en 1852, le permitió instalar a la pobre mujer en un pequeño departamento de la plaza Louvois, alquilado y amueblado para ella. Y ahí Catalina Lebay murió en brazos de su hijo, después de haberse reconciliado con el padre. La ambición literaria de Alejandro II suscitó primeramente irritación en Alejandro I. Pero La dama de las camelias había triunfado en su corazón como en el teatro. ¿No era su sangre? ¡El la reconocía! En adelante, cada uno de los estrenos de su hijo eran para él una première de Hernani: "Vestido de levita y con un chaleco blanco que hacía resaltar la amplitud de su vientre, se pavoneaba en el palco central, con un enorme ramo envuelto en papel blanco, puesto delante de él; a todo lo largo de la pieza, aplaudía, reía, hacía salir a los actores, gritaba ¡bravo! en medio de las actuaciones, armaba un alboroto de mil diablos; después, cuando anunciaban el nombre del autor, se levantaba, con su ramo en la mano, saludando a derecha e izquierda, enviando besos a las damas, como si dijera: "Sabe usted, ¡es mi hijo quien ha hecho esa pieza!"
El día que los amigos de los dos hombres decidieron festejar el triunfo de La dama de las camelias con una cena, el joven resistía.
—No puedes dispensarte de venir —le decía su padre.
—Imposible, estoy invitado desde hace tiempo.
—¿Cenas con mujeres?
—No, con una mujer.
—¿Y quién es... si no es indiscreción?
—Mamá.
—¡Ah! —dijo el padre con gravedad, y añadió bajando la cabeza—: Tal vez tengas razón.
Es a partir de esa fecha cuando el padre tuvo un poco miedo del hijo. Cuando anunciaban al joven, ¡las mujeres a los armarios! y ¡los usureros al granero! El hijo no aceptaba oficialmente, si vale la expresión, más que las amantes en título... por ejemplo, Isabel... Rubia y pálida, dulce, Isabel Constans tenía veintidós o veintitrés años; pero, decía Delacroix a su amigo, "con su apetito de adolescente, las matará usted todas"... El gran Alejandro había encontrado esa beldad en un teatro en 1854, actuó en el Teatro Histórico, era todavía su amante en 1857, a pesar de que él la llamaba "su querida hija"; lo que no impedía que, volviendo con Delacroix de una cena en casa de Camille Doucet, le contara sus confidencias amorosas "con una virgen, viuda de un primer marido y de un segundo en ejercicio". Y eso en 1856, es decir, ¡en plena pasión por la joven Constans! En seguida advierte a su hijo: "Ni una palabra a Isabel de mi viaje de anteayer; ruega a tus amigos no hablar de ello." Los amores de Dumas siempre tuvieron varias cuerdas en el arco; sin embargo, ha amado a Isabel con una ternura en la cual había impulsiones paternales mezcladas a las del fauno. Iba a cocinar a su casa, como un hombre casero, con una mezcla de júbilo y de melancolía. La llevaba al teatro y por la ciudad. Augustine Brohan, invitando a un amigo a cenar con Dumas, le advertía: "Dumas trae su mitad, su Isabel; pero, ¡vamos!, ya no hay buenas costumbres."
Dos cartas de amor, una de las cuales sin fecha, pero con la misma tinta que la otra, escrita en Rusia en octubre de 1858 y en la cual se lee: "Te amo desde hace cuatro años", están dirigidas seguramente a la joven, a la demasiado joven Isabel.
Amor mío:
Puesto que no te puedo ver, quiero que sepas, por lo menos, que pienso en ti y que me ocupo de ti. Ya te lo he dicho, tú me haces revivir los más deliciosos días de mi juventud; no te extrañe, pues, que habiendo vuelto mi corazón a los veinticinco años, mi pluma sea también de la misma edad.
Te amo, mi ángel querido. Mas, ¡ay!, solamente hay dos amores reales en la vida — el primero, que muere, y el último, del cual se muere. Yo te amo desgraciadamente de este último, lo cual quiere decir que te amo seriamente, profundamente; no obstante, piensa bien en esto, ángel mío: para que ninguna nube en forma de mujer para mí, o en forma de hombre para ti, pase entre nuestro amor, hace falta que nos veamos lo más a menudo posible y separarnos lo menos posible.
Has querido estar celosa de mí, mi querida niña, ¡celosa de mí que tengo tres veces tu edad! Juzga, pues, cuáles serán mis celos cuando estoy un día entero sin verte como hoy, medio loco, no pudiendo trabajar, yendo y viniendo sin razón alguna y preguntándome yo mismo cómo podría vivir así.
No, ángel mío, yo no sé amar así, no sé poseer a medias; no hablo de la posesión del cuerpo; lo que lleva mi sentimiento hacia ti es a la vez el amor del amante y la afección paternal. Pero justamente a causa de ello no puedo pasar sin ti, es preciso que te cubra eternamente de caricias, y las tuyas me faltan como el aire. Sueña en ello, te lo repito seriamente, pues todo nuestro porvenir reside ahí, suponiendo que quieras mezclar tu porvenir al mío; me hace falta tu presencia para que sea a ti, aunque tú no fueses a mí.
Hay una cosa que tú no podrías comprender, ángel mío, casta y pura como eres, y es que hay en París cien mujeres, jóvenes, menos hermosas que tú, seguramente, pero por ambición esperan, no que yo vaya a ellas —desde hace veinte años tal vez no he pertenecido a nadie más que a ti—, sino que yo les permita venir a mí; pues bien, ángel mío, a tus manos me remito, guárdame, extiende tus blancas alas sobre mi cabeza, impide por tu presencia que en un momento de despecho o de dolor haga una de esas locuras como las que he hecho más de una vez y que envenenan la vida por largos años.
Ahora, si no es enteramente por amor, que sea, pues, por ambición, pero haz lo que te pido. Tú amas tu arte; ámalo más que a mí, es el único rival que acepto. Pues bien, sobre este particular, jamás ambición de reina habrá sido satisfecha como la tuya. Jamás mujer —incluso Mlle. Mars— habrá tenido durante su vida los papeles que te voy a dar en tres años, pero a fin de que progreses como es mi deseo, es preciso que cada instante de mi vida sea un consejo para ti, es necesario que entre dos besos, entre dos caricias, te pueda conducir al teatro, al simple, al verdadero, al grande; a todas esas perfecciones que te ha dado la naturaleza, que tanto ha hecho por ti, pero que no ha podido hacerlo todo del primer golpe, pues la perfección es imposible; es preciso que yo pueda, si es necesario, si hay una gran actriz en Inglaterra o Alemania, llevarte a Alemania y a Inglaterra; es preciso que mi voluntad te dirija al mismo tiempo que mi amor; me hace falta, en fin, tener sobre ti la omnipotencia de la ternura, con la cual tú llegarás a la reputación, yo a la felicidad.
Oye bien esto, ángel mío. Quiero una respuesta, una respuesta bien positiva, bien seria, una respuesta en una línea: Creo en ti, y a ti me remito; siempre estaré contigo contra todo lo que quiera separarnos. Esto no es ni muy largo ni muy difícil de escribir, y ello me hará fuerte contra todo. No te digo que ello me hará dichoso, la cosa es obvia.
Así, pues, amor mío, a ti todo lo que me queda todavía de amor; a mí, no diré amor, Dios mío, pero un poco de ese reconocimiento que gracias a mi necesidad de ilusiones tomaré por amor.
Y he aquí la carta de Rusia:
Amor mío:
Quizá no creerás una cosa, amor mío: es que aparte los días en que te amo, desde hace cuatro años —días bien raros en mi vida—, el único buen tiempo que he pasado en esta soledad en que me hallo, ya sea en los grandes bosques de abetos sin fin donde cazo los patos silvestres, o sobre el inmenso Volga, poblado de pájaros como uno de esos mares donde todavía el hombre no ha abordado. Aparte tú, nadie más me quiere en el mundo, nadie piensa en mí, nadie se inquieta por mí. Estoy bien solo y bien olvidado de todo el mundo, de suerte que disfruto, o casi, de la dicha de estar muerto sin tener el disgusto de estar enterrado. Soy espectro de día en vez de ser un fantasma de noche. Si nuestra vida no se arregla para el año que viene, el próximo año vuelvo a marchar y vivo de la misma manera (falta una palabra). He rejuvenecido diez años en cuanto a la fuerza, y diría casi también de cara. He adoptado una especie de traje circasiano que me va muy bien y que es muy cómodo... Cuando no lo llevo, me pongo mi bata de terciopelo negro, con camisas de seda del Cáucaso rojas o amarillas.
¡Qué buena cosa es esta libertad de hacer lo que uno quiere, o de ir donde a uno se le antoja!
Además, cuando regreso a la ciudad, entro en una especie de triunfo perpetuo que haría la felicidad y el orgullo de otro, pero que para mí es un suplicio; sin embargo, en Nijni me esperaba una alegría: he encontrado al héroe y la heroína de mi novela Maestro de armas, indultados por el emperador Alejandro ¡después de veintidós años en Siberia! Juzga, pues, cómo me han recibido.
Salgo de Kazán el 1 de octubre ruso —12 de octubre para nosotros— , bajo por el Volga, acabo de encontrar un barco, me detengo cinco o seis días en Astracán, bajo por el mar Caspio hasta Bakú, donde quiero ver a los adoradores del fuego. De allí voy a Tiflis, de Tiflis haré una expedición al Cáucaso con el príncipe Bonatnisky. Después me embarco en el mar Negro y regreso por el Danubio.
Estaré en París el 25 de noviembre; comprenderás que mi mayor alegría será la de volverte a ver inmediatamente. Ya te prevendré de mi llegada, y si es posible bajaré del ferrocarril de Estrasburgo para subir en el del Havre.
Hasta pronto, mi querido amor. Por dondequiera que he estado mi pensamiento te acompaña; donde yo esté tienes un corazón que te ama.
Isabel Constans ha desaparecido de la vida de Alejandro Dumas en 1859. Quizá haya muerto entonces; estaba turberculosa y Delacroix lo había ya notado y prevenido al ávido amante. El reino de Isabel no ha ahorrado a Dumas días de tristeza, no le ha impedido volverse hacia su pasado. En un ejemplar de su Orestie, drama imitado de la antigüedad y estrenado el 5 de enero de 1856, ha escrito de su puño y letra: "A la muerte y al exilio, a Dreux y a Gernesey, al duque de Orleáns y a Víctor Hugo, el que los ha amado, los ama y los amará eternamente, Alejandro Dumas les dedica el éxito de su Orestie." Él recordaba, escribiendo esas líneas graves, haber visto morir a su madre, a Nodier, a Soulié, a los Johannot, a Gerardo de Nerval, a Marie Dorval... Perder los suyos, ver desaparecer a sus amigos, es para la mayor parte de los hombres empezar a entrar en la muerte. ¿Podía ser así también para Dumas? Sus accesos de tristeza o de melancolía no duraban mucho. Ninguno de ellos lo llevó a un nuevo viaje; al contrario, es la voluntad de mantener la razón de su vida. El día que volvió a marchar un amigo le preguntó:
—Usted no quiere, pues, estar nunca con nosotros?
—Lo menos posible —respondió—. Para mí, la posteridad empieza en la frontera.
Efectivamente, su reputación, incluso en los momentos que se debilitaba en Francia, continuaba intacta en el extranjero, y a él le gustaba ir a sacar de ella ánimos y consuelo.
Había trabado amistad durante el invierno de 1857-1858 con el espiritista Daniel Home, que estaba de moda, el cual le presentó al conde ruso Kouchelev. Frecuentó su casa, el hotel de los Tres Emperadores, en la plaza del Palais Royal. Cuando, en la primavera, Home se prometió con la hermana de la condesa, y como quiera que debían partir a Rusia a casarse, le dijeron: "O es usted el padrino de boda, o negamos nuestra hermana al señor Home..." ¡Y el viaje tenía lugar dentro de cinco días! Estuvo presto. Era en junio...
En viaje a bordo del barco que tomaron en Stettin, conoció al príncipe Trubetskoi, que lo recibió en su casa de San Petersburgo, donde tuvo por cicerón al novelista Gregorovitch. Al cabo de algunas semanas, y ya terminadas las ceremonias del casamiento y explorada la ciudad, se fue a pasar un mes en Moscú, donde lo esperaba un ilustre señor, el conde Narychkine y su compañera Jenny Falcon, parisisiense amiga de María Dumas y hermana de la gran cantante.
Lo vemos a través de las cartas que escribía luego desde París, con muchas libertades con el matrimonio, sobre todo con la joven esposa, que llamaba "la graciosa hada" y a quien dijo: "Yo no sé más que besaros la mano, envidiando al que besa todo lo que yo no beso." Jenny tenía unos hermosos ojos negros, unas embriagadoras espaldas, moldeados brazos... A un escritor francés, Henry Lapauze, que la vio allí, ya de ochenta años, le mostró un papel doblado sobre hojas secas y en el cual se leía una galantería de Dumas. Lapauze también ha copiado dos cuartetos mediocres, pero bastante enamorados, al margen de los cuales la indicación "acto III, escena 5" parece querer evitar que sean comprometedores. En fin, como Lapauze interrogaba a la anciana, oyó misteriosamente que respondía, menos a él que para sí misma:
—Dejemos eso... No le contestaré... He pecado, he pecado.
Después de un mes en Moscú, Dumas salió en septiembre para Nijni-Novgorod, con un intérprete de confianza facilitado por la Universidad. Vio Kazán y Astracán, se paseó por el Cáucaso. En todos los lugares fue recibido por los príncipes y en todas partes honraron su presencia con cacerías y festines, recepciones, maniobras llenas de fantasía de los cosacos, carreras de caballos a través del Volga. Por todas partes comprobó que habían leído El conde de Montecristo. Realizó una marcha de triunfador.
La sorpresa que le entusiasmó en Nijni-Novgorod ha sido la emoción más fuerte de su viaje con el encuentro de Jenny Falcon. Invitado una noche en casa del gobernador, apenas acababa de entrar oyó anunciar a una pareja, y el nombre le hizo estremecer. El gobernador, tomándolo por la mano, lo condujo ante los recién llegados:
—Señor Alejandro Dumas.
Después a Dumas:
—Los señores conde y condesa Annenkov, los héroes de vuestro Maestro de armas.
Un grito de sorpresa y los tres abrieron sus brazos. ¿El conde y la condesa Annenkov? Verdaderos héroes de la novela que no había hecho más que cambiar los nombres.
Los amores del joven teniente de Caballería de la Guardia se habían visto dificultados por un drama político. Comprometido en la conspiración de los decembristas de 1825, Annenkov había sido condenado a trabajos forzados en Siberia. Su amante, al ser madre, quiso reunirse con el padre de su hijo, y para ello afrontó en pleno invierno la travesía de inmensas y terribles extensiones. Pues bien, ella era una modistilla de París que fue a establecerse a Moscú; en París habría sido una simple modistilla; allí fue una heroína. Esos dos seres admirables encontraron en el casamiento su recompensa. Grisier, el maestro de esgrima, autor de un gran libro, Les armes et le Duel, con un prefacio de Dumas, había explicado al novelista la patética aventura a su regreso de Rusia, donde su ciencia lo había introducido en la alta sociedad rusa y sus dependencias... Por ello el Maestro de armas, escrito mucho antes de que Dumas conociese Rusia, muestra, sin embargo, mucho de la vida rusa. El escritor tenía mucha habilidad para escribir cosas aunque no las hubiese visto. ¿No ha hecho resplandecer el colorido local en los Quince días en el Sinaí, que Taylor, Dauzats y otros fueron a vivir en su lugar? Y su novela reveló a los franceses la aristocracia, el pueblo, los campesinos, la esclavitud, el asesinato imperial, las cacerías de osos, los ataques de los lobos, los coros cíngaros. Dumas se había adelantado a Custine y Marmier.
Dieciocho años más tarde, completando esa información para sus impresiones directas, ha hecho de esos libros, El Cáucaso, De París a Astracán, añadidos al Maestro de armas, un verdadero descubrimiento de Rusia. Además añadió historia, y de la buena, a lo Agustín Thierry; cuando llega a la gran Catalina, ¡qué belleza narrativa! Presentaba poetas y escritores: Pushkin, Nekrasov, de los cuales da importantes extractos traducidos de sus versos, y ha revelado a Lermontov al gran público. Dumas sorprende a veces por su visión anticipada de las cosas. ¿No ha sido el primero en preconizar una alianza que debía realizarse treinta y cinco años más tarde?"Vates —decía él de sí mismo—, sabemos hoy que estaba equivocado."
Anunció a su hijo el 16 de noviembre de 1858 que para llegar al mar Caspio había atravesado una parte del Daguestán, es decir, que había pasado por el territorio de Shamyl. "Ha habido tiros —añadía—. Anteayer hemos dejado en una cuneta quince cadáveres de circasianos que nos han matado tres tártaros y heridos ocho. No te puedes imaginar la facilidad con la cual se familiariza uno con el peligro. Decididamente no hay ningún mérito en ser valiente, no es más que una costumbre. Mañana salimos para Bakú, donde están los adoradores del fuego; después, para Tiflis..." Los viajeros entraron al Occidente por el monte Ararat y Constantinopla.
El viajero se embarcó el 17 de febrero de 1859 en Poti y por barco llegó a Trebizonda. Después, un vapor francés lo llevó a Marsella, acompañado del joven circasiano Vasili, que sería más tarde su factotum. Dumas y el pintor Moynet, que había sido su compañero de viaje, fueron agasajados por sus amigos con una comida de cuarenta cubiertos, el 2 de abril, en el restaurante Francia, sito en la plaza de la Magdalena, donde fueron leídos versos de Méry a la gloria de Alejandro Dumas. ¡Y un año más tarde volvía a marchar! El recuerdo de Byron y Lamartine no lo dejaba dormir tranquilo: siguiendo sus pasos tomó el camino de Oriente, pero se detuvo en Marsella para hacer construir una goleta. Mientras Emma crecía en su astillero, se fue a Turín a fin de ver a Garibaldi, por el que tenía un violento entusiasmo. Garibaldi vivía como el último de los mortales en una pequeña habitación del hotel de Europa; ahí lo encontró Dumas, rodeado de tres o cuatro amigos. Su nombre, pronunciado por él mismo ante la ausencia de criados, fue saludado por gritos de júbilo. A los cincuenta y dos años, el patriota italiano, bastante grande, vestido con un poncho como los hombres de las Pampas, mostraba una ancha frente, una cara animada, una mirada magnífica, una boca serena y sonriente que encuadraba el rubio entrecano de la barba. Tomaron café, y al día siguiente el aventurero aficionado se reunió con el profesional en Milán, donde el primero reunía documentación para escribir las Memorias del segundo.
Después de algunas semanas pasadas en París, Dumas, acompañado de Noël Parfait y de Edouard Lockroy, que debía dejarlos en el camino, se embarcó en su Emma con dos hombres de tripulación. "La pequeña goleta es una maravilla —escribía a su hijo—. Tal como es, cuesta 50,000 francos. No tienes idea de lo bien que se está a bordo de mi pequeño barco." Desembarcaron en Génova. Era el 16 de mayo de 1861: ¡Garibaldi ya se había marchado hacía diez días! Los italianos sabían que había marchado sobre Palermo; Dumas, corriendo tras él, llegó el 11 de junio a la ciudad que su héroe acababa de ocupar. Vivió en palacios. Después atravesaron juntos Sicilia. Pero como el francés había ofrecido su ayuda, lo emplearon. Recibió la misión de volver a Francia y comprar armas. Seis días en Marsella, y la operación quedó terminada: había cambiado 91,000 francos contra 1,000 fusiles estriados y 550 carabinas. ¿Cuánto puso de su bolsillo?
Los dos hombres se volvieron a encontrar en la rada de Nápoles en septiembre y el 7 penetraron en la ciudad, que Dumas tuvo seguramente la convicción de haber tomado, vengando así además a su padre. Dumas debía estorbarlo algo por el hecho de que era más garibaldino que Garibaldi. La verdad es que le dieron la dirección de las excavaciones y de los museos, lo que lo situaba al lado opuesto a la guerra y a la diplomacia. Tuvo su residencia en el palacio Chiatamonte. ¿No era acaso mejor que Montecristo? El 6 de julio de 1860 envió orgullosamente a su hijo este boletín de victoria, evidentemente garabateado con prisa:
Mi querido hijo:
Aquí hacemos maravillas, que seguramente te deben hacer reir.
Inmediatamente de instalado en el palacio del rey de Nápoles, te escribo para que vengas a mi lado; ya han sido dadas las órdenes para que me renueven con estilo antiguo la casa del poeta en Pompeya.
Palermo, Caltanizalla y Girgente han seguido el ejemplo de Marsella y me han hecho ciudadano de honor de su ciudad. Te estoy arreglando un blasón con dos águilas sostenido por tres gracias con el castillo de If en el centro. ¿Estás contento?
Si Dumas hubiese conocido de su querido amigo Nerval otros sonetos que los de El desdichado, tal vez se habría acordado para recitar los versos:
Je pense á toi, Myrtho, divine enchanteresse,
Au Pausilippe altier, de mille feux brillant...
(Pienso en ti, Myrtho, divina encantadora,
en el Pausileppe altivo, de mil fuegos brillando.)
Au Pausilippe altier, de mille feux brillant...
(Pienso en ti, Myrtho, divina encantadora,
en el Pausileppe altivo, de mil fuegos brillando.)
Se ignoraba todavía las Quimeras, y en Pompeya pensó en ello y en las posibles excavaciones. Pero durante cuatro años de residencia, sus trabajos de escritor y de periodista bastaron para tenerlo ocupado. Escribió e hizo escribir Las memorias de Garibaldi; trabajó valientemente a una Historia de los Borbones de Nápoles, cuyos once volúmenes han conquistado la estima de Benedetto Croce; pergeñó algunas opiniones sobre el Origen del bandolerismo, la causa de su persistencia y el medio de destruirlo (recurriendo a los bienes de los terratenientes y eclesiásticos) y se sumió en la gran novela de San Felice, de la cual tenía seguramente la impresión de empezar a vivir las múltiples aventuras; en fin, fundó y escribió un periódico, L'Indipendente, direttore Alejandro Dumas, que apareció el 11 de noviembre de 1860 —¡lo habíamos olvidado en la lista!— y duró. Dumas trabó amistad con personalidades del Risorgimento. ¿No veía ya a Garibaldi como presidente de una República francoitaliana?
Sin duda alguna para prepararla, de vez en cuando hacía una aparición por París.
Una conversación que tuvo con el cónsul de Francia en Liorna sugiere dicha hipótesis, y cuyo cónsul dio cuenta al ministro. El documento —sin fecha— vale la pena reproducirlo íntegramente a pesar de lo largo que es. ¡Es demasiado chusco!
Hace unos días, el señor Alejandro Dumas padre ha pasado por Liorna y he tenido con él una conversación de las más curiosas. He dudado en dar cuenta de ella a su excelencia, porque para conservarle su interés habría que transcribirla textualmente, cosa que, cuando se trata de palabras de Dumas, es casi imposible.
De cualquier manera, como creo que dicha conversación es interesante en varios aspectos, ruego a su excelencia me permita comunicársela: a pesar de que trataré de conservarle su carácter, no podré, sin herir las conveniencias, transcribir las mismas expresiones; entonces emplearé sinónimos o indicaré la frase suficientemente para que sea posible terminarla.
—¿De dónde llega usted?
—De París.
—¿Qué es lo que ha ido a hacer allí?
—Organizar para las próximas elecciones la candidatura de Garibaldi en el arrabal Saint-Antoine.
—¿Y lo ha logrado?
—Más de lo que esperaba.
—¿Y dónde va usted ahora?
—A Nápoles.
—¿Y qué va a hacer?
—Echar aI rey Víctor Manuel. ¡Caramba!, señor mío, bien tengo ese derecho, puesto que, en fin, soy yo quien ha tomado Nápoles. Usted sabe eso, ¿verdad?
—Perfectamente.
Pero como si yo hubiese contestado todo lo contrario, Alejandro Dumas, sacando un voluminoso expediente de su bolsillo, gritó con un gesto de comerciante que hace propaganda de su mercancía:
—¿Ve usted esto?
—Sí, ¿qué es?
—Eso, querido amigo, es la prueba de que soy yo quien ha tomado Nápoles. Mire ese papel con el escudo del rey Francisco II, los informes
que me dirigía cada día su ministro del Interior, Liborio Romano. Esta es la proclama que he escrito para Spinelli cuando el rey salió de Nápoles. Spinelli quiso cambiar algunas cosas, pero yo le amenacé con echarlo al Vesubio. ¿Ha visto usted, Dumas corregido por Spinelli?, etc.
—¡Caramba!, pero puesto que es usted quien ha tomado Nápoles y echado al rey Francisco II, también es usted el que ha instalado a Víctor Manuel.
—Sin duda alguna.
—Pues bien, ¿por qué quiere ahora echarlo a su vez?
—En un drama, cuando se ha sacado todo el provecho posible de un personaje, cuando su papel está agotado, terminado, se desembaraza uno de él hábilmente o se le suprime. Es lo que vamos a hacer (animándose). ¿Qué quiere usted que hagamos? Es un cretino, un borrico..., un trapo; con él hemos limpiado la basura y ahora lo tiramos. Mire lo que es este hombre: lea esto.
Dumas saca de su cartera otro paquete de papeles, busca uno, lo saca y me lo muestra.
"Sire, ruego a su majestad recibir con la mayor distinción a Alejandro Dumas, mi abnegado amigo y el suyo. —Garibaldi."
—Usted ve eso. Pues bien, querido amigo, el rey no me ha recibido. Usted comprenderá que solamente un cretino puede obrar así.
—Así que está convenido, usted va a echar a los piamonteses, pero ¿tiene usted suficiente fuerza para ello?
—Sí, gracias a ellos. Han trabajado maravillosamente para nosotros. Es imposible ser más torpes, más estúpidos. Por su rigidez, su dureza y su avaricia, han exasperado de tal manera al pueblo napolitano que hoy día, si Francisco II volviese a Nápoles, sería recibido con entusiasmo.
—Pues bien, para mostrar toda vuestra potencia, vaya a buscar al rey a Gaeta y llévelo a Nápoles.
—¡Ah, no! No quiero, tengo otros compromisos.
—Sea, pero una vez expulsados los piamonteses, ¿a quién pondrán en su lugar?
—A nosotros, querido, a nosotros.
—¿A quién?
—A Garibaldi.
—¿Rey de Nápoles?
—¿Por qué no? Pero no se trata de eso. Usted va a ver y sentir un terremoto en la primavera. Europa va a temblar en sus cimientos. Los viejos tronos van a crujir.
—¿El fin del mundo?
—No, el fin de la realeza.
—¿Pero qué hará usted de Italia?
—Pues organizaremos Italia en Repúblicas federativas.
—¿Y usted cree que Europa, que el emperador, le dejarán hacer?
—El emperador no quiere más Papas en Roma, ni Borbones en Nápoles. He ahí lo que él quiere, poco le importa lo demás.
—¿Incluso la candidatura de Garibaldi en el arrabal Saint-Antoine?
—¡Ah! Eso es otra cosa. Después de Italia, Francia, Europa entera. Mire, querido, escuche bien. En la primavera se subleva Hungría, los principados unidos la sostienen y se sirven para revolucionar las provincias cristianas de Turquía. Al mismo tiempo, como hemos conocido que el olor de choucroute que deshonra y apesta la Acrópolis no puede tolerarse, establecemos una República en Grecia, y Macedonia nos sirve de pasaje para llegar al Danubio.
—Entonces, ¡hay que decidirse! ¡Fuego a granel! ¡La República en todas partes! Pero veamos, hábleme francamente: ¿Qué es Garibaldi? ¿Un zoquete valiente o un hombre de ingenio?
—Oigame, amigo mío, he visto muchas cosas y muchos hombres.
Sé lo que es la inteligencia. Yo mismo soy una inteligencia. Pues bien, le declaro que jamás he visto nada de comparable a él. Es un hombre sublime.
—¿Cómo se puede explicar, pues, que haya tantas tonterías en la gobernación?
—No es culpa suya, está abrumado de trabajo. Ha llevado la tarea de diez hombres, ha sido mal comprendido, mal secundado. No tiene más que un hombre con él, Crispi. Ése está a la altura de su misión; espere la primavera y usted verá.
—Esperaré, pero no le debo disimular que tengo algunos escrúpulos. Garibaldi traicionará, pues, al rey.
—De ninguna manera. Es el rey quien traicionará a Garibaldi.
Tal es, en resumen, señor ministro, esa conversación de la cual no he citado a su excelencia sino las partes más importantes. Puedo afirmarle que he transcrito las mismas palabras de mi interlocutor, sin cambiar nada.
Al dar cuenta a su excelencia de esta entrevista, no he creído traicionar una confidencia, ni divulgar un secreto, pues la conversación tuvo lugar en mi despacho en presencia de una tercera persona de la cual el señor Dumas ni siquiera me preguntó el nombre.
¿Qué es lo que daría mejor idea que esta escena de comedia de las locuras que podían apoderarse del cerebro de Dumas? ¡Quimeras gigantes! ¡Visiones de demiurgo-matamoros! No falta más, para comprender el hecho, que evocar otro desatino en la utopía: La reacción de Dumas a la diligencia de un príncipe descendiente de Scander-Beg, el héroe nacional de Albania, que vino a solicitar de él una alianza de potencia a potencia.
En efecto, el 14 de octubre de 1862 le llegó de Londres una carta de la "Junta grecoalbanesa", la cual se auspiciaba "bajo la presidencia de su alteza real el príncipe Jorge Castriota Sander-Beg" y se dirigía al "muy ilustre escritor Alejandro Dumas", con cierta impaciencia.
—Señor—, la "Junta grecoalbanesa" cree que usted puede hacer por Atenas y Constantinopla lo que ha hecho por Palermo y Nápoles.
Centinela avanzado de las nacionalidades renacientes, usted redoblará sus fuerzas el día que emprendamos la lucha final del cristianismo contra el Corán.
¿De qué se trata realmente? De nada menos que de arrancar Albania a los turcos, devolver Santa Sofía al cristianismo y liberar Grecia.
—Señor, la reforma nacional que no tiene a su frente un genio como el vuestro para conducir la idea de las masas, parece una locomotora lanzada sin conductor.
De Dumas no tenemos, desgraciadamente, más que una carta del 8 de febrero, sin ninguna importancia, que trata algunos problemas de organización. De las cartas de la "Junta" y del príncipe, la segunda de ellas daba al escritor tratamiento de "noble y querido Dumas"; las tercera y cuarta, el de "querido marqués", y volvía en la quinta y sexta a un simple "querido Dumas". Por ellas nos enteramos que Dumas ponía a disposición de la empresa su goleta y se ofrecía para recomendarlos a los armeros de París. Con dinero al contado había la posibilidad de obtener partidas de armas. ¿Debía ocuparse también del armamento del barco? Era un asunto de 16,000 francos por año, sufragando los gastos de la tripulación. Debería hacer algunos anticipos de dinero, pero recibía, en cambio, el grado de general (que rehusó) y la carga (que aceptó) de superintendente de los depósitos militares del ejército cristiano de Oriente. ¡Iba a ser el jefe de la IX Cruzada!
¡Y qué cartas a Alejandro II, que se quedaba en París! En otoño de 1862:
La insurrección de Albania, Tesalia, Epiro y Macedonia tendría lugar al final de marzo. Primeramente echaremos a los turcos de las cuatro provincias y después los empujaremos hasta Constantinopla, y de Constantinopla al Bósforo.
Si la cosa va como creo, vendrás a verme a Constantinopla y no a Nápoles.
Después, al término de otra carta de negocios le dice de pronto:
¿No tienes ganas de hacer la campaña de Albania? Tengo el puesto de mi ayudante de campo para ofrecerte. Te abraza.
P.S. Envíame en seguida por correo la historia de Scander-Beg o Turcos y cristianos en el siglo XV, por Camille Paganel, de Didier y Cía. Envíalo a Turín, poste restante.
Mas, ¡ay!, Dumas, en pleno júbilo, convocado por la policía, se desplomó al saber que el Pierre l'Ermite de Albania no era más que un impostor, un italiano, criminal reincidente y prestigioso estafador.
Las "locuras italianas" sería el título y es la materia de una de las mejores y más alegres novelas de Alejandro Dumas, tanto más alegre cuanto que los accesos de inquietudes preventivas completarían la bufonada. "Si algún italiano de los que hacen escala en París te lleva noticias mías —escribía a su hijo— e intenta pedirte dinero, abróchate la faltriquera y cierra el cajón."
En esa época exactamente, el 18 de enero de 1861, madame Sand escribía a Nohant a su joven amigo que quería ir a Nápoles a fin de advertirle lo que ella sabía ya por experiencia: los Estados, la víspera y después de la crisis, se abandonan a emociones sin grandeza, y se contrae, a la vista de tales espectáculos, la enfermedad de la deuda. "Su padre se burla de eso —decía ella—, pues siempre tendrá veinte años. Grita, se agita, cree que hay que maltratar a Cavour y no ve que eso es asesinar a Garibaldi. Espero que, afortunadamente, abrirá los ojos a tiempo". Y el 23 de agosto hablaba del "niño terrible" y terco, como decían en el Berry: "Es el padre Dumas. Le escribiría, pero no me atrevo; habría que echarle un sermón, pero, ¿cómo hacerlo?..." En fin, el 29 de agosto de 1862: "He recibido una carta de su padre... Cree que lo trato de viejo acabado, y a pesar de que me escribe bastante amable, no está muy contento de mí. Me dice que no abandonará Nápoles sin haber arrancado la mala hierba de los Borbones."
"Está de acuerdo con nosotros —decía George Sand en la misma carta— en que nuestro pobre Garibaldi pierde la cabeza y replanta lo que arranca..." Cuando Dumas se dio cuenta de que había sido tan desgraciado... Pero él mismo... Se puede creer que de regreso a Francia, ya en París en abril de 1864, quiso inmediatamente volver a marchar, y a los amigos que se esforzaban por retenerlo les respondía:
—No, hace falta que vaya a Turín sin perder un minuto, pues presiento que mi amigo Garibaldi va a hacer tonterías. Si no voy, es capaz de volverse a Caprera, y ¡en este año no tomaríamos Venecia!
Y, sin embargo, se había visto echado de Nápoles por un motín organizado contra él, ¡el extranjero! Sin duda alguna había hecho y dicho demasiado. Había sido demasiado napolitano para los napolitanos.
El acontecimiento había llegado a un período en que el excelente hombre no tenía en la cabeza más que las excavaciones; a menudo, con el plano de Pompeya encima de la mesa, discutía con Maxime du Camp, que formaba parte del estado mayor garibaldino y que nos relata el acontecimiento.
—Usted verá —le decía Dumas—, con el pico pondremos a descubierto la antigüedad.
Meditaba una movilización, soñaba en hacer venir de París arqueólogos, sabios, artistas, contaba con una compañía de zapadores facilitada por el gobierno italiano. Ignoraba que el pueblo de Nápoles murmuraba: un extranjero en Pompeya y sin retribución. ¿Qué escondía ese privilegio?
—Fuori straniero.
Pero el Estado Mayor estaba al corriente de la situación, sabía incluso que se preparaba una manifestación, no ignoraba ni el día ni la hora. Una compañía húngara tomó posición en los alrededores del palacio.
Cuando Maxime du Camp, acompañado de dos oficiales superiores, fue a ver a Alejandro Dumas, lo encontró en la mesa, rodeado de algunas jóvenes y contando cuentos y riendo a carcajadas. Sin embargo, un rumor que solamente los italianos oían al principio se acercaba, crecía. Pronto se transformó en vociferaciones, hasta que fueron oídas por Alejandro Dumas.
—¿Contra quién se manifiestan? ¿Qué quieren todavía, no tienen ya su Italia una?
En ese momento oyó con claridad:
—¡Fuera Dumas! ¡Dumas al mar!
Se precipitaron a las ventanas y vieron un bombo, un sombrero chino y una bandera italiana seguidos de trescientos vocingleros. No era grave. Mientras los soldados cerraban la calle, hablaron a los manifestantes, los dispersaron; el alboroto no duró más de cinco minutos. Pero Maxime du Camp, volviendo al palacio, encontró a su augusto colega sentado, con la cabeza entre las manos. Le dio unos golpes en la espalda, le hizo levantar la vista y vio sus ojos llenos de lágrimas.
—Estaba acostumbrado a la ingratitud de Francia —gemía Dumas—, pero no esperaba la de Italia. Le he sacrificado mi tiempo, mi dinero, mi actividad...
Uno de los oficiales le dijo:
—Es la misma chusma que en tiempos de Masaniello.
A lo que Dumas respondió:
—¡Ah! Todos los pueblos son así. Nosotros somos cándidos. ¡Esos cretinos! Cuando calculo lo que la unidad de Italia me ha acarreado o me acarreará —trabajo perdido, dinero gastado—, ¡hay que tener mal corazón para querer echarme!
A fin de consolarlo, Garibaldi y su Estado Mayor dieron un gran banquete en su honor, organizaron una excursión a Pompeya y le permitieron cazar en el parque de Capo di Monte.
Dumas quedó triste, nosotros también lo estamos, ante la idea o más bien la evidencia de que este hombre de entusiasta imaginación y de corazón generoso, que tanto ha admirado y alabado Benedetto Croce, haya podido en ciertos momentos parecer el padre Ubu.
Afortunadamente para él, no había tampoco una madre Ubu, sino todo lo contrario, una tierna ninfa, una gacela prisionera. Después de Isabel, Emilia... Isabel Constans había sido la contemporánea de la reinstalación en París y del viaje a Rusia; Emilia Cordier ha sido la compañera de la estancia en Italia y de la época heroico-cómica. Dumas se unió desde 1859 hasta 1864 a esta joven actriz que había pertenecido al Teatro Histórico y actuado en la Porte Saint-Martin. Como muchos hombres poderosos, se mostraba sensible a lo atractivo de las jovencitas, enamoradas dóciles y graciosas. A Emilia, que había viajado en el Emma, le gustaba disfrazarse de marino, y entonces la llamaban "el almirante Emilio", y Dumas la presentaba unas veces como su hijo, otras como su sobrino.
Ella cesó su servicio, dejó el gorro para ir a dar a luz a París en los últimos días de 1860, y la pequeña Micaela-Clelie-Cecilia tuvo a Garibaldi por padrino. Ya de vuelta, otro servicio consistió en escribir al lado de Dumas las Memorias garibaldinas; por lo menos es él quien lo afirma. Le hizo el regalo de una edición de la primera Leyenda de los siglos, edición de Leipzig (Hetzel y Durr), con la siguiente dedicatoria: "A mi querido bebé, que Dios preserve de toda desgracia, su padre", y la joven mujer escribió debajo del título esta segunda dedicatoria: "Dado por Micaela el 20 de mayo de 1863 en el palacio Chiatamonte, en Nápoles."
Al conocer la noticia del nacimiento, Alejandro Dumas escribió a la madre, el 1 de enero de 1861, esta carta, trivial en su conjunto, pero doblemente interesante por su amabilidad hacia la abuela y por sus sentimientos hacia su propia hija, la hija de Bell Kregsamer, María:
Te deseo alegría y felicidad, amor mío, que justo para el primero del año me has dado la buena noticia de que mi pequeña Micaela había venido al mundo y que su madre se encuentra bien.
Tú sabes, querido bebé, que yo prefería una niña. Te voy a decir por qué. Quiero más a Alejandro que a María, no veo a María apenas una vez al año y puedo ver a Alejandro tantas veces como quiera. Todo el amor que yo pudiese tener por María se trasladará, pues, a mi pequeña Micaela, que ya veo acostada al lado de su madrecita, a quien le prohibo levantarse antes de que yo llegue. Voy a arreglarlo todo para estar en París hacia el 12. Me sería imposible, a pesar de todo mi deseo, estar antes.
Y si digo eso, amor mío, cree la verdad de lo que te digo. Desde hace una hora mi corazón se ha agrandado para dar lugar a un nuevo amor.
Hace falta que deje aquí, como ya sabes, cierto número de artículos antes de partir.
Hemos fundado un Comité para las elecciones, al cual estoy obligado a asistir dos veces por semana, de las dos a las cinco de la tarde. Encargaré a los dos o tres principales colaboradores míos que sostengan el periódico en mi ausencia.
Si durante los primeros meses no quieres separarte de nuestra niña, alquilaremos una casita en Ischia, en el mejor clima y la más bonita isla de Nápoles, y entonces iré a pasar con vosotros dos o tres días por semana durante toda la primavera; en fin, cree en mi amor por la niña y por la madre.
Hasta pronto, amorcito mío, besa mucho a doña Micaela, que no es más grande que el pulgar, me dice Mme. de C..., a la cual contestaré por el primer correo, así como a tu madre, que abrazo.
Tuyo y de la niña.
Otra carta, ésta escrita a la niña tres años más tarde, el 24 de diciembre de 1863:
Mi querido bebé: Como tu abuelita, a la que hay que querer mucho, así como tu mamá, me escribe que necesitas dinero, te envío 150 francos para tu aguinaldo.
Trataré de enviarte también una cesta de buenas cosas que te llegará el 1 de enero.
No hay que pagar nada más que al portador que la llevará. Te beso tiernamente,
Tu padre, que te quiere.
A pesar de todo esto. Dumas, perseverando en su amor, no por ello dejaba de engañar a su favorita. Y, sin embargo, la ruptura parece haberse producido por culpa de ella: una debilidad que declaró. Henry Lecomte dice haber leído cartas del amante, y en la última: "Te perdono, porque no tenías la intención de causarme pena alguna." Él decía quererla aún, pero como "una cosa perdida, una cosa muerta, una sombra". Enojada, tozuda en su desavenencia, Emilia Cordier llegó hasta a rehusar dejarle reconocer a su hija. Dumas, Barba Azul de Offenbach más bien que de Perrault, ¿creyó que su amante con el bebé, casi bebé ella misma, le faltaban? Al parecer, no tuvo mucho tiempo de preguntárselo, pues algunos meses después de Navidad de 1863, en la primavera, volvía a París y en su equipaje la señora Fanny, llamada Gordosa.
La Gordosa, casada en algún lugar de su país, llegaba a París con una hermosa voz y la esperanza de un contrato en el Teatro Italiano. El marido que esta apetitosa morena de treinta años había dejado allá le hacía llevar, declaró ella, toallas mojadas alrededor de la cintura, lo que la destinaba de toda evidencia a Dumas, si es verdad que decía: "Es por humanidad por lo que tengo varias amantes, pues si sólo tuviera una, moriría antes de ocho días." En esas condiciones, ¿quién duda que Dumas haya liberado la cintura de la italiana? Ella se aprovechó para llenar de laúdes, violines, un arpa, un trombón, y partituras tras domicilios sucesivos, empezando por el de la calle de Richelieu (que daba sobre el bulevar). La superstición le ayudó sin duda a conservar a su amante; un extraño cuadro de magia astrológica acompañaba sus instrumentos de música. Ella se vio reina y tuvo su corte. Era tonta, cómica y deseable. Toda una juventud de poetas, literatos y músicos que Dumas recibía cada jueves a cenar la incensaban, mezclada a sus viejos amigos, Parfait, Charles Yriarte, Néstor Roqueplan, Roger de Beauvoir, el caricaturista Cham, la condesa Dash. Una joven, que sería más tarde Matilde Shaw, estaba a veces en esas reuniones; Dumas, viejo amigo de su padre, la llamaba "mi pequeño brazo". Una noche, durante la cena, llegó Anna Deslions.
—Ésta —dijo Dumas a su joven amiga— es domadora.
—¿Tiene una casa de fieras?
—Sí, de fieras de dos patas..., docenas de amantes.
Matilde percibió también a Micaela, fea y enclenque, pero de ojos que revelaban inteligencia.
Dumas tenía conciencia de que algunas veces se ridiculizaba, cuando su amante actuaba en alguna soirée, y que con su secretario volvían los dos cargados de cuadernos de música.
—Parecemos a la troupe del Roman comique —dijo una noche. El secretario conocía el ingenio poco sutil de la dama y le apuntó en el oído:
—¡Con Shakespeare por jefe!
—¡Y Pifteau como apuntador! —contestó Dumas, que había oído.
A veces utilizaba a la cantante. Por ejemplo, la asoció a la compra de un bote de salvamento, que se le puso en la cabeza regalar a un pequeño puerto mediterráneo. Para ello fue expresamente al Havre, organizó representaciones líricas para poder obtener las sumas necesarias y, naturalmente, expuso a la Gordosa en el trabajo y en el honor.
A pesar de las salas abarrotadas, las entradas no bastaron. El gran salvador no se descorazonó; tuvo la iniciativa de ilustrar cuadritos de papel con su firma y venderlos en la calle por dos céntimos. Desgraciadamente, el precio de un bote salvavidas fue una de las raras cosas que no entraban en la imaginación de Dumas; tuvo que volver sin haber hecho el negocio con Mouët, a quien el dinero ganado en el teatro fue generosamente abandonado.
La Gordosa se encontró mezclada a la breve vida de palacio que Dumas llevó durante el verano de 1864 en Saint-Gratien, cerca de Enghien-les-Bains, avenida del lago, villa Catinat. Pero entre sus talentos no figuraban los de ama de casa. Distribuía "ocho días" a diestro y siniestro, enviaba a sus casas dos de sus tres criados los sábados por la tarde. Un sábado fueron los tres a la vez. Y a la mañana siguiente, un hermoso día, desde las diez de la mañana, empezaron a llegar numerosos parisienses que se habían invitado ellos mismos. Mientras se paseaban por el jardín, Dumas los contemplaba desde una ventana. No había nada preparado, ninguna provisión, y las cocinas se apagaban... Hizo una seña a dos íntimos y bajaron a la cocina; abrieron los armarios y descubrieron arroz y mantequilla. Varias parejas contribuyeron con su parte: jamón, salchichón, mortadela, incluso tomates...
—¡Avivad el fuego!
Y Dumas se apodera de una enorme cacerola, coge un vaso de agua, prepara una salsa y mezcla mantequilla; ya está hirviendo. Las tres o cuatro libras de arroz entran dentro de la cacerola; añade agua, el resto de mantequilla y condimentos. Durante este tiempo Fanny, con algunos ayudantes improvisados, llega a pesar de todo a poner la mesa. El arroz se ha hinchado; con la aportación de tocinería, habrá con que matar el hambre de veinte hambrientos. El maître los llama por la ventana... ¡Jubiloso éxito!
Había buena bodega en la villa Catinat, pero bebían Siracusa en vasos diferentes. Dumas murmuraba con una dulce sonrisa:
—¡La apoteosis del desorden!
Como los inevitables gorrones abundaron ese verano, hicieron ciertos días bastante pesadas las vacaciones. Dumas los olvidaba lo mejor que podía, alternando con la princesa Matilde, con Emilio de Girardin; y entre sus huéspedes, un Henry Monnier lo encantaba. Por otra parte, no se privaba de ausencias agradables. Los coteresianos tuvieron el orgullo de verlo llegar a su comicio agrícola en compañía de dos jóvenes mujeres. Una era la bella italiana. ¿Quién era la otra?
Cuando la "casa" de Alejandro Dumas volvió a sus cuarteles de invierno en París, fue a un departamento amueblado de la calle de Saint-Lazare, en el actual emplazamiento de la iglesia de la Trinidad. En sus habitaciones, menos amplias, los ejercicios de canto y música les hicieron más ruido, y Dumas los sufrió como un mártir; la Gordosa lo abrumó con sus pianistas, sus cantantes y sus lecciones. Tal vez se cansó de oirla gritar en la antecámara: "¿Qué quieren ustedes de Dumas?", o de sorprenderla en audiencias que ella concedía realmente a la gente sobre un trono íntimo, puesto en su misma cama... En fin, se deshizo de ella después de una escena violenta: ¿No lo había sorprendido ella en flagrante delito amoroso? La vajilla voló por los aires... Y como el naufragio de su Emma, alquilado a un explorador, le valió el cobro de una indemnización, empleó esa entrada inesperada para el regalo de costumbre.
Berlick, a los sesenta años, continuaba lleno de vitalidad, observando a pesar de ello una higiene alimenticia razonable. Si comía mucho, continuaba absteniéndose de tomar café y del tabaco, añadía agua al mejor vino. Era, como lo ha dicho Edmond de Goncourt, el sobrio atleta de los folletines y los originales. De tal suerte que guardaba siempre la cabeza despejada y en los banquetes aparecía como un jaranero y bromista. "Subyugaba a sus invitados." Su voz, potente y bien timbrada, y la extrema vivacidad de sus ojos hacían valer la inagotable erupción de lo que Pifteau llama su "volcán de ingenio", pero "el conjunto estaba dulcificado por la irradiación de inefable bondad". Edmond About, invitándole a cenar con George Sand, con los jóvenes Taine y Gustavo Doré, le desliza esta lisonja: "Mi mujercita me pide desde hace casi dos años cuándo tendrá la ocasión de veros. Y yo le he prometido hacerle ver cuánta hombría de bien, de salud, alegría y cordialidad, puede la naturaleza hacer entrar en la piel de un simple gran hombre." George Sand, escribiendo a su hijo, le decía: "He visto a su padre en el Odeón. ¡Dios mío, qué asombroso está!"
A los tres años de esto, había ya cambiado algo si consideramos la opinión de Edmond de Goncourt, que lo encontró en casa de la princesa Matilde en una mesa de hombres de letras. ¿Qué hombre vive en él —sin complacencia, evidentemente? "Una especie de gigante con los cabellos de un negro ya plateados, con un ojito de hipopótamo, claro, fino y que vigila, incluso entornado, y, en una faz enorme, trazos que semejan vagamente a los trazos hemisféricos que los caricaturistas prestan a sus figuraciones humanas de la Luna. Hay en él algo así como de un mostrador de prodigios y de un viajante de Las mil y una noches". Pero Dumas está en uno de sus peores días. Goncourt lo encontró poco hablador y con la voz ronca. Un año más tarde, en un salón lo vuelve a encontrar, y esta vez el buen gigante ha encontrado su brillantez y mordacidad. Goncourt registra:
Entra Dumas padre, con corbata blanca, chaleco blanco, enorme, sudando, soplando, muy alegre. Llega de Austria, de Hungría, de Bohemia; habla de Pest, donde han representado sus obras en húngaro; de Viena, donde el emperador le ha prestado una sala de su palacio para dar una conferencia; habla de sus novelas, de su teatro, de las piezas que no quieren representar en la Comedia Francesa, de su Caballero de Maison-Rouge, que está prohibido, después de un privilegio de teatro que no puede obtener, y de un restaurante que quiere fundar en los Campos Elíseos. Un yo enorme, un yo de la dimensión del hombre, pero desbordante de bondad, chispeante de ingenio... "¡Qué quieren ustedes! Cuando no se gana dinero en el teatro más que con trajes de bailarina que se rompen... Sí, eso ha hecho la fortuna de Hostein... Siempre recomendaba a sus bailarinas ponerse trajes que se rompieran..., y siempre en el mismo lugar... Entonces los prismáticos estaban contentos... Pero la censura terminó por intervenir... y los comerciantes de prismáticos están ahora en el marasmo."
He ahí el verdadero Dumas. George Sand ha comprendido perfectamente las necesidades de una tal naturaleza, de la cual se escandalizaba su hijo. "Él —señala ella—, que lleva en sí un mundo de acontecimientos, de héroes, de traidores, de magos, de aventuras, él que es el drama en persona, ¿no cree usted que los gustos inocentes lo habrían apagado? Ha tenido necesidad de excesos de vida para renovar sin cesar un enorme hogar de vida." Diez años antes, Michelet le había declarado en una carta: "Usted es más que un escritor; usted es una de las grandes fuerzas de la naturaleza, y yo tengo por usted las mismas profundas simpatías que tengo por ella misma." ¡Para él todos los tipos de mujeres! Hogar de vida, según Sand; fuerza de la naturaleza, según Michelet. Y, según él mismo, versos dirigidos a Joséphin Soulary:
Tu demandes comment je suis du temps vainqueur
Et quel est le secret par qui ma force dure?
Je puise chaque jour, per l'esprit et le coeur,
La vie aux deux tetons de la Mère Nature.
¿Me preguntas cómo soy del tiempo vencedor
y cuál es el secreto por el que mi fuerza dura?
Yo saco cada día, por el ingenio y el corazón,
la vida a las dos ubres de la Madre Natura.
Et quel est le secret par qui ma force dure?
Je puise chaque jour, per l'esprit et le coeur,
La vie aux deux tetons de la Mère Nature.
¿Me preguntas cómo soy del tiempo vencedor
y cuál es el secreto por el que mi fuerza dura?
Yo saco cada día, por el ingenio y el corazón,
la vida a las dos ubres de la Madre Natura.
A caballo de la sesentena, Dumas ha disfrutado de un nuevo acceso de popularidad. Tal vez la masa de lectores lo ha sentido entonces más que nunca. Pues desde 1860 a 1868, no solamente ha hecho representar dos dramas que tocaban muy de cerca al corazón de los parisienses, Los prisioneros de la Bastilla, es decir, el fin de Los tres mosqueteros, y Los mohicanos de París; no solamente ha publicado sus Charlas y la Historia de mis animales, sino que además ha colaborado en publicaciones populares, en el Journal Illustré y en Le Petit Journal, a quien ofreció su envidiable concurso de los Boutsrimés. Fue también la época de su última novela histórica, La San Felice, donde la historia está apenas novelada, estrictamente lo que hace falta para precisar lo patético.
Esta vasta novela épica, que magnifica el espíritu carbonaro mezclado a las muestras de heroísmo y de amor, es una de las obras más personales de Dumas y más injustamente abandonadas hoy. Luis Molina, caballera de San Felice, heroína, mágicamente atractiva, Nelson y Lady Hamilton, el general Championnet y sus diez mil republicanos, la República en Nápoles, el rey y la reina, la Restauración y los movimientos sangrientos, las tumultuosas muchedumbres de la guerra civil, los encuentros de los conspiradores y las puñaladas, y las barcas, muchas en la noche, esta explosión de lo novelesco de tan alto color, iguala a la de Los tres mosqueteros o de La condesa de Charny. Juan Giono, que ha descubierto la San Felice en 1939, prisionero por delito de opinión en el fuerte de San Nicolás, clamaba su encanto.
¡Qué frescor!, exclamaba atónito. Qué grandiosidad también, en las escenas como la del almirante Caracciolo, ahorcado en la verga más alta de su navío y gritando a sus marinos: "¡Colocaos bien, amigos míos; impedís a Nelson ver!" Sabía, en efecto, que Nelson, desde el castillo de su navío, tenía dirigido su catalejo hacia la ejecución... Si hablo de La San Felice en este lugar no es por reparar un olvido, sino voluntariamente, a fin de señalar que Alejandro Dumas ha proseguido su obra casi hasta el fin de su vida.
En esa época de su existencia se vio obligado a hacer saber por la prensa que en lo sucesivo no recibiría a nadie más que por las noches, pues si no no hubiese podido escribir sus mil líneas por día: sus señas se procuraban con demasiada facilidad; el primer comisionista llegado las daba. Un día que con su secretario iba a pie a un asunto, "lo que era un caso excepcional para el gran viajante que habría tomado un fiacre para ir a buscar un cigarrillo", vio pasar un ómnibus de Correos. Dumas gritó al cochero que se detuviera:
—Nosotros somos también hombres de letras —dijo—, también tenemos derecho de subir en vuestro coche, ¿verdad?
El cochero rio a carcajadas reconociendo al escritor y, una vez que subieron los dos hombres, fustigó a los caballos.
En provincias, su gloria causó estragos y grandes alegrías. Habiendo cerrado sus puertas el Gran Teatro Parisiense, este inverosímil teatro de la calle de Lyón, bajo las arcadas (el ferrocarril de Vincennes pasaba por encima), Dumas debía quinientos o seiscientos francos a cada uno de los actores que habían actuado en el drama Los guardias forestales. Los reunió y les dijo: "La obra es fácil de representar, da muy poco trabajo. Vayan a las villas de los alrededores de París anunciando en los carteles "Troupe" de Alejandro Dumas, telegrafíenme por la mañana cuándo actuarán y yo llegaré por la noche." La pequeña sociedad se constituyó y triunfó. El ilustre autor asistía a la representación en un palco a la vista de todo el público y la sala se llenaba completamente. Una noche en Laon, el primer acto se representó sin su presencia, ante los espectadores furiosos, que no admitían que el horario de los trenes no estuviera a su servicio. El telón iba a levantarse para el segundo acto cuando se hizo un gran ruido: Dumas acababa de entrar en su palco saludado por aclamaciones. Pero el público unánime gritó: "¡El primer acto! ¡Queremos el primer acto!", y hubo que obedecerle.
En Villers-Cotterêts, que había reclamado una segunda representación, la troupe se superó; a medianoche, Dumas abrazó a los artistas.
Hijos míos —les dijo—, habéis actuado admirablemente esta noche; mañana por la mañana iré a vuestro hotel y os haré yo mismo el almuerzo... Y cumplió su promesa, tocado con el bonete de cocinero y con el mandil de ritual. Como el comedor daba a la calle, los habitantes de la villa desfilaron durante dos horas ante las ventanas para ver a su querido autor sirviendo él mismo con el delantal blanco a aquellos y aquellas que antes habían... servido su drama. Seguramente ya no les debía un céntimo más. Curiosa manera de arruinarse para evitar pagar lo que se debe. Esta fantasía pinta a Dumas, y como ésta las repitió veinte veces.
En 1868 realizó un viaje de conferencias en Normandía. En El Havre, en Dieppe, en Ruán, en Caen, explicó sus recuerdos, sus viajes. Dumas no era un conferenciante famoso; leía. Pero leía cosas atractivas y sus oyentes lo escuchaban a través de su admiración.
Su situación propiamente literaria, su situación de escritor, conservaba su solidez, incluso cerca de sus iguales. Lo comprobamos siguiendo a Benjamín Pifteau en casa de Michelet, a quien el patrón había enviado a pedir un informe, o en Lamartine, a quien venía a invitar de su parte a Saint-Gratien. Dumas, quejándose a Napoleón III de los enredos ruinosos de una censura que no se había mostrado tan mezquina bajo la Restauración, le escribía el 10 de agosto de 1864, pero podía haber escrito en 1867 o en 1868, la singular carta que empieza así:
"Señor, había en 1830 y hay todavía tres hombres a la cabeza de la literatura francesa; esos tres hombres son: Víctor Hugo, Lamartine y yo..."
Y en la cual se juzga tan lúcidamente, con una especie de modesto orgullo:
"He escrito y publicado mil doscientos volúmenes, traducidos en todas las lenguas; han ido todo lo lejos que la máquina de vapor ha podido llevarlos. Aunque soy el menos digno de los tres, me han hecho en las cinco partes del mundo el más popular de los tres, tal vez porque uno es un pensador, el otro un soñador y yo no soy más que un vulgarizador."
Durante uno de sus últimos viajes que lo había conducido a Pau, encontró en la puerta de un hotel a un joven de dorado rostro y ojos azules. Era François Coppée, recién llegado a las letras.
—¡Abrázame, hombre de talento! —le dijo tendiéndole los brazos abiertos.
El poeta tuvo apenas la inspiración necesaria para responderle:
—¡No me atrevo, genio!
Alejandro Dumas por Henri Clouard (París 1955)